Capitulo Veinticinco

Cuando Terry se decidió a buscar personalmente a Susana, no tardó en averiguar lo fútil que sería su búsqueda al empezar a reunir información antes de ponerse en camino y contar las numerosas direcciones donde podía hallarse la joven, diseminadas por todo el país. Irónicamente, Eliza le había proporcionado la mayoría de ellas, incluyendo las de las mejores amigas de Susana, que con suerte se hallarían todas en Londres, porque incluso ellas tenían otras direcciones en otras poblaciones, y Susana podía encontrarse en cualquiera de ellas.

Sabiendo que no podría desplazarse a todos esos lugares en los pocos días que le quedaban, Terry debía decidir cuáles podrían proporcionarle más información en menos tiempo o, si tenía suerte, encontrar a la propia Susana. Pero no era fácil decidirse, pues no conocía a ninguna de las personas implicadas, por lo que acudió a alguien que sin duda tendría más elementos de juicio.

Encontró a Anthony con bastante facilidad. De hecho, el hijo del duque también lo había estado buscando a él, o eso insinuó cuando dijo:

-Se que verme partir le romperá el corazón, pero todo lo bueno (o lo malo) se acaba. Y sí, ya sé que mi acento le confunde, así que, en otras palabras, estoy a punto de regresar a Londres. Este lugar se ha vuelto demasiado deprimente. Parece que en lugar de una boda vaya a celebrarse un funeral.

-Eso no puedo discutírselo -respondió Terry-. Yo también me voy a Londres y quería pedirle...

-Escurriendo el bulto -lo interrumpió Tony-. Caramba, no pensaba que fuera usted de esos.

Terry se tensó, pero como necesitaba su opinión, se contuvo.

-Yo tampoco. Voy en busca de Susana Marlow, la muchacha que puede difundir el rumor. Ella es la única que puede sacarme de este aprieto.

-¿Buscarla como si hubiera desaparecido?

Terry asintió.

-No regresó a su casa como estaba previsto cuando se marchó de aquí, y sus padres se han enojado tanto con las preguntas que les han hecho sobre ella que también se han marchado de su residencia de Londres. William tiene hombres buscándola, pero de momento no hay nada.

-Parece que no quiere que la encuentren -conjeturó Anthony.

-Ya lo sé. Pero, aun así, debe de haber alguien que conozca su paradero. Tengo las direcciones de sus amigas y será...

-Una pérdida de tiempo, sin duda -volvió a interrumpirle Anthony-. Si se está ocultando, aunque no puedo imaginar por qué, no les habrá dicho dónde está a sus amigas.

Terry suspiró.

-Supongo que usted no sabe nada sobre ella que pueda servirnos para averiguar adónde fue cuando se marchó de aquí. -¿Yo? Ni siquiera la conozco. Pero ahora que lo dice, sí conozco a su primo, John Marlow, que era su acompañante. Yo, de usted, lo buscaría a él, puesto que con él es con quien ella se marchó de aquí.

-Él también ha desaparecido, al menos me han dicho que tampoco ha regresado aún a su casa.

Anthony enarcó una ceja, pero luego meneó la cabeza y musitó, más bien para sus adentros:

-No, son primos carnales, ellos no... No importa. Al menos los, hombres de su abuelo están siendo meticulosos si lo han buscado también a él. Eso debería tranquilizarle a usted.

Terry asintió, aunque el consuelo era nimio, puesto que aquellos hombres aún no habían obtenido resultado alguno.

-El viejo William no está escatimando dinero en este asunto, eso dice mi abuelo Richard.

Anthony se rió con malicia.

-Desde luego que no. Me figuro que pensar en tener a Eliza como nieta política le horroriza, ahora que sabe las maldades de que es capaz.

-No sé -respondió Terry, encogiéndose de hombros-. Hablo con él lo menos posible.

-¡Ah, sí! –El rubio volvió a reírse-. ¿Intimida, eh? No puedo decir que lo culpe...

-Venga, no se vaya usted por las ramas. No me cae bien, eso es todo.

-¿Su propio abuelo? ¿Por qué?

En lugar de responder, cuestión que no era de la incumbencia de Anthony, Terry preguntó:

-Supongo que usted no sabe dónde puede encontrarse ese primo.

Anthony captó la indirecta y, después de meditar durante unos segundos, dijo:

-No lo conozco bien, solo un poco, puesto que pertenecemos al mismo club, pero ya sabe cómo hablan los hombres, y fanfarronean, cuando no hay mujeres a su alrededor. Sé que tiene un sitio en Manchester dedicado en exclusividad a sus amantes, una propiedad que ganó en una partida de naipes. No es nada inhabitual, lo de tener un lugar solo para tu amante. Muchos hombres casados hacen lo mismo. Pero en este caso me pareció curioso, puesto que John sigue viviendo en casa con su madre y la casa de Manchester es la única propiedad a su nombre. Lo normal sería que se trasladase allí, ¿no lo haría usted? En lugar de tener a sus amantes. Sobre todo cuando su madre vive tan lejísimos de Londres.

-Pero no resultaría apropiado que se llevara allí a su prima, ¿no?

-Por supuesto que no... A menos que el lugar estuviera vacío. - Anthony se encogió de hombros-. Solo lo he mencionado porque si yo tuviera una prima que me pidiera que la llevara a algún lugar donde esconderse y poseyera una casa que nadie de mi familia conoce, sería allí adonde la llevaría, si en ese momento estuviera vacía. Sobre todo porque no está tan lejos de aquí, pero sí de Londres.

-¿Tiene usted la dirección?

-¿He dicho yo que lo conociera bien?

Terry volvió a suspirar, pero preguntó:

-¿Es grande la ciudad?

Anthony se echó a reír.

-Demasiado para que alguien le indique la dirección preguntando n la calle. Es una maldita ciudad, viejo amigo, no un pueblecito.

En ese punto, Terry podría haberle retorcido el pescuezo por haberle dado esperanzas y luego haberlas frustrado. Sin duda su expresión delataba sus pensamientos, porque Anthony se apartó al menos un paso de él.

Pero luego sonrió con descaro y añadió:

-Yo podría sacarlo de este embrollo.

-Incluso si eso fuera cierto, lo cual dudo, ¿por qué iba usted a hacerlo?

-Dios mío, no hace falta que sea tan suspicaz. No tengo otros motivos, se lo aseguro. Sencillamente sé que usted preferiría casarse con otra persona.

Sabiendo la frecuencia con que Anthony mencionaba a su hermana pequeña, Rosemary, y que además ya debía de estar harto de hacerle de acompañante, lo cual solo podría dejar de hacer si ella contraía matrimonio, Terry no dudó que Anthony estuviera refiriéndose a ella.

Así pues, le aseguró:

-Está usted equivocado. Yo no quiero casarme con ella.

-¿No? Me sorprende usted. Estaba convencido. -Y luego, con un suspiro, añadió-: Muy bien, entonces estaba equivocado. Pero aun así quiero ayudarle.

-¿Cómo?

-Pidiéndole a Eliza que se case conmigo, por supuesto. Yo soy, el único por el cual lo rechazaría a usted.

Terry no pudo reprimir un bufido.

-Señor mío, se tiene usted en muy alto concepto, quizá tanto como Eliza se tiene a sí misma.

Anthony sonrió burlón.

-En absoluto. De lo que estamos hablando es de títulos, que es lo único que a ella le interesa, eso y la fortuna que entrañan. No cometa el error de pensar que es a usted a quien quiere. Resulta además que el título que yo voy a heredar es más elevado que el suyo.

-Incluso si eso funciona, que no lo hará, yo no podría pedirle que hiciera usted tamaño sacrificio.

-¿Qué sacrificio? Yo no estoy hablando de casarme realmente con ella -dijo el de ojos azules, estremeciéndose-. Se lo pediré, estaremos comprometidos durante un tiempo y luego romperemos el compromiso. Hasta me portaré como un caballero y dejaré que sea ella quien rompa. Para que salve su reputación y todo lo demás. Así nadie saldrá perjudicado, usted elude un destino peor que la muerte, yo retomo mis habituales aventuras libertinas y todos contentos.

-Salvo Eliza, que aún tendrá sobre su cabeza la amenaza de esa enemiga suya, dispuesta a difamarla en cualquier momento con la información que posee -señaló Terry-. ¿Qué impedirá a Susana difundir esa historia si Eliza no se casa conmigo? El hecho de que se comprometa con usted no va a impedirlo, sino que convertirá la historia en un verdadero escándalo, y eso es precisamente lo que estamos intentando evitar.

Anthony frunció el entrecejo, al parecer había olvidado aquel aspecto.

-Bueno, diablos. Entonces está usted en un verdadero aprieto, ¿no? ¿A qué espera entonces? Ahora que lo Pienso, hace tiempo que no voy a Manchester. Creo que iré con usted. Dos podemos cubrir una zona mucho más amplia que una sola persona. Mejor aún, hágaselo saber a su abuelo para que pueda enviar también a su gente.

Por mucho que a Terry le pesara admitirlo, y seguían sin gustarle los rodeos que Anthony empleaba para decir las cosas, aquel individuo estaba empezando a agradarle después de todo.

Para Candy, la vida seguía adelante. Se había dado cuenta de que si conseguía no pensar en Terry era incluso capaz de volver a reír cuando tenía ganas de hacerlo. Sin embargo, en cuanto bajaba la guardia, era fácil que se echara a llorar, pero, por lo general, lograba ser la de siempre en el día a día.

Salvo en una ocasión, cuando el pobre Robert Willison se había detenido para hablar con ella en Oxbow y había tenido que presenciar una de sus llantinas. Verla deshacerse en lágrimas delante de él lo había incomodado tanto que había ido en busca de tres lugareños para que lo ayudaran.

No obstante, cuando llegó todo el mundo, Candy ya volvía a ser dueña de sus actos y achacó las lágrimas a una mota de polvo que tenía en el ojo, recordando a su público que una buena llantina era la mejor forma de limpiarse los lagrimales.

La habían mirado entonces como si fuera tonta. La gente a menudo la miraba así cuando decía alguna de sus gracias, así que aquello no fue nada fuera de lo corriente.

Sus tías también habían decidido que estaba «recuperada», aunque nunca habían hablado sobre la enfermedad que la había aquejado. Sabían que tenía que ver con Terry, pero, por un acuerdo tácito, habían decidido no intentar sonsacarle nada. Sin embargo, el tema surgía de vez en cuando. ¿Cómo no iba a hacerlo cuando la boda de Terry continuaba siendo el principal tema de conversación en vecindario y, por lo tanto, resultaba tan difícil eludirlo?

Sin embargo, habían vuelto a pensar en otros caballeros adecuados para ella y, justo la noche anterior, estando reunidas en el salón después de la cena, Maria mencionó a un caballero que acababa de llegar hacía poco.

-Se llama sir Allistar Cornwell. Está construyendo una casa señorial al otro lado de Oxbow, cerca de la hermosa pradera. He oído que acaba de recibir una inesperada herencia y que ha decidido hacerse una casa aquí.

Emilia asintió, añadiendo:

-La gente tiene tendencia a gastar mucho dinero cuando acaban de heredarlo. Es raro, pero siempre sucede lo mismo.

-He oído que también está construyendo una en Bath y otra en Portsmouth. Parece que la herencia es sustanciosa.

-No está casado, ni lo ha estado nunca -dijo Emilia-. Me lo han confirmado.

-Y es joven -añadió Maria-. No llega a los treinta.

A esas alturas, Candy ya no tuvo ninguna dificultad para saber el cariz que iba a tomar la conversación.

-Pasaré a conocerlo, pero no me lo traigáis aquí para presentármelo.

-Nosotras no haríamos una cosa así, querida, al menos yo -le aseguró Emilia.

-¿Lo cual implica que yo sí lo haría? -bufó Maria-. No soy tan insensible como para no darme cuenta de que a nuestra Candy no le hace ninguna gracia la boda de la próxima semana.

-No, solo eres lo bastante insensible como para mencionarla -replicó Emilia con un bufido.

Candy se puso en pie para distraerlas, antes de que la riña fuera a mayores, y volvieran a hacerle caso.

-Está bien. No tenéis que suavizar el tema delante de mí. Es cierto. Como tía Elroy, yo también pensaba que entre Terry y yo podía haber algo más que una simple amistad, pero me equivocaba, Lo superaré. Que volviera a comprometerse con Eliza fue una sorpresa más que otra cosa, de la que ahora estoy recuperada. En serio, me encuentro bien.

Se marchó antes de que el temblor de sus labios contradijera aquella afirmación, pero las dos hermanas se miraron, sabiendo lo que le ocurría.

-Miente -suspiró Elroy-. Sigue estando muy triste.

-Lo sé. –Maria suspiró un poco más alto-. Me gustaría tener un garrote y..

-Y a mí -la interrumpió Emilia-. Pero ¿de qué serviría eso? Ninguna mujer podría competir con alguien como Eliza, ni siquiera alguien tan maravilloso como nuestra Candy. Los hombres pueden ser tan ciegos y estúpidos.

Maria podría haberse reído con aquel comentario, si el tema no las abatiera tanto también a ellas.

-No es que tenga importancia, pero, pensándolo bien, mejor así. No me hacia ninguna gracia que ese misántropo de William fuera a mirarme por encima del hombro si acabábamos siendo parientes políticas suyas. Dejó su postura del todo clara en su día cuando surgió el rumor, demostrando que no quería tener nada más que ver con nuestra familia.

-No estoy tan segura de que fuera solo eso -respondió Emilia pensativa-. Hizo un comentario en la fiesta que me llevó a pensar que lo que le había disgustado es lo que hizo nuestro abuelo, no el rumor al que había dado pie. Eran muy buenos amigos. Al menos, solían cazar siempre juntos.

-¿Qué comentario?

-Me preguntó si la imbecilidad seguía siendo cosa de nuestra familia - respondió Emilia.

Maria se puso furiosa, lo cual se hizo patente en su tono de voz y en el rubor que tiñó sus mejillas.

-Caramba. ¡Menudo hipócrita! ¿Quién fue el que dejó que su hija se marchara y se casara con un escocés de las Tierras Altas y luego lo lamentó durante el resto de su vida? Eso sí que es ser un imbécil.

Emilia negó con la cabeza.

-Eso fue una circunstancia que no pudo evitarse, pues ella se enamoró de aquel hombre. Lo que debería haber hecho es impedir que se conocieran.

-Tú le contestarías, espero -respondió Maria, aún indignada.

-Por supuesto. Pero después de pensar en ello, creo que solo se estaba refiriendo al hecho de que el abuelo se disparara y eso, debes admitirlo, es lo que nosotras pensamos de vez en cuando.

-Oh, bien, desde entonces ha llovido mucho -dijo Maria. Luego pasó a otra queja-. Pero tú nunca deberías haber animado a Candy para que pensara que tenía alguna oportunidad con Terry. William no habría permitido que se casaran.

-¿Animarla cómo? -Emilia miró a su hermana con algo parecido a la ira-. Tengo ojos, ¿sabes? Era evidente que el muchacho estaba prendado de ella, aunque, por lo que parece, lo que él apreciaba no era más que su amistad -añadió con un suspiro.

-No podemos culparlo por eso -respondió Maria-. Candy es un encanto.

-Por supuesto que lo es. Sin embargo, te equivocas si piensas que William habría puesto objeciones a causa del rumor. No le habría gustado, pero por lo que sé, él solo quiere un nuevo heredero, y deprisa. Con tantas prisas, no puede precisamente poner muchos reparos.

-Desde luego que sí -discrepó Maria-. Ese era el motivo de la fiesta. Terry tenía más muchachas entre las que escoger de las que necesitaba, y mira lo que ha sucedido. Ha terminado quedándose con la que William quería para él.

-Pero ¿la eligió él?

-¿A qué te refieres?

-¿Conoces a la hija de Dorothy, la que trabaja como doncella en Summers Glade? He hablado con ella esta mañana en el zapatero. Dice que su hija le ha contado que en Summers Glade nadie está contento con la boda, en especial los novios.

-¿Ninguno de los dos?

-Eso es lo que ella me ha dicho.

-Eso no tiene sentido. Entonces, ¿por qué se casan?

Emilia enarcó una ceja, ante lo cual Maria exclamó:

-Tonterías. No se ha oído ni el más mínimo rumor de que...

-Exacto -la interrumpió Emilia con una sonrisa taimada-. Los matrimonios no deseados suelen contraerse para cortar un rumor de! raíz antes de que pueda empezar a difundirse.

-Una conjetura sin base alguna, en este caso -señaló Maria-. Solo estás aventurando una opinión.

-El sentido común...

Maria la interrumpió:

-¿Quién dice que tú lo tengas?

-Diantres. Hablar contigo es como hablar con el pomo de una puerta -se lamentó Emilia.

-¿Lo que significa...?

-Que sabes girar el pomo, pero no tienes la inteligencia que se necesita para abrir la puerta.

-O soy lo bastante inteligente como para saber que al otro lado de la puerta no hay nada que merezca la pena -contestó Maria triunfal.

Emilia se dio por vencida. Aquel comentario era muy agudo y, aunque nunca lo admitiría, estaba orgullosa de que a su hermana se le hubiese ocurrido.

Continuara…

Bueno chicas que les cuento… falta poco… empiezan cosas interesantes… así que el próximo capitulo será bueno.

Gracias a todas por sus comentarios… en realidad son la fuerza motriz para seguir adaptando... Saludos a todas.

Ángeles Gabriel