CAPITULO 24

Al anochecer, Mike Steward llegó también al castillo con su ejército. Angustiado, quiso acercarse a Jessica o a sus hermanas para darles sus condolencias, pero su hermano Tyler y sus hombres se lo impidieron, por lo que, sin hacer ruido, se quedó junto a Edward y el resto de los guerreros.

Al alba, Emmett, incrédulo por lo que le habían contado, le preguntó a Jasper:

—¡¿Que Bella es Hada?!

Su amigo asintió y respondió:

—Y tu delicada Rosalie otra de las encapuchadas.

—¡¿Cómo?!

—Lo que oyes, amigo… lo que oyes.

Atónito, el joven miró a Edward, que no muy lejos de ellos hablaba con Mike. Rápidamente, de una bolsa que colgaba de su cintura, Emmett sacó la flor seca que la encapuchada le dejó en el pelo y al ver que era de color naranja y exactamente igual que la que le había entregado Rosalie el día que se conocieron, sonrió.

Desde un discreto segundo plano, Alice observaba preocupada a Bella. La joven apenas se movía ni hablaba con nadie, sólo miraba la tumba de su padre casi sin pestañear. Levantándose, buscó a Jasper y, acercándose al grandullón, le comentó:

—Jasper, estoy preocupada por Bella. Creo que voy a acercarme a ella y…

—No, Alice —la cortó él—. Quédate donde estás. No me fío de esos Steward.

—Pero ¿no ves que…?

El paciente Jasper la sujetó del brazo con dulzura y dijo:

—Veo todo lo que tú ves, pero, por favor, no te acerques a esos hombres, no son de fiar.

Alice asintió y sonrió. Aquel hombre de ojos rasgados y soñadores le gustaba, así que en vez de volver a donde estaba, se sentó a su lado.

Emmett, al ver la cara de bobalicón de su amigo al mirarla, se le acercó y, discretamente, preguntó:

—¿Y esta joven quién es?

—Es Alice —le informó Jasper y, bajando la voz, le contó—: Cuando Bella se escapó, la buscamos y la encontramos con ella. Al parecer, la pobre llevaba viviendo en el bosque cerca de dos años, sola y…

—¿La pobre? —rió Emmett.

Jasper, al ver que levantaba la voz, se acercó a él y siseó molesto:

—Baja la voz o te oirá.

El otro obedeció rápidamente y, mirando a la muchacha con disimulo, murmuró:

—Sin duda, no tiene bigote como…

—¡Emmett! —lo cortó Jasper—. Un respeto por la otra pobre mujer, que ha muerto.

Consciente de que tenía razón, el joven asintió:

—Tienes razón. Mi comentario ha sido desafortunado.

Tras un silencio en el que Emmett observó que su amigo no apartaba la vista de la joven de pelo corto, cuchicheó:

—¿Te gusta Alice?

—No.

—Pues tu sonrisa de bobo no dice lo mismo.

—He dicho que no me gusta, ¿no has oído bien? —siseó Jasper.

—¿Seguro? —insistió Emmett divertido.

—¿Pretendes enfadarme? —replicó Jasper molesto y frunciendo el cejo.

Al ver su reacción, Emmett sonrió.

—Tiene una sonrisa muy bonita y unos ojos cautivadores. Y con un vestido más nuevo que el que lleva mejoraría mucho su apariencia, ¿no crees?

Jasper, removiéndose nervioso, contestó:

—No dudo de lo que dices, pero a mí me gustan las mujeres de cabelleras largas y con clase. No mujeres de la calle como esta joven. Simplemente, estamos siendo cordiales con ella. La ayudamos y le damos cobijo por pena. Por no dejarla sola.

—¿En serio? —preguntó Emmett, sorprendido porque lo que veía no era lo que su amigo le decía.

—Emmett, por favor, ¿quién se fijaría en alguien como ella? ¿Con ese pelo? ¿Acaso es comparable a alguna de las bellezas con las que yo suelo estar?

—No. Sinceramente no.

Con actitud de machos dominantes ambos se rieron, sin percatarse de que Alice lo estaba oyendo todo, pero a pesar de que aquello le partió el corazón, sin inmutarse continuó mirando al frente.

Las tres hermanas Swan dieron sepultura a los cuerpos sin vida de las personas que siempre las habían cuidado y querido. Su tristeza y desconsuelo eran insoportables. Habían perdido todo lo que ellas consideraban familia.

Pese a su actitud fría, Tyler estuvo junto a su mujer durante el responso y, una vez finalizado, no pudo hacer nada cuando su hermano Mike, apartando a Royce, se acercó a Jessica y la abrazó con cariño. Angela y Bella se percataron de que Tyler maldecía mientras su hermano le daba el pésame a Jessica.

Edward, que desde la distancia lo miraba todo con ojos curiosos, recordó lo que Bella le había contado respecto a la boda de su hermana con Tyler. Sin lugar a dudas, e incluso sin hablar con Mike, pudo percatarse de lo mucho que éste quería a la joven. Sólo había que ver cómo ambos se miraban en busca de consuelo cuando estaban separados.

Alertado por ello, observó movimientos extraños y solapados enfrentamientos entre los guerreros de Tyler y los de Mike Steward y les dijo a sus hombres que se mantuvieran al margen. No quería enemistarse con ninguno de los clanes, pero si había que elegir a quién apoyar, sin duda elegiría al de Mike Steward.

Terminado el funeral, los hombres se alejaron, dejando solas a las tres mujeres ante la tumba del laird Charlie Swan, y Edward fue testigo entonces de una violenta disputa entre los hermanos Steward.

—Te quiero fuera de mis tierras —siseó Tyler.

—¿Tus tierras? —se mofó Mike—. Dirás las tierras de los Swan.

—Ahora son mías. Me pertenecen por derecho, como todo lo que hay en ellas.

—Madre me dijo que en tu carta decías que no ibas a seguir viviendo en Merrick y que le prohibías que volviera a dirigirse a ti, ¿por qué? —preguntó Mike, acercándose a su hermano.

—Porque no necesito vuestra compasión. Y al fin y al cabo ella no es mi madre.

—Eres un desagradecido, Tyler. Madre te quiere tanto como a mí y…

—Mi madre murió cuando yo era pequeño. Nunca he tenido otra madre. Y respecto a las migajas de Merrick…

—¡¿Migajas?! ¿Vivir en la mansión de Merrick para ti son migajas?

Tyler levantando el mentón respondió altanero:

—Comparado con el castillo de Glasgow donde vives tú, sí. ¿Acaso yo no puedo querer tener una fortaleza, como tú?

A cada instante más caldeado por la conversación, Mike fue a contestar cuando Tyler añadió:

—Ahora tengo mi propio castillo y, para tu disgusto, mi propia mujer. Una mujer a la que deseas pero que es mía y tú nunca poseerás.

Al oír eso, Mike se llevó la mano a la empuñadura de la espada, pero Edward, interponiéndose entre los dos, impidió lo que todos temían.

Tyler sonrió al verlo y se alejó con una maquiavélica sonrisa, mientras Mike y Edward lo miraban con inquina.

Tras hablar con Mike y calmarlo, Edward intentó acercarse a las mujeres. Necesitaba hablar con Bella y saber que estaba bien, pero para su sorpresa, los hombres de Tyler no se lo permitieron.

Con el semblante demudado, empujó a varios Steward para abrirse paso. Nadie le impediría acercarse a ella. Cuando por fin llegó cerca de la joven, la vio depositar unas flores sobre la tumba de su padre y decir:

—Papá, te voy a echar mucho de menos, pero ahora disfruta como siempre has querido al lado de mamá. Os quiero y siempre os llevaré en mi corazón. —Acto seguido, le lanzó un beso y se echó a llorar al no recibir la respuesta de siempre.

Angela la abrazó y Edward no se movió.

Luego, las tres hermanas regresaron al castillo cogidas de la mano. Estaban desoladas. No había más que mirarlas para ver la tristeza que las embargaba. Edward no le quitaba ojo a Bella, que tenía la mirada perdida. No lloraba, no hablaba, sólo miraba al suelo con una gran tristeza, con actitud derrotada.

Alice, que intentó acercarse a Bella para darle su cariño y consolarla, fue empujada con brutalidad por uno de los Steward y acabó en el suelo tras tropezar con su vestido. Sin ningún temor, la joven se levantó, caminó hacia el bruto que la había empujado y, de no ser porque Jasper fue rápido y paró su estocada con un espadazo, aquel bruto la habría herido de gravedad.

—¿Estás bien, Alice? —le preguntó preocupado.

Ella, dolorida por el golpe que se había dado al caer al suelo, asintió y, alejándose para que no vieran sus lágrimas de dolor, susurró:

—Sí.

Jasper, molesto por aquella brutalidad, sin mirar a Alice increpó a aquel Steward y éste le respondió. Instantes después, la discusión proseguía y Edward tuvo que mediar. Los Steward de Tyler estaban ávidos de peleas, pero él no lo iba a consentir y gritó:

—Tyler, controla a tus hombres si no quieres problemas.

—¿Problemas yo? —rió él con superioridad y, con un gesto que a Edward no le gustó, añadió—: Apártate de Bella. No eres quién para acercarte a ella.

—¿Cómo dices? —bramó él al oírlo.

—Ahora ella forma parte de mi clan —contestó Tyler—. Y yo elegiré quién se le acerca o no.

—¿Te olvidas de que su padre la dejó a mi cargo? —siseó Edward molesto.

Tyler soltó una risotada y respondió:

—La trajiste de vuelta a Caerlaveroch. Tu responsabilidad ha terminado.

Edward fue a responderle, cuando Mike Steward se acercó a su hermano y dijo:

—Por el amor de Dios, Tyler, ¿qué estás haciendo?

Encogiéndose de hombros, él respondió:

—Mis hombres siguen mis órdenes. Ahora quien dicta las normas en Caerlaverock soy yo.

Jacob, preocupado por su amiga, intentó acercarse a Bella, pero los hombres de Tyler tampoco se lo permitieron. Molesto por ello, el joven se encaró con ellos y el jaleo volvió a comenzar.

Bella era como una hermana para él y nadie lo separaría de ella. De nuevo Edward, ayudado por unos ofuscados Emmett y Jasper, frenaron aquello.

Billy Black al ver el enfrentamiento, tras apartar a su hijo, le gritó a Tyler, molesto:

—Bella es como mi propia hija, ¿acaso no lo sabes, Tyler?

Pero éste repuso:

—Pues vete olvidando de ella, porque ya no lo es. A partir de hoy, yo soy el señor de estas tierras y mis normas primarán ante lo que…

—Tyler, pero ¿qué estás haciendo…? —repitió Mike al escucharle.

Pero el otro miró a su hermano pequeño y siseó:

—Querido Mike, ¿qué tal si te marchas por donde has venido antes de que te tenga que matar? No te necesito, ni a ti ni a tu ejército. No te quiero ver cerca de mi mujer ni de mi castillo nunca más.

—Tu ansia de poder te destruirá, hermano —gritó Mike furioso.

—¡Largo de mis tierras!

Los dos hermanos se miraron con odio y Mike contestó, dispuesto a todo:

—Me marcharé cuando lo crea pertinente y no vuelvas a hablarme así nunca más o vas a lamentarlo.

Dicho esto, tras mirar a las mujeres, que ajenas a todo se consolaban unas a otras, Mike se dio la vuelta y caminó hacia sus hombres.

Billy Black, tras cruzar una significativa mirada con Edward Cullen, que le pidió calma, bramó:

—Exijo hablar con Bella.

—Tú aquí ya no exiges ni ordenas nada, Billy —le espetó Tyler—. Soy el marido de Jessica, la primogénita del hombre al que acabamos de dar sepultura, y os pido amablemente a todos que abandonéis mis tierras.

Al oírlo, varios de los hombres de Tyler sonrieron con malicia. Billy fue a responder, pero Edward, agarrándolo del brazo, dijo, entrometiéndose:

—Tienes mucha prisa porque nos vayamos de aquí, Tyler, ¿por algún motivo especial?

El nuevo señor del castillo de Caerlaverock respondió con gesto adusto:

—Cullen, ¿acaso he de daros un motivo para querer que os marchéis de mis tierras?

—¿Nos echas? —preguntó él con una extraña calma.

Tyler, con una sonrisa que no le gustó nada, dijo mientras observaba a lo lejos a su hermano hablar con Royce, uno de sus hombres:

—Al amanecer os quiero lejos de aquí o lo lamentaréis.

Edward vio que, junto a Bella, que seguía mirando el suelo mientras caminaba, estaba Eric Steward, el hombre que había intentado propasarse con ella el día de la fiesta y eso lo puso enfermo. Nada más ver cómo la miraba, supo que nada bueno le esperaba a la joven.

Tyler, rodeado de sus hombres, miró a Billy Black y, antes de marcharse, dijo:

—A partir de este instante, la joven Bella es para ti y tus hijos lady Bella. Se acabó la familiaridad entre vosotros. Y, en cuanto a verla, no os lo permito.

Y, tras decir eso, se dio la vuelta, al tiempo que Billy y sus hijos se llevaban la mano a sus espadas. Pero Emmett y Jasper los frenaron con disimulo, mientras Edward se interponía en su camino y decía:

—Tranquilos, así no vais a resolver nada.

Sin duda tenía razón y, apenado, Billy observó cómo la pequeña a la que sus hijos y él adoraban, desaparecía como un fantasma, acompañada de sus hermanas, tras los muros de Caerlaverock. Edward, no dispuesto a obedecer lo que aquel idiota de Tyler le había ordenado, decidió esperar unos días.

Sólo con ver la angustia de Mike, supo que allí algo no iba bien. ¿Qué ocurría? Por ello, y a diferencia de las otras noches, decidió que aquélla, pernoctarían a la puerta del castillo, junto a los guerreros de Mike Steward.

Allí estaban, cuando Edward vio un movimiento tras un árbol. Rápidamente comprobó que se trataba de Alice y caminó hacia ella. Al llegar, se percató de que la joven tenía lágrimas en los ojos y que se movía inquieta. Preocupado, le preguntó:

—¿Qué te ocurre, Alice?

Ella, apoyándose en el árbol, respondió, escondiendo una mano tras su cuerpo:

—Nada, señor… nada.

Edward, al ver sus ojos enrojecidos, se acercó y le dijo con afecto:

—No me engañes. Vamos, Alice, ¿qué te ocurre?

Ella, incapaz de contener más el dolor, sacó la mano de detrás de su espalda y Edward exclamó:

—Por el amor de Dios, muchacha, ¿cómo te has hecho eso?

Tenía el dedo anular en una posición que no era normal.

—Tengo un médico entre mis hombres —la informó Edward—. Ven. Te lo mirará.

—No, gracias, señor. Yo lo solucionaré.

Sorprendido, él preguntó:

—¿Cómo que lo solucionarás? Necesitas que te vean esa mano rápidamente.

—No… No…

Cada vez más extrañado por aquella joven a la que siempre veía sonreír, insistió:

—¿Qué te pasa?

—Le agradezco su ayuda, pero no quiero ser una carga para usted y sus hombres. Por favor, vuelva con su gente. Yo me ocuparé de mi problema.

Sin entender qué le ocurría, Edward la cogió en brazos y dijo:

—He dicho que me acompañes y no se hable más.

Sin poder parar de llorar por el dolor que sentía, finalmente la chica no se resistió y se dejó llevar, mientras ocultaba su rostro en el pecho de él, que le iba diciendo:

—Tranquila, Alice… tranquila.

A través de sus lágrimas, vio que varios de los Cullen los observaban con curiosidad. Una vez llegaron hasta Patrick, que así se llamaba el médico, Edward la dejó en el suelo y, cogiéndole el mentón, afirmó con caballerosidad:

—Nunca permitiría que siguieras sufriendo y todo lo que pueda hacer para remediarlo siempre será poco.

Esas palabras tan afectuosas la hicieron sonreír y sentirse algo querida.

—El dedo está roto —dijo Patrick, cogiéndole la mano—. Habrá que recolocarlo y entablillarlo.

—Hazlo —le ordenó Edward.

Asustada, la joven los miró y el médico le advirtió: —Dolerá un poco, pero no hay otra forma de curarlo, mujer.

Edward vio que ella negaba con la cabeza e intervino:

—Alice, la única forma de hacerlo es como Patrick dice. —Y, cogiendo un trozo de madera forrada en tela que el médico le entregaba, añadió—: Muerde esto mientras lo hace. Te ayudará a aguantar el dolor.

Acobardada, ella negó de nuevo con la cabeza, justo en el momento en que Jasper se acercaba presuroso y preguntaba:

—¿Qué le ocurre a Alice?

Al oír su voz, la joven se puso tensa. Y, sin mirarlo, rogó:

—Por favor, Jasper, aléjate de mí ahora mismo.

—¿Por qué? —preguntó él, descolocado.

—¡Vete! —gritó ella, descompuesta.

—Ya lo has oído, Jasper, vete —intervino Edward.

El semblante serio de su laird hizo retroceder a Jasper, pero no marcharse. Edward volvió a ofrecerle a Alice el palo forrado, pero ella volvió a rechazarlo:

—No lo necesito. Aguantaré el dolor.

—Es muy doloroso —le advirtió Patrick.

—He dicho que lo aguantaré. No soy una delicada damisela y sé resistir —espetó la joven, sorprendiendo a los highlanders.

Edward miró a Jasper, que, sin entender nada, se encogió de hombros. No sabía qué le ocurría a Alice, ni por qué había reaccionado así. Edward se sentó a su lado mientras el médico manipulaba su mano. Con los ojos desorbitados, Alice aguantó el dolor temblando y, cuando Patrick terminó, le entablilló el dedo y le dio algo de beber, ella se lo bebió de un trago.

Luego, el médico le tendió un saquito y dijo:

—Diluye un puñado de esta hierba en agua al menos cuatro veces al día y tómatelo. El dolor desaparecerá, te lo aseguro.

Alice fue a coger el saquito, pero las manos le temblaban. Rápidamente, Jasper se acercó para ayudarla, pero ella, con gesto despectivo, siseó:

—No necesito tu ayuda. Las mujeres como yo sabemos cuidarnos solas.

De nuevo los hombres presentes se miraron. ¿Qué le ocurría a la simpática joven?

Entonces, tras agradecerle a Edward y a Patrick su ayuda, se alejó sin mirar a Jasper, que la observaba desconcertado.

—¿Qué le has hecho a Alice? —preguntó Edward sorprendido.

Sin entender su fría reacción, cuando hasta entonces siempre había sido sonrisas y amabilidad, Jasper respondió:

—Nada que yo recuerde.

Edward la miró tumbarse sobre una manta al lado del fuego y abrigarse para descansar.

—La valentía de esta muchacha me acaba de dejar sin palabras. Pocas personas aguantan el dolor como ella acaba de hacerlo. Y te digo una cosa, no sé qué ha pasado entre vosotros, pero sea lo que sea, sin duda Alice tiene razón.

Y dicho esto, se marchó dejando a Jasper aún más desconcertado. Tras dejar a su amigo mirando a la joven que intentaba dormir al lado del fuego, Edward se encaminó hacia Mike Steward que, apartado del grupo, miraba el abrasado bosque. Cuando llegó a su lado, preguntó:

—¿Me puedes decir qué es lo que te atormenta?

Mike cerró los ojos avergonzado y respondió:

—No quiero creer lo que me dice mi instinto, Cullen. Pero Tyler es un hombre ambicioso y por tener el control de esta propiedad, sé que es capaz de cualquier cosa.

Atónito por lo que esas palabras daban a entender, Edward fue a decir algo, pero Mike continuó:

—Jessica Swan fue mi prometida durante años, pero cuando Tyler regresó de Irlanda, tras una discusión con nuestra madre por el castillo de Glasgow, desapareció y, una semana después, regresó con Jessica convertida en su esposa. Intenté hablar con ella, pero fue inútil. Sólo sé que Tyler es codicioso y que siempre ansió todo lo que por derecho propio me correspondía a mí. Quería las tierras de mi familia y, al no conseguirlas, decidió robarme mi tesoro más preciado: Jessica.

Por fin Edward entendía lo que allí ocurría.

—Algo me hace temer que Tyler se ha vuelto a extralimitar —murmuró Mike.

—¿Realmente crees que él ha podido…? —preguntó Edward espantado.

—Sí —lo cortó Mike—. La ambición de mi hermano no conoce límites.

Él lo miró boquiabierto. Nunca se había planteado algo así y, mirando a Mike, dijo:

—Si compruebo que es cierto, te aseguro que la muerte de Charlie y su gente no va a quedar impune.

—Tampoco por mi parte —afirmó Mike destrozado.

En ese instante, oyeron las exclamaciones de varios hombres que miraban hacia lo alto del castillo. Ellos dos miraron también hacia allí y Edward susurró:

—No me lo puedo creer.

—La locura lo ha cegado —musitó Mike horrorizado.

Sobrecogidos, vieron cómo los hombres de Tyler quitaban de malos modos los estandartes de la familia Swan que ondeaban en las almenas del castillo y ponían los del clan de Tyler Steward. Un estandarte distinto al que Mike y sus hombres llevaban.