I Know You (Skylar Grey)


Suecia, Julio de 1791

-Jamás podrás regresar a Francia- sentenció Oscar con el ceño fruncido y observando preocupada a su marido –Estoy segura que ya es de conocimiento público que ayudaste en la huida de los reyes, tu cabeza debe tener un precio sobre ella y no permitiré que te arriesgues nuevamente.

Ambos estaban sentados, frente a frente, en el cómodo interior del carruaje que los transportaba de regreso a la mansión Von Fersen. Axel, que permanecía empecinado en mirar por la ventana de la berlina, se animó a hablar después de un rato.

-Lo sé…- la miró directo a los ojos –Es posible que tú tampoco puedas regresar, al menos no usando mi apellido… lo lamento- nuevamente miró por la ventana, sumido en sus pensamientos y con el carácter taciturno que lo acompañada desde Varennes.

Oscar asintió y cruzó los brazos sobre el pecho abrigándose un poco más con la chaqueta. Desde que se habían enterado del fracaso de la fuga de los reyes ambos se sentían abatidos. Observó al hombre que estaba sentado en la butaca de en frente y apenas lo reconoció, se sentía acompañada por un extraño. Los ojos de Fersen se habían oscurecido y no había rastro de su habitual buen humor, pues su personalidad siempre chispeante se había apagado por completo.

Habían tardado casi un mes más de lo previsto en regresar debido a los resquemores del conde, pues el sueco sentía temor de enfrentarse a la rutina diaria sin sentirse completamente preparado anímicamente. Pese a que Oscar insistía constantemente en volver a Suecia, cada día se encontraba con una nueva excusa por parte de él. Aguantando las reiteradas negativas de Fersen, y su propia frustración porque él no reaccionaba, no se atrevió a dejarlo solo, después de todo, sabía que su hija estaba muy bien cuidada, protegida y ajena a todo lo que estaba pasando.

En cuanto se detuvo el carruaje, Oscar corrió al interior de la mansión. Encontró a Isabelle jugando en la biblioteca, Gabrielle la miraba atentamente y Sofía bordaba sentada en uno de los sillones frente a la chimenea. Se arrodilló frente a la niña, su hija la miró y sonrió extendiendo sus pequeños brazos. Emocionada la estrechó contra su pecho, la había extrañado como nunca había imaginado. -Perdóname mi niña preciosa- susurró al oído de su hija -No quería tardar tanto.

-Bienvenida a casa, Lady Oscar- sonrió con dulzura Gabrielle.

-Gracias por haberla cuidado- tomó una de sus manos y la apretó agradecida. Trató de sonreír pero no pudo.

-¿Cómo está Axel?- preguntó Sofía en voz baja al escuchar como su hermano había subido directamente a su habitación sin siquiera acercarse a saludar. La noticia del fracaso de la fuga se había extendido rápidamente, por lo que no habían tardado en enterarse de todo lo acontecido.

-Estará bien… sólo necesita tiempo- contestó Oscar en apenas un murmullo.

-Iré a pedir que les preparen un baño, deben estar fatigados después de tan largo viaje, quizás sería bueno que tú también descanses- Apuntó Sofía preocupada. Oscar asintió.

-o-

Cuando entró a la habitación Fersen ya se había aseado y cambiado de ropa, estaba vestido con uno de los uniformes del ejército. Oscar se sentó en uno de los sillones a beber una taza de té y esperó pacientemente a que él hablara.

-¿Cómo está Isabelle?

-Bien, preguntó por ti.

-La pasaré a ver antes de salir- Fersen se miró al espejo -Iré a informar mi regreso a la corte… Necesito retomar mis funciones lo antes posible.

La rubia hizo un gesto de asentimiento en silencio, entendía a la perfección por lo que estaba pasando y no quería presionarlo con preguntas o conclusiones. Sabía que su marido estaba tratando de recomponerse pese a lo difícil que le resultaba. -Es tarde... ¿Te quedarás en la ciudad?- preguntó preocupada.

-No lo sé… pero supongo que es posible- contestó él antes de salir de la habitación.

Esa noche Oscar cenó en silencio junto a Sofía, estaba agotada y con un persistente dolor de cabeza. Se levantó de la mesa apenas terminó de comer y decidió ir a dormir temprano. Necesitaba descansar.

Durante las últimas noches apenas había logrado conciliar el sueño. Se sentía desolada y se había esforzado en disimular esperando que Fersen no se diera cuenta, con uno los dos devastado ya era suficiente. Si bien se había mantenido al tanto de lo que ocurría en su amado país gracias a los reportes que les entregaban cada cierto tiempo, y por lo mismo siempre supo que desde la caída de la Bastilla su patria estaba en manos de gente violenta y sin escrúpulos, lo que jamás había imaginó era que el odio podría llegar a tanto como para cuestionar, apresar y ejecutar de forma tan violenta no sólo a las clases privilegiadas, ahora, también se habían atrevido a asediar a sus propios monarcas. Cuando decidió abandonar a su familia, carrera y títulos, para unirse a la revolución, lo había hecho con el sueño de ayudar a que las personas desposeídas pudieran tener una mejor calidad de vida, lo había hecho para poder estar junto a André sin que las clases sociales o privilegios los pudieran separar y para que el hijo que estaba esperando creciera en un país libre de la falta de escrúpulos y abuso de poder de la nobleza, siempre esperando que sus monarcas recapacitaran y fuera posible llegar a algún consenso. Ahora, se daba cuenta de lo ingenua que había sido. Lo que había ocurrido en su patria fue sólo un cambio de manos en el abuso y poder, actualmente, eran los políticos quienes se aprovechaban del caos, impartiendo justicia bajo sus propias conveniencias, pagando favores o cobrando represalias. Su amada patria estaba sumida en una violenta dictadura y el pueblo continuaba con hambre y sufriendo, su adorado André estaba muerto y su hija tendría que crecer en una tierra extraña y criada por un hombre, que si bien la adoraba, no era su padre. Nada había resultado como lo había soñado tantas veces. Pese a todo el dolor que sentía, mientras estuvo con Fersen en Bélgica había permanecido fuerte para apoyarlo, pero ahora, que por fin estaba sola, se permitió llorar amargamente por todas las pérdidas y decepciones sufridas al recordar su vida en Francia.

A media noche, despertó angustiada y se cubrió la boca con manos temblorosas tratando de acallar los sollozos que escapaban de su garganta. Nuevamente había soñado con André, con Alain, con los hombres a su cargo, con el pueblo lleno de miseria, con su madre, con sus hermanas, con sus amados monarcas, con su Nana... incluso con César, había sentido la presencia de cada uno de ellos de forma tan vivida que al despertar y recordar que ya nunca más los vería, por unos segundos deseó estar muerta también. Se cubrió el rostro con las manos en un inútil esfuerzo de silenciar el llanto la desgarraba. Escuchó un ruido, asustada recorrió con la vista la habitación. Fersen estaba sentado en uno de los sillones y observándola en silencio. Secó rápidamente sus lágrimas y tomó un sorbo de agua para aclarar su garganta. -¿Qué haces sentado ahí? ¿Cuándo regresaste?- preguntó preocupada.

-¿Estabas soñando con él?- la voz de Fersen era sombría. Ella calló. –En realidad no necesito que me contestes…- el hombre se puso de pie y caminó hasta uno de los ventanales, permaneció mirando hacia el jardín en silencio, después de unos minutos dio media vuelta para mirarla nuevamente.-Estaré en la biblioteca- dijo antes de salir de la habitación.

Oscar despertó apenas amaneció, cuando dio vuelta en la cama pudo ver a Fersen dormido profundamente a su lado. Se acercó y percibió olor a licor. No quiso despertarlo. Se vistió en silencio y salió a dar un paseo antes de escribir las correspondientes notas para retomar las clases que habían quedado suspendidas durante su ausencia. Necesitaba sentir el aire frío en su rostro para tranquilizar su mente y espíritu. Todo se estaba desmoronando y sentía que ella era la única que, pese al dolor, se esforzaba en mantener la cordura.

Cuando regresó a la hora del desayuno le extrañó ver que estaban preparando nuevamente el carruaje. Subió a su habitación para refrescarse antes de comer. Encontró a Fersen preparando un bolso de viaje. -¿Cuánto tiempo estarás fuera?- le preguntó apenas cerró la puerta.

-No lo sé… te avisaré cuando lo tenga claro- contestó sin mirarla.

-¿Te quedarás dónde siempre?

-¿Te interesa realmente?- la miró dolido -En mi ausencia puedes soñar con André sin temor a que te descubra, así que disfruta tu tiempo a solas.

-Sabes que sí me interesa- Oscar respiró profundo -En cuanto a André, no te contesto como te mereces sólo porque sé que no estás en tus cabales- cruzó los brazos y se apoyó en la puerta -Necesito saber en dónde estarás en caso de que deba avisarte de algo que sea urgente.

-Sí, me quedaré donde siempre- Fersen cerró de forma brusca su bolso de viaje, lo tomó y caminó hasta la puerta.

Oscar se hizo a un lado para que él saliera de la habitación.


París, Agosto de 1791

Rosalie Lamorliere salió de la cocina del pequeño apartamento en el que vivía son su familia y se acercó a la mesa. Notó de inmediato que los dos hombres de cabello negro cambiaban el tema de conversación, conocía a su marido y sabía que él no deseaba involucrarla en nada que la pusiera en peligro por lo que hizo como si nada ocurriera -Que gusto que por fin hayas aceptado nuestra invitación a cenar André- habló de forma tranquila y dejó frente al invitado una taza de té.

-Gracias Rosalie- sonrió –No quería molestarlos.

-Eres parte de la familia- apretó con cariño uno de sus hombros –Bernard te aprecia como a un hermano, así que jamás vuelvas a pensar que eres una molestia en esta casa.

El llanto de François los interrumpió, Rosalie se puso de pie apenas se había sentado –Alguien más me necesita- sonrió dulcemente –Los dejo solos para que puedan ponerse al día- guiñó un ojo a su marido y se alejó para atender a su hijo.

André esperó hasta oír que la puerta se cerraba para volver a hablar, no quería preocupar a Rosalie con sus problemas ni ponerla en riesgo por saber cosas comprometedoras. En caso de que la interrogaran, no podría hablar de lo que no estaba enterada. -¿Estás seguro que Fersen fue quien ayudó a escapar de Tullerias a los reyes?- preguntó nervioso a su amigo.

-Sí, hoy me lo confirmaron- Bernard bajó la voz –Bouillé se refugió en Alemania, Fersen y Mercy volvieron a sus países y ya no podrán ingresar a Francia, si lo hacen serán apresados y ejecutados.

-¿Y los reyes? ¿Qué pasará con ellos?

-Por ahora están nuevamente en Tullerias, bajo vigilancia durante las veinticuatro horas del día y con menos privilegios- el periodista se acercó un poco más a André –Se rumorea que serán acusados formalmente y podrían incluso ser recluidos en Temple.

-No puedo creerlo… Bernard, debes retirarte de la política lo antes posible- apretó su brazo nervioso –No puedes seguir involucrado en esto.

-Lo sé… lo sé… pero no sé cómo hacerlo...

-Debes tomar una decisión, tienes una familia que cuidar- André lo miró fastidiado –Cuando te conocí, nada te habría detenido al momento de luchar por lo que considerabas importante.

-André, no me des lecciones por favor- sus ojos brillaron molestos –Tú no lo has hecho mejor, después de esto debes ir por Oscar o al menos comunicarle que estás vivo. Fersen está en la mira de los revolucionarios, él y todos quienes lo rodean.

-Lo sé- bebió un sorbo del té que les había servido Rosalie –Alistaré todo para ir en su búsqueda.


"30 de agosto de 1791

Mi querida Oscar,

El poco tiempo que se supone estaría fuera, se ha transformado en más de un mes sin que pueda hacer algo al respecto. Lamento profundamente estar lejos de casa y de mi familia, mi familia... que maravilloso suena cuando lo digo en voz alta, y todo es gracias a ti.

He enviado la solicitud de que se me dispense a la brevedad y así poder retornar a mi hogar. Espero que mi petición sea atendida y en poco tiempo pueda estar junto a ti e Isabelle.

Sé que mi partida no fue en los mejores términos y te ruego me perdones, como tú bien lo dijiste, y con la sinceridad que te caracteriza, no estaba en mis cabales. Ahora, que he pasado días en soledad y he podido recapacitar, sólo hay arrepentimiento y vergüenza en mi corazón por las hirientes palabras que te dije y mi actuar descontrolado, no merecerías nada de eso. El carácter de nuestra unión siempre ha sido claro y no tengo derecho alguno de reprocharte nada, menos aún cuando tú jamás lo has hecho conmigo, y ambos sabemos que te he dado razones de sobra.

Te comunicaré la fecha de mi regreso en cuanto tenga claridad sobre la misma, mientras tanto, ten la certeza de que pienso en ti y en Isabelle cada día.

Mañana debo partir hacia Kilpisjärvi, te escribiré desde ese lugar, y desde cada sitio que deba visitar, de esa forma me acompañarás en este viaje.

Tu amante esposo,

Hans Axel Von Fersen"

Oscar cerró la carta que había llegado esa mañana y fijó la vista en el ventanal frente a ella. Apenas eran las cuatro de la tarde y el sol ya se estaba poniendo.

-¿Cómo te sientes?- Sofia entró al salón con una taza de té en las manos, la dejó en una de las mesas cercana a la chimenea.

Oscar se apoyó en el piano para ponerse de pie. Había permanecido más de una hora sentada en ese lugar sin siquiera tocar una tecla. -Bien- contestó.

-¿Cuándo regresa Axel?- preguntó la condesa al ver la carta doblada sobre el piano.

-Aún no lo sabe...- dijo mientras se acercaba a la chimenea, miró la taza de té -¿Es para mi?- Sofia asintió, Oscar se sentó y comenzó a beber la bebida azucarada, cerró los ojos -Gracias, lo necesitaba.

-El doctor Andersson avisó que llegaría cerca de las seis- Sofia se sentó a su lado y la tomó de la mano -¿Le escribirás a Axel contándole lo que pasa o esperarás a que regrese?

-Esperaré- contestó la ex militar -Si le digo ahora, es capaz de dejar todo con tal de regresar lo antes posible... y lo último que necesita es que se le acuse de subversión.

Sofia asintió en silencio y fijó la vista en la madre de Isabelle, Oscar había perdido peso y lucía demacrada.


Champagne, Agosto de 1791

Víctor Clemente de Girodelle detuvo el galope de su fino corcel en la cima de una colina cercana a la propiedad de su familia. Mientras la brisa otoñal despeinaba su largo cabello, recordó como había aprendido a montar en ese mismo lugar. La primera vez que se subió a un caballo tenía cinco años, sonrió al recordar como su querida Nana, la mujer que había reemplazado a su madre durante toda su infancia, no dejaba de gritar aterrada ante la posibilidad de que pudiera caerse y partirse el cuello, o cualquier otra parte del cuerpo.

Después de haber esperado durante semanas ser detenido como cómplice de la fuga de Varennes, decidió relajarse al constatar que, gracias al hermetismo del plan orquestado por el General Bouillé, su nombre no estaba involucrado en el acto subversivo. Haber mantenido en la mas estricta reserva la identidad de los diferentes involucrados y utilizar sólo unos pocos soldados de la mas alta confianza, y fidelidad, había salvado su vida.

Pese a que su gran problema era haber estado involucrado en un hecho considerado criminal, su mayor preocupación no era esa. Aún se sentía decepcionado y triste por el actuar del general Jarjayes. Darse cuenta de una realidad que por años se rehusó a aceptar era doloroso. Siempre había mantenido la esperanza de que Oscar se casara con él y había confiado en el amigo de su fallecido padre ciegamente. Gracias al claustro auto impuesto, tuvo tiempo de analizar todo lo ocurrido y, pese al dolor, por fin pudo aceptar que ella jamás lo amaría y que la persona que había elegido para compartir su vida era otra.

Respiró profundo y, mientras observaba como el ocaso se desplegaba de forma majestuosa en el horizonte, tomó una firme decisión, debía hacer lo correcto. Se lo debía a Oscar y a André, pero sobre todo, se lo debía a sí mismo. Tenía que encontrar al ex valet para contarle todo lo que sabía, su alto estándar de honor y caballerosidad así se lo indicaba. Después de analizar la mejor forma de retornar a Versalles sin levantar sospechas, decidió hacerlo en época de festividades, la Navidad siempre hacía que la gente estuviera exultante sin importar la miseria que los rodeaba. Con esa decisión tomada, espoleó su caballo y cabalgó velozmente hacia su refugio. Tenía poco mas de cuatro meses para alistar su regreso a la ciudad.


Suecia, Octubre de 1791

Oscar se sentó en uno de los bancos del patio a observar como Isabelle jugaba en el jardín. La niña perseguía a algunas aves silvestres que volaban cerca de la fuente principal. Pese a estar a punto de comenzar el invierno, disfrutaba cada día que aportara un poco de sol para estar al aire libre, pues sentía que jamás podría acostumbrarse a ese agreste clima.

-¡Maman!- gritó la pequeña apuntando al carruaje que entraba en esos momentos a la propiedad. Habían transcurrido casi cuatro meses desde que Fersen se había marchado. Cumpliendo su palabra, su esposo había enviado periódicamente correspondencia indicando en qué lugar se encontraba y disculpándose por no poder regresar, ya que debido a las labores que le habían asignado debió permanecer más tiempo del que deseaba fuera de casa y lejos de su familia.

-Hija ven aquí- Oscar llamó a la niña para alejarla del carruaje que estaba ingresado. La infanta corrió riendo en su dirección mientras se lanzaba a sus brazos. Isabelle ya tenía dos años de vida y era una niña inteligente, activa y llena de energía. Tomándola en sus brazos la sentó en su regazo y acarició dulcemente una de sus mejillas, haciéndola reír nuevamente –Tienes la sonrisa de tu padre- susurró junto a su oído, la niña abrió sus enormes ojos azules y rió –Eres igual a él- la apretó contra su pecho emocionada. Mientras la berlina se ubicaba, Oscar revisó las botas, sombrero y guantes de su hija, sonrió al constatar que la niña estaba completamente abrigada gracias a la ropa que Sofia había elegido para la fría temporada. Cuando vio que Fersen descendía del vehículo, puso a Isabelle en el suelo y arregló el abrigo de piel que la niña se había desabotonado parcialmente mientras jugaba –Ve a ver quién llegó- la instó para que fuera al encuentro del recién llegado.

Al salir de la berlina, lo primero que Fersen vio fue a Isabelle corriendo hacia él, se inclinó para tomarla en brazos y la levantó en el aire haciéndola reír. Llenó de besos sus redondas mejillas y apretó su pequeño cuerpo contra su pecho, la había extrañado desesperadamente –Hur mycket har du blivit min skatt...(1)- susurró en su oído. La niña de ojos azules sonrió y lo besó en la mejilla; con ella aún en brazos sacó desde el interior del carruaje una muñeca y un caballo de madera para entregárselos, la pequeña abrazó ambos obsequios sin dejar de sonreír. Depositándola en el suelo, pues la niña nuevamente quería comenzar a correr, acarició los suaves bucles que escapaban de su sombrero y levantó la vista, Oscar sentada en uno de los bancos del jardín. Pese a que no estaba nevando el clima era frío y sabia que a ella no le gustaba mucho esa temperatura, frunció el ceño al verla pálida y envuelta en una gruesa capa. Tomando a Isabelle en brazos nuevamente, caminó hasta donde estaba sentada su esposa. -¿Tienes mucho frío?- se sentó al lado de Oscar. Isabelle se soltó de sus brazos y comenzó a jugar con sus obsequios.

-Un poco... pero necesitaba salir de la casa- contestó Oscar sonriendo –¿Cómo estás?

-Bien- se inclinó y la besó en la frente, trató de abrazarla pero ella lo rechazó disimuladamente –Estoy mucho mejor, las extrañé…- sus ojos grises nuevamente brillaban.

-¡Axel, que bueno que regresaste!- Sofía se acercó contenta a saludar a su hermano. Fersen se puso de pie y la abrazó haciéndola girar en el aire –¡Suéltame, eres un loco!

-Hermana... acabo de regresar y ya me estás llamando la atención- rió mientras la dejaba en el suelo.

-Llegaste justo a tiempo para almorzar- la mujer acomodó con elegancia la falda de su abrigo –Vamos Isabelle, es hora de comer- miró a Oscar esperando su consentimiento.

-Ve hija, en un momento iremos nosotros- la rubia sonrió y empujó suavemente a la niña animándola a ir con Sofía. Una vez que ambas se alejaron, se puso de pie y miró a Fersen –¿Caminemos un poco?- cruzó los brazos para abrigarse.

-Creo que es mejor que entremos, estas muy pálida... parece que te fueras a desplomar en cualquier momento- la miró preocupado.

-Estoy bien- trató de sonreír -Acompáñame, necesito hablar contigo a solas- insistió.

-Podemos hablar en la biblioteca... o en nuestra habitación- Fersen guiñó un ojo divertido.

-Quedan pocos días sin nieve, aprovechémoslos- Oscar empezó a caminar -Aún no quiero entrar.

-Quiero disculparme por cómo me comporté la última vez que nos vimos, traspasé los límites y te prometo que jamás volveré a repetir un comportamiento así- Fersen rompió el silencio después de caminar un rato junto a ella.

-No te preocupes, lo entiendo- contestó Oscar mirando el suelo.

-¿Cómo ha estado tu trabajo? Imagino que han aumentado el número de tus alumnos incluso en esta época, tu gran habilidad como instructora es tema de conversación en cada sitio en que he coincidido con gente de la zona- se detuvieron al llegar al centro del puente que cruzaba el pequeño arroyo que pasaba por el jardín trasero de la propiedad –Fui felicitado en muchas ocasiones por la excelencia de mi esposa- la miró sonriendo. Acarició con cariño un mechón de su rubio cabello.

Oscar apoyó la mano en la baranda del puente y miró el arroyo. El agua estaba cubierta por una fina capa de hielo -Hace casi dos meses debí suspender las clases por recomendación del doctor Andersson.

-¿Por recomendación del doctor Andersson?- repitió Fersen sin entender –¿Estás enferma?- puso su mano sobre la mano que ella tenía apoyada en el balaustre, pues pese a los guantes estaba seguro de que su piel estaba fría.

-Tengo mas de cuatro meses de embarazo- Oscar continuó mirando el arroyo –Aún no me explico cómo pasó... es decir... estábamos tomando todas la precauciones correspondientes.

Fersen apretó la mano que estaba bajo a suya y la observó en silencio. Esperó con paciencia que ella volteara a mirarlo o hablara nuevamente. Después de unos minutos, y al ver que ella continuaba ensimismada, se atrevió a poner, con mucho cuidado, una mano sobre sus delgados hombros para atraerla hacia sí. Con pánico notó, pese a la gruesa ropa, la agudeza de los huesos bajo sus manos. La besó en la cabeza con suavidad.

-Es poco probable que el embarazo llegue a buen término o que yo logre sobrevivirlo- Oscar murmuró mirando el gélido paisaje –Prácticamente nada de lo que como permanece en mi estómago… además, he sufrido fuertes espasmos desde hace algunas semanas.

-¿Por qué no me avisaste antes?- Fersen la tomó de los hombros para que lo mirara, su corazón se encogió al notar oscuras ojeras bajo sus ojos -Debe haber algo que podamos hacer para que te sientas mejor- su voz tembló, estaba asustado.

-Necesitaba tiempo para pensar- apoyó suavemente la frente sobre el amplio hombro de su marido –Lamento no habértelo contado antes… pero decírtelo mientras estabas fuera sólo te habría angustiado.

-No te preocupes... lo entiendo- la abrazó con cuidado, estaba tan delgada que lo asombró la fragilidad de su cuerpo -Pero deberías habérmelo dicho, eres mi esposa- susurró sobre su rubio cabello –Habría hecho hasta lo imposible por regresar antes...

-Lo sé... Pero necesitabas tiempo para ti... además, dejar el trabajo sin autorización no es opción para un militar- se apoyó con cuidado sobre su pecho para separarse de él –Debemos revisar todo y analizar qué pasará con Isabelle en caso de que algo me ocurra- levantó la mano y acarició con dulzura el rostro de Fersen tratando de tranquilizarlo, pues el alto hombre la miraba aterrado –¿Estás seguro de querer ser responsable de ella por el resto de tu vida?

-Oscar… no digas eso por favor…- respiró profundo y tomó con delicadeza su rostro entre sus manos. La besó con suavidad en los labios, los sintió fríos y sin vida –No dejaré que nada te ocurra.

Ella sonrió con tristeza –Debemos estar preparados para cualquier cosa- trató de tranquilizarlo –Durante este tiempo también he pensado mucho... el que estuvieras lejos me sirvió para poner las cosas en perspectiva y lo único que realmente me preocupa es Isabelle… en el escenario de que yo muera, quiero estar segura de ella no quedará sola.

-Para todos los efectos ella es mi hija, eso no es algo que deba preocuparte- la sintió temblar de frío entre sus brazos –Vamos a la casa, estas temblando como una hoja en el viento.

La ex militar se apoyó en la baranda antes de comenzar a caminar, se sentía muy cansada. Fersen la miró preocupado, estaba realmente débil. Con cuidado la tomó en sus brazos, le alarmó lo poco que pesaba.

-Déjame, puedo caminar- trató de soltarse de sus brazos.

-Oscar… por favor permíteme ayudarte, es lo mínimo que puedo hacer por mi esposa y por mi hijo- la apretó contra su pecho. Ella asintió en silencio y descansó la cabeza contra su hombro.

Entró a la casa y subió a la habitación, le alivió comprobar que la recamara estaba perfectamente temperada. Depositó a su esposa con suavidad en la cama, le ayudó a quitarse la gruesa capa y chaqueta. -¿Quieres comer en el comedor o prefieres hacerlo aquí?- le preguntó ayudándole a quitarse las botas.

-Estoy cansada… prefiero quedarme aquí, me recostaré un rato- Oscar se puso de pie y caminó hasta el armario para sacar su ropa de dormir –¿Puedes dejarme sola por favor?

-Sí… perdona- Fersen salió de la habitación y fue en busca de su hermana. La encontró en la biblioteca junto a Isabelle y su Nana. -Gabrielle, Oscar se quiso recostar y almorzará en la alcoba, ¿Podría ver si necesita algo más?- preguntó amablemente a la pequeña mujer, esforzándose en disimular el pánico que sentía ante la posibilidad de perder a su esposa y mejor amiga.

La mujer asintió rápidamente y salió con Isabelle rumbo a la habitación principal. Fersen cerró la puerta antes de hablar.

-Sofía… ¿Por qué no me dijiste nada?, debiste haberme contado lo que estaba pasando- se acercó a su hermana para hablar en voz baja.

-¡Axel, perdóname por favor!- la mujer se lanzó sus brazos, llorando desconsolada –Te juro que no fue mi intención… jamás pensé que podría pasar algo así.

-Tranquila, por favor no te angusties- le palmeó la espalda tratando de consolarla –Oscar me contó que ella te pidió que no me dijeras nada, pero de haberme avisado habría regresado antes, habría informado que mi mujer estaba enferma y no me habrían negado la dispensa.

-Axel es mi culpa… todo es mi culpa- la condesa continuó llorando contra su pecho –Te juro que no fue esa mi intención.

-¿De qué estás hablando?- la tomó de los hombros para poder mirarla -Sofía... ¿Qué es lo que hiciste?

-Semanas antes de que se fueran a Bélgica, cambié las hierbas que Oscar tomaba para no concebir por unas que yo tenía para las migrañas…. No sabía que al consumirlas de forma constante podían ocasionarle problemas de salud- se cubrió el rostro con las manos –Perdóname por favor... por mi culpa está enferma.

-¿Por qué hiciste algo así?- Fersen preguntó consternado –¿Por qué interferiste en algo que era nuestra decisión?

-Pensé que tu felicidad seria completa si tuvieras un hijo de tu propia sangre…- lo tomó de las manos –Axel, perdóname por favor… estoy tan arrepentida... todo esto es mi culpa- continuó llorando desesperada.

Fersen la observó mientras se concentraba en respirar profundo, pues pese a estar molesto, también estaba seguro de que su hermana jamás haría algo con mala intención -Tranquila…- la abrazó tratando de calmarla –¿Hablaste con el doctor Andersson lo que me acabas de contar?

-No, no me atreví- la mujer secó sus lágrimas con un pañuelo -Estoy tan avergonzada...

-Enviaré un mensajero para pedirle que venga y hablaremos con él.

-o-

Fersen entró a la habitación al anochecer, su mujer estaba durmiendo abrazada a Isabelle. Sigiloso dejó sobre la mesita de noche un reconstituyente que había recomendado el médico para ayudar a Oscar a recuperar su energía, ya que a pesar de que el galeno le había advertido que era poco probable que algo pudiera ayudarla, pues su salud estaba muy deteriorada, no perdían nada con intentar un nuevo tratamiento. Esa visita también ayudó a Sofía a tranquilizarse en cuanto a sus miedos, las hierbas no tenían nada que ver con el estado de salud de la enferma, el diagnostico fue que sólo era un muy mal embarazo.

-Oscar…- susurró el conde cerca de su oído –¿Quieres que deje a Isabelle aquí o la llevo con Gabrielle?... Pronto será la hora de su cena.

-Llévala por favor- contestó abriendo los ojos y aún adormilada.

El sueco tomó a la niña es sus brazos, acunándola para que no despertara de forma brusca y salió. Regresó apenas se aseguró de que la infanta estaba profundamente dormida en su cama y con Gabrielle pendiente de ella. Se cambió de ropa y se recostó junto su esposa. Apoyándose sobre uno de sus brazos la miró durante un rato en silencio.

-¿No vas a ir a cenar?- le preguntó ella.

-Estoy cansado por el viaje y no tengo hambre...

Oscar sonrió colocándose de lado para quedar frente a él -¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras así?

-Vino el doctor Andersson hace un rato, dejó algunas nuevas recomendaciones para que te sientas mejor, no quise despertarte para que te revisara ya que dijo que no era necesario, ya que mañana vendrá nuevamente- tomó una de sus manos –¿Tienes frío? ¿Quieres que pida más cobertores?

-No, no te preocupes, estoy bien- se acomodó para volver a dormir –Sólo necesito descansar- cerró los ojos.

-Gabrielle te preparó una comida especial, dijo que estaba segura que te gustaría.

-Después comeré... gracias- cerró los ojos nuevamente.

-Oscar…- Fersen insistió.

-¿Dime?- preguntó sin abrir los ojos.

-¿Puedo tocarte?- su voz tembló.

Ella asintió en silencio. Se estremeció cuando sintió la mano de Fersen colarse bajo su camisón para posarse sobre su estómago, abrió los ojos y lo miró. Los hermosos ojos grises de su marido estaban llenos de lágrimas.

-Nuestro hijo... ¿Se ha movido?- preguntó el conde en apenas un susurro. Le aterró notar el vientre de Oscar casi hundido, estaba muy delgada.

-No… no se mueve- lo miró tranquila –Sé que algo no está bien… me siento diferente a cuando estaba esperando a Isabelle.

-Debemos esperar, eso fue lo que me dijo Andersson- se acercó a ella -Quiero que estés bien, no me importa nada mas- retiró la mano y le arregló el camisón –Ya di aviso de que me quedaré aquí todo el tiempo que sea necesario, saldré lo menos posible para poder estar al pendiente de lo que necesites.

-Fersen... eso no es necesario.

-Quiero hacerlo.

-Como gustes... Ahora déjame dormir, estoy cansada. Despiértame en una hora para comer por favor.

-¿Puedo abrazarte?- preguntó el sueco.

Ella asintió con la cabeza sin abrir los ojos. Él se acercó con cuidado para no molestarla y la acomodó contra su pecho. A través de la fina tela del camisón pudo palpar cada una de sus costillas. Desde que la había visto por primera vez, cuando era apenas una adolescente, le había impactado su fina y alta figura, pero jamás la había visto tan delgada, ni siquiera se comparaba a la vez que se había encontrado por casualidad con ella en París casi cinco años atrás.

-o-o-o-

Aprovechando otro día sin nieve, Oscar estaba en el jardín. Se entretuvo mirando como Isabelle reía sentada sobre un caballo mientras Fersen la afirmaba para que montara sola al dócil animal. Habían transcurrido dos semanas desde que él había regresado y la casa nuevamente estaba llena de vida. El conde había vuelto a ser el mismo de antes de Varennes, alegre, atento y divertido. Ya no estaba la oscuridad que había visto en él cuando llegaron de Bélgica.

Cuando se percató de que su hija se movía frenética sobre el pura sangre, se levantó del asiento que estaba usando para acercarse y corregir su postura, sabía que la niña era muy pequeña para montar y que Fersen jamás la soltaría, pero no podía evitar preocuparse. Estaba a sólo unos metros de distancia cuando sintió que todo daba vueltas a su alrededor, trató de hablar pero un terrible dolor se lo impidió. Sintió un zumbido en los oídos y un malestar generalizado. Antes de que todo se volviera negro, vio a Fersen corriendo hacia ella con Isabelle en brazos y llamándola desesperado.

-o-

Oscar abrió los ojos y pestañeó varias veces completamente desorientada, pudo notar que la habitación estaba clara y por lo tanto, seguramente era temprano en la mañana. Tragó saliva, sentía la boca seca y amarga debido a la sed. Intentó incorporarse pero aún se sentía mal, miró al rededor, estaba sola. Trató de sentarse en la cama y sintió que todo daba vueltas. Con la vista nublada, vio cómo se abría la puerta de la habitación.

-¡No te levantes!- Fersen se acercó rápido.

-Necesito agua…- apenas pudo hablar. Lo miró impactada, el siempre apuesto conde lucía unas enormes ojeras, su rostro se veía demacrado y tenía el cabello revuelto. La preocupación que sentía se traslucía en cada uno de sus rasgos.

Axel le entregó un vaso con líquido. –Bebe despacio, llevas mucho tiempo prácticamente inconsciente.

-¿Qué me pasó?- sintió que su voz sonaba extraña.

-Tuviste un aborto que casi te costó la vida- se sentó junto a ella en la cama, le quitó el vaso de las manos y la abrazó mientras besaba su cabeza –Querida mía... pensé que no sobrevivirías- susurró en su oído -Tuvimos tanto miedo- la apretó con fuerza.

-Estoy bien, no te angusties…- Oscar habló apenas en un murmullo.

-No hables… tienes que concentrarte en recuperarte, eso es lo importante en estos momentos- acarició el rostro de su esposa.

-¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

-Casi dos días, después tuviste periodos de semi lucidez durante un días más... delirabas de fiebre.

-Isabelle… ¿Dónde está?- se apartó de sus brazos para tratar de ponerse de pie -Quiero verla.

-Está jugando en el vestíbulo con Gabrielle- ayudándola a levantarse la abrigó con una bata, la tomó de la cintura y la ayudó a salir de la habitación para que se asomara al primer piso.

Oscar se sentía mareada y muy débil, con esfuerzo se apoyó en la balaustrada. Cerró los ojos y respiró hasta que sintió que sus pulmones se llenaban de aire, pues sentía el cuerpo entumecido. Después de unos segundos en silencio, llevó una de sus manos a su plano estómago -¿Qué más dijo el médico?- preguntó.

–Tomará tiempo tu recuperación, perdiste mucho peso, debes cuidarte de los cambios de temperatura porque un simple resfrío podría matarte, debes descansar y alimentarte- la afirmó contra su cuerpo, sosteniéndola para evitar que cayera al suelo en caso de un mareo.

-No me ocultes nada... ¿Qué más dijo?- Oscar insistió mientras sonreía al ver como Isabelle corría junto a Gabrielle a lo largo del pasillo del primer piso.

-Es casi seguro que no puedas tener más hijos, tu salud se deterioró mucho... al parecer el embrión no se estaba desarrollando donde correspondía y es posible que tengas daños internos- Fersen la abrazó para protegerla de los cambios de temperatura.

-Entiendo…

-Vamos a la habitación, pediré que te traigan algo de comer antes de que Isabelle suba a verte, avisaré al doctor Andersson para que venga a revisarte y conteste todas las preguntas que tengas.

Oscar asintió en silencio, Axel la ayudó a caminar hasta la cama para que se recostara nuevamente. Después de arroparla se separó de ella para salir de la habitación. -Fersen...- lo detuvo tomándolo de una mano -Estabas recién recuperándote y pasa esto… no fue mi intención que te preocuparas... no me gusta ser una molestia, ni menos una causa de angustia.

Él se sentó a su lado en la cama y tomó sus manos –Oscar... sé que nuestro matrimonio está lejos de ser uno convencional y estoy plenamente consciente de lo que te une a mi es principalmente nuestra amistad, pero eso no significa que no honre los votos de en la salud y enfermedad- besó su frente –Me cuidaste cuando lo necesité, es mi turno ahora.


Versalles, Diciembre de 1791

El ex comandante de la Guardia Imperial caminaba de un lado a otro en su habitación mientras analizaba la estrategia a seguir. Hace sólo un par de días había regresado a Versalles, motivado únicamente con la búsqueda de André. Mientras Girodelle evaluaba como lograr su cometido, concluyó que iniciaría la búsqueda de forma independiente y sin pedir ayuda al patriarca de la familia Jarjayes, pues no deseaba enfrentarse nuevamente a quien tanto lo había decepcionado.

La última vez que había visto a André estaba bien vestido y sobre un excelente caballo. Sabía que era un hombre culto y con la educación de un noble pese a ser parte del Tercer Estado, con esas pistas, la lógica indicaba que estaba trabajando en un buen lugar. Decidió comenzar a buscarlo en el sector literario de la ciudad, lugar en donde se concentraban los políticos, escritores, periodistas y artistas.

Se vistió con ropas oscuras, amarró su largo cabello en una coleta y lo cubrió con un sombrero. Se miró a espejo y sonrió ante la perspectiva de verse tan diferente. Tomó la modesta, pero abrigada, capa que estaba sobre una silla en su habitación y salió con dirección a París.

-o-

Mientras caminaba protegiéndose del frío viento de invierno, a lo lejos observó una joven que caía al suelo mientras intentaba defenderse de un grupo de niños que trataban de asaltarla, sin pensarlo corrió a socorrerla.

-¿Madeimoselle se encuentra usted bien?– la ayudó a levantarse tendiéndole una mano.

-Sí- la joven se puso de pie de forma elegante y sacudió su abrigo de la nieve que se le había adherido –Muchas gracias por su ayuda- sonrió dulcemente.

-Si gusta puedo perseguir a los ladronzuelos...- Víctor soltó la delicada mano que aún sostenía entre las suyas.

-No por favor, no se preocupe- la mujer acomodó su cabello de forma inconsciente –Sólo eran niños con hambre- volvió a sonreír –Yo puedo comprar más pan, seguramente ellos no pueden hacerlo.

-Es muy peligroso que una señorita transite sola por la ciudad, permítame acompañarla por favor hasta donde se dirigía- no supo porque sintió la imperiosa necesidad de protegerla.

-Se lo agradezco, pues si mi hermano se entera de lo ocurrido me dirá lo mismo- sus ojos brillaron divertidos -Por lo que mantendré el secreto o no podré volver a salir a la calle sin ser escoltada- rió de forma cristalina.

-Perdóneme por favor, la situación me impidió presentarme como es debido- hizo una reverencia –Víctor Clemente de Girodelle a su servicio.

-Mucho gusto monsieur Girodelle- sonrió e hizo una delicada y rápida reverencia –Dianne De Soissons- comenzó a caminar lentamente mientras Víctor la acompañaba en silencio –No lo había visto en este sector anteriormente, ¿Hace mucho está en la ciudad?- antes de darle tiempo de contestar, lo interrumpió avergonzada –Perdóneme por favor, no fue mi intención ser indiscreta- se sonrojó.

-No se preocupe- Víctor sonrió. La muchacha que tenía a su lado era como un soplo de aire fresco en primavera, incluso podría jurar que su cabello olía a flores silvestres –Tiene usted razón, de cierta forma soy nuevo en la ciudad.

-Hemos llegado- la joven se detuvo frente a la puerta de la imprenta –Agradezco mucho su caballerosidad en haberme acompañado.

-Si gusta puedo esperarla hasta que realice sus encargos y acompañarla de regreso a su casa, no quisiera que su integridad esté nuevamente en peligro- la miró esperanzado.

-No se preocupe, este es mi lugar de trabajo- Dianne sonrió una vez más –Mi hermano me acompañará a casa al finalizar la jornada.

-Entonces me despido de usted con la tranquilidad de que estará a salvo- Girodelle hizo una elegante reverencia –Espero volver a verla algún día.

Dianne sonrió –También lo espero, fue un gusto conocerlo-. Hizo una reverencia de despedida y entró a su lugar de trabajo. Apenas cerró la puerta se apoyó contra ella y suspiró soñadora. Sus mejillas estaban rojas debido a la agitación que aún sentía, pues nunca había conocido a un caballero tan fino, apuesto y elegante.

-¿Dianne, estás bien?- André la miró divertido –Parece que te fueras a desmayar- tomó el libro de pedidos del mostrador para regresar a su oficina.

-Sí… sí... estoy bien- la joven se abanicó delicadamente con un periódico que estaba cerca –André…- le habló para que se detuviera –¿Te gustaría cenar con nosotros mañana?- sus ojos castaños brillaron son ilusión.

-¿Mañana?- la miró extrañado –Alain no me ha dicho nada.

-No es una invitación de Alain…- bajó la vista avergonzada –Es una invitación mía- completó la frase en apenas un murmullo.

-Sí, claro... me encantaría- André abrió la puerta de su oficina –Pero Alain debe estar de acuerdo, habla con él primero por favor- la miró de refilón y sonrió –Actualizaré el libro de pedidos, lo devolveré a su lugar en cuanto termine.

-Sí... sí claro- tartamudeó nerviosa.

Sin perder más tiempo se quitó el abrigo y tomó su lugar tras el mostrador. Durante los meses transcurridos, había conseguido acercarse a André. Ya no la trataba como una niña y había logrado que la considerara una persona adulta y capaz. Cada sonrisa que le dedicaba, junto a cada felicitación por sus logros, eran para ella una prueba de que podían ser más cercanos que empleador y empleada.

-Dianne- André se asomó fuera de su oficina –¿Podrías venir un momento por favor?

-Sí, por supuesto- la muchacha sonrió resplandeciente, arregló de forma inconsciente su cabello y estiró la falda de su vestido. Entró a la oficina y se sentó frente a él sonriendo con coquetería –¿En qué puedo ayudarte?

-No estoy seguro si Alain te ha comentado algo... durante un tiempo ustedes quedarán a cargo de la imprenta, tengo un par de postulantes que contratar para que ayuden con el trabajo que hace Alain, pues ustedes dos deberán hacerse cargo de lo que yo hago- cruzó las manos sobre el escritorio –Quiero pedirte que ayudes a tu hermano a canalizar su temperamento, porque su paciencia no es de las mejores y los clientes no son todos amables.

-¿Por qué no estarás?- Dianne sintió que el frío se colaba dentro de su pecho, se esforzó al máximo para que sus ojos no se llenaran de lágrimas.

-Durante un tiempo he estado alistando todo para viajar fuera del país, finalmente lo haré en unas semanas más- André la miró tranquilo, sabía que lo que le estaba diciendo la lastimaría pero no quería alimentar falsas esperanzas, era la hermana de su mejor amigo.

-¿Cuándo regresarás?- preguntó la muchacha con la voz temblando.

-No lo sé- suspiró –Espero no estar mucho tiempo fuera, si todo sale bien, un mes después de mi partida debiéramos estar de regreso.

-¿Debiéramos? – Dianne estaba perpleja, comenzó a sentirse como una tonta al no entender nada de lo que André hablaba.

-Iré a buscar a Oscar y espero que ella me acompañe cuando regrese- explicó el impresor.


(1)Hur mycket har du blivit min skatt ... / Cuanto has crecido tesoro mío…


ATENCIÓN ATENCIÓN! Para este capítulo hay una preciosa ilustración realizada por Eödriel en mi cuenta de DeviantArt, busquen ahí el usuario Dayiap y podrán verla, la imagen se llama Isabelle. (No puedo dejar el link porque esta página no permite pegarlos)