Agua y aceite

Dios, ¿qué he hecho? Aún no sé de dónde saqué el valor suficiente para haber enfrentado a Hans sin que se diera cuenta de que por dentro estaba aterrada. Mi corazón late a un ritmo desbocado. Estaba casi segura de que no funcionaría, y estuvo a punto de salir tan mal como creí que saldría. O soy buena persuadiendo, o él se dejó convencer muy fácil. No, su ego no le permitiría ceder. No importa su motivación, lo importante es que aceptó. Demasiado fácil… debería mantener la guardia. O puede que no… No lo sé. Hay veces en que quisiera creerle, pero es tan difícil. Me ha engañado tantas veces… ¿por qué me molesto con él? Porque no tengo otra opción.

He descubierto tanto en las últimas semanas. Sé que estoy lejos de ser la única hechicera capaz de conjurar hielo con sus manos. Mi padre y su amiga japonesa esperaban que conociera a una de ellas, la tía abuela de Haruna, para que aprendiera a controlarlo con ella. Mas nunca pudieron encontrarla, no viva al menos. Estuvo perdida por más de una década, la buscaron por toda la región, y cuando la hallaron, se había convertido en una mujer de hielo. Su propio poder la liquidó, en el momento en que ella intentaba quitarle su último aliento a un hombre desesperado en medio de una ventisca. Haruna envió una de sus manos. Desagradable. Morboso e inmoral, pero lo suficientemente convincente para creer que decía la verdad.

Sí, básicamente descubrí cómo detenerme. Mi poder ha sido y siempre será mi debilidad, lo único capaz de detenerme. Un disparo contra de mi corazón, sólo eso se necesita. Así fue como derrotaron a dos de las brujas. La otra es la llamada Reina de las Nieves, la Reina del Norte. Fue un descubrimiento escabroso en una de las cartas de Wagenknetch, la última que envió. Ni siquiera alcanza a ser una carta, eran más bien unas hojas arrancadas de su bitácora de viaje, que le amarró a uno de los perros que tiraban de su trineo.

Unas páginas amarillentas, apenas legibles por el daño que sufrieron en el trayecto, que describen la grita del glaciar en que ella residía. Era una ruta colosal, un laberinto de hielo con una escalera en espiral de varios metros de ancho que conectaba todas las plantas. El explorador anduvo una semana completa en el laberinto antes de decidir que no encontraría la salida a tiempo, razón por la cual envió las hojas con uno de sus perros.

Narraba el momento en que encontró una especie de sótano, con unos mil soldados hechos de hielo, inmóviles, todos ellos parecían detenidos en el tiempo, capturados en el momento en que desarrollaban actividades cotidianas de un ejército. Y eso es sólo el comienzo. El sexto día de su estadía en ese pasaje inhóspito encontró en una de las cámaras más apartadas el mismísimo refugio de la bruja. Mucho más pequeña que las demás salas, una recamara que, de acuerdo a Wagenknetch, no mediría más que su propia habitación en München. Bastante modesto para alguien con su poder.

Luego de eso, hay muchos borrones y partes saltadas como para entender bien lo que dice. Sólo pude entender algunas palabras y frases saltadas, como cadáver, pared, cuerpo de hielo, cetro clavado en su pecho. Así es como deduje que ella murió, de alguna manera. Podría ser que ella misma hubiese acabado con su vida. Pero ¿por qué? No tiene ningún sentido, podría haber conquistado media Europa si quisiera, y por lo que se cuenta, no tenía ningún sentimiento humano, era la crueldad misma hecha en carne, hueso y hielo, no tenía motivos emocionales para suicidarse.

Además, según cuenta una leyenda de la tribu de los Tehel Jiekna, estaba a punto de iniciar una guerra con el único rival digno que encontraría: Nasser, Príncipe del Fuego. Era como Hans, capaz de manejar el fuego a su antojo. Vino de tierras lejanas, buscando la leyenda de la mujer que sería su polo opuesto, la Reina de las Nieves. Vagó por diversos lugares, seguido de un séquito pagano considerable que lo adoraba como un dios. Prácticamente atravesó dos continentes y el mar nórdico para hallarla, por el puro deseo de probar hasta donde llegaba su poder. Se instaló en la misma isla que ella, y los Nahar Keel lo aceptaron en su comunidad, como el príncipe prometido por sus dioses de la luz. Ellos lo adoraban, mientras que los Tehel Jiekna pensaron que era la segunda peor maldición que podría haber caído sobre la Tierra, después de la bruja de hielo.

Es lo que leí de lo recolectó en unos manuscritos con cantos traducidos de las jergas de las tribus salvajes del norte. Los había ignorado por completo, sólo me fijé en ellos cuando vi de reojo la palabra 'fuego' mientras ordenaba la investigación de mi padre. Y resultó ser justo lo que necesitaba. Esta es la ventaja que me hacía falta para atraer la atención de Hans. Le dije que era una leyenda. Es posible que lo sea, pero todas tienen algo de verdad. Le resté importancia para que evitar darle más información de la que necesita saber. Por ahora.

Debería hacer la diferencia, considerando que hay pruebas de que existieron más individuos como nosotros. Exactamente como nosotros dos, que vivieron en un mismo período de tiempo y se conocieron. Quiero saber más, pero ¿de dónde obtener más información? Son historias que no están registradas en otros escritos que no sean los que ya tengo. Y es por eso que necesito ayuda.

Si lograra averiguar más sobre esas hechicera, sobre cómo hacían para controlar sus poderes, tal vez podría hacer lo mismo y descongelar Arendelle de una vez por todas. Además, descubrí que aún después de que muera, los objetos creados por mi magia y la nieve que sale de mi interior se conservarán intactos por años, inmutables, sin derretirse. Si no logro retraerlo, mi reino permanecerá sepultado bajo un manto blanco, aislado del resto del mundo.

En resumen, tengo las vidas de todos los habitantes del reino en mis manos, y no sé cómo salvarlas. Imagino que así se sentiría el gigante Atlas cargando con el peso del mundo sobre sus hombros.

Llevo horas despierta, y cuando finalmente consigo dormir, siento que transcurrieron apenas unos minutos antes de que los toques en la puerta me despiertan. Está completamente claro, deben ser cerca de las ocho de la mañana. Dios, me quedé dormida. Es tan tarde, incluso Anna debe de haber despertado antes que yo.

—Elsa, ¿estás bien? —hablando de mi hermana…

—Un minuto.

Ella entra de todos modos. Era de esperarse, la paciencia no es lo suyo. En especial ahora que pasó de tratarme como 'su majestad' a ser la insistente y energética hermana menor que solía ser. Es lo que más me gusta de ella, su alegría compensa lo abúlico del día.

—Pareces un mapache con esas ojeras. ¿Volviste a desvelarte?

—Como siempre. No recuerdo la última vez que dormí más de seis horas.

—Deberías descansar un poco, tanto preocuparte vas a terminar enferma.

—Sabes bien que no puedo, no tengo tiempo para eso.

—Oh, vamos. Trabajas todo el día, todos los días.

—Soy la reina, no es que pueda tomar vacaciones.

—Un día no es nada, pueden arreglárselas.

—Anna-

—No, escúchame. Te estás haciendo daño, necesitas parar.

—Anna-

—Te prometí que arreglaríamos esto juntas, quiero ayudarte.

—Anna-

—No, Anna nada. Tienes que entender que no vas a solucionar esto sola y menos si sigues así de exhausta. Además, ya le dije a Gerda que hoy no trabajarás.

— ¡¿Qué hiciste qué?! ¡Anna!

—Lo agradecerás más tarde.

—No puedes hacer esto.

—Elsa, por favor. Sólo es un día.

—En un día Arendelle puede colapsar, y no queda mucho tiempo para pensar en cómo descongelarlo.

—Ya se nos ocurrirá algo.

Hay veces en que su optimismo me exaspera. Lo bueno de esto, es que está más que dispuesta a ayudar. Ahora, espero que esté dispuesta a aceptar lo que acordamos con Hans…

—Sobre eso, hay algo que tengo que decirte. Es una larga historia.

—Dime.

—No te va a gustar.

—Eso no lo sabes—oh, claro que lo sé.

—Sólo, prométeme que vas a oír mis razones. Sé que esto te va a lastimar, pero es la única opción que tengo—ella frunce el ceño, confundida. A pesar de ello, asiente—. Es algo que he estado haciendo desde meses antes de que volvieras…

—De acueeerdo…

—Nuestro padre, él quería suprimir mi magia, o que por lo menos aprendiera a controlarlo y ocultarlo.

—Lo sé.

—Esta parte no. Él pasó años haciendo una investigación, contactó personas de varios países, consiguió textos y leyendas únicos, para encontrar algo que pudiera servirme. Dejó diarios completos y cartas con información, todo lo que pudo conseguir mientras vivía. Lo hizo en secreto, ni siquiera yo lo sabía. No quería darme falsas esperanzas antes de encontrar lo que buscaba.

—Nunca dijo nada sobre eso…

—No, se encerraba en un cuarto subterráneo donde guardó la colección de archivos. Hans y yo la encontramos un tiempo atrás—ella hace un mohín cuando lo nombro—.Verás, con todo lo que hemos leído, descubrimos que no soy la única con poderes especiales.

—Guau. Eso es… es increíble, ¿no? Imagínate como sería conocer a otra persona que pueda hacer magia como tú.

—De eso quería hablarte. Antes de mí existieron más hechiceras de hielo, muy peligrosas, con las mismas habilidades que yo.

— ¿Crees que podamos encontrar alguna? Porque podríamos hablar con algunas personas-

—No, no lo creo. De haber alguna otra viva, padre la hubiera encontrado.

— ¿Entonces eres la única que queda?

—Sí y no. Soy la única Reina de las Nieves que hay ahora, pero no la única persona que puede hacer magia.

— ¿Quieres decir que encontraste a alguien más?

—Así es…

— ¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Qué estamos esperando? Vamos a buscarla.

—Ya la encontré.

— ¿Quién es?

—Prométeme que no harás un escándalo.

— ¿Yo? ¿Por qué haría un escándalo?

—Sólo hazlo.

—Bien, lo prometo. Ahora dime.

—Hans—se queda quieta un momento, tratando de procesarlo. Va a estallar en cinco, cuatro, tres, dos, uno…

— ¡¿Qué?! —su voz es una octava más alta que de costumbre.

—Anna, cálmate.

— ¡¿Cómo quieres que me calme sabiendo que ese sociópata tiene poderes y podría matarnos a todos?!

—No grites. Esto no lo puede saber nadie más, absolutamente nadie. Y no lo hará.

— ¿Cómo estás tan segura? Él quería casarse conmigo y asesinarte para llegar al trono.

—Confía en mí, lo conozco mejor. Y no usaría su poder, es su secreto, no lo sabe nadie más que su familia y nosotras dos.

—Está mintiendo.

—No, este es el tipo de secretos que de saberse, llegaría la noticia a todas partes. Como lo que pasó en mi coronación.

—No, esto no está bien. ¿Por qué él?

—Créeme, me he hecho la misma pregunta desde que me lo mostró.

— ¿O sea que él también controla la nieve?

—No, su poder es el opuesto del mío, es el fuego.

—Claaaro, el psicópata es más peligroso todavía.

—No es peligroso, no para mí, al menos. Me ha estado enseñando a usar mi poder desde hace meses.

— ¿Cómo puedes confiar en él?

— ¿Crees que confío en él? Sé perfectamente lo que puede llegar a hacer, confiar en él es sería lo más estúpido que podría hacer.

— ¿Entonces por qué entrenabas con él?

—Porque es el único que puede enseñarme.

—Esto es demasiado para mí.

—No te pido que lo adores, sólo que no se maten entre ustedes si vamos a trabajar juntos.

— ¿Qué?

—Los necesito, a ambos. No puedo hacerlo sola, sin ti pierdo mi familia, y sin él, no habría aprendido mucho de lo que sé ahora. Por favor, te necesito.

Respira hondo en un intento por tranquilizarse. Sé que está haciendo un esfuerzo, igual que Hans cuando lo amenacé.

—Lo haré.

—Gracias—nos abrazamos un minuto.

Es una pequeña victoria. Ahora, sólo queda esperar que ambos cumplan su parte… será un largo camino. Hans me va a odiar por esto, pero no hay tiempo para preocuparse por nuestra extraña relación, no cuando las vidas de miles dependen de nosotros.

Hablamos de otros temas triviales, una conversación notoriamente forzada. Anna se va en cuanto nota que no quiero seguir con esto. Honestamente, prefiero que se ocupe de lo que tiene que hacer, o que salga con Kristoff, lo que sea, con tal de que se mantenga ocupada y no le dé más vueltas de las necesarias al asunto. Y con lo mal que se le da guardar secretos… fue una pésima idea.


Mientras me alisto para el día, recojo los papeles que tenía desparramados en mi cama y el suelo. Gerda ha hecho un gran trabajo al no entrometerse en esto, siempre los ordena, mas nunca los lee. Aprecio poder confiar así en ella. Es la única sirvienta que entra a mi habitación desde hace unas semanas, y prefiero que continúe de ese modo. Es más cómodo, y no hace preguntas complejas que no sabría responder.

En cuanto termino veo la hora en el reloj de pared. Son las nueve de la mañana. Me siento un poco culpable por no haberme levantado más temprano sabiendo que le prometí a Hans llegar a primera hora de la mañana. Bueno, ¿qué más podía hacer? Ya no aguanto este ritmo, necesitaba más horas de sueño.

Salgo de mi cuarto y voy camino a la habitación de Hans, de manera mecanizada por la costumbre, hasta que me doy cuenta de que nunca dijimos en qué lugar nos reuniríamos. ¿Y ahora qué? Podría estar en cualquier parte… si no lo conociera mejor, pensaría que está afuera. Lamentablemente lo conozco, sé dónde está, aún sin que lo diga explícitamente. Considerando su humor depresivo y la falta de interacción social que tiene últimamente, lo más probable es que esté en esa torre desierta en el último piso del palacio, como un murciélago en su cueva.

Subo hasta legar al cuarto, para encontrarlo junto a la ventana leyendo. Pálido, con círculos oscuros bajo los ojos, y aun así, dolorosamente atractivo, la palidez resalta sus ojos verdes y sus rasgos lucen más afilados, como si no bastase el aspecto cincelado que tienen normalmente. Es injusto, ¿por qué no puedo dejar de pensar en él de esa manera? En especial cuando su expresión de preocupación se esfuma al verme, como si le preocupara que no viniera. ¿Por qué?

—Ya era hora—dice él, dejando el libro de lado.

—Lo siento, estaba cansada y necesitaba dormir.

—Al menos te estás cuidando—la sombra se una sonrisa se asoma en sus labios—. Y bien, ¿hablaste con tu hermana?

—Sí—el asiente, sin mirarme.

— ¿Y qué dijo?

—Me costó convencerla, pero nos ayudará.

— ¿Y sobre mí?

—No la presiones, no tomó muy bien saber que tienes poderes igual que yo.

—Entonces sí le dijiste.

— ¿Qué esperabas? Es la única forma de que acepte.

—Todavía no entiendo qué demonios tiene que ver ella en todo esto.

—Es lo poco que queda de mi familia, y si para conservarla tengo que cortar el hilo del que pende nuestra relación, lo haré—por sus ojos se asoma un destello efímero de dolor, antes de volver a su expresión impasible.

—Lo sé, pero no significa que me encante la idea de que ella sepa sobre lo que puedo hacer.

—Lo lamento. Es sólo que… no quiero perder a nadie más.

—No lo harás.

—Eso no lo sabes.

—Finge que me crees por un minuto.

—He hecho eso antes, no termina bien.

—Trato de ayudarte, podrías cooperar un poco.

—No lo hagas. No vinimos a eso.

—Ya, dejémoslo hasta ahí.

—Mejor.

—Entonces, ¿qué quieres hacer?

—Pensé que querrías saber más sobre la leyenda que te dije.

—Claro, pero suponía que jugarías más conmigo antes de eso. Para estar extorsionándome, no lo haces muy bien que digamos.

—No te estoy extorsionando, tú aceptaste esto. Y no, no voy a jugar contigo. Con esto no.

—Te lo agradezco.

—Te traje esto—le paso el manuscrito con la historia de la Reina de las Nieves y el Príncipe del Fuego, al menos la mayoría de las páginas.

— ¿No lo habíamos leído ya?

—Este no, estaba en el fondo de la caja.

— ¿Y qué tiene de especial? —comienza a ojear las páginas.

—Léelo y luego me dices.

Le dejo que lea tranquilo, mientras yo me siento junto a él y observo el paisaje a través de la ventana. Todo sigue igual, como si incluso el tiempo se hubiese congelado y todos los días fueran el mismo. La misma gente en sus rutinas diarias, las columnas de humo de las chimeneas, los hombres limpiando la nieve de los caminos para que pasen las carrosas… el mar cubierto de hielo una vez más, después de lo que me costó hacer que retrocediera siquiera unos metros…

— ¿De dónde lo sacaste? —Hans interrumpe mis pensamientos.

—Ya te lo dije, venía en el fondo del baúl.

—No lo creo, lo habría visto.

—Venían cientos de hojas, es posible que lo pasaras por alto.

—Lo dudo, revisé todo.

— ¿En verdad es tan difícil creer que es cierto? No puedes controlarlo todo, y esto no lo viste, es así de simple.

— ¿Crees que sea cierto? —su tono es sarcástico, pero no lo suficiente como para ocultar un leve destello de esperanza. Quizás no sea una causa perdida después de todo.

—No lo sé, pero podemos averiguarlo.

— ¿Cómo? Dudo mucho que exista otra versión escrita de esto, las tribus del norte no tienen escritura.

—Pues busquemos una forma de comunicarnos con ellos.

—En un idioma que nadie más que ellos entiende, suena tan sencillo, ¿por qué no se me ocurrió antes?

—Debe haber al menos uno de ellos que hable la lengua de mi reino, así es como firmábamos tratados con ellos para dejar los límites de territorio marcados.

—Eso significa que uno de los jefes lo habla o tiene un intérprete. ¿Pero cómo los convencemos de venir, o siquiera de reunirse con nosotros?

—Fuera de que, en términos legales, soy la reina del territorio en que viven, si les mostramos lo que podemos hacer, no hay manera de que nos ignoren.

—Y de paso nos maten como una forma de regalo para sus dioses.

—Pensé que eras del tipo que toma riesgos, por estúpidos que sean.

—Verás, ya no estoy en mi mejor forma—se encoje de hombros y me observa con la cabeza ladeada.

—Creí que querías conocer más de tu poder.

—Quiero, pero lo que intentas hacer es imposible.

—No, sólo será muy difícil.

— ¿Y cómo esperas que llegue un mensajero al norte del norte con este clima y con los pasos montañosos cerrados?

—Iremos nosotros.

— ¿Vas a dejar Arendelle sólo por segunda vez?

—Anna puede quedarse.

— ¿Es broma, verdad? Ya viste lo que sucedió la última vez que dejaste a tu hermanita a cargo.

—La última vez casi logras llegar al poder, pero como vendrás conmigo, no será problema. Lo único que me preocupa es que dormiré con un ojo abierto.

—Si quisiera asesinarte, lo hubiera hecho hace meses, cuando te arrojaste a mis brazos a llorar.

—Eso no quita el que puedas intentarlo otra vez.

—Elsa, no voy a matarte, tienes mi palabra. Si lo crees o no, es asunto tuyo.

—Tu palabra no tiene valor. Sólo espero convivir en paz por un tiempo, por lo que dure el viaje. Después veremos qué pasa.

— ¿Has ido alguna vez?

—A la Montaña del Norte, sí.

—Me refiero a más allá de eso, a las tierras salvajes del norte.

—No…

— ¿Tienes un guía al menos? Porque ni teniendo el mejor mapa de la costa norte llegaríamos al lugar exacto donde viven los Tehel Jiekna o los Nahar Keel.

—Se me ocurre alguien que podría conocer los estrechos—el hombre de las montañas que Anna trajo consigo al parecer conoce muy bien los campos de hielo del norte y los bosques de la frontera, podría sernos bastante útil. Ahora, que venga con nosotros… eso es un problema mayor.

—Pues contáctalo.

— ¿Entonces vendrías conmigo?

—Sigo creyendo que es una pésima idea, la peor que has tenido desde que abandonaste Arendelle a su suerte la primera vez, pero sí.

—No sigas con eso, sabes perfectamente por qué lo hice.

—Y tampoco me agrada la idea de dejar a la princesa Anna al mando de tu reino. Más vale que volvamos lo más pronto posible.

—Independiente del carácter de Anna, confío en ella como persona y con asesoría del Concejo Real, hará un buen trabajo.

—Eso es lo que me preocupa. Si tardamos demasiado, además de usarla como marioneta del poder, ¿cuánto crees que tarden en organizar un alzamiento? Convencen a la gente, a los soldados, y listo, tienes una revolución perfecta.

—Lo sé, créeme que es una de las cosas que más me preocupa. A mí me tienen miedo, pero a Anna… si no la protegen, la harían trizas en menos de un día.

— ¿Y qué harás?

—Tengo que reorganizar los miembros del Concejo, mantenerlos interesados en que nuestra Casa Real siga en el trono.

—Si quieres un consejo, corta a las ramas subversivas, dales otros cargos de poder, nada que sea tan importante como para asumir el poder en caso de un golpe de Estado o tan nimio para dejarlos resentidos.

—Lo tomarán como una ofensa personal.

—No si les das algunas tierras o bienes que explotar, bajas sus impuestos, los dejas que produzcan lo que quieran y listo.

—Ya casi no quedan commodities en el reino, y la tierra está sepultada bajo el hielo.

—Pues, por algo vamos al extremo norte del mundo, ¿no crees? Para que puedas descongelar tu reino.

—Si no te conociera mejor, diría que estás siendo optimista.

— ¿Qué más puedo hacer? La otra opción es deprimente, y de pensar de forma realista, resaltaría las lagunas lógicas de tu plan. ¿Qué prefieres?

—Olvídalo.


Ahora falta lo complicado, juntar a los tres en una habitación sin que se maten entre ellos. Anna convenció a Kristoff de alguna manera, en parte para ganarse mi favor, y porque dijo que podría visitar su aldea natal en el camino. Aunque no se quejó tanto como esperaba, sí puso como condición que entre él y Hans no habría ningún contacto, y, para ser sincera, es más de lo que me atrevía a desear, muchísimo mejor. A Anna no le gustó en absoluto la idea, pero prometió ayudarme, así qué, aquí vamos.

Se supone que nos juntaríamos a las nueve de la noche, pero llevo más de media hora esperando a Anna y Kristoff. Sólo Hans se presentó a tiempo, demasiado puntual para encajar con la imagen de despreocupado que intenta proyectar. Ha estado sentado junto a mí, intentando en vano calmarme. Hasta hice que comenzara a nevar hace cinco minutos, por la preocupación. Y si continúo dando vueltas en círculos, haré un agujero en el suelo.

Estoy a punto de ir a buscar a mi hermana personalmente, hasta que las puertas se abren y llegan ella, su… novio, y Olaf. Al menos viene el muñeco de nieve, que de algún modo, tiene un efecto civilizador sobre todos. Es como tener un niño presente, hace que se moderen un poco. Nos sentamos en la mesa, estoy en el asiento del extremo, con Hans a la izquierda y los demás a la derecha. No se miran entre sí, están todos concentrados en mí, y probablemente, en evitar que estalle, excepto Olaf, que apenas aprendió a leer precariamente y se queda observando los dibujos que traen algunos de los libros de leyendas.

—Bueno, a estas alturas los cuatro saben lo que quiero hacer, así que ahora tenemos que organizarnos—comienzo a decir en mi tono de reina.

— ¿Ya hablaste con el Concejo? —pregunta Hans.

—No, pero sí con los parlamentarios de alto rango. Con los que confío, claro. No han puesto mayores trabas, les prometí que no pasarían más de dos semanas y que mantendría correspondencia con el reino.

—Si entiendes que nos tardaremos más de dos semanas en volver, ¿verdad? —pregunta Kristoff. Le enarco una ceja y él vuelve a su postura humilde— Lo siento, es que en ir al norte vamos a tardar dos semanas tomando atajos, una y dos días si vamos rápido y sin contratiempos, y sumando los días que nos quedaremos allá, más los que tardaremos el volver, estaremos al menos unas tres semanas fuera.

—Y ese es el mejor caso—agrega Hans.

—No me gusta que estén fuera tanto tiempo—dice Anna.

—No te preocupes, vamos a volver lo antes posible, lo prometo—le responde Kristoff tomando sus manos entre las suyas… un gesto que me recuerda con una punzada venenosa de dolor y envidia al tiempo en que Hans hacía lo mismo conmigo.

—Si es que volvemos—replica Hans jugueteando con los papeles de la mesa.

Hans—le siseo.

—Acéptalo, es una misión suicida en la que tenemos las probabilidades en contra.

—Es la única opción que nos queda, a menos que tengas una idea mejor, porque me encantaría escucharla.

—Sólo les recuerdo para que no hagan promesas que no pueden cumplir.

— ¿Como las tuyas? —pregunta Anna con inocencia fingida.

—Por enésima vez, no te prometí nada. A tu hermana tal vez, pero a ti no.

—Hans, Anna, ya es suficiente. No quiero ataques personales ni cobros de sentimientos, así nunca llegaremos a un acuerdo.

—Reina Elsa, con todo respeto, no puedes esperar que nos llevemos bien luego de todo lo que pasó con ése.

—No les pido que se lleven bien, no tienen que hablarse más de lo necesario, sólo convivan en paz por lo que dure el viaje, por favor.

—Elsa, no pidas lo que no se puede—dice Hans calmadamente—. Es como mezclar agua con aceite y querer que se combinen homogéneamente.

—Sólo compórtate, ¿quieres? Y en lo posible, no hables, cada vez que lo haces provocas una pelea.

—No es mi culpa que ese par no sepan comportarse.

—Te recuerdo que 'ese par' son parte de mi familia, y no estás en posición de poder insultar a ninguno de ellos.

—No los insulto, sólo digo lo que es cierto.

—Ignorémoslo, no dice nada útil cuando habla—dice Anna con un gesto de desdén. ¿Por qué tienen que ponerlo tan difícil?

—Anna, no empieces.

—Majestad, ella tiene razón en eso. Cada discusión la empieza él—la defiende Kristoff.

— ¿Yo? No es mi culpa que la princesa no tenga modales ni sepa argumentar sin gritos-

—Hans, déjalo ya—le interrumpo. Son un dolor de cabeza andante. Si viajamos juntos, me aseguraré de mantenerlos a ambos a una distancia mínima de veinte metros y sin objetos que arrojarse—. Ahora, ya explique que Anna se quedará acá en Arendelle gobernado en nombre de la Casa Real Bernadotte.

—A la orden, capitana—hace un gesto imitando a los soldados en formación.

— ¿Puedo ir yo también o me quedo en Arendelle? —pregunta Olaf, que hasta ahora había mantenido silencio absoluto. Mira con una cara de cachorrito abandonado en la calle que me hace sentir culpable.

—Lo siento, pero no podemos llevarte. Además, alguien tiene que quedarse a cuidar a Anna y contarme todo lo que pase en el castillo, ¿entendido?

—Oh, vamos. Llevémoslo, a los salvajes les encantará ver el muñeco que habla—dice Hans.

— ¿Entonces sí voy?

—No. Hans, no lo ilusiones. Olaf, tendrás que quedarte aquí mientras estamos en el norte.

— ¿A dónde vamos, exactamente? —pregunta Kristoff.

—A buscar a la tribu Tehel Jiekna o la de los Nahar Keel, y tal vez a la grieta del glaciar que aparece en la historias.

—Con los Nahar Keel no, no son pacíficos y no les gustan los extraños. Y esa grieta… ¿tienen alguna idea de dónde queda?

—Es una isla que aparece en este mapa—le paso uno de los trabajos de Friederich Wagenknetch.

—Un minuto, ese es el abuelo Pabbie—interrumpe Anna, tomando un libro escrito en runas nórdicas, con la imagen de un troll—. ¿Y si buscamos a los trolls antes de ir? Es más fácil y podrían darnos una idea de cómo acabar con el invierno sin que dejen el reino por semanas.

Estupendo, busquemos una leyenda para encontrar otra—dice Hans.

—Dijo el brujo pirómano—le responde Kristoff.

— ¡¿Le dijiste a él también?! ¿Por qué no lo anuncias en público de una vez por todas?

—Lo lamento muchísimo, pero tarde o temprano se iba a enterar. Además, no es que sea muy sociable como para andar compartiendo secretos.

— ¡Oye!

—Lo siento, pero es verdad.

—Y volviendo al tema de estos… trolls, ¿cómo se supone que los encontremos? —pregunta Hans.

—De eso nos encargamos nosotros—dice Anna, pagada de sí misma.

— ¿Los han visto alguna vez? —pregunto.

—Claro, ellos son la familia adoptiva de Kristoff, me ayudaron a sanar antes de volver.

Perfecto—dice Hans—. ¿Puede ser más raro todavía? Tu magia, la mía, el muñeco de nieve parlante, tu hermana pródiga, el que le habla a los renos y ahora una familia de trolls.

Admito que, ahora que lo dice, pienso que somos el grupo más raro que he conocido. ¿Cuál es la probabilidad que alguien tanta relación con lo extraño y lo sobrenatural?

—Por raro que sea, ahora sirve muchísimo—le respondo.

—Una duda, si ese tiene poderes de fuego y calor, ¿por qué no descongela el reino él mismo? Es lo más lógico—pregunta Kristoff.

—Porque lo quemaría en el proceso, genio. ¿No crees que fue lo primero que se nos ocurrió hace meses?

—Ni para eso sirves—dice Anna—. Lo único bueno que podrías hacer por Arendelle es imposible.

— ¿Y crees que el reino se ha mantenido sólo? Ahora que estés gobernando vas a saber lo que es la verdadera responsabilidad, cosa que nunca has tenido, princesita.

—Paren los tres, ahora mismo—congelo la mesa en un acto dramático para llamar su atención.

—Ya, si tampoco nos estábamos matando ni nada—dice Anna jugando con sus trenzas.

—Esto es importante, no puedes llegar y dejar el reino en manos de tu hermana, considerando que no es capaz de mantener una conversación en un tono decente.

—Lo siento, normalmente no hablo con psicópatas traidores, no sé cómo hablar con ellos.

— ¿Y a ella la vas a dejar a cargo de tu reino?

—Acá el único peligroso en el trono eres tú.

—Elsa, has que se controle, por favor. Tendrá una guerra civil en tres días, apuesto lo que quieras por ello.

—Estábamos hablando del viaje, no de quien puede o no estar en el trono—Dios, ¿es mucho pedir cinco minutos sin que se ataquen? —. Ahora, ¿están seguros de que los trolls pueden ayudarnos?

—Ellos me curaron dos veces, Elsa. Son los únicos que saben cómo deshacer tus hechizos.

—Recuerdo bien la primera, pero no creí podríamos buscarlos. Y pensar que pudimos hacer esto hace mucho.

—No tenías cómo saberlo—dice Hans de modo curiosamente tranquilizador—. Habríamos ido hace meses de saberlo.

—No te hagas el santo con mi hermana.

—Tú no estuviste aquí cuando ella lo necesitaba, yo sí. Estuve con ella todos los días, la entrené todo lo que pude, trabajamos meses en buscar cómo descongelar el reino mientras tú estabas quién sabe dónde.

—Sabes que si pudiera habría estado aquí.

—Sí, pero no fue así. Yo cuidé de tu hermana todo este tiempo y pienso seguir haciéndolo—se oye tan protector que siento algo cálido en mi estómago, algo que si no lo suprimo, me hará caer con él otra vez.

—Volviendo al tema del viaje, ¿les parece si partimos mañana? —Kristoff llama a la razón. Aleluya.

—Mañana es muy pronto, tengo que informar al Concejo primero y tener su aprobación. Partiremos en dos días, conseguiré una embarcación y un trineo para cuando lleguemos a la isla.

—Preparen su ropa de invierno, será un largo viaje y el clima del norte no perdona a nadie—dice Kristoff frotándose las manos.


A/N: hola, hola! luego de meses de ausencia (porque, pos entre estudios, intento de vida social y precaria vida amorosa, uff) les traigo otro capítulo que quería publicar hace mucho, estaba planeado casi desde el principio de la historia, igual que los que vendrán (no, no voy a abandonar la historia, sólo tengan paciencia).

Puede—puede, no prometo nada— que publique el capítulo 26 en una semana, más o menos, si es que la suerte está de nuestro lado.

Hasta enconces, no olviden comentar (aunque no responda todo, creánme que leo cada uno de sus comentarios y me taldeo XD), dar favorite y follow :3

Bye!