Capítulo XXV: Terremoto en el infierno
Alan Dunwich siempre había disfrutado castigar a las personas que se lo merecían, e incluso otorgar penas de muerte a quienes cometieran crímenes acordes con la sentencia. Se regocijaba en el sufrimiento de la gente que infringía la ley, porque él creía que la ley era una institución que estaba por encima de los deseos de las personas y que servía para mantener a la población bajo control, que nadie hiciera algo que no fuese aceptado. A Alan le importaba un comino quién escribía las leyes y quiénes las aprobaban; su doctrina era muy simple: respetar y hacer respetar la ley.
Pero la mujer que tenía frente a él era una excepción a la ley, un desafío a las reglas de la sociedad, una anomalía que debía ser silenciada, por cualquier medio posible. Pronto, esa mocosa maleducada iba a sentir las consecuencias de desafiar a la ley.
-¿Veremos quién ríe último, señorita Granger? Ambos sabemos quién va a reír de último, y me voy a asegurar que pague gravemente su indiscreción. –Alan Dunwich extrajo un látigo, el mismo con el que castigara a Ginny unos días atrás y lo blandió amenazadoramente en dirección a Hermione-. Las mujeres como tú mereces sufrir, lenta y dolorosamente. Aquí, señorita Granger, es igual que en la Inquisición. Ahora mismo lo vas a comprobar.
El alcaide hizo un rápido movimiento con el brazo que sujetaba el látigo y, medio segundo más tarde, el rostro de Hermione ostentaba una línea roja, de la cual comenzó a brotar sangre. La prisionera no hizo ningún gesto de dolor sin embargo. La rabia que sentía en sus venas le impedía sentir dolor como el resto de los seres humanos.
-Vaya. Hasta en eso eres una rebelde- dijo el alcaide, rodeando a Hermione como una pantera a punto de asestar un golpe mortal-. Pero todas al final ceden al sufrimiento y ruegan, y en verdad digo, ruegan con lágrimas en los ojos para que el castigo se termine. Podría usar un maleficio de tortura para que grites como una ramera en celo pero, la ley, que de forma tan dedicada obedezco, me prohíbe utilizarlo. Aunque, prefiero las maneras tradicionales, porque así siento que estoy dando un castigo y… me complace castigar a las personas que creo que se lo merecen. Y eso, te incluye a ti, mocosa insolente.
Y un segundo latigazo hizo que Hermione arrugara la cara en señal de dolor, pero no hizo ningún sonido. Esta vez, el uniforme se desgarró en uno de sus muslos e hizo que ella rengueara al caminar.
-Sé que estás sufriendo, pero intentas no demostrarlo para no parecer débil ante mí. No obstante, sé que eres débil, como todas las mujeres de este planeta. Patéticas, emocionales, sucumben fácilmente al llanto y al dolor, sin fuerza, sin inteligencia, sin astucia. A veces me pregunto por qué demonios fueron creadas. Ah, ahora recuerdo: ellas son las que engendran nuevos seres humanos. Bueno, yo creo que deberían limitarse a hacer eso, a dar a luz y nada más. No merecen derechos, no están a la altura del hombre. Si nosotros pudiéramos tener hijos por nuestra cuenta, exterminaría a todas las mujeres de este mundo y seremos una raza más fuerte, más inteligente, libres del yugo del sentimiento y de las emociones. ¿Y, qué piensa, señorita Granger? ¿Tengo razón o considera que estoy siendo un poco drástico?
Hermione no había conocido, jamás, alguien con esos pensamientos hacia las mujeres. Y, por desgracia, había mujeres que tenían las mismas ideas con respecto a los hombres. Ella creía que debía haber un balance entre ambos géneros pero, personas como Alan Dunwich amenazaban ese sagrado equilibrio y, de la misma forma, había gente que sufría de un colapso nervioso al ver a dos hombres o dos mujeres de la mano, besándose o haciendo el amor. Y las raíces de ambos fenómenos era la misma: intolerancia.
-Francamente, señor Dunwich, me importa un pepino si tiene razón o no –terció Hermione, soportando estoicamente el dolor en su pierna-. Lo único que le voy a decir es que le advertí que tuviese cuidado con sus palabras. ¿Ha escuchado el dicho "por la boca muere el pez"? ¿Le es familiar? Pues le digo, ahora, que usted va a caer muy, pero muy duro por sus declaraciones.
-Nada escapará de esta oficina –dijo el alcaide-. Si quiere, pregúntele a su amada qué es lo que ocurrió hace unos días atrás en esta misma oficina. ¿No se lo ha dicho? No me sorprende, porque su sufrimiento no le permite abrir la boca a nadie.
Hermione compuso una pequeña sonrisa. Ese imbécil no tenía idea que ella sabía que Ginny había sido violada por el mismo alcaide, pero decidió guardarse esa carta para el final, para terminar de enterrar a ese misógino sádico.
-Parece que no estás captando el mensaje –dijo el alcaide, acercándose a Hermione. A la castaña le daba la impresión que Alan Dunwich se hacía más alto a medida que la distancia que la separaba de él se acortaba-. Pronto verás, maldita puta insolente, que es poco sabio que me amenaces en esta oficina. Eres una ramera, y como tal te voy a tratar, ¿te parece que estoy siendo justo?
Hermione tragó saliva porque sabía lo que venía a continuación. Ese hombre la iba a violar, y no había nadie quien la podía sacar de esa horrible situación. Pero, para que su plan funcionara, debía hacer de tripas corazón y soportar la agonía de tener una relación sexual en contra de su voluntad.
-También le advertí que tuviera mucho cuidado con sus acciones –dijo Hermione, su voz un poco temblorosa-. No seré yo quien lo juzgue. Serán otras personas, personas que van a pensar que hiciste añicos una de las leyes más sagradas que existen. ¿Ha escuchado hablar alguna vez del libre albedrío? ¿Te suena? ¿No? Entonces piensa bien lo que estás a punto de hacer, porque podrías pagarlo muy, pero muy caro. Aún estás a tiempo de arrepentirte.
Alan Dunwich la tomó de los hombros, la giró sobre sus talones y la aplastó contra la pared del lado de la puerta.
-La que se va a arrepentir es usted, señorita Granger –dijo el alcaide en un susurro venenoso mientras se deshacía del uniforme de la prisionera con urgencia-. Va a retractarse de todas y cada una de sus palabras, y si no lo hace, el sufrimiento será mayor. La tendré aquí todo el tiempo que me plazca y su propio dolor le impedirá narrar lo que pasó aquí a nadie. Después que yo esté satisfecho, la arrojaré al agujero del demonio por un mes completo para acabar con usted. ¿Ves lo que ocurre cuando alguien desafía mi voluntad?
Hermione no dijo nada.
Momentos más tarde, sintió la maldad de Alan Dunwich penetrar en su interior con dolorosa intensidad. A ratos le pegaba en la cara y apretaba sus pechos también con mucha fuerza. Al cabo de varios minutos, Hermione lloró desesperadamente, no creyendo que una violación podía ser una experiencia tan horrible. Sentía un ardor incontrolable en sus entrañas pero, a diferencia de esas horas que pasó con Ginny, donde ese ardor era la sensación más deliciosa que existía, en la oficina del alcaide sentía que estaba cayendo al infierno mismo, sintiendo veneno corriendo por sus venas, aletargando su voluntad de vivir, haciendo más intenso el sufrimiento que sentía. Alan Dunwich resoplaba y respiraba como un animal furioso, riendo y dirigiendo palabras demasiado horribles a Hermione, quien apenas creía que existían en su vocabulario. Las palabras del alcaide dolían casi tanto como sus golpes y sus apretones.
-¡Eso, puta! ¡Grita! ¡Llora! ¡Sufre! ¡Esto te pasa por desafiar mi autoridad!
Los gritos de Hermione no traspasaron las paredes de la oficina.
Eran las tres de la tarde cuando Hermione volvió a su celda. Pansy la miraba atentamente, no pudiendo creer el cambio que sufrió su compañera de celda. La castaña lloraba, temblando de la cabeza a los pies, el cabello desgreñado y con sombras en los ojos. Caminaba arrastrando los pies y, cuando entró en la celda, cayó sobre su cama y dio rienda suelta a toda su agonía. Pansy jamás había visto algo tan triste en su vida y se sentó junto a Hermione, acariciándola y abrazándola, para ver si podía de algún modo, aliviar su dolor, pero eran esfuerzos vanos. El sufrimiento de Hermione estaba más allá de toda consolación. Pansy observó cómo la castaña se ponía de pie, tomaba unas sábanas y las ataba una atrás de la otra. Colgó la soga improvisada de las rejas que coronaban la puerta de la celda, a unos buenos tres metros de altura y envolvió el otro extremo alrededor de su cuello. Pansy se dio cuenta de lo que Hermione estaba tratando de hacer y trató de evitarlo, pero la castaña la alejó, tirándola al suelo. La castaña se trepó a la litera de arriba y se dejó caer al suelo.
Los pies de ella nunca tocaron el suelo.
El día siguiente, todas las prisioneras de Nueva Nurmengard supieron acerca del suicidio de Hermione Granger, pero ninguna de las internas sabía las razones de qué llevó a la castaña a quitarse la vida. La conmoción coincidía con una visita sumarial por parte de un grupo de Aurors y el mismísimo Jefe del Departamento de Seguridad Mágica, los cuales se dirigieron hacia la oficina del alcaide para escuchar el reporte semanal de las actividades en la prisión de Nueva Nurmengard.
Ginny estaba destrozada. Desde que supo que su amada se había quitado la vida, no había hecho otra cosa más que llorar y llamar a Hermione por su nombre, no hacía caso a ninguna persona que la llamara, prisioneras y guardias por igual. Su compañera de celda la violaba a su antojo, pero incluso aquello era una nimiedad para la pelirroja. No podía sentir nada de lo que le hiciera ese monstruo, porque la muerte de Hermione hizo que todo lo demás le pareciera ajeno y sin sentido. Stephanie, Laura y Luna también estaban muy afectadas por lo que ocurrió pero no se atrevían a hablarle a Ginny, por miedo a que tomara una decisión similar a Hermione y otra tragedia enlutara a la prisión. Luna sabía que el suicidio de su amiga tenía algo que ver con Alan Dunwich, el actual alcaide, pero más no podía hacer para vengarse. El alcaide mandaba con puño de acero y bastaba una acción de represalia para que Alan Dunwich asesinara a toda la población carcelaria de ese lugar, con impunidad y todo.
Pero las prisioneras sintieron que un terremoto acababa de ocurrir en la prisión, porque los Aurors y el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica llevaban, con cadenas y todo, al mismísimo Alan Dunwich, pateándolo de vez en cuando y arrojándolo al centro del patio, rodeado de prisioneras.
-Población de Nueva Nurmengard –anunció el Jefe de Seguridad Mágica a todas las presentes-, quiero que vean bien a este hombre. ¿Hay alguna de ustedes, aparte de Hermione Granger, que haya sufrido a manos de este sujeto?
Una mujer, de entre todas las presentes, se abrió paso de entre la multitud, secándose las lágrimas y miró al hombre que abusó de ella de una forma tan cruel y despiadada.
-Yo –dijo la voz trémula de Ginny Weasley-. Ese hombre me violó, me golpeó y me dedicó palabras ofensivas. Hermione Granger era mi novia, la amaba mucho, no saben cuánto…
Ginny cayó de rodillas al suelo y lloró una vez más a causa del recuerdo de su novia. Los Aurors y el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica la observaron por un momento, conmovidos por lo que estaban viendo y, dirigiendo una mirada severa al alcaide, lo forzaron a levantarse una vez más. La expresión de Alan Dunwich era una de sorpresa y rabia mal disimulada. ¿Cómo rayos supieron que él estaba violando prisioneras?
La respuesta se presentó sola delante de él.
Todas las prisioneras sintieron un yunque caer sobre ellas. Lo que estaban viendo ya sonaba bastante a ciencia ficción. Como el Mar Rojo ante Moisés, la marea de prisioneras se apartó, dividiéndose en dos grupos, haciendo un camino para la persona que se aproximaba hacia los Aurors y un atónito Alan Dunwich. ¿Cómo era posible que eso estuviese pasando? ¿Cómo era concebible el drástico giro que tomó la situación? Y, aunque muchas de las prisioneras rechazaba la visión que caminaba entre ellas, todas se forzaron a creer que era real lo que estaba pasando aunque, objetivamente hablando, era imposible, una soberana locura. Pero allí estaba, Hermione Granger, caminando entre ellas, todas mirándola como si se tratase de un fantasma. La castaña se detuvo frente a Alan Dunwich, observándolo con una diversión rayando en la jocosidad.
-Le dije que tuviera más cuidado con sus palabras –dijo Hermione, ahora con evidente cólera en cada una de sus sílabas-. Se lo dije y no me hizo caso. Ahora usted va a padecer las consecuencias de abusar de las prisioneras de Nueva Nurmengard.
-Para su información, señor Dunwich –dijo el Jefe del Departamento de Seguridad Mágica-, Hermione Granger envió una carta a Cho Chang el día de ayer, solicitando que unos reporteros de El Profeta acudieran en secreto hacia esta prisión y espiaran por una de las ventanas que daba a la calle y, para la sorpresa de ellos, pudieron verlo a usted, señor Dunwich, mencionar unas palabras muy aclaratorias y unas acciones, digamos, destacables por su vehemencia. Los reporteros, por orden de la señorita Granger, mostraron el material en la Oficina de Aurors y ellos vinieron aquí para detenerlo, señor Dunwich. Por eso, a la luz de las evidencias, Alan Dunwich, queda usted arrestado por la violación de las señoritas Hermione Granger y Ginevra Weasley y uso abusivo de las leyes de esta prisión.
Uno de los Aurors se acercó a su jefe y le mostró una carta de aspecto oficial. El jefe del Departamento de Seguridad Mágica asintió en silencio y se dirigió una vez hacia el recién detenido.
-Me ha llegado nueva evidencia que indica que el señor Alan Dunwich estaba confabulado con una prisionera de Nueva Nurmengard para echar a la señorita Chang de su puesto, quien será restituida en su cargo de alcaide. Por supuesto, la señorita Sylvia Lovegood también será enjuiciada por sus acciones, así como la señorita Pansy Parkinson en calidad de cómplice. Además, se comprobó la participación del señor Dunwich en una conspiración en contra de la señorita Weasley para meterla en la prisión por el asesinato de Harry Potter. Supimos, después de una larga investigación, que el señor Potter fue asesinado por uno de los funcionarios del Departamento de Seguridad Mágica por un ajuste de cuentas mientras dicho funcionario estaba borracho y, el señor Dunwich no halló nada mejor que echarle la culpa a otra persona para que el rastro no llegara a él, el superior del verdadero asesino del señor Potter. Supongo que no quería que el departamento cayera en la deshonra por culpa de un pequeño altercado, por eso desvió las pistas hacia su mujer.
Alan Dunwich no hallaba nada que decir ante todas las acusaciones que enfrentaba. Hermione lo miraba, ya no con odio, sino con indiferencia, fría y absoluta indiferencia. Ginny, por otro lado, estaba totalmente desorientada. Le habían dicho que su novia acababa de suicidarse por razones mejor conocidas por la castaña y ahora, la veía de pie, frente al ex alcaide, negando todo el odio que había sentido por ese hombre. Sin embargo, la incredulidad inicial que sintió fue reemplazada por un sentimiento que permaneció dormido mientras creía que Hermione estaba muerta. Un sentimiento que no iba a permitir que disminuyera nuevamente. Pronto entendió que todo ese drama era un plan ingeniosamente concebido por Hermione para poner en evidencia al malvado Alan Dunwich. Admiró la valentía de su amada para dejarse violar por un sujeto así y simular su propio suicidio para hacerle creer al alcaide que había ganado. Una enorme sonrisa se apoderó del rostro de Ginny cuando supo que una simple prisionera pudo derrumbar una formidable torre hecha de inflexibilidad y misoginia y odio. Hermione había humillado de forma absoluta al aparentemente intocable Alan Dunwich y Ginny estaba muy orgullosa de su novia. Era cierto que pudo haberla odiado por no avisarle que debía pretender que había muerto para ahorrarse malos ratos y muchas lágrimas, pero el hecho que no dijera nada contribuía a la verosimilitud de lo que estaba a punto de acontecer y, por ende, al éxito del plan de Hermione. Lejos de odiarla, la amó más que antes por haberse deshecho del malvado alcaide, de la fuente de su angustia en esos últimos días. Sin embargo, se contuvo de abrazarla y besarla, por temor a que los Aurors y su jefe tuviesen una mala impresión del acto y se retiró a su celda para saborear en solitario su inesperado jolgorio.
Una semana transcurrió desde el confuso incidente en el que todos creyeron a Hermione muerta y Cho Chang volvió al cargo que ocupaba antes que Alan Dunwich se lo arrebatara con juego sucio y había caras largas nuevamente, pero por razones diferentes a las de siete días antes. Ginny había sido exonerada de los cargos que se le imputaron y ahora era una mujer libre, no así Hermione, quien debía pasar tres años en prisión por intento de asalto con violencia. Sylvia Lovegood fue acusada de conspiración en contra del alcaide y ahora cumplía siete años más de condena, y se le podía oír en su celda de máxima seguridad, murmurando sin cesar en contra de una mujer a la que una vez amó obsesivamente. Pansy fue acusada por ser cómplice de Sylvia en la conspiración y recibió tres años más de presidio con derecho a libertad por buena conducta. En cuanto a Alan Dunwich, fue acusado de conspiración en contra de Cho Chang, dos violaciones, abuso de poder, falsificación de evidencias y conspiración en contra de Ginny Weasley y recibió la máxima pena en existencia en el mundo de los magos: hace dos días atrás fue besado por un dementor y arrojado a una celda en Azkaban por si acaso.
Ginny estaba vestida con ropas normales y esperaba en el patio de la prisión para despedirse de sus amigas. Minutos más tarde, Luna, Laura, Stephanie y Hermione se acercaban a la pelirroja, todas con lágrimas en los ojos, pero ninguna lloraba más que la castaña, porque iba a pasar tres años separada de Ginny, tres años en los que su amor sería puesto a prueba. Sólo esperaba que esto no fuese el fin, sino el comienzo.
La primera en despedirse fue Laura.
-Ginny. Te echaré de menos, mucho. Fuiste una amiga genial y espero que nos volvamos a encontrar y nos contemos muchas historias. Hasta pronto amiga mía, y que tengas éxito en todo lo que hagas.
Laura abrazó a la pelirroja por un buen rato antes de separarse y fuese el turno de Luna para decirle adiós a Ginny.
-Fuiste una excelente amiga para mí Ginny, muy leal y amable. Nos contabas historias muy divertidas y se podía confiar en ti. No olvidaré el año y pico que compartí contigo y, tal como dijo Laura, espero que nos volvamos a ver y sigamos siendo amigas. ¿Me lo prometes?
-Te lo prometo –dijo Ginny alzando la mano-. Haría un Juramento Inquebrantable, pero tú no tienes varita.
De inmediato estalló una risa colectiva que no se apagó hasta un buen rato después. Cuando todas dejaron de proferir carcajadas, Luna abrazó a Ginny, el cual fue un poco más breve que el de Laura y retrocedió a su puesto para que Stephanie pudiese dar su adiós a Ginny.
-Te debo tantas cosas a ti Ginny –dijo la pelirroja, tomándola por los hombros y mirándola fijamente a los ojos-. Tengo que darte las gracias por ser como eres, por serme siempre fiel, por estar conmigo cuando te necesité y, más que nada, por ayudarme a decidir mi sexualidad, por atreverte a hacer algo que la mayoría de las chicas no puede o no quiere. La pasé muy bien contigo, no olvidaré lo que hiciste por mí, jamás. Te quiero Ginny, y siempre lo haré.
Stephanie abrazó también a Ginny, pero fue un abrazo más apretado que el de las otras dos amigas, y más largo. Finalmente, la pelirroja se alejó de Ginny y fue el momento de la despedida más dolorosa de todas las que vivió hace momentos atrás. Hermione, a diferencia de las otras tres, no dijo nada en absoluto, se acercó a Ginny y acarició su cabello y su rostro. Ginny sonrió levemente y unas lágrimas rodaron por sus mejillas, las cuales Hermione cogió tiernamente. La castaña también derramó gotas saladas de sus ojos y la pelirroja también impidió que cayeran. También sonrió. Ambas ahora estaban nariz con nariz, mirándose, pudiendo reconocer el brillo de sus ojos en el de la otra. Y, lentamente, como queriendo sentir hasta el aire alrededor de ellas, se acercaron, rozaron sus labios y, finalmente, se encontraron en un beso que no hablaba de un adiós, sino de un hasta pronto. Hermione y Ginny se abrazaron, más fuertemente que con cualquiera de sus amigas, intensificando la fuerza de su beso, cada una de ellas jalando a la otra del cuello para hacer más intenso su encuentro, como queriendo dejar una huella en la otra para siempre.
Hermione y Ginny se separaron lentamente, como si una fuerza más allá de su comprensión las tratara de juntar nuevamente, pero la distancia ganó la batalla y Hermione soltó nuevas lágrimas, sintiendo que había llorado demasiado en su estancia en Nueva Nurmengard y la mayoría de su llanto era por una sola mujer, por la persona que estaba de pie frente a ella, camino a la libertad. Pero eso sólo le decía lo mucho que amaba a Ginny y lo mucho que iba a desear su compañía en esos tres años, que se iban a antojar muy, pero muy largos. Ginny, por otro lado, sentía exactamente lo mismo y, aunque estuviese libre, iba a ser prisionera del amor de Hermione por siempre. Finalmente, la pelirroja encontró la fuerza para dar la espalda a sus amigas y a su novia y dirigirse hacia la salida de la prisión, donde podría comenzar una nueva vida.
Y, si en esa nueva vida iba a estar acompañada o no, iba a depender de la fuerza de sus sentimientos por la mujer a la que acababa de dejar atrás.
Nota del Autor: Otra vez debo pedir disculpas por mi tardanza en mis actualizaciones, la cual se debió a una falla en mi laptop que lo llevó a estar en servicio técnico por un mes. Espero que nada malo le ocurra a mi PC de ahora en adelante, porque quiero llevarles el último capítulo de esta historia lo antes posible.
Un saludo a mis lectores que esperaron tanto tiempo por un capítulo.
Gilrasir.
