Disclaimer: InuYasha, su historia y sus personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, yo simplemente los tomé prestados por un tiempo indefinido para escribir esta historia sin fines de lucro.
Negocios Prohibidos
Por: Samantha Blue1405
Capítulo 25
Rin arrojó el ramo contra el espejo, con tal suerte que éste no se rompió, sin embargó quedó tan maltratado que jamás volvería a ser usado. Algunos pétalos se dispersaron por el probador, desparramándose sobre la cola del vestido y el pequeño sillón tapizado color crema, mientras Rin continuaba llorando a mares ante la mirada expectante y confusa de su hermana. InuYasha simplemente mantenía su rostro inexpresivo, lo que le recordó a Sesshomaru por un momento.
― Ocurre, Kagome, que ya no puedo más ―confesó, apretando los puños sin parar de llorar.
― No entiendo…
― Lo que ocurre, es que Rin se enamoró de la única persona en el planeta de la cual no podía enamorarse ―escupió InuYasha, sintiendo como sus propias palabras le rasgaban la garganta como si fuera bolas con púas, manteniendo su perfecta imitación de Sesshomaru.
Al escuchar a InuYasha, Rin se cubrió el rostro con las manos martirizada por la verdad en las palabras de su amigo. Kagome interrogó a InuYasha con la mirada, aún más confusa por la situación. No entendía nada. Y sus sospechas iniciales se habían incrementado.
― ¿No lo ves, tonta? Ha cometido la estupidez de enamorarse del imbécil de Sesshomaru ―espetó exasperado, olvidándose por un segundo de medir sus palabras, pero cuando se percató de ello, había herido aún más a Rin―. L-lo siento, enana― dijo, tomándola entre sus brazos protectores de nuevo, sin que Rin pusiera resistencia.
Kagome guardó silencio, observándolos abrazados sin saber qué decir. Había confiado en las palabras de Rin cuando le aseguró que simplemente se trataba de un negocio. Pero la realidad era otra. Sopeso esta confesión, y se sintió estúpida por haber creído que entre InuYasha y Rin había algo.
Y aunque estaba preocupada por su hermanita, no se atrevía a preguntar qué sentía Sesshomaru, porque estaba más que claro que la actitud de Rin dejaba entrever que para él todo no era más que clausulas y penalidades.
― No puedo soportarlo. Es tan difícil ―dijo separándose de él para mirar a Kagome a los ojos, decidida a desahogarse con su hermana.
― Pe-pero, tenía entendido que no se llevaban bien… ¿cómo es que…?
― ¡Lo odio! ―aseguró Rin― A veces tengo ganas de estrangularlo ―explicó con sus puños en alto, como conteniendo las ganas de lanzarle un puño a un Sesshomaru imaginario frente a ella―, pero lo cierto es que… que jamás podría lastimarlo ―reconoció, bajando su guardia―. ¡Odio amarlo de la forma que lo amo! ―sollozó―. Odio haberme enamorado del papel que construyó para que su maquiavélico plan funcionara… He tratado de ser fuerte. Lo juro. InuYasha es testigo de eso ―aseguró viéndolo de soslayo―. He tratado de no demostrarlo, pero… ―se interrumpió a sí misma, y añadió― Si tan sólo me amara de la forma que finge hacerlo. Si-si tan sólo una mínima parte de su teatro fuera verdad, yo… yo sería feliz. Tan feliz que…
Sin embargo, el fuerte abrazo de Kagome le impidió continuar. Kagome no lo pudo soportar más y se lanzó a ella, haciendo a un lado a InuYasha. Sintió a Kagome sollozar su pena como si fuera propia. Porque claro, ella era su hermana. Si Rin sufría, Kagome también sufriría. Cualquier cosa que pudiera herirla, la hería también. Era un pacto silente entre hermanos.
Rin sabía que Kagome no soportaba verla así. Pero ya ni siquiera le quedaban fuerzas para disimular frente a su hermana, sólo quería llorar. Si tuviera un poco de valor, habría fingido para no herirla, pero todo su autocontrol se había ido al carajo en cuanto se vio al espejo con ese vestido.
― No tienes por qué seguir soportando esto ―susurró Kagome en su oído―. Regresa a Gran Bretaña ―le aconsejó en tono autoritario, viéndola a los ojos.
― ¡No! ―dijo angustiada, sin dejar de llorar― ¡No puedo!
― ¡Sí! ¡Sí puedes, Rin! ―le aseguró, limpiando sus lágrimas―. Bastará una llamada para que Rin Blake desaparezca para siempre ―dijo entre siseos―. Y tú, la verdadera tú ―especificó, olvidándose por un momento que InuYasha las escuchaba―, podrá regresar a su vida como siempre debió haber sido. Te casaras…
InuYasha las observaba sin comprender del todo de qué estaban hablando. Sólo dos cosas le quedaban claras: La primera, que Rin podría desaparecer de sus vidas de la misma manera como había llegado. Y la segunda, que la Rin que conocía no era real. Sin embargo, prefirió no ahondar en detalles. Prefería tragarse sus preguntas, pues muy seguramente obtendría una mentira por respuesta.
― No, Kagome ―le interrumpió con vehemencia―. No quiero irme ―Kagome la observó confusa, abriendo la boca para protestar, pero Rin se le adelantó―. Es de masoquistas y de locos, pero no quiero irme hasta estar segura de que Sesshomaru estará bien, que no correrá ningún peligro. No voy a dejarlo a merced de Naraku, ni a él ni a su familia. Si me necesita, estaré allí hasta que todo termine ―masculló entre sollozos, mientras sus acompañantes la miraban con incredulidad.
― ¡Tonta! ―le reprendió InuYasha, reprimiendo un gruñido y apartando su vista de ella con un bufido.
― Yo sé que todo esto es una farsa… ―Admitió, rompiendo nuevamente en llanto por unos segundos antes de continuar― Y yo quisiera que fuera real. Que en verdad… ―respiró con dificultad y trató de continuar― Que…
Rin se acalló de pronto, incluso sus sollozos parecieron haberse extinguido. Entonces, Kagome la sintió frágil y flácida entre sus brazos.
― ¡InuYasha! ―le llamó alarmada, recordando algo importante de pronto, al tiempo que trataba de sostenerla para que no cayera al suelo. Pero tal vez ese vestido pesaba más que la misma Rin.
InuYasha se apresuró a ayudarle y la sostuvo sin esfuerzo, con vestido y todo, interrogando a Kagome con la mirada
― ¡S-se desvaneció de pronto! ―dijo temblando y confusa, tocando su frente con preocupación― ¡Hay que llevarla afuera! Necesita aire.
InuYasha asintió y la sacó en brazos hasta el salón de pruebas privado, y la recostó en el diván ante la mirada horrorizada de Hoshi, Izayoi y la vendedora.
― ¿Qué ocurrió, hijo?
― Se desvaneció de pronto ―repitió Kagome sin dar más explicaciones, acomodando la cabeza de su hermana en su regazo.
― Iré por alcohol ―Dijo la vendedora.
― Hagan espacio ―gruñó InuYasha, pero en cuestión de segundos los tailandeses estuvieron junto a Rin. Uno se arrodilló a su lado y tomó su pulso, mientras que el otro apartó a InuYasha de un empellón― ¡Oye, bastardo! ―Dijo, encarándolo. Pero la expresión del tailandés no admitía replicas. No hablaba, pero sus ojos rasgados eran una amenaza suficiente. Un paso más y conocería en carne propia las artes marciales que sabía aquel hombre.
― ¡InuYasha! ―le reprendió Izayoi, tomándolo del brazo para apartarlo del intimidante tailandés, quien le dedicaba miradas fugaces a Rin por el rabillo del ojo.
La vendedora regresó con el alcohol, y el tailandés que enfrentó a InuYasha lo tomó y se lo pasó a su hermano. Kagome rápidamente se lo arrebató sin miedo alguno, e hizo lo propio para hacer reaccionar a su hermana.
― Rin, por favor ―le susurró―. No me hagas esto… No de nuevo ―suplicó, dándole pequeños golpecitos en su rostro, mientras el tailandés arrodillado continuaba poniendo alcohol en su nariz.
― Tal vez debamos llamar a una ambulancia ―sugirió Hoshi, alarmado pero sin atreverse a acercarse por miedo a desatar la ira del par de guaruras.
― Tiene razón ―corroboró Izayoi, apelando a su calma y viendo fijamente al tailandés frente a ella.
― ¡Está reaccionando! ―Chilló Kagome, haciendo que todos olvidaran la idea de la ambulancia― Necesita aire.
De inmediato, ambos tailandeses comenzaron a agitar los cojincitos blancos del recinto frente al rostro de Rin, para logar que reaccionara por completo. Mientras tanto, todos observaban atónitos la escena con una mezcla de angustia, confusión y sorpresa. Quien se iba a imaginar a ese par de gigantes morenos tan preocupados y atentos con una pequeña huérfana.
Rin abrió los ojos pesadamente, sintiendo que todo le daba vueltas, pero aquella sensación no era del todo desconocida para ella. Lo primero que fue capaz de enfocar fueron los ojos preocupados de Kagome muy cerca de su rostro. Le sonrió un poco para tratar de tranquilizarla, y entonces sintió que una mano enorme y callosa se posaba en su mejilla. Giró un poco su rostro y se encontró con la mirada expresiva de Un, quien lucía aliviado y feliz de verla bien. Le sonrió también, y él pareció comprender que todo estaba bien. Se puso de pie y se alejó hasta donde estaba Ah, quien tenía la misma mirada que su hermano. Rin le sonrió para indicarle que todo estaba bien, y cuando tuvo la necesidad de incorporarse, Ah corrió en su ayuda. La tomó de los brazos para ayudarla a sentarse con cuidado, y esperó a que pudiera mantenerse sentada sin ayuda.
― Muchas gracias, Ah-Un ―susurró débilmente.
― ¿Estás bien, querida? ―Dijo Izayoi, arrodillándose frente a ella, para ahondar en sus ojos.
― Sí, señora ―respondió avergonzada, llevándose una mano a la frente.
― Nos diste un gran susto, enana ―le reprochó InuYasha con aquella rudeza fingida con la que solía ocultar sus emociones.
― ¿Qué te ocurrió? ―preguntó la señora, tocando sus pálidas y frías mejillas. Rin miró a InuYasha y a Kagome en busca de ayuda, pero comprendió que era ella quien debía salir de esta.
― Eh… No es nada grave ―aseguró―. Suele ocurrirme desde muy joven ―y ante la mirada de alarma de Izayoi, agregó―: No es grave. Es sólo anemia. Generalmente no como bien, y trabajo mucho… A-además, estas últimas semanas han sido muy agitadas… Los preparativos para la boda, el vestido, mi trabajo de grado… Creo que fueron demasiadas emociones, y mucha presión.
― Debes ver un médico ―sugirió tomando sus manos aun heladas, y más preocupada de lo que Rin creyó que estaría luego de su explicación.
― Ya lo hice ―respondió en tono tranquilizador―. Sesshomaru me llevó hace unas semanas. Aquí tengo las medicinas ―argumentó rebuscando en su mochila y enseñándolas―. Sesshomaru se encargó de comprarlas… Algunas veces se me olvidan, pero él siempre encuentra la manera de asegurarse de que las tome ―comentó, mientras todos la observaban como si fuera un bicho raro.
― ¿Se-Sesshomaru? ―inquirió Izayoi incrédula, y Rin le lanzó una mirada confusa.
― ¿El mismo bastardo que tengo por hermano? ―inquirió InuYasha, mostrándose tan incrédulo como su madre.
― Obvio, InuYasha. No creo conocer otro.
― Lo siento, querida, pero ―apretó sus manos y agregó―, debo admitir, que jamás me imaginé a Sesshomaru Ishinomori preocupado por alguien más que no fuera sí mismo ―confesó Izayoi ligeramente apenada, viéndola a los ojos y aun arrodillada frente a ella.
― ¡El amor, el amor, mi querida señora! ―comento Hoshi con ensoñación.
E InuYasha deseó arrancarle la lengua allí mismo. Aquel imbécil haría que Rin volviera a llorar, y hasta podría desmayarse de nuevo, si continuaba hablando de sandeces y cuentos de hadas.
― El amor, jovencito ―dijo a modo de reprimenda y viendo a InuYasha, tal vez malinterpretando la mirada de odio que éste le lanzó―, puede derretir hasta el corazón más frío.
― ¡No diga idioteces, hombre! ―refunfuñó, restándole importancia a sus palabras para tratar de animar a Rin― Rin no ha almorzado, vamos por algo de comer ―agregó desviando el tema.
― ¡Oh! Hijo, tienes razón ―dijo Izayoi sorprendida― ¡Qué desconsiderados somos!
― Vamos, Rin. Te ayudaremos a quitarte ese vestido ―propuso Kagome, viendo a Izayoi.
Las tres se encaminaron al probador y al salir, Hoshi les informó que había encargado algo de comer al restaurante italiano que quedaba a dos cuadras y que no tardarían en traerlo.
― Es cortesía de la casa ―dijo Hoshi cuando Izayoi sacó dinero para pagar la cuenta.
Salieron a la azotea de la tienda, donde había una mesa ovalada a la sobra de un parasol con diseño de arabescos, rodeada de plantas en masetas. Hoshi y la vendedora pusieron todo sobre la mesa, mientras Kagome no le quitaba el ojo de encima a Rin. InuYasha estaba recostado en la baranda metálica, observando con indiferencia a los transeúntes y los autos que pasaban bajos sus pies.
Hoshi y la vendedora salieron un momento de la azotea para traer una botella de vino tinto y copas, y Kagome se levantó de la mesa para unirse a InuYasha. Él apenas y reparó en su presencia pues seguía absortó en lo que ocurría abajo sobre la acera. Kagome suspiró y no muy segura, se atrevió a hablar, observando como los rayos del sol le arrancaban matices ambarinos y dorados a los ojos de InuYasha.
― Por un momento llegue a pensar que… ―InuYasha le prestó más atención a sus palabras, clavando su mirada en ella― Olvídalo ―agregó rápidamente, sonrojándose y apartando su mirada rápidamente de él.
― ¿Qué? ―la interrogó.
― Nada. Olvídalo ―refunfuñó.
― Dímelo.
― ¡Qué no! ―le espetó ofuscada y aun sonrojada.
― ¿Por qué no puedes decírmelo?
― ¡Porque no! No pienso decírtelo.
― Dímelo ―exigió, tomándola del brazo para obligarla a mirarlo.
― ¡Ay, como molestas! ―chilló exasperada, soltándose de su agarre y apartando la mirada de él. Kagome suspiró, tratando de recuperar su valentía inicial, y dijo―: Por un momento, pensé que… que entre Rin y tú… Tú sabes…
InuYasha abrió los ojos desmesuradamente, y una carcajada burlona escapó de sus labios, al tiempo que Kagome volvía a sonrojarse.
― ¡Eres un tonto, InuYasha! ―gruñó, dándole un golpe en el brazo mientras él continuaba burlándose de ella.
―Tu eres más tonta, tonta ―dijo, sin parar de reír.
― ¡Hmph! ―Kagome se apartó unos pasos de él y se concentró en una mujer que pasó con un carrito lleno de flores frescas para la venta.
― No seas tonta, Kagome ―agregó InuYasha en un tono más serio, dejando de reír por un momento― Rin… ―hizo una pausa y prosiguió―: Rin es… ―hizo otra pausa, y Kagome supo que le constaba trabajo abrir su corazón y expresar sus sentimientos. Entonces, él suspiró y continuó―: es como mi hermana. Fue la primera persona aparte de mis padres y Miroku que me acogió con sinceridad cuando llegue a Japón.
Kagome lo observó fijamente y fue cuando se percató de que él también la veía absorto. Permanecieron observándose en silencio por unos minutos, hasta que él añadió muy seriamente:
― No soporto ver a una mujer llorar. Y de alguna forma yo me siento culpable de lo que le pasa. Así la muy terca me asegure que no, y diga que todo fue idea de Sesshomaru, que él nos arrastró y nos enredó hasta hacer que todos actuáramos de la forma que él quería… Yo-yo sigo pensando que si tal vez no hubiera…
― Los hubiera no existen, InuYasha. Si Rin dice eso, es porque tiene razón. Ella conoce más el juego de ese sujeto que tú. Y tampoco tiene sentido seguir lamentándonos por cosas del pasado ―dijo recordando lo que había ocurrido con ellas cuando eran niñas―. Lo importante es que ahora estamos todos juntos ―le aseguró, poniendo su mano sobre la de él, que aferraba la baranda metálica del balcón con fuerza―y podemos ayudarla a sobrellevar esto.
― Aun es una enana ingenua.
― Sí ―masculló, apartando su mano rápidamente y llevándola al pecho―. Por eso nos necesita.
InuYasha y Kagome permanecieron en silencio, mientras Izayoi y Rin los observaban con cierta diversión, sin poder escuchar ni imaginar de qué estaban hablando.
― Hacen bonita pareja ―comentó Izayoi.
― Sí ―corroboró Rin, pensando en que en realidad sí hacían una bonita pareja, aunque sólo estuvieran fingiendo.
― Fue una sorpresa para nosotros cuando InuYasha nos presentó a tu hermana como su novia.
― Me imagino… ―dijo Rin y sus palabras se confundieron con un suspiro.
― Oye, Rin, eso del desmayo… ¿No te parece… extraño? ―inquirió suspicaz, clavando su mirada penetrante en ella.
― ¿Extraño? ―repitió Rin, viéndola confusa― No, señora, ya le dije que eso me ocurre… ―y se detuvo a sí misma de repente, dándose cuenta de lo que se refería Izayoi. Rin se sonrojó hasta las orejas, y clavó su mirada en las manos entrelazadas sobre sus piernas― ¡No! Por supuesto que no, señora ―Tan sólo de pensar en lo que tenía que pasar para concebir a un futuro heredero del emporio Ishinomori, se le subieron los colores al rostro y comenzó sentir calor― ¡No! E-es imposible… Yo… Él…
― Imposible no es, Rin ―dijo, hablándole como de seguro le habría hablado su madre si viviera, haciéndola sonrojar mucho más―. Viven juntos hace meses.
― Es que… ―"Es que usted no entiende" quiso decir, pero se aguantó las ganas, por miedo a tener que explicar más de la cuenta.
― ¿Se están cuidando? ―inquirió cautelosa, tomando una de las manos de Rin entre las suyas para darle confianza y animarla a hablar. Y de nuevo había usado aquel tono maternal.
Esto no podía ser peor. Recibir charlas de temas sexuales y métodos de planificación por parte de su futura suegra, era vergonzoso.
― ¡¿Qué?! ―exclamó Rin con horror, y más roja que el tomate de la ensalada del almuerzo servido sobre la mesita― ¡Qué vergüenza! ―masculló apenada.
― ¡Oh! ―dijo ligeramente sorprendida―. Por tu cara, veo que no.
― Eh… Sí… Prff ―trató de sonreír aparentando naturalidad―. Claro que sí ―le aseguró con voz temblorosa, pero intentando que sonara despreocupado.
Izayoi entrecerró los ojos perspicaz, sin creerse del todo el cuento de Rin.
― Rin, tienes que hacerte una prueba. Visitar un médico, porque si a tu estado le sumas la anemia…
― Señora, señora, señora. Aguarde un momento ―la interrumpió, alarmándose al escuchar el tono de preocupación cuando dijo "Estado" y "anemia"―. No se imagine cosas. Yo no estoy embarazada, se lo aseguro. Es anemia y estrés. Nada más ―Quiso no sonar agresiva, ni grosera, pero tenía que parar con esta confusión. No quería estar recibiendo clases de sexo y preservativos por parte del señor Ishinomori al día siguiente. Eso sería aún más incómodo.
Izayoi suspiró, tratando de hallar una manera de convencer a Rin de ir al médico. Sin embargo, si tan sólo ella supiera que entre Rin y Sesshomaru jamás había ocurrido algo más que un par de besos, dejaría de insistir con el tema. Pero no había manera de revelar eso.
― Inu no Taisho se volvería loco con un nieto ―comentó sonriendo, viendo a InuYasha con ensoñación.
Rin quiso decirle: "Pues va a tener que esperarse a que InuYasha se case, porque por parte de este feliz futuro matrimonio…", pero en cambio suspiró. Y rápidamente dijo:
― No creo que Sesshomaru quiera bebes tan pronto ―suspiró de nuevo.
― Cierto. Tienes razón. Aun no veo a Sesshomaru como un padre amoroso ―comento― ¡Oh! Lo siento, Rin. No quise decir que piense que Sesshomaru no sería un buen padre…
― No se preocupe. Entiendo. ―aseguró―. Entiendo a lo que se refiere. A mí también me cuesta verlo como a un padre, pero todo llega a su tiempo. Y-y yo tampoco me veo aun como a una madre. Creo que cuando él y yo estemos preparados para esa etapa, lo sabremos. Por ahora, sabremos esperar hasta entonces.
― Todo llega a su tiempo… Pero recuerda que nuestro tiempo biológico es más corto que el de ellos, hija. No dejes pasar tu vida y tu oportunidad de ser madre esperando a que él esté preparado. Porque tal vez cuando Sesshomaru lo esté, será más riesgoso para ti y el bebe. O incluso, ya no podrás concebir.
Rin tragó grueso, pensando en lo que ella decía. Sesshomaru jamás estaría preparado para tener bebes y mucho menos con ella. Y eso la entristeció, pues ella simplemente se sentaría a ver como su reloj biológico corría y corría, mientras esperaba que el mentado contrato terminara. Nunca le apuró el asunto de los hijos, pero ahora sentía que ese momento no ocurría nunca.
― Sólo mira lo que me ocurrió a mí ―prosiguió, consciente de que había logrado despertar el interés de Rin. En cuanto lo escuchó, Rin levantó la mirada y la observó―. Cuando el hombre de mi vida llego, tuve que esperar a que él estuviera preparado para tener otro hijo, porque Sesshomaru aún era muy chico y le costaba entender por qué su padre vivía con una mujer que no era su madre. Así que debimos esperar un tiempo después de la boda por él. Y entre esperar y esperar…. ―suspiró y viendo la expresión anonadada de Rin, agregó―: No me malinterpretes, Rin, sólo que mi sueño siempre fue tener dos hijos. Soñaba con niño y una niña. Y ya vez, me quede con las ganas de una niña.
― ¿Por qué? ―Izayoi sonrió con melancolía ante su pregunta y el repentino interés de Rin, y antes de proseguir bebió un sorbo de agua.
― Cuando nos decidimos por tener a InuYasha ―dijo viéndolo de reojo, mientras él platicaba con Kagome―, yo ya había pasado los veinticinco, e Inu no Taisho ya era el hombre maduro y guapo que conoces ―dijo sonriendo pícaramente y soltando una risita―. Y cuando InuYasha cumplió sus cinco años, decidimos que era hora de darles una hermanita. Queríamos una niña. Una muñequita de cabellos platinados y con los ojos de su padre. Pero InuYasha y Sesshomaru no se llevaban nada bien, y no sabíamos cómo afectaría a su relación la llegada de un nuevo integrante a la familia. Así que decidimos esperar unos años más… ―suspiró―. Y esos años pasaron y pasaron, los negocios aumentaron, las empresas crecieron, las multinacionales cada vez alcanzaban más mercados, viajes allí y acá, y… y de pronto ya tenía cuarenta. Y para entonces, mi esposo y yo ya no estábamos en edad de encargar ―hubo una pausa de unos minutos. La señora Izayoi suspiró y Rin no pudo evitar sentir pena por ella―. No queríamos que nuestra hija nos llamara abuelos, además, sería como volver a aprender cómo ser padres. Y la verdad, la lucha con esos dos nos dejó agotados.
― Así que… InuYasha y Sesshomaru se quedaron sin hermanita.
― Sí ―dijo sonriendo con melancolía. Tras una pausa, suspiró y dijo―: No te hagas lo mismo. Siempre van a haber una y mil razones muy válidas para posponer las cosas, y el tiempo pasa muy rápido. En un abrir y cerrar de ojos te darás cuenta que ya no tienes veintitrés, sino cuarenta y tres.
Rin agachó la cabeza, pensando en lo que ella dijo. Sin embargo, ella no tenía más opción que seguir el plan trazado por Sesshomaru. Tras unos minutos, se atrevió a hablar.
― Disculpe la pregunta, creerá usted que soy una metiche, pero, ¿cuántos años tiene, señora?
― ¿Cuántos crees?
― Creía que cuarenta y tantos, pero ahora lo dudo.
― Tengo cincuenta y tres muy bien vividos.
― ¡Wow! ―exclamó asombrada, mientras la señora sonreía tímidamente pero con orgullo.
Hoshi y la vendedora regresaron, y tuvieron que dar por terminada su plática. Kagome se apartó de InuYasha y regresó también a la mesa. Se sentó junto a Rin y le sonrió mientras tomaba su mano. InuYasha tomó asiento junto a Kagome y Hoshi tomó la silla junto a la señora Ishinomori.
― Me da gusto que se hayan decido por hacer una recepción occidental ―comentó Hoshi, mientras comían.
― Sesshomaru estaba renuente ―respondió Izayoi―. Pero de un momento a otro Jaken dio instrucciones a la preparadora.
― Fue una sorpresa para todos ―dijo Rin.
― Es lo mejor ―afirmó Hoshi―. La familia Ishinomori es una de las más influyentes del país, lo lógico es que el heredero tenga una boda a la altura.
― No será algo grande... Unos 300 o 400 invitados, si mal no recuerdo. Nada extravagante, Sesshomaru es muy discreto ―comentó Rin.
― Bueno, niña, toda chica siempre sueña con una boda gigante…
― Yo no ―afirmó Rin decidida―. Sigo creyendo que es muy grande para mi gusto. Pero esas son las consecuencias de enamorarse de alguien como Sesshomaru... ―dijo sonriendo dulcemente.
― ¿Que tendrás que vivir abrazada a un iceberg? ―El sarcasmo de InuYasha logró sacarles a todos una pequeña carcajada, pero Rin simplemente lo observó con deseos de darle un buen golpe.
― ¡No, tonto! ―le espetó― Que hay roles y responsabilidades establecidas. Alguien como él no puede hacer una boda sencilla. Tiene al menos 400 personas que esperan una invitación por mera cortesía. Y en su mayoría son clientes, socios e inversionistas.
― Esta es la ceremonia más íntima y privada que pueden hacer ―corroboró Izayoi, ayudándole a Rin.
― ¿La suya cómo fue? ―inquirió Rin, emocionada.
― Muy íntima. No tuvo tanto revuelo como el primer matrimonio de Inu no Taisho, además ya existía un heredero. Gracias a eso pudimos hacer la ceremonia y la recepción más familiar. Todo fue muy bonito, y como lo queríamos ―dijo con la mirada perdida en el cielo, recordando aquel momento con una sonrisa en sus labios finos.
― Que envidia ―masculló Rin.
Rin no quería nada de esto. No quería una boda oriental, no quería una recepción con 400 invitados, no quería usar el vestido de su suegra, y ni siquiera quería una boda.
Durante el almuerzo se decidieron por el último vestido, y Hoshi prometió encargarse del velo de novia, y mientras ellos terminaban su almuerzo él hizo un boceto rápido de lo que quería y cómo se vería con el vestido. Ya en el estudio, Rin y las demás lo vieron, y tras de un intercambio de opiniones e ideas, el boceto del velo estuvo listo.
El velo sería de encaje bordado a mano con sutiles detalles de cristales. Los zapatos estarían forrados en un delicado satén duquesa blanco, con incrustaciones en diseños similares a los del ruedo de la falda y el velo. Siendo así, el atuendo de Rin estaba casi listo. Sólo hacía falta elegir el traje que usaría para la luna de miel.
― Lo dejo en tus manos, Hoshi ―habló rápidamente, y antes de ser interrumpida, agregó―: Sólo envíame algo que sabes que Jaken compraría para complacer a Sesshomaru.
Hubo un silencio incomodo, y sospechando que tal vez su comentario había sido bastante extraño, dijo:
― Estoy algo cansada.
― Tienes razón. Si Sesshomaru esta tan preocupado por ti, lo mejor será que guardes reposo ―dijo Izayoi.
― Preocupado... ¡Keh!
― Acéptalo, InuYasha. Se preocupa por ella ―le retó Kagome.
InuYasha guardó silencio, fijando su mirada en otra dirección, y mientras todos salían de la tienda, él se fue rezagando del resto y de un sutil agarrón, obligó a Kagome a andar a su paso. Cuando estuvieron lo suficientemente alejados del grupo le siseó:
― Deja de darle alas, Kagome. No es bueno para ella.
― ¿Tú qué sabes lo que es bueno? ―le retó también entre siseos.
― Sé que Sesshomaru no puede ser bueno. Ni con Rin ni con nadie. Y eso es suficiente para mí.
Kagome se había detenido viéndolo anonadada, y haciendo que él también se detuviera.
― Si queremos que ella deje de ver a ese bastardo con ojos de quinceañera ilusionada, esos comentarios no ayudan.
― Pp-pero…
― Los cuentos de hadas son sólo eso: ¡Cuentos! Y ese imbécil es lo menos parecido a un príncipe azul que conozco…
― ¡InuYasha! ―le llamó su madre desde la puerta, interrumpiendo su conversación.
― Vamos ―dijo con cierta imponencia en su voz, halando suavemente a Kagome y dando por terminado el sermón.
Salieron de la tienda de Hoshi a media tarde, y afuera el mundo seguía tan normal y cotidiano como siempre. Rin observaba a su alrededor agobiada por la gente y el ruido. Pareciera como si su dolor no fuera nada comparado con la cantidad de autos y personas que iban y venían. Como si el mundo entero fuera ajeno a su miseria. Una fresca briza le azotó el cabello con indiferencia, mientras esperaba que Ah-Un aparcaran el Audi frente a la acera.
― Acompáñame ―dijo Izayoi, viendo como InuYasha y Kagome se marchaban en el auto rojo, y Hoshi les decía adiós con la mano.
Rin agitó la mano también, despidiéndose del diseñador, mientras la señora Ishinomori la tomaba del otro brazo y la guiaba al interior del auto blanco. Un chofer uniformado con el escudo de la familia Ishinomori bordado al lado izquierdo del pecho, les abrió la puerta, sin embargo fue Ah quien tomó el volante, sin darle al chofer o a Izayoi tiempo de reaccionar. Pero a nadie pareció molestarle, a excepción del chofer, quien tuvo que tomar el rol de copiloto.
― No quiero dejarte sola ―le aseguró cuando estuvieron dentro del auto.
― Estoy bien ―masculló Rin apenada.
― Nos diste un buen susto ―dijo ignorando su comentario. Hizo una pausa mientras se detenían en la esquina de un semáforo, seguidos de cerca por el Audi negro conducido por Un―. Toma ―Y puso en las piernas de Rin algo envuelto en un sobre de papel color marrón.
Rin observó el sobre con una interrogación marcada en sus ojos, pero Izayoi sólo guardó silencio, como tratando de hallar una manera de decirle algo. Y con la curiosidad a flor de piel, abrió el sobre y echó un vistazo al interior sin sacar nada. Lo que descubrió le heló la sangre por unos segundos, pero al instante siguiente, ya tenía las mejillas teñidas de rojo.
― ¿Qué…? ―intentó preguntar, sacando una de las tres cajitas rectangulares que contenía el sobre y enseñándoselas. Eran pruebas de embarazo.
― Háztelas ―le aconsejó, tomando la cajita de sus manos y guardándola disimuladamente en el sobre.
― ¿De dónde sacó esto?
―Le pedí a mi chofer que fuera a comprarlas mientras estábamos en la tienda ―respondió con naturalidad.
― Señora, se lo aseguro: Yo no estoy embarazada. Se lo aseguro ―repitió, para intentar convencerla aún más.
― Sólo para estar seguros… ―insistió con preocupación, usando aquel tono maternal de nuevo. Rin sólo suspiró, rodando los ojos.
― Si eso la hace feliz…
La señora Ishinomori le sonrió con dulzura y Rin suspiró de nuevo, pensando en las vergüenzas que había tenido que pasar por culpa de Sesshomaru. Observó el camino en silencio, mientras la señora Ishinomori evaluaba su expresión.
― Inu no Taisho enloquecería con un nieto ―Un suspiró de ensoñación escapó de sus labios, captando la atención de Rin.
― Y veo que usted también ―atinó, recordando que ya había hecho ese comentario antes.
― Claro que sí ―afirmó sonriendo―. Seríamos unos abuelos muy guapos, ¿no crees? ―dijo guiñándole un ojo. Rin sonrió, divertida con su comentario.
Al llegar al pent-house, descargó el sobre con las pruebas de embarazo en la mesa del comedor y fue a darse un baño antes de empezar a preparar la cena. Aún tenía la esperanza de que Sesshomaru pudiera salir temprano y llegara a cenar.
Preparó un delicioso salmón con salsa de naranja acompañado de patatas al horno. Y cuando había incorporado el salmón a la salsa, la puerta del pent-house se abrió. El corazón le dio un vuelco, y comenzó a latir con más fuerza. ¡Había cumplido su promesa de acompañarla a cenar! No podía evitar sentirse feliz y una sonrisita tímida escapó de sus labios, mientras le echaba un vistazo a las patatas en el horno.
Sesshomaru llegó hasta la cocina, aflojándose el nudo de su corbata, guiado por el aroma de lo que Rin estaba preparando.
Rin se hizo la desentendida mientras él fisgoneaba lo que se estaba cocinando en el fogón. Sesshomaru se apartó de la cocina y fue hasta la cava de vinos de madera. Y se tomó su tiempo para escoger un buen vino blanco, sostuvo dos botellas en sus manos y las observó detenidamente, evaluando cuál podría ser la mejor opción.
― ¿Qué tal tu día? ―preguntó Rin, mientras él tomaba su elección y regresaba la otra botella a la cava.
― Normal ―respondió sin ahondar en detalles, sacando un par de copas y llevándolas a la mesa junto con la botella.
Ah-Un ya había puesto un par de platos, cubiertos y servilletas, así que la mesa estaba lista. Sin embargo, algo más llamó su atención.
Sesshomaru tomó el sobre de papel marrón entre sus manos, y sin poder resistir la curiosidad, inspeccionó en su interior. No creía lo que veía, tomó una de las cajitas en su mano, y la examinó, luego observó a Rin, que estaba sacando las patatas del horno. Una repentina oleada de furia recorrió su cuerpo, y apretó la cajita entre sus dedos, deformándola.
Acortó la distancia entre ellos en un abrir y cerrar en un parpadeo, con sus ojos ambarinos amenazantes y la mandíbula tensa. Se detuvo justo detrás de ella, y a esa distancia, podía sentir el aroma de Rin danzando en su nariz, pero no permitió que esa nimiedad lo distrajera.
Rin dio un respingó al sentir el aliento de Sesshomaru contra su nuca, estremeciéndose por su cercanía. Pero cuando él la tomó del brazo con rudeza para obligarlo a verlo, la agitación que sintió fue reemplazada por nervios.
― Explícate ―le siseó, poniendo en alto frente a su rostro la cajita aplastada.
― ¡Ah! ―Rin dio una exhalación de alivió al comprender el motivo de su furia. Sin embargo, el pareció malinterpretar su expresión, y apretó el agarre en su brazo.
― Recuerda que existe una clausula ―dijo en tono amenazante, y Rin recordó al instante de qué clausula estaba hablando, sintiendo como un estremecimiento recorría su cuerpo. Recordaba perfectamente la cláusula del hijo bastardo.
― Sí, sé de qué clausula me habla, pero no es lo que está pensando ―dijo, soltándose de su agarre con fiereza.
Sesshomaru entornó los ojos, dándole la oportunidad de explicarse. Rin suspiró y pensó bien las palabras antes de decirlas, pues debía explicarle el asunto del desmayo. Había sido una tonta al dejar el sobre por ahí.
― Su madrastra cree que estoy embarazada ―murmuró, y Sesshomaru tensó aún más sus facciones.
― ¿Qué tiene que ver esa mujer? ―espetó, aparentando indiferencia.
― Cuando estábamos en la tienda de Hoshi… me desmayé ―confesó con cautela, viéndolo entre sus pestañas con expresión de niña regañada. Sesshomaru no relajó ni un poco su expresión dura, y simplemente resopló.
― ¿Te hiciste daño? ―inquirió en tono neutral.
― No ―aseguró, negando con la cabeza―. InuYasha me atrapó. Él y Kagome nos acompañaron ―explicó. Hubo un silencio incómodo, y Rin creyó que Sesshomaru quería escuchar más explicaciones, así que continuó―: Entonces, la señora Izayoi pensó que tal vez… usted y yo… ―guardó silencio intencionalmente―. Ya sabe. Y compró las pruebas. Puede arrojarlas a la basura ―finalizó.
― ¿No has tomado tus medicamentos? ―inquirió.
― Sí… Pero creo que es estrés y… No lo sé. La universidad, la boda… ―"Usted" Quiso decir.
Sesshomaru resopló de nuevo. Y preguntó:
― ¿Cuál fue su expresión cuando te mencionó lo del embarazo?
― Hmmm ―masculló, tratando de imaginarse porqué hacía esa pregunta―. Parecía muy complacida ―Y dándose vuelta para que él no notara la tristeza en su rostro, agregó―: Dijo que a su padre le encantaría la idea de un nieto ―trató de que su voz no se quebrara y sonara neutral.
― ¡Hmph! Sandeces ―comentó, arrojando la prueba de embarazo a la basura junto con los desechos de vegetales y las cascaras de las patatas. E hizo lo mismo con las demás.
Sesshomaru abrió la botella de vino blanco en completo silencio, mientras Rin servía la cena. Los primeros minutos trascurrieron en un sepulcral silencio, hasta que Rin empezó a relatar todo lo ocurrido en la tienda de Hoshi, omitiendo deliberadamente el tema del llanto.
Aquella noche le pareció más difícil que las anteriores que había pasado a su lado. Tenía unas ganas incontrolables de abrazarlo, de sentir que eran una pareja normal. Pero sólo se aferró con fuerzas a la almohada y trató de conciliar el sueño, sin percatarse que a su lado, alguien más se tragaba los deseos de acercarla a su cuerpo y sentir su calor.
Los días siguientes pasaron entre preparativos de boda y correcciones a su trabajo de grado. El día de presentar su proyecto en la universidad llegó, e InuYasha y Kagome estuvieron en primera fila, viendo la exposición de su trabajo. Ambos quedaron sorprendidos al escuchar el impresionante trabajo de Rin, quien con la ayuda del grupo de la Escuela Doctoral de Ciencias de la Vida y de la Agricultura de la universidad, habían puesto unos cuantos sensores prototipos en algunas aves. Según la explicación de Rin, los sensores enviaban datos a la estación base, que era su propio computador, y con la ayuda de un software desarrollado por ella misma, localizaba las coordenadas de ubicación de las aves en un mapa, y si estaban en la ciudad de Tokio, arrojaba una vista tridimensional del sector. Cada nodo sensor estaba marcado con un número, y las personas autorizadas podrían solicitar información de un solo nodo o de todos mediante un código utilizando sus teléfonos celulares. El sensor arrojaba datos adicionales como la temperatura y humedad.
El proyecto sería donado a una organización que se dedica al estudio de las aves, y uno de sus representantes de la organización estuvo presente en el auditorio, escuchando la exposición.
Sesshomaru apareció minutos después de haber comenzado la presentación, pero Rin se percató de su presencia a la mitad del evento. Intentó aparentar naturalidad cuando sintió su mirada penetrante clavada en ella, y se enfocó de nuevo en su trabajo. Sin embargo, no dejaba de preguntarse cómo había hecho para enterarse de la hora de la presentación. Su única respuesta fue Ah-Un.
Pero a pesar de todo, su presencia la tranquilizaba. Además, saber que se había tomado la molestia de dejar de lado sus adorados negocios para acompañarla, la hacía sentir importante para él. Como si de verdad fuera su prometida. Pero tal vez todo esto no era más que una fachada. Otro de sus teatros para demostrarle al mundo y a su padre lo enamorado que estaba y la maravillosa persona en la que se había transformado.
Después del día de la presentación, tuvo toda su agenta copada entre pruebas de vestuario y citas para ultimar detalles de la ceremonia y la recepción. Kagome, Izayoi, Rin y la preparadora iban de aquí para allá con los preparativos.
Las invitaciones para la recepción habían sido enviadas, incluyendo una cuyo destinatario decía: "Naraku Kagami y señora". Rin había tenido esa tarjeta en sus manos antes de ser enviada, y se vio tentada a romperla y lanzarla a la basura, de esa manera no tendría que ver a esas personas aterradoras y desagradables en aquel día tan decisivo y lleno de presión. Pero eso era precisamente lo que Sesshomaru quería: que ellos dos estuvieran allí, y que a nadie le quedara la menor duda de que Rin era su esposa. Así Naraku sabría que la guerra había comenzado.
Y por fin estaba a tan sólo veinticuatro horas del gran día. La mayoría de los regalos ya estaban en la mansión Ishinomori, donde se realizaría el banquete y la recepción. Y Rin tendría que ir a un spa por sugerencia de la señora Izayoi. Se levantó temprano y se preparó para una relajante y merecida sesión de masajes y mimos. Sería un día dedicado a consentirse. Kagome e Izayoi estuvieron con ella hasta el mediodía, y se fueron a resolver otros asuntos, dejándola en manos de las masajistas.
Al despedirse de todos en el spa, se sentía más tranquila, y un poco más fuerte para enfrentar la tormenta que se avecinaba. Desde la recepción vio a Ah-Un esperándola en el Audi negro, justo en la acera del frente, y sonrió. Debía admitir que su presencia la hacía sentirse segura. Guardó el teléfono en la bolsa de mano, mientras la puerta del spa se ajustaba a sus espaldas. Y cuando cerró la bolsa, levantó la vista, pero algo obstruyó su visibilidad.
Dio un respingo de sorpresa al percatarse de que era una persona quien le impedía el paso, pero no era la persona que esperaba, sino alguien que jamás hubiera imaginado.
Naraku Kagami estaba de pie frente a ella, clavando sus aterradores ojos oscuros y vacíos en ella. Rin tragó en seco, obligándose a conservar la calma y a contener un grito de horror. Rápidamente buscó con la mirada a Ah-Un, quienes ya se habían percatado de la presencia de Naraku y se encontraban justo tras él. Rin ojeó a su alrededor en busca de los hombres de Naraku, sin embargo él estaba solo, en clara desventaja si intentaba hacerle algo. Rin se sintió un poco aliviada, pero la presencia de aquel hombre era tan desagradable que le provocaba nauseas.
― Señorita Blake ―saludó, enseñándole sus blanquecinos dientes en una mueca retorcida, mientras recorría su rostro con su mirada lasciva―. Tan encantadora como siempre ―le alabó, sin embargo, su alabo lejos de agradarle le ocasionó escalofríos y un punzante ardor en la boca del estómago.
― Se-señor Kagami ―respondió torpemente.
― Preparándose para el gran día, supongo ―comentó, viendo de reojo a Ah-Un, con una mezcla de superioridad, como si no estuviera nada intimidado con ellos.
― Eh… Sí ―masculló con dificultad, reprendiéndose mentalmente por su debilidad.
No podía mostrarse nerviosa frente a él, pero sin Sesshomaru a su lado no se sentía tan valiente como la última junta a la que asistió. Inhaló y exhaló disimuladamente, mientras aquel hombre evaluaba no sólo su expresión, sino el borde del escote en V de su fresco vestido primaveral. Y aunque la tela fina y delicada del vestido cubría su cuerpo, se sintió desnuda y vulnerable, expuesta a la mirada indecente de aquel ser despreciable.
Ah se puso a su lado en cuestión de segundos, tal vez notando el nerviosismo en su voz o el temblor de sus labios cuando habló. Y por increíble que pareciera, se sintió respaldada. Respiró y pensó mejor la situación. No estaba sola y él sí, no tenía por qué sentir miedo si Ah-Un estaban con ella.
― Esperamos verlos a usted y su esposa mañana, señor Kagami ―comentó, fingiendo amabilidad, sin poder evitar que su voz sonara temblorosa y débil. Naraku sonrió complacido al ver reflejado su temor, pero se mostró ligeramente sorprendido con su comentario.
― Estaremos allí, Rin ―y tan sólo de escuchar su nombre saliendo de aquellos labios finos y retorcidos heló hasta los huesos, sin mencionar las ganas de vomitar que le provocó la manera en que pronunció su nombre― Puedo llamarla Rin, ¿no es así? ―inquirió con fingida caballerosidad.
Quiso gritarle que no, que prefería no volver a cruzar palabra con una alimaña tan miserable como él, que se había atrevido a lastimar a Sussy.
― Discúlpeme, señor Kagami, pero tengo una cita con el diseñador en cinco minutos. Debo irme ―dijo, excusándose haciendo la mueca de una sonrisa.
― ¡Oh, sí! Los agites la boda ―se mofó.
― Ha sido un placer hablar con usted, señor Kagami ―dijo ofreciéndole su mano a modo de despedida.
Naraku tomó su mano, y en cuanto lo hizo se arrepintió de haberle tendido la mano. El asco que le provocaba aquel tipo era enorme. Y aquella sensación de ardor en su estómago se intensificó cuando él la haló premeditadamente, de tal manera que sus labios estuvieron a escasos centímetros de su oido.
― El placer ha sido mío, querida Rin ―le susurró pausadamente, y pudo sentir su aliento putrefacto con trazas de tabaco calándole la piel.
De inmediato, Ah la tomó del brazo y la haló lejos de aquel hombre, en vista de que Rin se había quedado paralizada del pánico. Rin hiperventilaba mientras era arrastrada por Ah y escoltada por Un al Audi. Aun así, no pudo evitar dar una mirada a la acera que habían dejado atrás, y se encontró con los ojos lascivos de Naraku que recorrían su expresión aterrada con placer.
Naraku disfrutaba sembrando el terror y el pánico en el alma de las personas que lo rodeaban, por su expresión daba a entender que sentía un enorme placer con ello.
Rin se reprendió duramente por haberse mostrado tan débil. Esa no era la actitud de la futura señora Ishinomori. Había actuado como un animalillo asustado, justo como una tonta. Y él lucía bastante complacido con ello.
Tuvo ganas de llorar de impotencia y de rabia, pero se contuvo. No era tiempo de llorar, después tendría la oportunidad de demostrarle de qué estaba hecha la próxima señora Ishinomori. Se hizo la promesa de no volver a mostrarle su lado débil nunca más.
Cuando Rin reparó en el camino que tomaron, descubrió que no se dirigían al pent-house, sino a la mansión Ishinomori. Rin tragó en seco, y en lugar de perder su tiempo pidiendo explicaciones a los tailandeses, llamó a Sesshomaru.
― ¿Para qué me lleva a la mansión?
― Tenemos que hablar ―fue su única respuesta antes de colgar. Rin resopló y maldijo por lo bajo al misterio de Sesshomaru.
En cuestión de minutos estuvieron en la mansión. Sesshomaru la esperaba en la puerta principal en compañía de Yako, y Rin se sintió aliviada de verlo. Tenía una bonita camisa de algodón azul y un jean oscuro; no llevaba corbata ni traje, y lucía como un ángel recién salido de un fresco de Miguel Ángel.
Había sentido tanto miedo junto a Naraku, que ahora, teniendo a Sesshomaru cerca, era como haber ascendido al cielo.
Contuvo el impulso de salir disparada del Audi y lanzarse a sus brazos, y en lugar de eso, caminó despacio y elegantemente hasta el pórtico de la mansión.
― ¿Qué ocurre? ―susurró, mientras lo abrazaba para luego darle un fugaz beso en los labios, por si alguien estaba observando y porque tampoco pudo contenerse por más tiempo.
A su alrededor, el personal contratado por la preparadora para dejar el jardín de la mansión listo para la boda, revoloteaba de un lado para otro, poniendo pérgolas en torno a los arbustos florecidos, y mesas a la luz de majestuosas arañas suspendidas de las estructuras. Sesshomaru parecía querer tirar la casa por la ventana, aunque afirmara que sería una recepción sencilla.
― El juez nos espera.
― ¿Qué juez? ―inquirió, oponiendo resistencia al intento de Sesshomaru por llevarla adentro.
― Hoy se llevara a cabo la firma del acuerdo prenupcial y el asunto de las capitulaciones.
― ¡Oh! ―exclamó, recordando la cláusula del contrato en la que se exigía un contrato prenupcial― Me gustaría leerlo primero ―dijo―. Y quiero hacerlo en compañía de Myoga.
― Myoga ayudó a redactarlo. Y no te preocupes, se esforzó por favorecerte.
― Aun así quiero leerlo.
― Como quieras.
― Sesshomaru ―le llamó en un susurró, deteniendo nuevamente su avance―. No entiendo muy bien de esos temas legales… Te suplico, por lo que más quieras ―dijo clavando sus ojos chocolates suplicantes en los suyos―, si es que de verdad eres capaz de tener sentimientos…, que no me engañes. No me quieras ver la cara, porque te juro que…
― ¿Qué? ―le retó, acercándose a su rostro.
― Que… que me largo. Me largo, Sesshomaru, y no me vuelves a ver en tu vida ―le advirtió, rosando sus labios.
Sesshomaru aprisionó suavemente su labio inferior, atrayéndola a su pecho y Rin no opuso resistencia. Se dejó llevar por aquel beso dulce y dominante, aferrándose a su pecho y apretando el suave algodón de su camisa.
― No te iras ―aseguró en tono autoritario, justo antes de apartar sus labios de ella.
Rin permaneció aturdida por unos instantes, y luego recordó el otro asunto que tenía que tratar con él antes de la firma de los mentados documentos. Pero él ya había comenzado a andar en dirección a la puerta.
― Supongo que ya sabes de mi desagradable encuentro con Naraku ―le soltó sin más.
Sesshomaru se frenó en seco, pero no se giró para observarla. Y pese a que sólo veía su platinada cabellera, Rin sabía que tenía toda su atención. Y también sabía que él estaba enterado.
― Me dejé llevar por el pánico ―confesó cabizbaja, y luego levantó la mirada decidida―. Pero te prometo que mañana voy a actuar diferente. No voy a demostrarle miedo a ese hombre ―entonces, fue cuando Sesshomaru se dignó a mirarla por encima del hombro.
― Sabes lo que significa ese encuentro, ¿no es así? ―inquirió con cierta indiferencia mal fingida. A Rin le dio la impresión de que estaba ligeramente preocupado, pero hizo un intento fallido por ocultarlo.
― Por supuesto. Una amenaza ―respondió con suficiencia.
― No, Rin. Las amenazas se acabaron. La guerra comenzó.
Rin lo miraba sin comprender del todo las implicaciones de su afirmación. Se mordió el labio inferior con insistencia, sintiendo como el ardor en la boca del estómago reaparecía.
― Naraku ha dejado de jugar al gato y al ratón. Puedo asegurarte que de ahora en adelante, tu hermana y el resto tu familia no correrán ningún peligro. Tú te has convertido en su blanco―sentenció.
Rin sintió un escalofrío recorrer su cuerpo, y se quedó petrificada. Vio a Ah-Un de reojo, y no pudo evitar sentir pena por ellos. Si ella estaba en el ojo del huracán, ellos también. Si Naraku intentaba hacer algo en su contra, ellos serían los primeros en salir lastimados. Cuántas vidas en riesgo por unos cuantos dólares, pensó sintiendo como le escocían los ojos.
Sesshomaru notó su silencio y quietud, y se giró para evaluar su expresión. Rin lucía como una persona a la que el doctor acaba de desahuciar, como si tan sólo ahora, notando la repentina cercanía con la muerte, se hubiera percatado de su propia mortalidad.
Sin embargo, decidió que era mejor hablarle sin rodeos. Ella aún estaba a tiempo de irse, de regresar al lugar de dónde había salido, si así lo quería. En el fondo, no quería verla expuesta a ese peligro. Aquella expresión ausente y melancolía le provocó un ligero espasmo en su pecho, y comprendió que no le agradaba verla así.
― Tratará de llegar a mí, y tú serás la manera más fácil de lograrlo.
Rin tragó grueso, y el escalofrío que había sentido antes se transformó de pronto en angustia. Sesshomaru era consciente del peligro que corrían, y aun así se mostraba tan estoico y frio. ¿Cómo era eso posible?, pensó Rin incrédula. Asombrada cada día más por la frialdad de aquel hombre.
― ¿Vamos? ―dijo, sacándola de sus pensamientos, dándole la oportunidad de seguirlo o de huir.
Le daría a Rin una oportunidad, aquella que nunca le otorgó. La condenó a ese destino desde que la vio por primera vez esperando por una entrevista de trabajo aquel día. Ahora, ella tenía el chance de elegir. Si decidía cruzar las puertas de la mansión Ishinomori de su brazo, habría firmado su sentencia. Pero si ella se negaba, se prometió a sí mismo que la dejaría marchar para siempre. Aunque tuviera deseos de encontrar la manera de retenerla a su lado, permitiría que se marchara.
Rin sólo debía saber interpretar su pregunta, y tendría las llaves de su libertad en la palma de su mano. Pero si Rin aceptaba, si tomaba el brazo que le estaba ofreciendo, se juró protegerla de todo y de todos. Nada malo le pasaría por su culpa.
Ahora la decisión era de Rin. Y para su desgracia y prolongación de su agonía, ella se estaba tomando su tiempo para decidir. Sesshomaru enmascaró todo tras su cortina de hielo, y aguardó su decisión.
Hola Chicos,
Aquí regreso con otro capítulo. Ya se ha vuelto una costumbre pedir disculpas por la tardanza, pero de verdad que nunca dejo de escribir. Aunque algunas veces no me quede tiempo de llegar a casa y unificar todas las ideas en el PC, escribo a diario en mi agenda o en la aplicación de notas de mi teléfono.
Gracias a Ginny chan por tu mensaje, y sé que estás preocupada como muchos porque piensas que no voy a continuar la historia. Pero quiero que sepan que no está en mis planes dejar el ff :D Tal vez tarde un poco en actualizar, pero lo haré.
Este capítulo ha estado cargado de emociones y no sólo por parte de Rin. Vimos algunas facetas interesantes de Sesshomaru, e incluso de InuYasha y Kagome. Pero sin lugar a dudas, la sorpresa más grande fue la reaparición del villano de la historia, y no creo que muchos se lo esperaran. Esta vez llegó para enfrentarse cara a cara a nuestra pequeña protagonista. Y como bien lo ha dicho el bombón de Sesshomaru, ha dejado los juegos y los rodeos y decidió encararla.
¿Qué hará Rin? Por un lado, está la señora Ishinomori con el asunto del bebe Jajajaja y por el otro, tiene una decisión que tomar, aunque no sepa precisamente qué decisión está por tomar. Sesshomaru ha puesto las llaves de su libertad enmascaradas en una simple pregunta: "¿Vamos?", ¿será Rin capaz de comprender el mensaje? ¿Se marchará?
Y si Rin decide irse, ¿Sesshomaru cumplirá su promesa de dejarla ir para siempre y cancelará la boda a tan sólo un día?
Agradezco a todos los que pasaron y leyeron, y espero que les haya gustado. Fue un capítulo largo, en compensación por la tardanza. Espero disculpen también algún errorcillo o dedazo que se me haya escapado.
Quiero agradecer a todas las personas que me agregaron a sus alertas y favoritos, y todos los que pasaron y dejaron su comentario.
Agradezco especialmente a: julymartiinez, rosedrama (a mí también me dio un infarto con la escena del baño :P No sé cómo sobreviví para escribirla jejeje :P), nodoka-san, Hoshi no Negai, Dulce Locurilla, KANAME, Miara Makisan, KaitouLucifer, saori-san, black urora, Sun and Mint, Queen Scarlett, Ginny chan, VongolaValeria, NinaChan, Dianesis, Morthy, janet, y a todos los anónimos.
Muchísimas gracias a todos por seguir esta historia y por tener paciencia.
Un abrazo gigante de oso.
Nos leemos en otro Capítulo.
Sammy Blue
