Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL+18.


Recomendación:

Down with de Sickness –Disturbed.

More than words –Extreme.

Listen to you heart –Roxette.


N/A: Capítulo especialmente dedicado a una de las mujeres que ha estado más orgullosa de mí. Siempre estás en mi corazón, tía Lila. Te veré en un futuro próximo, de eso estoy segura. Espero que descanses en paz.

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Capítulo 24

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—Damian —susurró.

Un trasudor recorrió mi nuca, sentí tanto miedo, que temí desplomarme ahí mismo. A cambio de eso, me senté de golpe en mi silla, frente a Pappo, que parecía realmente trastornada por Damian.

—¿Qué pasa con él? —le pregunté con cobardía, no me atrevía a escuchar la respuesta.

—¡Yo lo vi! —aulló, sobresaltándome.

Miró a su alrededor con pánico, temiendo que pudiese aparecerse de repente. Me sentí algo asustada por su reacción, no sabía que ella temía tanto a Damian.

—¡Pappo! Damian no está aquí, ¿sí? —Sentía que le estaba hablando a una niña, no a la mujer valiente que creí que era—. Sé que él te hizo mucho daño acusándote de haber sido cómplice de la muerte de tu hermano, pero eso ya sucedió. ¡No debes temerle! —Me sentía una tonta diciéndole eso, yo le temía hasta a su sombra.

Luego de que le dije eso, sus ojos se posicionaron hacia el exterior, parecía que estuviese pensando en algo muy importante. Algo realmente amenazador.

—Hay tantas cosas que tú no sabes, Bella —dijo, con una voz pastosa.

Fruncí el ceño, ¿cosas que yo no sabía? Se supone que la víctima número uno era yo, y nadie más. ¿Qué podía saber ella de todo lo que yo había pasado que yo no?

—No sé a qué te refieres.

Suspiró con pesadez, dejándose caer en la silla.

—¡Bella, yo lo siento tanto! —susurró—. Realmente lo siento mucho.

—Pappo, ¡no sé de qué hablas! —Acerqué mi silla a la suya, esperando a que sintiera una mayor privacidad.

Depositó sus manos en su rostro, sentí sus sollozos. Era raro verla tan acabada sobre la silla… Pero me era extraño su comportamiento, ¿tanto le afectaba que Damian estuviese libre? A mí era a la que más daño le había causado, todo lo que había hecho era mucho peor que la cárcel.

Sorbió por la nariz y se acomodó en la silla.

—Damian me odia con todo su corazón, Bella. Yo fui quien alertó a tu papá de todo lo que sucedía. Pero pude hacerlo antes, sobre todo cuando a ti el mundo se te derrumbó, cuando te quitaron las cosas más preciadas de la vida. Yo hablé cuando mi hermano se vio acorralado en ese momento, hablé cuando mi hermano ya estaba muerto. ¡No me detuve! —El semblante de Pappo estaba alterado, estaba desesperada por decirme la historia de una buena vez.

—¿Qué? ¿Tú sabías desde antes todo lo que estaba pasando? —pregunté, incrédula.

Asintió con rapidez.

—No estaba en el plan que mi hermano sufriera, menos tú…

—¿Qué plan, Paola? —inquirí, temerosa de su respuesta.

—Damian y… y yo hicimos una alianza, él quería que le diera toda la información entre Stefan y tú, ¡estaba envuelto en los celos!

Mi respiración se comenzó a acelerar por la sorpresa, el miedo, la ira, el pánico… Era un mar de sensaciones podridas.

—¿Desde cuándo eran tan amigos? Siempre vi una enemistad entre ustedes tan fuerte, ¡¿cómo es que de la nada te alías con una persona que detestas?! —le grité, presa de la ansiedad por su respuesta.

Paola se encorvó en la silla… ¿temiendo mi reacción?

—Yo estaba enamorada de Damian, Bella —confesó.

¿Enamorada? ¡Enamorada!

No fue capaz de hablar en ese momento, por lo que Paola prosiguió:

—Creí que ayudándolo a descubrir sobre tu relación con Stefan él podría dejarte al fin y fijarse en mí.

—¡Pero me golpeaba, Paola! Cada vez que llegaba a mi lado me regañaba cosas que tú le decías y si no encontraba respuesta me golpeaba. ¡Me golpeaba, maldita sea! —exclamé, presa de la ira. Gracias a ella mi vida siguió siendo una basura.

Sin querer me había parado de la silla, con los puños cerrados con fuerza. Paola se encontraba acurrucada en la silla, llorando, como una pobre desgraciada.

—Lo siento… —sollozó.

—Por tu culpa tu hermano está muerto. Por tu culpa a mí me violaron.

Era la primera vez que decía eso en mucho tiempo, ahora sentía el valor real para decírselo.

Pude notar que eso no lo sabía, el rostro se le crispó de culpa y odio a sí misma.

—¡Yo no quería que hicieran eso! Yo… ¡yo nunca creí que pudiesen ser capaces de eso!

—Y eso no es nada, Paola. —Sonreí amargamente—. Eso es solo una porción amarga de la torta de pesadillas de ese día.

No me daba lástima la mirada de piedad que Paola me daba, no había manera de corromper mi corazón más de lo que estaba. Mi alma se había cerrado al mundo, yo solo era un robot dispuesta a saciar mis deseos con quién yo quisiera. ¡No lástima! ¡No amor! ¡No felicidad! ¿Para qué? A nadie le importaba ya cada uno de esos sentimientos.

—Yo no quería… —repitió.

Me acerqué a ella, pero no fue capaz de tocarla con delicadeza, le agarré sus cabellos negros para que me mirase. Sus ojos celestes brillaban de pesar. Lo pasé por alto.

—Tú no solo estabas enamorada de Damian, también cumplías los deseos que yo nunca le di. —Solo esperaba a que me lo confirmara para echarla de mi oficina, no la quería nunca más cerca de mí. Y esperaba que Damian la encontrara y ella temiera.

Esquivó mi mirada por un segundo, crispándose de dolor por la fuerza de mis manos con su cabello.

—Sí, Bella, me acosté con él muchas veces. Y me arrepiento.

Apreté mis labios con fuerza, formando una línea recta. La lancé al suelo con todas mis fuerzas, ésta cayó con estruendo sobre el suelo.

—¡No sé con qué cara me decías amiga! ¡Espero que Damian te encuentre y despedace tu miserable vida! Te lo mereces —grité. Me importaba una mierda que toda la empresa me escuchara.

—Lo siento —repetía constantemente—, lo siento.

Abrí la puerta y la saqué a zarandeos. Noté que afuera la gente aguardaba con miedo, pensando que quizá había sucedido algo muy malo en la oficina. Y sí que había sucedido algo muy malo.

Cameron se paró de su silla, corrió hacia Paola y le preguntó si estaba bien. Me miró, ésta vez no parecía enojado, sino más bien muy asustado. De mí.

—Sácala de aquí.

Cerré la puerta, me apoyé en ella y caí hasta el piso con mis piernas temblorosas. Era por ella que Damian sabía siempre lo que pasaba entre Stefan y yo. Era por eso que sus padres habían inventado lo del fallecimiento, por eso nadie quiso decirme que ella en realidad estaba en la cárcel. Paola era en realidad la cómplice, no una víctima más de Damian.

Lloré con debilidad, no quería seguir derramando más lágrimas inútiles. Sabía que era pasado, que ya no podría volver a remediarlo todo, pero siempre me preguntaba qué hubiese sucedido si Stefan siguiera vivo, si yo desde un principio hubiese hecho alto a las amenazas de Damian contra mí.

No hacía bien recordar el pasado, no cuando no tienes a qué aferrarte. No había manera de sentirme mejor conmigo misma, no podía decirle a nadie por todo lo que estaba pasando. Charlie estaba enfermo, muy enfermo, ¿cómo pretendía decirle que Pappo, la niña que compartió con su hija toda su vida, había sido la culpable principal de todo?

Mi cabeza me dolía por las lágrimas derramadas, no sabía cuánto tiempo había estado ahí llorando con la espalda apoyada en la puerta. Ni siquiera sabía qué hora era.

Miré el reloj que estaba colgando en la pared. Las 5 de la tarde.

Limpié mis lágrimas, me paré del suelo y tomé mi bolso. Tenía que ver un vestido para el día de mañana. Y claro, el regalo número dos de Edward. Y otro para Alice.

Me miré al espejo antes de irme, estaba desastrosa.

—No más sentimientos por hoy —dije en voz alta, solo para mí.

No le di más importancia y me fui, pillándome con miradas nerviosas y curiosas de todos los que estaban ahí.

—No volveré. Cancela lo que haya —demandé a Cameron sin mirarlo.

. . .

Edward había ido a buscar el traje para su cumpleaños, teníamos solo una hora para llegar a la mansión de mi padre. No podíamos llegar tarde, a Esme le molestaba mucho la espera.

Alice me había llamado anteriormente para decirme que estaba indecisa en la elección de dos vestidos para su gran cumpleaños. No paraba de decir que el celeste le quedaba a la pinta, pero el rosa le hacía juego con sus ojos. Terminé por decirle que era mejor el celeste, ya que para su piel quedaba muy bien, pero ella finalmente prefirió el rosa, alegando que era más acorde a su edad —cosa que no comprendí muy bien, ya que ella ya no representaba 15 años—. Realmente no la podía entender.

Terminaba de colocarme un poco de labial rojo en los labios, cuando la puerta del departamento estaba siendo abierta con sutileza. Me giré a ver quién era, encontrándome con un guapo hombre; alto, cabello cobre y ojos abiertos de alegría.

Me acerqué a él con rapidez y me quedé estupefacta mirándolo, ya se había puesto el traje. Y se veía… realmente no habían palabras. Era de color gris, con sutiles rayas blancas; una camisa blanca e impecable. Los pantalones caían con perfección bajo sus largas y fuertes piernas, la chaqueta se ajustaba perfectamente a su ancha espalda y tenía solo el último botón abrochado. La corbata colgaba en su mano, todavía no la llevaba puesta.

Me dio una deslumbrante sonrisa, mirándome con detenimiento. Me sentí cohibida, algo que casi nunca me sucedía.

—Eres hermosa, realmente lo eres —dijo.

Mi estómago se retorció con el significado de sus palabras, Edward siempre me dejaba pasmada. Ahí supe que la asesora de vestuario que había ido a visitar, había elegido perfectamente el vestido.

El vestido que llevaba era de color negro, entallaba mi figura con maestría, dejando una vista perfecta de mi trasero majestuoso. Tenía un escote en la espalda que terminaba casi al llegar a la cintura, pero éste escote tenía un diseño en equis pequeño. En la parte delantera solo mostraba mi cuello y un pequeño hueco que terminaba hasta el principio de mis pechos. Me había puesto dos aretes con broche —nunca había podido soportar los aretes en mis orejas, me daban alergia aquellos que se clavaban en mi lóbulo—, éstos eran negros y brillantes, con dijes colgantes.

Edward me recorrió con una mirada muy indecente, sobre todo aquel tajo de mi vestido que resaltaba mi larga pierna y los hermosos stilettos que llevaba: unos Jimmy Choo negros de cuero sintético y varias tiras de género sobre el pie.

—No es muy cortés quedarse ahí mirándome así —destaqué, con malicia.

—Le aseguro, Srta. Isabella, que no seré el único que se quedará pasmado mirándola —me dijo.

Le sonreí con ganas, a pesar de todo, era él quien me hacía sentir bien conmigo misma. Y eso se lo agradecía enormemente.

—Faltan solo 3 horas para tu cumpleaños —le recordé, mientras Edward me tomaba desde la muñeca y me acercaba a su cuerpo.

—Lo sé.

—Y debemos llegar lo antes posible a la mansión, en donde esperan todos los invitados —volví a recordarle.

—Lo sé —reiteró—. Pero eso no me importa —añadió.

Cuando juntó sus labios con los míos, sentí la necesidad de un abrazo, los recuerdos de esa tarde con Paola me hacían sentir muy mal conmigo misma y con el mundo, y seguían presionando mi cabeza.

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"Guardé el vestido en el armario para que Edward no pudiese verlo, mientras me quitaba los residuos de lágrimas que seguían cayendo inconscientemente. Esperaba que cuando llegase no me viera tan mal.

Edward hizo acto de presencia, como siempre haciendo ruido con la llave. Era como su señal de 'estoy en casa'.

Bella, me comentaron que habías estado regañando a una empleada y… —Vi por el espejo cómo paró detrás de mí, mirando mi reflejo con cierta curiosidad —. ¿Qué sucedió?

No, Edward, no pasa nada —le dije cuando él se estaba acercando para mirarme con mayor detenimiento.

Sus manos se habían elevado cerca de mi rostro, pero paró, meditando la idea de acariciarme en esos momentos.

¿Qué te dijeron de mí? —le pregunté, planeando seriamente hacerlo olvidar mis lágrimas.

Que nuevamente hiciste tus escándalos, como siempre —rio—. ¿Quién fue la víctima esta vez?

Reí con amargura. La víctima… Si tú supieras, Edward. Pues cuéntale y ya, comentó mi consciencia. ¡No iba a contarle! Eso nunca, no podría. No quería ser la víctima del cuento…

No, Edward, fue una simple visita de alguien inesperado.

Ah, ya entiendo… —susurró. Sabía de sobra que no le iba a contar—. ¿Te preparo algo?

¿Prepararme algo? ¿Esto era en serio?

Te noto triste, te haría bien algo cocinado por mí. —Me guiñó un ojo, divertido.

Sentí una especie de alegría, de esas que caen perfectamente luego del tormento.

Pero debes estar cansado, no quiero que trabajes para mí.

No quería abusar de su buena voluntad, no ahora. Además había llegado recién del trabajo.

Tú necesitas distraerte, sea lo que sea que te sucedió, arruinó tu tarde.

Con su mano en mi brazo me llevó a rastras hacia la isla de mi cocina.

Todo estaba decorado con delicadeza; colores negros y rojos, como también blancos y cremas en los muebles. En la pared izquierda pintadas de crema, la que daba al salón, colgaban cuadros pintados por tía Esme. Un diseño simple, divino, lleno de flores y líneas escurridas.

Me senté en el taburete de metal y esponja color rojo, mientras Edward me daba la espalda, metiendo mano entre los cajones de abajo, sacando una sartén.

Descansé mi cabeza entre mis manos, con los codos apoyados en la pequeña pesa angosta de color negro.

Observé su espalda magnífica, se veía estupenda en ese saco negro. Bajé mis ojos hacia su cintura, una estrecha cintura que amaba abrazar… Y su trasero, que seguía abajo, bien arriba, con elegancia. Me fijé en su desordenado cabello, y me puse a recordar todas las veces que lo había acariciado con mis dedos, todas eran mientras teníamos sexo. Me gustaría tocar su cabello sin la necesidad de un encuentro sexual.

Se puso un paño de cocina verde sobre el hombro, mientras ponía en la sartén unas verduras que había cortado sin que yo me hubiese dado cuenta. Me había quedado mirándolo más de la cuenta sin poner atención a lo que él hacía.

Me ruboricé con ganas, yo no acostumbraba a hacer eso. Nunca. Bueno, Edward era el primer hombre que me sacaba suspiros en mucho tiempo. El primer hombre que me cocinaba… ¡Dios! Esto estaba raro, pero me gustaba demasiado, era como una muerte a mi solitaria rutina.

Puso delante de mí una bandeja de melanina con un surtido de verduras salteadas, y sobre ellas una especie de salsa que olía muy bien. Mi estómago crujió al ver semejante exquisitez.

Se ve muy bien, Edward. Gracias —le dije con sinceridad.

Me guiñó un ojo coquetamente, algo que se le daba muy bien.

Comí con muchísimas ganas junto a él, aunque a veces me cohibía con el simple hecho de mirarme. Y eso me quitaba el apetito considerablemente. No era muy grato que un hombre como él te mirase mientras comes.

Cuando acabé la comida que me había preparado —que, a propósito, se encontraba realmente deliciosa—, me invitó a ver televisión. Hoy sería el día de la cotidianeidad junto a Edward. Y sí, me gustaba.

Edward puso el canal Vh1, justo cuando comenzaba el programa "Neo Music", en donde mostraban videoclips de canciones nuevas. Madonna hizo acto de presencia con su canción "Girls Gone Wild".

No le tomé mucha atención al tema, mi mirada estaba centrada en la nariz respingada de Edward moviéndose al son de la música, junto al movimiento que él hacía con su cabeza. Nuevamente era una ensoñación mirarlo tan divertido, algo que no veía todas los días…

Te gusta Madonna —comenté, intentando distraerme de su rostro. Me irritaba la fascinación que sentía por él este último tiempo.

No —respondió—. A Jane le gusta.

Oh…

Estoy bromeando —rio.

Negué con mi cabeza. El sentido de humor de Edward era tan espeso como mi forma de irritarme.

Me reí junto a él, de verdad había sentido una especie de susto o cosquilla en el estómago, de esas cosquillas que son muy desagradables. Por un momento creí que todo lo bonito sería arruinado por esa mujer. Bonito…

A Jacob le gusta mucho. No sé, es raro.

Realmente Edward no entendía que Jacob era gay hasta por donde lo miraran. Bueno, yo me empecé a dar cuenta cuando lo había confirmado, aunque… lo confirmaba recién al verlo junto a mi mejor amigo.

¿Qué hora es? —le pregunté, sintiendo una pesadez en mis párpados.

Las 11:30. ¿Quieres ir a dormir? —Cuando quería era muy amable.

No te preocupes, todavía es muy temprano —le dije.

Tomó el control remoto y comenzó a hacer el típico "Zapping", cuando en realidad no ves absolutamente nada. Se quedó en donde daban Romeo y Julieta.

La película iba casi comenzando, por lo que me acomodé en el sofá, casi a unos 5 centímetros de distancia con Edward. Me sentía extraña, no me cansaría de repetirlo.

En un momento, di un respingo, una brisa había corrido por nuestros cuerpos. Sentí un poco de frío.

Edward lo percató, por lo que pasó un brazo por mis hombros y me atrajo todo lo que pudo a él. Inconscientemente deposité mi cabeza en su cuerpo, algo que los dos nos provocó una leve rigidez en nuestros cuerpos. No, no estábamos acostumbrados.

La película transcurrió tranquilamente, mientras nosotros seguíamos en nuestra posición. Aunque Edward ahora había estado jugando con mi cabello suelto, hacía un suave masaje con sus hábiles dedos. Nadie hablaba, solo las voces de los actores rompían el eterno y cómodo silencio en el que nos habíamos sumergido.

Estaba realmente cansada, y el aroma de Edward me relajaba montones. Mis párpados se hicieron más pesados y rígidos, me costaba en demasía poder abrirlos suficientemente. Cerré los ojos con la intención de sopesar un poco la desagradable sensación de pereza, cobijada por el calor humano de Edward y su mimo.

No me di cuenta cuando ya estaba en los brazos de Morfeo.

La luz enceguecía y evitaba que yo pudiese abrir los ojos, estaba algo sudada. Me estremecí al sentirme presionada por algo… o alguien.

Edward me apretaba con sus brazos fuertemente, me impedía siquiera poder moverme hacia los lados. Yo estaba encima de él, con nuestros pechos juntos y nuestras piernas entrelazadas. Mi corazón estaba acelerado por la situación.

Como pude me miré, estaba con la blusa que había ocupado ayer y bragas. Edward solo ocupaba un bóxer rojo.

Ya no sabía ni qué pensar… ¿Qué sucedía entre nosotros?"

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Cuando el beso se hizo más lento y luego se detuvo, ambos nos quedamos mirando con una mirada más que significativa. ¿Qué éramos nosotros? ¿En qué se había convertido? No, no era el momento para preguntarse esas cosas, yo realmente quería disfrutar, pero… sabía que estaba haciendo mal. Algo estaba incorrecto entre nosotros.

Nunca me había sentido así con mis demás amantes, nunca había compartido tanto con los otros. Nunca había sentido esas cosas al mirarlo a los ojos. Hasta ahora.

—Supongo que ya estás lista —dijo con tono juguetón.

—Claro que sí, Sr. Cullen. —Le guiñé un ojo—. Pero a ti te falta algo.

Tomé la corbata que tenía en su mano y se la puse. Ordené un poco el cuello de su camisa, y luego pasé mis manos por todo su pecho, para sentir su calor. Los ojos de Edward me siguieron en todo el trayecto.

Miré el reloj, ya era hora de partir. Se venía un duro pasatiempo con la familia. Lo que más me irritaba era ver a Tanya ahí, como si nada, cuántas ganas tenía de volver a tirar de sus cabellos.

Y, ahora que recordaba, tenía que aclarar el asunto de Tanya con Edward, pero no era el momento todavía.

Tomé el pequeño bolsito rectangular que cabía perfectamente en mis dos manos, lo revisé para ver si faltaba algo, pero estaba todo perfectamente puesto: labial rojo pasión, llaves, dinero, mi blackberry y pañuelos. Caminé hacia la mesa, en donde tenía depositado una caja color amarillo fosforescente con un lazo morado alrededor.

—No cuesta imaginar que ese es el regalo de Alice —comentó Edward, lanzando sus manos hacia mí para que le pasara la caja—. No está pesada.

—El regalo no está dentro todavía, lo pondré después. —Lo miré suspicaz, a lo que él respondió con una suave sonrisa.

—Supongo que el mío está por aquí. —Recorrió con su mano la curva de mi cintura hasta llegar al trasero.

Le di una falsa mirada asesina, pero él seguía muy divertido. Lo invité a caminar con mis ojos, ya que se había quedado parado mirándome.

Llegamos a su coche, él abrió la puerta del copiloto para que me subiera como un buen caballero. Cuando entré, inhalé el aroma del cuero junto con la menta y un toque del perfume de Edward. Era simplemente maravilloso.

Sentí cómo abrió la puerta trasera y ahí metió la gran caja vacía, luego se dio la vuelta y se sentó a mi lado. Insertó la llave, tomó el volante y partió.

El camino hacia la casa fue bastante cómodo, pero lo único que me estremecía un poco eran esas miradas que me daba de vez en cuando, no sabía cómo reaccionar con ese lenguaje tan propio de él. Sus ojos eran un idioma nuevo para mí.

—No estés bromeando… —susurró, quitándome de mis pensamientos.

Lo miré a él para saber qué le sucedía, o a quién le hablaba. Su rostro estaba sorprendido y un tanto avergonzado, su mirada se dirigía hacia adelante, por lo que seguí sus ojos y me encontré con algo escalofriante.

La entrada a la mansión, que era de asfalto y piedras grandes y planas, estaba adornada con una velas en todo su alrededor, unas velas altas y bonitas. Edward entró con el auto en una velocidad mínima, quizá para no tirar ninguna vela al suelo.

—Esto me parece ridículo —comentó, con un poco de enojo en su voz. Yo solo me reí, eso solo podría ser obra de Alice, Esme y Renée.

El jardín frontal parecía más arreglado que nunca, con esfuerzo habían implantado grandes cantidades de flores y el césped era como una manta de algodón. En la entrada de la casa había más velas, pero éstas eran rojas y un poco más pequeñas.

Edward aparcó bajo el estacionamiento techado, ahí habían millones de autos más. Al parecer habían muchas más personas dentro, y eran bastante importantes. Dudaba que Edward los conociera, o que los hubiese querido invitar.

Cuando salí del auto, reconocí a dos automóviles de por ahí. El BMW de Rosalie y el Toyota de Tanya. Qué raro, Rosalie no me había dicho que venía, aunque no me sorprendía, ahora que andaba feliz con su novio heterosexual ya ni me hablaba. O quizá ya le había dado alguna crisis de mi amiga no me quiere.

—Creo que es hora de que te presentes ante todos, Edward —le recordé, caminando hacia la entrada de la casa.

—Me pone nervioso tanta gente a mi alrededor. Odio que hagan estas cosas. —Por su cara noté que no lo decía en vano. Sentí unas ganas inmensas de llevármelo a mí departamento y darle un feliz cumpleaños en solitario.

Giré mi cabeza a ambos lados para ver si había alguien por ahí, pero al no haber nadie, me atreví a hacer una pequeña locura. Puse mis dos manos en sus mejillas y lo besé, intentando calmar su nerviosismo.

Edward se aprovechó de ese instante, ya que me enredó en sus brazos, apegándome más a su cuerpo. Instintivamente, me enredé yo también en su cuello, pero una gota de consciencia quedaba en mi cabeza, así que le hice parar.

Su respiración estaba pesada, su pecho subía y bajaba con rapidez, sus pupilas estaban dilatadas. Su boca estaba manchada en rojo.

—Mierda… —dije—. Límpiate con esto. —Busqué entre mis cosas un pañuelo para que se quitara el labial.

—Tú también estás sucia. —Pasó su dedo por mi labio inferior, suavemente. Cerré mis ojos instintivamente, perdida en una caricia tan pequeña y tan prometedora. Depositó un beso casto en donde antes había tenido su dedo, por lo que abrí los ojos, nuevamente asustada.

—No hagas esto, alguien puede vernos —lo regañé.

—Eso a mí no me importa —confesó.

Negué con mi cabeza, incapaz de entender su comportamiento tantas veces extraño.

No le di más importancia a lo que sucedía, así que seguí limpiando su boca con mi pañuelo. Cuando me aseguré de que ya estaba perfectamente limpio, me miré yo en el espejo e igualmente me limpié. Luego puse más labial en mis labios.

Caminamos hacia la puerta, Edward tocó el timbre y en un segundo un hombre vestido de traje y moño nos recibió. Era alto, cuerpo muy delgado y de cabello blanco como la cal. No costaba imaginarse qué era.

—Buenos días, Sr. Cullen, Srta. Swan —saludó amablemente con una pequeña inclinación de cabeza, lo que me pareció excesivo.

¿Cómo sabía que éramos nosotros?

Todos los que estaban cerca comenzaron a murmurar cosas como "ahí están ellos", "qué cambiados se encuentran", etc.

Nos adentramos un poco más, y fue ahí en donde el caos comenzó. Mucha gente se nos acercó para saludar, sobre todo a Edward, que era uno de los cumpleañeros. Divisé a mi madre por ahí, cerca de la chimenea apagada.

Vestía un traje de dos piezas que daba la impresión de que era un vestido, era de color malva, con detalles de flores poco visibles del mismo color. A la altura de los hombros, caía con elegancia, dibujando una pequeña equis con los géneros, y en la basta había vuelos y cintas elegantes. Usaba unos pequeños tacos plateados.

—¡Hija! Qué linda estás. —Me dio dos besos en cada mejilla, siempre lo hacía cuando estaba feliz. No me sorprendía.

—Gracias. ¿A qué se debe tanto glamour? A Edward no le gusta mucho, mamá —comenté, quería que lo supiera. Y si lo sabía, pues que lo recordara.

Renée puso los ojos en blanco, sabía que creía que yo solo quería arruinar todo lo que ella hacía. Bueno, en otro caso lo hubiese hecho, ahora sí tenía razones para decirle que nuevamente había errado.

—Esa es una excusa, de seguro está triste porque Jane no está con él. —Hizo un pequeño mohín triste. A mí en realidad no me hizo mucha gracia su comentario, ¡no era esa la razón por la cual estaba algo nervioso! —Pero bueno, era un problema muy fuerte eso de la enfermedad de Aro Vulturi, no la culpo. Espero que pronto llegue para recompensar todo el tiempo perdido.

—Sí, mamá.

Me di la vuelta para tomar un vaso de champagne que descansaba en la mesilla. Lo tomé de golpe para mojar mi garganta. Apreté con fuerza la copa, lo que me hizo daño.

—Oh, llegaron los Fuenzalida Schneider. ¡Dios, no los veía hacia tanto tiempo! —gritó mi madre, yéndose hacia donde ellos se podrían encontrar.

¿Habría venido Paola también? Si tuviese un poco de decencia no lo haría, pero dudaba.

Caminé hacia algún lugar apartado, la música de fondo me estaba molestando en demasía. Saqué mi blackberry y marqué el número de Jacob para coordinar.

—Buenas noches, Bella. No he llegado todavía a la fiesta —dijo rápidamente, parecía agitado.

—Me lo imaginaba. No te preocupes, aquí solo hay personas poco importantes y parece que todavía no comienza el cumpleaños oficial. Queda un poco para que sean las 12 pm, todavía te queda tiempo. Recuerda que no debe hacer ruido.

—¿Los dos? —inquirió.

—Sí, los dos —respondí—. ¿Está James contigo? Me siento un poco sola aquí.

—No, cariño. Él me dijo que llegaría pronto. Sinceramente no sé en dónde se encuentra.

Vi cómo Esme se acercaba a mí con una gigante sonrisa, por lo que me dispuse a cortar. Me sorprendió lo feliz que se encontraba.

—Hola, cariño —dijo con voz extasiada—, ¡todo está maravilloso! ¿No lo crees?

Asentí levemente, con suspicacia. No era por eso que se encontraba tan feliz.

—Sí, está todo muy lindo. ¿Por qué esa sonrisa, tía? —inquirí como quien no quiere la cosa.

Se aceró un poco más a mí, me corrió el cabello del rostro y me susurró:

—Jane está en Skype con Edward. Se le alumbró el rostro al verla.

¿Era broma?

Fruncí el ceño fuertemente, una extraña ira se apoderó de mí, algo que me costaba reprimir.

—Qué bien por él —dije bruscamente.

Me separé de Esme, sin importarme en realidad lo que ella pensara. Prácticamente corrí por los pasillos de la casa, a toda velocidad me adentré en la sala y luego en la cocina. Paré bruscamente, gracias a Dios no hice ningún ruido.

Edward estaba sentado en la isla, con un laptop frente a él. Rubia y perfecta, así se veía Jane. Ni siquiera escuché lo que ellos hablaban, eso ya me daba igual.

Se me apretó el estómago al ver reír con ganas a Edward, mientras Jane le decía no sé qué. Parecía absorto en esa conversación.

Apreté con ganas la copa que tenía en mis manos, cómo deseé romperla entre mis dedos e incrustarme cada vidrio en mi piel.

¿Qué era lo que estaba sintiendo, maldita sea?


TRAJE DE EDWARD: img845 . imageshack . us/img845/7734/trajeedward . jpg

VESTIDO DE BELLA: imageshack . us/a/img35/8362/vestidobellareal . jpg

VESTIDO DE RENÉE: imageshack . us/a/img12/4783/vestidorenee . jpg

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¡Gracias por leer! Y gracias por la paciencia en la espera... Y nuevamente gracias por no reclamar si es que hay una falta horrenda en alguna palabra :)