MI SEÑOR DE LOS DRAGONES


Extracto del "Libro de las Razas" de Darwae.
Página 97, párrafo 3
"Las Gentes del Bosque de las zonas más al norte del Drom difieren de forma considerable con las Gentes del Bosque de las zonas centro y sur. Su característica más llamativa es la enorme cola que surge de la parte baja de sus espaldas. Es una cola resistente y con una fuerza considerable; un gente del bosque del norte enojado puede hacer un daño importante usando esta extremidad adicional. Sin embargo, las colas suelen ser usadas como herramientas para moverse entre los árboles, puesto que esta variación de la raza suele vivir en las copas de los árboles y no sobre el suelo como sus contrapartes centrales y sureñas".

Párrafos 7 y 8
"Se sabe que las colas de la Gente del Bosque del norte son extremadamente sensibles. Están infestadas de transmisores de sensación, lo que supone que pueden sentir con ellas variaciones en la temperatura y la presión, el estado de salud de sus congéneres, estados de ánimo y otros cambios importantes en su entorno. Esta adaptación permite su supervivencia, pero también implica que las colas son imanes para el dolor: Cualquier pequeño golpe o rasguño sobre ellas les genera un sufrimiento intenso.
Por otro lado, las colas son también consideradas un elemento erótico para esta raza. Dada su alta sensibilidad, forman parte importante de todos los juegos sexuales y de seducción que se dan entre ellos. Por este mismo motivo, la cola les genera mucho pudor. No permitirán que otra persona además de su pareja las toque directamente".


Llegar a Farinha a mitad de Festival de los Diez Días y no unirse a él para Kirishima es como… como que tu madre te prepare tu postre favorito y te niegues tercamente a comerlo. El Festival de los Diez Días es la celebración más grande de todo Drom y en ningún lugar se vive tan intensamente como en Farinha. Bailes, obras de teatro, gastronomía de todos los rincones del reino, disfraces, fiesta, ¡alcohol por montones!

Todoroki no había sumado a sus cálculos el hecho de que iban a llegar a Farinha justamente durante el festival y había lucido bastante irritado ante el hecho. Al final, habían tenido que conformarse con buscar un lugar para dormir y decidir partir al día siguiente hacia el Castillo del Rey, pues hoy había tanta actividad que contactar a cualquier oficial parecía una tarea sencillamente imposible.

Terminaron dividiéndose. Las posadas, como era de esperarse, estaban a rebosar, y de ninguna forma iban a caber todos juntos en una sola.

Kitishima ni siquiera sabe cómo pasó. Golpe de buena suerte, lo llamaría él, pero, de un momento a otro, estaba andando tras Ojiro, buscando la siguiente posada que tuviera un letrero que indicara vacantes por fuera. Kirishima intentó hacerse al indiferente –para parecer interesante–. Pero no le funcionó mucho.

La habilidad de Ojiro de hacerse al indiferente es como del triple que la suya, así que al final Kirishima concluyó que, si no era él el que le hablaba al otro, entonces simplemente se pasarían el resto de la tarde hundidos en un ridículo e incómodo silencio autoimpuesto.

Chasquea la lengua. Al final han hallado un sitio. Un edificio de piedra angosto de cuatro pisos, con un pequeño ático instalado, el cual ha sido adaptado para servir también como habitación. Se accede a éste por medio de una trampilla. El ático tiene dos camas individuales y una sola ventanita al fondo. Dicha ventana, si bien es pequeña, la verdad es que tiene una vista bastante privilegiada. Frente a ella se extiende una larga calle escalonada por la que en aquel momento reptan las que bien podrían ser cientos de personas, al tiempo que lámparas de papel y puestecillos de absolutamente todo lo imaginable adornan cada espacio disponible. Y, al fondo del paisaje visible desde la ventana, el majestuoso Castillo del Rey se levanta como un centinela silencioso, velando por la vida pacífica de la ciudad.

Ojiro mira por la ventana, sereno. Kirishima le observa, sentado sobre su cama. Se enfoca particularmente en la forma en que la ropa blanca de Ojiro descansa sobre su cuerpo, suave y delgada. En como su cola se mueve de lado a lado, casi barriendo el suelo.

Se le ocurre hacer una broma. Algo relacionado a cómo podrían usar la cola de Ojiro como una escoba para limpiar la habitación. Incluso sonríe ante su propia "graciosidad", pero, sin embargo, no llega a decir nada.

Es que hay que ser imbécil. Como siga tratando a Ojiro a base de puras bromas de mal gusto, el otro pensará que es lo único en lo que su capacidad de razonamiento le permite pensar, y Kirishima ya podría servirse de que Ojiro le vea con otros ojos. No es mucho pedir, ¿no?

Ojiro es como un volcán esperando a hacer erupción, diría Kirishima si tuviese que describirlo. Es decir… es como el mar unos instantes antes de que la primera luna haga su aparición. Es como el viento templado antes de que se desate la tormenta.

Puede simular esa apariencia de parsimonia, pero Kirishima ve a través de eso.

"Me gustaría evitar que más gente de mi raza siga sufriendo".

Es todo lo que Ojiro dijo después de la pregunta que Kaminari le hiciera. No les ha contado ninguna historia triste ni ha relatado alguna especie de pasado traumático. Sólo eso. Y a todos les quedó claro que era mucho lo que ocultaba, y que no lo iba a soltar tan fácil.

Es un vaso esperando a rebosar. Una olla cuya agua hirviendo va a hacer que la tapa tiemble y caiga.

Mierda, Ojiro podrá engañarlos a todos, pero no a él. Él sabe que ahí hay algo más.

—¿Quieres salir? —propone de pronto Rojo, mirando aún al otro. Ojiro voltea el rostro para verlo. Pero niega con la cabeza.

—No, no, hay demasiada gente… no quiero… em… es incómodo tocar a tanta gente con… —pausa y señala con el pulgar por encima de su hombro, hacia abajo. Ah, Disturbio entiende de inmediato a qué se refiere. Claro. Su cola es tan grande que no puede mantenerla aislada en medio de todo el gentío y no ha de ser nada cómodo que un montón de gente extraña le esté tocando, aún si es por accidente. Ojiro parece ser particularmente celoso de su cola, por lo que era de esperarse una actitud así.

Kirishima traga saliva. Mueve nervioso los dedos de una mano sobre una rodilla. Recuerda lo extremadamente suave y cálida que es aquella extremidad de Ojiro, y… ¿será así también el resto de su piel? Tan dócil… tan caliente…

Ojiro frunce repentinamente el ceño.

—¿Puedes dejar de mirarme de esa forma?

Kirishima regresa de pronto a la realidad.

—¿Eh? ¿De qué forma? ¿De qué hablas?

Ojiro agita la cola a un lado y otro. Kirishima sabe que es una señal de advertencia.

—De esa forma —responde, con un poquito de acidez—. Como si estuvieses a punto de saltarme encima y violarme.

Oh.

Oh…

Mierda.

—¿Qu-qué? No sé de que mierda estás hablando —balbucea rápidamente, aunque no hay nada de verdad en eso, y Ojiro gira los ojos.

—Ajá… —dice el gente del bosque y termina dándose la vuelta para dirigirse hacia su cama. Kirishima le observa con incredulidad.

—Ah, Ojiro, no te pongas así, no fue a propósito —pide, intentando evitar que su de por sí casi inexistente relación se vaya por la cloaca. Se pone de pie. Las luces coloridas y cálidas de afuera le lamen la epidermis bronceada. Ojiro le mira de lado desde su propia cama—. No es mi culpa —agrega el pelirrojo. Ojiro eleva una ceja.

—¿Cómo no va a ser tu culpa?

—No es mi culpa que me gustes. Hasta donde yo sé, uno no decide en estas cosas.

Ah. Si era Ojiro quien estaba en control de la situación, Kirishima acaba de darle la vuelta por completo. Ve como el color rojizo invade las mejillas del rubio y se siente extremadamente satisfecho con el efecto de sus palabras. Sonríe.

—Eh, ¿quieres que te traiga algo para cenar?

Ojiro le mira un momento, aún ofuscado, y después asiente despacio. Kirishima no quiere darles la oportunidad de arruinar el momento, por lo que decide cortarlo de tajo. Así que va a tomar su bolsa y luego camina hacia la trampilla.

—Ahora vuelvo —avisa y desciende por la escalerilla de madera.

Todoroki les dijo que se reunirían hasta la mañana siguiente. Llegar justo a mitad de las festividades ha hecho un desastre con sus planes e intentar hacer cualquier cosa en ese momento raya en lo imposible. Las calles enlosadas de piedra blanca están atestadas de gente disfrazada con máscaras y ropajes de colores vistosos. En el aire cuelgan banderines cosidos a lo largo de cuerdas que se extienden de un edificio a otro. La gran mayoría de los edificios de Farinha es de piedra grisácea clara, con tan sólo una que otra estructura de madera viéndose aquí y allá. La ciudad se expande por un valle muy grande y en su centro es coronada por una colina en cuya cima se planta el Castillo del Rey. La rodean murallas gigantescas y torres de centinelas. Fuera de las murallas crece un bosque viejo.

A Kirishima no le incomoda en nada hundirse entre el alboroto y el gentío. La actividad, el movimiento y el ruido son las cosas que más le gustan. Se introduce a las calles vigilando los puestecillos de comida para encontrar algo que Ojiro pueda comer. No tarda mucho en encontrar unos huevos sumergidos en salsa de cerezas –suena bizarro, pero bueno–, y los compra. Mientras tanto, él se compra dos enormes salchichas metidas en pan y, dudando un poco, vacía una de sus cantimploras de agua y hace que se la rellenen de cerveza. Traga saliva. No va a negarle a nadie que la idea de volver a Ojiro un poquito más amigable a base de alcohol se le ha pasado más de una vez por la cabeza. Sin embargo, el mero proceso de convencerle de siquiera beber un trago, y peor aún, con él, parece una tarea enteramente imposible.

Sobre todo ahora que Ojiro ha dejado muy en claro que está perfectamente consciente de que Kirisihima se siente atraído hacia él.

Y Kirishima, para colmo, no ha hecho más que confirmarlo.

Genio.

Tarda algunos minutos en devolverse a la posada. Le gusta la fiesta, sí, pero tiene una habitación solo con Ojiro y eso le parece todavía más interesante. Segundas intenciones de lado, tan sólo le gustaría platicar con él. Conocerle un poco más. Saber cómo ha terminado siendo así como es. Ojiro, a pesar de su aparente sencillez, a él le parece un personaje complejo, y quizá es ese contraste una de las cosas que más le llaman la atención.

Asciende por las escalinatas de piedra hasta llegar a la escalerilla de madera que guía al último piso de la posada. Trepa por ella.

Cuando ingresa al ático desde el agujero cuadrado en su suelo, se encuentra a Ojiro sentado sobre su cama en posición de loto, con las manos sobre las rodillas y los ojos cerrados. La luz opaca entra por la ventana abierta, bañándole sólo la mitad del cuerpo. Kirishima entra y se sienta sobre su propia cama para empezar a sacar las cosas de su bolsa, sin perturbar al otro. Debe estar haciendo alguna especie de oración. No sabe bien a qué divinidades adore la Gente del Bosque, pero interrumpir una oración es siempre de mala educación. Cuando Ojiro finaliza, le voltea a ver. Mueve la cola en el aire en un gesto relajado. A Kirishima le gusta mirar a dicha extremidad e intentar adivinar lo que sus ritmos y movimientos implican.

—Te conseguí unos huevos con salsa de cereza, ¿los has probado? —pregunta, haciendo una mueca un poco insegura. Recién se le ha ocurrido que sí que son demasiado raros y que si a Ojiro no le gustan se va a sentir bastante imbécil.

Pero, para su sorpresa, la cola se mueve con cierto ánimo. Nota entonces que la expresión de Ojiro parece ciertamente entusiasmada.

—¿Huevos en salsa de cereza? ¿En serio? Hacía muchísimo tiempo que no los comía —se levanta de la cama y se acerca—. ¿Cuánto costaron? —pregunta. Kirishima se encoge de hombros.

—Olvídalo. Yo invito.

—No tienes que hacerlo.

—Pero quiero hacerlo, olvídalo, me alegra haber comprado algo que te guste —le entrega la canastita de mimbre en la que le han dado los huevos y Ojiro los acepta. Entones se queda de pie un momento, canastita en manos, mirando a Disturbio con algo de duda. El pelirrojo le ve de vuelta. Pero antes de que cuestione qué es lo que ocurre, Ojiro va y se sienta a su lado. Kirishima sonríe, sin querer, y extrae sus dos salchichas.

—No deberías comer tanta carne. Es mala para el cuerpo —le dice Ojiro, dándole un golpecito con la cola sobre la espalda. Kirishima se ríe y, de forma instintiva, lanza una mano hacia atrás en dirección a la cola, como si quisiera alejarla de él. Pero, cuando su mano se posa sobre ella, el corazón le da un brinco. Es tan estúpidamente suave y calientita. Entonces, aprovechando el momento, no retira la mano y en vez de ello recorre un poco la suave piel, sin mirar al otro, como si fuese aquello algo involuntario, algo no planeado. Pero nota que Ojiro reacciona a su lado y, cuando lo voltea a ver, le ve completamente sonrojado otra vez, y mirando hacia otro lado como si buscara desesperadamente una forma de huir. Kirishima sonríe. Le suelta. No quiere tentar a su suerte.

—La carne me hace crecer grande y fuerte, pequeño Ojiro —le responde y entonces se mete un enorme bocado de salchicha a la boca. Ojiro le mira, azorado.

—No te veo ni grande ni fuerte —responde, aún rojísimo, pero intentando mantener algo de dignidad.

—¡¿Ah sí?! ¡¿Quieres apostar?! —exclama el otro y Ojiro no ve venir el momento en el que las dos manos se liberan de lo que estaban sosteniendo y se dirigen rápidamente hacia sus costillas.

Cosquillas.

El ENDEMONIADO de Kirishima se pone a hacerle cosquillas.

Y, aunque Ojiro está seguro de que no queda nadie en el mundo que lo sepa, él es extremadamente sensible a esas cosas.

Mierda.

Se hace hacia atrás, intentando alejarse, pero intentando al mismo tiempo salvar a sus huevos con cereza. Empieza a reírse sin poder evitarlo y no sabe si usar la cola para defenderse o para mantener el equilibrio, dado que sus manos están ocupadas. Termina optando por lo primero así que, al perder su sostén, cae hacia atrás, pero empuja a Kirishima de forma gentil con su extremidad extra. Kirishima entonces combate con la cola mientras intenta que sus manos vuelvan a llegar a sus costados.

—¡Ya! ¡Ya basta! —dice Ojiro entre carcajadas—. ¡Mis huevos, maldita sea! ¡Te mataré si se caen!

—¡Te compro otros si se caen!

—¡Detente, bastardo! —y se sigue carcajeando. En algún momento se siente tan relajado que deja a su cola caer a un lado, permitiéndole a Kirishima libre acceso hacia él. Pero, cuando hace eso, en lugar de volver a ser atacado, detecta una pausa por parte del otro.

Le mira, extrañado. Kirishima está mirándolo también. Serio. Ojiro se vuelve a sonrojar. Maldita sea, Disturbio.

Entonces el pelirrojo sonríe un poco y se inclina hacia adelante, reposando ambas manos a los lados del rostro de Ojiro. El rubio, mientras tanto, tiene aún las manos en el aire, las que intentaban mantener a sus huevos a salvo. Kirishima baja. Baja. Baja…

—No te atrevas a besarme con la boca llena de carne —espeta Ojiro y, volviendo a mover la cola, la introduce entre sus cuerpos e impide que Kirishima logre su cometido. El otro le mira confundido, como si no entendiera qué se supone que acaba de pasar.

—¿Eh?

—Acabas de comer salchichas.

—… ¿Y?

—¿Quieres… quieres darme asco por el resto de tu vida?

Ojiro está ruborizado como un niño pequeño, como si no pudiese evitar que la sangre se le fuera a todos los sitios equivocados en presencia del otro. El pelirrojo sonríe.

—No me la vas a dejar tan fácil, ¿verdad?

Ojiro desvía el rostro.

—Está bien.

Kirishima se endereza un poco, pero entonces le toma la cola con una mano y, antes de que Ojiro logre reaccionar, la eleva y se la lleva al rostro, depositando un beso suave y rápido sobre ella.

Ojiro…

Ojiro es que ya no está de color rojo sino color volcán.

Si tan sólo el inútil de Disturbio Rojo supiera que la cola es una de las zonas más sensibles e íntimas para la Gente del Bosque del norte…


Después de que anochece, Ojiro reposa tranquilamente sobre su cama, de lado, con la punta de su cola moviéndose arriba y abajo en momentos aleatorios. Intenta dormir. Frente a él, la vela que ilumina el cuarto se consume sobre la mesita de noche, a un lado de la ventana. La cama de Disturbio en el otro extremo está vacía. El caminante se ha ido a las duchas a bañarse. Lo hizo después de que Ojiro le hiciera el comentario de que ya apestaba bastante a sudor.

Por la ventana entra la luz plata proveniente de la luna y media que han decidido hacer su aparición en el cielo esta noche. También se alcanza a escuchar un poco del rumor del festejo que se desenvuelve varios pisos abajo. Ojiro… Ojiro ha estado antes en Farinha. Y ha estado antes también en el Festival de los Diez Días.

No son recuerdos bonitos.

Lo único en lo que puede pensar al ver a toda la gente sonriente y alegre ahí abajo es en cómo esa misma gente solía arrojarle piedras, reírse de su llanto, picotearle con palos, pagar por verle siendo abusado.

Las risas de los niños le dan escalofríos. Y se siente patético. ¿Por qué no puede borrar esos recuerdos de su memoria?

La trampilla se abre. Ojiro desliza un poco la cabeza sobre su almohada para ver a Disturbio emerger del agujero en el suelo. Kirishima le sonríe. Termina de ascender, cierra la trampilla, arroja su ropa sucia a la única silla que tienen y luego se voltea hacia Ojiro. Éste le devuelve la mirada, sin moverse. Kirishima se acerca y después se agacha junto a la cama, de modo que sus rostros quedan muy cerca el uno del otro.

—Oye —susurra el pelirrojo, luciendo feliz por algo que Ojiro no alcanza a identificar—. Me he lavado la boca. Ya no tengo carne en ella.

Ojiro deja de mover la cola de improvisto. Le ve, frunciendo un poquito el ceño.

—Mmm —murmulla, como si aquello fuese la cosa menos relevante del mundo entero. Ve a la felicidad simplona de Disturbio desaparecer instantáneamente de su rostro.

—¿Mmm? —increpa el otro, con tono de reclamo. Ojiro parpadea.

—¿Y qué pasa con ello? —pregunta—. Todos deberían lavarse la boca antes de acostarse. Es lo normal.

Kirishima luce algo… frustrado.

Quizá un poquito… lo más mínimo… enojado.

—Ya, no juegues conmigo —exige el pelirrojo con el tono un poco rasposo y entonces lleva una mano detrás de la cabeza de Ojiro, metiendo los dedos en el corto cabello rubio. El chico del bosque separa grande los párpados. El movimiento es simultáneo.

Kirishima intenta besarlo a la fuerza. Ojiro lanza al instante un golpe con la cola tan innecesariamente fuerte que Kirishima termina siendo arrojado contra el suelo con ímpetu y, por el ruido tremendo que hace, Ojiro adivina que probablemente le ha hecho daño.

No quiso reaccionar así. Fue instintivo. El rubio se sienta rápidamente sobre la cama y observa a Disturbio en el suelo, quien se incorpora con dificultad y se lleva una mano inmediatamente a la cabeza.

—Ow, ow, auch… —se queja Kirishima, sosteniéndose un costado de la frente. Ojiro traga saliva.

—No, no, discúlpame, Disturbio, no quise… —se queda sin palabras. No sabe cómo explicarse. No sabe de qué forma… Kirishima abre los ojos rojos y le mira.

—Está bien, está bien, entendí el mensaje…

Se quedan un momento en silencio, ambos sin atreverse a mirarse. Kirishima ve hacia la ventana, aun masajeándose las sienes, y Ojiro hacia el suelo, hacia la parte oscura donde la poca luz que tienen no llega. Tras un momento, Ojiro vuelve a mirar al pelirrojo.

—No es que me desagrades… —murmura, despacio. Rojo le mira—. Es que… intentaste hacerlo a la fuerza… y…

Kirishima luce sorprendido.

—Oh, lo siento —baja el rostro—, creo que me dejé llevar. Qué imbécil, je.

Pone una sonrisita muy forzada y muy poco alegre. Ojiro vuelve a desviar el rostro. Finalmente, Disturbio se pone de pie.

—No sé con qué cosas estés cargando, Ojiro —dice, mientras pretende desempolvarse, dándose algunas palmadas en los pantalones—. Supongo que no voy a entenderte hasta que lo sepa.

Se queda así un momento, de pie y sin decir nada, mirando a cualquier lado. Después, devuelve los ojos escarlata al gente del bosque.

—¿Alguien te hizo daño?

Ojiro le mira. Vulnerable y arrepentido. Kirishima recién nota que… tiene lágrimas en los ojos.

—Hey, hey, no llores —da un paso hacia él y lleva ambas manos a su rostro, limpiando los ojos con los pulgares. Ojiro traga saliva, sintiendo los dedos callosos bajo sus párpados. Tras un momento, eleva una mano temblorosa. La posa sobre una de las manos firmes de Kirishima y desvía los ojos.

Kirishima le contempla un momento. Entonces, de repente, sin pensarlo, se inclina hacia el frente y le deja un beso ligero como el aleteo de una mariposa sobre la mejilla.

Ah, Ojiro huele a hierba. A hierba recién cortada. Y un poco como a miel. Qué delicia. Kirishima le vuelve a besar. Y otra vez. En el mismo sitio. Una de sus manos baja para aferrarse a la cintura del rubio. La otra mano acaricia su cuello. Le besa otra vez, un poco más abajo. Ojiro prácticamente no se mueve. Casi ni respira, dejándole actuar con libertad. Cuando Kirishima llega a sus labios, le lame un poquito en la comisura. Siente a Ojiro estremecerse y sonríe.

—Yo no te haría daño —murmura, su aliento caliente chocando contra la piel blanca y suave. Entonces, baja la otra mano hacia el hombro de Ojiro y le empuja gentilmente hacia atrás. Ojiro obedece, hasta que queda recostado sobre la cama y Kirishima se posiciona encima de él. El pelirrojo le mira un momento a los ojos antes de zambullirse, adueñándose rápidamente de sus labios. Ojiro tiembla, mueve un poquito la cola, pero no le rechaza. Cierra los ojos, suspira, e intenta responder. Kirishima le acaricia el rostro y el vientre por encima de la ropa, mientras con la boca succiona, muerde y lame.

Ojiro aprieta las sábanas, agitando un poco la cola sobre ellas de forma involuntaria. Kirishima, tras un momento, gimiendo con la voz grave sobre sus labios, levanta una rodilla, que estaba junto a la cadera de Ojiro, y la coloca entre sus piernas. Después, ayudándose con una mano, hace lo mismo con la otra, empujando el muslo de Ojiro para que le dé paso. Ojiro suspira nervioso entre sus labios, pero no le detiene. Una vez que se han acomodado, Kirishima espera un momento más, aun besándolo, y luego baja un poco el cuerpo. Ojiro abre los ojos y vuelve a estremecerse cuando… Kirishima empieza a… frotarse contra él. Y Ojiro puede sentir perfectamente que Kirishima realmente disfruta de esto.

Queda rojísimo. Y Kirishima deja de besarle para verle a la cara y observar su reacción. El pelirrojo se muerde los labios y entonces extiende una mano hacia la cola que se mueve nerviosamente sobre el cubrecama blanco. La acaricia un poco antes de tomarla y jalarla de modo que ésta se envuelva alrededor de sus caderas. Ojiro traga saliva, pero accede y abraza al pelirrojo tanto con aquella extremidad como con los brazos. Deja al pelirrojo seguir con lo que está haciendo, escuchándole suspirar evidentemente extasiado. Kirishima empieza a mordisquearle una de las orejas. Entonces, con una voz abismal susurra:

—¿Harías algo por mí? —tan suave y tan sensual que Ojiro tan sólo atina a asentir, sintiendo que su respiración se agita, que su corazón late a mil por hora dentro de su pecho. Kirishima deja de moverse. Entonces se incorpora, liberándose de sus brazos. Su rostro, cubierto por las luces de las lunas y de la vela, expresa un deseo tan pesado que Ojiro no entiende cómo es que es él quien es capaz de despertar semejante sentimiento. Kirishima se lleva las manos a los pantalones. Se los baja. Ojiro abre los ojos grandes. Luego, las palmas calientes del caminante se dirigen a la camisa del rubio y la levantan hasta llegar bajo sus clavículas. Entonces, una de las fuertes manos del pelirrojo toma una de las del rubio y la guía hacia su entrepierna.

Ojiro le toca. Es muy caliente. Y muy firme. Y palpita una vez cuando sus dedos delgados se ciernen en torno a ella. La mano del gente del bosque empieza a moverse suavemente, rítmicamente, gentilmente. Kirishima tira la cabeza hacia atrás y se entrega al vaivén. La cola de Ojiro le abraza y el pelirrojo aprovecha la libertad de sus manos para tocarla y acariciarla. Suspira. Exhala fuerte. Ojiro, sonrojado, continúa con su tarea, y prosigue hasta que, creyendo que es lo que el otro quiere, aumenta más el ritmo por unos instantes y…

Las manos de Kirishima se hunden a ambos lados de su rostro. El otro le mira, ofuscado, respirando pesado. Sonríe. Ojiro traga saliva sintiendo la sustancia caliente que se ha regado por su abdomen y su pecho. Su sensible nariz detecta cada gramo de placer, sudor y todo lo demás que emana del cuerpo del caminante. Su corazón late despiadado en su caja torácica.

—A-ahora… ahora te traigo algo para… para que te limpies… —dice Kirishima y, entonces, acomodándose los pantalones, se levanta de la cama. Da un par de pasos hacia la trampilla, pero entonces se detiene. Mira a Ojiro por encima de su hombro—. A menos que quieras seguir… —suelta.

Ojiro se ruboriza violentamente.

—¡No! ¡Apresúrate! —exige y, riéndose, Disturbio Rojo desciende por la trampilla.


Notas de la Autora: Yisus Craist! Disturbio ha corrompido a nuestro Ojiro bebé D: *se desmaya*

Intenté hacer esa última escena lo menos explícita posible por dos motivos:
1. Sé que no a todos les gusta leer cosas así.
2. No creo que MiSeDra sea un fic apto para escenas demasiaaado explícitas.

So, si no tienen problema con cosas así, espero que el capítulo les haya gustado. Si sí, espero que les haya pasado leve. En todo caso, gracias por seguir leyendo, my dear algodones *corazón*

Gracias por los reviews! TookAndersen, Miky, Vorono, Ichiby, Layla, Aureoli, Karyu, Pan, NaniMe, Cami, Yuuko y L00natic :D


Sección de Avisos Parroquiales

-¡Estamos en el capítulo 25! Eso quiere decir que quedan sólo 5 capítulos para finalizar el reto de los 30 días. Confirmo que el fic no se va a terminar en 30 capítulos. Sería imposible.
-He decidido que me gustaría que el capítulo 30 fuese una especie de "cierre de temporada", por lo que intentaré que sea un capítulo largo y que pasen muchas cosas importantes en él :D
-Después de publicar el capítulo 30, debo decir que necesito una etapa de descanso y desintoxicación de MiSeDra, para retornar con nuevas ideas e inspiración, así que no aseguro actualizar muy muy pronto después de eso.
-La semana pasada suplí tres clases y eso me descontroló un poco mis tiempos. Esta semana voy a suplir DOCE. Eso además de mis otros trabajos regulares así que, bueno... haré lo posible por no saltarme ningún día, pero creo que podría no publicar mañana o el miércoles.
-AVISO IMPORTANTÍSIMO: Si les gusta este fic, entonces TIENEN que entrar a la página de Karyu (Karyu's Art en FB) y ver las preciosísimas ilustraciones que hizo del capítulo 21 ;_; si no mueren de amor al verlas es que no tienen alma (?) [Dejaré el link a su página en mi bio para que no se pierdan].

Y bueno, mañana veremos a nuestros niños consentidos de regreso y la aparición de un nuevo personaje inesperado :D the plot thickens (?)

Nos leemos!