Iori se detuvo entre los gruesos troncos, jadeante. El esfuerzo que hizo para ascender la empinada tierra pantanosa que lindaba con el río, lo agotó. Una fuerte presión en el pecho le cortaba la respiración y escupió un tanto de sangre sobre la hierba húmeda. Su mirada se nubló por un instante pero recuperó el aplomo tras una bocanada profunda de aire helado. Los destellos purpúreos que había visto momentos atrás ya no refulgían más y se le hacía difícil ubicar la posición en medio de la espesura oscura.

Aguardó con cautela atento a alguna señal o movimiento, evitando una exposición apresurada ante los enemigos. Tras una corta espera vio la primera sombra rápida que cruzó entre los arboles un poco mas abajo. Esta se detuvo sobre la tierra pantanosa del río y se agachó rastreando las huellas que habían dejado tras de sí en la huida.

Iori se acercó sigiloso, atrapando con un movimiento rapaz al ninja que lo percibió demasiado tarde. En una llave fuerte lo inmovilizó, ante lo cual una segunda sombra los flanqueo.

Iori giró el cuerpo del rastreador logrando bloquear al ninja atacante y tras rotar con brusquedad la cabeza del hombre, lo lanzó contra la segunda sombra. Aprovecho el movimiento evasivo de este y en un ataque rápido, clavó los dedos a la altura del cuello, perforando la tela y la piel. El ninja gorgoteó con la traquea obstruida y murió entre sonidos sofocados.

Percibió en la parte baja de la montaña un destello naranja. El fuego de Kyo. Maldijo por lo bajo ante aquel faro en medio de la negrura, temiendo que a pesar de su volátil paso, hubiese llamado la atención de los perseguidores.

Se sumergió un poco mas entre la arboleda y generó una oleada violácea que combustionó las copas de los arboles. Ardieron al inicio con timidez entre la humedad y luego al ser alimentadas por Iori, crecieron con salvajismo, dejando alrededor del pelirrojo una gran fogata de arboles con frondosidad flamante que teñían todo en tonos magenta.

Los ninjas no demoraron en llegar y múltiples sombras lo rodearon manteniendo distancia. La cautela acompañada por el temor surcó el aire. La silueta de Iori se erguía imponente, retante, con la sangre de otros Yagami goteando de sus manos. Ocultando a la perfección su creciente debilidad.

Un par de sombras lo flanquearon intentando debilitarlo pero Iori repelió con facilidad los proyectiles y evadió los ataques a distancia. Al no ser agredido directamente comprendió que en su estado, el desgaste por defenderse lo dejaría a merced de los enemigos. Decidió atacar. Si los ninjas no pensaban acercarse, él iría por sus cabezas.

Con un Yamibarai estalló uno de los arboles debilitados por las llamas, cohesionando su caída y aprovechando el descenso del grueso tronco para acercarse a dos de las sombras. Ambos hombres se defendieron, pero la potencia descomunal del ataque de Iori los cegó a la muerte. Saltó sobre una de las sombras que logro esquivarlo por poco y al contra atacar, fue bloqueado por el pelirrojo que estalló su rostro en una explosión purpurea.

Iori sentía el cuerpo cada vez mas pesado y las voces dentro de si se regocijaban con la matanza. Su consciencia se tambaleaba confusa, iracunda y extasiada. Se detuvo jadeante por el agotamiento y tras un acceso de tos con sangre maldijo a Orochi en un gruñido gutural, resistiendo su constante influencia.

Pequeños pedazos llameantes que se desprendían de los arboles flotaban en el aire como luciérnagas cenizas. Las sombras de sus atacantes eran solo siluetas amorfas que se mantenían a raya. Ninguna se acercaba, pero seguían rodeándolo.

Recordó las palabras de Hotaru sobre la reliquia de Kyo y las reglas para obtener un nuevo portador. Lo necesitaban vivo si querían el Magatama. Pero les pesaría con creces no matarlo, pensó iracundo.

– Eres una persona bastante escurridiza Iori. – Resonó una voz muy grave, frívola, en un tono casi cordial.

Takeshi Yagami se acercó con parsimonia entre las flamas violáceas. Todas las sombras que los rodeaban se multiplicaron al instante.

– Entre menos resistencia opongas Iori, menos daños recibirá tu cuerpo. – Acoto con inmutable calma. Iori evoco una sonrisa demencial.

– Intenten tocarme hijos de puta y los reduciré a cenizas. – el fuego purpura refulgió incontenible con sus palabras. La imagen de Takeshi era borrosa, múltiple, pero el odio que embargaba a Iori poseía un enfoque determinante. El pelirrojo avanzó iracundo en dirección a Takeshi y todas las flamas que los rodeaban danzaron al compás de sus movimientos.

Takeshi guardó un silencio calmo ante la arremetida y mucho antes de que Iori lograra arribar a él, varios ninjas intercedieron.

Iori luchó contra todas las sombras Yagami. Evitó sus ataques con combustiones espontaneas que se generaban al mínimo contacto, consumiendo con el hambre insaciable del fuego, todo lo que le rodeaba.

Tras la caída del sexto hombre, Takeshi Yagami levantó una mano haciendo detener en seco la avanzada de ninjas. El fuego purpúreo de Iori se redujo a una flama moribunda, recibiendo de nuevo la entrada de la penumbra.

Un tenue halo plateado envolvía a Takeshi, quien con un movimiento lento de las manos, aplacó el incendio circundante. Iori se arrodilló agotado al borde del colapso, viéndose incapaz de evocar sus flamas. Observó con sorpresa y profundo odio al monstruo Yagami que había aprendido las técnicas de anulación de los Kagura.

– Tendrás que sacar el Magatama de mi cadáver bastardo. – habló Iori con voz ronca. Takeshi lo observó con su casual semblante elegante, lleno de superioridad. Poseía en su frívola expresión, una confianza sospechosa.

Las figuras alrededor de Iori se desdibujaron en amorfos espectros y se desplomó pesado sobre la tierra helada. Su cuerpo traginado y herido, se negó a un esfuerzo mas.


– Controlen los signos vitales, necesitamos detener la hemorragia abdominal. –estallaron los comentarios apresurados del personal medico al recibir a Kyo en urgencias– Perdida extrema de sangre, soliciten transfusión mientras analizamos los múltiples daños. – Shizuka casi corria sin aliento tras el cuerpo de salud que arrastraba a Kyo en una camilla.

El pasillo era amplio y muy largo, de los bordes metálicos de la camilla discurrían densos surcos de sangre que dejaban tras se si un rastro goteante sobre el suelo de baldosa inmaculada.

–...definan los los daños internos...hay múltiples laceraciones...contusiones...quemaduras un ojo comprometido. – resonaban las palabras de las enfermeras al cruzar a la sala interna de urgencias. Entrecortadas e indefinibles, golpeaban como martillazos en los oídos de Shizuka al cruzar las puertas.

Un enfermero detuvo a la madre y sus acompañantes justo después de cruzar la barrera.

– Lo siento señora, pero debe esperar afuera.– Puntualizo el enorme hombre. Shikuza lo observó como si no entendiera sus palabras.

– Necesitamos realizar una hemotransfusión masiva. – habló la doctora antes de perderse de la vista de Shizuka.

– Doctora Han, los signos vitales decaen a gran velocidad...paro cardíaco inminente. – Resonó la voz de un enfermero al fondo del salón. Los miembros Kusanagi sostuvieron a la aturdida madre y la sacaron de la sala de urgencias.

– ¡Preparen reanimación! – llegó la voz de la doctora Han como un eco agónico en la mente de Shizuka Kusanagi.

Kamisama por favor, por favor no quiero perderlo a él también, rogó Shizuka con desesperación, mientras su cuerpo autómata era movido por los miembros del clan.

Tomo asiento con las manos temblorosas y las entrelazo presionándolas contra sí. Por favor, por favor no permitas que Kyo...pensaba. Un eco de la descarga eléctrica alcanzo lánguido el corredor y Shizuka vio sus ojos abnegados en lágrimas.

– Por favor señora, cálmese. Él esta en buenas manos. – habló algunos de los acompañantes, no supo quien, ni tampoco le interesaba saberlo.

Guardó silencio todo el tiempo sin moverse de aquel banco, postrada como una estatua, rogando a todos aquello que había creído en toda su existencia. Las preguntas que no alcanzaban a tocarla fueron respondidas por los sirvientes Kusanagi, incluso se negó a ser atendida cuando intentaron revisar sus heridas. Su mirada continuaba estática en el piso, con toda la atención centrada en el frío metal de la entrada que la separaba de Kyo.

Tras largas horas de espera, la doctora Han salio por las puertas de la sala de urgencias. Las piernas de Shizuka fallaron al intentar levantarse y la observó desde el banco del corredor. Parecía que hubiese envejecido décadas, con el rostro desvencijado y herido. Apreció la doctora con pesar.

– Estabilizamos a su hijo aunque tiene un estado muy delicado señora Kusanagi. –habló la doctora. "estabilizamos" pensó Shizuka– Desgraciadamente la multiplicidad de los traumas, sumados a algunas heridas anteriores bajo malos cuidados, complicó el proceso y tras la cirugía no esta fuera de peligro. Lo tendremos bajo observación en UCI. – Puntualizo la medica a la aturdida madre.

– Por favor...haga todo lo que pueda por curarlo– habló con una voz gangosa– No deje morir a mi hijo.

– No se preocupe señora, haremos todo lo que este a nuestro alcance para mantenerlo estable y le informaremos todo lo necesario. Por lo pronto es mejor que descanse y permita a las enfermeras atenderla señora Kusanagi. Deje todo en nuestras manos.

Shizuka accedió con un sentido de irrealidad abrumador. Saisyu había muerto y ahora su hijo de debatía entre la vida y la muerte. ¿En que momento su vida se había desmoronado de esa manera? pensó con una calma turbada y avanzo guiada por las enfermeras.


El estado de Kyo se complicaba con el paso del tiempo. Tras varios días en cuidados intensivos aún no recuperaba la consciencia y no parecía estar respondiendo bien al tratamiento. Shizuka había tenido los días ocupados en la organización del caos que predominaba en la estructura Kusanagi a causa de la muerte de Saisyu y casi todas las principales cabezas del clan. Había descansado muy poco en aquellos días, atormentada por la creciente desmejoría de Kyo y el agotamiento que cargaba era extremo.

Era la cuarta noche que visitaba el hospital buscando algún indicio de despertar en Kyo, pero no había reacción alguna. Su hijo moría con lentitud y los médicos ignoraban el por que no lograban estabilizarlo.

Pasó largas horas nocturnas observando a Kyo conectado a una maquina artificial de respiración, ya que uno de sus pulmones había colapsado por una complicación en una de las heridas propinadas por los Kagura. Yacía rodeado por un sin fin de maquinas que lo mantenían con vida, palpitando cada signo vital con menor vehemencia.

Ya no tenía lágrimas que derramar y sentía su propio dolor como una constante a la que se había acostumbrado. Respiro cansina resolviendo como proceder. Lo que sea que afectaba a Kyo no era algo algo que la ciencia pudiese solucionar y si no actuaba rápido solo lo vería caer en una muerte lenta y segura.

Shizuka tomo una dura decisión, abrazo el riesgo de retirarlo de la clínica, siendo ya la única opción que le quedaba. Kyo fue trasladado esa misma noche a la casona Kusanagi.

El día anterior había establecido contacto con los viejos monjes del clan que habían salvaguardado a Yuki tras el primer incidente. Había entablado una larga charla con ellos al encontrarse aquella tarde.

En la conversación planteaban la posibilidad de un bloqueo espiritual en Kyo. Uno que se pudo haber generado al intentar arrebatar la espada Kusanagi bajo aquel ritual terrible de los Kagura.

Los viejos monjes sostenían que al forzar el traspaso de un legado y romper el ritual con exabrupto, el proceso tendría secuelas espirituales sobre el portador de la reliquia. Y si aquello estaba afectando realmente a Kyo, eso significaba que el poder de la reliquia se estaba viendo impedido y al ser incapaz de sincronizar con el alma, debilitaba enormemente al portador.

Nada podía asegurarle a Shizuka que eso era lo que recaía sobre su hijo. Si fallaban en sus teorías y lo sometían al ritual Kusanagi, Kyo tendría muy altas probabilidades de morir lejos de la atención medica del UCI. Pero si lo hubiese dejado en aquel hospital y no mejoraba, hubiese muerto de igual manera.

Shizuka suspiro controlando el temblor en sus manos. Había obtenido un temple inquebrantable durante esos días de terrible angustia y no sería ahora cuando cedería de nuevo.

Observó a su hijo acostado sobre una camilla sencilla que reposaba sobre el tatami del salón Kusanagi. Conectado a un respirador sencillo y mucho menos abarrotado de cables y tubos, yacía rodeado de monjes que finalizaban focos e inscripciones para el ritual.

Kyo aún luchaba por su vida y lo único que podía hacer su madre era rezar por que todo aquello funcionara.

Se fuerte hijo, pensó Shizuka.

– Inicien el ritual. –


Kyo abrió los ojos, un acto ya enfermizo para él. Despertó después de un largo sueño vacío con una tristeza oxidada. Su primer pensamiento retornó al ultimo recuerdo. Iori, su madre, los ninjas.

Se incorporó aturdido, el cuerpo no le respondía con fluidez, sentía una densa torpeza en cada esfuerzo y el dolor como un palpitar débil. Su cuerpo estaba sedado, el ojo izquierdo yacía cubierto y la cabeza estaba en un volátil estado de elevación.

Le tomo tiempo intentar incorporarse y mucho mas lograr sentarse al borde de la cama alta en la que se encontraba. Tenía un catéter conectado a una bolsa de liquido traslucida. Se lo quito con torpeza desparramando sangre sobre la sabana clara. Se cubrió la mano y camino al baño o lo que considero era uno. La habitación le era desconocida, con un porte demasiado tradicional, a excepción de la cama. Tenía la mente algo embotada y trastabillo al lavado sintiendo una leve molestia en la pierna.

El agua discurrió la sangre de la mano que coagulo con facilidad. Recorrió con un toque fresco el rostro. Estaba casi desnudo. Kyo camino a la ducha amplia con bañera y se dio un baño corto con agua helada que le permitió espabilar el amodorramiento del despertar y un poco el mareo de la droga.

Se sentía atemporal, desconocía que había sucedido tras la llegada de los Kusanagi, pero tenía la leve certeza de que había pasado un tiempo y el hecho de no sentir una punzada de temor por lo que esto refería, se debía a los sedantes.

Salio de la ducha tras retirar casi todas las vendas de su cuerpo. Con la desnudes humedecida se situó frente a un espejo, que entre esmerilados de olas, estaba empotrado a un costado. Estaba un poco mas delgado, las heridas estaban cicatrizadas, los cardenales y moretones habían desaparecido a excepción de las perforaciones mas profundas. El impacto en el hombro era solo una leve señal casi difusa, el corte en el cuello una delgada linea pálida, las perforaciones en el abdomen leves puntos difíciles de distinguir. Todo parecía haber sanado a excepción de la herida del abdomen que cruzaba diagonal la parte baja y la pierna que parecía aun molestarle al movimiento. Tenía un angosto corte transversal con algunos toques rojizos causados por las flamas de Iori. A todo aquello se le sumaba el ojo izquierdo que presentaba un corte inclinado que dividía el parpado y la ceja, no lograba abrirlo bien y no parecía ver con claridad.

Sonrió sin emoción, sin dolor, sin tristeza. Cuanto tiempo había pasado, cuanto tiempo le había permitido a su cuerpo curar así. Hace cuanto había muerto su padre, hace cuanto Iori había retrocedido para permitirles escapar con éxito. Apretó los puños bajo una leve sensación de preocupación, tan leve como la droga se lo permitía.

Salió del baño con algo mas de claridad pero aun algo aturdido, sus sentidos parecían acomodarse al paso que vestía su cuerpo con un kimono masculino, la única prenda en el armario vacío.

La puerta principal se discurrio sin anuncio y una mujer de edad avanzada ingreso con algunos implementos. Su rostro palideció al ver a Kyo e hizo una reverencia casi exagerada ante el joven que abrochaba torpemente el obi en su cintura.

– Ha despertado joven Kusanagi. No debería moverse tan pronto, puede ser peligr...

– Que ha pasado. –La corto Kyo sintiendo de repente una urgencia extraña– ¿Donde esta mi madre? ¿Cuanto tiempo llevo inconsciente? ¿Que sucedió con Iori Yagami?

– ¿Yagami?...–balbuceo la mujer confusa por la última pregunta de Kyo– Cálmese joven Kusanagi, llamare al doctor y a le daré aviso a su madre. – espeto la mujer saliendo del cuarto pero Kyo la sostuvo del brazo antes de que se alejara.

– ¿Donde esta ella?

– En el salón central, rezando en el altar del señor...–pero Kyo ya había salido en su búsqueda–. Joven Kyo por favor no debe esforzarse sin revisión medica. – sonó la voz de la mujer al fondo del pasillo.

Kyo sintió como una oleada de emociones iba despertando dentro de él. Como el efecto del sedante se difuminaba en un caos de pensamientos.

¿Cuanto tiempo? ¿cuanto? no cesaba de canalizar su mente. La perdida de Saisyu era un pensamiento agobiante, aunque ya saldado. Pero Iori estaba presente, en riesgo y desaparecido. Cuanto maldito tiempo había pasado. Solo Shizuka podría decirle que sucedió tras haber dado la orden a los ninjas de llevarlo consigo en su contra. Una rabia creció a cada paso que avanzaba hacia el gran salón, entre miradas atónitas del personal de la casona Kusanagi.

Shizuka yacía sentada en posición silenciosa y solemne frente a una imagen pequeña de Saisyu, rodeada por suaves luces e incienso. Vestía un Mofuku tan oscuro como su alma, rodeada de una calma mortuoria.

La imagen golpeo a Kyo como un toque helado de invierno, la realidad de cernió tangible. El altar de Saisyu se erguía frente a él como un hecho inamovible y la rabia que cargaba se disperso enmudeciendolo. Shizuka giró apacible y su expresión seria, casi amarga se iluminó conmovida.

– Kyo...– dijo en voz baja levantándose y caminando hacia su hijo. Kyo guardó silencio saboreando el pase amargo de pensar en un funeral al que no asistió, en una despedida que jamas dio. Shizuka se acercó y lo abrazó con fuerza, ambos se abrazaron con fuerza.

– Kamisama escucho mis suplicas, has regresado Kyo. Regresaste con nosotros.

Kyo rompió el silencio que se cernió en el largo abrazo.

– Cuando...lo hicieron– habló el castaño mirando al altar.

– Al día siguiente de esa terrible noche, cuando aún luchabas por tu vida en la cama de un hospital. – dijo Shizuka dejando a Kyo alejarse de su abrazo. El castaño camino hasta la mitad del salón aterrizando la aceptación de la perdida.

– ¿Cuanto tiempo llevo inconsciente? – pregunto dando la espalda a su madre en dirección al altar. Shizuka titubeo sopesando si era bueno decirlo.

– Quince días, un poco menos. – respondió con desgano. Un nudo se formo en el estomago de Kyo, sentía nauseas. Apretó los puños y giro con calma en dirección a su madre.

– Iori...¿Que sucedió con él? – preguntó sin evasiones. Shizuka se tenso incomoda y giro en dirección al corredor, molesta.

– No lo se y no me importa, como tampoco debería importarte a ti. –

– EL salvo nuestras vidas. –puntualizo Kyo manteniendo la calma– De no ser por él, tu no estarías aquí, yo no estaría aquí. Dime que sucedió.

– Te diré que sucedió Kyo. Tu padre no esta aquí. –hablo con crueldad Shizuka observando a Kyo tensarse–. El lider Kusanagi murió y no solo él. Muchos miembros importantes del clan lo hicieron mientras tu estabas haciendo no se que con el heredero Yagami. Nuestro enemigo. –camino de regreso a Kyo que pareció presa de vergüenza e ira por un ínfimo instante–. El clan se caía a pedazos mientras tu considerabas mas importante rondar con ese asesino y ahora esto es lo que resulta de nuestra división, de no lograr cohesionar nuestra familia. Alguien planto una semilla de discordia y la vio crecer bajo nuestros pies mientras ignorábamos la amenaza. Alguien asesino e insto a un enfrentamiento a nuestra propia sangre y pagará por ello. – puntualizo Shizuka con una profunda rabia en su semblante.

Kyo sabia que era inútil hacerle entender que todo lo que Iori y él habían hecho era exactamente para evitar lo sucedido. Sería un esfuerzo inútil explicarle a su madre que un Yagami, justamente el líder poseedor del Magatama, que juró una y mil veces asesinarlo, había arriesgado todo buscando acabar con los culpables.

Kyo agacho la mirada, habían luchado y se habían arriesgado a extremos indecibles y no habían logrado siquiera salvar a su padre. Eso le pesaba dolorosamente en el pecho, pero no podía centrarse en aquella agobiante sensación ahora. Guardó silencio reteniendo los reproches, la rabia. Decirlo solo lo haria un necio y necesitaba calma si quería saber que había sucedido. Por que Iori debía estar vivo. No podría ser de otra forma.

Miró a Shizuka tragándose las palabras que pullaban. Él entendía a su madre así esta no le entendiese a él. Aunque eso no significara estar de acuerdo con ella.

– No deseo el liderazgo del clan Kusanagi. No por ahora. – habló Kyo con sequedad. Entendiendo que era lo que su madre esperaba de él en aquel momento de dificultades para el clan.

– Me temo que no es algo que puedas decidir. Si no asumes el liderazgo ahora, la familia se desmoronara. El gobierno ha establecido margenes legales para los que generen enfrentamientos entre las partes y lo que sea que halla sucedido detuvo el demencial derramamiento de sangre en el que se habían visto sumergidas las familias. –hizo una pausa sopesando la atención de Kyo–. Muchos de los ancianos maestros han muerto Kyo y los que quedan son incapaces de liderar en clan en el estado en el que esta. Estamos plagados de especulaciones de traidores. – guardó un silencio corto encarando a Kyo.

– Si no tomas el clan en este momento y encabezas las reformas que requerimos bajo la potestad que te da la reliquia, tu padre habrá luchado y muerto en vano. –Shizuka no espero respuesta y se alejó–. No es cuestión de decisión Kyo, es cuestión de asumir aquello para lo que has sido preparado toda tu vida. Honra a tu padre debidamente en la muerte, ya que no lo hiciste mientras vivía. – dijo, tras lo cual abandono el salón.

Aquellas palabras hirieron profundamente a Kyo el cual apretó los puños con violencia hasta casi perforar la piel, la cabeza le daba vueltas y un enorme peso reposaba sobre sus hombros. Miró la fotografía mortuoria de Saisyu recordando su deseo férreo de heredar sobre Kyo todo lo que había construido. Kyo Kusanagi irguió la cabeza ante la mirada inerte del cuadro e hizo una reverencia ante el altar de su padre asumiendo el liderazgo del clan en su corazón.

Shizuka caminó por el pasillo conteniendo la tristeza. Había herido a su hijo de la manera mas baja en un acto desesperado. Lo sentía profundamente, pero era la única manera de que Kyo mantuviera la fuerza de la familia Kusanagi unida. La única forma de hacerle olvidar lo ocurrido con Iori Yagami y su sacrificio.

Kyo abandono el lecho simbólico de Saisyu, agotado. Despertar ahora se sentía mas pesado que el sueño mismo en el que había estado sumido. Necesitaba respirar un aire que no estuviera viciado de tristeza. Necesitaba pensar con claridad como aceptar tal cambio en su vida y como ayudar a Iori, por que aquello no sería una cuestión que cambiara lo sucedido entre ambos. Aunque cambiaba todo lo que podría llegar a ser.

Un hombre mayor de cabello castaños aguardaba al linde del jardín que daba a la que había sido su habitación. Gafas pequeñas, mirada fría, maletín oscuro.

– Joven Kusanagi. Soy Takeso, su medico de cabecera. –hizo una reverencia hacia Kyo, el cual no dejaba de mirarlo uraño sin respuesta–. Por favor permitame revisarle. – pidió, con la misma fría expresión.

Una joven con traje de enfermera se acercó al medico con timidez tras una reverencia ante Kyo. Las palabras que dijo le pasaron sin importancia hasta que el apellido Kushinada salio de sus labios. Kyo miró a la chica con urgencia y se acercó abruptamente.

– ¿Donde? – pregunto cortante y la chica le indicó temerosa ante la ferocidad en su mirada. Se alejó ignorando las palabras del medico.

Kyo ingreso al cuarto de Yuki. Estaba postrada en una cama baja, conectada a varias maquinas, descansando en un sueño eterno. Se acercó dubitativo, mientras el eco de su voz, llamándole, resonaba en un recuerdo.

Delineo su rostro separando algunos cabellos rebeldes, un tanto mas largos. Su tez era pálida, casi crepuscular. Su cuerpo se denotaba mas menudo y frágil. Una vez mas recordó su voz, su miedo.

– Lo siento Yuki. –hablo Kyo casi con dulzura, la que nunca tuvo con ella cuando era una intensa y hermosa molestia en su día a día– Lo siento...– repitió tomando su mano. Sintiendo la culpa casi como un pecado grabado con fuego.

– Si pudiese elegir de nuevo...–habló ensombrecido, pero caóticos recuerdos de Iori llegaron a su cabeza. Pesadas huellas de su existencia sobre Kyo–. Yo...– Titubeo, recordando su mirada salvaje, su toque intenso y doloroso, su voluntad férrea. Aquel rose agresivo, aquel abrazo fuerte y aquel tacto cálido.

Yo...iría una vez mas tras él. Pensó con una fuerte presión en el pecho.

– Espero puedas perdonarme...Yuki. –susurro con el torso encorvado y la frente presionada sobre el dorso de la delgada mano de la chica inconsciente.


Iori sintió un pañuelo helado sobre el rostro refrescando el calor abrasador que lo envolvía, dejando al alejarse, una sensación fría que lo hacía estremecer. Aquellos toques húmedos siempre llegaban a él con el olor dulzón de los nenúfares, uno que había relacionado abiertamente con la muerte y que a pesar de su agradable aroma, le generaba malestar.

Una voz suave, la voz de una mujer joven acompañaba aquellos toques delicados que recorrían su frente y cabello con manos casi maternales. En los delirios de la fiebre había perdido la cuenta de los días y las noches transcurridas. Todo parecía una amalgama indiferenciable de tiempo y espacio. Lo único que lo anclaba a lo acontecido era la sonrisa altanera y arrogante en el semblante de Kyo, imagen que se transformaba en el castaño parado bajo una lluvia incipiente, teñido por el dorado del fuego, aguardando mal herido a su regreso.

Tras muchos días de luz y oscuridad fue recuperando las fuerzas y con ello la consciencia de su entorno. Estaba en un futon amplio sobre una habitación enorme de madera y tatamis. Unas paredes dobles estaban discurridas dando vista a un jardín acoplado casi de manera artística. El viento álgido le permitía respirar con frescura.

En las bigas laterales del corredor habían marcas de brillos tenues que rodeaban tanto la salida al jardín como la entrada al corredor interno de la habitación tradicional japonesa. Eran las mismas marcas que habían rodeado el templo Kusanagi que había ardido muchos días atrás. Aunque sus patrones eran diferentes Iori develo su función cuando logro levantarse del futón por primera vez. Lo supo cuando estas le impidieron cruzar el umbral y lo comprendió a cabalidad con frustración al no poder evocar las flamas para incendiar el maldito lugar.

Su cuidadora era una chica joven y delicada, cabellos oscuros como el ala de la noche y ojos tan rojos como los suyos. Había algo en ella que le generaba cierta familiaridad, pero evitaba hablarle. Evitaba cualquier demostración de mejoría frente a ella o a cualquiera que se acercara a aquella habitación.

Estaba seguro que lo requerían en buena forma para el ritual y mantener un perfil desmejorado podría darle algo de tiempo.

El hecho de que lo atendiera una chica dejaba claro que no habría cualquier tipo de agresión. Sabían bien que de no ser así se arriesgaban a que Iori les regresara la cabeza de los cuidadores que enviaran. Sus pensamientos con el paso de las horas brincaban entre la suerte que habría corrido Kyo y el como lograr salir de allí.

Con el paso de los días había establecido cortas charlas con la joven y aunque esta no daba mucha luz acerca de nada, entre las palabras que compartían se filtraba cierta información que le permitía a Iori especular. Ella cargaba cierto resentimiento e indignación muy bien manejados bajo la mascara de la decencia y el temor a provocarlo. Iori había indagado superficialmente en sus razones para estar allí y había entendido que la joven mujer desconocía lo sucedido. Solo era una herramienta manipulable y dada su forma de ser, alguien con cierta importancia dentro del clan.

Maldijo para sí el haber estado tan alejado de los Yagami, saber bien como se estructuraban le habría servido en ese momento. De todas maneras la chica no era tonta y ocasionalmente cuando no eran vigilados con ahínco, preguntaba a Iori información relacionada a las desapariciones y muertes de miembros del clan. Era un hecho que todo se lo habían adjudicado a los Kusanagi, pero la joven tenía profundas dudas que aunque intentaba disimularlas, eran completamente perceptibles a ojos de Iori.

Las indagaciones de la chica parecían crecer con el paso de los días aumentando la cantidad de frases que cruzaban, en ella se habían sembrado ideas de profunda desconfianza y finalmente un día tras dos semanas de recuperación, la chica fue reemplazada por una mujer mayor que hacia sus labores en completo silencio, casi como un ente imperceptible. Iori supuso que sus cortas conversaciones habrían levantado algunas alarmas en los miembros del clan.

Una noche iluminada solo por el plateado toque de la luna y débiles luciérnagas de fuego en los faroles exteriores, Iori percibió un movimiento rápido y pesado en los jardines, seguido de voces que se filtraban en los vacíos corredores del lugar. Solía usar las madrugadas, cuando no le vigilaban directamente para calcular posibilidades de escape. Siendo la somnolencia una perfecta compañera para ocultar su recuperación progresiva durante el día.

No era la primera vez que percibía conversaciones. Entre la madera y las delgadas paredes de papel era fácil escuchar la actividad en parte de la casona, pero era la primera vez que había una incursión a aquellas horas. Se movió sigiloso a un angulo que le permitiese escuchar con mas claridad.

Las voces se cruzaban susurrantes y palabras sueltas como "...poco tiempo..." "...Orochi..." y "...no quitarle la vida antes..." llegaron a Iori. Supo en ese momento que su tiempo se había reducido notablemente y no había encontrado la manera de salir de allí.

Al levantarse la noche y bajo la entrada del alba, múltiples pasos resonaron en la madera circundante. La chica de cabellos oscuros y ojos rojos, lo observaba con tristeza desde el umbral, rodeada por una considerable cantidad de ninjas y acompañada de dos Kagura.

– Por favor no se resista. – Dijo la joven ingresando al cuarto, estaba siendo observada por los demás hombres desde el exterior de las marcas.

– Me tomo tiempo descubrir quien eras. – acoto Iori de pie en la mitad de la habitación rodeada, mientras la chica se acercaba con elegante cautela. Estiro las manos en un silencio nervioso y atrajo hacia sí el brazo derecho de Iori.

– Esto sera rápido. – dijo con voz nerviosa bajo la mirada intensa de los Kagura. Se dispuso a marcar con una hoja delgada la piel de Iori. Trazando con el filo leves marcas que dejaban hilillos de sangre.

– ¿Sabes que tienes los ojos de tu madre? –hablo Iori con tono suave mirando directamente a la joven, la cual se tensó un instante y retomo el trazado con la respiración un poco agitada–. Ella murió rogando ante sus captores por la vida de alguien. Suplicándome que no podía dejarlos herir a esa persona. Me tomo mucho tiempo darme cuenta que eras su hija. Haruka Yagami – habló bajo, solo para ella, con cierta dulzura hiriente. La joven dejo que la hoja perforara la piel a mayor profundidad disimulando la alteración.

– Se que sabes que no fueron los Kusanagi quienes asesinaron a tus padres. – puntualizo Iori con inmutable calma, seguro de que sus palabras eran solo escuchadas por la mujer. Los trazos frenaron su curso, quedando inconclusos y la joven bajó la tela del camisón tradicional que vestía el pelirrojo.

– No te resistas al salir de aquí. – repitió la mujer. Su mirada de intensidad asesina cruzo a Iori con un mensaje silencioso y cargado de rabia. Aunque parecía haber un desprecio descomunal hacia sí en el dulce rostro de la chica, Iori supo que no estaba dirigido hacia él.

Cruzaron el dintel con las inscripciones inutilizadas por los Kagura. Iori reconoció que algunos de esos símbolos habían sido marcados en su piel con la intensión de bloquear el poder del fuego de Orochi, pero podía sentirlo fluir dentro de sí sin bloqueo alguno.

El lobby central era una sala amplia y minimalista, con grabados en la madera. La salida al jardín explayada al frío del amanecer. Parado de espaldas a los presentes, estaba Takeshi Yagami. Sus cabellos largos y oscuros dejaban ver algunas partes entrecanas en su semblante imponente.

Iori se arrodillo sobre un tapete de viejos grabados ilustrados y entretejidos. La mayoría de los ninjas abandonaron la instancia llevando consigo a la joven. Los dos Kaguras que aguardaban detrás de Iori se mantuvieron a distancia al fondo del salón. Iori observó a Takeshi con un odio explosivo pero calculador. El hombre camino con elegante parsimonia hacia él.

– La familia Yagami lleva siglos erigiendo un legado maldito y necesario para el equilibrio divino. Durante generaciones hemos vigilado las manifestaciones en los seguidores de Orochi. Y como único legado legitimo de su poder, hemos ayudado a controlar cada una de sus posibles reencarnaciones a través de los tiempos. Aunque las diferencias que poseemos ante las familias del sello son enormes, compartimos un único objetivo. Mantener sellado a Orochi. – habló, sin mas preámbulos, con la paciencia de quien enseña a un niño algo nuevo.

– Si buscas darme una lección histórica, pierdes tu tiempo. – corto Iori con sequedad. Pero Takeshi no se inmuto.

– La ineptitud de las nuevas generaciones han puesto en riesgo algunos aspectos milenarios de la historia que llevamos con nosotros. Tu desinterés y abnegación a los temas importantes de los Yagami. La estupidez y rebeldía del heredero Kusanagi y la falta de visión en la sacerdotisa Kagura, ha llevado a un punto muerto el desarrollo de las familias. – hizo una pausa donde detuvo su paso frente a Iori. Este lo miraba sin parpadear.

– Ahora tenemos la posibilidad de reducir la existencia de un Dios a la voluntad de la inmortalidad. Sanjar de una vez por todas siglos de guerras y resurrecciones. Ahora los hijos de los dioses podrán tomar entre sus manos la divinidad y designar su propio destino. –su voz apacible, muto a un tono enardecido aunque controlado–. Debes entender que esto supera cualquier ideal, resentimiento o deseo. Tienes que entenderlo Iori y ceder la posibilidad de alcanzarlo. – habló con un tono imperativo que enardecía a Iori. Pero este mantuvo el control, la calma, espero el momento preciso para no fallar.

Le estaba rebelando sin rodeos algo muy importante, la intención que los había movido. La advertencia de Chizuru, pensó, pero aunque le estuviese diciendo abiertamente aquello, aun no quedaba claro que estaba detrás de todo. ¿Buscaban acaso robarle el poder a Orochi? ¿Estaban pactando con un poder divino superior? ¿Estaban sacrificando a su propia sangre para lograrlo? Las respuestas eran ambiguas pero lo que si estaba muy claro para Iori, era que si Takeshi estaba compartiendo esas ideas con él, era por que estaba desesperado y solo habrían dos opciones. O le convencía de entregar la reliquia o lo asesinaba, y de cualquier manera aunque ceder el Magatama le diera una oportunidad de supervivencia. No, no se lo entregaría al bastardo.

– Que el hombre obtenga el poder de un Dios, que el hombre controle su propio destino. Cuanta mierda demente tienen en sus cabezas los Yagami. No necesitamos poder divino para escupir en la cara de los dioses. –espeto con ira contenida Iori–. Si quieres el Magatama para estar un paso mas cerca de esa anhelada inmortalidad y poder que deseas, vas a tener que matarme hijo de puta.

– Necio...Chizuru Kagura se resistió demasiado tarde y murió. Kyo Kusanagi ha sobrevivido por poco pero es solo cuestión de tiempo que muera de igual manera y tú...si te niegas tendrás el mismo destino que ellos dos. Entiéndelo Iori, eres una existencia miserable que no tiene nada y a nadie le importa. Esto no nos detendrá, solo alargara lo inevitable. –espeto acercándose parcialmente a Iori, con la seguridad y la arrogancia de tener el control–. Para la heredera Kagura ya es tarde. Pero para ti y para tu nuevo amigo Kusanagi no lo es. Acepta mi ofrecimiento y podrás evitarle una nefasta muerte al heredero Kusanagi y a ti mismo.

Las manos de Iori temblaron, Takeshi estaba muy cerca, pero no lo suficiente. Escucharle mencionar a Kyo, escucharle anunciar su muerte y la suya como si le perteneciera aquel hecho le sacaba de quicio. Preferiría liberar mil veces a la maldita serpiente de Orochi antes que entregarle algo a aquel bastardo.

– Tendrás que excavarlo de nuestros cadáveres y rogarle a la divinidad que tanto quieres controlar que te ofrezca su maldita bendición. – espeto Iori con la sonrisa maníaca de un suicida.

La fría expresión de Takeshi se deformo en una mueca de ira y sostuvo a Iori del cuello estrangulandole de impacto. Iori resistió la presión permitiendo el acercamiento, el contacto. Cuando Takeshi estuvo a punto de romper su traquea en un arranque de ira, controló la fuerza en un punto muerto y asfixiante para el pelirrojo. No iba a matarlo.

Ese era el momento, pensó Iori presionando un poco mas, sintiendo como su garganta cedía sin dolor.

Una conflagración magenta se levanto a gran velocidad, una inesperada combustión en las manos de Iori se alzo a milímetros de la cabeza de Takeshi. El movimiento de velocidad antinatural del hombre logro evadir el impacto fatal que cargaba aquel ataque, pero el daño del fuego fue inexpugnable y envolvió todo el lado izquierdo de su rostro.

Iori maldijo las monstruosas capacidades que había conseguido el bastardo de Takeshi, justo antes de ser estrellado contra el piso y desquebrajado la madera con su cabeza. Una patada fuerte lo levanto del piso haciéndolo rodar un par de metros. Los Kagura del salón se irguieron anulando el fuego violeta que se consumió moribundo en sus manos.

– ¡NO! – Gruño Takeshi furioso y los dos monjes dieron un paso atrás. Iori sintió que sus flamas regresaban, pero la cabeza le dolía terriblemente y la sangre que discurría le cegaba un ojo.

Takeshi Yagami estaba parado como un Shinigami oscuro, cubriendo la luz del sol y ocultando a Iori tras una sombra alargada. Su rostro quemado dejaba entrever el lado izquierdo desfigurado y Iori maldijo una y mil veces. Lo que debió ser una herida mortal que estallara su cabeza, solo había alcanzado a ser una quemadura sin mucha importancia.

El pelirrojo recupero con levedad el aliento y se irguió con las manos llameantes. No había nada que pudiese hacer, pero no moriría rogando por su vida, de eso podrían estar seguros. Si lograba quemar alguna otra pequeña parte de aquel monstruo, caería victorioso, pensó con poca claridad.

Takeshi Yagami estiro el brazo y susurro algo, la luz a su espalda impedía tener una imagen nítida de su forma, las sombras que proyectaba parecieron intensificarse, filtrándose por el piso como una tinta oscura. Iori sentía el cuerpo rígido, parcialmente paralizado. Unas voces estridentes se alzaron de la oscuridad. El espectro se hizo material en la sombra de Takeshi y las luz dentro del lugar menguo a una tenue calidez.

Iori percibió como su cuerpo era tocado por aquella negrura y el miedo aunque negado, araño sus entrañas. Su pecho se contrajo y su corazón fue victima de un dolor agonizante. Cayó arrodillado percibiendo como sus flamas de desvaneacian junto con las fuerzas.

– Kyo Kusanagi acepto su destino y aún podría vivir. Tú no necesitas morir por esto Iori Yagami. – habló con una multiplicidad de voces que denotaban emociones ambiguas.

Esto no puede matarme, se repitió Iori con un hilillo de aire. Solo busca asustarme y lo esta logrando. No se lo permitiré, pensó.

– Kyo padecía una enorme debilidad en su familia...–habló casi gutural, ahogado–. Pero no hay nada que puedas quitarme a mi y no tienes nada que puedas ofrecerme. – puntualizo altanero con el cuerpo convulso.

El grito de frustración de Takeshi se alzo como un rugido supranatural que hizo vibrar las paredes delgadas de tela y madera. La presión que Iori tenía en el pecho estalló de repente dentro de él incapacitándolo de impacto. Iori jadeo con la madera tibia del piso en el rostro y percibió como el sol bañaba con su toque dorado todo el recinto, mientras la sombra retiraba su contacto invasivo y retornaba al que alguna vez fue humano.

Una sonrisa débil se dibujo en Iori ante la mirada infernal de Takeshi.

– Sáquenlo y tráiganme a la chica – sonó su voz como una multiplicidad de lamentos.


Ordeno no ser seguido al interior del edificio. Los sirvientes Kusanagi obedecieron las demandas del futuro líder y aguardaron en la parte exterior del Illusion Bar.

Apenas cruzaba el medio día cuando contacto a Benimaru, entendiendo que este era su única esperanza de movilizarse en la búsqueda de Iori. El rubio parecía muy molesto pero tras unas cortas palabras apremiantes acordaron verse en el bar de King.

Había accedido con docilidad a los cuidados y recomendaciones medicas de no excederse, también había aceptado a tener una guardia personal para evitar alarmar a Shizuka. Su primera idea de incursionar a fuego y sangre en el territorio Yagami buscando a Iori fue tan descabellada como demencial. Debía reprimir cualquier insensatez y actuar con calma.

Sabia bien que Iori nunca entregaría el Magatama así le costase la vida y si lo necesitaban tanto como Hotaru a la reliquia Kusanagi, era muy probable que aún lo tuvieran con vida. Debía actuar rápido para encontrarlo antes de que el maldito Yagami acarreara su propia muerte.

Kyo observo el panorama amplio que ofrecían los ventanales del bar bajo un cielo azulado y encapotado por partes. Las cabezas de los edificios altos formaban un bosque de acero y cemento. La estructura y el orden inamovible le aterraba, liderar una idea tan frívola le era despreciable, pero necesaria a fin de cuentas.

– Siempre que entras aquí miras con ese semblante sombrío. –Le llego la voz juguetona de su amigo–. Y yo que pensé que King había tenido éxito con el diseño de su bar.

Una sonrisa lánguida cruzo en el rostro del castaño antes de saludar a Benimaru e ir a su encuentro en la barra libre.

– Muy bien Kyo Kusanagi, si deseas mi magnánima colaboración con toda esta mierda en la que están metidos ustedes. Vas a tener que dejar de mentirme. –hablo Nikaido con severidad mientras tomaba asiento en una de las butacas externas de la barra–. Ultima oportunidad amigo mio.