Disclaimer: Glee no me pertenece y tampoco me pertenece esta historia.
¡Disfrútenlo y comenten!
Capítulo 25
—¿Qué quieres hacer? —le pregunto.
—No me importa lo que hagamos —dice Santana.
—A mí tampoco.
Estamos sentadas en la entrada de su casa. Estoy recostada en mi asiento con el pie apoyado en el tablero. Ella está en la misma posición en el asiento del conductor, sólo que su mano está colgando del volante y su cabeza apoyada en el respaldo. Está mirando por la ventana y siendo inusualmente distante.
—¿Qué te pasa? —le pregunto.
Sigue mirando por la ventana y suspira fuertemente, un suspiro deprimido. —Terminé con Val otra vez —dice decepcionada—, está loca. Tan jodidamente loca.
—¿Creí que por eso la amabas?
—Pero esa también es la razón del por qué no la amo. —Deja caer sus piernas al piso y mueve el asiento hacia adelante—. Salgamos de aquí. —Maniobra el carro y empieza a retroceder del camino de entrada.
Me pongo el cinturón de seguridad y deslizo mis lentes de sol, de mi cabeza hacia mis ojos. —¿Qué quieres hacer?
—No me importa lo que hagamos —responde.
—A mí tampoco.
—¿Está Kurt en casa? —le pregunto a su mamá, quien está mirando a Santana de la misma manera que me miraba el viernes pasado.
—Bueno, te estás convirtiendo en una verdadera regular —me dice su mamá, no hay ningún tipo de humor detrás de su voz y francamente, es un poco intimidante.
Nos quedamos en silencio por unos cuantos —incómodos— segundos y todavía no nos invita a pasar. Santana inclina su cabeza hacia la mía. —Agárrame. Tengo miedo.
La puerta se abre y Kurt reemplaza a su mamá después que se girara y se alejara. Ahora es él quien mira suspicazmente a Santana. —Definitivamente no te haré ningún favor —le dice.
Santana se gira hacia mí y me lanza una mirada burlona. —¿Es viernes por la noche y me traes a la casa de porcelana? —Sacude la cabeza, decepcionada—. ¿Qué demonios nos ha pasado? ¿Qué demonios nos han hecho esas perras?
Miro a Kurt y señalo con mi cabeza a un costado. —Problema de faldas. Pensé que algo de tácticas de combates sofisticadas podría ayudar.
Suspira, rueda los ojos, y luego da un paso hacia un lado para dejarnos pasar. Caminamos dentro y Kurt cierra la puerta detrás de nosotros, luego se para enfrente de Santana. —Me dices otra vez porcelana y mi segunda nueva -mejor amiga en todo el mundo te pateará el trasero.
Santana sonríe, luego pone sus ojos en los míos. Tenemos una de nuestras silenciosas conversaciones donde me dice que este chico no está tan mal. Sonrió, completamente de acuerdo con ella.
—Déjame entender bien esto —dice Kurt tratando de aclarar la confesión que Santana le acaba de hacer—. ¿Ni siquiera sabes cómo luce la chica?
Santana sonríe con jactancia. —Ni idea.
—¿Cuál era su nombre? —le pregunto.
Se encoje de hombros. —Ni idea.
Kurt pone el control de su juego y se gira para mirarla. —¿Cómo demonios acabaste en el armario de mantenimiento con ella?
La cara de Santana está todavía inundada con una sonrisa satisfecha, se ve tan orgullosa de eso, estoy asombrada, ésta es la primera vez que me lo menciona.
—Divertida historia, en serio —dice—. El año pasado nunca fui asignada a una clase del quinto periodo, fue un error por parte de la administración, pero no quería que supieran. Todos los días durante el quinto periodo mientras todos los demás se iban a sus clases programadas, me escondía en el armario del conserje y dormía una siesta. Nunca limpiaban esa sección hasta después de la escuela, así que nadie iba allí. Creo que fue hace unos seis o siete meses después, justo antes que terminara el año escolar, estaba teniendo una de mis siestas del quinto periodo cuando de repente alguien abrió la puerta, entró y se tropezó conmigo. No pude ver quien era porque siempre mantuve las luces apagadas, pero aterrizó justo encima de mí. Estábamos en esa posición comprometedora y ella olía muy bien, y no pesaba mucho, así que no me importó que aterrizara sobre mí. Envolví mis brazos a su alrededor y no hice ningún intento de bajarla porque se sentía tan condenadamente bien. Aunque ella lloraba —dice, perdiendo un poco de emoción en sus ojos. Se recuesta en su silla y continúa—: Le pregunté que le pasaba y lo único que dijo fue "los odio". Le pregunté a quién odiaba y dijo "a todos", "odio a todo el mundo". En la forma que lo dijo fue desgarrador y me sentí mal por ella. Su aliento olía tan jodidamente bien y sabía exactamente a qué se refería porque odio a todo el mundo también. Así que, mantuve mis brazos a su alrededor y le dije "odio a todo el mundo, también, cenicienta". Estábamos todavía en…
—Espera, espera, espera —dice Kurt, interrumpiendo la historia—. ¿La llamaste cenicienta? ¿Por qué rayos?
Santana se encoje de hombros. —Estábamos en el armario del conserje, no sabía su nombre y allí había solo esas mopas y escobas de mierda y me recordó a la cenicienta, ¿de acuerdo? Dame un respiro.
—¿Pero porque la llamarías de algún modo? —pregunta, sin entender la afición de Santana por los raros apodos.
Santana rueda los ojos. —¡No sabía su maldito nombre Einstein! Ahora para de interrumpirme, estoy llegando a la mejor parte. —Se estira hacia delante de nuevo—. Así que le dije, "odio a todo el mundo también, cenicienta". Seguíamos en la misma posición, estaba oscuro y para ser honesta era realmente caliente. Ya sabes, no sabía quién era o como era. Una clase de misterio. Luego se rió, se inclinó y me besó. Por supuesto que le regresé el beso porque ya había terminado mi siesta y teníamos como quince minutos para matar. Nos besamos por el resto del periodo. Eso fue todo lo que hicimos. No dijimos otra palabra y no hicimos otra cosa más que besarnos. Cuando sonó el timbre, se levantó de un salto y se fue. Ni siquiera vi como era.
Está mirando al piso, sonriendo. Honestamente nunca la he visto hablando de una chica así, ni siquiera Val.
—¿Pero creí que habías dicho que ella era el mejor sexo que has tenido? —dice Kurt, trayéndonos de regreso al punto donde comenzó toda esta conversación.
Santana sonríe con jactancia de nuevo. —Lo fue. Resulta que no fue muy difícil de encontrar después de eso. Regresó una semana después. Las luces del armario estaban apagadas como siempre, entró y cerró la puerta detrás de sí. Lloraba de nuevo. Dijo: "¿Estás aquí, muchacha?" y la forma en que me llamó muchacha me hizo pensar que podría haber sido una profesora y estaría mintiendo si dijera que eso no me encendió. Luego una cosa llevó a la otra y digamos que me volví su príncipe encantado por el resto de la hora. Y ese fue el mejor sexo que he tenido.
Kurt y yo nos reímos.
—Entonces, ¿quién era? —le pregunto.
Santana se encoje de hombros. —Nunca lo descubrí. Nunca volvió de nuevo después de eso y la escuela terminó unas cuantas semanas después. Entonces conocí a Val y mi vida se fue en una espiral fuera de control. —Exhala una profunda bocanada de aire, luego se gira para mirar a Kurt—. ¿Es muy racista de mi parte no querer oír sobre tu sexo gay?
Él se ríe y le lanza el control del juego. —Racista no es el término correcto, imbécil. Homofobia y discriminación, sí. Y es entendible. No te diría de todas maneras.
Santana me mira. — Pasemos a hablar de Quinn y la manera que Rachel la tiene tan rota en este momento. Apuesto que te tiene así tu abstinencia de sexo.
Sacudo mi cabeza. —Bueno, estás equivocada, porque no sólo nunca he tenido sexo con ella, ni siquiera la he besado.
Santana se ríe, pero Kurt no y yo tampoco. Lo que la silencia rápido. —Por favor dime que estás bromeando.
Niego con la cabeza.
Se levanta y tira el control a la cama. —¿Cómo demonios no la has besado? —dice, alzando la voz—. Porque de la forma en que has estado actuando este último mes había pensado que ella es el puto amor de tu vida.
Inclino mi cabeza. —¿Por qué te ves tan molesta por esto?
Menea la cabeza. —¿En serio? —Me acecha y se inclina hacia adelante, colocando sus manos a cada lado de mi silla—. Porque estás siendo una cobarde. C-O-B-A-R-D-E. —Suelta la silla y retrocede—. Jesús, Quinn. Realmente sentí lastima por ti. Entiéndelo, mujer. Ve a su casa y de una puta vez bésala ya y permítete ser feliz por una vez.
Se deja caer en la cama y agarra su control. Kurt sonríe, una sonrisa con los labios apretados y se encoje de hombros. —No me gusta mucho tu amiga, pero hizo un buen punto. Todavía no entiendo porque te enojaste tanto con ella y te alejaste. Pero la única manera de hacer las paces es no alejarse. —Se vuelve hacia el televisor y los miro a los dos, completamente sin palabras.
Lo hacen sonar tan simple. Tan fácil, como si su vida no dependiera de un hilo. No saben de qué mierda están hablando.
—Llévame a casa —le digo a Santana. No quiero estar más aquí. Salgo de la habitación de Kurt y camino de regreso al carro.
Les:
A todo el mundo le gusta tener una opinión, ¿verdad? Santana y Kurt no tienen idea por lo que he pasado. Por lo que hemos pasado cualquiera de las dos. A la mierda. Ni si quiera tengo ganas de contártelo.
Q.
Cierro el cuaderno y lo observo. ¿Por qué diablos escribo en él? ¿Por qué diablos me molesto si está jodidamente muerta? Lanzo el cuaderno al otro lado de la habitación, golpea la pared y cae al suelo. Lanzo el bolígrafo hacia el cuaderno, y luego tomo la almohada detrás de mí y la lanzo también.
—Maldición —gruño, frustrada. Me enoja que Santana crea que mi vida es así de simple. Y que Kurt todavía crea que debo simplemente disculparme con ella, como si eso lo volviera todo mejor. Me enoja que aún le siga escribiendo a Les a pesar de que está muerta. Ella no puede leerlo. Nunca lo leerá. Sólo estoy plasmando en papel toda la mierda por la que estoy pasando por ninguna otra razón más que el hecho de que no existe una jodida persona en el mundo ahora mismo con la que pueda hablar.
Me recuesto, luego me enojo de nuevo, y golpeo mi cama porque mi maldita almohada está al otro lado de la habitación. Me pongo de pie y camino hasta la almohada, y tiro de ella. Observo el cuaderno debajo de ella, abierto de par en par en el suelo.
La almohada cae de mi mano.
Mis rodillas caen al suelo.
Mis manos se aferran al cuaderno abierto en la última página.
Frenéticamente volteo las páginas cubiertas por la escritura de Les hasta que encuentro dónde comienzan las palabras. En cuanto veo las primeras palabras escritas al comienzo de la hoja, mi corazón se detiene en seco.
Querida Quinn:
Si estás leyendo esto, lo siento tanto, tanto, tant…
Cierro el cuaderno de golpe y lo lanzo al otro lado de la habitación.
¿Me escribió una carta?
¿Una jodida carta suicida?
No puedo respirar. Oh, Dios, no puedo respirar. Me levanto, abro de golpe la ventana, y saco la cabeza. Cierro la ventana y corro hasta la puerta de mi habitación. Tiro de ella y me apresuro por las escaleras, salteando unos cuantos escalones. Paso por mi madre y sus ojos se abren de par en par, viendo con tanta prisa.
—¡Quinn, es medianoche! ¿A dónde te…?
—¡A correr! —grito, luego cierro la puerta del frente detrás de mí.
Y eso es lo que hago. Corro. Corro directo a casa de Rachel porque es la única persona en el mundo que puede ayudarme a respirar otra vez.
