Capítulo 13: Nueva misión
Los minutos parecieron detenerse en ese pequeño despacho; el joven teniente Peeta Mellark se aferraba con fuerza a su único amor, descargando así toda la pena, rabia, impotencia que habían invadido su alma y pensamiento... a pesar de todo el apoyo y cariño de Sae durante esos nefastos días, sentía que sólo con ella podía desahogarse.
Totalmente conmocionado por el gesto de la joven castaña, todavía permaneció varios minutos aferrado a su cuerpo, tan pequeño y a la vez tan cálido, disfrutando de esa cercanía que, muy a su pesar, sabía que no volvería a producirse de nuevo... pero aún así, estaba feliz; con ese simple gesto, Katniss le había dado mucho, probablemente, más de lo que se merecía.
Los ojos de la joven permanecieron cerrados durante el tiempo que estuvieron abrazados. Su corazón latía de manera frenética al principio, esperando un rechazo por parte de Peeta que nunca llegó; pero al ver que aceptaba su consuelo, no pudo evitar cerrar los ojos y relajarse entre sus brazos. Siempre sintió que nada malo podría sucederle dentro de ellos... y ahí estaba de nuevo esa sensación de tranquilidad y de paz, que permanecía inalterable pese a todo lo acaecido los últimos meses.
Poco a poco dejó de sentir el violento temblor que el llanto provocaba en el cuerpo de Peeta, y ella misma se relajó con la suave respiración del joven, que lentamente fue deshaciendo su abrazo, para quedar frente a ella. Un atisbo de sonrisa surcó la boca de éste, mirándola fijamente, diciéndole muchas cosas en silencio.
-Gracias- susurró, todavía con la voz ahogada; la muchacha meneó suavemente la cabeza, quitándole importancia.
-No se merecen, Peeta... gracias a ti, por las galletas y el té- le devolvió el agradecimiento, intentando sonreír animada -¿qué debo hacer?- le interrogó. Peeta notó el cambio en su tono de voz; esos minutos habían sido para ambos un paréntesis en ese particular infierno, y era hora de bajar de nuevo a la realidad. Con un pequeño gesto de su mano, la condujo hacia la pequeña mesa que estaba pegada a la suya; la joven vio que había algunas hojas en blanco, varios lápices y tres pilas de papeles inmensas.
-Varios campos de trabajo han pasado a depender del nuestro de manera administrativa- le empezó a contar -hace poco más de dos semanas nos llegó la documentación, y dado que no tenemos más manos administrativas-Katniss notó el sarcasmo en esas últimas palabras, y pudo deducir que estaba un poco cansado de sus superiores -necesitamos una mano de ayuda extra- la joven asintió con la cabeza. Pidiéndole permiso con la mirada, tomó uno de los papeles, leyéndolo en voz alta.
-Marion Pher- empezó -nacida el 7 de abril de 1916; Lubbeck, Alemania- miró a Peeta -parecen fichas de pr... - la joven no pudo acabar la palabra. Eran prisioneras, al igual que ella y todas las chicas que se encontraban en Ravensbrück. Peeta siseó para sus adentros... no había caído en el dolor que podía conllevar esa simple e insulsa tarea.
- Kat, yo...- dejó la frase inconclusa al ver que la joven volvía a esbozar una sonrisa, reponiéndose al instante... dios... ¿era posible que ya tuviera tan asumida su situación, que no le importara organizar todas esas cajas, llenas de fichas con nombres inocentes?; su amor no dejaba de sorprenderle, ya que con un fluido movimiento, se sentó frente al improvisado escritorio, tomando algunas fichas y empezando a ordenarlas.
Después de explicarle que debía anotar algunas cosas en los folios, Katniss se sumergió de lleno en la tarea, separando de manera cuidadosa y por orden alfabético cada una de las fichas. Antes de que Peeta se sentara en su mesa, le volvió a acercar la taza de té y la caja de galletas, gesto con el que se ganó otra de las preciosas sonrisas de la joven. Era increíble lo buena que era... a pesar de todo el dolor que estaba pasando, sin saber siquiera si su familia estaba viva, todavía tenía el suficiente corazón para consolarlo por la pérdida de su madre.
Un cómodo y agradable silencio llenó esas cuatro paredes... mientras que ella parecía concentrada en su tarea, la mente de Peeta trabajaba a toda máquina... ¿cómo demonios iba a hacer para sacarla de ahí?, ¿quién podría ayudarle...?; demasiadas preguntas para las que, por desgracia, todavía no tenía respuesta.
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La mañana pasó cómo una ráfaga, y cuando quiso darse cuenta, Peeta la mandaba que dejase la tarea y se fuera a comer con sus compañeras. Tomó su chaqueta para enrollarla en su brazo, ya que dentro de ella iban, envueltas en un pequeño pañuelo que le dio el propio Peeta, las galletas para sus compañeras. Se despidieron hasta dentro de una hora, y la joven voló rauda hacia su barracón. Allí estaban ya sus compañeras, pero también la sargento Ketwell, interesándose por el estado de salud de Prim. La rubia mujer observó cómo la joven castaña detenía su paso de manera abrupta al percatarse de su presencia.
-Pasa, 3658- la instó, seria pero amable, tal y como era costumbre en ella. Con cautela y disimulo dejó su chaqueta en una de las literas de al lado, poniendo especial cuidado en que no asomara el pañuelo donde estaban las galletas.
-¿Sigue con fiebre?- oyó que preguntaba la sargento Ketwell a Annie.
-Desde hace unas dos semanas- respondió su prima -intentamos bajársela con paños fríos, pero no da mucho resultado- la rubia mujer asintió en silencio; si la joven no mejoraba, tendrían que trasladarla.
Después de algunas preguntas más, les ordenó al resto que en cinco minutos estuvieran en la fila, para el almuerzo. Nada más abandonar Clove el barracón, Katniss sacó las galletas de su escondite, haciendo que su prima y amigas la miraran boquiabiertas.
-¡Katniss!- exclamó Madge -¿de dónde las has sacado?- ésta se quedó callada, debatiendo si contarles a sus amigas todo lo que había ocurrido en el despacho de Peeta.
-¿No las habrás robado de las cocinas, verdad?- le interrogó Johanna, con enojo -sabes que nos podemos meter en un lío muy gordo- le recordó.
-Ya lo sé- contestó ésta, rodando los ojos -no las he robado...- hizo una pequeña pausa, mordiéndose el labio inferior -Peeta me las dio, para todas nosotras- las bocas de sus amigas se abrieron, debido a la sorpresa -ahora trabajo con él en su oficina, y...- Madge la cortó.
-No pienso comerme eso... ¿quién te dice que no están envenenadas?-.
-Dudoo mucho que Peeta haga eso, Mad-habló ahora Annie, llamándola por el apodo de su infancia.
-Yo he comido unas cuantas en su despacho- le explicó Katniss, un poco enfadada. Johanna y Annie cogieron una, dando ambas un buen mordisco.
-Deliciosa- gimió su prima, afirmación que fue seguida por la sonrisa de Johanna. Katniss tomó una, para acercarse a la cama de Prim.
-Mira Prim, una galleta- murmuró en voz baja -debes comer algo- le dijo. La muchacha abrió lentamente los ojos y la boca ante la insistencia de Katniss, dándole un mínimo mordisco al dulce.
-Eso es- asintió la castaña, con una sonrisa. Se había encariñado con Prim, que prácticamente la trataba cómo si fuera la hermana que nunca tuvo. Annie le acercó su cuenco, lleno de agua, que Katniss puso en los labios de la joven.
-Lo veo y no lo creo- protestaba Madge-¿cómo podéis fiaros de él?; es un nazi asqueroso- esas palabras hicieron que la joven castaña levantara la cabeza, mirándola enfadada.
-Si es un nazi asqueroso...- repitió sus palabras -¿por qué nos está ayudando?- interrogó, cruzándose de brazos. El silencio se hizo dueño del pequeño grupo; era una pregunta para la que nadie tenía respuesta, más que el propio Peeta.
-Es extraño, muy extraño- meditó Johanna en voz baja.
-Si quisiera ayudarnos, buscaría una manera de sacarnos de aquí; y no desaparecería una semana entera- siguió argumentando Madge, que no daba su brazo a torcer.
-Kate murió hace una semana- contestó Katniss. La boca de Johanna se abrió, debido a la sorpresa.
-Pobre mujer- susurró Annie; Madge se quedó callada, sin saber qué pensar. Puede que fuera una excusa que Peeta le hubiera dado a Katniss... o puede que no.
El debate de las chicas se vio interrumpido por la campana que anunciaba el almuerzo. Después de asegurarse de que Prim se quedaba más o menos tranquila, cumplieron su ritual de lavarse cuidadosamente sus manos, para después sentarse en uno de los bancos de madera, cuencos en mano.
-Esta sopa está asquerosa- se quejó Lisell, que se había unido al grupo.
-No está asquerosa; simplemente es agua caliente con un poco de verduras- cuchicheó Annie -menos es nada, necesitamos algo caliente que llevarnos a la boca- aunque era verano, y el calor ya era más que notorio, la desnutrición que sufrían hacía que apenas tuviesen calorías que quemar en sus cuerpos. Katniss permanecía en silencio, con el cuenco en sus manos, pero sin apenas probar un sólo sorbo. En su paladar todavía podía saborear el azúcar de las galletas y el sabor del té que había tomado por la mañana... ¿por qué Peeta se comportaba así?; bien es cierto que la primera vez que fue allí a limpiar ya quiso darle alimentos.
Recordó con una pequeña sonrisa cómo curó su mano, después de cortarse con el cristal; su corazón volvió a estrujarse al rememorar cómo se había echado en sus brazos, llorando cómo un niño... comprendía su pérdida, ya que prácticamente, ella también había perdido a sus seres queridos. Había repasado las fichas de manera meticulosa, intentado encontrar un nombre, un apellido conocido, pero nada. Esperaba poder encontrar el nombre de sus padres, o de su tio Alfred, o familiares de Madge o Johanna en los días sucesivos, ya que todavía quedaban muchas cajas llenas de fichas para ordenar; quizá pudiera preguntarle a Peeta acerca de su paradero.
Con esa idea rodando su cabeza, apuró su cuenco de sopa, al igual que el resto de jóvenes, y después de indicarle a la sargento Clove que debía volver al despacho de Peeta, las chicas tomaron cada una sus respectivos caminos hacia sus tareas. Inconscientemente, sus pasos eran presurosos y rápidos... quería verle, y ver que se encontraba un poco mejor que esta mañana. Puede que fuera tonta preocupándose, pero era algo que salía de ella de manera involuntaria... esa era su manera de amarle... cuidarle en silencio.
En menos de lo esperado se encontró plantada frente a su puerta; Peeta le había dicho que entrara sin llamar, ya que la dejaría abierta para ella. Abrió con sumo cuidado, pero su corazón se paralizó antes de cruzar el marco de la puerta. El sargento Boggs rebuscaba y revolvía papeles en el escritorio del teniente. Temerosa, se quedó en silencio, ya que no sabía si había hecho bien en entrar o no. Sus ojos se cruzaron con los del joven sargento, que sintió su presencia y levantó su cabeza cómo un resorte.
Un escalofrío recorrió la columna de la joven castaña, ya que su acción bien podía merecerse un severo castigo.
-¿Qué estás haciendo aquí?- interrogó éste, serio pero sin tono enfadado.
-El teniente Mellark me ordenó volver después de la comida, para seguir ordenado los papeles- se explicó, agachando la mirada, temerosa de la reacción que podía seguir a sus palabras. Pero para su sorpresa, el sargento cogió lo que parecía ser una carpeta; miró con atención a la prisionera, antes de encaminarse hacia la puerta.
-Sólo estaba buscando una carpeta que el propio teniente me ha ordenado llevarle- le explicó -puedes pasar y seguir con tu tarea- con esas palabras, dejó a la joven sola.
Respirando aliviada, se quitó su chaqueta y volvió a sumergir su vista en las pilas y pilas de papeles que todavía quedaban por ordenar... y a esperar a su Peeta.
