Glee y sus personajes no me pertenecen, asi como tampoco esta historia.

Ya subí toda la historia... iré largando los caps de a poco. Solo son 31 capítulos! ESTÁN AVISADOS!


Capítulo 25

Quinn se duchó antes de atreverse a ir hasta la cocina. Había oído antes las risas de los niños, la voz burlona de Rachel. Aquel día había dormido más de lo habitual, pero temía quedarse a solas con Rachel. Mientras los niños estuviesen allí, haciendo de amortiguador entre ambas, no habría tiempo para charlas... ni para besos.

Se apoyó en la repisa del baño para tranquilizarse y por fin se atrevió a mirarse a los ojos en el espejo. Había evitado a propósito pensar en lo sucedido la noche anterior... en lo que estuvo a punto de suceder. Seguía sin poder creer que había estado tan cerca de besar a Rachel después de tantos años. La palabra que Rachel había susurrado seguía resonando en su mente.

«¡Sí!»

Pero ¿qué quería decir aquello? ¿De pronto tenía curiosidad? ¿O estaba expresando en voz alta sentimientos que había estado reprimiendo todos aquellos años?

Fuese cual fuese la respuesta, Quinn no estaba muy segura de poder enfrentarse a ella.

Rachel alzó la vista cuando Quinn entró en la cocina, yendo directamente hacia la cafetera, sin dedicarle ni una mirada. Ya esperaba aquello: sin duda, Quinn estaba avergonzada por lo que casi había llegado a suceder. También lo estaba Rachel. Después de todo, había sido ella quien lo comenzó todo: era ella la que quería hablar, y después la que prácticamente le había rogado a Quinn que la besase.

Sin embargo, a la luz del día ya no estaba tan segura. Tal vez sólo se había imaginado aquella expresión en el rostro de Quinn. Tal vez la atracción que sentía por Quinn, la que seguía sintiendo después de tantos años, no tenía nada que ver con el sexo. Tal vez no era más que eso, atracción, una extensión más de su amistad. Tal vez estaba sacando demasiadas conclusiones.

—¿Qué tal te encuentras esta mañana? —preguntó Quinn en voz baja y titubeante.

Rachel la miró a los ojos, sumergiéndose en aquellas verdes profundidades tal y como había hecho cientos de veces antes, sólo que ahora aceptó lo que había visto en ellos y también lo que sentía por Quinn. Y sí, tenía que ver con su amistad, y al mismo tiempo no tenía nada en absoluto que ver con ella.

—Estoy muy bien, ¿y tú?

Quinn miró un momento hacia los niños, ocupados comiendo tortitas, y volvió a mirar a Rachel.

—Sobre ayer noche... Rachel, lo siento mucho —susurró.

Rachel asintió. —Sí, yo también lo siento. Si Lee Ann hubiese esperado tan sólo cinco minutos más, yo ya sabría lo que es besarte. —Quinn abrió unos ojos como platos. —¿Quieres tortitas?

—¿Cómo? ¡Rachel!

—¿Mmm?

—Me estás volviendo loca —susurró Quinn.

—Bien, ya era hora. Entonces, ¿quieres tortitas o no?

Quinn negó con un gesto. —No, no creo que pueda comer nada —murmuró.

Cogió su taza de café con la intención de volver a su dormitorio... y pensar. Pero una manecita le tocó el brazo.

—¿No vas a comer? La tía Rachel ha hecho tortitas sólo para ti.

—Ah, ¿sí? ¿Para mí?

Quinn alzó la vista hacia Rachel y pudo ver que se ruborizaba ligeramente.

—Dice que solías comerte diez a la vez.

—Ah, pero eso era cuando cocinaba tu abuelita. Me da miedo comer lo que cocina la tía Rachel.

Su frase fue recompensada con un trapo húmedo disparado contra su cara.


—Rose dijo que pensaba darnos de comer las hamburguesas que sobraron, pero tengo la horrible sospecha de que también ha invitado a Josh.

—Mami dice que Josh es muy guapo —dijo Lee Ann.

—Y también es muy joven —dijo Rachel mirando de reojo a Quinn por el retrovisor.

—Pero es cierto que es guapo —se burló Quinn.

—¡Chitón!

—Tía Rachel, ¿Josh va a ser tu novio?

—No, Lee Ann.

—Pero mami dice que van a salir juntos.

—¿Es eso lo que dice mami? —Murmuró Rachel entre dientes—. Me parece que voy a tener una charlita con tu mami.

—¿A qué hora volvieron? —quiso saber Quinn.

—Me llamó a las dos.

—No han estado mucho tiempo fuera.

—No. Normalmente no vuelven hasta las seis. Seguro que Greg estaba deseando regresar.

—Sí. Sólo espero que no...

Quinn se detuvo al darse cuenta de que Lee Ann estaba atendiendo a la conversación.

Miró a Rachel en el retrovisor y vio que asentía discretamente.

Cuando llegaron a la entrada de la casa, Rachel dejó escapar un hondo suspiro.

—Tal y como sospechaba.

—¿Qué ocurre?

Rachel hizo un brusco movimiento de cabeza, señalando hacia la calle. —La camioneta de Eric.

—¡Aah! Así que tendremos otro asalto con Josh —dijo Quinn, al tiempo que salía del coche y ayudaba a Denny con su mochila.

Se detuvo al notar que unos cálidos dedos le rodeaban el antebrazo. —Tengo cero interés en Josh —murmuró Rachel mirándola firmemente a los ojos—, y lo sabes.

Quinn asintió. La mirada de Rachel la había asustado un poco. En ese momento, se dio cuenta de que, fuera lo que fuese lo que iba a ocurrir entre ambas, ella ya no tenía el control de la situación, sino Rachel. Y la mirada de Rachel acababa de decirle que sabía perfectamente quién estaba ahora al mando. Quinn estaba completamente a su merced. Aquella idea la hizo sentirse débil.

Los encontraron en el jardín trasero, disfrutando de los últimos rayos de sol. El hombre del tiempo había pronosticado lluvias primaverales para el día siguiente.

—¡Hola, chicos! —exclamó Rose, inclinándose para abrazar a Lee Ann—. ¿Cómo está mi niña mayor?

—¿A que no sabes lo que hemos comido?

—¿Qué?

—¡Tortitas!

—¿Tortitas? ¿La tía Rachel ha cocinado? —preguntó Rose, incrédula.

—Oye, que soy tan capaz como cualquiera de abrir una caja.

Rose se volvió hacia Quinn. —¿Tú las has comido? —preguntó en voz baja.

—Ella me obligó —contestó esta con un esbozo de sonrisa.

—¡Muy graciosas las dos! ¡Y ya veremos si vuelvo a cocinar para ti alguna vez! —añadió dándole un golpe a Quinn.

Quinn se frotó el brazo dolorido. —Estaban buenas. Tal vez no tan esponjosas como las de tu madre, pero buenas.

Rose se acercó a ambas y murmuró: —No dejes que Josh se entere de que no sabes cocinar. La comida es algo a lo que los hombres dan mucha importancia.

—Escúchame, Rose: puedes jugar a las casamenteras todo lo que quieras, pero Josh no me atrae, ni lo más mínimo. Así que deja de intentar metérmelo por los ojos.

—¿Cómo puede no gustarte?

Rachel alzó las manos, exasperada. —¡Porque no soy tú, así que déjalo ya!

Rose miró a Quinn. —¿Podrías hacer que entre en razón? ¡Pero si es prácticamente un Adonis, por el amor de Dios!

Quinn se encogió de hombros. —Si no le gusta, no le gusta.

Rachel se echó a reír y se colgó del brazo de Quinn. —Gracias, señorita Fabray. Ni yo podría haberlo explicado mejor.

Rose se quedó mirándolas fijamente. —Se están comportando de un modo muy extraño.

Rachel soltó a Quinn, sonriendo al ver que su amiga se había sonrojado ligeramente. Maldita sea, Quinn seguía siendo muy vulnerable. Y por mucho que lo intentase, no podía ocultarle ya lo que sentía. Rachel podía descubrirlo por muy bien que lo disfrazase. Sabía ya que, si la tocaba, notaría cómo se estremecía. ¿Por qué, por qué no lo había descubierto quince años antes? ¡Cuánto tiempo desperdiciado!

—No estoy haciendo nada raro, Rose.

Su hermana puso los brazos en jarras. —Dame una buena razón por la que no te guste Josh.

Rachel miró de reojo a Quinn y pudo ver la sutil mueca que se dibujaba en sus labios.

«Está bien, Rose. Veamos: lo primero porque es un hombre, y lo segundo porque no es Quinn.»

Cerró los ojos. Tal vez eso sería demasiado para Rose, así que se decidió por algo más neutro.

—Tiene veintisiete años.

— ¿Y?

—Yo estoy a punto de cumplir treinta y cuatro. —Rachel se encogió de hombros. —Bebe demasiado.

—¡¿Cómo?!

Rachel hizo un gesto con la cabeza. —¿Alguna vez lo has visto sin una cerveza en la mano?

—Eso no quiere decir nada. ¿Alguna vez has visto a Eric sin una cerveza en la mano?

Rachel asintió. —Ahí es donde yo quería llegar: Eric bebe demasiado.

—No puedes juzgar a todo el mundo comparándolo con Finn; él era prácticamente un borracho.

—¡Era un borracho de tomo y lomo, Rose!

—¿Y eso qué tiene que ver con Josh?

—Chicas —intervino Quinn colocándose entre ambas—. Me parece que este no es el momento ni el lugar adecuado para esta discusión.

—Tienes razón, lo siento —dijo Rose—. Lo que pasa es que me gustaría que tuvieses una mentalidad más abierta, Rachel.

—La tendré, Rosie, pero, por favor, deja de preocuparte por mí.

Quinn se aclaró la garganta antes de anunciar: —Aquí viene... tu cita.

—¡Vaya, aquí están! Rose me dijo que vendríais —dijo Josh examinándolas detenidamente —. Tú eres Quinn, ¿no?

Quinn sonrió, al tiempo que miraba de refilón a Rachel. —Sí. Y tú eres... ¿Justin?

—Josh —corrigió él, y a continuación tomó del brazo a Rachel—. Ven, te traeré una cerveza.

Rose le dio un codazo a Quinn. —¿Cómo que Justin?

—Sólo me estaba metiendo un poco con él —contestó Quinn, encogiéndose de hombros mientras veía alejarse a su amiga.

A Rachel no le gustaba ser maleducada pero, como aquel hombre no le quitase pronto las manos de encima, acabaría por darle una bofetada.

—Estaba pensando que tal vez podríamos salir a cenar esta semana —sugirió Josh—.

Eric dice que el restaurante mexicano del pueblo es bastante bueno.

Rachel retrocedió un paso, librándose así del brazo con el que Josh le rodeaba la espalda. —Sí, hacen una comida muy buena. Sin embargo, no iré a cenar contigo.

—¿Por qué no?

—Josh, pareces un buen tipo, de verdad —dijo Rachel sonriendo amablemente—, pero no estoy interesada.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no me interesas, que no quiero salir contigo —aclaró; no quería parecer una arpía.

—Pero Rose me dijo...

—Ya irás viendo que Rose dice muchas cosas.

Rachel pasó rápidamente la vista por todo el jardín, hasta encontrar a Quinn, sentada sola en una silla plegable. Movió la cabeza de un lado a otro, preguntándose por qué Rose la habría dejado sola.

—Disculpa —le dijo a Josh.

No aguardó respuesta. Se encaminó hacia Quinn con paso decidido, y sonrió cuando la vio alzar la vista.

—¿Qué haces?

—Pues aquí sentada, observando —contestó Quinn encogiéndose de hombros.

Rachel se puso en cuclillas junto a su silla y posó tímidamente la mano sobre el muslo de su amiga. Notó que se ponía tensa y que un estremecimiento la recorría de arriba abajo. Le parecía increíble tener tanto poder sobre ella, y también se asombró al comprobar que los ojos de Quinn podían volverse todavía más verdes de lo que eran.

—Rachel... —susurró Quinn, al tiempo que posaba la mano sobre la de su amiga y la apretaba más contra el muslo—. No sabes lo que estás haciendo.

—No, supongo que no —murmuró Rachel.

Notó una gran calidez bajo sus dedos, y abrió más la mano para rodearle el muslo. Era algo tan simple..., y sin embargo hacía que el corazón se le desbocase y se quedase sin aliento.

—¡No puedo dejarte sola ni un minuto!

Al ver que Rose se acercaba a ellas, Rachel apartó la mano rápidamente, con gesto culpable, y se puso en pie, notando que le temblaban las piernas.

—¿Me lo dices a mí o a Quinn?

—A las dos. ¡Pero bueno! Hay un hombre guapísimo muriéndose por atraer tu atención ahí mismo, ¿y qué haces? ¡Correr hacia Quinn! ¡Dios, hay cosas que nunca cambian!

Rachel y Quinn se miraron, sonriendo. —Tenemos que recuperar estos quince años perdidos, Rose, ¿por qué no puedes entenderlo?

—Porque tienes ahí mismo a un bombón, por eso —dijo Rose tomándola de la mano—. Y no lo digo por exagerar, Rachel. ¿Has visto qué bíceps tiene?

—Rose, te quiero mucho, pero me estás poniendo de los nervios —replicó Rachel.

—Lo siento, hermanita, pero es que tengo una corazonada con Josh; creo que puede ser el bueno.

—¿El bueno?

—Sí, ¡el bueno!

—¡Créeme, Rose, no lo es!

Rose blandió severamente el dedo hacia su hermana. —¡Tu problema, Rachel, es que eres demasiado exigente!

—¡Y el tuyo, Rose, es que no haces más que meterte en mis asuntos!

—¡Niñas, pórtense bien! —advirtió Quinn.

—¡Oh, Quinn, es que es tan terca...! —gritó Rose.

—¡Si tanto te gusta, sal tú con él! —contestó Rachel.

Ambas se dieron la vuelta cuando Greg carraspeó tras ellas. —Hagan el favor de gritar un poco más, creo que los del final de la calle no las han oído.

Rachel se puso las manos en las mejillas, avergonzada. —Lo siento —musitó.

Miró furtivamente a Quinn, y en sus ojos no encontró más que comprensión.

—Yo también lo siento. Sé que estoy presionándote —dijo Rose sujetándola por el brazo —, pero es que quiero que tengas a alguien, Rachel. Odio que estés sola.

—-Tienes que entender que estoy perfectamente así, Rose. Tú eres la única que se preocupa por que no tenga pareja.

—-No soy yo sola, Rachel, pero sí soy la única que lo dice en voz alta.

Quinn acabó por ponerse en pie. —Dale un respiro, Rose, ¿quieres?

—Para ti es fácil decirlo, Quinn. Vienes y te vas. No tienes que verla sola, día tras día.

—-Te estás pasando, Rose —murmuró Rachel, quien a continuación miró a Greg—. ¿Podrías decirle algo?

—-Vamos, Rose, ayúdame a servir las hamburguesas.

—-Lo siento mucho, hermanita, es que...

—-Lo sé, Rose, no pasa nada.

Rachel dejó escapar un hondo suspiro cuando el matrimonio se alejó. —-Sé que tiene buenas intenciones, pero algunas veces me agota.

—¿Ha sido siempre tan pesada con esto de que salgas con alguien?

—No, la verdad es que no. De vez en cuando me sugería alguna cita a ciegas, pero nunca llegaba hasta el final.

—Me parece que está... No importa —dijo Quinn interrumpiéndose a sí misma.

Rachel posó su cálida mano sobre la de su amiga. —¿Está... qué?

Quinn la miró a los ojos. —Creo que está preocupada por... mí.

—¿Preocupada por ti? —quiso saber Rachel, acercándose más a ella, para después preguntar en voz baja—: ¿Preocupada por que estés conmigo?

Quinn desvió la mirada. —Sí.

Rachel sonrió. —Tal vez sea cierto, pero ese no es el motivo por el que está intentando imponerme a Josh.

Quinn volvió a mirar a su amiga. —Si yo no estuviese aquí, ¿querrías salir con Josh?

—¿Quieres decir si no hubiese vuelto a verte?

Su amiga asintió. —La verdad es que no, no querría salir con él. No me interesa, Quinn, nunca me ha interesado nadie... más que tú —añadió en un susurro. Quinn asintió. No sabía qué decir. —¿Eso hace que te sientas mejor?

—No estoy segura —contestó Quinn inclinando la cabeza—. Claro que ahora mismo casi no estoy segura de nada.

Rachel le dedicó una dulce sonrisa.

—Pues ya somos dos.