"La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz."
Thomas Mann
Capítulo 25: Recuerdos II: Piedad
Sirius abrió los ojos lentamente. Casi con pereza.
El barro seco, el color ocre, las bombillas. Ya sabía donde estaba. Y eso que por un momento llegó a pensar que se había librado de ello tras haber tenido cinco días de descanso. Pero por lo que pudo comprobar, no fue el caso. Aquel pútrido olor era inconfundible. Lo único que había a modo de luz era unos extraños minerales luminiscentes que había incrustados en las paredes del antro. Miró al pequeño Amal que parecía quedarse embelesado con esas piedras.
Le resultó ciertamente extraño. De por si, no era usual ver a alguien como él así de relajado y pacífico. Era como ver a un animal totalmente salvaje en estado de sen absoluto. Una imagen totalmente surrealista si se tenía en cuenta el comportamiento salvaje que tuvo tiempo atrás. Suspiró, ¿que era lo que tendría que ver ahora? ¿que tipo de vejaciones tendría que contemplar? Con el corazón en el pecho trató de aceptar que eso era lo que le tocaba, que por alguna razón, era él, quien se había convertido en testigo de semejante barbarie.
Severus observó con detenimiento al pequeño Amal.
Este inhalaba con fuerza el pesado aire del lugar. Estaba sentado en el suelo, Con una manta raída negruzca que lo envolvía como si fuera un gusano de seda. Solo podía ver su rostro junto aquellos brillantes ojos naranjas.
Viéndole así, no podo evitar que la lástima lo envolviera. Tan… frágil, tan vulnerable. Daba la sensación de que Amal, en ese estado pareciese de cristal. Intocable, endeble, humano. Todavía le resultaba difícil ver que ese salvaje de Amal pudiera estar tan tranquilo. Sirius se agachó para mirarlo mejor. Observarlo con ese ímpetu tan suyo. Como si fuera una obra de arte a la que no se debía de tocar.
Sirius vio que el moreno se encontraba admirando esos extraños minerales luminiscentes. Siguió su mirada y la posó en aquellas rocas luminiscentes que emitían unos tenues destellos rojizos.
El silencio reinaba el lugar junto a las suaves respiraciones de Amal, que contrastaban a la perfección con la pesada atmósfera de aquel repugnante antro. De alguna forma, lograba ser pausado en cierto sentido, Sin embargo, notó que no estaban solos.
Escuchó unos pasos detrás suyos. Sirius se giró inmediatamente, viendo a una hermosa chica, bastante joven, con un evidente embarazo, tal vez de siete meses. No estaba del todo seguro cuantos años tendría. ¿Tal vez veinte? No lo sabía con total seguridad, pero si hubo algo que lo llamó especialmente la atención.
No tenía ni una sola herida. Impoluta, acendrada, casta de cicatrices.
No era exactamente igual que el moreno. No tenía esas extrañas malformaciones en las manos, ni tampoco síntomas de haber tenido una enfermedad en su vida. Tampoco tenía ni una sola malformación en el cuerpo. Estaba delgada, pero no era visible esa evidente hambruna que llevaban el resto de personas. No tenía la piel pegada a sus huesos. Ella era como él. Tenía rasgos como los de Sirius o como los de cualquier alumno de Hogwarts. Simplemente lo único que le diferenciaba del joven Gryffindor era simplemente el tono de piel oscura y los ojos negros, nada más. Sin embargo, lo que se le hacía aún más extraño fue ver que no tenía heridas considerables. No había síntomas de que hubiese recibido alguna paliza. Ni siquiera llevaba cadenas. Y que decir de los ropajes. La joven muchacha llevaba los trapos raídos del resto de la gente que estaba encadenada como animales. Pero se notaba que el ropaje en si mismo no había sufrido el paso del tiempo o la suciedad en si misma de no haber sido ni tan siquiera lavada.
Iba vestida como quien lleva un disfraz.
—Quod quaeritis? «¿qué estás mirando?» — Sirius se sorprendió.
Aquello si que le dio la sensación de que le explotaría la cabeza. Hablaba en latín, ¡latín! ¿desde cuando una persona usaba el latín como lengua principal? Y por la sensación que le dio al ver como lo manejaba es que era, evidentemente su único y muy probablemente el idioma principal. Pero más extraño aún es que lo entendía ¿como era posible? Él jamás dio una sola clase de latín, de echo, nunca tuvo esas clases. Era imposible que de la noche a la mañana lo entendiese. Era como si lo hubiese estudiado toda la vida. Como si fuera bilingüe por naturaleza.
—Quid agis, parva? cur non vos ludere cum aliis? «¿qué estás haciendo pequeño? ¿por qué no juegas con los demás?»—preguntó la joven muchacha.
A Sirius le llamó especialmente la atención los ojos de la chica, más bien, su mirada. Vio que la muchacha contemplaba al pequeño Amal con una mirada cargada de amor y comprensión. No había ni rastro del salvajismo que había visto en aquellas otras personas si es que se las podían llmarse así. No había rastro de aquella aterradora bestialidad. No, era una mirada tan humana, cargada de afecto y ternura que parecía algo imposible. Como una la primera rosa que nace en un campo arrasado por la guerra.
Amal no se giró en ningún momento. Es más, parecía como si no escuchara a nadie. Como si aquella chica no existiera. Sin embargo, la chica morena tocó el pelo andrajoso del niño. Y con cierta dificultad se sentó. El vientre hinchado de la muchacha le indicaba que estaba considerablemente embarazada.
—Quid est quod vos es vultus? «¿Qué es lo que estás mirando?»—preguntó revolviendo con suavidad el pelo del niño.
Curiosamente Amal no respondió con brusquedad, no reaccionó de manera violenta. Se quedó quieto como una estatua. Aunque tampoco accedió a mas caricias. Más bien era… como si nadie existiera. Pero por la sensación que le daba, esa muchacha era alguien para Amal. Alguien, lo suficientemente importante como para dejar que se acercara a él.
—Ah! Ita ut fuit, quod «¡Ah! Así que era eso?»—exclamó la joven mirando al techo.—Mea genus etiam quaerere «mi gente también los buscan»
¿Mi gente? ¿buscar esas piedras? ¿por qué tenía la sensación de que la muchacha hablaba de "su gente" como de otro clan?
Sirius alzó la cabeza. Miró los minerales luminiscentes del techo. Emanaban una tenue luz rojiza, suave, casi imposible de apreciar. Pero lo suficientemente fuerte como para ver que expulsaban luz propia. Probablemente lo único que llegase a ser medianamente bello en medio de toda la inmundicia que rodeaba aquel lugar.
Sin embargo, hubo al que lo alarmó, en el momento en el que aquella chico nombró "mi gente" Amal se puso a gruñir como un perro rabioso.
—Shh, non affectu, non. Non hic, non est hic, et faciam te malum, et faciat te malum. Ego non patitur «Shh, no cariño, no. No están aquí, no están aquí, no te harán daño, no te harán daño. No lo permitiré.»—
¿Protegerle? ¿protegerle de quiénes?
La incertidumbre de Sirius acerca de lo que les estaba pasando bombardeaba incesantemente su cabeza. ¿Por qué hablaban en latín? ¿con que motivos? ¿por que esas reacciones por parte de Amal? ¿porque tenía ese estado absoluto de autismo? ¿por que no escuchaba? ¿por qué eran tan importantes esos minerales? ¿donde estaban? ¿porque bajo tierra? ¿porque en esas condiciones? ¿porque esa chica no tenía ni un solo rasguño?… ¿Por qué?
—Vide quid brilla «¿ves eso que brilla?»—señaló la chica, haciendo que Amal cambiara una postura a una más relajada, pero sin renunciar al estar alerta—Numquid scis quare petat? «¿Sabes porque lo buscan?»
No hubo ninguna respuesta por parte de Amal. Él seguía mirando fijamente aquellos minerales que emitían un suave destello rojo. Era como si en la cabeza del moreno no existiera nadie más que él. Ni siquiera ella.
—Dixit autem angeli sunt defendat. «los ángeles nos protegen»—la chica acarició con suavidad el pelo de Amal—Dicunt, quod angeli sunt prodigiosus creaturae, cum oculis multis coloribus, sunt etiam, qui dicunt, quod angeli habent aurea capillos.«Dicen que los ángeles son criaturas asombrosas, con los ojos de muchos colores incluso hay quienes dicen que los ángeles tienen cabello de oro.» —la chica suspiró, con un brillo de tristeza en sus ojos— cum nos mori scimus. «cuando morimos los conocemos»—susurró aquello último como si se tratase de sus últimas palabras en vida.
Aquello pareció tranquilizar considerablemente a Amal. Lo cual, era todo un logro. Pero había una cosa que le pareció digna de llamar la atención. De alguna manera, Amal entendía las palabras de aquella muchacha, puede que no respondiera, pero las entendía. No era como aquellos ancianos que no parecían saber ni tan siquiera hablar, que lo único que eran capaces era de balbuear. De alguna forma, el moreno era zapaz de entender.
Aunque Vivar no parecía escuchar. De echo, a Sirius le daba la sensación de que estaba con un niño autista. No había ninguna reacción en él. No parecía escuchar ninguna palabra de lo que le decían. Mantenía esa misma expresión de seriedad, como si el resto del mundo desapareciera. De echo, tenía la vaga sensación de que el muchacho ignoraba a aquella chica. No del modo en que uno ignora al vecino pesado de turno, si no más bien, como si no pudiera mirarla.
Como si no se atreviera.
Sirius sintió lastima por la chica, el estaba seguro que el habría sido incapaz de aguantar más de una semana en ese antro. Seguramente se habría acabado suicidando de la desesperación que le daba el lugar. Y sin embargo… Amal y esa chica habían encontrado su propio modo de supervivencia.
Observó la expresión de la adolescente, parecía que estaba exasperada, agobiada… no, más bien, desesperada. Veía como trataba de llamar su atención, de que el niño le hiciera caso. Pero no había manera. No conseguía ninguna reacción por parte de ese niño. Pero lo que hizo Amal fue algo que tanto como a Sirius y a esa chica los tomó por una rotunda sorpresa.
El niño se giró con lentitud, con pereza. Aunque a ojos de Sirius le dio la sensación de que la hacía con dificultad. Amal posó su mirada en el vientre abultado de la chica. Y dejó salir su mano medio deforme, tocando su estómago.
La chica de ojos negros lo miró con duda, y empezó a desenvolverle de la manta viendo con horror el motivo por que estaba así. Todo su cuerpo estaba plagado de cardenales que abarcaban más de la mitad del cuerpo. El codo estaba retorcido y lo único que hacía que no se desprendiese era la piel colgando, dejando entrever la gravedad de la lesión. No sabía no como podía moverse. La manta que cubría sus piernas la quitó la muchacha de ojos negros. Y que horror sintieron ambos al ver que las piernas de Amal estaban totalmente rotas. Magulladas, moradas y con extraños bultos que sobresalían de sus tobillos y piernas, donde claramente eran huesos rotos. Parecían de una manera grotesca y macabra astillas que habían nacido en el interior de su piel y que deseaban abrirlas para salir.
Repugnante.
Sirius se tapó la boca de lo gráfica que era esa imagen. Sintiendo una punzada en su corazón. Algún degenerado se había divertido golpearlo con un martillo. Algún degenerado le había pisado los brazós. Algún degenerado le había quemado los hombros… algún degenerado lo había golpeado hasta dejarlo en ese estado. ¿Que clase de enfermo mental le había echo eso a un niño? ¿Como podían torturar a conciencia? ¿que clase de mente enferma podría llegar a hacer algo como eso?
Amal no se movió, bajo ningún concepto la haría. Sirius no sabía como diablos había conseguido permanecer sentado sin pegar alaridos de dolor.
Seguía en la misma posición. Como una estatua. De vez en cuando ladeaba la cabeza, mirando como el saco se iba vaciando con una rapidez vertiginosa. No había ninguna expresión en su rostro. Sirius tuvo que hacer de tripas corazón, aquello lo estaba superando. No estaba seguro de ser capaz de aguantar todo eso. No estaba seguro de poder seguir viendo eso sin que le afectara a su cordura, tanto mental como emocional. ¿Como era posible que el ser humano hubiese caído tan bajo? No culpaba a esa chica, ni tampoco a Amal. No era tan imbécil. Mas bien, culpaba a las personas causantes que que vivieran esa situación. ¿Por qué llegar hasta ese extremo? ¿por qué golpear a un niño hasta la saciedad? ¿como podían tan siquiera pensarlo? ¿que clase de criaturas viles y malévolas podían hacer eso?
La chica terminó de comer y miró al niño. Con las lagrimas cayendo de sus ojos.
—Paenitet, paenitet me audire te feci. Spes transeunt terribilia, selo merentur«Lo siento, lamento lo que ellos te han hecho. Ojala les pase cosas terribles, se lo merecen»—se sorbió la nariz—Non possum tueri te«no puedo protegerte»—los ojos negros de la chica estaban inundados por la culpabilidad mientras se frotaba el vientre—habeo aliquem ad curam « tengo a alguien más a quien cuidar»
Sin embargo, Amal tocó el vientre. Casi con curiosidad. Pero en cuestión de segundos quitó la mano, como si hubiese logrado calmar su curiosidad.
La chica lo miró por unos segundos y acabo rompiendo a llorar.
—Quare tu omnia haec? cur non ita multo damno? quam quidem possis cogitare? quia licet esse aliud genus?«¿Por qué te hacen todo esto? ¿por que te hacen tanto daño? ¿como tan siquiera pueden pensarlo? ¿solo porque seáis de otra raza?»—la chica gimoteaba sin parar. Acaricio el cabello del chico. Manteniendo unos segundos de total y absoluto silencio. La chica se enderezo lentamente con una aterradora mirada. Una mirada que hasta el mismísimo Lucifer sentiría miedo—reddere cum sanguine tuo «pagarán con su sangre»— la chica rió suavemente, juntando su frente contra la de Amal—Et tunc youll ' esse liberum, sicut avis «Y entonces serás libre, como un pájaro»—se acercó a su oído, con un suave susurro le dijo;
—Et liberabo bestia. «Tú liberarás a la bestia»
No supo porque, pero aquello le dio un terrible escalofrió.
La mirada sádica de esa chica era aterradora mirase por donde mirase. ¿porque les estaba diciendo todo eso? ¿que quería decir? Y por que había un ¿atisbo de pura felicidad en sus ojos? Y por el amor santísimo de Merlín, ¿porque había tenido un cambio tan brusco de humor? ¿A que se refería con que eran de otra raza? ¿que tipo de diferencias habían entre ellos como para llegar a golpear salvajemente a un niño? A esas alturas empezaba a comprender que aquella chica debía de pertenecer a un tipo de raza o posición social o algo por estilo, y de alguna forma, había establecido una extraña amistad con Amal. Y por la sensación que le daba era algo totalmente prohibido.
—Humanum … «humanos»—dijo aquello con un absoluto y puro asco— sumus pulmentum.«que criaturas tan despreciables»—susurró aquello último con desgano.
La chica empezó a hurgar entre las abultadas mantas marrones y sacó un extraño mineral rojizo. Parecía asustada, miraba de un lado a otro como si tuviera miedo de que la vieran. Miró a Amal que seguía mirando hacia abajo. Al suelo en concreto.
—Vides? «¿ves esto?»— la chica le enseño desde abajo la piedra. Haciendo que Amal, tuviera como único campo visual la dichosa piedra—hoc est, de magia, quid te tam perdite quaerere «esto es cosa de magia, lo que buscan tan desesperadamente»— se acerco al oído de Amal y le susurro;— Scin quid est? «¿Sabes lo que es?»
No recibió ninguna respuesta, Amal seguía igual de estático. No movió ni un musculo.
—Philosophi Lapis vocant. «la piedra filisofál»
Sirius abrió los ojos como platos, no podía creer lo que estaba escuchando. Se acercó a ellos sin dudarlo y se sentó en el suelo, analizando la pequeña piedra. Lo único que había logrado entender fue Philosophi lapis. Y muy bien sabía que lapis era piedra.
Si, lo había visto en algunos grabados de sus libros, roja como la sangre, cristalina y de una belleza que lo asemejaban con rubíes. ¿Pero como era posible? ¿Porque esa chica tenía esa piedra tan codiciada? La miró con duda, esa chica escondía algo… algo muy, muy oscuro. Su propio instinto se lo decía. Le decía a gritos que se alejara de ella. Pero aunque quisiera hacerlo no podría, especialmente porque no había ninguna escapatoria.
—Hoc est magia lapidem, te sanare potest, aliquid, quidquid. Etiam tua vulnera «Esto es una piedra mágica, puede sanar cualquier cosa, lo que sea. Incluso tus heridas»— la chica miró las piernas de Amal— Vis tactus?«¿Quieres tocarlos?»— no recibió ninguna respuesta, Amal no decía ninguna palabra, ningún gruñido, ninguna expresión. Nada que pudiera ayudar a saber que pasaba por su cabeza.—Ego coniecto non etiam tu poteris movere «supongo que es por que ni siquiera puedes moverte»— murmuró para si misma. La chica cogió delicadamente las piernas e hizo que las pusiera rectas. Recibiendo un fuerte gruñido por parte del niño—Shh, non er cura animam meam, hoc est tuum bonum, ut ' sana animam meam. «Shh, no re preocupes mi vida, esto es por tu bien, para que te cures mi vida.»
Y en el acto empezó a pasar el mineral por sus piernas, escuchando unos macabros crujidos en sus huesos, junto a los chillidos y gruñidos del pequeño Amal. Pero, las heridas y las magulladuras estaban desapareciendo. La piedra en verdad lo estaba curando.
—Hoc est magia «esto es magia»— dijo mientras le daba una tierna sonrisa.
La piel del chiquillo empezó a brillar, el sudor perlado que caía sobre su nuca y hombros. De algún modo, resultaba totalmente desolador verlo así. Algo le decía que esa chica le había echo algo más. ¿Porque ayudarlo entonces? No tenía ningún sentido.
Amal jadeaba, tratando de respirar el oxigeno que le faltaba. Algo andaba mal. Algo no le gustaba. El instinto mas profundo y visceral de Sirius le avisaba que algo iba a ocurrir.
Vio con terror que la espalda de Amal empezaba a aparecer extraños bultos que se movían de un lado para otro. Teniendo unos bruscos espasmos junto a los gruñidos del chico. El corazón de Sirius empezó a acelerarse. ¿Que diablos estaba pasando? ¿que diablos le estaba ocurriendo? Y mas extraño aun ¿porque la chica lo miraba con esa tranquilidad?, como si aquello no lo sorprendiera en absoluto.
Se tapó la boca, acallando un jadeo. Era como si sus huesos estuvieran desplazándose de un lugar a otro. Como si sus ligamentos musculares se rompieran de una manera totalmente macabra. Y para mas inri, abriendo las heridas que tenía en su espalda.
—Shh, non vita, non noceret, nocere non, et sanabo vos et illa monstra, non veniet «Shh, no mi vida, no duele, no duele, esto te curará y esos monstruos no vendrán»—dijo mientras acariciaba la espalda repleta de cicatrices con larvas carcomiendo sus heridas—Hic sum, hic sum, ego sum hic.«estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí»— la chica lo agarró de los brazos y lo sentó entre sus piernas, poniéndolo en contra suya. Y empezó a balancearse sobre si misma—shh, nolite solliciti puer meus.«no estás solo mi vida»—acaricio su cabello con dulzura,—aliquando, youll 'control.«algún día aprenderás a controlarte»
Lo arrulló con un profundo cariño. Mientras que empezaba a tararear una canción. La voz se hizo lejana, como si tuviera un velo en sus oídos.
No sabía quien era esa chica, sabía que era peligrosa. Pero por alguna razón, Amal se aferraba a ella como si fuera su única salvación. Una parte de el se rompía en mil pedazos por las terribles condiciones en las que el Amal vivió en su niñez. No había ningún derecho en destruir la infancia de una persona y menso la de un niño de esa manera. Miró con tristeza al chico. No parecía tener ni la mas mínima consciencia de lo que ocurría a su alrededor. Los ojos naranjas del chico seguían mirando aquellos minerales de color verde. Como si eso le ayudara a huir de la realidad. Sin embargo, hubo algo que lo alarmó considerablemente.
Los ojos de Amal cobraron un extraño brillo. Algo terrible pasaba por su mente. Pero pudo saber sin problemas lo que sentía en esos momentos. Una mirada idéntica a la que le lanzó
Pura y absoluta ira.
Sirius se dio cuenta al momento de que la escena empezaba a tornarse borrosa, cambiando totalmente de escenario por uno que el conocía muy bien.
—No, otra vez no— dijo ya con cansancio, exasperado y con un repentino desgano. Ya se estaba acostumbrado a esa aberrante escena, de alguna manera macabra. Sirius miraba hacia todos los lados. El mismo lugar, el mismo silbido del aire frío… el mismo desierto blanco. Miró con aburrimiento el paisaje. Suspiró con desgana y se giró bruscamente, encarando al ser que tenía detrás— ¿no tienes otra posición donde ponerte? ¿porque siempre detrás?—inquirió irritado,dejando que Amón sonriera ladinamente.
—No dejes que la arrogancia nuble tu juicio. Este es un escenario...bastante suave—Hizo una breve pausa mirando el desierto blanco.
—¿Entonces a que vino los cadáveres empalados?
El demonio sonrió anchamente, haciendo que Sirius volviera a tener ese pánico atroz, avisándole que era una mala idea tratar de ser valiente en el momento menos indicado.
—Como ya te dijo Amal. Sirvió para alimentarme de tu miedo, como el que estas profesando ahora—añadió con una grotesca burla al ver a aquella criatura débil y frágil temblando a su merced.
Sirius tragó sonoramente, por muy aberrante que fuera ese demonio tenía razón. No podía dejar que su arrogancia le hiciera creerse más valiente. Y como el había dicho, bastante que le hacía un favor al dejarlo en un escena como esa. Sin embargo, hubo un amargor que lo invadió con la misma violencia de un tsunami. ¿Como diantres había averiguado lo que Amal le había dicho? ¿eso significaba que bajo ningún concepto tendría intimidad? ¿que siempre estaría vigilado? La desesperación ante esa terrible idea entraba con fuerza en su alma, golpeándola una y otro y otra vez, como un sádico desquiciado. Como si su ya desdichada alma fuera el saco de boxeo personal de las burlas de la vida misma. Desde luego, sabía que no era conveniente hacerlo enfadar. Lo que diantres fuera esa criatura estaba le estaba demostrando cuan inútil era luchar contra él. Sirius tragó con fuerza y alzó la cabeza mirándolo a la cara, sintiendo que fue un error hacerlo. Esos dos ojos naranjas mirándolo atentamente hacían imposible mantener su mirada.
—¿Porque estoy viendo todo esto?—preguntó finalmente tras un largo y tenso silencio.
Amon ladeó su cabeza. Se inclino hacia Sirius, encorvando aun más su columna de una manera macabra y espantosa.
Ante este repentino acto, Sirius cerró los ojos por instinto. Como cualquiera haría ante el posible golpe de un balón viniendo hacia nosotros. El Gryffindor sintió como su esómago se partía en dos al saber, que en algún momento tendría que abrir los ojos, para saber que aquel monstruo lo tenía a varios centímetros de la cara.
—¿No quieres saber la conexión que tiene laPeste Negray Amal? me sorprendes, creí que la curiosidad era un don nato propio de los humanos.
Sirius abrió los ojos con fuerza. Mirándo directamente a los ojos rojos de aquel monstruo. Sin embargo, las palabras que había escuchado fueron lo suficientemente fuertes como para ser capaz de ignorar la sensación de pánico que solía tener en presencia de aquella alimaña. Esa criatura le estaba dando las respuestas que tan desesperadamente quería escuchar. La posibilidad, de saber, de una vez por todas lo que unía a la Peste Negra con Amal. Sin embargo, esa ilusión desapareció en cuestión de segundos, tan efímera como la sensación de tener el control sobre si mismo.
¿Desde cuando un demonio querría ayudar a un ser humano? ¿por altruismo? ¿por humanidad? ¿por que sí? Sirius era consciente de que podía ser ingenuo, pero no idiota.
—¿Que ganas ayudándome?
Amón pegó una escalofriante risotada.
—Me alegra saber que no eres tan idiota como creía. Muy bien muchacho, es bueno ser consciente a lo que uno se enfrenta.
Aquello respuesta lo molestó, tenía la sensación de que estaba siendo ninguneado como una simple marioneta. Aunque a esas alturas y a sabiendas de la criatura con quien estaba tratando estaba seguro de que era así. Una simple marioneta al que usaría cuantas veces quisiera con un fin que ni el mismo sabía y de echo, prefería manterse en la ignorancia, no quería saber que clase de plan retorcido podría llegar a tener en la mente ese diabólico ser y que como dijo Amal, era muy consciente de su existencia.
Podía en esos instantes rechazarlo, o al manos tratar de seguir los consejos de Amal, tratar de centrarse en otra cosa. Pero teniendo esa cosa delante suyo, su imaginación se veía en serios problemas de creatividad. Más aún s tenía en cuenta lo que ese ser podía hacerle. Ese demonio podía hacer con él lo que quisiera, y de entre ello, era mantenerlo en una prisión tan horrible como el de una pesadilla de ese calibre. Y como él había dicho, bastante favor le había hecho con deshacerse de todos esos cadáveres, lo que le indicaba que no era buena idea jugar con el concepto de ser valeroso, no ahora, no cuando estaba en un terreno desconocido. Ser valiente era lo equivalente a ser arrogante. Sin embargo, pese a lo tensa que era la situación. Comprendió algo muy importante. Todavía no lo había mandado a la vida real, lo cual significaba que era su única oportunidad para hacerle todas las preguntas que necesitaba. O al menos, que el trataría de responder.
—¿Tiene algo que ver los recuerdos de Amal con ese asesino?
—Todo, absolutamente todo.
Un escalofrió recorrió su columna dorsal. Aquel monstruo estaba dispuesto a resolver sus dudas, aquellas incógnitas que revoloteaban por su cabeza como buitres hambrientos a la espera de su enfermiza presa.
—Esa chica que lo acompañaba ¿quién es ella? ¿por que pude entender el latín? jamás lo hablé y ni mucho menos aprendía a hablarlo.—las palabras de Sirius fluyeron como un manantial tras una larga sequía. Las dudas desbordantes que tenía en su cerebro que estaban clavadas como molestas astillas empezaban hacer acto de presencia—¿Por qué hablaban el latín?
Amón pareció divertirle el estado en que se encontraba Sirius, lleno de disgusto, confusión y desesperación. Algo que lo divertía. A los ojos de auqel demonio, era como ver a un mono tratando de discurrir.
—Nunca tuvo nombre, pero si una importante relevancia.
—Sigues sin responderme por qué entendí el latín.
Amón lo miró de reojo, era divertido ver como trataba de mantener la compostura sin que le diera un ataque de pánico.
—Consideralo un obsequio de mi parte.
Aquella respuesta, lejos de tranquilizarlo lo alarmó aún más. Ese tipo. No, esa cosa actuaba como un mafioso. Hacía favores considerables, pero favores que él no había pedido, y por ello, ya tenía una deuda que pagar, algo que lo ataba a él. Aquella alimaña estaba haciendo lo mismo. Muy bien sabía que nada bueno iba a pasar si tenía un débito a sus espaldas, y lo que era peor, con un demonio.
Aquello estaba empezando a exasperarlo y la vez a asustarlo. Sabía que no lo iba a matar (lo cual era un alivio) pero de que le servía todo ese interrogatorio si al final le iba a costar su salud mental. Después de lo que había visto, y lo que le faltaría por ver, eso lo tenía más que claro, no sabría si a esas alturas valía la pena todo lo que le estaba ocurriendo. Más que respuestas, lo único que lograba tener era más preguntas.
Pero a lo mejor hacía preguntas mal formuladas.
—Ese lugar… ¿fue el origen de la Peste Negra?
—Fue el origen de todo.—respondió Amón con un sonrisa burlona —era amorfo, no tenía inteligencia, no había nada en él.
Sirius comprendió que tan grave era la situación de Amal. Ese ser había estado al lado de Amal desde que nació. Desde que existió. Siempre estuvo ahí.
Viendo las aberraciones que cometían esos monstruos con piel humana sin haber echo nada.
El lado más impulsivo de su cabeza se revolvía ante la sola idea de que ese monstruo hubiese hecho de mero espectador cuando torturaban a ese chico. Pero su lado más frío, el coherente, el que predominaba y el que le estaba mandando en esa situación no se sorprendía, en absoluto. Él ya tenía en cuenta la naturaleza arrogante de los demonios, y uno de ellos no era ser precisamente ser compasivo y caritativo a la raza humana. Pero ahí le asaltaba una duda.
—¿Qué es lo que te une a Amal?—preguntó con un espíritu más osado. —no tiene ningún sentido unir un demonio a un niño.
Amón abrió los ojos con fuerza. Pero hubo algo que vislumbró en aquellos indiferentes ojos rojos. Fue tan solo un milésima de segundo, puede que menos. Pero estaba seguro de haber visto, tan solo por unos instantes, un atisbo de dolor, dolor en su estado más puro. Pero como Sirius había pensando, fue demasiado rápido. Estaba seguro que algo se traía entre manos. Pero inevitablemente aquello realmente le sorprendió. ¿Podría ser que aquel demonio si tuviera algo de humanidad? Sin embargo, tras un largo silencio, tan incómodo como recibir un no, tras un arduo esfuerzo. Sintió que algo apretaba sus pulmones, una fuerza invisble. Una asfixia continua empezó a inundar el desierto blanco con una fuerza que ni el mismo sería capaz de controlar.
Algo había desatado Amón. Algo había echo que una furibunda fuerza arremetiera aquel lugar. Sintió que su propia alma se revolvía desesperada. Era como los animales cuando saben que algo terrible va a pasar. Como la vez, que todos lo perros de japón dejaron de ladrar a sabiendas de que el momento en que el sol saliera de las montañas no volverían a abrir los ojos. Era esa sensación. Su alma agitada, el miedo clavado en su piel, en cada fibra muscular. En cada fragmento de su cansada alma.
Aquel tétrico paisaje se tornó a uno oscuro. El cielo blanco pasó a uno gris, lleno de suciedad. Cargado de ignorancia cromática. Colores desoladores, tristes, desgarradores. A medida que las nubes se tornaban más grises Sirius empezó a ver que estas cobraban forma. Unas avionetas, con un extraño símbolo. Un aro blanco con un circulo rojo en su interior y en centro una esvástica. Una cruz cuyos brazos estaban doblados en ángulo recto. Un símbolo que hizo un daño terrible a la humanidad, un símbolo que esclavizó a tantas mentes. Gritaban en alemán, no entendía lo que decía. Pero había tanta rabia en sus gritos, tanto odio.
Tanta ira.
Los zumbidos de las aspas de los aviones empezaron a temblar en sus oídos. No era solo eso. Vio como aquellos aviones se estrellaban contra otros. Fuego, como unos grotescos fuegos artificiales. Miró a la periferia de del desierto de hielo. Y vio que el suelo del impoluto blanco se transformó en un rió de sangre y lodo. Lleno de vulgar suciedad. Alzó su mirada, y vio a centenares de miles de personas. De todas las razas, de todas las épocas apareciendo con el transcurso de los segundos. Caminando sin rumbo. Caballos heridos con los ropajes que se es solían poner los caballeros andantes de la edad media. Caballos pintados con hombres de pieles rojas montados en su lomo, sin cabellera, como si alguien se las hubiera arrancado. Mujeres con un velo negro con el rostro quemado. Cientos de miles desnutridos, hombres, mujeres y niños caminaban desnudos con los ojos llenos de lágrimas.
Un océano de humanos, en el que todos tenían algo en común. Habían pagado en sus propias carnes la tiranía de los inhumanos. De hombres máquina. De hombres sin corazón, sin cerebro, sin alma. Hombres que hicieron promesas que jamás cumplieron, hombres que trataron a su propia gente como si fueran vulgar ganado. Como si fueran simples corderos a los que llevar al matadero. Hombres, líderes que de ningún modo se ganaron el derecho de merecer ese título, se mancharon de la sangre de inocentes por sus ideales. A la fuerza. Limpiándose las manos con repugnancia, en la misma agua de Poncio Pilato, la misma agua que ignoró las palabras de un inocente. Monstruos que estaban manchados de la sangre de almas inmaculadas. Gente pura, que estaban pagando la esclavitud mental de los inhumanos. Los gritos silenciados de aquellos de libre pensamiento. Aquellos que nacieron con un ideal, masacrados por mentes pobres. Aquellos que se les dieron el poder lo usaron con tiranía y ferocidad. Hombres cuyos corazones estaban forjados por el hierro.
Genocidios, guerras, masacres, holocausto.
Aquello era una cantata, una alegoría a la ira.
Su alma se agitó, sintió que los gritos de aquellas personas. Sintió como atravesaban su alma como si fueran flechas. Podía sentir como el dolor de toda la humanidad se lanzaba contra él. Podía sentir los llantos desgarradores de familias destruidas. El modo en que se había creado tanto dolor a causa de un solo individuo. Sirius sintió que le estaban quitando una venda de los ojos. Una venda que el mismo se había puesto para no ver las barbaries que se habían cometido contra la humanidad.
—¿Qu… que… es… esto?— apenas prenunció, sintiéndose incapaz de hablar. Tenía la vaga sensación de que las palabras eran casi un insulto para aquellas víctimas. El corazón de Sirius latía descontroladamente, su corazón se partía en dos, se rompía como si se tratase de cerámica ¿Que era todo aquello? ¿que era lo que tramaba? ¿por qué estaba viendo todo aquello? Dio un pequeño sobresalto al sentir aquellas garras en su hombro. Por alguna razón, no se atrevió a girar la cabeza. No fue necesario. El rostro lobuno de Amon fue lo único que vio al atravesar la curva de su cuello con su hombro.
—Yo creé todo esto —Amón se alejó de Sirius con lentitud.—el creador de las desgracias. Un sentimiento que nubla el cerebro de las personas. — Amón rió al ver el desconcierto del Gryffindor, al ver el modo en que comenzaba a llorar, al ver al tipo de monstruo que tenía frente a él—Todo mío.— el tono de voz que usaba, la arrolladora lentitud. El modo en que arrastraba aquellas palabras. Como si se deleitase de aquellas simples letras. Como si disfrutase de pronunciarlas. Era como el de una persona totalmente orgulloso de una colección de cuadros únicos de Goya.
Él estaba orgulloso de todas esas muertes.
El corazón de Sirius estalló en el llanto. Tanta destrucción, tanto dolor, tanto odio. No podía con aquello, no podía sobrellevar esas emociones. No podía. Simplemente no se veía con esas fuerzas. Sus rodillas cayeron al suelo. Su cuerpo, su mente y su alma imitaron la misma acción. Estaban desfallecidos, cansados, agotados. Cada fibra muscular del cuerpo del Gryffindor lloraba amargamente al comprender lo que estaba viendo. De lo que estaba siendo testigo. El cuerpo de Sirius empezó a temblar descontroladamente. ¿Que significaba todo eso? Más importante, ¿por que justamente él?, sería mas lógico si fuera a Severus u otra persona… ¿pero porque él? No tenía nada de especial. Nada de vital importancia, nada que le hiciese marcar un antes y un después en la historia. Él era un simple chico adolescente. Nada más. Un adolescente que había visto un terrible asesinato. Él no quería nada de eso. Solo descansar decentemente. Solo… ser normal.
Las lágrimas se enjuagaron en los ojos de Sirius. Rodando sin control por sus mejillas. Dejando que cada gota salina se desprendiese de la desesperación que había ido acumulando.
Las dudas lo inundaban. Sus pensamientos eran una marabunta de pensamientos que no le dejaban pensar. Y aquello empezaba a dolerlo. De un momento a otro, acabó comprendiendo que su propio cerebro era su peor enemigo. Desesperado, acabó garrándose de los pelos de la abrumación que sentía. Iba a volverse loco, iba a volverse loco en cualquier momento.
No paraba de cruzarse por su cabeza una y otra vez el modo en que ese monstruo se enorgullecía de… eso. De ser causante de ese terrible caos. Amal no era así. Ni de lejos. Se preocupaba por su gente. Y trataba siempre de evitar problemas. De ahí su evidente duda ¿que pintaba Amal en todo esto?
—No me respondistes… —dijo como pudo el muchacho, dejando que los hipidos hicieran acto de presencia—¿por qué Amal… ? ¿que te hizo él?
La bestia se giró para encararlo mientras las imágenes de aquellos personajes desaparecían lentamente. Como si fuese una proyección echo por gránulos de arena.
—Soy el nexo que une a Amal con la Peste Negra.
Aquella declaración lo dejó helado. Alzó su cabeza mirando al monstruo que lo miraba con repugnancia.
Ahora empezaba a cobrar un sentido claro y lógico.
"Me convierto en sus ojos" "estoy dentro de él" "puedo ver y oír todo lo que esta escuchando" "como si me metiera en su cuerpo y estuviese asesinando en primera persona" "como si fuera yo quien hace esas atrocidades"
La mente de Sirius empezó a trabajar a toda máquina, recordando las frases que Amal había dicho en su momento respecto a la Peste Negra. Ese era la unión, ¡por eso el se convertía en los ojos de la Peste Negra!. Ese demonio era la unión entre ellos dos.
Frunció el ceño y por primera vez mantuvo su mirada.
—En ese caso, ¿porque haces de nexo? ¿porque unir a dos sujetos tan diferentes?
El demonio sonrió anchamente, acercándose peligrosamente al Gryffindor, ignorando el fuerte trauma que le estaba causando.
—Y pensar que te tenía como alguien inteligente.—la inhumana burla que soltó el demonio lo llenó de coraje. ¿Cómo podía estar tan tranquilo después de lo que él supuestamente había causado? ¿como tan siquiera podía burlarse de su estado mental después de lo que le había obligado a ver? ¿cómo… cómo podía llegar a reírse de su estado? ¿tan inmoral era? Ignoró la mirada de dolor que había tenido momentos atrás. No era posible que aquella cosa llegara a sentir algo como dolor.
Sirius tuvo el arranque de valor o arrogancia como para reírse.
—No lo entiendo. Después de la miserable vida que ha tenido Amal… ¿porque seguir haciéndole la vida imposible? ¿porqué seguir torturándolo con esto? ¿que clase de mente enferma puedes tener? ¿no es suficiente para ti todo esto?
Sirius mantuvo su mirada firme sobre los ojos naranjas de Amón. No se echaría para atrás ahora. No lo haría. Haría frente. Podía más su ira interna que su sentido de supervivencia.
—Está bien que no me respondas. Como si pudieras hacerlo —escupió con asco —al menos ten la decencia de decirme quien carajos eres, mejor dicho que carajos eres—Sirius logró mantener su mirada. Mantenerse lo más ecuánime que pudo.
Aquellas palabras no le causaron ningún efecto de molestia al demonio. Más bien, pura repugnancia. Parecía como si estar gastando el tiempo con un ser humano como él fuera su mayor castigo, como si enfadarse con él no mereciera ni siquiera la pena.
Aquel demonio levantó su mano y lo apuntó con una de sus garras en su frente. A tan solo unos míseros centímetros de su cara. Al momento, el Gryffindor sintió un agudísimo dolor en el cráneo. Como si lo estuvieran triturando con un martillo con una arrolladora lentitud. Como si fuera aplastado en una prensa hidráulica.
—Juan Casiano
Y en el acto despertó.
Jadeó varias veces, cerciorándose de que estaba en su habitación de Gryffindor. Miró de un lado a otro. Si, todo estaba bien, en orden. Estaba en su hogar.
Suspiró, frotándose la cara con sus manos soltando un sonoro suspiro. Aquellos sueños, alucinaciones, lo que diantres fuere. Lo estaban agotando. Tanto, de manera física como mental. Miró al resto de sus compañeros. Todos dormían plácidamente. Ojalá el pudiera hacerlo como ellos. Se dio cuenta de que estaba totalmente empapado de sudor. Respiró varias veces, quedándose en su misma posición. Recordando lo que había visto. Amal viviendo en aquel repugnate antro. Aquello lo estaba sobrepasando emocionalmente. Todo eso… lo superaba. Las vejaciones que Amal soportó de niño. Y también el verlo tan incapaz de entablar una conversación. Estaba seguro, que de entre las cosas que pasaban por la cabeza del mecánico sería su incapacidad para empatizar con un ser humano. Ahora, entendía porque Amal no se relacionaba con otras personas. No era por vergüenza, no era por timidez. Si no por todo lo que suponía hacerlo, recordar lo que su propia raza le hizo. Aquellas vejaciones, la falta de alimentos… el que los trataran peor que a una cucaracha. Y luego ese demonio… Sirius acabó llorando silenciosamente. No podía, realmente no podía seguir el ritmo de aquella montaña rusa de emociones.
Él necesitaba descansar, había sido testigo de un aberrante asesinato. Él necesitaba que su cerebro descansase, que por una vez, sintiera tranquilidad. Pero no, de alguna manera maquievélica había acabo siendo el conejillo de indias de un maldito demonio. Que lo usaba a su antojo.
"Mierda… maldito hijo de perra" pesó tras unos largos segundos.
La risa burlona de ese desgraciado al verlo en el suelo llorando desconsoladamente lo enfureció. Puede que incluso, hasta los dementores tendrían más decencia moral de lo que tenía aquella criatura.
Se levantó de la cama. Dejó posar las plantas de sus pies en el frío suelo de madera. De alguna forma aquello consiguió despertarlo.
"Juan Casiano"
Estaba seguro que había escuchado ese nombre.
Sin dudarlo, se levantó de golpe. Agarró su bata y se fue con paso decidido a la biblioteca, no faltaba mucho para que empezase a amanecer, así que no rompía ninguna regla (aunque fuera sábado).
Bajó con rapidez las escaleras móviles. Llegó a la biblioteca y empezó a buscar libros que tuvieran que estar relacionados con la historia muggle.
—Juan Casiano, Juan Casiano… — no paraba de repetirse a si mismo ese nombre creyendo que al hacerlo no se olvidaría de él.
Pasaba las paginas a la velocidad de la luz. Buscó y leyó varios tomos de historia muggle, pero no lograba encontrar nada. Aquello era irritante, no había nada que estuviera relacionado con ese nombre. ¿Donde buscar? Ya había leído casi todos los libros y desde luego, algunos estudiantes (en su mayoría Revenclaw) ya estaban empezando a entrar en la biblioteca.
Alzó la mirada, echó un vistazo a todos esos lomos viejos de los libros. Hasta que vio algo que logró captar su atención.
"Recopilatorio de personajes Religiosos."
Se levantó de su silla y miró el libro. Se quedó estático. ¿Que iba a ser lo que iba a encontrar ahí? Especialmente si aquel nombre venían de las palabras de un demonio. Cogió ese enorme y pesadísimo libro y lo puso encima de su mesa. Dejando que un fuerte sonido inundara el lugar y una capa polvorienta se alzara sobre el aire.
Abrió la tapa del libro, y el polvo se hizo notar. Estornudó varias veces, pero en cuestión de minutos acabó desapareciendo. Empezó a pasar las páginas llegando hasta la letra J, buscó y buscó. (le sorprendió la cantidad de Juanes que había en ese libro) hasta que por fin lo encontró.
Juan Casiano
Monje y escritor ascético, primero en introducir las reglas del monacato oriental en Occidente. Nació probablemente en la actual Dobruja en Rumania, en la desembocadura del Danubio, hacia el 360 y murió alrededor de 435, probablemente cerca de Marsella.
Era hijo de padres piadosos cristianos que le dieron una excelente educación, introduciéndolo e instruyéndolo en las Sagradas Escrituras y en la vida espiritual. Junto con su amigo Germano en el 380, viajó a Jerusalén. En Belén, Casiano y Germano asumieron las obligaciones de la vida monástica pero, el deseo de adquirir la clave de la santidad directamente de sus más eminentes maestros, pronto los llevó de sus celdas en Belén a los desiertos egipcios. Visitaron a los solitarios más famosos de Egipto y se sintieron tan atraídos por sus grandes virtudes que, después de conseguir en Belén una extensión de su permiso de ausencia, volvieron a Egipto donde permanecieron siete años más.
Fue durante este período de su vida que Casiano recopiló los materiales para sus dos principales obras, "Instituciones "y "Conferencias".
Ambos pasaron de Egipto a Constantinopla. Allí conocieron a San Juan Crisóstomo quien le confiere a Casiano el diaconado. Después del destierro de Crisóstomo, Casiano fue enviado a Roma para interesar al Papa San Inocencio I a favor de su obispo. Fue probablemente allí, en Roma, donde recibió la ordenación sacerdotal. Desde este momento ya no se vuelve a oír sobre Germano, y de Casiano mismo no se conoce nada por la próxima década. Hacia 415, ya en Marsella, fundó la Abadía de San Víctor, formada por dos monasterios, uno para hombres, sobre la tumba de San Víctor, un mártir de la última persecución cristiana de Maximiano (286-305).
Si, todo eso era muy bonito. ¿Pero que era lo que tenia de especial? ¿porque alguien como el habría salido de la boca de ese demonio? Sin embargo, su espera fue recompensada. Empezó a leer renglones mas abajo.
Juan Casiano redujo la lista a los siete ítems que conocemos: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Fue el papa San Gregorio (540-604) quien los oficializó definitivamente con el orden que aparece arriba, el empleado también después por Dante en su Divina Comedia. Según Santo Tomás de Aquino, el calificativo capital no alude a la gravedad de estos pecados, sino a que de ellos emanan todos los demás.
Sirius abrió los ojos como platos.
Aquello le dio un terrible escalofrió.
El origen se remonta al siglo IV, cuando el asceta Evagrio el Póntico -también conocido como el Solitario- fijó en ocho las principales pasiones humanas pecaminosas: ira, soberbia, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula y lujuria. Un siglo más tarde, el sacerdote rumano Juan Casiano redujo la lista a los siete ítems que conocemos.
Comenzó a buscar información de todos aquellos nombres, estaba seguro que encontraría las respuestas que el buscaba. Buscó al papa San Gregorio, Dante, Santo Tómas de Aquino. Todos ellos, y todas las respuestas que ansiaba buscar las encontró. Jadeó por unos segundos. Todo aquello… era tan irreal. Demonios, un sádico asesino y un chico que escondía muchos secretos. Y pese a lo surrealista que sonaba… ¡todo empezó a cobrar sentido!
Amal, no era lo que parecía. Si bien cualquiera que estuviese en su lugar ocultaría ciertas cosas de su pasado, había situaciones que no tenían explicación. Sobre todo lo que vio en los baños. Que Merlín lo acogiera. Esa mirada carente de humanidad, esa mirada cargada de puro salvajismo en su estado mas puro, esa mirada llena de un odio que no era de este mundo. No, Amal escondía muchas cosas. Desde luego, la conexión que tenia con La Peste Negra era espeluznante. Era ese tipo de cosas que no entendía, si Amal estaba ligado con ese asesino ¿porque no usarlo a su favor? ¿porque no desvelar quien era? ¿por qué tanto secretismo? Y también había algo raro en el comportamiento de La Peste Negra. si Amal podía ver a través de sus ojos y tener sus mismas sensaciones… ¿porque dejarlo vivo? ¿por qué tener en vida al que posiblemente era un impedimento para desarrollar todo su potencial? ¿por qué acosarlo del modo en que lo hacía ese asesino al Squib?
Cerró de golpe el enorme libro. Dejando que un leve suspiro se escapara de sus labios. Ahora ya sabía lo que tenía que buscar.
Los siete pecados capitales.
