CAPÍTULO 25

Apenas quedaba una semana de clase, con todos sus exámenes que tanto nos aterrorizaban acechando a la vuelta de la esquina, y yo no podía estar más nerviosa. Por una vez no eran los exámenes, tampoco el miedo a que nos separaríamos y rara vez volveríamos a vernos y a tratarnos como hacíamos ahora. Tenía la sensación de que, de todos mis compañeros de clase, sólo me llevaba un puñado para el resto de mi vida, gran parte de los que aquí había eran meros conocidos con los que llevaba compartiendo clase años. Pronto quedarían en el olvido, tan pronto como pisara la universidad y me impregnara de aquello que deseaba estudiar.

Pero aparte de mi futuro, había algo más que me preocupaba. En apenas dos semanas dejaría de vivir en la sombra, y aquello que sentía por Lexa dejaría de estar prohibido. Ella no sería más mi profesora y no habría leyes que nos separasen. Tener que dejar de quererla en la oscuridad, en la clandestinidad de su casa. Era algo tan utópico… pero que estaba deseando que se hiciera realidad.

Era lunes, y por extraño que pareciera, llegué pronto a clase. Quizá tener historia a primera hora hizo que mi reloj biológico funcionase a las mil maravillas, convirtiéndome en una estudiante modelo que hacía buenas migas con los profesores. Me senté en mi pupitre, en silencio, mirando por la ventana. Los niños de la secundaria tenían clase de gimnasia a esa hora, estaban sentándose en las gradas y formando pequeños grupos y charlando entre sí. Aquella visión me hizo recordar la inesperada visita de Octavia, apenas un rato antes de mi inesperada cita con Lexa.

Me hubiera esperado a cualquier otra persona, pero no, quien me esperaba tras la puerta no era otra que Octavia Blake. La misma que me había alejado de los brazos de su encolerizado hermano, la misma que me había acosado hasta saber qué me pasaba, la misma que se había encerrado en sí misma durante días. Simplemente allí estaba, con el cabello suelto y las manos en los bolsillos, mirándome impasible.

-Sabías que tarde o temprano iba a volver -. Murmuró, alzando los hombros; y con ello, borrando de un plumazo toda la tensión que se había interpuesto entre ambas.

-Tú nunca me dejarías sola, Blake -. No pude resistirme. Di un paso largo y la abracé, enterrando la cara en su cuello y apretándola con fuerza contra mí. No me había dado cuenta de cuánto la necesitaba en mi vida, no podía conciliar una vida sin ella. Octavia había estado ahí en cada recuerdo que conservaba: riendo conmigo, haciendo travesuras conmigo, enseñándome a montar en bicicleta, haciendo castillos de arena… Nos habíamos criado juntas, y durante aquellos días, me aterrorizó la idea de perderla-. Te he echado de menos, O.

-Yo también -. Admitió, rompiendo el abrazo y mirándome fijamente-. Y ahora, ¿vas a dejarme pasar o vas a ser una mala anfitriona?

Le di un golpecito en el hombro, invitándola a pasar. Mi madre estaba encerrada en su despacho, con montañas y montañas de casos clínicos que revisar y que pronto empezaría a nublarle el juicio. No podía entender cómo era capaz de trabajar tanto, pero no la culpaba. Desde que murió mi padre, se refugió en su trabajo y ahora no se podía permitir bajar el ritmo. Ni tan siquiera Kane lo había conseguido, así que poco a poco, ambos nos fuimos alejando y la dejamos sola con sus queridos casos.

Entramos en mi habitación, estaba hecha un desastre. Tenía el armario abierto, un montón de ropa sobre la cama y varias cajas de zapatos por el suelo. No sabía qué me pasaba, simplemente era una cena a la que Murphy y Raven me habían invitado, asegurándome de que vendría alguien más para que no fuera tan violento, pero no me habían querido decir quién. Ni tan siquiera se habían dignado a darme ninguna pista, y eso no hacía otra cosa que ponerme más y más nerviosa.

Octavia llegó al escritorio como buenamente pudo, sentándose en la silla y mirándome fijamente. Nos quedamos en silencio un buen rato; esperaba que ella dijese algo, pero no abría la boca en absoluto. Eso me puso aún más nerviosa.

Así que me di la vuelta y empecé a buscar algo para esta noche. No hacía frío, casi estábamos en junio y hacía calor; pero las noches aún podían ser frescas, y yo odiaba el frío. Tenía casi una decena de camisas sobre la cama: blancas, oscuras, de manga corta, larga, por los codos, finas, cómicas… ¿Pantalón, falda, o tal vez un vestido? No sabía por qué decidirme, y el tiempo se me agotaba.

-Me gusta el vestido blanco, el que parece sacado de una película griega -. Comentó Octavia, quien de repente estaba a escasos centímetros de mí y ya alzaba el vestido para colocármelo sobre la ropa-. Mírate al espejo, anda.

Sin rechistar le hice caso, y lo cierto era que tenía razón. Parecía una niña rica, de esas que tenían multitud de esclavos y podía hacer y deshacer a su antojo.

Me mantuvo pensando en nada hasta que alguien llamó al timbre. No sabía por qué, pero estaba nerviosa, más de lo habitual. Cuando mi madre me llamó, Octavia me acompañó hasta abajo y una vez Murphy se encargó de ponerme el casco ya que no se fiaba de mi mínima capacidad para ello (eso, unido a que llevaba los ojos vendados) se despidió de ambos con un escueto abrazo.

No iba a mentir, la había echado de menos. No en vano, era mi mejor amiga. Pero aún tenía miedo de que se alejase de mí, que me dejase en medio de la nada y se volviera contra mí. Al fin y al cabo, Bellamy era su hermano, y la sangre tiraba mucho. Sin embargo, tenía las suficientes razones como para que su parentesco jugara a favor del muchacho.

Tenía miedo, por todas partes. El mundo se derrumbaba a mi alrededor, y yo no hacía no hacía más que enamorarme más y más de Lexa.

Un golpe en la mesa me hizo volver a la realidad. Raven, cómo no. ¿Acaso conocía el significado de la palabra "tranquilidad"? Porque en ese momento, me hacía pensar que no lo conocía en absoluto.

-Estás enfadada conmigo, ¿verdad? -. Se llevó una mano al pecho, estrujando la camiseta que llevaba, dejándose arrastrar sobre la silla en un penoso teatro. Yo había girado la cara, cerrando los ojos producto de la vergüenza-. Te has reído. ¡Te has reído, Griffin! Eso cuenta como disculpa aceptada.

-¡Qué dices! -. Alcé una mano, llegando a su mejilla para que se apartara de mí. A veces, Raven podía ser muy persuasiva-. Todavía me lo estoy pensando. Anda, tira a su asiento no vaya a ser que me dé por torturarte con un clip de dieciocho formas distintas.

-No eres Ziva David, Clarke -. Dijo en tono burlón, casi despectivo. Pero conservaba su gracia tan característica de ella, esa continua exageración-. Si no sabes ni dar una simple voltereta, ¿cómo vas a ser la mejor agente del Mossad?

-Por la gloria y gracia del Séptimo -. Respondí, intentando sonar lo más insoportable y pedante posible.

Raven rodó los ojos, volviendo a su asiento. En ese instante, Lexa cruzó la puerta; y con ello, todos los que estaban en el pasillo volvieron casi como de una estampida se tratara. ¿En qué momento se hizo tan tarde? Debí de encerrarme en mí misma mucho tiempo, pero ya me daba igual. Lexa empezó a dar clase y yo desconecté de todo lo que me rodeaba, excepto de su voz. Se le notaba cansada, como si no hubiera podido dormir en toda la noche, o casi toda la noche. Aun así, logró salir airosa de la clase, o tal vez todos estaban tan ciegos que no veían más allá de sus narices.

Quise ir tras ella, pero reaccioné demasiado tarde. Pike estaba apostado en la puerta, impidiendo que nadie saliera de clase sin su permiso. Tuve que volver sobre mis pasos, fingir que nada pasaba y tratar de concentrarme en las soporíferas clases de Pike, aguantando su agrio carácter y su forma casi troglodita de tratarnos. Estaba deseando perderle de vista, tener que dejarle de tratarle con respeto, para siempre.

A la hora del descanso, Octavia llamó mi atención y nos alejamos del grupo. Raven y Monty apenas se dieron cuenta de ello, estaban tan enfrascados en sus cartas que el resto del mundo desaparecía para ellos; Finn estaba perdido por ahí, tratando de impresionar a las chicas con sus manualidades imposibles, y Raven y Murphy estaban demasiado entretenidos con un libro sobre motos. Así que ninguno notó mi ausencia, o al menos, supieron fingir.

-He hablado con Lexa -. Octavia a veces pecaba de directa. Mi reacción tuvo que ser exagerada, debido a su sonrisa de disculpa y su mano sobre mi espalda. Agradecí el calor de su mano, pues en ese instante sentí que el poco que me quedaba me abandonada para no volver-. Lo siento, sabes que no soporto dar rodeos.

Se mantuvo callada durante un rato, con su mano en mi espalda, subiendo y bajando sin parar. Me reconfortaba, poco a poco fui recuperando el color y la voz.

-Bellamy es mi hermano, sí; pero se ha comportado como un capullo. Se me hizo raro verla como una persona normal, ¿sabes? A Lexa, me refiero -. Sí, yo había pasado por algo similar-. Le conté todo lo que sabía, todo lo que había visto.

-¿También…?

-Sí. ¿Por qué tendría que callármelo? -. En ese instante, me sentí culpable. Sabía que no era culpa mía, que todo se debía a la obsesión que Bellamy tenía conmigo; pero yo no quería que ella lo supiera, me moría de vergüenza-. He visto el dibujo, Clarke. Es… no sé cómo explicártelo, Clarke. Al fin y al cabo, tú eres la autora.

Octavia no calló en todo el descanso. Prácticamente me contó toda la vida de Lincoln, y por una parte, lo agradecí. Cuando había visto a Lexa esta mañana sabía que algo iba mal, y quise ir tras ella, pero era como si se la hubiera llevado el viento. Salí corriendo hasta la sala de profesores, que estaba prácticamente al lado de mi clase. Aquel pasillo estaba, en teoría, vetado para los alumnos, pero me dio igual. No la vi allí, tampoco en la cafetería ni en el patio. El único lugar que se me ocurría que podía estar era en la sala de arte; con el tiempo, se había convertido en su refugio, pero no me atreví a ir allí. Tenía miedo de Cage, podía hacer cualquier cosa. Si había sido capaz de mandar que pegaran a Murphy… ¿qué podía hacer conmigo? Lo que quisiera, y yo no podría defenderme.


Nada más escuchar el timbre que daba fin a la última clase, subí corriendo al aula de dibujo. No me equivoqué, Lexa estaba allí. Estaba sentada en uno de los ventanales, mirando a la lejanía. Estaba preciosa. Incluso con aquella mirada melancólica y profundamente triste, como si le hubieran arrancado hasta el más mínimo ápice de felicidad. Cuando giró su mirada hacia mí, me di cuenta de lo que pasaba. Había estado llorando, no sabía por cuanto tiempo. Pero sus ojos estaban enrojecidos, cansados y abatidos, sin fuerzas ya para aguantar un asalto más.

Dejé caer la mochila al suelo y corrí hacia ella, que me recibió con los brazos abiertos, sin muestra alguna de rechazo. En ese momento me necesitaba casi tanto como yo necesité a alguien cuando el aniversario de la muerte de mi padre, o quizá más. Porque ella apenas me conocía en aquel entonces; y ahora, sentía que era incapaz de imaginarme mi vida sin Lexa en ella.

-Anya lo sabe, Clarke -. Murmuró en medio de su tristeza, en una tregua que los sollozos le permitieron-. Y ahora me odia, ¿lo sabías? Me odia y te odia, porque nos embarcamos en una locura como ésta sin mediar las consecuencias.

En ese momento, la odié. Anya Forrest, la misma que se había convertido en el pilar que la mantuvo cuerda cuando Costia murió, abandonándola porque se había enamorado de mí. Qué curioso, qué vuelta de tuerca tan fría y cruel. ¿Cómo era posible que cambiase de parecer tan fácilmente, cuando había sido testigo de todo lo que había sufrido desde la muerte de Costia? No tenía lógica; y yo se la buscaba, me rebané los sesos buscando una explicación, pero era imposible. No podía buscar algo en un lugar donde sencillamente no existía.

Yo no era Costia, lo sabía. Me había costado entenderlo, aprender a vivir con su recuerdo en una parte del corazón de Lexa. Había aprendido a ser respetuosa con su recuerdo, a admirarla casi tanto como Lexa lo hizo, o tal vez incluso más. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que me hubiera encantado conocerla, ver cómo era y cómo con un simple gesto como una sonrisa o un casto beso era capaz de devolver la razón al mundo de Lexa, cuando parecía que todo estaba perdido. Yo no era más que una mera espectadora, alguien ajeno a su existencia; alguien que se sentaba en una butaca a ver una película que sabía que tarde o temprano me rompería el corazón, porque conocía su final demasiado bien. Una película de la que yo era la segunda parte, y que aún se estaba grabando.

Me dejé guiar hasta su casa, otra vez. Era como si los pies se me movieran solos, como si tuvieran voluntad propia. O que yo me había convertido en una autómata sin razón y sólo obedecía a las órdenes de Lexa. Cualquier cosa que ella me dijera, yo lo haría, sin rechistar. No había emoción alguna en mi pecho; sentía que, de alguna manera, me había arrancado el corazón y se lo había dado a ella, para permitirle seguir viva después de la traición de Anya.

Al escuchar la puerta cerrarse, me permití acoger su cuerpo entre mis brazos y que volviera a llorar. No me importaba acabar con la camiseta mojada por sus lágrimas, entonces lo habría hecho bien. Se habría vaciado, se habría quedado sin lágrimas y sin nada por lo que llorar. Sólo estaría yo, mis brazos y mis labios.

La tumbé en el sofá, sentándome en el suelo a su lado. Su mano derecha se agarraba con fuerza a las mías, como si temiera que de repente, desapareciera. No la podía culpar de nada, era lo que Anya había hecho; por mi culpa. Así que sólo me quedé allí, en silencio, vigilando su sueño.

El tiempo pareció detenerse. Tal vez hubieran pasado segundos, minutos o incluso horas; no me di cuenta de cómo el día avanzaba, tampoco me importaba demasiado. No tenía por qué volver a casa, mi madre trabajaba esa noche. Y además, Lexa me necesitaba. No me atrevía a dejarla sola.

-¿Estás mejor? -. Inquirí sentándome en el borde del sofá, apartando su larga melena de la cara. En ese momento pude ver el enorme tatuaje de su espalda, el de las llamas negras que ardían sobre su piel. Son llamas. Siempre le he tenido miedo al fuego. No… no sé muy bien por qué, había dicho, pero nada más. Y aquellas palabras que había en medio del fuego, seguía siendo un misterio para mí-. ¿Qué significa? -. Me atreví a preguntar, esperando que, esta vez, me respondiese-. Ai hod yu in, quiero decir.

Lexa se levantó lentamente, deshaciéndose de la fina camiseta y del sujetador antes de que fuera consciente de ello. Mi mano izquierda recorría su espalda de arriba abajo, repasando cada una de las llamas de aquel oscuro incendio que nunca se apagaba. Besé su hombro, su mejilla, y cuando ella giró la cabeza para mirarme, también sus labios. Rodeé su cintura con mis brazos, y apoyé la barbilla en el hueco de su cuello.

-Te quiero -. Murmuró, con la mirada fija en ninguna parte. Como si todo lo que nos rodease fuese el vacío, una oscuridad de la que no lograba ver el fondo-. Eso es lo que significa.

-¿Costia?

-No, ella nunca lo supo. Era mi secreto, algo mío y de nadie más.

Pude notar cómo su corazón empezaba a latir rápido, de la misma manera que cuando algo lograba ponerme nerviosa. Rápido y fuerte, martilleando contra sus costillas, gritando en silencio. Entonces oí un sollozo, algo tan tenue que creí que lo había soñado, o tal vez fuese el viento. Pero no, era ella; se había vuelto a rendir al dolor y al vacío que la marcha de Anya le había provocado.

Empecé a besar su cuello, su espalda. Quería recordarle que yo estaba allí, que no pensaba abandonarla. No podría hacerlo, de todas maneras. Ella había logrado que le diese mi corazón, sin reservas; y no podía alejarme. Me tenía completamente a su merced, podía hacer conmigo lo que quisiera. Y sin embargo… no lo hacía.

-Tengo miedo de perderte -. Murmuró entre besos y suspiros, entre lágrimas y perlas de sudor bajo las sábanas. Sus manos recorrían gentilmente mi cuerpo, al compás de sus labios y su mirada atenta y temerosa. Apoyó la cabeza sobre mi abdomen, y su respiración tranquila y sosegada me hacía cosquillas sobre la piel-. Tengo miedo a perderte como a todos aquellos a los que he querido. Estoy sola, Clarke. No me queda nadie en el mundo, y ahora… Cage me quiere separar de ti.

Su voz estaba tan rota, tan rendida… Quise llorar, pero no podía. Por una vez, yo tenía que ser la fuerte de las dos. Acaricié su mejilla, apenas un leve roce, lo suficiente como para recordarle que yo estaba allí, que no iba a desaparecer.

-Nadie me va a separar de ti, te lo prometo.

-No hagas promesas que no puedas cumplir, Clarke -. Una fría y lacónica sonrisa adornó su rostro, levantándose y vistiéndose lentamente.

-No lo estoy haciendo. Sólo estoy cumpliendo mi parte del trato -. Me levanté rápidamente, cubriendo mi desnudez con la sábana. Lexa parecía cansada; cansada del mundo, cansada de esconderse, cansada de luchar contra alguien que no mostraba sus cartas-. ¿Ya te has cansado de quererme? Porque yo a ti no. Y sé que nunca me voy a cansar. Nunca me quedaré sin gasolina para hacer que mi corazón lata, al menos, no hasta que el tuyo haya dejado también de latir. ¿Es que no lo ves? ¿Acaso no ves lo que te quiero?

Sí, claro que podía. Sus ojos se aguaron al oír mi voz, mis gritos. Y a mí me daba igual lo que pensara el resto del mundo. Sí, era una cría, una niñata que no había salido del mundo protegido en el que vivía, pero yo quería hacerlo. Quería arriesgarme, quería perder, saborear el triunfo y sufrir la pérdida. Quería conocer la crueldad del mundo, empaparme de los fracasos y la realidad que me rodeaba. Salir del cascarón, conocer a Abraxas y seguir el camino de Caín. Conocer la soledad y la oscuridad. Y eso era algo que sólo podía dármelo Lexa. Ella me protegía, era más que consciente de ello, pero me dejaba volar como un pajarillo libre. No me tenía encerrada en una jaula de oro.

-Nunca podría cansarme, pero hay tantos obstáculos que me separan de ti… -. Rodeó la cama y me abrazó, besando cada centímetro de piel que tenía a su alcance-. Ojalá todos fueran tan sencillos de cruzar como la cama -. Bromeó, y yo intenté reír… pero no pude. En el fondo, sabía que tenía razón.

Unos golpes en la puerta nos sacó de la burbuja, Lexa se despidió de mí con un beso en los labios y bajó alegremente las escaleras para ir a abrir. Pero antes de ello, volví a encontrármela en la puerta de la habitación, con una mueca divertida.

-¿Te quedarás aquí esta noche? -. Preguntó, con la ilusión propia de una niña de parvulario.

-¿Le tienes miedo a la oscuridad, Woods?

-Cuando pasas la noche conmigo, no.

Toda su tristeza parecía haberse esfumado. Me deshice de la sábana y empecé a vestirme; pero al escuchar una conocida voz abajo, me quedé completamente petrificada, hierática.

-¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está Clarke Griffin?

Podía sentir el corazón en la garganta, ahogándome. La vergüenza me invadió cada célula de mi ser, y la rapidez y torpeza con la que intentaba vestirme no hacía más que ponerme más y más nerviosa, sintiéndome una completa inútil.

Oía voces en el pasillo. Mi madre gritaba, casi chillaba mi nombre; Lexa trataba de calmarla, pero nada parecía tener efecto en ella. Estaba cada vez más cerca, y yo apenas había logrado ponerme la ropa interior. ¿Dónde esconderme? Consideré meterme en el armario, pero sería algo tan ridículo e inverosímil que desestimé la idea nada más apareció en mi cabeza.

Sin embargo, no tuve mucho tiempo para reaccionar. Estaba luchando con el botón del pantalón cuando alguien abrió la puerta, y al instante mi madre estaba allí, con el rostro pálido y frío, casi a punto de desmayarse. Lexa apareció unos segundos después, demasiado tarde para dar una explicación coherente que negara lo que había pasado allí.

-Clarke, recoge tus cosas -. Murmuró mi madre, con la voz hierática -. Nos vamos a casa.


El paraíso se desmorona, y esto no ha hecho más que empezar. Lo avisé, el que avisa no es traidor.

No me odiéis. Soy así de cruel.

Twitter: sass_prince