N/A. Que sí, iba siendo hora de actualizar este fic (como tantos otros, ains). Este es contestando a un reto del torneo de los malos fics con el prompt "adicción". Estoy en el grupo de las cebollitas asesinas, yay! xD

SAÑA

XXV. Adictos

Seis, ocho, y se cuelan en el despacho del padre de Sirius e intentan que no les descubran. No es raro verles poco después castigados, encerrados en una habitación completamente a oscuras. Tampoco es raro verles salir cinco minutos después asegurando que han aprendido la lección, que nunca más volverán a hacerlo.

Siete, nueve, y se las han arreglado para abrir la puerta de la buhardilla (ésa, la misma que está siempre cerrada con magia, a la que no deben entrar bajo ningún concepto). Es una suerte que Kreacher tenga que obedecerlos. Revuelven entre los trastos y de vez en cuando encuentran esos objetos de Artes Oscuras que sus padres esconden con tanto celo. Se ríen y chistan, incitándose a bajar la voz. Normalmente demasiado tarde.

Ocho, diez, y Walburga los llama a gritos, con su voz chillona y autoritaria. Van moviéndose por la casa conforme escuchan a la madre de Sirius acercarse, siempre andando un paso por delante. Se esconden, la esquivan, la sacan de quicio. Suele ser ese elfo doméstico, el mismo que los ayudó a abrir la puerta, el que los acaba delatando. El castigo esta vez dura más de cinco minutos. Y ella sabe que ya no los asusta la luz apagada.

A Bellatrix siempre le ha gustado esconderse con Sirius.

Dieciseis, dieciocho, y ya no se quedan acuclillados dentro del armario intentando ahogar la risa mordiéndose la lengua. Ahora la lengua la tienen ocupada y lo que tienen que acallar son los jadeos. Sirius pega a su prima contra la madera, le muerde el cuello, le mete una mano entre las piernas. Sonríe.

No ven nada. Prefiere poder verla (cerrar los ojos, morderse los labios), pero la puerta del armario está cerrada y no entra ni una rendija de luz. Se tiene que guiar por el olor. El de su pelo espeso, el del perfume de su cuello. Olor a mujer, olor a sexo húmedo. Le aparta las bragas hacia un lado y juega con ella, tocándola despacio.

-No hagas ruido –la desafía, riéndose, y la besa.

Le gusta besarla también. (Que Bellatrix lleve las manos a su nuca y le hunda los dedos en el pelo, que se aferre a su camisa abierta, que le arañe cuando él la empieza a masturbar más rápido). Le gusta morderle los labios y lamérselos, borrar esa sonrisa de suficiencia que suele tener mientras le recorre el cuerpo entero. Abrirle los botones de la camisa y besarle los pechos bajando el sujetador sin llegar a quitárselo.

Él empezará bajándose la bragueta y acabará con los pantalones por debajo del culo.

Nunca llegan a desvestirse. Nunca saben cuándo tendrán que salir rápido y fingir que no ha pasado nada. En cierto sentido es verdad, no ha pasado nada. Controlarán su respiración y evitarán mirarse. Jugarán durante semanas (días mejor, a veces horas) a esconderse el uno del otro hasta que vuelvan a esconderse juntos.

Es un juego de lo más adictivo.