LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN. SÓLO LOS OCS


Agradecimientos

Daniel Shurtugal: gracias por tu review. Esa era la idea, y en cuanto a Colmillar, no está muerto, aún. Está como un rehén. Gracias por leer.

Byakko Yugure: gracias por tu review. Acertaste con lo primero, solo que no se ocultaron. Gracias por leer.

Alex Fox de Wilde: gracias por tu review. Yo quería matar a Mily :C Pero supongo que eso no les gustaría a nadie, bueno a mi si :v . Gracias por leer.

SirDaniSkyWatcher304: gracias por tu review. No, no la secuestraron y tendrás que leer para saber. Gracias por leer.

brucorra: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

armony men: gracias por tu review. Eso es algo que estoy pensando incluir. Gracias por leer.

Jackath: gracias por tu review. Gracias por eso, me alegra que mi fic te haya gustado y que opines eso. Tranquila que ni Colmillar ni Melonay han muerto. Gracias por leer.

Jair937: gracias por tu review. Espero que este capítulo te guste. Gracias por leer.

Flame n' Shadows: gracias por tu review. Bien como tal no está, pero sigue viva, es lo importante :v. Gracias por leer.

Naeko: gracias por tu review. Sí, lo sé, pero verás que eso tendrá sus frutos, solo debes esperar. Gracias por leer.

TEH Flufflynator: gracias por tu review. Y si todo se descontroló, y ya verás en los próximos capítulos sera un despeluque total :v. Gracias por leer.

Sin nada más que agregar, disfruten del capítulo.


XXV

Mi mundo se derrumba a tan sólo seis pasos

Sabana Central, departamento de Nick. Lunes, 14 de noviembre, 10:05 h.

La escena que observó lo destruyó por dentro. Su departamento estaba en gran parte estaba destruido, todo roto, desgarrado y con manchas de sangre; en el suelo habían dos cuerpos inertes, animales que Nick nunca había visto, y cuando posó la mirada hacia donde estaban los muebles, pudo sentir cómo las lágrimas empezaron a agolpársele en los ojos. En el suelo yacían Finnick y Meloney, él tenía abrazada de manera protectora a la pequeña, pero ambos estaban horriblemente heridos y sus ropas estaban cubiertas de sangre.

Se lanzó a correr hacía ellos antes de que se diera cuenta, la desesperación y el miedo lo dominaban, iban tan frenético que tropezó con uno de los dos animales muertos en el, suelo haciéndolo caer, aunque en ningún momento apartó la vista de ambos zorros. Se levantó y se dirigió hacia ellos.

Cuando estaba con ellos, se colocó de rodillas en el suelo y observó que la situación era peor de lo que se parecía. Finnick, con su pata derecha tenía abrazada a Meloney, mientras que con la izquierda se retenía el sangrado de una herida en el costado derecho. Su respiración era demasiado irregular y apretaba los puños, al parecer, haciendo todo lo posible para soportar el dolor, además de estar con cortes y heridas menos graves por el resto del cuerpo. La vista de Nick e detuvo más de lo normal en el ojo izquierdo de Finnick, que sangraba como si fuera una cascada.

Finnick movió las orejas cuando Nick estiró los brazos para constatar que estuviera, como menos, fuera de peligro de muerte, alerta, con la guardia alta y dispuesto a dar pelea aún con las heridas que tenía. Al abrir el ojo derecho y darse cuenta de que él estaba allí, jadeó con voz débil.

—Llévatela.

Nick se movía por inercia, su cerebro tenía el control de su cuerpo, haciéndolo realizar movimientos automáticos, como tomar a Meloney en brazos cuando Finnick aflojó el agarre protector; sentía como si alguien lo manejara con hilos. Cuando parpadeó, recuperando la consciencia en su totalidad y observó a Meloney, no pudo evitar soltar un gemido de sorpresa. Usó la poca estabilidad que le quedaba para no romperse en ese momento. Ella estaba en un estado horrendo: golpes, cortes y moretones por todo su pequeño cuerpo, una de sus patitas se notaba de lejos que estaba fracturada, y le brotaba sangre por la nariz y boca. Al instante, antes de pensarlo, Nick le chequeó el pulso, inquietándose: era tan débil que apenas se percibía.

—Finnick, ¿qué pasó? —preguntó, nervioso.

Colocó a Meloney en el suelo y le recostó la oreja sobre su pecho, para comprobar la velocidad de sus latidos y la respiración.

—Nos atacaron… un tigre, una zorra… y esas dos gacelas… —Finnick suprimió un grito de dolor—. Me ataron en la cocina mientras… a ella la golpeaban… así que como pude me liberé y me cargué a… esos dos… —Se detuvo para tomar aire, estaba sudando demasiado—. Cuando ellos se dieron cuenta de… de que esas gacelas estaban muy calladas, se voltearon… y dejaron de lastimar a Meloney. Peleé contra ellos, pero ya puedes ver cómo he quedado —jadeó.

Él lo escuchaba y a la vez no lo hacía. Estaba demasiado enfocado en Meloney, en su débil y casi imperceptible rimo cardíaco, pero más aún en la detenida respiración. Nick inició la reanimación cardiopulmonar en un intento de que volviera a respirar y no fuera demasiado tarde. Luego de unos segundos, por suerte, funcionó, ocasionando que ella escupiera una gran bocanada de sangre. Eso alarmó a ambos zorros, sin embargo, respiraba. Débil; pero lo hacía.

—Llévatela rápido, deben atenderla —pidió de nuevo Finnick. Antes de también escupir una bocanada de sangre.

Alarmado, Nick intentó revisarle las heridas a Finnick, mas éste no se dejó.

—Llévatela de una vez —ordenó con un gruñido, aunque sonó más como una súplica—. Ya veré cómo me las arreglo.

Él asintió y se llevó en brazos a Meloney. Un sinfín de emociones se revolvían dentro de Nick, golpeándolo tan fuerte como unas olas rompientes contra una bahía; de entre todas ella se alzaba le miedo. Salió del apartamento como alma que lleva el diablo, sintiendo cómo la sangre de los cortes de su hija le apelmazaba el pelaje de los dedos y patas, pegándoselo a la piel.

Bajó las escaleras casi de a saltos, cuidando que al aterrizar no pisara mal y tropezase, mientras tenía cuidado de no mover mucho a Meloney, aún no sabía que tal grande eran los daños internos. Cuando llegó a la planta baja, de un grito llamó a Judy.

—¡Judy, ve por Finnick! —Se recostó a Meloney contra el pecho y con una pata libre se toqueteó los bolsillos, en busca de las llaves. Al hallarlas, se las lanzó—. ¡Está herido; por favor, no dejes que muera!

Ella atrapó las llaves al vuelo y con una mirada igual de temerosa que la que suponía él tenía, ambos pasaron como destellos, gris y rojizo, al lado del otro, en direcciones distintas: el departamento y el hospital.

Nick corrió hasta la patrulla y depositó con suavidad a Meloney en el asiento delantero, mientras daba la vuelta y entraba en el asiento del piloto, para luego salir a toda marcha hacia el hospital. Pisó el acelerador y se fue. En el camino a la clínica, notó cómo la respiración de Meloney se hizo un poco más estable, cosa que lo alegró; pero no le duró mucho, porque unos segundos después vio horrorizado cómo, con un tosido, sangre burbujeaba en su boca.

Aceleró hasta el máximo, evitando carros, peatones, vallas, todo. Quedó atascado en el tráfico, maldijo su suerte y sacó el cuello por la ventana, logrando ver la larga fila de autos que había hasta que se perdía a lo lejos. Una cosa era segura, no llegaría a tiempo si se quedaba ahí. Salió de la patrulla y abrió la puerta del copiloto, sacando a Meloney y llevándola en sus brazos. Desde donde estaba hasta el hospital eran unos dos o tres kilómetros, iba a ser difícil llegar, sin embargo, por ella haría lo que fuera.

Empezó a correr como si su vida dependiese de ello. Y en parte lo era, no podía permitirse perder a su hija. Esquivaba animales de una manera que nunca creyó posible, se giraba, doblaba y usaba al máximo su flexibilidad natural para pasar entre todos.

«No la perderé…»

Poco a poco su firmeza empezó a flaquear y comenzó a perder el control de sus emociones, los ojos se le volvieron acuosos con sólo pensar que no lo lograría. Sintió cómo ella se movió un poco, y sin dejar de correr, la miró. Se notaba que le costaba trabajo abrir los párpados, aunque se esforzaba en hacerlo.

Sintió como su camisa fue jalada casi sin fuerza por Meloney, lo que le causó un nudo en la garganta, estaba a nada de quebrarse a llorar. Meloney abrió sus ojos a la mitad e hizo contacto visual, a lo que el zorro le dio una sonrisa paternal. Meloney estiró su otra patita intentando llegar hasta él.

—Estoy aquí, cariño —susurró con voz ahogada, sin dejar de correr.

El hospital comenzaba a acercarse, y su pecho y cuerpo a cansarse.

Sus ojos no se separaron de la pequeña, lo que le causaba una enorme agonía. No quería verla así, quería verla como siempre, alegre, feliz, no así. Cuando unas lágrimas bajaron por sus mejillas, debió la mirada y alzó un hombro, en un intento de limpiárselas.

Meloney abrió los labios, intentando decir algo, pero sólo salió un suspiro rasgado, doloroso incluso para él, y el agarre en su camisa se soltó, cayendo el brazo de su hija sin fuerzas, inconsciente. Nick se aterró y empezó a correr aún más rápido, dejando a su paso pequeñas y casi invisibles gotas de lágrimas.

«¡No, no, no, no! Aún puedo llegar.»

Le faltaba solo cuatro cuadras para llegar, pero en el cruce habían como mínimo unos veinte antílopes, osos y jaguares obstruyendo el paso. Miró hacia los lados y estaba igual, no podía ir a la derecha ni a la izquierda, y no podía retroceder porque también estaba bloqueado. Dio un suspiro angustiado y tomó su arma reglamentaria, propinando disparos al aire, ocasionando que los animales se dispersaran, huyendo aterrados, dándole vía libre para continuar. Le importaba un comino que lo llegaran a sancionar o que lo despidieran, debía llegar al hospital por encima de todo, era la vida de su hija la que estaba en riesgo.

«Ya casi…»

Cuando llegó al hospital, entró desbocado con la pequeña en brazos, dando gritos para que lo atendieran. En eso, aparecieron un alce y una gacela. En un abrir y cerrar de ojos habían traído una camilla y colocaron a la zorrita en ella. El doctor, la enfermera y Nick, corrían a todas velocidades por la edificación, guiándola a Cuidados Intensivos. Justo antes de entrar a la sala fue detenido por un rinoceronte, impidiéndole el paso.

—No puede pasar —aseveró éste, con una voz que no permitía réplicas.

—¡Es mi hija quién está en esa camilla, hazte a un lado! —espetó el zorro, angustiado, haciendo un gesto despectivo hacia el rinoceronte.

—No puede pasar. Sólo personal del hospital.

—Pero… —rebatió, con la voz empezándosele a quebrar. Decidió no discutir y se dirigió a la sala de espera, que estaba a unos seis pasos de ahí.

Entro a la habitación y se tumbó sobre una de las sillas del lugar. Entrelazó sus patas bajo su mentón, afincándolas en sus rodillas. Incesantemente comenzó a mover su pierna dando golpecitos al suelo, estaba demasiado nervioso como para bromear sobre su parecido con la coneja. Cada tanto lanzaba una mirada al reloj que había en la pared, viendo la forma en que el tiempo pasaba ridículamente lento.

¿Por qué Judy tardaba tanto? ¿Por qué no ha recibido noticias de la ZPD? ¿Por qué fue tan despistado para no haberse dado cuenta de lo que tramaban? Sin embargo, en la pregunta que más revoloteaba en su subconsciente no era relacionada a su trabajo o caso, sino una más personal: ¿por qué siempre Joseph tenía que arrebatarle lo que más apreciaba?

Mientras se hacía más preguntas, más aumentaba su dolor. Llegando al punto de empezar a hiperventilarse. Al darse cuenta de ello, se tranquilizo en lo que pudo, y logró evitar entrar en ansiedad. De pronto escuchó una voz conocida en el pasillo y la puerta de la sala de espera se abrió con un golpe, al posar la vista en el umbral divisó a su Zanahorias, con lágrimas en los ojos, que sin dudarlo un momento se lanzó contra él, dándole un abrazo.

Uno de esos abrazos que aunque el mundo estuviese desmoronándose, aunque la pérdida fuese inminente, reconfortaba y daba ánimos a seguir. Un abrazo protector. Un abrazo que sólo alguien que te ama y aprecia, pero sobre todo que sabe de qué forma te sientes, puede dar.

—¿Cómo está? —preguntó Judy. Y Nick supo que no era sólo por Meloney, sino que preguntaba también cómo estaba él.

No hubo respuesta.

Nick pasó sus brazos alrededor de su cuello, apretándola contra sí lo más fuerte que pudo. Tocando con dedos delicados su espalda y cintura, necesitaba sentir su seguridad, contagiarse de su optimismo.

—¿Dónde está Finnick? —quiso saber él, con una voz ahogada, a causa de haber recostado su rostro contra el hombro de Judy.

Detectó cómo el pecho de ella se hinchó y bajó con rapidez, denotando sorpresa.

—Está en el quirófano —respondió luego de unos momentos—, tiene varias costillas rotas y la herida de su costado derecho, aunque no rozó algo vital, es grave —dijo, e hizo una pausa—. Nick, ya verás que ellos saldrán de esto, sólo se fuerte.

—¿Ser fuerte? —soltó una risa pesada y triste, al separarse un poco y buscar los lilas—. ¿Cómo puedo ser fuerte si la mitad de mi ser se debate entre la vida y la muerte a tan solo seis pasos de mí y mi hermano está en un quirófano?

Nick se pasó las patas por el rostro para evitar derrumbarse de nuevo. No podía; no, no debía, debía ser fuerte. Judy lo abrazó de nuevo.

De tanto en tanto miraban la hora, expectantes e impotentes. El doctor no aparecía para darles algún diagnostico o algo. Sólo era el tic-tac del reloj, mientras Nick llenaba los formularios del hospital. Luego de dos horas de espera, el alce atravesó el umbral.

—Familiares de Wilde, Meloney —anunció, sin apartar la vista de su portahojas.

—Nosotros —dijeron ambos, levantándose.

El alce los miró arqueando una ceja, para después centrarse en el diagnostico.

—Meloney Wilde, ¿cierto? —preguntó a la pareja. Ambos asintieron—. Bien, la pequeña tiene una fractura oblicua en la pata delantera derecha, una hemorragia interna a nivel del diafragma lo que causó un edema pulmonar, hematomas a nivel general del cuerpo y el resto son heridas menores, tales como cortaduras. —Inspiró antes de seguir, mirándolos con severidad—. Esto indica que fue no atacada porque sí, yo diría, más bien, torturada.

Nick apretó los puños, mientras Judy se llevó las patas a los labios.

—¿Y Finnick? —quiso saber.

—Rodríguez, Finnick. —Hojeó el portapapeles—. Con respecto a ese paciente, se encuentra estable. Tuvo una puñalada en el costado derecho que desgarró los músculos, pero tuvo la increíble suerte de que el puñal no rozara el hígado; en cuanto a su ojo, lamento decirle que el corte que recibió le hizo perderlo, además de unas cuantas costillas rotas. Aunque creo que es un precio muy pequeño por haber sobrevivido, ya que él recibió mayor daño que la pequeña —contestó el alce.

—¿P-podemos ver a Meloney? —preguntó Judy, aunque sonó más a una súplica.

El alce lo pensó por un momento y luego asintió, dándoles paso. Una vez afuera, los guió dentro de la sala de Cuidados Intensivos. Era un largo pasillo, de un aproximado de diez metros, habían dos largas hileras de camas en las cuales estaban todo tipos de pacientes graves. Con el rabillo del ojo Nick pudo observar a Finnick, el cual estaba inconsciente en una de las camillas, tenía vendas en la mayor parte del cuerpo y una en la cabeza, cubriéndole el ojo. El doctor los guio hasta una zona aislada y esterilizada.

La pareja lo observó intrigada y cuando el alce abrió las puertas de esa y atravesaron unas tiras de plástico transparente, vieron una escena desgarradora. Meloney estaba en una cama, intubada, con medidores de pulso, presión y ritmo cardiaco conectados a ella, además de un respirador artificial. Judy se llevó sus patas a la boca de la sorpresa, sin poder evitar derramar unas lágrimas, mientras que Nick apretó los puños aún más, evitando que sus emociones lo controlaran de nuevo; pero internamente estaba destrozado. ¿Cómo era posible que ella, que siempre estaba moviéndose o jugando con Sabrina, tuviera que respirar por medio de una máquina? Le dolía verla ahí, le dolía mucho. Pasó su cola alrededor del cuello de la coneja, mientras ladeaba la mirada, aunque amara con toda el alma a Meloney, no quería verla en ese estado.

Luego de salir de dicha sala, ambos hablaron con el doctor sobre el estado de ambos zorros, tanto de Meloney como de Finnick. El pronóstico del fennec era prometedor, si su cuerpo toleraba los potentes medicamentos, estaría afuera en unas tres semanas. Por otro lado, el de la pequeña no era de la misma manera. Para evitar que su cuerpo generara una reacción a los medicamentos administrados y a la vez de evitar consecuencias al nivel cerebral que afectaran sus habilidades motoras, debido al tiempo que estuvo inconsciente y sin respirar, tuvieron que colocarla en un coma inducido. Tenía un setenta por ciento de probabilidades de despertar en las próximas semanas, y en cuanto al proceso sanatorio, sería relativamente rápido, debido a que como era una niña, su cuerpo regeneraba células y tejidos mucho más rápido que un adulto promedio. En pocas palabras, la sanación llevaría de uno a dos meses; el despertar, era algo de lo que no se tenía certeza.

Ante la gran información con la que fueron bombardeados, Judy no pudo evitar sollozar; Nick la abrazó, brindándole apoyo. Ambos quedaron conmocionados con todo esto. Se separó de ella y la miró a los ojos.

—Pelusa, quiero que te quedes cuidando a Meloney un momento —pidió—. Yo iré a la estación.

Ella asintió con lentitud, limpiándose algunas lágrimas.

—Te amo, Zanahorias —dijo, depositando un beso en su frente, para luego irse.

Cuando llegó a la jefatura, nadie decía nada de lo ocurrido, todos miraban con tristeza al zorro, aunque éste no prestaba atención. Ignoraba esas miradas. Nick odiaba causar lastima en los demás. Llegó a la oficina de Bogo y después de tocar, le permitieron pasar. Una vez frente al búfalo, éste pidió que le contara con detalles lo sucedido en ambos casos.

Así fue, Nick le relató que la supuesta pista de Atenea no fue del todo falsa, ella se encontraba en esa casa, pero también estaban Deméter y Artemisa. Le contó sobre la identidad de Apolo y lo ocurrido en la misma casa, incluyendo las muertes de Osorio y McCuerno, aunque no supo qué fue de los demás oficiales. Le dijo también cómo dedujo el plan de ellos, el cual era retenerlos y, melancólico, le dijo sobre lo ocurrido en su departamento.

Bogo luego de oír todo, se pronunció.

—Eso explica las muertes de mis oficiales, incluyendo a Lobato. Y he de suponer que fue Colmillar quien mató a Fernández, alias Apolo, y a Deméter —apuntó el búfalo, con cierto desagrado y a su vez, conmiseración—. En cuanto a lo ocurrido en tu domicilio, lo lamento. Hopps nos llamó antes de salir rumbo al hospital, los forenses se llevaron los dos cuerpos y encontraron esto —agregó, colocando un arete en forma de serpiente en el escritorio.

Nick se sorprendió. «¿Colmillar mató a Apolo y Deméter? ¿Lobato murió? Un momento… ¿por qué no dijo nada del paradero de Colmillar?» Tomó el arete, y al verlo lo reconoció de inmediato, era de Ares. Le dio una mirada a Bogo, dándole a entender que reconoció el zarcillo y cuando abrió la boca para preguntar algo, Bogo se le adelantó.

—En cuando a Colmillar, lamento decirte que fue secuestrado. —Colocó unas fotos en el escritorio. En ellas se veían varios planos de una misma frase: «Ven por tu compañero, pequeño Nicholas» escrito con agujeros de balas en el suelo—. Ahora me vas a decir, ¿por qué ellos te conocen? —le ordenó, frunciendo las cejas.

Nick soltó un pesado suspiro y le contó todo a Bogo, claro está, reservándose algunas partes. El búfalo adoptó una expresión de ligera sorpresa al enterarse, arqueando una ceja. Luego de un rato de hablarle de eso, decidió poner punto final al asunto con una advertencia.

—Recurriré a los medios necesarios para cobrármelas. Nadie le hace daño a mi hija y se sale con la suya. —Bogo lo miró inexpresivo—. Un Wilde siempre llega hasta las últimas consecuencias. —Y se levantó.

—Wilde, me has de mantener informado de tu progreso —ordenó Bogo antes de que el zorro saliera, viendo por sobre la gafas, con una clara mirada de: si vas a hacer algo estúpido, asegúrate de no hacer que más de mis oficiales mueran.

Nick no dijo nada, lo único que hizo fue mantenerle una mirada fría a su jefe. Aunque él no se lo hubiera dicho, de igual manera le reportaría lo sucedido, después de todo, es mejor atacar con un grupo grande.

Salió de la jefatura rumbo a su departamento. Una vez que llegó y rescató lo que pudo, ordenó el domicilio, dejándolo relativamente bien. Se dio una ducha y se cambió de ropa, mientras le llevaba unas mudas a Judy, en el hospital. Antes de abandonar el edificio, tomó su celular y realizó una llamada.

—¿Tío James? —dijo, cuando le contestaron.

—¡Nick! —Se alegró el zorro, pero como el sobrino que era, supo captar la ligera nota grave en su voz—. ¿A qué debo este honor?

—¿Recuerdas la unión que propusiste?

—Sí. —James suspiró—. ¿Te atacó, no es así? —Nick no respondió—. ¿Y bien, qué dices?

—Acepto.