Kyoko estaba reventada. Ella, que tanto se jactaba de su buena forma física, si la bicicleta y sus carreras por LME valían para algo…, estaba derrengada. Llevaba tres días huyendo como una loca, corriendo y corriendo con los zombis casi mordiéndole los talones. Por obligaciones del guión, evidentemente. Nótese que tal hecho no mucho tiempo atrás la hubiera hecho temblar de pánico cual ardillita temerosa o perderse en el horizonte con la puesta de sol… Pero el caso es que, ahora mismo, huir de los zombis era su trabajo y, como siempre, lo hizo a la perfección. Pero estaba agotada. El rodaje estaba siendo algo duro físicamente hablando, y además su cabeza aún volaba sin su permiso a todo lo que tuviera que ver con cierto actor con el que 'hablaba' a diario en términos más que ambiguos.

Quiso Kuraokami que lloviera por la tarde y los zombis no pudieran salir a la calle, bajo riesgo extremo de volver a convertirse en humanos desteñidos, así que les dieron la tarde libre a casi todos los empleados. Okami-san la mandó a su cuarto en cuanto la vio entrar por la puerta, respirando afanosamente, los brazos caídos sin fuerzas hacia adelante y la cabeza girando en un intento inútil de mantenerla en su sitio. Casi parecía un zombi la muchacha…

En un día normal hubiera estado ayudando en el restaurante o estudiando cuando recibió la llamada, pero hoy ya dormía. Soñaba que Ts-Hiz-..., Corn la llamaba. Lo cual es una solemne estupidez porque las hadas no necesitan de la tecnología humana. Hasta que se acordaba en su sueño de que el hada Corn no existía. Bueno, que Corn no fuera un hada no le suponía demasiado conflicto, porque el hecho de que resultara ser humano, como ella, no entraba en contradicción directa con la negación de la existencia de los seres feéricos que ella tanto amaba. En sus sueños la niña Kyoko danzaba con ellas en el bosque de Kyoto, junto al arroyo, mientras Corn, de repente adulto, le decía que atendiera el teléfono.

Mo…shi mo…shi… —contestó sin mirar quién llamaba.

—¿Mogami-san? —preguntó una voz de hombre.

—¿Tsuruga-san? —Kyoko instantáneamente se despertó del todo. O casi…

—¿Estabas dormida, verdad? —sonaba apenado—. Lo siento, lo siento… Te llamo en otro momento…

—Sí… No… No, quiero decir… Sí… Argh… —Kyoko oyó de fondo la risa leve de Tsuruga-san. Sus intentos de sofocarla totalmente infructuosos, y notorios incluso para alguien que acababa de despertar.

—Está bien, Mogami-san. Vuelve a dormir. Te llamaré mañana —sí, su voz sonaba divertida.

—¡No! —suspiró. La negación le salió más fuerte de lo que pretendía—. Quiero decir…, ya estoy despierta, ¿cierto? Eso creo, al menos… —volvió a escuchar su risa sofocada al otro lado—. Dime, ¿para qué llamabas?

—Ah, sí… —y aquí siguió una pausa que a Kyoko se le antojó excesivamente larga. O quizás era culpa de sus neuronas semidormidas—. Verás… ¿Vendrías conmigo a Kabukichō este fin de semana?

Kyoko parpadeó dos veces.

—¿P-Pretendes llevarme al… al barrio rojo? —dijo con un temblor en la voz.

—¿Qué? —soltó Ren—. No-no-no-no-no… —dijo al borde del pánico—. Al cine, yo me refería al cine… —mira que no darse cuenta… Kabukichō era famoso por la cantidad de locales de ocio y entretenimiento para adultos. Había de todo, ciertamente, bares, restaurantes, centros comerciales…, pero era sobre todo conocido por ser la zona donde los negocios legales de la yakuza estaban establecidos. Y por el otro comercio 'adulto' que allí se ofertaba…

—¿Qué? —ella seguía sin entender.

—Shinjuku Toho —dijo él de un tirón. Esto no iba bien…

—¿Shinjuku? —era este barrio uno de los corazones de la ciudad, Kabukichō uno de sus distritos, y el edificio Shinjuku Toho uno de los más representativos. Varias plantas pertenecían al cine del que hablaba (o quería hablar) Ren, otras tantas a locales de restauración y de ocio, y el resto de los treinta pisos era un hotel enorme. Pero no era por eso únicamente por lo que era famoso… No… había otra razón…

—Sí… Es que… —Ren parece estar buscando las palabras—. Acabo de enterarme de que hay un ciclo de cine de terror este fin de semana y me gustaría que fuéramos juntos…

—Ah… —es buena cosa que él no pudiera ver el rubor que se extendía hasta la punta de sus orejas, aunque seguro que podía imaginarlo…

—Sí… ¿Vendrías? —quizás sonó un poco más ansioso de lo que debería…

—Un momento… ¿No es allí donde está Godzilla? —preguntó Kyoko expectante—. ¿Podré verlo?

Ren se rió ahora abiertamente.

—Sí… Lo veremos… —Ren escuchó el sonido de una exclamación contenida.

—Pero espera… —dijo después tornándose seria—. ¿No te reconocerán? No me gustaría morir linchada por una turba enfurecida, ¿sabes?

—Bueno, ya haré algo al respecto…

—¿Seguro? Porque no eres precisamente fácil de disimular…

Él rió nuevamente. Ah, cómo había echado de menos su voz… Al otro lado, Kyoko daba gracias a su futón por soportarla. Sus rodillas no sobrevivirían otro asalto de esas risas.

—Sí, no te preocupes… ¿Te recojo a las ocho en el Darumaya y comemos algo antes de la película?

A Kyoko el corazón le hacía bum-bum-bum… No es que ella tuviera mucha experiencia, pero es que esto parecía casi una cita…

—Oh, me parece bien. Estaré encantada de ver más carnicería gratuita contigo, Tsuruga-san…

Y él volvió a reír, alegre. Kyoko dejó caer su brazo sobre el rostro, ocultándose a sí misma de las sensaciones que en ella despertaban.

—Hasta mañana entonces, Mogami-san.

—Hasta mañana, Tsuruga-san.

"Ya está. Lo hice. Ella dijo que sí. Dijo que sí…", pensó a gritos mientras caía de espaldas sobre su cama aferrando con fuerza el teléfono.

"Dios mío… ¿Qué hice? Dije que sí... Dije que sí…". Y rodó nerviosa sobre sí misma hasta enterrar su rostro en la almohada.