Matrimonio, cuestión de estado

Dentro de sus gruesos muros de piedra, Londres ardía bajo el sol del verano. Hacía semanas que, desde los rincones más distantes de la tierra inglesa, los viajeros atravesaban las puertas de la ciudad. Los nobles llegaban con su séquito, seguidos por mendigos, vagabundos y ladrones que se unían a ellos en el camino. Parecía que todos los habitantes de Inglaterra habían decidido presenciar las bodas entre su reina protestante Elizabeth Tudor y el príncipe católico Sebastian de Valois, la tensión se percibía en todos lados. Había gente de todos los partidos, quienes apoyaban a España estaban descontentos con Fancia, quienes apoyaban a Francia estaban intrigados por saber cómo desempeñaría su papel este rey francés, por último estaban aquellos que pujaban por que su reina se casase con in inglés; los partidarios del duque de Norfolk seguían de luto al enterarse de la boda secreta entre su líder y la bella escocesa María Estuardo. A ellos no les quedaba de otra. Más que ver como un afeminado se sentaba en el trono consorte de Inglaterra y hacía a su reina hijos de sangre mestiza.

Hacia el norte de Londres, se encontraba el palacio en donde se contraerían las nupcias entre Sebastian y Elizabeth, y ese día de verano entró un hombre en la ciudad, cuya aparición llenó de alegría a la mayoría de los ingleses; dentro de poco tiempo Sebastian nunca imaginó que para los ingleses se convertiría en una especie de héroe o ídolo.

Mientras su pequeña comitiva francesa avanzaba por las calles empedradas de Londres, el populacho le expresaba a gritos su devoción; agitaban sus gorras, aplaudían, saltaban, y sollozaban por el hecho de que pronto habría un heredero que les salvaría de la calamidad que representaba María Estuardo para la mayoría protestante del país.

Sebastian por su parte, agradecía los vivas con muchas sonrisas e inclinaciones de cabeza, mientras que su corazón latía de alegría al saber que al menos el pueblo inglés le quería.

— ¡Viva! —Gritaban los ingleses llenos de alegría, cada que la procesión del rey se iba acercando hacia el palacio, donde ponto contraería nupcias. —¡Viva el rey Sebastian! ¡Que Dios guarde al rey Sebastian!

Él aceptaba elegantemente el homenaje. Seguido por su comitiva y por los mendigos que se les habían unido en el camino, entró finalmente al palacio de Greenwich, el lugar donde había nacido su regia consorte.

El rey de Inglaterra quiso detenerse un momento para admirar el panorama, era imposible no sentir nauseas, aunque llevara días preparándose para su prueba de fuego.

A esas alturas Elizabeth debería saber que dejó ir a María Estuardo cuando pudo tenerla entre sus manos para hacerla encerrar, ¿Qué le esperaría una vez dentro? Era la pregunta que rondaba en su cabeza una vez que se adentró en el gran patio que adornaba el palacio favorito de Enrique VIII.

[…]

Mientras dejaba que sus damas la arreglaran para recibir a su esposo, la reina Elizabeth de Inglaterra se regocijaba al saber que la elección que hizo, era bien aceptada por su amado pueblo. Desde sus habitaciones se escuchaban los gritos y los vivas. Era allí cuando a la reina se le hacían las sonrisas sin que esta se diera cuenta. Pero una cosa es que la reina; debido a los nervios de convertirse prontamente en una mujer casada no se fijara en sus muecas y otra muy distinta. Era que sus damas no pasaran esos gestos desapercibidos.

Una de ellas era su fiel y amada Kat. Ella la conocía desde que era una niña. Por lo tanto sabía perfectamente lo que pasaba por la mente de su señora. Para Kat. Elizabeth no tenía secreto alguno.

Una nueva sonrisa brilló en los labios de la reina, y entonces las damas aprovecharon para reír en disimuladas carcajadas, en tanto Lord Cecil, a la sazón secretario real y principal culpable de la estadía de Sebastian como rey fruncía el ceño. Nunca entendería, las acciones del sexo opuesto ante las nimiedades más tontas.

— ¡Vamos, vamos señoras! —Apremió el secretario, harto de escuchar tanta risa. —Tan solo es un francés que viene a casar con la reina. Los reyes se casan. Eso es bien sabido.

—Pero no todos los días se casa la reina Elizabeth con alguien guapo y bien parecido, Me han dicho que ese Sebastian de Valois es un adonis en persona. Mi señora, las damas que han estado en la corte francesa, auguran que es mejor que lord Robert Dudley.

La sola mención de ese aborrecible traidor, hizo que Elizabeth apretara con fuerza un collar de perlas, regalo del duque de Northumberland. "Como muestra de la ferviente admiración; que sentía por su amada reina" había dicho el bribón, al momento de mostrarle las joyas semanas antes de su matrimonio.

Kat fue más prevenida, rápidamente las pláticas se desviaron hacia el francés que acababa de arribar a Greenwich.

—Ve a la ventana, Lizzie—ordenó—. Dime, ¿lo ves? Descríbemelo.

Una muchacha llena de encanto se levantó de su butaca y fue hasta la ventana. Elizabeth Rochford no podía cumplir una orden como la que acababa de recibir sin proclamar que era la mujer más hermosa de la corte. Sus largos cabellos rizados estaban magníficamente peinados, y su atuendo era casi tan elaborado como el que usaba su reina, a pesar de que su vestido fuera de color gris perla; era rubia, de ojos azules, y tenía dos o tres años más que Elizabeth ; su marido, un hombre de edad madura, ocupaba el cargo de consejero, y si bien sus obligaciones le dejaban poco tiempo para dedicar a su mujer, había muchos otros dispuestos a reemplazarlo en sus responsabilidades
conyugales.

—Ya lo veo. —Comentó Lizzie, encantada con los atuendos físicos del consorte, en el patio se le podía ver rodeado de nobles entre los que destacaban los dos hijos mayores del duque de Norfolk, el conde de Sutherland, y otros caballeros. —¡Qué alto es!

—Dicen que es por lo menos una cabeza más alto que los hombres de su comitiva —comentó otra dama Que permanecía atenta a los acontecimientos, al mismo tiempo que se encargaba de enjoyar a la reina con unas sortijas elaboradas con las perlas más finas.

Pero Elizabeth no era paciente, se levantó de su asiento y caminó hasta la ventana, se puso a una distancia prudente y desde allí comenzó a evaluar las gracias que engalanaban a su regio esposo. Guapo, definitivamente si era, tenía los cabellos lacios y castaños, una piel blanca, más no pálida, su andar era orgulloso y el porte gallardo. Los movimientos eran como era de esperarse muy varoniles aunque poco elegantes para haberse criado en la corte francesa toda su vida.

En pocas palabras Elizabeth Tudor, pensaba que quizás sería Sebastian de Valois el culpable de sacarle del corazón a Robert Dudley. Y rogaba a Dios por que así fuera. Ya no quería seguir sufriendo por un mal hombre que apenas tuvo la oportunidad se hartó de ella, y la cambió por Lettice Knollys. De verdad deseaba amar y ser amada. Tan solo ello pedía, con tan solo eso podía conformase.

Como viera a la frívola Elizabeth Rochford, mirar de más a su esposo, la reina consideró necesario volverse hacia ella, y darle un fuerte tirón de oreja. Eso se lo habían enseñado sus anteriores gobernantas, y sabía cuánto dolor causaba. Se alegró al ver que la muy ladina se sobaba la oreja más roja que una grana.

—Lady Rochford. —Elizabeth habló adoptando su papel de esposa celosa, dispuesta a todo con tal de alejar a las advenedizas que en el futuro intentaran acercarse a la cama de su marido. —A partir de este día, quisiera, o no, no quisiera, ordeno, que se mantenga lo más alejada que pueda del rey. Pues no me gustaría que su adorable estatura descendiera unos centímetros gracias al hacha del verdugo. Cecil, damas. Ya es hora de recibir al rey de Inglaterra.

Tocándose apenas la oreja, lady Rochford replicó.

—Pierda cuidado M…mi señora, No dudo que el rey le será tan fiel, como sé que mi reina será con él.

Elizabeth sonrió agradecida, y por lo tanto aliviada. Tomó a la muchacha del brazo invitándole a caminar a su derecha.

[…]

Listo para recibir a Elizabeth como esposa, Sebastian se movía intranquilo en la capilla del palacio. Cuando las trompetas sonaron anunciando la llegada de "Su real majestad, Elizabet Tudor, reina de Inglaterra e Irlanda" Sebastian empezó a sudar; sabía que a partir de allí su vida sería otra completamente distinta a la que tuvo cuando, solo era un bastardo despreciado en la corte de su padre el rey Enrique II de Francia.

Elizabeth finalmente apareció ataviada en un hermoso vestido en color granate, la peluca que llevaba en el cabello estaba cubierta de pelas y en el centro un zafiro adornado con pequeños diamantes cubría su frente. La reina avanzaba lentamente acompañada de sus damas y de Lord Cecil.

Cuando estuvo finalmente ante Elizabeth, Cecil fue quien hizo una reverencia ante los dos. Tomó la mano de Elizabeth posándola sobre la de Sebastian.

Los novios se pusieron delante del altar, y escucharon las palabras del sacerdote, al momento de decir "acepto" ninguno de los dos titubeos, pues sabían bien lo que dependía de ese matrimonio hecho por fines políticos. Cuando la ceremonia terminó Sebastian ya era rey, se puso cara a cara a Elizabeth, sin mayo preámbulo, Sebastian tomó a la reina plantándole un feroz beso en los labios, que dejó asombrados a más de un cortesano. En cambio Elizabeth parecía halagada ante aquellas demostraciones que los franceses llamaban "afecto".

[…]

La recepción duraba más de lo debido; mientras la reina bailaba y bebía con sus damas, el rey platicaba con lord Cecil en una esquina del salón en donde se celebraba el banquete de bodas.

—Ya se ha escrito a su majestad el rey Francisco de Francia, todo está hecho mi señor solo falta que usted haga la parte difícil. Ella podrá parecer rebelde pero indomable le aseguro que no es.

Bash le dio un sorbo a su copa de vino, al menos saber eso en labios de Cecil ya era un alivio.

—En cuanto a María Estuardo, su majestad no debe preocuparse. La reina fue informada debidamente; por lord Lethington.

—Tengo entendido que ese hombre sirve a los intereses del conde de Murray, ¿Cómo pude ser de confianza alguien que sirve, a quien traiciona a la reina de los escoceses?

Cecil dejó escapar una carcajada.

—María está desesperada. Las nupcias entre usted y su prima la ponen de los nervios y ve lo poco que pudo alcanzar a disfrutar con su boda con el duque de Norfolk, hablando de ello. He de decir, que nos quitó un gran peso de encima, ¿Sabe?

Bash estaba cada vez más intrigado.

—Soy todo oídos milord, no omita nada.

—María comienza a creer que Darnley es más viable que Norfolk.

—Será estúpida si manda asesinar al duque. Sus hijos, se le echarán encima.

—De eso precisamente se trata, si maría por una causa o por otra recurre al asesinato para liberarse de Norfolk. Entonces sus s hijos harán cualquier cosa por vengar al padre.

Bash ya comprendía, todo ello no eran más que tretas bien organizadas por Cecil y su red de espías. Con el único fin de liberar a Elizabeth de futuras molestias. Las primeras eran Norfolk y María Estuardo, las segundas irían viniendo con el tiempo.

—Así que, usted se encargó de limpiar el terreno, ¿No?

Cecil asintió orgulloso de sus proezas.

—En efecto, hice una limpieza general, por así decirlo. De momento estuvo muy bien que su majestad el rey, no hubiese capturado a María cuando fue posible.

— ¿Déjeme adivinar? Quiere dejar que María sea problema de Elizabeth, eso ya es de suponer, pero mientras María se casa con Darnley como se puede suponer. Los hijos de Norfolk clamarán por la cabeza de la asesina de su padre.

—Así es majestad, va usted por muy buen camino muchacho.

—Quiere en pocas palabras que los radicales católicos de Inglaterra se alejen de España y se pasen a Francia.

— ¡Bravo! ¡Eureka! Eso quiero, si el perro sarnoso de Felipe de Habsburgo se queda sin partidarios en Inglaterra; ¿Quién podría apoyar una revuelta en el país? Nuestra venerada reina está casada con un príncipe católico, pronto nos vendrá un heredero que podría casarse con el heredero de las coronas Francesa y Escocesa, ¿Qué más podría pedirse? España está sola. Sola con sus problemas de religión en Holanda, dejemos que los españoles se pudran, mientras nosotros renacemos de las cenizas como los fénix.

[…]

La hora de la diversión ya terminaba; Elizabeth estaba nuevamente en compañía de sus damas; la reina estaba más callada que de costumbre, debían ser los nervios que se producían antes de que el matrimonio se consumase.

Al retirarse sus damas.

Elizabeth se quedó sola, la reina prendió una veladora y se puso de rodillas.

—Señor, sabes que de haber sido por mí este matrimonio no se habría efectuado nunca. Pero lo necesito; Cecil tiene razón si quiero menguar a María más de lo que ya está debo ir tres pasos delante de ella. Por eso me casé con el francés, que es preferible antes que el español porque sé que Sebastian es una persona agradable, o al menos eso me parece. Dios mío, dame fuerza, fuerza para seguir con esta lucha que al parecer es eterna. Y sin embargo debo lidiar día con día. Protégeme de mis enemigos ahora más que nunca señor, escucha mis ruegos. Si vas a tomar en cuenta todo cuanto he hecho entonces mira que lo hago no por mí, sino por ellos, por la gente que desde un principio estuvo conmigo. Por mis súbditos. Protégelos a ellos y protégeme a mí de todos los peligros, así sea.

—Amén.

Elizabeth se sobresaltó. Justo detrás de él estaba Sebastian, vestido únicamente con un camisón de lino que dejaba descubiertas un precioso par de piernas cubiertas de vello.

— ¿Estás nerviosa?

—Quisiera decirte que no, pero sí, lo cual es ridículo dado a que pues…

—Lo sé, lo sé, no tenías a Robert Dudley, para que te cantara canciones de cuna precisamente.

La luz de las velas le favorecía pensaba Elizabeth; pero creía que no podría tolerar su cercanía. No quería que la tocaran esas manos toscas; Los cabellos de Sebastian le recordaban de alguna manera los rizos sedosos de Robert, por contraste.

—Ven a la cama.

Sebastian y Elizabeth caminaron hasta la gran cama matrimonial que se exponía en el centro de la habitación, destendieron las mantas metiéndose dentro.

—Bien —comenzó—. El casamiento se ha realizado. Recuerdo que cuando zarpé de Francia para venir a Inglaterra, este día me pareció muy lejano, por lo visto ha llegado más rápido de lo que yo me imaginaba.

—A mí me pareció eterno. —Replicó ella con cierta melancolía. —Siempre quise que se tardara en llegar.

—Supongo que no es fácil, comprender que tienes que compartir lo que tienes no.

—No lo es, pero cuando se tienen demasiados problemas no queda de otra. Francia era mejor que España por muchas razones.

—Además tu pueblo odia a Felipe.

—Y yo también le odio, no por habernos hecho perder Calais, sino por haber hecho sufrir a mi hermana María.

—Pues vaya chasco que se dio cuando se enteró de la boda supongo.

Elizabeth rio divertida, al menos eso la consolaba Felipe estaba atado de pies y manos a Francia, debido al matrimonio con Isabel de Valois. Así que si quería iniciar una guerra no podría porque su esposa era la prueba viviente de una alianza entre los dos países.

— ¿Qué te resulta tan divertido?

—Felipe, debió haber echado humos por la nariz cuando se enteró de que lo cambiaba por un muchacho de 21 años.

En ese momento pareció establecerse un cierto entendimiento entre los dos. Elizabeth agradeció el hecho de que fuera así y no de otra manera.

—No parecíais nada melancólica durante el baile esta noche.

Sebastian decidió que era oportuno cambiar de tema, aunque la política era el origen del matrimonio. Más reconfortante era hablar de otras cosas.

—He aprendido a desempeñar los papeles que me asignan. Por cierto, a ti te vi muy entretenido con Cecil. ¿Qué tanto platicaban si se puede saber?

—Hablábamos de asuntos de estado.

—Dejame adivina, María Estuardo era la cereza del pastel.

—Si.

—Estoy acostumbrada. Desde que subí al trono esa arpía no ha hecho otra cosa; que amargarme el reinado.

—Pero te has sabido vengar muy bien.

—Gran consuelo, Elizabeth Burson todavía no toma Escocia.

—Lo hará, estoy seguro.

Las velas se consumían mientras ella murmuraba:

—Creo esposo, que por mi parte estoy dispuesta a hacer lo que desees el resto de la noche.

Sebastian se rio fuertemente, Ella guardó silencio y él se inclinó a besarla.

—Y por mi parte señora, creo que me parece indigno estar en la cama con una mujer sensualmente atractiva y no hacer nada de nada.

Ella se apartó, pero él la tomó en sus brazos.

Susurró:

—Te aseguro mi amor, que a partir de esta noche dejarás de echar de menos a ese Dudley.

Elizabeth Rio.

—Mi señor, entonces será mejor que hagas menos ruido y más nueces.