He comenzado de nuevo las clases y voy a estar muuuy ocupada entre el cómic, el fanfic y demás. Haré todo lo posible para subir los capítulos a tiempo, pero si pasan unos días, no os alarméis. No voy a dejarlo colgado, os lo aseguro.
Sé que os comenté que éste capítulo tendría Nickudy, pero ha resultado ser más largo de lo que esperaba, así que tendré que dejarlo para el siguiente. ¡Lo siento! Pero no os preocupéis, haré que os valga la pena la espera.
Gracias por leer la historia y a todos los nuevos lectores y lectoras que se han incorporado estas semanas! :D
Respuesta a comentarios:
Alguien me preguntó por Finnick. La verdad, admito que no lo había pensado. Puede que en algún momento lo haga aparecer en la historia, pues una parte volverá a transcurrir en la ciudad. Sin embargo, todavía tengo que pensar si darle un papel más importante o no.
Banda sonora:
Llegada a la mansión y encuentro con Glenn:
- Morning on Boston Common (Leap year) - Randy Edelman
- Irish Scnitzel (Leap year) - Randy Edelman
Las cartas sobre la mesa:
- Right time, wrong guy (Leap year) - Randy Edelman
- Kids stop believing (Rise of the Guardians) - Alexandre Desplat
Capítulo 25: Las cartas sobre la mesa.
La mansión Richfield era un monumento digno de admiración. El gran portal que daba a la calle y que guardaba la entrada principal estaba diseñado en hierro forjado por uno de los más célebres artistas de la era. Una enorme letra R adornaba el centro enrejado, bañada por motivos florales y elegantes relieves de impecable detalle.
Una muralla altísima rodeaba las numerosas hectáreas que componían la propiedad, pero el viejo Stu sólo pudo admirar el pasillo de cipreses que guardaban el pequeño paseo inicial hasta la mismísima puerta de la mansión. Un verde y bien cuidado conjunto de guardianes tan altos como un rascacielos que le daban la bienvenida con porte impecable. El mismo con el que Hopps fue recibido por el mayordomo en cuanto el coche rodeó la hermosa fuente que coronaba la plaza y se detuvo.
James, que así se llamaba el mayordomo, avanzó enseguida hasta la puerta trasera del vehículo y la abrió con exquisita elegancia para permitir que el invitado descendiera. Pierre no necesitó tantas atenciones y bajó del coche por su propia pata, esperando a Stu, hasta que éste logró poner las suyas en tierra mientras su cabeza vagaba por los alrededores, admirando la grandeza del lugar.
—Señor Hopps, por aquí, por favor. —El secretario se inclinó en un pequeño gesto para indicarle el camino y el conejo se apresuró a seguirlo.
La refinada doble puerta esculpida en madera de roble se abrió de par en par por los sirvientes que los esperaban, quienes se colocaron a ambos lados, formando otro pasillo para dejar pasar al secretario y al recién llegado.
Si el exterior ya era impresionante, el interior de la casa era todavía más extraordinario. El ambiente de riqueza se respiraba en cada rincón, con jarrones de gran valor, esculturas de la época de Rodoma, cuadros de reconocidos pintores, columnas talladas en mármol nacarado en tonos salmón con adornos en oro y blanco, techo de diseño, brillantes espejos, lámparas de cristal enormes y unas escaleras de moqueta roja dignas de un palacio. El delicioso gusto de Richfield era quizá el mismo que el de un rey y Stu tragó saliva al pensar en el modesto negocio que se traían entre manos. Podía estar agradecido de que el joven heredero estuviera interesado en ayudarlo.
Pierre lo condujo hasta el mismísimo despacho del jóven en el ala oeste de la mansión. Una puerta igual de detallada con otra imponente R guardaba la entrada. El secretario llamó dos veces, esperando la aprobación del jefe, y abrió la puerta con elegancia, anunciando al visitante.
—El Señor Hopps ha llegado, señor.
—¡Ah, Stu! —Glenn se levantó de la silla en cuanto el conejo entró y lo invitó a sentarse frente a su despacho. —Me alegro de que haya venido. Siéntese, por favor.
El secretario esperó unos segundos y cerró la puerta para dejarlos solos.
—Nos tomaremos una buena copa. —Prosiguió el joven. —Así podré descansar un rato. No es bueno trabajar tanto. —Atrapó dos copas del mini bar que había en la esquina de la gran sala y una botella de lo que parecía un whisky de alta categoría. El pobre invitado se tensó. Nunca antes se habría imaginado probar ni aunque fuera una pizca de semejante lujo y temía no estar a la altura de las circunstancias.
El ricachón sirvió el preciado líquido de color ámbar y se lo ofreció a Stu, dejando que éste lo tomara con temblorosas patas.
—Espero que le guste. Éste me lo regalaron unos amigos que fueron de vacaciones al norte. Allá siempre va bien una copita para calentarse. —Retomó su asiento tras el costoso y elegante escritorio. —Por cierto, ¿ha ido bien el viaje hasta aquí? Preferí enviar a buscarlo con un coche en vez de usar la limousina para no llamar tanto la atención.
—Sí, sí… —Stu le sonrió con nerviosismo. —Todo ha ido… perfectamente. —Dudó si beber un sorbo del whisky e imitó los movimientos del joven cuando éste posó la nariz en el vacío de la copa para oler su aroma. Era suave y afrutado, tan amable al olfato como lo podía ser un campo lleno de vides. A pesar de la calma y serenidad que reinaba en el ambiente, decidió romper el silencio para disimular su torpeza como catador. —Esto… ¿cómo va nuestro pequeño… negocio?
—Oh, sí. —Glenn dejó la copa a un lado y sonrió. —No ha venido hasta aquí sólo para beber, por supuesto. —Atrapó un archivador que tenía a su izquierda y lo abrió encima de la mesa mientras revisaba los documentos. —Veamos… Como buena notícia, debo anunciarle que ya hemos conseguido proveedores. Hay varios que están muy interesados en adquirir sus productos para exportarlos al extranjero y, tal como le dije, yo mismo aportaré la maquinaria para modernizar la producción. En un par de semanas comenzaremos a explotar el terreno al máximo.
"Explotar". Esa palabra no complació mucho a Stu. Era un poco duro de asimilar que la tradición del cultivo se perdería tan fácilmente para dar paso a una nueva era de maquinaria pesada y moderna. Aunque todavía podría aportar ciertos consejos a la empresa, como la mejor temporada para plantar las semillas o la importancia de las heladas y las plagas de insectos, sentía como si hubiera perdido cierto control sobre su propiedad.
—Eso… suena bien. —Respondió con una débil sonrisa. —Aunque… he estado pensando que si lo automatizamos todo… no se necesitará mucha mano de obra… Quiero decir, si mis hijos…
—No debe preocuparse por ello, Stu. —Glenn dejó a un lado los documentos para dirigirle una sonrisa tranquilizadora. —Ya coincidimos en que la mayoría de sus querubines no están interesados en el campo, así que no tendrá que depender de ello en un futuro. —Bebió un sorbo de whisky.
—Sí, eso lo entiendo, pero…
—Además —lo cortó Glenn —, usted necesita descansar. Ha trabajado ya demasiado y es mejor que le deje el resto a los profesionales. Después de todo, le quedará una buena paga y mucho tiempo libre. ¿Qué más puede necesitar?
—Yo… —Stu depositó su intacta copa encima del escritorio y se encogió en la silla. —Me… me resulta extraño dejar de trabajar tan duro de repente y quiero asegurarme de que alguien sabrá utilizar todo el conocimiento que he adquirido a lo largo de los años. Me gustaría que algunos de mis pequeños pudieran mantener ciertas tradiciones. Creo que eso sería… un valor añadido. Lo artesanal siempre ha tenido más calidad que lo industrial…
—Lo comprendo. —El joven depositó también su copa. —Sin embargo, el mercado es muy competitivo hoy en día. Las empresas no buscan lo "tradicional" si con ello no consiguen los resultados deseados. Para que me entienda, si sus métodos no alcanzan ciertos objetivos de producción, dichas empresas no se comprometerán a ayudarlo. Es más, lo apartarán y probablemente terminará perdiendo toda posibilidad de hacerse un hueco entre los peces gordos. Y yo no puedo apoyarlo tampoco si con ello perjudico mis ganancias, ¿verdad que lo entiende? —Su expresión amable perdió fuerza para dar paso a un brillo misterioso en sus ojos.
Stu reprimió un gemido de desconformidad. Por supuesto que lo entendía, pero se sentía un tanto presionado por no haber pensado bien en las consecuencias de entrar en ese mundillo tan selecto.
—Bueno… —murmuró —, de todas maneras, alguien tendrá que guiar a mis hijos para que sepan cómo llevar el campo cuando comiencen a trabajar. O, al menos, que tengan algunas nociones de calidad. Y en cuanto a las máquinas…
—Como he dicho, son los profesionales quienes se encargan de eso. Sus hijos podrán incorporarse a la planta en el futuro si así lo desean, pero me temo que sólo podrán entrar los que tengan cierto conocimiento sobre ingeniería. Por ello le recomiendo que los inste a estudiar…
—¿Ingeniería? —Stu enarcó una ceja. —Mis hijos serán agricultores. ¿Para qué necesitan saber cómo hacer funcionar esas… cosas?
—Creía que lo había entendido. —Glenn se incorporó en su silla con toda la tranquilidad del mundo. —La modernización del campo conllevará un cambio enorme en la forma en que ha estado cultivándolo hasta ahora. En otras palabras, no harán falta agricultores sino técnicos que sepan llevar la maquinaria y repararla en caso de que falle. El proceso de arado, sembrado, irrigación… todo será completamente automático y sólo se precisarán trabajadores en momentos puntuales. De hecho, el campo entero podría llevarse con no más de cinco conejos. Tal vez hasta siete cuando la demanda aumente y haya que ampliar los cultivos.
—P-pero…
—Por lo tanto —prosiguió Richfield sin miramientos —, a menos que sus hijos acepten dichas condiciones y se formen para el empleo, me temo que no podrán trabajar en el sector.
—E-eso no es lo que habíamos quedado, muchacho. —Stu se tensó en su asiento. —Me dijiste que podría elegir a mis herederos…
—Y así es. —El otro sonrió. —Usted puede elegir a los que heredarán los beneficios económicos que le pertocan a su familia por contribuir en el proyecto, pero eso no les asegura trabajo en la empresa. Y si lo piensa, es lógico. ¿De qué serviría tener trabajadores que no pueden desarrollar ninguna función? Sería una pérdida de dinero. —Cruzó los dedos de las patas sin apagar la sonrisa. —De todas maneras, dudo que eso sea un problema en el futuro. Si se precisara la ampliación del cultivo, las hectáreas que rodean su casa también tendrían que utilizarse, así que acabarían mudándose a otro lugar, con nuevas oportunidades.
—¿Mudarnos? —Otra campana que le azotó la cabeza. —¡No tenemos intención de mudarnos a ningún lado! Hemos vivido en esa casa durante tres generaciones y…
Glenn le hizo señas con las patas para que bajara el tono de voz.
—Ssht, Stu, no se me altere. Verá, lo de la mudanza sucederá tarde o temprano, cuando sus hijos sean todos mayores y necesiten una nueva vida. Le aseguro que usted y su esposa no tendrán el tiempo ni las ganas de llevar una casa tan grande sólo para ustedes dos. Es ley de vida.
Stu se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos un instante para calmarse. No había pensado en todo eso y, aunque Glenn tuviera probablemente razón, no quería aceptarlo así. Todo estaba sucediendo demasiado rápido y no estaba dispuesto encarar tantos cambios. Tenía que ponerse firme.
—Mira, chico… esto no me gusta. Demasiado complicado. Prefiero que las cosas sigan como hasta ahora. Siento mucho haberte inmiscuido en el asunto pero… creo que lo mejor será que cancelemos el contrato.
La sonrisa de Glenn no se apagó. Es más, bebió otro dulce sorbo de su copa con deleite y respondió mientras miraba su reflejo en el cristal.
—Ya… me temo que eso… no va a ser posible, mi querido Stu.
El otro elevó las orejas con sorpresa.
—¿C-c-cómo que no es posible? Si sólo firmé un par de páginas. Se puede…
—Pongamos las cartas sobre la mesa, amigo. —Richfield se levantó con la arrogancia de alguien que sabía el poder del que disponía. —El contrato poseía una cláusula en la que mi familia adquiría estricto derecho sobre la propiedad. Es decir, aunque usted y su família sean los propietarios por herencia, al aceptar la cláusula, me entregó la máxima potestad sobre el terreno, por lo que me corresponde a mí decidir lo que hacer con él. Como comprenderá, no voy a devolvérselo sin aprovecharlo.
Stu se quedó de repente sin aire, como si una flecha le hubiera agujereado los pulmones, y comprendió finalmente lo burro que había sido al confiar en un multimillonario. No lo había visto venir y recordaba perfectamente la razón por la que había decidido firmarlo. La escena se repetía en su cabeza: Glenn hablando sobre la posibilidad de que Nick se hiciera con una parte de las tierras sin ni siquiera ganarse el derecho… y él había caído de cuatro patas.
A pesar de todo, logró sacar algo de voz de su garganta.
—Me… has… engañado.
—Yo no lo veo así. —Glenn se sentó de nuevo en la silla. —En ningún momento mentí sobre los beneficios que recibiría su família. Además, le dejé mirar el contrato tranquilamente. Si usted no remarcó en la cláusula no es mi culpa.
Stu se levantó también de la silla de golpe, pero no llegó a decir nada porque Pierre llamó de nuevo a la puerta, entrando sin el permiso expreso del jefe y entregándole un nuevo sobre.
—Aquí tiene, señor.
—Gracias, Pierre. —Glenn dejó el sobre a un lado pero el secretario no se movió esta vez de sitio.
Stu no tenía miedo de defenderse frente a otro conejo, así que se encaró al ricachón.
—La forma en que te has aprovechado de mi es… despreciable. Puedo denunciarte por esto…
—Hágalo. —Lo retó el joven. —De todas maneras tiene las de perder. Su firma está en los documentos y tampoco tiene pruebas de nada. —Stu miró al secretario, que le devolvió otra mirada, impasible. —Y no crea que Pierre testificaría en mi contra. —Añadió Glenn. —Puede que no lo parezca pero, aparte de ser mi secretario, obtuvo matrícula en sus estudios de derecho. —A Stu se le bajaron las orejas de golpe y Glenn acentuó su sonrisa. —Sí, también es uno de mis abogados. —Confirmó, respondiendo a su silenciosa pregunta.
Puede que fuera la desesperación repentina, pero el caso es que el conejo echó pata de lo único que podía.
—Judy es policía. Si le explico el caso estoy seguro de que podrá convencer a su jefe para…
—Yo de usted no lo haría, Stu. —Glenn dejó entrever los dientes con una expresión amenazadora. —Aprecio a Judy más de lo que usted cree y le aseguro que su intromisión en este asunto la perjudicaría más que a nadie. Además, tengo planes para ella.
—¿Planes? —El pobre conejo abrió unos ojos como platos. —¿Qué planes?
—Puedes dejarnos solos, Pierre. —El secretario se inclinó en una reverencia y salió del despacho en silencio. Glenn esperó unos segundos y atrapó el sobre que había traído, jugueteando con él.
—Verás, Stu… —comenzó a decir, eliminando completamente el tono formal —no mentía cuando dije que estaba interesado en tu hija. Es de las pocas hembras que conozco que pueden aportar algo valioso a este mundo. De hecho, me encantaría convertirla en mi futura esposa. —El otro se tensó todavía más. —Y como me siento generoso, voy a proponerte un trato que nos beneficiará a ambos. —Lo miró directamente a los ojos. —Si mantienes la boquita callada y me apoyas, convenceremos a Judy para que se case conmigo. Cuando eso suceda, al igual que yo, heredará la potestad sobre el terreno, de modo que tu familia continuará teniendo voto en las decisiones que se tomen sobre él, y puede que hasta nuestros descendientes aporten renombre a vuestro apellido. Por otro lado, si decides no aceptar mi propuesta y se lo cuentas, me encargaré de que la família Hopps tenga que largarse de Burrows. Y, en tal caso, también impondré cargos a Judy si decide abrir una investigación sin pruebas contra mí. Y te lo juro, Stu, cuando acabe con ella, no quedará un solo rincón del país donde podáis poner las patas.
Un breve silencio se adueñó de la situación hasta que el agricultor pudo retomar fuerzas para preguntar: —¿Por qué haces esto…?
Glenn se tomó su tiempo para responder, pero relajó sus facciones cuando lo hizo.
—Digamos… que siempre he tenido puesto el ojo en vuestra família… y que también tengo una cuenta pendiente con el pasado.
—Judy no aceptará casarse contigo. —Logró decir el otro.
—Por eso vas a convencerla tú. —Añadió el ricachón.
—No me hará caso. Para ella, lo más importante es su trabajo. —Replicó el conejo. —Además… ya está prometida con…
Glenn estalló a reír sin permitir que terminara la frase.
—Ay, Stu, Stu… ¿de verdad te has creído lo de esa rata de cola larga? —Ante su nueva confusión, Glenn suspiró y abrió el sobre que aguantaba entre las patas para depositar un dossier con fotografías encima del escritorio. —Por favor, echa un vistazo a esto y dime si tu cabecita es capaz de comprender la verdad.
El pobre conejo atrapó el librito, no muy convencido, y abrió la primera página, en la que se exponían los datos personales y una foto de Nick. Constaba como soltero, pero era lógico si todavía no había contraído matrimonio con su hija. Actualmente trabajaba como agente de policía en el primer distrito de Zootrópolis, lo que tampoco tenía nada de insólito. Todo parecía normal, incluso su orígen, pues venía de una familia de vida sencilla y trabajadora, como él.
Miró a Glenn con una ceja arqueada y éste le indicó que pasara página.
Justo entonces, Stu se expuso a un informe sobre su vida y la lista de supuestos negocios incriminatorios que el vulpino había llevado a cabo antes de convertirse en agente de policía. Entre crímenes menores y fraudes, resaltaba también la evasión de impuestos.
—Puede que no tenga mucha importancia ahora que es policía —comentó Glenn, tan tranquilo —, pero el caso es que nuestro amigo pelirrojo tuvo una época poco… honrada. Por lo visto, mantuvo tratos hasta con la mafia, pero Judy fue la causa de que se redimiera. Un investigador se ha encargado de indagar a fondo y, aunque algunos compañeros del trabajo los consideran un buen equipo, no tienen ninguna relación más allá de la profesional; ni siquiera en privado. Y me atrevería a decir que lo del compromiso fue más bien idea de él. —Bebió otro sorbo de whisky. —Aunque estoy sorprendido de que Judy aceptara jugar su papel. Supongo que se sintió un tanto acorralada por nuestro encuentro y actuó sin pensar.
—Esto… no demuestra nada. —Stu dejó el dossier en la mesa, negándose a creer ya nada de lo que Richfield le dijera. —Estoy seguro de que se trata de una farsa para conseguir que te ayude.
—Tsk. —Glenn cerró los ojos con desdén. —Stu, por favor. Puede que sea un desalmado en muchos casos, pero jamás miento en cosas así. Además, si alguien tiene la sartén por el mango soy yo. Puedes contribuir en mi bando o no, la elección es tuya, pero te aseguro que tu hija y Wilde no están prometidos. Y yo ya no tengo razones para esconder mis intenciones delante de ti. Estás de agua hasta el cuello. ¿De verdad crees que malgastaría mi tiempo en enseñarte esto, después de todo lo que te he contado, sabiendo lo enfadado que estarías? No me tomes por necio. Mi tiempo… es oro. —Apuró el ambarino líquido de la copa y dejó escapar el aire para aliviar el escozor en la garganta. —En fin, ya hemos charlado bastante y tengo mucho trabajo del que ocuparme, así que voy a tener que pedirte que te vayas. Pero no te preocupes, le pediré a Pierre que te acompañe a casa como buen anfitrión que soy.
Stu atrapó su supuesta copa y se la bebió de un trago, dejándola caer luego contra al suelo sin contemplaciones. A pesar del dolor que le recorrió toda la tráquea, aún tuvo aliento para contestarle.
—No te molestes. Ya conozco el camino. —Se recolocó la gorra y se dirigió hacia la puerta.
—Stu. —Se detuvo en seco y miró a Richfield una última vez, esperando lo que fuera que tuviera que decirle. —Los Richfield no nos detenemos ante nada. Tenlo presente. —Reprimió las ganas de retroceder y propinarle un buen puñetazo, sabiendo que eso no mejoraría su situación, y se conformó con un buen portazo antes de desaparecer.
Glenn permaneció en su asiento, pensativo, hasta que una nueva sonrisa afloró en sus labios.
—Ante nada. —Repitió.
