Supersayana yo no confirmo ni desmiento nada... todo puede pasar. Sí, Anzu ha muerto, Love. Lloraremos todos por ella. Y sí, la niña es una caníbal asesina.
Lacey
Cuando abrí los ojos en aquella cama de hospital me encontraba confusa, desorientada. Me llevé la mano al estómago, y noté como mi barriga había recuperado su tamaño normal. Ni tan siquiera tenía estrías. Pero lo siguiente que atrajo mi atención fue la joven. Esa joven que, como si se estuviese hecha de papel, cogió a Maléfica y la arrojó por la ventana.
_ ¡Cómo se te ocurra tocar a mi madre te convierto en polvo!_ Exclamó mirando por la ventana.
Aún estaba un poco en shock cuando la vi apoyarse en el quicio de aquella ventana y coger una pierna mordisqueada. Volvió a la tarea de seguir comiéndosela cuando se percató de mi movimiento. Sonrió, llenándose los cachetes de sangre. Dejó la pierna a un lado y se acercó, abrazándome posesivamente.
_ ¿Tú eres mi hija?_ Pregunté, dudosa.
_ Bueno... en una tercera parte, sí._ Dijo, riéndose y soltándome.
Decidí intentar pasarlo todo por alto. Confieso que había esperado que lo que saliese de mí tuviese cuatro brazos, ocho ojos y puede que unas enormes alas. Con todo, que fuese una chica adolescente era muchísimo mejor que la más suave de mis tristes fantasías sobre lo que iba a nacer cuando empecé a ver que empezaba a expulsar un líquido negro más parecido a ácido de batería que a líquido amniótico.
_ ¿Y cómo me vas a llamar?_ Preguntó, sacándome de mi marea de ideas.
_ Yo había pensado llamarte Ginger._ Reconocí, mirándola._ Pero podemos cambiarlo si no te gusta.
_ No, me gusta. Ginger... está muy bien._ Se rió. Su risa me daba escalofríos.
_ Ahora deberíamos ir a limpiarte... estás hecha un desastre._ Dije, mientras me ponía en pie. Lo cierto es que yo no estaba mucho mejor._ Debería haber un lavabo por aquí.
_ En realidad... tengo una idea mejor._ Dijo, tomándome de la mano.
Noté una sensación fría por todo mi cuerpo y, cuando quise darme cuenta estaba metida en un jacuzzi. Uno muy cómodo, a decir verdad. El agua estaba caliente y Ginger no dudó en ponerlo en marcha. Inmediatamente sentí como todo mi cuerpo se relajaba, y aquel líquido empezaba a desaparecer. Ginger era pálida, como su madre, con el pelo largo y lacio, que caía en mechones oscuros sobre esa piel pálida como el mármol. Pero sus ojos, sus ojos azules como el cielo, eran los míos.
Lo admito, se estaba muy bien con ella. Había sentido ese vínculo inmediato que se supone que sienten los padres por sus hijos.
_ Bueno... ¿Vamos a resucitar a mi otra madre?
Emma Swan
Huir era algo que hacía demasiado últimamente. Pensaba mucho en el asunto de la huída, que muchas veces era como una liberación. Me había pasado toda mi vida huyendo de distintas cosas. Pero la verdad es que estaba cansada de hacerlo y esperaba que Regina finalmente me hiciera reaccionar. Me había salvado, pero no estaba bien quedarse allí. Yo lo sabía, e intuía que Regina también.
Cuando abrí los ojos, sintiendo todo mi cuerpo acalorado, sin embargo, no pude evitar pensar que Regina no tenía mucha prisa. Subí la manta y la encontré con sus labios sobre lo más profundo de mi anatomía. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, pero notaba todo mi cuerpo como un hierro candente.
_ Realmente eres malvada._ Murmuré. Ella me guiñó un ojo.
Me llevé las manos a mis pechos y los apreté con fuerza, notando como el placer me estaba invadiendo. Regina era malvada, me había dejado provocada para que mi única reacción al despertar fuese la que estaba haciendo. Necesitaba acariciarme, buscando un orgasmo que mi cuerpo cada vez ansiaba más. Apreté mis pechos con saña, mientras notaba los dientes de Regina jugar con mi clítoris.
No era ni de lejos lo más intenso que habíamos hecho. Es más, Regina apenas se estaba moviendo, y sin embargo mi cuerpo estaba respondiendo de forma deliciosa. Traté de aguantar, pero finalmente Regina, malvada como ella sola, me dio un intenso mordisco en mi particular joya y me hizo explotar, cayéndome sobre la cama.
_ Buenos días..._ Me saludó, colocándose sobre mí._ Espero que hayas dormido bien.
_ Bueno... sí... he dormido bien. Aunque lo mejor ha sido el despertar._ Dije, coqueta, pasando uno de mis dedos por su canalillo.
_ Tenemos que salir, Emma._ Me interrumpió, en parte rompiendo la magia._ El ejército se ha marchado pero... aún quedan amenazas de las que tenemos que encargarnos nosotras.
_ ¿Y por qué nosotras?_ Pregunté, suspirando._ ¿Por qué no quedarnos aquí?
_ ¿Se lo confiarías a alguien más? Si no salimos ahora puede que no podamos salir nunca. ¿Quieres eso?
_ Vale... está bien._ Dije, poniendo los ojos en blanco._ ¿Y qué pasa con Henry?
_ Henry se queda aquí. Quiero que esté seguro.
Lacey
Ya vestida mi hija no daba la impresión de ser un monstruo horripilante como al principio. De hecho, parecía una adolescente completamente normal. Algo gótica, sí, pero nadie de quién hubiese que salir huyendo. Decía que podía volver a traer a Shery, a pesar de que, por lo que había oído, había muerto. Lo cierto es que no me hacía especial ilusión volver a verla. Sí es cierto que el sexo era increíble, pero después de convertirme en "su esposa" lo único que había hecho había sido preñarme. Si quería más hijos yo no estaba por la labor.
Me llevé la mano a los labios al ver cómo había quedado mi local. Estaba destrozado. Hasta las últimas consecuencias, atrapado bajo una muralla de espino. Ginger suspiró con desagrado, pero se acercó a las cenizas que habían frente al local. ¿Eso era todo lo que había quedado de Shery? ¿Unas cenizas mal esparcida sobre el asfalto? Cualquiera diría que eso demostraba muy poco en su favor. Ginger se acercó, agitó la mano, como si espolvorease algo invisible, y las cenizas empezaron a moverse, como atrapadas por un tornado.
El tornado fue tomando violencia, tiñéndose de rojo, hasta que finalmente hubo un estallido y Ginger salió despedida hacia atrás. De pie, y vestida con una larga gabardina negra abierta, estaba Shery, completamente restaurada. Su primera acción fue tragar aire desmesuradamente y mirar en todas direcciones.
_ ¿Dónde estoy?_ Preguntó, observándonos.
_ Soy tu hija... y ella tu mujer._ Dijo Ginger, acercándose._ ¿No te acuerdas de ella?
_ Todo está... confuso._ Dijo... llevándose la mano a la cabeza, parecía que le costaba pensar.
_ Me temía que esto pudiese pasar._ Dijo Ginger._ Tiene la memoria echa trozos.
_ Bueno... tranquila Shery... Te ayudaremos a recordar._ Dije, poniendo una mano sobre su hombro.
Ella me miró, y sentí escalofríos, porque sus ojos no se parecían en nada a los que recordaba. La malicia de su mirada estaba perdida. Realmente no habría un sólo detalle en su mirada que pudiese identificar como la de Shery, a pesar de que evidentemente, era ella. Nuestros recuerdos nos convertían en las personas que éramos. Y ella había perdido los suyos.
_ Creo que necesito dormir... y aclarar mis ideas._ Dijo, cerrando los ojos._ Me siento como si un tren me hubiese arrollado.
Maléfica
Había silencio en el cementerio. Éramos pocas las personas que habíamos acudido a aquella ceremonia. La mayoría de la gente aún tenía demasiado miedo. En parte yo también lo tenía. Esa gente ni tan siquiera habían visto a la monstruosidad que Shery había creado para satisfacer sus ansias de poder. Nos encontrábamos allí tan sólo Lucrezia, Lily y yo.
El funeral de Anzu sería el momento más triste que sería capaz de recordar en mi vida. Sentía mi arma agrietada en miles de pedazos, de forma que creía irresoluble. Y ni tan siquiera había tenido una despedida digna para lo que se merecía.
Dejé una rosa sobre aquella lápida que había tenido que grabar yo misma... sobre una tumba sin cuerpo, una tumba llena de enseres personales que poco o nada podían compararse a ella. Recordaba aún su aroma, fresco y vibrante... que podía sentir incluso en el aire si cerraba los ojos.
_ Mamá._ Me dijo Lily, sacándome de mi ensimismamiento._ Debemos irnos.
Abrí los ojos y asentí en voz baja, dejando aquella tumba, no sin antes darme un beso en la palma de la mano y pasar los dedos por la lápida, intentando en vano sentirme más cerca de ella. Noté que empezaba a llover, y en cierto sentido, lo sentí apropiado. Tenía que acabar con ese monstruo... tenía que hacerlo por la memoria de Anzu.
Ingrid
Creía que había convencido a Zelena para que hablase con Regina, pero lo cierto es que estaba equivocada, puesto que en cuanto Regina y Emma entraron por la puerta, comenzaron los gritos, las amenazas y los insultos por ambas partes. Estaban demostrando la madurez propia de niñas de cuatro años. Trataba de llamar su atención, pero resultaba inútil.
Las miraba, una frente a la otra, mientras sus voces se iban alzando cada vez más. Regina gritaba que no podría confiar en ella jamás, que había intentado quitarle al amor de su vida, que era demasiado tarde para fingir que pretendía que se llevasen bien como hermanas. Zelena exclamaba que tampoco merecía la pena intentarlo, porque Regina era una egoísta.
Y entonces, la puerta de la entrada salió volando por los aires, y las dos hermanas se detuvieron, poniéndose en posición de batalla, mirando hacia la puerta donde Maléfica, acompañada de Lucrezia y Lily, decidía entrar. A fin de cuentas, aquella era su casa, y nosotras éramos las intrusas.
_ Callaos._ Dijo, consiguiendo lo imposible._ Porque estoy muy cansada, y no pienso repetirlo.
Podía ver el tormento en sus ojos, ojos enrojecidos por el llanto. Sabía reconocer esa expresión. Es la que habría podido ver en mí misma si hubiese un espejo dentro de aquella horrible urna que me mantuvo cautivo durante tantísimo tiempo. Pasé muchísimo tiempo sufriendo por la pérdida de mi hermana.
_ Me importa un bledo lo enfadadas que estéis entre vosotras, o los problemas que tengáis._ Dijo. El silencio que cortaba su voz era tremendamente opresivo._ Nos enfrentamos a un poder como no hemos visto jamás, y si no queréis morir, os aconsejo que dejéis esas riñas absurdas... porque en el infierno, vuestras historias de celos y envidias no importarán en lo más mínimo.
No dijo nada más antes de subir por las escaleras, acompañada por aquellas dos jóvenes. Pero fue más que suficiente para que Zelena y Regina firmaran una tregua. Aquella noche escucharía llorar a esa pobre mujer, que sufría por un dolor que era imposible sanar.
Sheryanna
Creo que la descripción que me habían dado era más que correcta. Mi mente estaba hecha pedazos. No conseguía recordar nada. Ninguna imagen acudía a mi memoria, que pudiese llenar esos oscuros huecos que tenía. Lacey parecía preocupada por ello. A Ginger, en cambio, parecía darle igual. Yo me sentía vacía por dentro.
Me hablaban sobre conquistas y ejércitos. Al parecer yo tenía el plan de destruir la ciudad de Storybrooke. Pero no entendía por qué. La ciudad, que en aquellos momentos pateaba, tenía bastante encanto a pesar de que todo el mundo me rehuía.
No sabía cómo, había acabado en el cementerio. Mi vista se centró en una rosa, una que había sobre una tumba, que parecía fresca. Me acerqué, y pasé la mano por el relieve de aquella lápida. Me preguntaba qué historia contaría.
_ Anzu Stealer..._ Murmuré, mirándola._ No sé por qué... pero tengo la impresión de que tú tendrías cosas que contarme.
Por algún motivo, mirar aquella lápida me producía una sensación incómoda en el estómago. Me sobrevino una arcada y tuve que apartarme. Detesté aquella sensación, y decidí volver a casa. Notaba el cuerpo completamente agotado.
Elsa
La vergüenza se había apoderado de mí. Me había convertido en un monstruo. En una criatura que sólo pensaba en el sexo. Me dolía la espalda por el peso de mi pecho, y lo cierto es que aún me ardía todo por haberme quitado los piercings. Había pasado la mitad del día en el hospital. Me había tomado la píldora del día después, pero estaba casi segura de que no surtiría efecto. Había vomitado en una esquina antes de llegar ante el hogar que en su día la maldición me había dado.
Sin embargo, cuando abrí la puerta y me encontré a Lacey sentada en mi sofá, sentí como el mundo se me echaba encima. No, ella no. ¿Es que no había sufrido ya bastante? Mis ojos pasaron de ella a la jovencita que me acompañaba, fijándose en sus ojos llenos de deseo. Miraba del mismo modo en que Shery lo hacía. Sentí que el corazón me daba un vuelco.
_ No me dijiste que esta era la casa de Elsa, Ginger._ Dijo la mujer.
_ Se me olvidó, lo siento, mamá._ Se rió._ Por qué... ¿Te molesta? ¿Quieres que la haga desaparecer?
_ ¡No!_ Supliqué._ Cualquier cosa menos esa.
_ En realidad a tu madre le gustaba más como zorra._ Intervino Lacey._ Quizá si la reconviertes eso ayude a su memoria.
Sentí como el mundo se me venía encima. Y quise gritar "Otra vez no" con todas mis fuerzas. pero aquello no serviría de nada. No me harían caso. Aquellas personas no tenían piedad. De todos modos, no tenía ninguna otra alternativa a las súplicas.
_ Por favor... no volváis a convertirme en eso...
_ No sé... Elsa... La verdad es que mis partes bajas te echan de menos._ Se burló Lacey.
Y entendí lo que tenía que hacer para que mi mente no se llenara de bruma otra vez. Sentía verdadero asco, pero era la única forma. Me acerqué, subí su falda y, tal como recordaba, no había ninguna ropa interior. Llevé su sexo a mis labios y empecé a lamerlo. Desgraciadamente, sabía exactamente como ella quería que se lo hiciera.
Sin embargo, no pude evitar dar un respingo al notar como alguien se internaba en lo más profundo de mi trasero. Aquella adolescente ni tan siquiera había avisado. Su lengua no parecía tener fin, explorando hasta lo más profundo de mi esfínter. Creía que ya había tenido bastante, cuando mi sexo fue profanado, una vez más, como tantas antes.
Al parecer, aquella joven tenía también rabo, como Sheryanna, y este no tardó en comenzar a ganar longitud y anchura mientras iba entrando cada vez más en mí. No pude evitar gemir de gozo. Los demonios sabían bien cómo dar placer. Estaba tan concentrada en los ataques de la adolescente, que por un momento me olvidé de Lacey, y eso me costó que me retorciera un pezón. Grité de dolor y placer al mismo tiempo.
_ ¿Te he dado yo permiso para que pares?
_ Lo siento._ Murmuré, mientras volvía a meter la cabeza entre sus piernas, notando como esta vez las cerraba para obligarme a mantenerme en mi puesto.
Deseaba que alguien me salvase, aunque lo veía imposible.
