Nuestra Dulce Aventura
Sincerándose
Sesshomaru miró intermitentemente entre su fiel criado y la pequeña cestilla que éste traía en sus manos callosas y envejecidas. Contó que dentro de la canasta había seis hermosas rosas rojas y una rosa blanca. Finalmente, acercó sus dedos al contenido de la cesta y tomó la rosa blanca y la examinó como quien examina una nueva especie de creatura nunca antes vista sobre la faz de la tierra.
- ¿Y dices qué la joven a quien entregaste el caballo te dio esto? – Preguntó aún concentrado en su largo escrutinio sobre la delicada rosa.
- Sí, fue de lo más extraño. ¡Es muy aventada! – Criticó el sirviente. Sesshomaru levantó la vista hacia él y le lanzó una de sus típicas miradas desdeñosas.
- Ya veo. – Musitó caminando hacia el escritorio de caoba que había en su despacho. – Llévale el resto de las rosas a una criada, que las ponga en agua y…las deje en mi habitación. – Ordenó tranquilamente tomando asiento en su mullido y elegante sillón.
- Oh, yo le digo, pero creo que alguna vez escuché a alguien decir que no se podían tener plantas en las habitaciones… ¿Quién sería? – Comenzó a meditar Jaken concentrándose en sus reminiscencias. – Creo que fue mi mamá, ¿o no? Para mí sería mi abuelita, que Dios la tenga en la gloria…
- Jaken. – Llamó Sesshomaru devolviéndolo a la realidad. – Ve a cumplir el encargo que te he ordenado. – Espetó serenamente.
- Oh sí, milord. Disculpe. – Dijo haciendo un corto acto de deferencia al salir. Sesshomaru se volvió a la ventana que tenía detrás de sí, observando como el sol ya había salido y se había situado en todo lo alto, mostrando que ya era el mediodía.
Cerró los ojos y suspiró. Los volvió a abrir y miró la rosa que aún descansaba entre sus dedos. Mientras admiraba cada pétalo que la componía casi se podía imaginar la cara de sorpresa de Rin al saber que aquel obsequio era para ella. Él mismo hubiera entregado el equino pero ya sabía que aún tenía que arreglar varios asuntos antes de poder hacer algo con completa libertad.
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Ya una semana había pasado, ese día Miroku partía a su castillo tal y como se lo había dejado claro a Sango, dado que había postergado más de la cuenta su estadía allá. Además, ese día era el destinado a la llegada de los príncipes que iban a cortejar a Kagome.
- ¡Oh, Sango! – Se lamentaba Kagome mientras se veía frente a un espejo de cuerpo entero. – Dime que hice yo para merecer estar enamorada de un completo idiota. – Suspiró. Sango sonrió levemente y se acercó para acomodarle las últimas cintas a su vestido.
- Ya déjalo así, Kagome. No vale la pena que lo sigas insultando si tú misma no has dejado que se vuelva a comunicar contigo. – Opinó mientras hacía que la tela del vestido azul claro se ciñera bien en la cintura de su actual señora.
- ¿Y qué pretendes que haga? – Repuso ofendida. - ¿Implorar amor mientras pierdo mi dignidad en el proceso? No, gracias.
- Pienso que deben dejar las cosas claras. Al no escuchar lo que querías, diste por sentado que todos los demás argumentos ya no eran necesarios. – Explicó serenamente. Kagome la miró a través del espejo e hizo una mueca con su boca.
- Y hablando de cosas claras, ¿sabes que Miroku se va hoy, no es así? – Inquirió observando como los ojos de la joven se abrían sorprendidos para luego pasar a mostrar un semblante de triste resignación.
- Algo de eso ya había escuchado. – Confesó.
- ¿Y qué le piensas decir? – Preguntó interesada. Sango le lanzó una mirada rabiosa a Kagome.
- No es asunto tuyo. – Espetó jalando las cintas entrelazadas del vestido y haciendo que Kagome soltara el aire casi asfixiada.
- ¡Hey! No me mates porque nombro tu ridícula testarudez. – Se defendió. Sango suspiró cansada y luego miró con dolor a Kagome.
- No es ridícula testarudez, es sólo que…sólo que no sé a qué atenerme si me voy. Porque, ¿a qué llegaré a ser? ¿Una cortesana a cambio de la vida de una reina? Todo es cuestión de dignidad, Kagome. Dignidad que, no estoy dispuesta a negociar.
- ¿Y eso es lo que él te ha propuesto? – Preguntó alarmada, pues no creía que el sinvergüenza de Miroku llegara a esos extremos.
- No… - Admitió. - ¿Pero debo esperar algo más? – Cuestionó casi en una pregunta retórica. Kagome le miró preocupada.
- Tú tampoco le has dado oportunidad de explicarse, ¿verdad? – Observó mientras veía como Sango volvía a suspirar.
- Somos orgullosas, ¿verdad? Creo que ambas debemos aclarar este asunto, de lo contrario… - Calló imaginándose lo que sería de ella siendo toda la vida una mísera sirvienta. Kagome se volteó y tomó las manos de Sango en señal de apoyo.
- Agarremos a este toro por los cuernos. Si no se nos da lo que queremos, pues, ellos se lo pierden, ¿no? No vamos a mantenernos en esta evitación estúpida. – Dijo Kagome con determinación. Sango asintió enérgicamente. – Oh… - Kagome cambió a una expresión dubitativa. – Creo que tú deberías apurarte, Miroku ya debe estar por irse.
- ¡Cierto! – Exclamó corriendo hacia la puerta para luego bajar las escaleras rápidamente.
- Pero… pero… - El desconcierto en el rostro de Kagome era obvio. - ¡Sango! – Le llamó en vano. – Aún no he terminado de arreglarme… - Musitó lastimosamente. Finalmente terminó por suspirar y cerrar la puerta antes de continuar con su embellecimiento por sí sola o al menos, así hizo hasta que se rindió y decidió de hacer uso de la útil campanilla que había en su habitación.
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Kagome bajó las escaleras lentamente. Ya una criada le había ido a avisar que los príncipes habían llegado y habían descansado dos horas suficientes como para lucir presentables ante ella. No le apetecía en nada ver a ningún hombre con ínfulas de galán o peor aún, de creerse un Adonis. Sin embargo, allí estaba, casi había bajado las escaleras por completo y en el comedor se daría el concebido encuentro. Respiró hondo y llegó hasta la amplia sala donde la esperaban. Cinco rostros masculinos se voltearon a verla. Kagome sonrió nerviosamente, se sentía como carne en oferta y esa sensación no se le estaba haciendo demasiado agradable.
- Buenas noches. – Logró saludar observando como Inu no Taisho sonreía y se acercaba a ella mientras que Inuyasha le ignoraba deliberadamente. ¡Vaya presumido! Pensó con rabia mientras se esforzaba por sonreírle a los presentes.
- Caballeros, ella es la princesa Kagome Higurashi, única heredera al trono de la familia Higurashi. Espero contar con el respeto y la mayor voluntad posible para con ella, puesto que es como una hija para mí. – Informó. Los jóvenes sonrieron cortésmente y uno a uno se presentó.
Kagome analizaba fríamente a cada heredero y cada uno de sus respectivos gestos. Observó como el tal Hoyo se mostraba sumamente educado, Bankotsu muy galante, que rayaba en lo irrespetuoso y finalmente Koga, que parecía que no había visto una mujer en toda su vida. ¡Lindo repertorio! Pensó irónicamente.
- Princesa Kagome, perdone mi indiscreción. – Empezó a decir Bankotsu. Kagome pensó que apenas lo conoció ya se la había perdonado más de una vez. – He quedado deslumbrado por su magnífica belleza, ¿podría concederme un paseo por los jardines esta misma tarde?
Kagome lo miró con ojos desorbitados, ese hombre parecía no tener inconvenientes con manifestar sus deseos. Ese fue el primer momento en que Inuyasha volteó a verla a los ojos, como si la retara a aceptar. Ella sonrió cortésmente a Bankotsu.
- Oh, agradezco el gesto, pero… - Miró a Inuyasha durante un momento y quiso saber si era buena idea lo que iba a decir, después de todo, ya ella había dicho que iba a prescindir de su ayuda. Bueno, aquí iba. – Me temo que ya le he prometido al príncipe Inuyasha pasar un tiempo con él en la biblioteca. – Sonrió. Inuyasha frunció el ceño sin entender y Bankotsu se mostró desconcertado mientras miraba a Kagome como interrogándole: ¿Por qué estamos aquí entonces?
Ella hizo como si no notase en lo absoluto su desconcierto y sonrió nuevamente haciendo una de sus mejores reverencias.
- Suplico me dispensen. – Moduló en un tono de perfecto protocolo. – Príncipe Inuyasha. – Le llamó acercándose un poco a él y elevando una de sus manos. En ese momento Inuyasha parpadeó confundido pero al ver la mirada asesina que Kagome le estaba enviando bajo la falsa dulce sonrisa, reaccionó y colocó su brazo en posición de poder entrelazarlo con el de ella para su partida.
Una vez afuera del gran salón, Kagome relajó los músculos de su cuerpo y su espalda volvió a moverse como el de un humano y no como una muñeca de marfil, completamente derecha al caminar.
- Odio el protocolo. – Murmuró elevando las cejas en una expresión de resuelta convicción. Inuyasha sonrió burlonamente.
- Me debes una explicación, ¿verdad que sí? – Se mofó mientras veía como Kagome al principio se tensaba para luego finalmente aceptar su derrota con un suspiro.
- Sí, te la debo. – Masculló antes de tomar aire, dejando su enorme orgullo a un lado por unos momentos. – Serás mi esposo y punto. – Afirmó convencida. Inuyasha rió tomándoselo en broma.
- Aceptas mi propuesta, ya sabía yo que tu supuesto valeroso orgullo no iba a ser tan insensato como para ponerte a ser cortejada por aquellos príncipes. – Dijo en son de arrogante burla.
- Sí pero no. – Sonrió ella enigmáticamente, dejando helado a su compañero por un instante. Y al ver tal expresión de duda, amplió su sonrisa. – Verás… - Dijo adoptando la pose de triunfante pedantería usada segundos antes por él. – Yo acepto tus condiciones por los momentos, pero en caso de que por alguna extraña razón queramos alargar el asunto, podríamos, ¿no?
- Te refieres a… - Decía haciendo algunos gestos con las manos. Kagome asintió inmediatamente.
- Desde luego, tendrás que hacer un buen trabajo mientras los futuros reyes sigan debajo del mismo techo que nosotros. – Sonrió triunfal. Kagome en ese momento pensó que hizo lo más adecuado, conociendo a Inuyasha. A él no le agradaban las ataduras, a ella no le agradaban los compromisos sociales, y ya que no tenía la menor duda de que lo amaba, pues, prefería engatusarlo en ese sentido. ¿Quién podía afirmar que él no podría decidirse por casarse con ella? Por los momentos, le bastaba con hacerlo creer que todo salía según lo planificado por él.
- Bueno, pero si decido que el trato queda intacto, tú… - Hablaba mientras Kagome no podía evitar ocultar su fastidio.
- Sí, si no te quieres casar, si yo no soy la indicada princesa de pies de algodón, mente de pájaro y modales refinados, pues yo te agradeceré el favor y hasta allí finaliza nuestro negocio. – Puntualizó muy explícitamente. Inuyasha no pudo evitar reír.
- ¿Crees que ese el concepto que tengo de esposa ideal? – Sonrió divertido. Kagome se encogió de hombros y también sonrió.
- Vaya a saber yo, ¿pero debería ser lindo poder mandar sin que tu esposa remilgada te recrimine tus faltas de soberano en el lecho nupcial, no? – Rió pícaramente. Inuyasha también lo hizo.
- Yo pensé que luego de lo último hablado, no me ibas a dirigir la palabra nuevamente. – Confesó tranquilo. Kagome reparó que aún tenía su mano entrelazada con el brazo de él y deshizo el contacto para luego cruzarse de brazos un tanto incómoda. ¡Rayos! No recordaba que prácticamente se le declaró hace una semana atrás. ¿Quién era más idiota, ella o Inuyasha? No, definitivamente el susodicho llevaba la delantera.
- Oh, bueno…había pasado mala noche pensando en buscarle una solución al asunto y para ese día cargaba un humor de perros. – Se encogió de hombros. Inuyasha sonrió perversamente no creyéndole nada.
- ¿En serio? Yo me busqué a una moza del castillo y me la pasé con ella cual si fuese ido a un burdel. – Le sonrió. Kagome se sonrojó furiosamente, abriendo la boca sorprendida y luego al ver la mirada divertida de él, la cerró abruptamente sabiendo que esa información no era más que una vil mentira.
- Idiota. – Siseó dándole un manotazo en el antebrazo antes de volver a cruzarse de brazos y desviar la mirada esperando que el sonrojo se le pasase rápido. Él se frotó la parte afectada riendo a carcajadas.
- No me culpes, o te decía eso o te echaba en cara que me amas. – Se defendió, cayendo en la cuenta que de todas maneras le había echado en cara sus sentimientos. – Oh, eso no tenía porque haberlo dicho. – Susurró lamentándolo. Kagome levantó una ceja y le sonrió de forma tal demostrando así que estaba muy de acuerdo con esa última afirmación.
- Llegamos. – Rompió el silencio ella al verse frente a la puerta de la biblioteca. La abrió y dejó a un lado todo tipo de protocolo para poder hablar francamente. Necesitaba acomodar esa situación.
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Sango corría como alma que llevaba el diablo entre los amplios pasillos del castillo. Escuchaba las voces de otras sirvientas o de alguno que otro criado gritándole y sermoneándole que no les estaba permitido correr así dentro del palacio, pero ya no le importaba, poco le importaba en verdad lo que fuesen a pensar de ella, que la mirasen por su baja condición de criada, sólo la simple Sango. Pura basura inculcada por los grupos elitescos, pensó resueltamente mientras apuraba el paso. ¡Esas odiosas faldas de su vestimenta! No llegaría a tiempo y no se podía permitir darse el lujo de desperdiciar una oportunidad sólo por su altanero orgullo. "Que ironía" pensó para sí sintiendo que ya el aire le estaba faltando por su ininterrumpida carrera. Ella una simple criada ¡y su orgullo era más grande que su razón!
Sentía ya sus piernas flaquear por el esfuerzo y cuando estuvo frente a las puertas del establo, se apoyó con una mano sobre la roída madera mientras la otra la dejaba reposar sobre una de sus rodillas flexionadas, intentando así retomar el aire perdido.
- Soy…una…idiota… - Se reprochó a sí misma entre aspiraciones continuas.
- Lo dudo, más si has decidido venir a buscarme. – Se escuchó una familiar voz desde cerca. Sango se sorprendió al reconocer de inmediato al dueño de aquella voz y levantó la cabeza, alzando la vista con rapidez al hombre que estaba frente a ella.
- Miroku. – Musitó enderezando su cuerpo por completo. – Yo… - Se detuvo sin saber qué decir. ¿Qué demonios se suponía debía decirle? ¿"Me voy contigo porque ahora resulta que te amo con toda mi alma"? No, demasiado cliché para su gusto, más aún, si no sabía de las intenciones que él tenía para con ella. – Disculpa la manera en que te traté. – Bueno, ese había sido un buen comienzo, pensó dándose ánimos interiormente. Lo observó asentir tranquilamente.
- Me había enojado contigo, pero…luego caí en la cuenta que era lógico que sintieras miedo y ya…ya no tenía…no podía tener resentimientos contra ti. – Sonrió afablemente, aquella sonrisa que lo caracterizaba volvía a él una vez más. Sango sonrió lánguidamente en respuesta para luego suspirar.
- ¿Para qué quieres llevarme contigo? ¿Qué te podría ofrecer yo? – Fue directo al grano. No quería seguir dando círculos alrededor del tema por muy prudente que hubiese podido ser de esa manera. Miroku volvió a sonreír, esta vez de forma más melancólica.
- No he dormido tres noches seguidas intentando encontrar la respuesta a esas preguntas. – Confesó mirándole directamente a los ojos. – Digo, muchas serían las razones pero no encontraba alguna que fuese lo suficiente contundente para convencerte… - Observó el sonrojo de Sango y volvió a sonreír. – Sí, Sango, al menos, si decides quedarte, puedo llevarme el mérito de decir que te conozco bien.
- ¿Y…obtuviste la respuesta que necesitabas? – Inquirió cruzándose de brazos. Se sentía incómoda en esa situación tan comprometedora. Bueno, al menos esperaba que fuera comprometedora, se dijo con cierto dejo de incredulidad.
- La verdad es que sí, pero no creo que llegues a entenderla del todo. Tú quieres hechos concretos y pues yo… se me está dificultando un poco ejecutarlos. – Suspiró. Sango frunció el ceño algo preocupada por esas palabras.
- Deja ya de dar tantos rodeos, Miroku. Yo fui al grano, por favor hazlo tú también. – Pidió. Miroku sonrió, aún en esas condiciones, Sango no perdía su carácter.
- Te amo. – Confesó sin anestesia. Sango abrió la boca sorprendida mientras que sus pupilas se dilataban al máximo, dando la impresión de tener ojos de un color más oscuro. Se esperaba cualquier cosa menos eso.
- De…deja de hacer ese tipo de bromas… - Tartamudeó nerviosa. – Di ya tu respuesta.
- Esa es. – Repuso encogiéndose de hombros. - ¿Lo ves? Es un poco ininteligible para ti. – Volvió a sonreír. Sango sintió que de repente en aquel sitio estaba haciendo demasiado calor y supuso de esta manera que sus mejillas estarían sonrojadas completamente.
- Y… - Carraspeó un poco para intentar que la voz no le sonara tan quebrada. - ¿Y estás completamente seguro de lo que dices? – Inquirió suspicaz. Miroku asintió sinceramente. Sango no pudo evitar llevarse una mano a la frente. ¡Ese tipo de cosas no le pasaban a ella! ¿Desde cuándo un príncipe se fijaba en una plebeya?
- Me has salvado la vida, me has dado valor, me has dado lecciones de vida que jamás hubiera podido experimentar ni siquiera viviendo cien años, eres una persona extraordinaria. ¿Por qué te cuesta tanto creer que te ame? – Preguntó ya algo exasperado. Sango sintió que el sonrojo iba en aumento. ¡Oh, sí! ¡Claro que iba en aumento! Tenía que pensar con claridad, no podía dejarse llevar por el momento… ¿o sí?
- Yo… - Se humedeció los labios. ¡Un trago es lo que necesitaba! – Las clases…tu reino…yo… - ¡Maldición! No podía coordinar ideas. Debía dejar de balbucear incansablemente. - ¿Tú crees que yo podría llegar a ser reina algún día? ¿Considerando mi origen?
- Si consideramos tu origen, desde luego que sí. Tú naciste de las entrañas de tu madre, al igual que yo nací de las de la mía, así que no veo problemas desde ese punto de vista. – Sonrió. Sabía a lo que se refería Sango, pero no volvería a caer en esa absurda conversación de clases y deberes. Ella suspiró captando la indirecta.
- Que me parta un rayo por lo que voy a hacer… - Murmuró para sí, después de todo, ya había confirmado que Miroku la haría su reina, no su cortesana. – Miroku, ¿quieres oír la verdad? Pues, te la diré. Yo te amo, si, muy a mi pesar, ¡pero sí! – Exclamó sintiendo que se libraba de un gran peso a sus espaldas. – Eres la última persona en la que creí capaz de entregar mi corazón pero aquí me tienes… - Suspiró. – Sólo procura no romperlo. – Le sonrió afectadamente. Él le sonrió en respuesta antes de alzarla en brazos.
- Eso es todo lo que tenía que saber… - Susurró contra sus labios antes de besarla como nunca se había dado la libertad de haberlo hecho.
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- A ver… - Dijo Kagome tomando asiento. – Aclaremos esto, ¿sí? Yo nunca dije que te amaba, ¿cierto? Cierto. – Se respondía a sí misma mientras que Inuyasha tomaba asiento en el sillón que quedaba frente a ella. - ¿Me vas a refutar algo? Empieza de una vez. – Le ordenó cruzándose de piernas. Él sonrió.
- Saliste llorando. Insististe mucho en el matrimonio…dijiste que yo era el príncipe azul que esperabas… - Decía enumerando las oraciones con los dedos a medida que Kagome se sonrojaba más y más, queriendo ahorcarse a sí misma.
- Eso es… - Pero calló por un momento. ¿Qué rayos podía decir en defensa propia? – Eso sólo son… - Gesticulaba con las manos dándose tiempo de pensar en algo pronto. – Lloré porque…el libro que leía tenía mucho polvo. – ¡Demonios! ¿Eso lo dijo ella? – Insistí en el matrimonio por ser lo correcto, debemos actuar correctamente y no seguir con más farsas, al menos yo ya me cansé de eso. – Bueno, ya iba mejorando. – Dije lo de príncipe azul sólo por… por querer… porque necesitaba mostrar una excelente actuación para engatusarte y así convencerte de que hicieras lo correcto que he dicho debe hacerse. – Demasiado pronto dijo que mejoraba, aparentemente el final fue más desastroso que el principio. Pasaron dos segundos antes de que Inuyasha estallara en carcajadas mientras ella sentía en lo más profundo de su alma que se empequeñecía cada vez más y más. - ¡Eso! Burlarte de la acorralada princesa… - Masculló desviando la vista con enfado. Unos segundos más pasaron antes de que Inuyasha pudiera controlar su risa.
- Kagome, ¿tú comiste en el almuerzo, cierto? Porque o te enfermaste o un espíritu te posesionó. ¿Qué fueron esa sarta de estupideces que dijiste? – Sonreía burlonamente y sin ningún reparo. Ella sintió que la tierra debería abrirse en cualquier momento de la vergüenza que sentía.
- Cierto. Debería decir algo típico de mí: Eres un idiota. – Y se levantó pensado en salir pronto de esa vergonzosa situación. Su orgullo no le permitía estar un minuto más allí con él.
- Afuera están los príncipes al acecho. – Le recordó él sentado tranquilamente desde su sillón. Ella gruñó y apretó los puños. ¡Cuerda de esperpentos inoportunos!
- Deja de burlarte de mí, no tiene nada de malo intentar salvar la dignidad perdida en unas cuantas palabras. – Siseó molesta caminando hasta los gruesos y antiguos estantes a sacar un libro cualquiera. Luego se giró para seguir viendo la odiosa sonrisa burlona en aquellos cincelados labios. – Muy bien, lo admito. Yo también soy idiota de vez en vez. ¿Feliz? – Exclamó dejándose caer sin mucha delicadeza sobre el sillón que había ocupado momentos antes. Él amplió su sonrisa y finalmente se acomodó en su asiento.
- En parte. – Respondió con inusitada calma, la cual, ponía los nervios de punta a Kagome. – Al menos nos sinceramos, ¿no? – Preguntó intentando sonar más cordial.
- "Nos sinceramos" me parece que incluye demasiada gente. – Replicó molesta. – Tú no has dicho nada que comprometa tu dignidad por el resto de tu existencia. – Agregó volviendo a hacer reír a Inuyasha.
- Bueno, ¿qué te parece esto? Me quiero casar contigo legítimamente. – Sonrió con arrogancia.
- ¡¿Cómo?! – Exclamó sorprendida levantándose de golpe de su asiento.
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¡Wa! Terminé, me parecía que no encontraría escena interesante para el final xD Me costó un mundo poder escribir este capítulo, no me pregunten porqué, ya que ni yo lo sé muy bien .. Sería falta de inspiración a causa de las vacaciones xD
Muchísimas gracias por sus reviews, en verdad lamento la demora. Y pues…Uds. Dirán: ¿Ah? ¿Ya las demás parejas se le adelantaron a Sesshomaru? Y yo les digo: ¿Como que sí, verdad? xD Pues, la verdad no sé muy bien, porque una cosa es declararse y otra hacer algo al respecto, así que bueno, ya veremos que se me ocurre para el siguiente capítulo. Aún así, espero que el capítulo les haya gustado tal y como lo escribí y pues, con respecto a mis otros fics y la eterna pregunta de cuándo continuaré, pues, tampoco les puedo decir algo con seguridad, pero no dejaré ningún fic abandonado, por los momentos, los que no estén terminados simplemente están congelados, pero nada más. Igual y como siempre, pido un poco de paciencia xD Posiblemente si termino este fic, publique uno nuevo que ya tengo recontra pensado pero que me he aguantado de no publicar para no duplicarme el trabajo ñ.ñU
Entonces, será hasta el próximo capítulo, espero ansiosa sus reviews, nos leemos luego, sayonara ;)
