Hola! Sí, soy yo, Fanclere, la súper desaparecida y de verdad que lo siento. Digamos que un cúmulo de situaciones estresantes con el infierno llamado universidad secó mi creatividad del todo y, si le añadimos el asfixiante calor que hemos sufrido este verano… en fin que no salía ni una sola palabra.
Agradezco mucho que, pese al gran parón de este fic, le deis una oportunidad y nos animéis con votitos y comentarios, nos alegran muchísimo tanto a mi compi de aventuras como a mí.
Solo me queda agradecer la paciencia que habéis tenido esperando este capítulo y que lo disfrutéis, espero que os guste tanto como a mi escribirlo, o más ya que estamos.
Nos leemos en los comentarios. Mil besos a tod s.
CAPÍTULO 24 LA BALANZA
El cielo estrellado se expandía ante sus ojos, como un manto inalcanzable, imperturbable… Tan lejos de las injurias, los miedos y el dolor que arrasaba Letian desde hacía demasiado tiempo…
Un suspiro apenas audible escapó de sus labios mientras sus pupilas aguamarina no se apartaban del fulgor y el brillo de los millones de cuerpos celestes que acompañaban sus noches de insomnio, noches en vela siempre pensando en ella, en Lexa.
Con ese anochecer ya eran más de diez los que pasaba lejos de su reina, de su otra mitad y su alma le dolía, sus sueños se teñían de conspiraciones y pesadillas para que, al llegar el alba, saltase sobre su montura sin mirar atrás, viajando sin parar, buscando encontrar esa ayuda tan necesaria que equilibraría la balanza en su favor contra Nia.
No podía ceder, no podía flaquear… por mucho que el destino jugase sus cartas al parecer en su contra. Cerró los ojos intentando recuperar en sus más hermosos recuerdos el rostro señorial de Lexa, sus ojos del color del bosque más frondoso, teñidos de oscuridad y deseo al mirarla, sus labios buscándola, su piel unida en un solo ser… Aparentaba fortaleza durante el día, cabalgando sin pausa y sin destino fijo buscando sentirse útil, sentir que Wanheda merecía ser amada por alguien tan noble y puro como la reina de los elfos, mas su interior se derretía como lava ardiente de necesidad, la necesidad imperiosa y asfixiante de volver a los brazos que había abandonado en TonDC.
Su primera parada fue la ciudad Santa, Polis, buscando supervivientes que poder ayudar, información sobre la cruel guerra que Nia acababa de iniciar asolando y destruyendo lo más sagrado de Letian. No había tiempo que perder, no podía detenerse a contemplar la posibilidad de una tregua pues sabía que Nia jamás accedería, no hasta tener en su poder la cabeza de su amada Lexa y ella, bajo ningún concepto, podía consentir perder lo mejor que le había pasado en la vida por la ambición de un ser mezquino y cruel que solo ansiaba reinar en Letian con sangre y fuego.
Aún sentía como el estomago se contraía con los recuerdos, Polis, antaño inmaculada y bella, el regalo de los dioses a la humanidad, con sus calles llenas de color, la armonía en su brisa estival, con sus construcciones milenarias inalteradas en el tiempo, Polis y su hechizo de paz y harmonía yacía bajo los escombros de la ambición y el terror… Nada quedaba de la majestuosa ciudad que vio nacer su historia de amor. El fuego había destruido cada rincón y volver a entrar en ella fue lo más parecido a penetrar en el hogar de los fantasmas, ni un solo sonido podía percibirse en kilómetros a la redonda, como si el mundo entero se hubiese detenido ante tal afrenta y llorase en silencio la pérdida del lugar.
No encontraron supervivientes en su incursión, solo desolación y miseria, recibiendo un crudo golpe de realidad… La misión que se había autoimpuesto y a la que había arrastrado a Raven y Octavia flaqueaba por momentos.
Estaba lejos de Lexa, lejos de cumplir su objetivo, perdida en medio de Letian sin un plan, sin un rumbo a seguir, un camino a traza, sin mapa, sin apenas provisiones y, sobre todo, sin ganas de rendirse… Ella era Wanheda, una leyenda, temida por todos adorada por la humanidad, era el alma gemela de Lexa y tenía que estar a su altura.
Cuando el sol empezó a despuntar en el horizonte, suspiró, una noche más sin dormir, con las manos heladas anhelando aferrarse a la tibia piel de su reina. Sin dejarse derrotar por la fatiga o la nostalgia, se alzó casi de un salto, dispuesta a continuar su empresa, despertando con cuidado a Raven y Octavia, que se hallaban sumidas en un profundo sueño donde las preocupaciones del mundo no osaban turbarlas, una en brazos de la otra, provocándole una sonrisa cargada de nostalgia y dibujando en su mente una vez más los ojos verdes de Lexa, su reina, por la que todo cuanto hacía cobraba sentido.
Tras un ligero desayuno cargado de miradas indiscretas entre la semielfa y su mejor amiga, se pusieron en marcha una vez más, en silencio, cabalgando contra el viento y sus propios miedos, buscando cualquier indicio de humanidad…
Agotadas, frustradas, con el miedo en sus labios, sin atreverse a pronunciar las palabras, quizás estaban perdidas, quizás era una misión sin sentido buscar aliados cuando las alianzas fueron forjadas hacia milenios y nadie osaría quebrantarlas… Mas hasta hacía unos días habrían jurado que nadie atacaría Polis y la ciudad santa se había convertido en ceniza…
Cuando el sol estaba en lo más alto, quemando con sus rayos y acariciando sus retinas cegándolas, decidieron parar a recuperar el aliento y guarecerse bajo la sombra que los árboles, apartados del camino, ofrecían.
Como venía siendo costumbre, el silencio bailó entre ellas, con Clarke sumida en sus propias cavilaciones y sus compañeras de viaje comunicándose con mirada y sonrisas, preocupadas por Wanheda y su mirada, cada vez más fría y apagada, denotando que se alejaban del reino elfo más y más…
Después de comer, se dispusieron a disfrutar de la sombra y la suave brisa fresca que acariciaba las hojas de los árboles antes de emprender el camino. Clarke, intentando dar intimidad a sus amigas, se apartó cogiendo sus armas, dispuesta a afilar su espada y los puñales variopintos que llevaba escondidos entre sus ropajes buscando entretenerse mientras llegaba el momento de partir.
Enfrascada en su labor, de pronto sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, deteniéndose en el acto y prestando atención a cualquier sonido fuera de lo normal.
Con un gesto apenas perceptible, alertó a Octavia y Raven de que algo no marchaba bien y estas agarraron sus armas, adoptando posición de defensa y esperando un ataque inminente ya que el instinto de Wanheda jamás erraba.
El chasquido de unas ramas, no muy lejos de su posición, la obligó a empuñar su espada de un salto, lista para emprender batalla en cualquier momento, fuese quien fuese el extraño que las acechaba desde la espesura.
Grande fue su sorpresa cuando de entre los matorrales no se presento ningún soldado, hombre armado o tan siquiera un animal salvaje dispuesto a atacarlas… En su lugar fue una joven muchacha la que apareció ante ellas mas le bastó una simple mirada para saber que no estaba ante una simple joven como ellas, su rostro sereno y frío, sus cabellos rojos y enredados, sus ropajes salvajes y extraños… todo en su extraña visitante gritaba que estaban en peligro mas su cuerpo no obedecía a las señales de alarma que recibía, hechizada por la mirada oscura de la joven, clavada en ella y provocándole un escalofrío y sudor frío recorriendo su espalda, por primera vez en su vida Wanheda supo lo que se sentía al estar completamente aterrada.
La extraña mujer se fue acercando a ella, lentamente, como si flotase sobre el suelo y provocando que sus rodillas empezasen a temblar, la espada resbalase de sus sudorosas manos y diese contra el suelo sin poder detenerla o sujetarla mientras no podía apartar sus ojos claros de la mirada oscura y penetrante de aquella criatura a la que su mente ya había identificado como bruja. Cuando apenas las separaban unos centímetros de ella, mutó casi imperceptiblemente sus rasgos dibujando en ellos la sorpresa, poco antes de mascullar con una voz grave y antigua como el mismísimo bosque.
-Vos sois Wanheda, comandante de la muerte… No sois bienvenida aquí
Clarke tragó con gran dificultad, intentando deshacer el nudo nervioso que se había formado en su garganta.
-Soy Wanheda, mas solo estoy aquí en vuestro bosque de paso, mis intenciones son encontrar a los rebeldes de Nia, los soldados que como yo sientan en el alma la destrucción de Polis y decidan alzarse contra tal afrenta
Ante la mención de la ciudad santa, Clarke creyó ver como los ojos de la bruja se teñían de un dolor inmenso, solo unos instantes ya que esta apartó la mirada fijándola en un punto inexacto del bosque.
-Polis ha caído, los dioses lloran la pérdida de su santuario… Dime Wanheda, ¿Como piensas devolver la armonía que tu reina ha destruido con su ambición?
-Nia no es mi reina, mi lealtad le pertenece a Lexa, soberana de los elfos, es por ella que lucho, solo ante Lexa Wanheda se arrodilla, Nia morirá por su afrenta
De pronto, la sensación de ahogo y terror que se había alojado en su pecho, fue desapareciendo y con ella su inmovilidad mientras los ojos oscuros de la muchacha recuperaban su estado normal, dejando atrás el negro de la noche para mostrarse del color de la tierra humedecida.
-Si tu camino es derrotar a la reina y vengar la ofrenta a los dioses me gustaría compartirlo, Wanheda… Esa es mi misión, la que ellos me han otorgado, devolver el equilibrio que la destrucción de Polis ha quebrado
-Quien sois
-Tengo muchos nombres Wanheda, pero solo uno que seais capaz de pronunciar…
-¿Cómo debo llamaros?
-Luna, llamadme Luna
-¿Qué sois vos Luna? Jamás conocí en mis múltiples aventuras un ser capaz de aterrarme e inmovilizarme con solo una mirada
-Soy sacerdotisa de los dioses antiguos, una hechicera que lucha en su nombre… Soy quien va a equilibrar tu balanza
-¿Cómo?
-Los dioses saben por qué trazan sus caminos, Wanheda. Nos han juntado con un propósito, buscamos lo mismo y conmigo a vuestro lado podemos conseguirlo… Encontraremos el ejército que andáis buscando, con los dioses de nuestro lado, la reina Lexa no puede fallar.
Clarke meditó las palabras de la hechicera durante unos instantes… Por primera vez desde que emprendió su viaje veía una posibilidad, una luz al final del túnel, una ventaja para su Lexa en esta guerra absurda y sin sentido.
Sus ojos buscaron a sus acompañantes, pidiendo sin palabras su opinión sobre la oferta de aquella mujer. El rostro de Octavia se iluminó mientras asentía con una sonrisa curiosa y ansiosa ante las posibilidades que se abrían ante ellas con su inesperada ayuda y Raven se encogía de hombros sabiendo que, tomase la decisión que tomase iba a apoyarla.
Finalmente se giró mirando una vez más los ojos de la hechicera, mucho más humanos ahora que la oscuridad había desaparecido de ellos y suspiró.
-Está bien Luna, únete a nosotras pero hazme un favor, llámame Clarke.
