Capítulo 25: "El Amazonas".
Rivaille terminó de cruzar el muelle. Apenas abordó el barco se encontró con la sonrisa de Mohamed y el semblante extraño de Eren. El chico parecía asustado o preocupado por algo relevante.
—R-Rivaille… —murmuró— tenemos que dormir en la bodega.
—Sí, ya lo dijeron… —Arqueó las cejas, ¿a qué iba esa tonta obviedad?
—Ahora les llevarán un plato de comida, allí hay un sistema de comunicación. Si necesitan salir para tomar aire o para ir al baño, hablen primero; una vez que les demos el visto bueno, podrán salir. —Mohamed negó con energía antes de seguir hablando—. La marina no requisará el depósito, pero en el peor de los casos, allí tienen armas de fuego.
—Vale —aceptó Rivaille, pensando en que ellos no tenían por qué saber que eran titanes, pero que en tal caso podían luchar como tal.
Sin embargo recordó la indicación de Frank minutos atrás y entendía mejor la advertencia de no transformarse. No quería imaginar el destrozo que ocasionarían en mar abierto si lo hacían. El barco se hundiría y aquellas personas que estaban ayudándolos irremediablemente morirían.
Cuando siguió a otro sujeto en compañía de Eren hasta el fondo de la bodega, entendió el nerviosismo del chico y su obvia observación. Aquello era el reino de la mugre en donde las ratas gobernaban. Era el infierno en vida para Rivaille.
—Mierda… —murmuró, palmeando la manta que hacía de cama.
—¿Quieres que pida productos de limpieza?
Rivaille negó con la cabeza, suspirando.
—No, Eren… puedo aguantar. —Se sentó, apoyando la espalda con recelo contra la pared metálica—. La mugre es lo de menos en este momento. Estoy muy agotado.
Vio que Rivaille buscaba acomodarse mejor y aunque quería hablar con él sobre todo lo ocurrido, comprendía que el Sargento no estaba de buen ánimo. Lucía debilitado y la angustia hacía nido bajo sus ojeras pronunciadas. Se acurrucó a su lado, buscando la posición ideal para poder abrazarlo por la espalda y hundir el rostro en su nuca rasurada.
—Será un viaje largo.
—Sí… —correspondió Rivaille, tomando la mano que el chico había cruzado por encima de su cintura, entrelazando los dedos con los de él.
—Una vez que te cures —dijo, y notó que Rivaille le apretaba con fuerza la mano, como si supiera algo de lo que no podía hablar— encontraremos juntos la manera de sacar a toda esa gente de ahí… y la del Nuevo Mundo.
Rivaille sonrió, pues se daba cuenta de lo evidente: de lo muy comprometido que estaba Eren y de lo mucho que esperaba de él. Lo acompañaría en la medida que pudiera, pero lo cierto es que no se sentía con la fuerza suficiente para hacerlo y eso le daba inmensa pena y amargura. Giró en el camastro para ser él quien buscara refugio en el pecho del chico. Hundió la cara contra su hombro y suspiró. Eren lo abrazó con ímpetu y a partir de ahí fueron todos recuerdos difusos y lejanos para Rivaille.
Supo que había comido y que había usado el baño, incluso que Eren lo había bañado, porque tenía esas imágenes impresas en su mente. Luchaba con todas sus fuerzas para no perder el dominio ni la consciencia, pero se le hacía cada vez más difícil.
El tiempo transcurría de manera extraña, era como si estuviera dentro del cristal. No supo si habían pasado horas, días o meses desde que subió al barco, pero en algún momento la luz del sol le dio en la cara y sus pies tocaron tierra firme.
Habían llegado a destino y Eren lo sostenía mientras lo ayudaba a caminar hacia un gran pájaro de metal. Abrió los ojos y vio la sonrisa maravillada de Eren y sus cabellos desordenados.
El chico se había aterrado en un primer instante cuando ese artefacto tomó vuelo. Temía que de un momento a otro cayera, pero eso no sucedió, y cuando la primera impresión pasó, se permitió asombrarse con lo que sus ojos contemplaban.
Cuando notó que Rivaille estaba despierto y lo miraba, lo dijo con la misma emoción con la que había descubierto a los televisores.
—¡Estamos volando, Rivaille, como los pájaros!
El susodicho entendía poco y nada de lo que ocurría alrededor, no podía hacer otra cosa más que dejarse conducir y confiar ciegamente en Eren. Miró a quienes estaban más adelante. Había dos hombres, a uno lo pudo identificar como a Mohamed, el otro le resultó extraño y eso le preocupó, pero en su estado no podía hacer mucho más que dejarse en manos del muchacho.
—¿Ya estamos en el Amazonas?
—Sí… —respondió Eren—, nos están llevando hasta Robyn. Eso dijeron…
No pasó desapercibido para Rivaille el tono de preocupación con el que había dicho esas dos últimas palabras. Nada le aseguraba a Eren mismo que no estaban yendo hacia una trampa. Al igual que Rivaille, al chico no le quedaba más que confiar en su juicio e intuición. La recuperación del Sargento era su prioridad en ese momento.
Eren le acarició la mejilla con ternura, contento de haberle escuchado la voz. Dolía reconocer que su silencio lo mortificaba, durante el viaje en barco no había abierto la boca más que para beber o comer, en cambio él se ocupó de darle charla, aunque no lo escuchara ni pudiera responderle; eso lo distraía y le permitía mantener un vínculo con Rivaille para sentirse menos solo y desesperado de lo que estaba. El viaje por mar había sido un camino largo para él, angustiante e insoportable.
La ansiedad había hecho de esos días jornadas interminables, por eso, cambiar de escenario, y de paso escuchar a Rivaille, le renovaba las esperanzas. No obstante, su preocupación fue enorme cuando al hablarle de nuevo, pocos minutos después, el Sargento no le respondió. Lo pellizcó el brazo, buscando alguna reacción. En el barco Rivaille solía dar un respingo o giraba en el camastro para evitar la molestia, pero en esa ocasión Eren no recibió ninguna respuesta. Le palmeó la mejilla con energía, pero tampoco reaccionó al golpe.
Le besó la frente notándola caliente, y por instinto, con miedo, le buscó el pulso. No podía desatarse una calamidad estando tan cerca de la ayuda. Sin embargo, para su fútil alivio, las pulsaciones eran muy aceleradas.
Supo que no tenía sentido apurar a los hombres para llegar cuanto antes a Robyn, pero los minutos que le llevó caminar hasta la casona en medio de la vegetación, le pareció un viaje más largo que el padecido en barco, encerrado día y noche en una bodega repleta de arroz y armas de fuego, sin nada más por hacer que aguardar a llegar a destino y contentarse con contemplar el inquieto sueño de quien ahora no mostraba señales de estar con vida de no ser por los frenéticos latidos.
Cuando vio a Robyn sintió un alivio inexplicable que no sabía de dónde venía, pues la mujer todavía no había empezado a atender al hombre. Eren lo cargaba porque ya no podía caminar por su cuenta. Ella apenas lo saludó. Lo hizo pasar y acostar a Rivaille sobre una cama rota, le pidió que lo desnudara por completo y luego que dejara el cuarto. Eren lo hizo con recelo, pero la mirada de ella le transmitió la suficiente confianza como para darle espacio y permitirle trabajar.
Aguardó unos cuantos minutos afuera de la habitación, en una pequeña sala con olor a humedad, de paredes y techos de madera, cuyo piso parecía ser de cemento o algún material parecido. Había quedado la puerta abierta y podía ver a la médica ir y venir por el cuarto, ocupándose de su paciente. Mohamed le ofreció bebida y comida que Eren rechazó.
Se hizo de noche cuando el primer grito de Rivaille atravesó la calma. Como si hubiera renacido.
Eren no se había dado cuenta que estaba quedándose dormido en la silla de mimbre. Se puso de pie con un sobresalto y sin pedir permiso entró al cuarto y se acercó al Sargento. Rivaille estaba despierto y sus ojos abiertos lo buscaron con urgencia. Eren trató de sonreírle, pero no supo si la mueca nació con claridad.
Robyn le había vendado el brazo y parte del torso y le colocó una inyección que le produjo una mueca de malestar. Rivaille se puso en posición fetal contorsionándose de dolor y Eren se sentó a su lado, apoyando una mano sobre su brazo con sumo cuidado, con terror de tocar el estigma y originar una tragedia, pero por supuesto que eso no pasó.
—Es normal que sienta dolor —dijo Robyn buscando una manera de llenar ese inquietante silencio apenas atravesado por los gemidos de Rivaille.
—¿Estará mejor? ¿O siempre será así?
Robyn miró la manta bordada por su abuela que tapaba con pundonor parte de la desnudez del hombre. Era la misma con la que había cubierto el cuerpo de su hermano cuando padecía los vestigios del estigma y le rogaba que lo entregara al ejército, porque su cuerpo y su espíritu ya no aguantaban más.
—Es un hombre muy fuerte —dijo ella a modo de consuelo, pero con auténtica convicción—, así que supongo que se recuperará. Esto es lo peor, ya después el dolor le resultará tolerable con la medicina.
—No entiendo mucho sobre lo que es el estigma… ni tampoco por qué…
—Hay mucho que no sabes de ti mismo, ¿cierto? —medió ella con una sonrisa, mientras guardaba lo que podía y tiraba lo descartable—. Tenemos de qué hablar.
—Sí…
—Tardaron mucho en contactarme. ¿Cómo está Frank? Desde tan lejos me entero poco de él.
—Bien, supongo —dijo dubitativo—, no pude conocerlo muy bien. Al menos no tanto como Rivaille —señaló al Sargento con la cabeza.
Mohamed entró al cuarto y golpeó apenas la puerta abierta para llamar la atención. Robyn lo miró y de inmediato caminó hacia él.
—Quédate esta noche con él —aconsejó ella—, hazle compañía. Mañana hablaremos mejor…
—¿Por qué no ahora?
—Porque estas horas serán decisivas para él… y sería bueno que tenga a alguien a su lado.
—Creo que entiendo. —Eren miró el arma larga que Mohamed tenía en el hombro, sabía que eran modernas y muy letales.
—No despertará mañana, ni pasado… así que tendrás tiempo para acompañarme a la aldea. Allí te presentaré a una mujer que quiere conocerte personalmente. Ella te responderá algunas cuestiones sobre los titanes que, supongo, solo tú podrás entender. O al menos mejor que nosotros, que somos simples humanos.
—Gracias por todo —asintió, acomodándose mejor en la cama.
—Debes comer algo y descansar, al menos por esta noche, ¿sí?
Eren asintió y Robyn se fue en compañía de Mohamed. La noche era calurosa y había uno de esos aparatos que giraban y daban aire, pero el que despedía era seco y caliente y le cerraba la garganta. Bebió muchísima agua durante esa noche y recién pudo dormir cuando Rivaille lo hizo.
Al despertar al día siguiente, tenía la camisola pegada al cuerpo por la transpiración. Rivaille seguía desnudo y sudado, las moscas revoloteaban sobre ellos buscando beber el agua que desprendían sus cuerpos. Las espantó para ponerse de pie y ver, de inmediato, una fuente con agua fresca y un trapo. Supo que era para higienizar a Rivaille y eso hizo. Al terminar, fue su turno, pero una señora rolliza le señaló el exterior, donde había un baño improvisado. La ducha que se dio fue reparadora, y hasta le había abierto el apetito que creía no tener, así que desayunó con voracidad.
—¿Robyn? —Le preguntó a la señora, pero esta se limitó a señalar de nuevo el exterior.
—Clara es muda —dijo alguien, sorprendiéndolo. Eren pudo reconocer al piloto de la avioneta que los había llevado hasta allí. Y suponía que con "Clara" se refería a la mujer que le estaba sirviendo el desayuno con tanta amabilidad—. Cuando estés listo avísame y te llevaré hasta Robyn.
Eren dejó de comer de manera automática.
—Lo estoy… —Pero miró hacia el interior de la casona. Clara pareció adivinar su preocupación, porque lo tomó de las manos con simpatía y asintió reiteradas veces.
—No te preocupes por él, Clara lo cuidará —dijo el sujeto.
Eren lo miró mejor, era un hombre de mediana edad y corpulento, lucía algo descuidado. El pelo le crecía ensortijado hacia todos lados y parecía solo poder mantenerlo en orden atado con una coleta. Vestía como Mohamed, con un equipo que recordaba habérselo visto el ejército, solo que era de color gris. También tenía un fusil al hombro, pero se lo dejó a un chico joven que vestía de manera muy coloquial, con un pantalón corto, una sudadera gastada y ojotas, cuyos pies estaban ennegrecidos por el barro. Este tomó el asiento que Eren abandonó.
Recelaba toda esa ceremonia, pero no tenía más opciones que seguir adelante y confiar en esas personas. Miró a Clara, encontrando confort en sus ojos y en su sonrisa de mejillas infladas. Dio la vuelta y siguió a través de la selva al hombre que pronto supo que se llamaba Ernesto.
Subieron a una barca y alcanzaron la costa que se podía divisar a simple vista. Robyn ya se había acercado al borde, aguardando por ambos. Eren bajó, pero Ernesto se quedó en el bote fumando un cigarrillo.
—¿Cómo está? —preguntó ella. Eren supo que hablaba de Rivaille— Lo revisé antes de venir, en la madrugada.
—Duerme. No me enteré que entró al cuarto —dijo con sorpresa.
—Oh, no… si roncabas, aferrado a él como náufrago al bote —explicó con gracia—. Se ve que estabas muy cansado. Me costó desenredarte de él para revisarlo y poder cambiarle las vendas.
Eren soltó una carcajada. Reconocía que era la primera noche, en muchas, que había podido descansar bien, o dentro de lo que se podía en su circunstancia. Miró a Robyn dándose cuenta que ella también vestía como los hombres. Tenía botas altas, ideales para el terreno agreste que debían cruzar; él apenas tenía un par de zapatillas de lona.
—¿A dónde vamos?
—A la aldea.
—¿Qué hay allí?
—Titanes —respondió Robyn con calma y una efímera sonrisa. Vio el estupor de Eren y se apresuró a aclarar—: titanes como tú.
Eren observó el lugar, si bien los árboles no tenían el tamaño que había visto en el Impenetrable, sus copas eran gruesas y a duras penas permitían que se filtrara la luz del sol, por eso el paisaje era de un verdoso oscuro. El cielo mismo parecía tener tonalidades que iban entre el verde y el marrón. En un claro pudo ver mejor al astro rey brillando con intensidad contra el firmamento azul.
Cuando volvió la vista al frente vio a una muchacha muy hermosa, de piel morena e intensos ojos color miel, enmarcados por rizos de un querubín negro; poseía cierta belleza diabólica, de esa que condena a los hombres al pecado original. La luz del sol traslucía sus pechos jóvenes tras una camisola blanca de mangas anchas. Debía tener su misma edad, quizás menos, pero no más.
Dejó una cesta sobre el suelo y se alejó corriendo. Atravesó un pequeño lago sosteniendo la larga y abultada falda ocre hasta los muslos y, mojándose las rodillas, desapareció entre el follaje.
Eren miró la cesta cuando el encantamiento acabó, era de mimbre y contenía diversos frutos.
—Cárgala —pidió Robyn, quien no se había detenido. Eso hizo Eren con torpe ligereza—. Sabían que vendrías.
—¿C-Cómo lo sabían?
—Yo les avisé, por supuesto —apuntaló con obviedad—, pero no les dije cuándo. No están acostumbrados a ver humanos, de hecho yo soy la única que tiene permiso de venir aquí. Antes de que la Nuna fuera la cabeza de la familia, tendían a matar a todos los humanos que se acercaban. Hoy en día prefieren correr como ella y esconderse —completó, refiriéndose con esa última aclaración a la muchachita que habían visto.
—¿Nuna?
—Te llevarás bien con ella… —afirmó antes de tomar un camino de tierra muy frecuentado a juzgar por las marcas en el suelo.
A los costados de ese sendero precario, que iba ensanchándose a medida que lo recorrían cuesta arriba, empezaron a aparecer las primeras construcciones precarias. Había casas modestas y por las ventanas se asomaban personas, o al menos eso era lo que parecía. Eren reparó en ese detalle manifiesto: que los titanes puros y los humanos no eran muy diferentes entre sí.
Al llegar al final del sendero había una casona enorme sin puerta. Allí había varios niños que se escaparon revoloteando como mariposas cuando Robyn llegó, a excepción de uno que se acercó a la doctora para jalar de su camisa gris.
—Hola, Anzus, dile a la Nuna que estoy con Eren.
El niño asintió y entró corriendo a la casa. De inmediato un anciano salió de ella y con una seña los invitó a pasar, pero antes de que Eren pudiera poner un pie dentro de la casa, lo investigó de arriba abajo con equidad. Eren no supo cómo tomar esa pesquisa tan cruda y desfachatada; para colmo el hombre no saludó con cordialidad a Robyn, pero ella tampoco lo miró o atinó a decirle algo para darle pie.
La casa era fresca por dentro, tenía un enorme corredor y el piso era de cerámica. No parecía tratarse de construcciones precarias, aunque por fuera la mayoría de las casas lo acusara.
En una sala enorme, llena de mujeres que iban de un lado al otro preparando lo que parecía ser un banquete, Eren se encontró con el rostro jovial de la muchacha que había abandonado su cesta. La dejó a sus pies, mientras ella se cobijaba tras una de las columnas como si le tuviera miedo o vergüenza.
—O-Olvidaste esto cuando saliste corriendo —dijo Eren con un ligero tartamudeo. Ella atinó a abrir los labios rosados para darle las gracias, sus dientes blancos como perlas hacían un gran contraste con el color de su piel, cabellos y ojos.
—Eren. —La voz de Robyn lo interrumpió y le hizo volver en sí de tanta divinidad exótica.
El chico se acercó a la doctora y, sentada en un enorme sillón de mimbre, estaba una anciana tan delgada que se encorvaba; su largo pelo, blanco y atado en una cuidadosa trenza, llegaba casi hasta el suelo. No vestía muy diferente a los demás ni tampoco nada indicaba que era alguien importante de su clan, pero Eren lo supo adivinar por cómo lo miraba y lo estudiaba, incluso en la manera en la que los demás la trataban: con respeto, pero también con profundo amor, como si fuera la abuela de todos.
—Mi nombre es Ikan.
—Mucho gusto —correspondió él con cortesía.
—Todos me dicen cariñosamente Nuna. Tú puedes decirme así —continuó la anciana.
—Yo soy… Eren… Eren Jaeger.
—Lo sé —terció ella con calma y una imperceptible sonrisa—, bienvenido. Llevábamos mucho tiempo esperándote.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Porque eres nuestro creador.
Eren miró a Robyn con escepticismo, como si le estuviera cuestionando con los ojos la salud mental de la anciana. Quizás estaba senil o el sol y el calor del Amazonas le habían afectado por demás.
—¿Yo… creador?
—No eres él… pero llevas su sangre. —Le tocó el pecho con un dedo corvo y tembloroso. Robyn, quien permanecía de pie, tomó asiento en un almohadón a un lado de Nuna y frente al chico.
El lugar fue quedando vacío de gente, Eren solo podía oír el crepitar de una antorcha que estaba allí para alejar jejenes y moscardones, despedía un aroma casi imperceptible, pero que se metía en sus fosas nasales importunándolo. En pocos segundos logró acostumbrarse y dejó de reparar en nimiedades de ese estilo para concentrarse en lo importante.
Nuna aguardó con infinita paciencia.
—Hay mucho que no entiendo. —Se animó a decir al ver que esperaba por sus palabras.
—¿Qué quieres saber? —preguntó la anciana.
—Todo —respondió Eren con energía—, ¿por qué los titanes matan humanos? ¿Por qué los devoran? ¿Por qué todo tiene que ser así?
—¿Los titanes devoran humanos? —Nuna ahogó una risilla de franca ternura—. Dime ¿tú comes humanos?
—No —dijo con obviedad y de golpe lo entendió—, los titanes que no son puros, lo hacen. A eso me refiero…
—Lo hacen porque quieren volver a ser lo que son: humanos.
—Los que contraen lo que llamamos "virus" —habló Robyn al notar que la anciana le cedía la palabra con un silencio comprendido—, son titanes sin autonomía. Solo aquellos puros pueden transformarse y mantener la consciencia, pero no los titanes con estigma. Luchar contra ello… es un proceso lento y doloroso que incluso hoy en día no puede revertirse.
—Eso quiere decir que Rivaille…
—Tranquilo —se apresuró a decir la doctora—. Es cierto que no puede revertirse, pero puede detenerse a costa de la vida de la persona… porque la vacuna que hicimos con Ben ataca a esas células y esas células, por supuesto, ya son parte del cuerpo y de los órganos vitales del portador.
—¿Y el proyecto del que Frank nos habló?
—Parte del fin de ese proyecto es encontrar una cura para los que tienen el estigma. "Enfermedad" que a su vez es lo que divide a los humanos de los titanes. El problema principal que tenemos es que el ejército tiene la obligación de neutralizar a los titanes, en otras palabras, de asesinarlos. La excusa que dan es que buscan proteger a la humanidad de esta supuesta amenaza, pero curiosamente quien los comanda es un titán tan puro como tú.
—¿Entonces por qué quiere erradicar a los suyos?
—Creemos que es al contrario, que en verdad lo que busca es estigmatizar a los humanos para que sea más fácil erradicarlos, puede que también te tenga miedo y busque formar un ejército apto para combatir —Robyn plasmó una sonrisa sardónica—, solo los titanes pueden enfrentar a titanes en igualdad de condiciones.
—¿Y por qué va a temerme a mí? —Eren sacudió la cabeza, le costaba comprender el meollo— ¿Por qué hace esto?
—Bueno, respondiendo tu primera pregunta… él sabe que hay titanes puros que no estarán de acuerdo con él; y si no están de su parte, son considerados enemigos —dijo con obviedad y Eren asintió, eso no era muy difícil de comprender—; por otro lado, existe cierta jerarquía natural… aunque yo prefiero decirle biológica… —titubeó.
—Explícame eso.
—Pues… —Robyn trató de encontrar palabras claras—, digamos que cuanto más antiguo es el titán, más aptitudes posee. Puede endurecer su piel, puede permanecer más tiempo cristalizado, puede vivir más, puede regenerarse más rápido e, incluso, su llamado es más… imperante, que el de sus descendientes.
Eren asintió con flema. Creía comprender eso del "llamado", sabía que existían titanes, como él y como Annie, que podían controlar en cierta medida a los estigmatizados.
—Vale, creo que comprendo mejor… ¿y se supone que yo soy más antiguo que este comandante? Hablamos de Rafael Li, ¿cierto? —Robyn asintió, respondiendo las dos preguntas a medias, quiso agregar algo respecto a las sospechas de la antigüedad de Eren, pero el mismo chico no la dejó continuar—. ¿Y por qué esta guerra absurda en contra de los humanos? Somos… ellos son… —se corrigió.
—¿Insignificantes? —preguntó la Nuna, quebrando su silencio. La sonrisa nueva que le regaló fue de pena.
—Para que la Tierra vuelva a pertenecerle a ellos —respondió Robyn con un murmullo, como si buscara adrede que la anciana no la escuchara aunque la tuviera al lado.
Eren apretó los puños con consternación. Nuna supo adivinar en su semblante sus inquietudes y con cuidado lo murmuró.
—¿Creías que esta tierra le pertenecía a los humanos? ¿Que ellos tienen derecho a gobernar sobre ella?
—Es así. —Hasta el mismo Eren lo dudaba. Nuna negó con la cabeza y con una afable sonrisa.
—Si bien los humanos llegaron después de nosotros, prefiero pensar que todos tenemos derecho a gobernarnos. Nadie es dueño de la Madre Tierra. Ni tú más que yo, ni yo más que tú; pero hazle entender eso a los tercos —dijo la anciana, sin especificar sobre quién se refería, si hablaba de la raza humana o la titán.
—Hay… pruebas —Robyn vaciló al hablar— o no sé si llamarlo pruebas, pero los titanes más antiguos han preservado su propia historia, a su manera. Lo que hoy sabemos son todas suposiciones. Se cree que…
—En un inicio la tierra estaba vacía para cuando los primeros titanes llegaron desde el Sol —la interrumpió la anciana. Ella mejor que nadie podía hablarle del comienzo—. El Sol nos da vida.
—El sol es un lugar inhabitable, según vi en la escuela —se animó a contradecir Eren y Robyn sonrió.
—Es cierto, Eren… pero es una manera de decir, el Sol es una estrella —explicó la doctora como quien le cuenta a un niño un saber común—. ¿Sabes? Los investigadores hemos comprobado que los dos supuestos meteoritos que cayeron en la tierra tienen un componente muy similar, por no decir igual, del que están hechos los cristales que protegen a los titanes. Es un material que solo se encuentra en el espacio y que en la Tierra es imposible de hallar de manera natural. Este material fue llamado "nin" y es muy parecido al carbino, pero muchísimo más resistente. ¿Oíste hablar de ello? —vio que Eren negaba con la cabeza y con nuevas preguntas para formular—, cuando volvamos te prestaré unos libros y mis apuntes.
—¿Supuestos meteoritos? ¿No lo eran? —Eren recordaba haber estudiado eso en la escuela, e incluso haber tenido conversaciones con Nahuel al respecto.
—Hablamos de titanes —Robyn no fue muy específica con su respuesta—, no de meteoritos, como cree la gente común.
—Según la historia que nos contaron nuestros ancestros, teníamos una estrella enana que llegó a su fin, y cuando nuestro planeta se desintegró, varios trozos llegaron a la Tierra y con ellos, nosotros.
—Puede que existan otros planetas habitados solo por titanes, pero no se sabe —continuó Robyn, ansiosa por explicar lo que Nuna no explicaba—, y es evidente que la atmósfera de la Tierra ha permitido la evolución de ellos.
—Es todo muy extraño —suspiró Eren, agobiado.
—Y son todas teorías, mezclada con mitología y hechos que nunca fueron comprobados y que quizás nunca lo sean —advirtió la doctora—, aun así… ¿has estudiado en profundidad la historia de la Tierra?
—Lo poco que pude ver en la escuela.
—Hay construcciones y monumentos enormes que datan de muchos milenios. En el Sur del Viejo Mundo existe un obelisco muy famoso. Es el día de hoy que los humanos tratan de explicar cómo la gente de la época pudo erigir una pieza tan enorme, si con la tecnología actual es prácticamente imposible repetir tal proeza.
—Titanes —murmuró él comprendiendo—, lo hicieron los titanes.
—Hay miles de supuestas civilizaciones extintas, muy avanzadas, que en realidad no fueron civilizaciones humanas. —Por un momento la emoción con la que Robyn le hablaba lo remontó al pasado y le recordó a Hanji, pero el encantamiento duró un segundo.
—Los humanos se han adueñado de este mundo —dijo Nuna interrumpiendo a la doctora—, han tomado todas las construcciones que nosotros hicimos cuando ellos eran monos, y las han toman como suyas. Tratan de recrear lo que nosotros hicimos en el pasado y no pueden, pero son necios y no quieren ver la verdad, prefieren ocultarla y prohibirle a los suyos saber mejor de nosotros. Antes éramos libres y nos llevábamos bien con los humanos… los cuidábamos y hasta llegamos a establecer vínculos afectuosos.
—Por eso se cree que el ADN, en algún momento de la historia de la evolución, se mezcló —explicó Robyn, parecía estar ahí para aportar la parte lógica a una conversación salida de un cuento de hadas—, antes de que el homo sapiens fuera homo sapiens-sapiens y hasta quizás explicaría el misterio de los denisovanos y de la transición al homo erectus.
—Antes, mucho antes —dijo Nuna con energía— no teníamos por qué caminar entre los humanos como ellos. No nos temían por tener muchos metros más que ellos. No nos molestábamos, pero en algún momento ellos reclamaron la Tierra y nosotros tuvimos que aprender a vernos como ellos.
—Lo que decía del ADN —murmuró Robyn como si lamentara interrumpir la serenidad con la que Nuna relataba la leyenda, pero incapaz de reprimirse.
—Pero por eso mismo, ahora es difícil diferenciar a los nuestros de los humanos —finalizó Nuna notando en los ojos de Eren su abatimiento—. Es todo por hoy.
—¿Eh? —Eren incorporó la espalda asombrado por la postura de la anciana y su última declaración, tan rotunda y categórica.
—Que no hablaré más del tema por hoy. Es hora de descansar —asintió poniéndose de pie y enseguida la sala se volvió a llenar de mujeres.
—Quiero saber más —suplicó Eren estirándose hasta donde estaba Robyn. Ella ahogó una carcajada.
—Hablaremos en el camino si quieres, pero creo que tienen intenciones de invitarte a que te quedes…
—Pero…
—Lo sé… —ella adivinó lo que pretendía decirle y sus preocupaciones— sin embargo Rivaille estará bien. Ni se enterará de que no estás a su lado.
—No importa… —habló bajo, temiendo que lo escucharan— quiero volver y verlo.
—Bien —asintió ella con moderación—, declina tú la oferta. Si vienes conmigo, tendrá que ser antes de que baje el sol.
A Eren le costó rechazar la invitación, pero las ganas de volver al lado de Rivaille eran más fuertes que las suplicas de los niños y la mirada de la Nuna, incluso más que el ruego implícito en los ojos de la muchacha de belleza exótica o la posibilidad de saber más sobre los suyos. Dijo que volvería con alguien que para él era muy importante y se marchó.
Cuando se fue con Robyn por el camino que habían hecho, miró por sobre su hombro notando que media aldea peregrinaba su partida. Eso le causó algo de gracia o simpatía. Sabía que volvería, todavía tenía mucho por hablar con Nuna y mucho por descubrir.
Yo dije que esto se iba a volver medio fumado, pero por lo poco que sé del capítulo nuevo del manga (que YA me voy a sentar a leer porque no aguanto más la intriga XD aunque estoy re spoileada), este fic todavía no es un what if? del todo. No sé si sentirme contenta por ello o asustada (?)
Pido perdón por la tardanza, pero estoy trabajando como china esclava y la verdad es que cuando llego a mi casa no tengo muchas ganas de encender la PC (y que aparte no tenía, porque la PC principal se murió y le regalé mi notebook a mis viejos)… este mes solo me dedicaré a dormir :D Prometo terminarlo, al menos cuando empiece a descansar mejor (se supone que esta semana me tocan menos días, SE SUPONE).
Si debo comentarios o saludos por mi cumpleaños (¡sé que también debo lecturas de fics dedicados!) estaré con ello en la semana… claro, si no muero antes por trabajo insalubre. Porque si me toca de nuevo trabajar tantos días seguidos me tiro por el balcón.
¡Muchas gracias por leer!
PD. ¿Se enteraron de cómo Google busca expandir su monopolio cojedor? Casi me caigo de la silla cuando lo vi en el noticiero. Le comentaba a KIRYUU-SENSEI, por su review en el cap.14, que quieren poner unos avioncitos (?) que transmitan el wi-fi gratis. ¿Estaré viva para cuando lo consigan? ¿Le terminaremos vendiendo el alma (y el culo) a Google? ¿Google se terminará convirtiendo en un culto? Qué diría Asimov de esto, qué diría...
PD 2. & Edit: Había un error HORRIBLE en el texto respecto al homo sapiens y NADIE se dio cuenta XD No los culpo, ni yo ni mi beta lo vimos hasta ahora :P
