NA: La vida es un lugar aterrador y creo que voy a morir porque tengo que entregar un trabajo en dos semanas y ya he pedido una prórroga pero aun así no lo estoy haciendo. Mi vida cada vez se va más por el retrete gracias a mi madre y su segunda adolescencia, pero no importa porque la vida es hermosa y sigo con bronquitis pero soy feliz (¿). Este capítulo se lo dedico a Elia, porque es mi Diosa, la amiga que entiende mi misantropía y me salva de la autocompasión patética. ILY babe.
Ya llevo 25 capítulos, a ver si Bokuto se muere ya( Es broma, que le amo o algo). Creo que es el fic más largo que he escrito en toda mi vida ?
Capítulo 25 –Broncoaspiración
Comer en decúbito supino es altamente peligroso, pero al igual que dormir de pie, son dos cosas que se pueden realizar en contadas ocasiones. Esencialmente eso de comer bocarriba es peligroso porque puedes broncoaspirarte y morir ahogado entre comida y agonía, pero cuando estás muy cansado el universo te permite comer de esa manera, igual que lo de dormirse de pie. No se puede decir que yo estuviera especialmente cansado, si se tiene en cuenta de que no tenía trabajo y que me estaba perdiendo los partidos de vóley de la temporada universitaria, pero si estaba profundamente deprimido y en el fondo estar cansado y estar deprimido son dos cosas muy parecidas.
Estaba yo, aún con la camiseta roja de Oikawa puesta, comiendo unas galletas de arroz rancias que había rescatado del fondo del armario cuando alguien golpeó la puerta. Yo no me levanté a abrir, evidentemente. Había pasado unos tres días sin salir de casa, así que no sospechaba para nada que era un comité de salven a Bokuto Kotaro de la podredumbre y el patetiquísimo mundo de la autocompasión por rotura de vida existencial pudiera ocurrir, pero eso era, ni más ni menos.
Es curioso, porque en parte eso de ser el idiota que ayuda a los demás siempre hace que siempre haya alguien dispuesto a ayudarte cuando más lo necesitas y quizá menos lo mereces.
—¡Abre la puerta cabeza hueca! — la voz de Kuroo resonó al otro lado de la puerta, pero no quería verle. De hecho no quería ver nada que no fuera el techo de mi casa, que era la cosa más hermosa del mundo aún sin molduras, ni gotelé, ni nada a destacar a parte de una mancha de humedad que tenía forma de bambi asustado que me recordaba a mi infancia.
Y entonces fue cuando me di cuenta de que no importaba si me molestaba en abrir la puerta o no, porque aparte de Kuroo, ahí estaba Komi y Komi tenía un master en eso de forzar cerraduras con una tarjeta de crédito y no sé qué más. Así que antes de que pudiera esconderme en el baño y fingir que otra vez tenía las diarreas apoteósicas, esas que solían azotarme cuando mi vida era un caos para la mayoría de gente que no me conoce, se introdujeron en mi hogar.
—Necesita una ducha — fue lo más parecido a un hola que Komi dijo cuándo le miré sin levantarme del futón. — Estás horrible, peor que la última vez que…
Sí, iba a decir "La última vez que vine con Oikawa", pero se cortó. Se ve que tiene alma a pesar de lo que pueda parecer, y en realidad le quiero mucho por estúpido que sea.
—Estás ridículo con esa camiseta — dijo Kuroo antes de pasar uno de sus brazos por debajo del mío a la par que Komi hacía lo mismo con mi otra extremidad y me levantaban del suelo.
—Puedo levantarme solo ¿sabéis?— dije notando como las migas de las galletas de arroz se caían por encima de mi pecho.
—Sí, lo has demostrado en estos tres días, pero nos hemos cansado de esperar a que se dé la situación — dijo Komi.
Debía ser una imagen curiosa, porque Komi es un retaco y bueno, Kuroo no. A demás yo era considerablemente mucho más ancho de espaldas que ambos y pesaba bastante más. A pesar de lo que yo acaba de decir me dejé arrastrar pasivamente hasta la ducha y me sentaron ahí, y con ropa y todo Komi encendió el agua que cayó fría sobre mi cabeza. El agua fría me sentó bien, no es que los pingüinos de Madagascar vinieran a mi cabeza y dejara de pensar, para empezar porque en Madagascar no hay pingüinos y es solo una invención de Hollywood. El agua me sentó bien porque precisamente no pensaba, no pensaba en nada en absoluto, y al sentir el contacto frío del agua me sentí como una mierda, pero extrañamente vivo. Porque quizá había estado metafóricamente muerto durante tres largos días.
Abrí y cerré los ojos varias veces, notando como mi pelo se pegaba en mi cara y por mi cuello y entonces noté el contacto de un metal sobre mi piel. Komi estaba cortando la camiseta roja de Oikawa para quitármela y me asustó.
—¡ Komi, No! — grité apartándole, y esperaba ver a Kuroo por algún lado dándome algún tipo de apoyo moral o no sé, pero había salido del baño. Y era normal, era un baño muy estrecho para tres personas, era estrecho hasta para una…
—¡Komi, si! — Contestó él tirando de la camiseta y partiéndola en dos.—De hecho, esta camiseta es ahora unos estupendos trapos de cocina.
Y así era, la había roto y ya no había mucho que hacer para salvarla. Y yo no sé cómo, no sabía qué o por qué o cómo o nada de nada. Y la guerra por mantener aquella camiseta continuó un poco más hasta que Tetsuro asomó la cabeza de nuevo por el baño.
—Dúchate y vístete — ordenó el general Kuroo dejando unos pantalones, una camiseta y unos calzoncillos sobre la pila del baño. Estaba al teléfono.
La realidad palpable era que yo podía pasarme el resto del verano allí tirado, comiendo cualquier cosa sin hacer nada de nada. Por poder podía hacer lo que me diera la gana, pero en aquel examen triste y deprimente de la camiseta de un amante fugado hecha jirones bajo la atenta mirada de uno de mis mejores amigos me di cuenta de que no quería. Yo no quería estar en aquel estado ridículo, yo había nacido probablemente para ser un número más de la gente de la coca cola, pero yo quería ser feliz. Yo quería que me pasaran cosas buenas, y de hecho a pesar de cómo me pudiera sentir en relación a Akaashi o a Oikawa o en general a mi poca capacidad para identificar mi destino, yo tenía amigos a los que de verdad les importaba. Daba igual si Oikawa era una perra interesada, porque Kuroo, Komi, Yamada, Sarukui, Konoha, Washio, Nakahara… Todos ellos a su manera y en su medida en función de la confianza y sus posibilidades si me valoraban.
Dejé escapar un suspiro profundo y me levanté. Komi me miró y yo le entregué los restos de la camiseta. El general Kuroo me había dado una orden y estaba dispuesto a cumplirla, aunque me sintiera como la última mierda de este planta.
Cuando salí del baño mínimamente aseado, pero con el pelo chafado sobre mi frente, Kuroo estaba vaciando los armarios. Una pila de pan de leche, te chai y otras cosas que todo el mundo sabe que yo raramente consumo, se acumulaba en una de las esquinas del cuarto. Komi estaba recogiendo mi futón como buenamente podía.
—Te vuelves a Kagawa lo que queda de verano — anunció Kuroo al percatarse de que mi cuerpo de zombi había aparecido en la habitación.
—No tengo ganas de ver a mi padre — dije en tono monótono pensando en que diría "te dije que lo de ser homosexual solo te traería problemas". Porque esas eran las cosas que decía, como si uno pudiera elegir qué mierdas es.
—Pues tienes que irte mientras hacemos limpieza y te compramos un gato nuevo — aclaró Komi. — Saru ha dicho que va contigo y le he mandado a hacer la maleta y a comprar billetes de tren.
—Tampoco quiero ver a mi hermana — añadí dejándome caer en el escalón que separaba el cuarto de la cocina.
—A ver, que nos importa un carajo — Kuroo, el rey de la sensibilidad. — Te vas mañana y hoy dormirás en mi casa.
Asentí. Que otra cosa podía hacer ¿negarme y patalear? ¿Pegarles? ¿Llorar? Realmente ni siquiera sabía si Kuroo se refería a la casa de sus progenitores cuando se refería a dormir en su casa. Ya no tenía el ojo morado, pero él era un ermitaño de esos que odiaba estar en casa de sus padres. Pasaba más tiempo en casa de Kenma que en la suya, había ocupado mi casa, la de Lev y la de Konoha tantas veces…
Pero efectivamente acabamos en casa del señor y la señora Kuroo. Eran lo que venía siendo arquetípicamente encantadores, y yo adoraba a su madre. Si el futuro era que Kuroo y yo acabáramos casados por pura rutina y abandono de la realidad, nunca iba a tener problemas con la suegra. Hay que admitir que estaba un poco de lo suyo, pero cuando yo estaba allí era como un hijo más. Pero realmente tampoco es como si todo esto tuviera relevancia para la historia, es solo más detalles absurdos que añadir a la lista de las tonterías que digo para no pensar, porque en la línea de siempre, pensar está sobrevalorado. Sí, esa es mi frase favorita, no sé si la dijo algún gran autor o simplemente es una distorsión ridícula del carpe diem, pero es mi favorita.
Lo que más me gustaba de la casa de Kuroo era su biblioteca. No era que allí entraran muy a menudo, pero tenían una habitación pequeña dedicada a la literatura. Cosas de mi falsa futura suegra, porque hasta a ella debía gustarle la idea, considerando que la otra opción era Kenma y…bueno, pensaba que tenía problemas cerebrales por eso de estar mirando siempre pantallitas.
Después de la cena, entré en la biblioteca y me quedé mirando un punto aleatorio de aquellas estanterías, que a pesar de que no estaba muy alto, llegaban al techo. Leí el título del libro que tenía al frente "En busca del tiempo perdido: La fugitiva". La obra de Proust no me apasionaba, sobretodo porque más que buscar el tiempo perdido sentía que perdía más tiempo que otra cosa leyendo ocho libros más largos que la cordillera de los andes, pero aun así saqué el libro por mera curiosidad y lo ojeé .
Topé con la frase de que la felicidad en el amor no es un estado normal, y asumí la anormalidad de mi tiempo con Akaashi como una dilatación en el espacio temporal en el que las leyes cósmicas se habían alterado. Después de todo supongo que lo de Oikawa había tenido también esa alteración, solo que por menos tiempo.
—¿Te vas a dar a la lectura ahora?— Preguntó Kuroo entrando en la biblioteca y dejándose caer sobre uno de los sillones que había allí. Yo devolví el libro con cierto recelo a la estantería.
—En realidad creo que… — miré aquellos libros. Yo estaba en un arresto extradomiciliario, y sí ya sé que esa palabra no existe, y además estaba castigado a ir a casa de mis padres así que cogí los tres primeros libros del tiempo perdido.— Creo que voy a perder mi tiempo haciendo algo diferente, y si no funciona volveré a la autocompasión dramática de no ser merecedor de una vida feliz.
Kuroo empezó a reírse. Sabía que el afán por la lectura a mí me iba a ratos, a veces devoraba libros como si no hubiera un mañana, y otras simplemente no era capaz de leer ni una línea del tedio. Y no, no dependía del libro, dependía de mi estado emocional.
— No creo que a mamá le importe, llévatelos todos — dijo Kuroo.
Es en sí curioso como en uno de esos libros dice que el encuentro fortuito de un libro puede cambiar el destino del alma. Puede que así fuera en mi caso, puede que perder el tiempo en la playa de Sanuki me hubiera convertido en la versión moderna de una evolución extraña. Lo cierto era que no quería volver a casa, y no tenía ganas de hacer nada de nada, pero tampoco podía quedarme sentado esperando a algo que ni siquiera sabía que era.
Y la mañana siguiente Saukui apareció dispuesto a viajar conmigo. Y pensé que quizá, solo quizá, la playa, el ruido de una ciudad más pequeña y el alejarme de todo sería bueno.
