Capítulo [25]


Esta vez mi demora en actualizar se debe a algo mucho mayor que cualquiera de las existentes excusas anteriores. Generalmente no soy de las que exponen asuntos personales en vía pública. Ni si quiera en mi propio fb he notificado lo siguiente a decir. Pero en este medio quiero que sepan que si me desaparezco por un tiempo, es porque estoy pasando por una situación difícil que la mayoría de las personas con afecto y familia han de pasar. Mi padre está muy grave de salud y sólo nos queda a mi y a los míos ser fuertes hasta donde sea que llegue tal situación. Espero que sean pacientes y comprendan mi estado.

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DISCLAIMER:

La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.


~Eterna Obsesión~

~o~

Peligro al acecho

Su llegada tomó a muchos por sorpresa. Tratándose de la oveja negra de la familia no era para menos. Él tan poco estaba muy a gusto que digamos en su "divino" hogar, el glorioso Olimpo. Viéndose en la obligación una vez más de visitar los majestuosos palacios de su familia por un pequeño asunto que pensaba que sólo estaba en sus manos. Avanzando con paso firme dispuesto a conseguir aquello que vino a buscar hasta allí. Porque solamente por algo importante o esencial es que estaba dispuesto a soportar la cercanía de los suyos en lo alto del Éter donde la cima del monte Olimpo se hallaba.

Pudo haberse aparecido en su propio, oscuro y desolado palacio si así le hubiese placido. En cambio no lo hizo pese a que era su casa en el Olimpo y podía acudir a ella cuando gustase. Reapareciéndose y desapareciendo a sus anchas. Todo olímpico podía hacerlo con el suyo propio. Aunque no se podía decir lo mismo de uno ajeno. La naturaleza de cada dios yacía impregnada en los muros de sus hogares. Repeliendo estos mismos muros cualquier otra contraria o sencillamente no propia de la naturaleza divina que en su interior habitaba. Entendiéndose perfectamente que cada olímpico tuviese poder y gobierno en sus propios palacios. A excepción de Zeus, el Crónica padre y su hermana y esposa Hera. Como soberanos supremos, todas las puertas de las casas de sus menores les estarían siempre abiertas le placiera o no a éstos.

Sería por esto la manera en la que los palacios se hallaban ubicados. Jamás se vería al esplendoroso, blanco y floreciente palacio de Afrodita vecinal al terrorífico de Ares o incluso al de longitud menor, pero palacio al fin, de Eris. Con quien ni el mismo Ares accedía a compartir techo debido a su naturaleza excesivamente odiosa. De esto desde hacía mucho. Desde antes de que Hércules escalase los peligrosos peñascos del monte Olimpo y se deslumbrara con los monumentales palacios templos alzados con puro mármol y el brillante bronce. Percatándose enseguida de la evidente división de divinidades que le gobernaban. Al lado derecho los palacios de los dioses de dorada aura, al izquierdo los oscuros y en las aturas en medio de todos, el de Zeus y Hera.

De ese modo se habían ubicado y construido y de ese mismo modo se les veía desde entonces y para entonces. Como Ares en esos momentos le observaba tras reaparecerse entre el mismo portal que a deidades menores como entrada directa al Olimpo les servía cuando eran citados por el Crónida padre. Logrando acudir ante las puertas del Olimpo las mortales aunque longevas y hermosas ninfas de los bosques conocidas como las Dríades, las de grutas y montañas llamadas Oréades o las de los cuerpos de agua dulce como las Náyades. Lo mismo que las inmortales Nereidas del mar hijas de Nereo y Doris, y los también inmortales Oceánidas de los ríos y las oceánides del vasto océano hijos de los titanes Océano y Tetis. Al igual que los Cíclopes de la primera generación, inmortales hijos de Gea y Urano y siempre gratos para Zeus, habían de tener acceso al Olimpo al ser los creadores del rayo que le dieron a él y a sus dos hermanos Hades y Poseidón para derrotar a los titanes.

Tan caros debían ser para los dioses si su presencia era admitida en sus casas en variadas ocasiones. Llegando al Olimpo a través de ese gran portal que se conectaba a otros menores recelosamente secretos para ellos como entidades menores. Ocultos en alguna parte de su territorio como regalo de sus mayores en el alto Éter. Agraciados de una grandeza que para el visto de cierto dios, les quedaba grande. Porque si por Ares fuese, sólo una entidad en la tierra de los hombres era digno de acudir al Olimpo sin tan siquiera ser una misma divinidad. Xena, ella era a quien únicamente veía digna de la grandeza pese a su naturaleza mortal. Habiéndola ascendido en cuerpo y alma hace tiempo a su palacio en las alturas del Éter de no ser porque su divina y maldita familia lo había vuelto a poblar tras el Ocaso de los Dioses.

Ni más ni menos. No todo en la vida se podía tener. Pero nadie dijo que no se podía luchar por ello. Siendo él dios de la guerra misma, no existía batalla alguna que no pudiese controlar. O eso creía. La cosa es que teniendo perfectamente claro quien era, y de lo poderoso que se había vuelto en el último siglo, atravesó la larga y ancha calle de sólido y pulido mármol con canales de puro bronce a sus lados laterales para guiar el agua que salía del interior de la roca en la que tal recto y plano camino se hallaba construido. Haciendo sonar sus pesadas botas según se iba acercando más y más a los dorados y gigantescos portones del Olimpo en sí. Que se abrieron de par en par con sólo éste hallarse a cinco metros de distancia. Tal vez a que su antiguo hogar aún lo seguía reconociendo como un hijo más o que él mismo con su divino poder lograba abrirse camino hasta donde no era bien recibido. Al menos por ciertos familiares suyos.

De ese largo camino llegó a unas aún más largas escaleras que subía mientras le echaba una ojeada a todo cuanto hacía tiempo no veía. Desde las llamativas fuentes de agua hechas del indicado mármol o mismo bronce, los hermosos jardines con coloridas flores, enredaderas como la hiedra, altos cipreses y numerosas vanidosas estatuas de diversos tamaños de los mismos dioses. Con esto, sus ganas de practicar la puntería le entraron a la cabeza y le quisieron salir por sus propias manos con unas candentes esferas de poder como las que siempre estaba a acostumbrado a arrojar.

Siguió su paso como si se tratase del mismo mencionado Hércules que avistaba el Olimpo por vez primera. Nada más que con andar rápido y sin maravillarse por cuanto se dibujaba ante sus ojos. Como las nueve Musas, hijas del gran Zeus y Mnemósine, que ese día se hallaban en uno de los floridos jardines ejerciendo cada una las artes que representaban unas con las otras. En compañía de las Gracias, hijas también de Zeus y de la oceánide Eurínome; y del fruto nacido entre Eros y Psique, la joven Hedoné que al deseo y placer carnal representa. Todas muy apacibles y tranquilas luciendo sus hermosas pieles y cabelleras al ardiente Helios hasta que el sonido agudo de la siringa de Hermes cortó los aires. Desde lo más alto del Éter, éste dios de alados tobillos acababa de divisar a su medio hermano de la guerra. Alertando al Olimpo entero de su presencia y provocando que las Musas junto a sus compañeras las Gracias y el Deseo (Hedoné) dejasen cuanto estuviesen haciendo como si acabasen de ver al mismo Tártaros salir del interior de Gea.

Ante la alarma, surcando el cielo como un rayo y dejando atrás la gama de colores de la blanca luz (el arcoíris), pasó Iris tan veloz como sus hermanas las Harpías, hacia el palacio del soberano Crónida que por más poderoso y rey de dioses que fuese, no se esperaba que en ese claro día el más odioso de todos sus hijos se presentaría. Ni él, ni nadie. Ni la amorosa Afrodita que a pesar del tiempo tratos aún seguía guardando con aquél que una vez fue su amante, ni su airosa y soberbia madre Hera que le acunó en sus brazos. Diosas que junto a otras y otros como Artemisa y el dorado Apolo, se asomaban desde los balcones de sus respectivas mansiones en el lado derecho del unificado Olimpo. Preguntándose todos qué le traería de vuelta a su casa al hijo pródigo.

Una media sonrisa se formó en el rostro de Ares mientras seguía con su paso. Consciente de que acaba de perturbar la paz de muchos en su divina familia con sólo su mera presencia. Conformándose por unos momentos con eso, con ser visto, para desaparecer a mitad de la larga y abierta escalera que subía con plataformas de descanso y desvío hacia otras más pequeñas en otras direcciones, para reaparecer al final de toda ésta en las alturas. Justamente ante la colosal puerta que daba a la antesala del Olimpo. Abierta sala con techo de dos aguas sostenido por toda una hilera de columnas jónicas como en todo templo griego. Con el respectivo trono del soberano Zeus al final de la estancia en donde un vasto cielo de fondo quedaba como en los dos lados laterales, y otros tantos más a los alrededores que al resto de los once olímpicos les aguardaba.

Le parecía que fue ayer cuando estuvo en esa sala la última vez. Siendo la única diferencia por esta ocasión que Atenea no se hallaba a la derecha de su padre ni en ninguna otra parte. Hallándose nada más que Hera a la izquierda de éste y la masa de dioses que poco a poco fueron llegando tras aparecerse sentados en sus respectivos asientos o al lado de columnas si exentos de tal privilegio se encontraban. Permaneciendo de pies al lado o tras el asiento de aquel olímpico con el que estaban emparentados de sangre. Dígase por ejemplo a Eros y Harmonía a un lado de Afrodita puesto que en el otro yacía sentado su esposo Hefesto; o a Dionisos con hijos tenidos con esta diosa del amor: el viril Príapo y el ceremonial Himeneo, y con la ascendida e inmortalizada Ariadna que tomó por esposa y con la que tuvo a hijos como el rey Enopión mientras ésta aún era mortal.

A todos Ares le echó una ojeada. Preguntándose si le recibirían siempre de ese modo. Sacando hasta el gato que tuviesen en su casa. Pasando de largo por sus caras sin prestarle demasiada atención hasta que dio con una que en ese día en particular no podía pasarle desapercibida. Observando directamente hacia donde el dorado Apolo yacía sentado entre su melliza Artemisa y el mensajero de Hermes. Enfocando primeramente a ambos gemelos acompañados por su madre la titánide Leto en medio de ambos, para luego divisar hacia el lado restante de Apolo en donde se mostraba su ascendido e inmortalizado hijo Asclepios. Antiguo semidiós extraído del vientre de su mortal e infiel madre Coronis. Asesinada por su acto por el celoso Apolo quien le lanzó una flecha mientras aún estaba embarazada. Sacándole al fruto de ambos de su vientre tras morir y luego entregarlo al centauro Quirón para hacerlo todo un héroe. Sin imaginar que más tarde se ascendería al Olimpo como dios de la medicina del que saldrían hijos dedicados a la misma labor para gracia de los mortales humanos.

Fue en esta deidad de la medicina, en la que Ares se mantuvo con la vista fija por más segundos antes de seguir sus pasos hacia sus soberanos padres al final de la espaciosa sala. Ganándose una inquisitiva mirada de Apolo quien seguramente se extrañaba por el repentino interés de su medio hermano en su hijo Asclepios a quien toda la vida había dado por invisible como dios de la sanación que era. Algo totalmente opuesto a su naturaleza destructiva de dios de la guerra. Por lo que no queriendo levantar sospechas sobre el principal motivo de su visita en el Olimpo, restó los últimos metros de distancia que le quedaban entre él y los escalones que daban al trono de su padre y madre para decir:

―No recuerdo que antes fuera tan bien recibido en mi casa. Me siento como el anfitrión de una ceremonia. Que va, como una misma novia en su blanca boda ―se mofó esperando disgustar a los que le escuchasen. Lográndolo grandemente en la mayoría según las caras contraídas que pusieron.

―Pensábamos, hijo ―habló Hera―, que hace tiempo que habías dejado de ver al Olimpo como tu hogar. Despreciándole grandemente al grado de preferir habitar entre mortales que entre sus muros mismos.

―Te aseguro, madre, que no es al Olimpo en sí lo que me desagrada. Sino sus ocupantes ―se atrevió a decir tan abiertamente como quien era, Ares, el más rebelde entre todos los dioses.

―Si tan odiosos te somos, ¿qué haces aquí en el alto Éter entonces? ―cuestionó Zeus inmutable ante los comentarios de su hijo que de no haber heredado el carácter tan soberbio de su madre, ni el espíritu retador de un mismo titán, le habría tomado como uno de sus más caros hijos.

―Independientemente de quienes vivan aquí, ésta sigue siendo mi casa. Aquí está mí templo. ¿O qué? ¿Acaso he sido expulsado igual que la odiosa de Ate y no se me había informado? ―preguntó con la misma mofa con la que "saludó".

―Para nada, hijo querido. Como has dicho, ésta sigue siendo tu casa. Tú verdadera casa.

―Y dinos, ¿a qué se debe tu presencia en ella? ―le siguió con las palabras Zeus a su esposa―. ¿Al fin te aburriste de tu mortal y despreciable amante y de todos tus caprichos en la tierra de los hombres, y has decidido retornar con los tuyos? De ser así, te advierto que antes debes doblegarte ante mí y suplicar por mí…

―Al Tártaros con lo que crees. Yo jamás renunciaría a Xena por vivir entre una pila de perfectas decadencias como ustedes. Si estoy aquí es porque se me da la regalada gana. Porque aún poseo un palacio y un templo en las alturas del Éter al que debo acudir aunque sea una vez cada siglo.

―¿Y sólo para visitar tu olvidado palacio es que te has atrevido a dejar sola y sin tu protección a tu preciada guerrera? ―le escuchó a Dioniso preguntar a su espalda. A lo que se giró inmediatamente para aplastarle la gustosa sonrisa con la que había formulado aquella pregunta. Seguramente por los planes que maquinaba en su cabeza.

―Cierto es, Ares ―le siguió Afrodita―. ¿La has sacado de Tracia, de tus dominios para dejarla en Dacia así nada más por una discusión entre ambos? ―afirmó más que preguntar como diosa del amor que era y como alguien que ningún asunto entre parejas se le escapaba.

Ignorando lo que Afrodita acaba de decir demás, Ares le soltó a Dioniso lo siguiente:

―Ni sola ni desprotegida, alcohólico. Ve quitándote la idea de enviar a tus asquerosas ménades a Dacia porque no podrían ni despeinar a mi guerrera. La he dejado bendecida por mi propia mano y rodeada de divinales escudos de mi propio poder. Tanto a ella como en la zona en la que se encuentra. Tal vez esté físicamente aquí, pero una parte de mi naturaleza, espíritu, esencia y hasta energía se ha quedado con ella. Repeliendo cualquier presencia divina que no sea la mía propia. Si no me creen, vayan y atrévanse a penetrar el campamento dacio en el que se encuentra instalada.

―Muy precavido hijo mío. Tal cual parece que tus poderes están igualando al de tu Crónida padre. Ya hasta andas regalando la bendición y la sanación a tus anchas. Cosas que sólo los que llevan la elegida como tu padre, yo y por último la especial Atenea, podían hacer. Mientras que los demás debían de obtener nuestro consentimiento antes. A no ser que estuviesen dispuestos a ceder su preciada inmortalidad como tú una vez hace mucho. Algo que aún no ha dejado de sorprenderme.

―El hecho de que no siga las reglas entre nosotros, no quiere decir que no las conozca madre. No tienes que pasar a mencionarlas. Eh… Sobre haberte sorprendido, sólo te digo que apenas estoy comenzando. Y lo de haberme vuelto más poderoso, tiene lógica. Fui unos de los pocos que salió ileso del Ocaso de los Dioses y que tras sobrevivir, no se fue a ocultar al fin del mundo en espera de que el grandioso Zeus resucitara. Yo en cambio sí supe aprovechar ese tiempo de nuevos cambios en la humanidad.

―Y dale con lo mismo ―chistó Artemisa en nombre de todos.

―Tú cállate elfa. Que no se me ha olvidado el reguerito que me dejaron tú, tu querido dorado hermano y tú también, chamuscado ―se refirió a Hefesto al mirarle por unos momentos― en mí territorio. En mi colosal Aresia.

―Fueron bajo mi mandato. Ya debes saber que tu voluntad en la tierra iba a ser controlada.

―Sí, claro. El gran padre de todos los dioses incapaz de levantar su trasero de su trono para ir a hacer las cosas por sí mismo. Teniendo que valerse a través de achichincles que le hagan el trabajo sucio por él. Algo digno de todo un rey.

―No te pases, hijo. Que por más sangre de mi sangre que seas, no me temblará la mano cuando decida cortarte la lengua.

Ares resopló ante algo que estaba por verse. Hastiado de paso por la cháchara en la que había caído.

―Veamos quien le corta algo primero a quien, padre. Ahora, si me disculpan, he de dejarles. Una entidad tan ocupada como yo sí tiene cosas importantes que hacer. No como otros que se pasan la vida sentados en sus tronos sin saber en qué día del año se encuentran. Yo, que en cambio llevo el conteo hasta del segundo que pasa, ha de verse en la obligación de moverse con él. Más cuando en la tierra mis fieles vasallos son meros mortales que nacen y mueren cada minuto que transcurren. Dándome bajas por un lado, pero también grandes sumas por el otro. Ya habrán visto que de Tracia ya mi poder se ha extendido por casi toda Grecia, por la misma Anatolia, por Serbia, por Dacia y en estos momentos hasta por el norte eslavo. Siguiéndoles prontamente Sarmacia y mi antigua Escitia. Tierra de mis primitivos adoradores. ¿Cómo la ven?

Nadie le contestó nada. Todos ahí sabían cuan ciertas eran sus palabras como para atreverse a desmentirlas. Preocupándose por ello y al mismo tiempo enfadándose. Al menos la mayoría. El rebelde de la familia iba ascendiendo cada día más mientras que el resto permanecían atados a las ordenes del Crónida padre. O la mayoría puesto que la fuga de Eris, Deimos y Fobos por todos y era bien sabida.

―Sólo te digo, que todo lo que sube, en algún momento tiene que bajar.

―Claro, cómo tú ―le rebotó el sermón a su padre―. Quien antaño quebraba los cielos con uno sólo de sus rayos y hoy en día le cuesta levantarse de su trono.

―Nunca dejarás de ser un insolente, hermano ―le dijo Apolo seriamente. Ganándose una odiosa mirada de Ares quien le iba a objetar eso de hermano por medio hermano pero al final prefirió la paz (raro en el) que obtener la razón. Ignorándole pues habían cosas más importantes que debía de atender.

―¿Algo más que quieran decirme?

En vista de que nadie le contestó o a su vez le preguntó cosa alguna, Ares simplemente desapareció de aquella antesala para dirigirse seguramente a su desolado palacio en el ala izquierda del Olimpo. Dejando a toda su masa de "admiradores" como lo que eran ante sus ojos, vivas decadencias.

De uno en uno todos se fueron retirando. No sin antes inclinarse ante el soberano Zeus que como siempre, permanecía en su asiento por un poco más de tiempo. Meditando en esta ocasión sobre la rebeldía de su hijo Ares.

―Padre ―le hizo abrir los ojos Artemisa quien se había arrodillado a su frente antes de dirigirle la palabra―. Te pido tu consentimiento para algo que he visto propicio adelantar. Algo que se ha de estar permitido en esta batalla al lado del destino. Pues siempre necesitará el mundo de los dioses para poder poseer uno.

―Te escucho, hija mía. Qué es eso que tu mente aflora.

―Que debemos de aprovechar que Ares se ha separado de la guerrera para intentar eliminarla.

―Ya escuchaste a tu hermano, Artemisa. A no ser que yo mismo descienda a Dacia, es que podríamos asegurarnos de que verdaderamente la mortal se halla totalmente protegida. ¿Cómo planeas entonces ir por ella?

―Lo escuché perfectamente, padre. Dijo que ningún dios que no fuese él mismo podía acercarse a su ramera. Pero en ningún momento hizo mención alguna de un humano.

El padre Zeus levantó las cejas ante la astucia de su hija tan similar a Atenea en sus cobrizos cabellos. Pareciéndole que el gen de la inteligencia venía ligado a ese fenotipo.

―Anda si así te place, hija mía. Tienes mi permiso y mi bendición para obrar lo que tú mente se ha ideado. Y esperemos todos que esta vez el Hado, el oscuro Moros, esté a favor de los inmortales dioses.

Se presentó en territorio dacio con una idea en la cabeza de lo que allí iba a hacer pero sin saber aún del todo los medios que utilizaría para efectuar su plan. Lo único que tenía claro es que por más poderosa diosa que fuese, no podía hacer su trabajo por manos propias. Recurriendo a unas humanas como se era de costumbre entre el resto de los dioses cuando querían que se diese su voluntad sin ser vistos. Tomando el físico de mortales o manipulándolos a su antojo cuando deseaban algún destino entre sus vidas y todos los que le rodeaban, o simplemente la de alguien en particular. Como era de ser el caso en esos instantes en los que se la pasaba con la vista aguda en los llanos que rodeaban el campamento donde cierta legendaria guerrera yacía. Protegida por los poderes de Ares y fuera del alcance de otros dioses.

Ella, Artemisa, esperó y esperó desde las alturas. Pues se hallaba en su forma incorpórea, hasta que eso que a su vez esperara le diera con presentarse. Lo único que indicaba su cercana presencia lo eran un grupo de ciervos ―su animal simbólico como diosa de la caza― que correteaban entre los pastizales mientras eran encabezados por su líder de gran cornamenta. Situándose en un claro entre nubes que iluminaba la verde hierba de primavera. Llamados tal vez, por la diosa a la que en la tierra representaban y que sobre ellos en esos momentos se encontraba. Viéndolos con orgullo por su elegancia y agilidad o como unas simples carnadas con las que atrapar a eso que esperaba. Lo cual no tardó en llegar.

Un soldado del campamento dacio se apareció en la llanura con sus arcos y flechas. Dejando su papel de guerrero entre los suyos para dárselas de cazador entre aquella manada de ciervos que milagrosamente hallaba. Acercándose a ellos con sigilo y cautela para no alarmarlos con algún ruido. Siempre en contra del viento para que su aroma de hambriento cazador no fuese detectado por los suyos. Hallando al fin el blanco exacto al cual dispararle una de sus flechas cuando entonces un destello dorado bajó como un meteorito del cielo a la tierra para impactar a tan sólo dos metros a su frente. Quemando el pastizal que le rodeaba y espantando de paso a todos los ciervos de la llanura.

Salido de su estupefacto y movido por la curiosidad, el guerrero soltó sus armas de casa para encaminarse lentamente hacia eso que clavado en la tierra se encontraba y que dorado brillo emitía. Identificándolo al instante de verle como un hermoso y lustroso puñal de mango y empuñadura dorada y hoja sumamente afilada con un resplandor igual a la plata. Con una hermosa gema verde en el centro de dicho mango que poseía a la silvestre forma de dos pequeñas astas de un ciervo joven. Admirando el arma con más intensidad que antes. Para entonces dejarse llevar por su infinita belleza. Regalo de algún dios para su mente. Arrancándole de la tierra con una de sus manos para levantarse con éste a la luz del sol y sentirse llenado por una fuerza divina a tiempo que el resplandor se extendía por todo su cuerpo antes de desaparecer en el propio puñal. Escuchando al final una voz en su interior que le dijo: "Mata a la Princesa Guerrera".

Su oscuro templo estaba tal cual lo había dejado. Excepto por el polvo y las telas de arañas que hasta un dios como él no se explicaba como llegaban a las alturas del Éter para instalarse en los recovecos del Olimpo. Pensando que tal vez recibían ayuda de Aracné quien debía de pasárselas buscando alguna venganza contra Atenea la cual una vez hacía mucho tiempo la transfiguró en una araña humanoide. Si así era, sólo esperaba que la maldecida tejedora envolviera a su sabionda media hermana en un capullo más grueso que el mundo mismo del que no pudiese salir jamás. Tan así era su antipatía hacia la diosa. Algo que el tiempo se encargó de inculcar.

Como si los muros de su palacio le reconociesen como su legítimo dueño, antorchas y velas en candelabros se fueron encendiendo con rojiza llama a su paso. Lo mismo que puertas y cortinas que a un lado se hacían con el mero chistar de sus dedos o el ademán de su mano. También mantos sobre muebles y estatuas que se elevaban en un remolino hacia el techo en donde desaparecían. Revelando míticas figuras de mármol, bronce y hasta oro de grandes guerreros como Héctor y Aquiles, amazonas como su hija Hipólita y Otere (madre de ésta primera) y hasta la ninfa Harmonía con la que siglos atrás engendró a las primeras dichas amazonas. Estatuas representativas de su persona, según como las culturas se lo imaginaban, se hallaban también en una que otra esquina al paso del observador. Ya fuese sólo o acompañado con alguna de sus antiguas amantes inmortales como Afrodita y Eris. Figuras que antaño ascendió a los cielos tras admirar el arte de sus escultores humanos, o regalo de otras deidades en otros tiempos cuando no se veían enemistados.

Venir a su templo no era realmente lo que le había traído al Olimpo. Aún así no le veía nada mal aprovechar su estancia en el hogar de los dioses para echar una ojeada a su divino palacio y hasta descansar y despejar un poco la mente bajo su alto techo. Dirigiéndose directo a su trono levantado en negro mármol con un colosal asiento acojinado con un cuero teñido como la oscura sangre. Toda una pieza que lo definía como dios de la guerra con sus esculpidas calaveras de negro granito al final de los brazos y sobre el arco de un espaldar del que sobresalían diversas espadas de guerra de la teñida de negro madera de ciprés en la que se apreciaban canes tallados. Animal cuyas bestiales patas venían siendo las propias del mueble.

En ese asiento se sentó, permaneciendo por un tiempo que sólo Cronos podía precisar. Tratando de dejar su mente en blanco para ver si por vez primera en tanto y tanto tiempo, podía simplemente tener un momento de ocio consigo mismo. Razón por la que ni se molestó en consultar su miradero para ver como se movía el mundo sin su presencia. Ver como se desempeñaban sus fieles y seguidores en cada polo y como se hallaba también su figura representativa en la tierra. Su preciada guerrera. Su amada Xena. A quien había dejado sin aviso alguno entre sus hombres. Protegida con esos escudos comentados pero al fin y al cabo sola entre tantos guerreros. Pareciéndole mejor desaparecer de su lado sin palabra alguna que echarse una vez más a sus acostumbradas discusiones. Como la que habían tenido antes de alejarse de ella. Algo que no le daría mucha cabeza pues ya más tarde en circunstancias más propicias se encargaría de que las cosas se dieran a su modo. Mientras, debía seguir trabajando en una de sus tareas más importantes a parte de crear su imperio. Lograr que la mortal que le tenía cavilando en sus pensamientos no fuese cubierta por el oscuro manto de la muerte nunca más.

Uno de los consejos de las Moiras se encontraba siguiendo. Razón por la que había ascendido al Olimpo. Y ya que estaba allí, debía moverse con cuidado para no alertar a su familia sobre sus verdaderas intenciones. Por eso eligió aparecerse abiertamente por la puerta grande para que pensaran en todo menos en el verdadero motivo por el cual entre ellos se encontraba. Que ya más tarde, si se daban cuenta, esperaba tener eso que había venido a buscar. Aguardando a que se diera el momento propicio para entonces tratar de obtenerlo. Pues se trataba de algo que prácticamente debía de robar o arrebatar. Preparándose para la segura lucha que tendría cuando la voz de alarma se diese. Una lucha, como mucha otras ya pasadas o quedadas por pasar, que hacía sólo y tan sólo por su amada Xena. Guerrera que sin imaginárselo, estaba siendo asechada en esos momentos por el peligro sembrado por una de sus medias hermanas.

Era de noche. En sus tiendas o chozas la mayoría dormía. Los que la responsabilidad de vigilancia tenían, no estaban más atentos que sus propios compañeros dormidos a la hora de descubrir un peligro entre ellos mismos. Porque pocos sospecharían de un gran conocido. Un sobresaliente guerrero que ese día a todos una manada de ocho siervos había llevado al campamento. Supliendo muchos de buena carne en estupendo banquete. Honrado por su eficacia y maravillosa contribución, como también por su sorprendente caza. Habiendo matado a cada ciervo de un tiro limpio en el corazón, cuello o cabeza.

Era ese ágil cazador el que ahora andaba entre la fila de tiendas sin su arco o espada. Con las manos totalmente libres y paso tranquilo bajo la luz de la luna sin levantar sospechas de lo que en su mente se repetía en una voz que sólo decía: "Mata a la Princesa Guerrera". Una y otra vez como si su vida dependiera de ello. Convirtiéndose en un pobre desventurado poseído por la voluntad de una diosa que le levantó de su sueño profundo en plena media noche para ensuciarle las manos con la sangre de su líder. Olvidándose de sí mismo, de su nombre, de su identidad. Igual a una marioneta movida por unas cuerdas desde el cielo que le hicieron despertar, sacar bajo la almohada ese puñal que con recelo había escondido sin recordar a penas de donde había salido.

Traspasando la vigilancia sin ser detenido, el hipnotizado guerrero dio al fin con la carpa que pertenecía a la mortal que representaba al dios de la guerra en la tierra. Corrió el manto que la entrada cubría y entró en ésta con unos silenciosos pasos con los que parecía más flotar que estar caminado. Con tal sigilo pasó de largo por mesas, sillas y cestas hasta dar con el cubierto lecho de la legendaria guerrera. Hizo a un lado las cortinas, y sobre blando colchón relleno de lana halló a Xena envuelta en una gruesa sábana hasta el pecho dado que el fino camisón de algodón que poseía no le cubría mucho del frío.

"Mata a la Princesa Guerrera", sonó una vez más esa voz en la mente del guerrero.

En su lecho, Xena se veía estar plácidamente dormida. Con una mano en su alto pecho y otra sobre la almohada. Completamente ajena a la presencia que tenía al pie de su cama y que ahora mismo le descubría la corcha hasta la mitad del torso. Llevándose una mano al interior de su chaleco para extraer de ahí ese puñal caído del cielo. Envío divino de la propia Artemisa.

"Mata a la Princesa Guerrea", insistía la voz interna que no era otra que la propia diosa.

Sin ser dueño de sí mismo, el guerrero elevó el puñal sobre el pecho de Xena dispuesto a descenderlo velozmente sobre el corazón de un momento a otro. Y lo hizo. Lo hizo con todas sus fuerzas como si quisiese atravesar hasta las vértebras. Descendió el puñal con la decisión de todo un asesino mas nunca pudo hacerse de su víctima. Xena prosiguió tranquilamente dormida mientras que el arma homicida permanecía detenida a unas quince pulgadas de su pecho sin poder dañarle. Los escudos divinos de Ares habían funcionado. Detectando la esencia divina en el puñal y en el guerrero mismo. Leve en el humano, pero de todos modo presente al hallarse hipnotizado por una diosa. Una deidad que no era Ares. Por ende, los escudos de protección le tomaban como algo ajeno que a toda costa debían repeler.

Nix cubrió con su manto negro las alturas del Éter tras su hija Hémera descender a las profundidades del Érebo como estaba establecido. Pudiendo lucir sus brillo todos los hijos de Eos, las estrellas. Como también su naturaleza el silencioso Hipnos al que a todos trae el sueño. Don que a pesar de no necesitarlo en la misma medida que los humanos, los dioses como los olímpicos aun así le aceptaban para hacer más llevadera su longeva vida. Pues no era sano ni para un inmortal como un dios pasárselas todo el tiempo con la mente consciente y los ojos abiertos. Cayendo en el riesgo de sufrir una locura inminente. He a pues por eso que esa noche en particular en el Olimpo la mayoría de los dioses al sueño estaban entregados. Mientras que una parte en vigilancia se hallaba. Ya fuese por atender labores propias o porque no se fiaban del hijo pródigo que durante el día a las puertas del Olimpo había llegado.

Ares, aún en su trono no dudaba de que así fuera. De que par de sus "queridos" hermanos le tuviesen en la mirilla en cuanto se dispusiera a salir de su palacio y dirigirse hacia la edificación derecha en donde se hallaba lo que buscaba. Un objeto de suma importancia en los planes de inmortalización de su preciada guerrera. Valiéndole muy poco lo que pudiese ocasionar al tratar de conseguirlo. Que un dios de la guerra nunca debía de preocuparse por su naturaleza misma, la violencia. Matando el descanso que estaba teniendo, para levantarse de su asiento y ponerse en marcha hacia uno de los dorados palacios del Olimpo.

Sí que le urgía conseguir lo que quería y largarse de las alturas del Éter que tan aburridas le parecían, pero una cosa más le retrasó un poco antes de salir. Se trataba de algo que había dejado allí poco antes del Ocaso de los Dioses. Un regalo que una vez le quiso hacer a Xena luego de que se casaran y el creyese que al fin ésta hubiese cedido estar a su lado en toda la longitud de la palabra. Aceptando ésta regresar a su antiguo pasado como bélica guerrera y representarle a él y a su naturaleza de dios de la guerra en la tierra de los humanos. Eligiendo para ella ese regalo que nunca le llegó a dar dado que su relación matrimonial fue más corta que la vida de una mosca. Él que con tanto apuro lo mandó a fabricar a Hefesto al tratarse éste de un arma. Una lustrosa y poderosa espada con la que se fortalecería más de la cuenta. Quedando por más de un siglo en el interior de una caja entreabierta sobre una polvorienta mesa cercana a su trono con una copa volcada y otra de pie como compañía e indicativo de lo que costó dejar tal arma en el olvido.

Desvió sus pasos luego de su mirada, y ante aquella mesa fue a tener. Destapando la caja para tomar la olvidada espada envuelta en púrpura paño. Dejando al descubierto únicamente una roja gema incrustada al final de su empuñadura de oro amarillo y blanco en cuyo agarre le tenía forrado por una tira en forma de "X" de oscuro cuero. Una tratada piel de suaves escamas proveniente de la cola de una lamia. Material del que también se hubo de fabricar la vaina misma de esa espada. Que cubriendo la hoja del arma bajo el manto se hallaba. Queriendo por un momento desenvainar el arma para luego desechar la idea por no querer perder más tiempo y por no querer tan poco despertar antiguos y presentes recuerdos relacionados a una mortal en la que poco quería pensar cuando necesitaba su concentración en otra cosa. Desmaterializando entonces la espada con todo y púrpura manto en una de sus manos para poder llevarla consigo fusionada con su divino ser hasta que abandonase el Olimpo.

Abandonó al fin su oscuro palacio por medio de la teletransportación. Apareciéndose entonces en los jardines de uno de sus medios hermanos. El reluciente palacio de Apolo en donde el oro y el bronce brillaban en su nombre. Viéndole sin ningún cambio aparentemente. Esperando que en el interior las cosas fuesen igual dado que entre sus corredores y muros debía de internarse. Falto de una parte de sus poderes y voluntad una vez dentro de ellos al ser la zona de otro dios con otra naturaleza muy distinta a la suya. No sorprendiéndose que detectaran su visitan tan pronto como pusiese un pie en su interior.

Dado que no estaba en su interés admirar las posesiones de su medio hermano, como tan poco tener una charla con éste y aceptarle una buena copa de vino, Ares rodeó el palacio desde el jardín hasta dar con la zona este que al abierto cielo dada puesto que la oeste o izquierda conectada con la edificación del de Artemisa se encontraba. Diosa que al igual que su mellizo no deseaba ver. Sino a una nieta de Apolo que si la memoria no le fallaba, tenía su habitación en la parte derecha y algo posterior en donde conducente se hallaban la de sus otras hermanas y su padre Asclepios. Dioses menores con un pequeño templo conectado en sus respectivas habitaciones desde los cuales obraban para los mortales en la tierra tras escuchar sus súplicas o igualmente le enviaban castigos si sus actos les eran ofensivos a su persona. Como todos los dioses.

Una vez que situó desde el jardín una entrada perfecta hacia la parte del palacio que le correspondía a esa nieta de Apolo, Ares se atrevió a hacer uso de su teletransportación una vez más sumamente confiado de sí mismo. Apareciéndose en un balcón a varios pisos de altura perteneciente al templo de la diosa a la que esa noche un objeto le vino a robar. Abriendo el cerrojo de las puertas con la mente sin que ninguna fuerza se lo impidiera. Dando el primer paso hacia adentro sin que alguna otra le expulsara. Pensando sólo una cosa. O los dioses como Apolo si iban en precipitada decadencia que ya ni sus propios palacios podían mantener protegidos, o él, dios de la guerra, se había vuelto tan fuerte como su soberano padre lo fue en sus tiempos de gloria.

Penetró por completo en la estancia, vio que no se equivocaba en cuanto a las cosas seguían estando como hacía más de un siglo atrás. Aquella sala comprendía el pequeño templo de la diosa poseedora del objeto que vino a robar. Diosa cuya habitación pudo ver a medias a través de una entrada en forma de arco que daba acceso a amabas partes y que quedaba en una esquina en el fondo. Como en la mayoría de las habitaciones con templos que poseían esos dioses menores. Puesto que los olímpicos tenían una colosal que comprendía una parte del palacio en sí.

―Veamos si es cierto que aquí no te encuentras, maldita copa ―se dijo para sí Ares comenzando a hurgar en cuanta esquina del santuario de la diosa. Que no era otra cosa que una espaciosa sala de algunos treinta pies de largo y unos vente de largos, con un pequeño trono al final con un miradero cercano a la derecha, donde el abierto balcón estaba, puesto que a la izquierda se hallaba la comentada entrada hacia la habitación continua.

Era un pequeño templo, más bien un santuario. Levantado en columnas griegas de las cuales ambas hileras daban hacia los muros que constituían el cerrado santuario. Provisto de ventanales únicamente en el muro que hacia el Éter daba y de una puerta que se abría de par en par hacia el corredor que estuviese conectada, y que quedaba frente al trono una vez atravesada. De modo que todo visitante se encontrase cara a cara con la diosa una vez puesto un pie en su santuario.

Por lo demás, el lugar en sí no tenía mucho para apreciar. Estaba prácticamente vacío. Apenas tenía lo descrito. A excepción de estatuas, una rectangular fuente en el muro desprovisto de ventanas, y tablillas y mesas con poterías llenas de diversos medicamentos producto del arte de la medicina que practicaba la diosa. Don heredado de su padre Asclepios quien a su vez lo obtuvo del suyo, Apolo.

―A lo mejor dormirá con ella ―pensó una vez más en voz alta Ares a quien la situación le comenzaba aburrir e impacientar. Los olores que se desprendían de muchos de los frascos abiertos o a medios cerrar ya lo estaban mareando.

Traspasó el arco que dividía la habitación de santuario y halló a la joven diosa tranquilamente dormida. O eso supuso al ver las cortinas del lecho cerradas. En una recámara que poseía más frascos y potes con medicamentos que el mismo santuario. Gracias a la arquitectura que ahí también las ventanas estaban abiertas para permitir la ventilación. De lo contrario hubiese sufrido una alergia o un mareo seguro. Al cabo que si eso le pasaba, tenía que aguantárselas en no que hallaba esa "maldita" copa.

Evidentemente buscar entre todo aquello le iba a tomar más que tiempo. De todas formas comenzó. Elevando objetos y abriendo gavetas con su mente para tratar de descubrir esa copa. Volviendo a colocar las cosas sin hacer ruido aunque no necesariamente en su mismo lugar. Sin tener el menor éxito en lo más mínimo. De esa copa no se veía ni su sombra. Viéndose en la obligación de despertar a su dueña para obtenerla de una vez y por todas. Dirigiéndose con el trotar de sus botas a su cama, sin importarle que le escuchara porque al fin y al cabo lo que quería era despertarle. De un sólo jalón separó las cortinas. Cuan giro dio su contraído rostro a uno interrogante cuando no vio más que cojines y sábanas sobre el lecho. La diosa no estaba.

―Con que la niña sale a pasearse por las noches a quien sabe donde ―comentó al aire un ahora enfadado de Ares que no se imaginaba por todo el Olimpo buscando a la diosa. Trabajo por el que no quería ni pasar. Y como si Ponos, que a esta dificultad al mundo llenaba, sus pensamientos escuchase, tal vez porque en su persona a un padre reconocía tras su madre Eris unirse carnalmente con él, dios de la guerra y traerle al mundo como una entidad corpórea, tal deidad eliminó del destino de Ares tan molesto trabajo. Trayendo de vuelta a su habitación a la diosa justo cuando Ares se giraba para ir por ella. Chocando las miradas del uno con la del otro a ese instante.

La diosa, primero sorprendida y luego muy asustada, quiso salir corriendo de vuelta por donde había venido. Que nada bueno presagiaba un dios como Ares en su habitación. Imaginándose cuanto de todo podía pasar, o pasarle, y no el motivo exacto por el que el dios de la guerra se hallaba en su recámara. Dando primeramente unos pasos hacia atrás antes de recordar que sencillamente desaparecerse y reaparecerse luego en la recámara de su padre por grata ayuda era una posibilidad en ella. O mejor, en la de su abuelo. El olímpico Apolo cuya aura dorada y aspecto juvenil no mostraban el tiempo que llevaba.

Ares, imaginando que la diosa iba a escapársele como agua entre las manos, dejó su sorpresa al verle a un lado, para moverse con rapidez contra ella. Estirando su brazo hacia su cuerpo. Luciendo unas falanges en sus manos extremadamente articuladas por el efecto de la fuerza mental que estaba llevando a cabo para sostener mediante su telequinesis a su presa. Lográndolo justo cuando la divinidad menor y poco poderosa se comenzaba a desvanecer. Sosteniéndola al parecer por su cuello según ésta echaba la cabeza para atrás y le costaba respirar o tragar.

―Será mejor que no grites, Higía. O me encararé que termines como esposa del Érebo o el Tártaros. Sanando las rotas almas de los condenados por el resto de tus días.

Falló en el primer intento pero no por ello se daría por vencida. No era una simple humana, sino toda una diosa. Armada del don poco hallado entre los humanos. La paciencia. Permitiendo que el siguiente día a esa noche fallida transcurriera según a su gusto mientras que ella en su forma incorpórea se limitaba a observar desde las inmensidades, desde el alto cielo. En la nueva espera de una siguiente oportunidad para atentar contra Xena. La antigua asesina de dioses.

Fue durante el transcurso de ese siguiente día que un nuevo medio para acabar con la vida de la guerrera llegó a su cabeza. Le estaba claro que ella en persona no podía hacerlo. Como tan poco hipnotizando o manipulando igual a una marioneta mortal. Ni hablar de que el arma que diese muerte fuera una proveniente de su divinidad. De ambas cosas ya vio sus efectos cuando el guerrero que eligió y privó de consciencia alguna, le fue completamente inservible a la hora de clavar el puñal sobre el pecho de Xena. Ordenándole su retirada hasta nuevo aviso. Permitiendo que despertase al día siguiente y correspondiera a sus labores de soldado tomando todo lo ocurrido en la noche como un sueño en donde su lealtad era quebrantada.

Ya era de tarde cuando pensaba que no hallaría la forma de atentar contra Xena. Le estaba claro que no podía manipular a ningún otro guerrero porque los escudos que protegían a Xena detectarían su naturaleza divina a través del hipnotizado o hechizado por ella misma. Sólo la voluntad de un hombre podía hacer el trabajo por ella. Y en ese campamento dudaba que consiguiera a un guerrero que se atreviese a asesinar por decisión propia a su líder. Ningún fiel lo haría. En cambio, un enemigo sí podía. Pues Ares había dejado protegida a su preciada mortal contra el poder de los dioses. También contra ataques de mismos mortales en batallas pero para ello la guerrera debía de hallarse consciente y valiendo el espíritu de guerra en su interior que le protegía. Es por eso que una vez más aguardó a la llegada de la noche para hacer su trabajo. Tal y como su medio hermano en el Olimpo.

Esta vez todo parecía que iba a tener resultados positivos para su plan. ¿Elementos para llevarlo a cabo? El mismo hipnotizado guerrero que siempre y cuando mantuviera consigo el puñal dorado haría cuanto le pidiese, y unos prisioneros que divisó desde las alturas. Unos desventurados romanos que habían ido a parar en manos de los dacios de ese campamento días atrás. Interesándose en ellos desde esa tarde en la que los vio desde las alturas cuando algunos fueron sacados de sus celdas para interrogarles en una tienda por superiores como Xena. En la que nada bien les fue a juzgar por los golpes que lucían cuando le regresaron con los suyos tras los barrotes. Percibiendo profundo odio en sus mentes hacia sus agresores, los dacios enteros y esa líder ―mano derecha de un dios― que tan lacerantes latigazos les mandó a dar cada vez que se negaban a hablar. Dejándoles un gran odio en su interior del cual ella, Artemisa, se iba a agarrar.

La noche cayó nuevamente y mientras su medio hermano en el Olimpo se aprovechaba de la oscuridad y el sueño de muchos para lograr su cometido, ella en la tierra también hacía lo mismo una vez más. Enviando al hipnótico guerrero hacia las celdas de los soldados romanos con un mensaje muy claro. Abriéndose camino entre otros de su misma índole sin levantar sospecha alguna de lo que en su interior aguardaba. Obedecer inquebrantablemente a la diosa que su mente y cuerpo le tenía tomados.

Colgando de gruesas cadenas que sus muñecas sujetaban y laceraban, los prisioneros romanos se removieron entre éstas al ver como un dacio abría la puerta de la celda y se internaba en ella. Concluyendo todos con un mismo pensamiento. Otra vez venían a torturarles. O tal vez incluso a matarles. Pues a pesar de ser uno solo, el recién llegado sujeto traía consigo una pinta de sangriento asesino. Descubriendo un llamativo puñal entre sus ropas y alzándolo directo hacía uno de ellos. Quien juró que hasta ahí había llegado su vida. No obstante, para sorpresa de éste y de todos, el dacio guerrero lo que hizo fue liberarle de sus ataduras. Cortando ambas cadenas que le mantenían con los brazos alzados e entumecidos ante el asombro de todos. Que no se explicaban cómo tan grueso metal cedió ante el filo de un pequeño puñal. Lo mismo en las otras cuando el dacio repitió el acto.

Los romanos permanecieron unos instantes sin saber cómo responder ante aquello. Si darle las gracias a su libertador y salir corriendo, o no dárselas y salir corriendo por igual. Hasta que uno se decidió por hablar primero antes de actuar.

―¿Por qué nos ayudas? Se supone que somos enemigos.

―¿Quién eres y de donde sacaste ese puñal que rebana el metal igual que un trozo de queso?

―Silencio ―ordenó el hipnotizado dacio con una voz que no parecía humana. Lo mismo que las orbes de sus ojos cuyo iris se veía completamente oscuro y más grande de lo normal. Como si no tuviese por visión más que dos agujeros negros―. Que aunque sus ojos vean sólo a un cuerpo mortal, es una diosa a través de él que le habla― dijo la deidad de la caza llenando de incredulidad y al mismo tiempo temor a sus oyentes―. Escuchen con atención que es Diana quien se les dirige ―se presentó con su nombre romano―. Esta noche les he otorgado la libertad. Pero a cambio, he de encomendarle la siguiente tarea. Deben darle muerte a la líder que dirige a este pueblo. La nombrada Xena, antiguamente conocida en el mundo entero como la Princesa y les aseguro que su dicha les seguirá más allá de la muerte. Allá en las Islas de los Bienaventurados en donde me encargaré que sus almas sean colocadas. Vayan, y hagáis todos los que les digo.

Una vez acabadas sus palabras, al parecer Artemisa deshizo la hipnosis del guerrero dacio. Abandonándole frente a los romanos como un inservible objeto que ya no necesitaba. Como instantáneo efecto, el hipnotizado dacio regresó en sí sin tener la menor idea de cómo había llegado allí. Azorándose con los soldados romanos que tenía delante para luego enfocar el dorado puñal en sus manos. Invadiéndole imágenes de lo que había sucedido. Sintiéndose con ello completamente atormentado para salir despavorido como un mismo loco ante los ojos de los romanos. Quienes coincidieron en una cosa, quien les liberó no era quien ahora se alejaba corriendo.

De no ser porque era una inmortal, quien le viese pensaría que se hallaba a un paso de la muerte. Con su respiración agitada, sus ojos vidriosos y transpirada piel. Sólo esa lucha que ejercía contra lo que le atacaba, daba señal de que aún tenía fuerzas para vivir. O en ese su caso, para intentar resistirse a alguien que le superaba en poder. Uno de los doce olímpicos que en esos momentos se empeñaba en arrancarle de la cabeza algo que ella no estaba segura de tener.

―Me estás cabreando, Higía. En algún maldito y recóndito lugar de tu estúpida memoria debes de saber en dónde dejaste tirada esa copa.

―Ya te dije que la perdí en la Guerra de Troya y desde ahí ni yo ni nadie ha sabido nada de ella. ¿O es que alguna vez en estos últimos siglos me viste con mi copa en mano? ―se explicaba la descendiente de Apolo mientras trataba de remover de lado a lado su cabeza contra el frío piso de mármol en el que su tío abuelo le había lanzado.

Al principio no le creía. Pero luego de estar toda la noche y madrugada hurgando en su mente mediante su potente telequinesis, le fastidiaba tener que aceptar que la diosa de la sanación decía la verdad. No encontrando absolutamente nada que le pudiese servir de algo para hallar la desaparecida copa en el tiempo. Teniendo que ir cortando la lectura mental que forzosamente hacía en la diosa. A quien luego de imposibilitarla en el suelo con su propio peso, le presionaba en la frente con una de sus manos para hacer viable la conexión telepática. Pues ningún dios podía leerle la mente a otro si este no se la abría de ante mano. A no ser que poseyera un inmenso poder como los antiguos soberanos hijos de cronos, Zeus, Hades y Poseidón, y en este caso, él mismo. Inmenso poder que aun así necesitaba del contacto para poder lograr una conexión de aquella índole. Una habilidad que al efectuarla le consumía demasiadas energías.

―Suficiente entonces ―pronunció sintiéndose un poco cansado. Interrumpiendo la conexión al remover su mano pero no por ello permitiendo que la diosa menor se reincorporara. Continuando aplastándola y amenazándola con la mirada para que no gritase―. Lo único que me queda por pensar es que te dieron un poco de las aguas del Lete para que no recuerdes donde exactamente dejaste esa maldita copa ―supuso presionándole la garganta mientras que con la otra mano le mantenía bien sujetadas sus dos muñecas sobre los desparramados cabellos castaños y ondulados.

―No me dieron nada. La copa se me cayó luego de abandonar mi templo en Troya que era saqueado por los griegos. Ya lo viste todo.

Cierto era que lo había visto todo. La invasión de los griegos, las mansiones siendo saqueadas, los templos, el castillo de Príamo, mujeres troyanas arrinconadas con sus hijos para luego ser repartidas como esclavas entre los griegos que las mantenían cautivas y finalmente ella, Higía. Transformada en una sacerdotisa anciana ya asesinada en su templo para guiar al resto de de éstas junto con otras iniciadas en el arte de la sanación hacia un lugar seguro. Todas siguiéndoles creyendo que era esa maestra que el templo de Higía, la diosa de la sanación, lideraba.

Si en algo la historia no se equivoca, es que los dioses de cada pueblo abandonan sus templos una vez que la ciudad está siendo destruida. En Troya no hubo la excepción. No hay que mencionar que lo que respectaba a diosas como Hera y Atenea hacía años que ya no se hallaban en los suyos en Ilión, donde Troya se situó, por no favorecer a los troyanos ni con su presencia. En cambio, dioses como Apolo y todo su legado, bien ancladas que tenían aún sus raíces divinas en aquella tierra. Protegiendo a sus fieles hasta el último momento. Encontrándose en esta tarea Higía como nieta de Apolo. Guiando a aquellas despavoridas mujeres por saboteadas calles hasta abiertos campos en donde pudiesen seguir rumbo al este con otros sobrevivientes que lograsen hallar nuevos territorios en los que establecerse así fuera como trabajadores de campo.

Fue durante ese trayecto en el cual Higía, interceptada por otra diosa airada, perdió su divina copa cuando corriendo igual a una mortal iba con el grupo de aquellas mujeres que fieles siempre le fueron. Nunca faltando en su templo ofrenda alguna. Gratos regalos que ese día les salvaban la vida a esas mujeres apreciadas por la diosa. Pena que la protección que le daba no pudo continuar como ella deseaba, dejándolas a su suerte entre todo aquel caos narrado a través de los siglos. Pues no creyendo que poco faltaba para abandonar la ciudad, cuando se le arroja una lanza encendida en fuego en medio del camino. Deteniendo su paso y el de las mortales que le seguían que no necesitaban ser una diosa como ella para intuir que aquello era obra divina. Aceptándole su pensamiento cuando entre el denso humo de las alturas que el rojo de las llamas absorbía, hubo de aparecerse en su carrosa tirada por corceles la diosa de la sabiduría y la guerra.

Conocedora del profundo odio que Atenea tenía para los troyanos, Higía, aún con el físico de la fallecida sacerdotisa, hizo frente a su tía abuela pese a que ésta le sobrepasaba en poder y fortaleza. Negándose a hacerse a un lado para que acabase con sus fieles. Produciendo un escudo que sorprendió a las mortales cuando la airosa diosa comenzó a arrojarle más lanzas de su carro a todas. Un campo que no tardó en romperse cuando Atenea recibió ayuda de su madrastra Hera. Reina de todos los dioses que pasó sobrevolando también en su carro tirado por corceles para hacerle ver a la diosa menor que con una olímpica no debía de meterse. Destruyendo su escudo con una candente esfera de fuego. Causando la muerte de varias mujeres por la explosión y por las lanzas de Atenea que al fin pudieron traspasar el quebrado escuro de protección de Higía.

Terrible espanto y dolor pusieron las sobrevivientes al ver los cuerpos quemados o atravesados de sus compañeras. Unas alcanzándolos para llorar sobre ellos y otras inclinándose ante las furiosas diosas rogando por su piedad. Tan así estaban hasta que se fijaron en que su guía ya no era la misma. Que nunca había sido quien dijo ser. Descubriendo su naturaleza divina, cuando tirada en el suelo tras la explosión, y con una lanza clavada en uno de sus costados, resplandecía doradamente mostrándose tal cual era. La diosa Higía. Con su divina copa dorada expulsada de su agarre por una de sus manos abiertas y su fiel serpiente de unos tres metros de largo rodeándole su inerte cuerpo. Que aunque con vida seguía y seguiría, pues inmortal era, su condición divina no le privaba precisamente de los poderes y ataques de sus semejantes o de mismos mortales movidos por éstos, los dioses.

Tumbada e inconsciente en la tierra que pisan los hombres, seguramente Higía hubiese deslumbrado a senda muchedumbre al otro día con su físico y aura divina sino hubiese sido porque su padre Asclepios y su olímpico abuelo Apolo le rescatasen de aquel sangriento suelo para reunirla en el Olimpo mientras todo aquel caos cesaba. Que ya era claro que ningún dios podía volver a residir en los templos de aquella nación. Concentrándose ahora sólo en los griegos e islas adyacentes cuyos pueblos aún seguían en pie. Mismo fin que tendría la sanadora Higía. Que recogida por su padre, quien antes le extrajo la lanza, fue montada en la carreta mientras que Apolo se dedicaba a arrojar flechas a Atenea a tiempo que un estruendoso rayo, obra de la furia de Zeus, le indicaba a Hera en no interferir en aquel rescate. Marchándose hacia los cielos los descendientes de la titán Leto mientras que en el suelo quedaba, tirada y manchada con lodo y sangre la dorada copa.

―Me parece increíble que no hubieses ido de vuelta por un objeto tan preciado para ti y para los enfermos mismos.

―¿Crees que no lo hice? Claro que regresé a las ruinas de Troya al cabo de una semana cuando mi padre me hubo sanado del todo. Caro viaje que tuve porque en el perdí a mi hermosa servidora, mi serpiente. El reptil se deslizó por mi cuerpo hasta alcanzar el suelo en cuanto puse pies en Troya. Pensé que sólo iría de caza o que incluso me ayudaba a buscar la copa. Pero si la encontró, nunca regresó a mí. Y hoy es el día en que hecha polvo ya es Troya, y yo sin mi copa y sin mi fiel amiga de lustrosas escamas me hallo. Sin poder curar las más desbastadoras enfermedades con la poción que producía ese cáliz divino.

No teniendo más que sacarle a aquella diosa, Ares se puso de pie permitiendo que se reincorporara y apartara tras uno de los pilares de su cama en donde se sostuvo para tomar aire. Pareciéndole completamente inservible, Ares se disponía a marcharse y dejarle en paz para caer de cabeza en la casa de las Moiras con una serie de reclamaciones respecto a los consejos que las tres procesaban. Pero en eso, las puertas de la habitación de Higía se abrieron. Asomándose primeramente sus hermanas dotadas al igual que ella del arte de la sanación, para luego ser apartadas por Asclepios y el dueño del palacio, Apolo.

―Con que aquí te escondías, hermano. En la habitación de mi nieta haciendo qué sabe qué cosa con ella ―habló con total aborrecimiento Apolo.

―¡¿Qué le has hecho a mi hija?! ―bramó luego Asclepios corriendo hasta la nombrada junto con sus otras hijas. Interrogando a Higía quien afirmaba que nada grave le había sucedido.

―Te aseguro, curandero, que no son de mi tipo las que se dedican a sanar heridas. Sino las que se dedican a abrirlas ―le dijo Ares con su perfecto cinismo que sólo a él le salía en esos casos―. Y bien ―se dirigió ahora a Apolo―. Me parece que me buscaban. ¿Se puede saber para qué, MEDIO hermano?

―Para darte un mensaje por parte de nuestro padre ―respondió Apolo tomando una flecha del carcaj para apuntarla con su dorado arco hacia Ares―. Tanto él como el resto de los olímpicos hemos acordado que debemos de aprovechar tu retorno al Olimpo para ponerte un alto. Al menos no que tus planes sobre la tierra se desmorona.

―¿En serio? ¿Y tú y tus estúpidas flechas van a detenerme?

―También mi martillo ―se le escuchó decir al chamuscado de Hefesto asomándose detrás de Apolo.

―Y el poder de mi caduceo ―siguió Hermes sobrevolando a los dos y colocándose al frente mostrando su resplandeciente vara con dos serpientes enlazadas.

―Lo mismo que mis fuerzas de la naturaleza ―se sumó a los declaradores la rubia de Deméter.

Al ver que nadie más entraba, Ares se cruzó de brazos y riéndose en sus caras dijo:

―No me digan.

Detestaba admitirlo pero Ares tal vez tenía algo de razón en que los dioses iban en decadencia cuando ya ni su voluntad ni órdenes se llevaban a cabo. Cuando ya los humanos se atrevían a desobedecer los mandatos de los dioses. Como esos soldados romanos que no se atrevieron a atentar contra la vida de la legendaria guerrera. Dándose a la huída en vez de poner su milagrosa libertad en juego asaltando la tienda de la líder de todo un campamento de bárbaros guerreros que podían hacerlos picadillos si les atrapaban con las manos en la masa como también fuera de ésta. Enterándose en la mañana de tal hecho cuando desde las alturas vio a Xena salir viva y completamente ilesa de su tienda completamente furiosa de la fuga de los soldados romanos.

Es que los iba a matar. Sino era que con todas las maldiciones que les había arrojado terminaban estallando de repente de no alcanzarlos los dacios quienes en ese momento se preparaban para perseguirlos. Limitándose a observar lo que sucedía a tiempo que intentaba idear algún otro plan. Demorando poco en el mismo. Ya que a unos kilómetros de la frontera este de Dacia, a bordo de una canoa en abierto río, se hallaba su siguientes piezas para armar un nuevo plan. En el cual reusaría a los incrédulos e infieles romanos junto con esos nuevos elementos también humanos.

Algo tenía que darse con aquello. Que ya ella con anterioridad se había encargado de adelantar otro plan que en esos momentos podía combinar con ese que tramaba ahora. Esperando no fallar como en los otros dos anteriores. Que aunque consistía en lo mismo, en usar a mortales como marionetas para hacer su voluntad, el hecho de que manejara nuevos títeres hacía la obra diferente. Participando ahora una gente que culto le rendían. A ver si esta vez sus mandatos eran obedecidos. Tirando de las cuerdas con las que a los humanos manipulaban los dioses para así trazarle un nuevo sendero. Alterando las aguas por las que navegaban de modo que su embarcación fuese arrastrada a varios kilómetros hacia el oeste de su tierra nativa en medio de una inexplicable creciente que surgió de repente mientras pescaban. Temiendo por sus vidas y arrepintiéndose de desobedecer a sus madres y desplazarse más de la distancia establecida.

De este modo, alteró el destino para los implicados en ese día. Esperando poder darle su castigo merecido a los desobedientes romanos por un lado, mientras que por el otro llevaba a Xena a manos de una gente cuya persona grata no le era. Es por eso que atrajo a quienes la llevarían ante dicha gente tras influenciarles la mente. Deteniendo su embarcación cuando ésta hubo llegado al territorio elegido. Despertando en sus ocupantes el hambre y obligándoles a adentrarse en el bosque que se les presentaba en búsqueda de frutas o animalejos que cazar puesto que su pesca se había echado a perder. Otorgándoles cuanto de todo podían agradarle hasta que llegó el momento de hacerles chocar con los fugitivos romanos. Lo que fuese que sucediese entre los dos grupos no le importaba siempre y cuando el revuelo que ocasionaran atrajera a cierta guerrera que no tardaría en ensillar un corcel para internarse en el bosque en el que se encontraban.

Ya quería ser el mismo Moros para saber si su nuevo plan tendría resultado. En no que, un mensaje, aviso o revelación ―como quisieran llamarle― a la tribu natal de sus nuevas marionetas hubo de llevar. Pues esa que se había encargado de hacerles odiar, Xena, posiblemente retornaría a sus tierras mucho antes de lo imaginado. Presagio que llevó tan rápido como una ráfaga de viento a los sueños de quien la cabeza líder era entre aquella gente elegida por ella. Dejándole por enterada y regresando veloz hacia la frontera Dacia para ver como se iban moviendo su plan. En eso, una ráfaga mucho más veloz que ella, y que una gama de colores dejaba a su paso, le detuvo.

―Iris ―se le dirigió Artemisa ante la mensajera de los dioses―. ¿Me tienes algún mensaje del Olimpo? Pues has volado hacia la tierra como nunca lo habías hecho antes.

―Tu padre Zeus ordena que apoyes a tus hermanos. En estos momentos se intenta capturar a Ares.

Una orden de su padre era una orden de su padre. Y por más disgustada que estuviese de dejar sin supervisión su mesa de juegos, al Olimpo debía de ascender. Un tanto preocupada por el combate que allí le esperaba y por la poca producción que hasta el momento había logrado en la tierra contra la detestada legendaria guerrera.


REVIEWS


Con mucha prisa y pocos ánimos como para realizar comentarios sobre el capítulo. El cual posee dos continuaciones ya escritas desde el verano del año pasado. Lamentando grandemente que como otros, se me esté haciendo difícil editar y subir. Así que muchos ánimos para mí porque les necesito. Les quiero a todas y a todos, les haya tratado por aquí o no. Son seguidores de ésta historia y he de agradecérselos por siempre.


Respuestas a REVIEWS

~Marina

Saludos, querida. Te estoy muy agradecida por comentar y expresar tu agrado por la historia. Realmente te admiro cuando dices que la has releído varias veces. Te tiene que gustar la lectura inmensamente para realizar semejante odisea. Lamento dejarte mucho tiempo con la intriga, al igual que a otras lectoras, pero ya ves que he indicado mis razones para esta vez. Un abrazo quien quiera que seas, y que sigas disfrutando de mi historia como siempre.