XXV

Los regalos que recibe no son muy espectaculares. Siquiera los hijos de comerciantes pueden permitirse grandes lujos, pero el regalo de Peeta es el que más le gusta. Son galletitas, decoradas con pequeños árboles de color verde. Al parecer, el chico le preguntó a todo el mundo en la casa sobre los colores favoritos de Katniss. Nadie pudo responder, pero todos supusieron bien: verde, verde igual que el bosque.

Madge, por su parte, le regaló un pin de un Sinsajo. No comentó su procedencia, pero ella, con su voz calmada, dijo que le recordaría al distrito cada vez que tuviera que ir lejos.

Esos dos muchachos rubios lentamente se han vuelto una constante en su vida. Si bien no se compara a la naturalidad de la relación que antes mantenía con Gale, con Madge puede hablar sobre cosas que nunca antes se hubiese planteado. Y con Peeta puede hablar sobre temas triviales, aunque también él le cuenta algo de su vida. Cómo son las cosas en verdad en su casa y lo mucho que le gustaría ser alguna vez pintor. Ella se sorprende al escuchar que en realidad los hijos del panadero comen los panes rancios. Sin embargo, no se sorprende demasiado al enterarse que la madre de Peeta es una bruja.

Un día, ella le consigue los instrumentos necesarios para pintar. Los manda a pedir al Capitolio. Cuando se los entrega, no tiene claro quién de los dos está más sonrojado, si él o ella.

Es por eso, a medida que pasan los meses, que más miedo tiene de alguno de ellos siendo cosechado. Sabe que ella tan solo tuvo suerte, que realizó una buena primera impresión, pero que es prácticamente imposible que el Doce tenga un Vencedor otra vez. Cuando va al quemador, intenta no hacer contacto visual con las personas que pueden entrar dentro de la Cosecha. No quiere ilusionarlos.

No quiere ilusionarse a sí misma.