XXV: UNA NOCHE EN LA OPERA
Por primera vez en los cinco años que llevaba en el colegio, Regulus echaba de menos las ventanas que su habitación no tenía.
Durante el día los aposentos Slytherin, situados bajo el lago, recibían la luz verdosa que se filtraba a través del agua. Era como vivir en una lujosa pecera verde y plata. Por la noche, solo el resplandor de una luna generosa podía iluminar tenuemente las salas de piedra con una luz grisácea. A Regulus siempre le había gustado, pero esa noche hubiera dado lo que fuera por poder asomar la cabeza al exterior, al aire fresco. Sus compañeros de habitación, Baddock y McNair dormían como trocos en sus respectivas camas.
Pero claro, ellos no tenían ni idea.
Se preguntaba si Snape o Wilkes podrían dormir así. En lo que concernía a Avery, lo tenía muy claro, ese capullo dormiría a pierna suelta así hubiese degollado a su propia madre. Quien sabe que andaría haciendo en Londres a esas alturas, tal vez incluso hubiera recibido ya la marca.
El tema de la Marca (porque pensaba en ella en mayúsculas sin poder evitarlo) le daba escalofríos. Hasta hacía solo unos días no se había detenido demasiado en los detalles, a pesar de que Avery les había ilustrado sobre el tema en muchas ocasiones. El padre de Charles era un mortífago del círculo íntimo de Lord Voldemort, de manera que la información era de primera mano.
Wilkes parecía pensar que, siendo Regulus un Black , sabría tanto o más que Avery sobre lo que se esperaba de un mortífago. Pero no era así. Su prima y Lestrange jamás le habían beneficiado con confidencia alguna. De hecho, para él Lestrange era una figura casi legendaria con la que no tenía contacto más que en contadas ocasiones y siempre desde una fría distancia. De los juegos infantiles con Cissy y Andrómeda nada quedaba ya y Bellatrix siempre había sido demasiado mayor para él.
No, toda su fuente de información provenía de Avery. Y ahora, de las instrucciones de sus supervisores. Pero Bellatrix y Malfoy, en las pocas ocasiones en que habían establecido contacto, no habían sido demasiado prolijos en detalles.
Salvo aquella tarde Cabeza de Puerco.
En su breve encuentro con Bella, Regulus había empezado a comprender algunas cosas...
Dio la vuelta a la almohada tratando de encontrar un trozo de tela más fresco en el que reposar la mejilla. No paraba de dar vueltas y el colchón de plumas se había aplastado hasta hacerle sentir que dormía sobre una tabla.
Dudó si levantarse, porque tenía la garganta hinchada y seca como una estopa. Pero no quería arriesgarse a despertar a los otros. No tenía ganas de que volvieran a importunarle con preguntas incómodas.
¿Que te pasa Regulus?
¿Por qué te pasas el día aquí metido?
¿Te preocupa algo?
Preguntas que él mismo no quería hacerse.
No, definitivamente se quedaría donde estaba.
No había sido convocado al despacho del director como Wilkes y Carrow. Avery se había librado, ya que había abandonado el colegio antes de que Dumbledore pudiera reclamarlo. Gustav y Alecto se jactaban de no haber confesado. Snape, que fue el primero en comparecer a un careo con Regulus y ese tal Potter, no comentaba nada al respecto. Tampoco Regulus se había atrevido a preguntar.
Pero de todo ello solo podía extraer una conclusión: Su hermano no lo había delatado.
Su pensamiento voló de nuevo hacia él.
Que distinto habría sido todo si Sirius hubiera sido seleccionado en Slytherin.
Sin quererlo se sumergió en el recuerdo de aquellas tardes infantiles en Grimmauld Place, cuando llovía y su madre no los dejaba salir, y ellos, sentados junto a la chimenea de la cocina, o tumbados en la cama se Sirius (que era más grande) fantaseaban sobre lo que harían cuando estuvieran juntos en Hogwarts. ¡Hicieron tantos planes! Habían decidido que los dos jugarían en el equipo de quidditch de Slytherin. Serían los golpeadores Black.
Habían decidido que su asignatura favorita sería Cuidado de Criaturas Mágicas y se imaginaban ya domando dragones.
Por aquel entonces, a Sirius le parecía natural la idea de pertenecer a la misma Casa que el resto de su familia. Supo que todos los planes se habían ido al traste el mismo día que Sirius llegó a Hogwarts. Aún recordaba el disgusto de su madre al enterarse. Orion sin embargo le había quitado importancia, porque tenía en consideración las cualidades con las Gryffindor seleccionaba a los alumnos para su Casa. Pero eso fue antes de que Sirius se convirtiera en un extraño y comenzara a deshonrar los valores familiares.
Regulus sentía el orgullo de la sangre. ¿Por qué no iba a sentirlo? Había sido educado en la creencia de la primacía de su familia y no pasaba por su imaginación cuestionarlo. Despreciaba a los traidores a la sangre y los sangre sucia le parecían la escoria de la sociedad mágica.
Pero nunca hubiera imaginado que lo que habían hecho al servicio del Señor Tenebroso desembocaría en la muerte de dos alumnos de Hogwarts.
Se revolvió de nuevo en su cama y dio una patada, como si el insidioso pensamiento fuera algo inmundo con lo que había tropezado y quisiera alejarlo de si, y eso envió la colcha al suelo.
El reloj de la sala común dio las tres. El sonido llegaba muy amortiguado pero perfectamente audible. Por primera vez en su vida sufría de insomnio. Las últimas noches había oído el reloj dar las doce, la una, las dos, las tres...
Metió la mano debajo de la almohada y, una vez más, extrajo la tarjeta de pergamino. En ella se leía.
Lucius y Narcissa Malfoy le invitan a la próxima representación: Dido y Eneas, de Henry Purcell en el Royal Opera House de Covent Garden, Londres.
Sábado 12 de Mayo a partir de la 1:30 a.m.
Indispensable etiqueta.
Ab imo pectore
No se permitirá la entrada después de comenzada la representación
Y en el reverso:
Orquesta Barroca "Golden Magic Globe"
Dido: Celestina Warbeck
Eneas: George Bones
Belinda: Mildred Sparrow
Hechicera: Kirk Hamilton
No creía que Sirius hubiera sido invitado. Pero de todas formas daba igual.
Estiró las piernas y la sábana se enrolló aún más sobre si misma dejando la piel de sus pantorrillas en contacto con una manta de lana basta que picaba como un demonio.
Su madre había escrito al profesor Slughorn solicitándole que se le permitiera pasar el fin de semana en Londres para que pudiera asistir. Pero Dumbledore se interpuso y denegó el permiso.
La verdad es que se sentía casi aliviado.
Tenía que ser porque que nunca le había gustado la opera. Además, aquello iba a ser un soberano rollo. Odiaba los gritos de la Warbeck, que ya había experimentado en carnes propias en la boda de Narcissa. Y ese Hamilton que cantaba con voz de mujer... Ridículo. La opera era ridícula.
Si. No quería ir. Pero era por eso.
Solo por eso.
ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo
El imponente teatro del Royal Opera House fue construido en 1728, 36 años después de la entrada en vigor del Estatuto del Secreto.
Desde su misma inauguración, el mundo mágico lo utilizó también para sus propias representaciones. Innumerables veces, durante más de dos siglos, el programa que se ofrecía era, secretamente, doble. Los melómanos londinenses, el vecindario, los muggles en definitiva, no se percataban nada, pero una vez finalizada la representación oficial, cuando el servicio de limpieza del teatro había hecho su trabajo, Covent Garden recibía la visita de magos y brujas.
En la actualidad, la dirección de la programación corría a cargo de Margaret Mulligan, Alta comisionada para las Bellas Artes del Ministerio de Magia. Sin embargo, en ocasiones, el Royal también ofrecía algunas representaciones privadas bajo el mecenazgo de familias pudientes. El nuevo matrimonio Malfoy, de vuelta de su luna de miel, había hecho lo propio. El Royal muggle había programado Turandot para aquella velada. Inmediatamente después tendría lugar un evento más exclusivo.
Mucho después de que los ecos de los aplausos se apagarán, cuando el último de los empleados salió del edificio, Charles Avery llegó a Covent Garden solo. Era una noche sin luna, fresca, como correspondía al mes de Mayo, pero no fría.
Le fastidiaba tener que entrar subrepticiamente en el teatro.
Malditos muggles, pensó, pero a pesar de todo, ignoró la entrada principal y se dirigió a una de las puertas laterales de servicio. Tocó levemente la cerradura con la varita y pronunció la contraseña.
- Ab imo pectore
Al momento, la cualidad metálica de la puerta cambió. Un leve temblor ondulatorio recorrió su superficie, como si estuviera compuesta de algún material fluido en extraña suspensión. Charles tocó la puerta con precaución y, venciendo una ligera resistencia, la traspasó con el dedo índice. En el punto donde su dedo había entrado en contacto con la puerta se generaron una serie de perturbaciones concéntricas en el material transformado. Satisfecho con el experimento, retiró la mano y guardó la varita en el bolsillo de su elegante traje de gala, y con dos pasos decididos se encontró en el enorme recibidor abovedado del Royal Opera House.
En el Royal mágico se representaban habitualmente obras de músicos magos como Purcell, Monteverdi o, por supuesto Bach. Aunque la música muggle no estaba oficialmente proscrita, hacía ya varios años que Mulligan evitaba problemas olvidándose de ella noche tras noche, a pesar de que esto limitaba mucho el repertorio. Y desde luego los Malfoy jamás habrían profanado los oídos de sus invitados con música no mágica.
Los invitados habían llegado con bastante puntualidad. No podían agolparse en la entrada y llamar la atención de los muggles, por eso había un protocolo de entrada en las puertas de servicio. En el Hall del Royal se había organizado un cóctel previo servido por elfos domésticos, que las mejores casas de Gran Bretaña habían prestado a Lucius y su esposa para la ocasión.
Allí estaba Kreacher el elfo de los Black, sirviendo copas de kir royal junto a Dobby, de la casa Malfoy y otra decena de pequeñas criaturas de largas orejas vestidos con trapos de cocina o blancos pañuelos bordados. Las grandes arañas de cristal relucían con el resplandor de cientos de velas y los pesados cortinajes de terciopelo rojo enmarcaban a al nutrido grupo de magos y brujas. Las mujeres se habían engalanado con sus joyas más ostentosas, los hombres vestían túnicas de gala de colores oscuros. Se podían ver bastones con puños enjoyados, tiaras de diamantes y anillos con gruesas gemas como los de un obispo católico. Todas las familias se sangre pura que contaban en el mundo mágico, por su riqueza o su alcurnia, se habían reunido allí esa noche: Los Black, los Kethering, Los Rosier, los McMillan y tantos otros.
No todos eran partidarios de Lord Voldemort y muchos de ellos se hubieran horrorizado de sus auténticos planes, pero casi todos ellos eran simpatizantes de la causa de la sangre pura y orgullosos de su linaje. Entre los asistentes había también mortífagos, pero para alguien extraño a su hermandad siniestra era imposible distinguirlos de los demás.
Charles Avery, un neófito recién salido del cascarón, fue incapaz de identificar más que a unos pocos. Los Lestrange, Malfoy, Evan Rosier... Pero sabía con total certeza que había muchos, muchos más.
Titus Kethering, Druella Black y Augusta Longbottom charlaban formando un corrillo junto al cuarteto de cuerda que amenizaba el refrigerio; la señora Black distinguió a Charles y lo saludó con la mano.
Avery estaba emocionado, se sentía en el centro del mundo. Que diferencia con la monotonía de las clases de Hogwarts, donde no era más que un alumno mediocre. Se sentía poderoso, henchido de energía. Deseaba más que nada engrosar las filas del ejército del Señor Tenebroso en la sombra. Estaba seguro de que no tardarían mucho en llevarlo a la presencia del señor Tenebroso y ,pronto, sería uno de ellos.
Su padre no había querido adelantarle nada.
Sintió una punzada de regocijo al pensar en Snape, encerrado el mohoso castillo con aquel viejo ridículo mientras él disfrutaba de aquella noche de pura gloria. Y en Wilkes, cuyos padres se habían negado a que abandonara los estudios. Pero claro ¿acaso los padres de Wilkes estaban ahí esta noche? Por supuesto que no. John Wilkes no era más que un oscuro funcionario del Ministerio, una pieza menor del engranaje del nuevo orden. Por más que clamara contra los sangre sucia jamás dejaría de ser un pobre desgraciado en comparación con su propia familia. Clifford Avery no era solo uno de los magos más ricos del reino sino que había sido uno de los primeros seguidores de Lord Voldemort. Y Charles seguiría sus pasos hasta igualar y superar a su progenitor.
Un pequeño revuelo siguió al sonido de la campanilla que anunciaba el comienzo de la representación en cinco minutos, y los magos y brujas dejaron las copas en las bandejas y sobre las mesas y subieron por las escalinatas de mármol, aún en animada conversación, hacia los palcos y las plateas.
Se había acondicionado una plataforma sobre el patio de butacas, configurando una amplísima extensión del escenario. En una representación privada como aquella, el patio de butacas jamás se ocupaba. La representación sería algo muy especial, la disponibilidad de espacio hacía posible realizar una escenografía mágica espectacular. Aquella noche, las agitadas olas del mar de Cartago y los relámpagos de la cólera de Júpiter serían reales.
Mientras recorría el pasillo enmoquetado en dirección al palco de los Avery, Charles echó un vistazo a través de la puerta abierta de la platea. En el palco real se sentaban Lucius y Narcisa acompañados de Bella y Rodolphus. Rabastan Lestrange, con aspecto aburrido e indolente acompañaba a las dos parejas. Los padres de los esposos, en un lugar de honor, conversaban mientras observaban a la concurrencia con los anteojos mágicos. Este era uno de los entretenimientos mas satisfactorios de las veladas de opera mágica. Observar a los demás y fiscalizar su atuendo, modales y relaciones era aún más importante que la opera en si.
Charles, a punto de entrar en el palco de su familia, que ya lo esperaba dentro, se preguntó si Lord Voldemort estaría allí esa noche. No lo creía. Después de lo sucedido en Hogwarts la mejor política sería desaparecer por un tiempo y esperar a que los rumores, por escasos y clandestinos que fueran, se disiparan.
Cuando empuñaba el picaporte, un largo dedo se clavó en sus costillas
- Charles.
Avery se dio la vuelta y se encontró cara a cara con Evan Rosier, a quien conocía de vista pero que nunca le había sido formalmente presentado. Lo sabía compañero de correrías de Rodolphus Lestrange. Tenía aproximadamente la edad del marido de Bellatrix, rebasada la treintena, por lo que era natural que no hubiera coincidido con él a menudo.
- Evan Rosier, si no me equivoco...- dijo Charles con toda la resolución que pudo, extendiendo la mano, en un intento de no sentirse intimidado.
Rosier era alto y no exactamente corpulento como Rodolphus, pero si atlético. Estaba tan cerca de Charles que este no pudo evitar sentirse incómodo.
- Vengo a invitarte a mi palco.- dijo, sonriendo divertido por el tono pomposo del otro e ignorando su mano tendida.- hay algunos amigos allí que quieren conocerte.
Al ver el gesto del chico, que pretendía entrar al palco a disculpar su ausencia ante sus padres, Rosier lo agarró de la muñeca.
- No es necesario. Tu padre está al tanto.
De manera que a Charles no le quedó otro remedio que seguirlo hasta un palco situado en el otro extremo del teatro siguiendo el corredor semicircular que rodeaba la sala. Rosier no volvió a dirigirle la palabra y Charles no se atrevió a romper su silencio. Un elfo doméstico les abrió la ornamentada puerta con una reverencia que casi hizo que arrastrara las enormes orejas por el suelo.
En el palco de Rosier había ocho sillas, cuatro de ellas ya ocupadas.
- Aquí estoy con el novato.- Dijo Rosier dirigiéndose a sus acompañantes.
Charles permaneció en silencio. Intuía que era mejor no hablar hasta que alguien se dirigiera a él. Desde el palco de los Malfoy, en diagonal hacía su derecha, le llegó una mirada enigmática de Bellatrix Lestrange. Solo duró una fracción de segundo porque enseguida su cuñado se inclinó hacía ella y toda su atención se centró en la conversación con Malfoy y Lestrange.
Charles observó a sus compañeros de palco mientras Rosier descorchaba una botella de vino y repartía copas entre los presentes. Aún no le habían asignado un asiento así que permaneció de pie, cargando el peso sobre la pierna derecha, ligeramente inquieto. De los cuatro hombres uno le llamó la atención en primer lugar por su aspecto de extranjero, lucía una barba recortada que no conseguía disimular su juventud. Sus ojos negros y brillantes lo miraron de arriba a abajo. Después se incorporó y le tendió la mano. El apretón fue firme y seco.
- Antonin Dolohov, bienvenido.
Otro de los presentes, algo mayor que Dolohov y de ojos claros y el pelo largo recogido en una cola de caballo, resopló mientras cogía la copa que Rosier le alargaba, ignorando completamente la presencia de Charles y sin hacer intención alguna de saludarlo.
- Este es Cecil Jugson- dijo Dolohov señalándolo. Después, se volvió hacía la izquierda, señaló y dijo- Y mis dos alegres compinches son Patrick Mulciber y Thomas Nott.
Jugson no se inmutó y siguió sin dirigirle palabra, Mulciber y Nott lo saludaron con un ligero movimiento de cabeza.
En el foso, la orquesta afinaba sus instrumentos y el director, que como todos los directores magos dirigía con su propia varita, dio unos golpes sobre el atril para indicar que el comienzo de la representación.
Rosier le señaló una silla en la segunda de las tres filas del palco, donde un cortinaje lateral casi lo ocultaba completamente de la vista. Las dos filas delanteras tenían tres sillas cada una. Solo dos sillas en penumbra permanecían vacías inmediatamente detrás de él. A su lado se situó Dolohov, lo cual lo tranquilizó un tanto, pues parecía el más cordial de los seis mortífagos.
Porque aquellos seis hombres eran mortífagos, sin lugar a dudas.
El silencio se había hecho en la sala y las notas del primer acto comenzaban a fluir en oleadas tranquilizando un poco su ánimo. Se recostó contra la moldura de madera a su derecha y procuró calmar un poco su agitación.
Mientras Dido confesaba a Belinda su tormento de amor por el guerrero troyano, Charles repasó con la vista a sus acompañantes. Patrick Mulciber, solo unos años mayor que él mismo, parecía absorto en la música y llevaba el compás con movimientos de sus dedos sobre la acolchada superficie carmesí de la barandilla. El rostro de Nott quedaba fuera de su alcance pero sorprendió una mirada divertida de Jugson , que se volvió a mirarlo mientras se llevaba una copa a los labios.
- Relájate y disfruta del espectáculo- susurró Dolohov en su oído, como si hubiera descubierto su inquietud.
Sobre el descomunal escenario, que abarcaba todo el espacio del patio de butacas, se desarrollaban los amores de Dido y Eneas a orillas del mar cartaginés. La dulce voz de Celestina Warbeck se lamentaba del hechizo que cupido había puesto en su pecho en contra de la voluntad de los dioses y Charles siguió el consejo de Dolohov y aquietó los latidos de su propio corazón. Se permitió disfrutar de una copa de vino que Rosier, en un alarde de amabilidad, le tendió. Pero no fue capaz de interpretar la sonrisa ladeada del mortífago.
Charles nunca había sido especialmente aficionado a la opera y, de hecho, solo había asistido en un par de ocasiones y en compañía de sus padres, cuando aún era un niño. Pero en aquella situación la música era el único refugio que tenía para calmar sus intangibles temores. Le habían dicho que aquella era un opera bastante corta, de manera que no tendría tiempo de aburrirse demasiado.
Tras la escena de las hechiceras, que tramaban la desgracia de los amantes, Charles había empezado a disfrutar de la representación y casi se sintió fastidiado por la llegada del descanso.
Creyó que saldrían del palco para estirar las piernas y saludar a los otros asistentes. Pero allí nadie se movía y Charles se quedo sentado sin saber que hacer. La mayor parte de los palcos se habían quedado semivacíos, y los que no, presentaban el movimiento habitual de visitas y saludos entre amigos y conocidos.
Tenía la incómoda sensación de que sus acompañantes compartían un secreto que a él le estaba vedado y cada poco sorprendía sobre él la mirada de alguno de ellos. Rosier se levantó y salió sin decir palabra, dejando el palco en un silencio que solo a Charles pareció incomodar.
Los murmullos de las conversaciones, dentro y fuera dela sala, llegaban amortiguados por las pesadas tapicerías y cortinajes. Cada vez se sentía más y más incómodo.
Abrió la boca para decir algo, lo que fuera.
- Cállate - dijo Nott sin mirarlo. Y aquello puso fin a su intento.
Cuando la campanilla volvió a sonar y en el foso volvió a escucharse la cacofonía de violines y violas afinando sus instrumentos, la puerta del palco se abrió.
Rosier no venía solo, Rabastan Lestrange lo acompañaba.
El menor de los Lestrange poseía una apostura muy diferente a la de Rodolphus. Charles ya lo había observado durante la boda de Malfoy y se había extrañado, una vez más, de lo poco que se parecían los hermanos. Al igual que sus dos compañeros Black, Rabastan y Rodolphus eran muy distintos. Rabastán, de menor envergadura y algo más bajo que su hermano, tenía los ojos castaños y el gesto informal, mientras que Rodolphus era un coloso que imponía respeto con su mera presencia y sus ojos eran mucho más oscuros. En aquel momento Bellatrix y su esposo se sentaban en sus asientos del palco principal, al otro lado de la sala, de manera que pudo comparar a los dos hombres de un golpe de vista.
Lestrange, tras dirigirle un gesto de reconocimiento, se sentó detrás de él, aunque sin pronunciar palabra.
La representación continuó. La reina Dido y su amante salían con su séquito a los bosques de Cartago. La producción se habían esmerado especialmente y el espacio de la escena era un vergel de vegetación que crecía a ojos vistas, enredando ramajes y lianas hasta los mismos límites de los palcos y plateas. Cuando la cólera de los dioses desató la tempestad sobre el escenario hubo exclamaciones de asombro entre la audiencia. El trueno resonó por encima de del coro y un relámpago cegador iluminó por un momento la sala revelando rostros boquiabiertos. Después, en momento de máxima intensidad dramática, todo quedó en tinieblas.
Charles escuchó un suave "clic". Alguien entró en el palco y se sentó detrás de él, al lado de Lestrange.
No se movió, ni siquiera cuando una tenue luz iluminó de nuevo el escenario revelando al mensajero divino, que instaba a Eneas a abandonar a la reina.
Aunque se hubiera vuelto, posiblemente no hubiera podido distinguir al tardío visitante pues la zona del fondo del palco se encontraba en penumbra. Durante varios minutos resistió el impulso de mirar hacia atrás. Un temor sin nombre se había apoderado de él. El ambiente en el pequeño espacio del palco se había enrarecido, o al menos así lo percibía él. ¿Eran imaginaciones suyas o la línea de la mandíbula de Jugson se había endurecido? ¿No se sentaba Nott, delante de él, mucho más envarado?
Sin poder evitarlo volvió la cabeza, pero la silueta encapuchada que distinguió al lado de Rabastan Lestrange estaba inmóvil en las sombras y no podía distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer. Con todo, una certeza súbita se apoderó de él haciendo que volviera bruscamente la mirada al escenario.
Dido, abandonada por Eneas, comenzaba su aria final, moribunda, cantando con tristeza infinita.
"Thy hand Belinda, darkness shades me..."
Y entonces, unos fuertes brazos lo asieron desde atrás aplastando su pecho e inmovilizándolo contra la silla. Charles reprimió un grito y a su lado, Dolohov atrapó su brazo izquierdo y le levantó la manga de la túnica hasta el codo.
"...but Death invades me..."
Presa del pánico Charles trató de revolverse, pero Rabastan era mucho, mucho más fuerte. Quiso gritar, pero el sonido murió en su garganta.
- Haz el favor de estarte quieto.
Rabastán, después de susurrar en su oído, tan cerca que pudo notar su cálido aliento, asió su oreja entre los dientes y apretó. Apretó hasta que el chico creyó sentir correr la sangre por su cuello. Petrificado por el pánico notó un cosquilleo en el antebrazo izquierdo.
"When I am laid in earth..."
Algo quemaba. Quemaba. Algo le estaba quemando el brazo. Sintió el dolor traspasarlo hasta el hueso y, sin importarle ya lo que pudiera suceder, gritó con todas sus fuerzas.
Pero de su boca no salió sonido alguno.
Sin embargo siguió gritando, hasta que el dolor se intensificó a tal extremo que se vio obligado a cerrar la boca y apretar los dientes.
" may my wrongs create, no trouble, no trouble in thy breast..."
La voz de Dido taladraba su mente mientras él, con los ojos cerrados agonizaba por el tormento en su antebrazo. Creyó que su mandíbula se quebraría. Abrió los ojos y vio una sucesión de rostros mirándolo, mirándolo fijamente. Rosier sonreía.
En ese momento sucedió algo. En su mente el dolor quedó relegado a un rincón cercano, aún presente, muy presente, pero en un segundo plano. Porque en la parte frontal de su consciencia resplandecía la rabia.
Lo estaban marcando como al ganado.
No había esperado esto. Había contado con alguna clase de ceremonia. Había contado con el honor.
Y sin embargo ahí estaba, indefenso, humillado. Recordó a la chica muggle a la que había violado el verano anterior en Brighton y una nausea subió a su garganta.
El dolor comenzó a decaer.
En el escenario Dido yacía muerta. sobre un lecho de flores.
Jadeando un poco, Charles notó que el grillete de Dolohov se aflojaba y su brazo izquierdo, dolorido y pulsante, caía como muerto al lado de su cuerpo. Rabastan lo había soltado también. Una gota de sudor se deslizó por su frente. No se atrevió a tocarse el antebrazo donde Lord Voldemort acababa de señalarlo con su varita. En lugar de eso se tocó la oreja izquierda donde Lestrange lo había mordido. Cuando puso la mano frente a sus ojos se sorprendió al no ver resto alguno de sangre.
Y entonces, el público estalló en aplausos y las luces se encendieron.
Miró hacía atrás, como movido por un resorte. Rabastan lo miraba con una sonrisa burlona en los labios.
A su lado, la silla color crema estaba vacía.
- Enhorabuena.- dijo.
Uno a uno, sus acompañantes se levantaron y salieron del palco, mientras los aplausos entusiasmados echaban abajo el teatro, dejándolo allí. Completamente solo.
