—¡Por favor, un momento de atención!
Al instante se hizo el silencio entre la mezcla de cuerpos danzantes. Yo había estado bailando con las chicas durante los últimos veinte minutos, pero por mucho que intentaba escabullirme, no conseguía que me dejaran ir. Siempre querían bailar un poco más, o empezaban una conversación interesante.
La única vez que había conseguido escaparme para «pillar algo de beber», no había visto a Santiago por ninguna parte.
Y en ese momento él estaba sobre el escenario, delante del micro, en el lugar del cantante.
Y todo el mundo estaba en silencio. Todos los ojos puestos sobre él.
—¡Por favor, un momento de atención!
No habría podido explicar por qué, pero el corazón se me aceleró y casi no podía respirar. No tenía ni idea de lo que Santiago estaba haciendo delante de todo el mundo, pero mi cuerpo reaccionó con ansiedad, como si supiera que algo iba a suceder.
Se sacó la máscara para que no hubiera ninguna duda de que era él.
Tragué saliva. ¿Qué diablos estaba haciendo?
—La única razón por la que estoy aquí arriba esta noche es porque estoy tratando de demostrar a alguien que de verdad lo lamento. Veréis, hay una chica. Y no me la puedo sacar de la cabeza. Hice las cosas mal y estoy tratando de compensarle. Así que... ¿Britt? ¿Dónde estás?
Todo el mundo se volvió, al unísono, para mirarme. Incluso con la máscara puesta todos supieron dónde encontrarme. Jugueteé con los dobleces de la tela de mi vestido y miré a Santiago, furiosa, a través de la máscara.
—¿Se puede tener un foco por aquí? —preguntó Santiago, señalándome, y oí su tono provocativo.
De algún modo, alguien encontró un foco para cegarme. Entrecerré los ojos y alcé una mano para protegerme.
—Perfecto, gracias. Bueno, Britt, aquí me tienes diciéndote que lo siento. ¿Chicos? —Se volvió hacia la banda, que comenzó a tocar. No era una canción lenta, tenía un ritmo bastante fuerte. La reconocí al instante. I Really Want You , de Plain White T's. Una de mis canciones favoritas. No era para nada la manera de Santiago de confesarme su amor... Mierda, si ni siquiera la cantaba él; lo hacía la banda.
Saltó del escenario, micrófono en mano, y atravesó la multitud, que se apartó a su paso, directo hacia mí.
—Aquí se acaba tu reputación —le dije en voz baja, riendo.
—¿Y crees que me importa?
Me mordí el labio.
—Pero...
Antes de que le pudiera preguntar por qué, me interrumpió, y habló por el micrófono aprovechando un momento instrumental de la canción.
—¿Quieres ser mi novia, Britt?
Me sonrojé bajo la máscara.
Hasta aquel momento no me había fijado en la otra gente que estaba en la sala, Ni oído los murmullos mientras Santiago hablaba desde el escenario. Pero en ese instante, las voces se me dispararon como un cañón de confeti en un espectáculo de animadoras.
—¡Di que sí!
—¡Oh, Dios mío, qué mono!
—¡Qué suerte tiene Britt!
—¡Míralo! ¡Es tan guapo!
—¡Di que sí, Britt!
Todo el mundo estaba pendiente de mí. Mi mirada iba de la gente a Santiago, que me observaba tranquilamente, con una leve sonrisa al ver la mucha vergüenza que había conseguido hacerme sentir.
—¿Entonces? ¿Vas a ser mi novia, Brittany ?
Me mordisqueé el labio, pero no había manera de que pudiera contener la sonrisa de oreja a oreja que se apoderó de mi rostro.
—Oh, mierda, claro.
Él rió por lo bajo, pero ése fue el único sonido que yo oí, nada de los gritos de ánimo o los silbidos o los pitidos o los abucheos. Sólo su risita.
Santiago le pasó el micro a alguien, y se lo fueron pasando de mano en mano hasta devolverlo al escenario, pero yo no prestaba atención. La música cambió a una canción lenta, y en seguida las parejas comenzaron a bailar. Quién estuviera manejando el foco por fin dejó de apuntarme.
Santiago me rodeó con los brazos y yo le colgué las manos del cuello.
—Eso ha sido muy mono —le dije, a sabiendas de que no le gustaba que lo unieran de ningún modo a la palabra "mono".
Al instante, hizo una mueca.
—Aag. No me llames mono.
—Perdona. Quería decir sexy. Muy macho.
Sonrió.
—Acabo de hacer el ridículo por ti, Britt-Britt. Espero que lo reconozcas.
—Oh, sí, lo reconozco —reí—. Pero no tenías por qué hacerlo.
—Lo sé, pero quería hacerlo. Ya te he dicho que esta vez voy a hacer las cosas bien. Y tengo mucho que compensarte. —Me hizo rodar y me reí tontamente, luego me apretó contra él incluso más que antes. La piel me cosquilleaba donde me tocaba, y podía haber estado así, en sus brazos, durante horas.
—Y bueno, ahora que somos novios, ya sabes, oficialmente, puedo decirte algo sin sonar como un completo idiota.
—¿Oh?
El corazón se me disparó, y él se inclinó para susurrarme al oído.
«No lo digas no lo digas no lo digas.»
«Dilo, dilo, dilo.»
«No lo digas no lo digas no lo digas.»
—Me gustas mucho, Britt.
Algo me recorrió por dentro... Alivio, seguro. No decepción. Definitivamente no era decepción.
Le sonreí.
—Tú también me gustas.
Él se inclinó lentamente para besarme. No era el beso apasionado que solíamos compartir. Nada parecido. Pero aunque fue un beso suave e íntimo, seguía teniendo todos los fuegos artificiales y toda la intensidad.
Me aparté yo primero.
—Santiago... nos está mirando todo el mundo —mascullé con el rostro ardiendo.
—¿Y?
Me mordisqueé las mejillas por dentro.
—Es... raro. Además, algunas de esas chicas me van a hacer un agujero en el cuerpo por la forma en que me están mirando.
—Dímelo a mí. Algunos de los chicos parecen dispuestos a arrancarme la cabeza.
—¿Qué?
Me miró como si yo fuera estúpida.
—Estoy aquí con la chica más guapa del lugar. ¿No te parece que están un poco celosos?
Volví a sonrojarme.
—De verdad, Britt, créeme. Eres muy hermosa.
Esta vez, el rubor fue acompañado de una gran sonrisa. Nunca, nunca me hubiera imaginado a
Santiago López empleando la palabra «hermosa» para describir a una chica. Sonaba muy raro viniendo de él, pero de una buena manera, de la mejor manera.
—Te he hecho sonrojar... —se burló en una cantinela mientras me rozaba la mejilla con los labios.
Le di una palmada en la espalda.
—Cierra el pico. Al menos yo no llevo ropa interior de Superman.
—Ja, ja —soltó sarcástico—. ¡Anda ya!
Me cogió del brazo y me sacó del salón de baile al vestíbulo, y luego me metió en un pequeño recoveco con un gran helecho en un tiesto. Me llevó detrás del helecho y me apoyó en la pared, con una mano suya a cada lado de mi cabeza.
—Llevo toda la noche esperando para hacer esto —susurró, y sus labios cayeron sobre los míos.
Cuando finalmente volvimos al salón, a Santiago se lo llevaron inmediatamente un par de los deportistas para que tomara una copa con ellos, y las chicas me rodearon a mí.
—¡Oh, Dios mío, Britt! ¿Por qué no nos habías dicho nada?
—¿Y cuánto tiempo hace que dura esto? ¡Deberías habernos dicho algo!
—¡Ooh, qué suerte tienes, Britt! No puedo creerlo. ¡López tiene una novia!
—¡Tienes que contárnoslo todo! —chilló Mercedes mientras me agarraba por la muñeca y me hacía sentar a una mesa. ¿Cuándo empezó todo?
—Bueno... es complicado.
—¿Qué, ya estabais saliendo antes, o algo así?
—No, pero...
—Ah, eres como... la chica con más suerte del mundo, ¿lo sabes? ¿Sabes lo celosas que estamos todas? Quiero decir... ¡es López!
—Hola... Esto, Britt... —dijo Karafsky, que apareció de repente y me puso una mano en el hombro—. Lo chicos se preguntan... cuánto tiempo hace que llevas fuera del mercado.
Me eché a reír mientras me sonrojaba.
—¿Por qué?
—Quieren saber cuánto los va a sacudir López por hablar de ti.
Me reí de nuevo.
—Bueno, desde esta noche. —«Oficialmente», dije para mis adentros.
—Ya veo... Así que nadie corre peligro de que le rompan los brazos —rió él—. Bueno, ya sabes..., felicidades. Creo que eso es lo apropiado. ¿Quién lo hubiera pensado?
—Dímelo a mí...
—Hola, Britt. —Alcé la vista y vi a Lauren que se abría paso hasta mi lado. Le sonreí, suspirando aliviada. Me puse en pie, sin hacer caso en absoluto a todas las chicas que querían hablar conmigo sobre Santiago, y la agarré del brazo. La alejé de allí.
—¿Así que habéis arreglado las cosas? —me preguntó.
Asentí.
—Eso parece, pero...
—Oh, no; oh, no; oh, no —repuso—. Hay un pero. Esto no pinta bien.
—¡No es un mal pero! Es sólo que... Es un pero de «no sé cómo va a acabar esto».
Ella asintió lentamente.
—Ya veo...
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Qué ves?
—Es... Bueno, ¿estás segura de que esto es lo mejor? Ya sé que te gusta y todo eso, pero aun así.
Todo el mundo sabe cómo es Santiago...
Me encogí de hombros.
—Lo sé, pero... la verdad es que ya no me importa.
Ella me observó durante un largo momento, luego algo hizo clic y me miró asintiendo como si lo entendiera.
Cuando la banda anunció que iban a acabar después de la siguiente canción, Lauren puso una expresión nerviosa.
—Bueno, lo que sea que te mole, Britt. Lo pillo. Oye, tengo que irme...
—¿Puck?
—Sí —rió culpable—. Sí. Perdona.
—Ve, Lau. Yo también tengo que buscar a Santiago.
—Bien. Encuéntralo. —Me hizo un elaborado guiño y se alejó apresuradamente.
Alguien me agarró del brazo con una fuerza que reconocí al instante. Me llevó hacia la pista de baile antes de que yo pudiera protestar.
—No me has concedido el primer baile —dijo Santiago, con la sonrisa más dulce del mundo—, pero me voy a asegurar de que me concedas el último.
También había reservado una habitación en el Baile para esa noche. Cuando la vi, me di cuenta de por qué había desaparecido antes.
Reí tontamente cuando me hizo salir del ascensor.
—No tenías por qué...
—Lo sé, lo sé, pero como te he dicho mil veces esta noche, estoy tratando de compensarte, así que estoy siendo un novio estúpidamente perfecto e irreal sólo para demostrarte lo en serio que me tomo esto.
—Oh, ¿así que éste eres tú en plan serio? —repuse escéptica.
—Eh, dame un respiro, ¡lo estoy intentando!
Me eché a reír.
—Vale, vale, perdona, ya me callo.
Él también se rió cuando nos detuvimos ante la puerta de una habitación del séptimo piso. Sacó una tarjeta de acceso y la pasó por la ranura para abrir la puerta.
—Después de ti —dijo, y me hizo una gran reverencia.
Para ser sincera, esperaba entrar y ver el suelo salpicado de pétalos de rosas y velas por todas partes, y quizá incluso música ambiental pastelona; la clase de escena que ves en las películas el día de San Valentín o cuando el chico está locamente enamorado y a punto de declararse.
Porque cuando Santiago había dicho que estaba siendo «un novio estúpidamente perfecto e irreal», pensé que se habría ido para ese lado: que había hecho un enorme montaje para tratar de impresionarme.
Así que cuando él abrió la puerta y me hizo entrar delante, me sentí aliviada al no ver velas, ni música, ni luz tenue. Nada cursi, o chorra, o romántico. Era una suite normal, con un sofá blanco, mullidas alfombras y una puerta que debía de dar a lo que seguramente eran el dormitorio y el cuarto de baño.
Habría sido tan artificial si se hubiera puesto en plan película... Ése era Santiago López, violento, rudo y totalmente antirromántico. Incluso su «gesto romántico» en el baile no había sido exactamente hacerme una serenata declarándome su amor. Había sido típico de Santiago, y a mí me había encantado.
—Pues vaya con lo de estúpidamente perfecto e irreal —dije bromeando, mientras me volvía para sonreírle y él cerraba la puerta.
—Oh, créeme, eso aún no lo has visto. Ven.
Me cogió de la mano y me llevó al dormitorio.
Eso..., eso sí era estúpidamente perfecto e irreal. Bueno, casi. Lo suficiente para Santiago.
—Ahora ya sabes dónde estaba cuando he desaparecido antes —me explicó—. ¿Tienes idea de lo que se tarda en escribir cosas con pétalos? Es imposible. Al final, me rendí. Iba a escribir «perdón», pero...
—Ya lo veo —repuse riendo.
Por toda la cama y el suelo había pétalos de un rojo intenso.
Me puse de puntillas para besarlo en la mejilla.
—No tenías por qué hacerlo.
—Ya lo sé, pero lo estoy intentando, ¿vale? Ya te dije que lo iba a intentar. Y sé lo romántica que eres en el fondo.
Sonreí tímidamente.
—Estoy sorprendido de que me hayas dado otra oportunidad con tanta facilidad —dijo, mientras me tumbaba en la cama y me rodeaba con los brazos—. Esperaba que te resistieras bastante más.
—¿Quieres otra pelea, Santiago? —le pregunté.
Él me tiró del pelo cariñosamente.
—No, sólo lo comento. No me quejo. Hay una gran diferencia.
—No tanta.
Se rió por lo bajo, y yo noté la risa reverberarle en el pecho. Me besó suavemente. Yo estaba a punto de devolvérselo, pero en ese momento mi móvil decidió sonar.
Noté más que oí suspirar a Santiago, y apartó los brazos a regañadientes mientras yo me levantaba para coger el bolso.
Suspiré cuando vi quién era, y me metí en el baño con el bolso y el móvil ya en la oreja.
«Ya que tengo un momento, mejor me retoco el maquillaje», pensé.
—Hola, papá —dije, esperando que mi irritación por la interrupción no se me notara demasiado en la voz. Me incliné hacia el espejo para limpiarme un poco de sombra de ojos que se me había corrido.
—¿Qué tal el baile?
—Bien.
Papá carraspeó.
—¿Ya has decidido lo que vas a hacer con él?
Me mordisqueé la mejilla por dentro antes de contestar.
—Sí. Ya me he decidido.
Papá suspiró.
—Vas a quedarte con él, ¿no? —Era más una afirmación que una pregunta; ya conocía la respuesta.
—Sí —admití con calma—.Tengo que irme. Te veré por la mañana.
—De acuerdo.
Respiré hondo unas cuantas veces para calmarme. Apagué el móvil para que no hubiera más interrupciones. Luego me apliqué un poco de bálsamo para labios y me ahuequé el pelo antes de volver al dormitorio.
Santiago estaba tirado en la cama, con los brazos bajo la cabeza y una pierna un poco doblada. No era una pose, la verdad, pero en aquel momento parecía un modelo masculino. Tenía los ojos medio cerrados, totalmente relajado. Creí que no se había dado cuenta de mi regreso.
Lo miré de arriba abajo. Era tan guapo, con el cabello revuelto y el esmoquin, incluso con la nariz torcida. Lo suficientemente alto como para hacerme sentir delicada. Y me encantaban sus ojos, tan brillantes, azules y penetrantes, y en ese momento los había abierto y me miraba de tal modo que me sonrojé.
—Hermosa como estás con este vestido, Britt, tengo que decir que te prefiero sin él.
—Oh, ¿de verdad? ¿Y qué te hace pensar que eso va a ocurrir?
Santiago sonrió.
—No creo que vaya a ser un problema.
Le sonreí coqueta mientras se levantaba de la cama y se acercaba a mí. Alcé una ceja, preguntándome cuál sería exactamente su plan.
Pero de repente se detuvo ante mí.
—Ven aquí —me dijo con una voz sorprendentemente dulce. Luego me tomó en sus brazos y caminó hacia atrás hasta quedar sentado en la cama, conmigo en su regazo. Cuando me abrazó con fuerza, yo le eché los brazos sobre los hombros. Un momento íntimo y tierno.
—No tenemos que hacer nada, ya lo sabes. Si quieres que vayamos despacio, dilo. No he cogido esta habitación para eso. Lo único que quería era estar solo contigo, incluso si decides irte a casa después.
Me quedé parada. Ahí estaba yo, convencida de que la razón por la que había cogido esa suite era que pudiéramos acostarnos, y me estaba diciendo que no me daría prisa si no yo quería. López pasando del sexo por mí.
Vaya.
Primero se había puesto de rodillas para pedirme ser su pareja de baile, luego todo lo de la canción dedicada, más tarde los pétalos en la cama... y finalmente, ¿esto?
Tío, realmente había cambiado.
—Te he oído decirle antes a Puck que creías que habíamos ido demasiado de prisa —dijo él entonces—. Esta vez lo vamos a hacer bien, así que he pensado...
Le había dicho eso a Puck porque podía ser brutalmente honesta con él y no sentirme juzgada. Ni siquiera me había imaginado que Santiago estaría ahí para oírlo... Últimamente me había estado preocupando que nos hubiéramos precipitado, que yo no hubiera estado pensando con claridad, que me hubiese dejado llevar por la excitación de vernos en secreto.
Así era como debería haber sido mi primera vez, pensé, mirando la suite, los pétalos de flores, Santiago...
Meneé la cabeza contra la de él.
—No, quiero hacerlo.
Si esto fuera una historia de amor romántica, ése hubiera sido el momento para decirnos: «Te quiero».
Pero como no lo era, masculló algo que yo no pillé, y me besó en los labios hasta que me derretí.
Me ayudó a quitarle la chaqueta, y mientras yo me dedicaba a los botones de su camisa, él se quitó la corbata y se apartó de mí sólo el tiempo necesario para sacársela por la cabeza.
Me reí tontamente cuando, con las prisas, se le quedó la corbata atorada en la boca.
—No te atrevas —me amenazó, con el nudo de la corbata apagándole las palabras.
Me reí aún más, pero él no tardó en hacerme callar con un beso. En ese momento me permití dejar de pensar por completo. No había ningún pensamiento consciente detrás de mis acciones.
Esta noche era..., éramos sólo nosotros.
