NdA: Al principio de Extremos anuncié que en esta parte iba a haber personajes o conceptos o tal sacados de otros libros que no eran HP. Bueno, en este capítulo sucede eso. Pero daré el crédito en el próximo porque decir ahora el nombre del libro revelaría algo que no quiero revelar aún (si alguien lo consigue ya por su cuenta, enhorabuena).

¡Gracias por leer y comentar!

Capítulo 25 La ceremonia

Cassandra estaba concentrada en el ejercicio de Transformaciones que les acababa de explicar Flitwick cuando notó unas molestias en la tripa. En ese momento recordó que ya le había pasado algo parecido el día anterior, pero después de un rato esos pequeños retortijones habían desaparecido sin más e imaginó que esa vez ocurriría lo mismo. Sin embargo, el dolor parecía agudizarse y Cassandra pidió permiso para ir al cuarto de baño, pensando que habría comido algo que le había sentado mal.

Ya sentada en la taza del water descubrió, con aprensión y un poco de vergüenza, que tenía las bragas algo manchadas. Uh, ni que no supiera limpiarse bien el culo… Pero aunque seguían los retortijones, sólo hizo un poco de pis. Y al ir a limpiarse, vio que el papel manchado con algo que era… raro. Cassandra se quedó mirándolo sin entender. Aquello no lo había visto nunca.

Un momento…

¡Era la regla! ¡Era la regla! ¡Le acababa de bajar la regla! Sonriente y nerviosa, Cassandra se levantó, se arregló la ropa y salió a paso rápido del baño en dirección a la enfermería. Se sentía tan contenta y aliviada… ¡Por fin! Por Morgana, había pensado que no iba a bajarle nunca… Tenía que contárselo a Morrigan y luego escribir a su abuela y a su tía Daphne. Cassandra sintió un ramalazo de pena al pensar que no podría decírselo a su madre, pero trató de no dejarse llevar por la tristeza. Era un gran día. Ya era una mujer y aquella noche celebraría su ceremonia de tránsito. No podía esperar.

Madam Midgen le dio unas compresas y una poción suave para el dolor y la felicitó. Para cuando Cassandra regresó a clase, era ya casi la hora de salir, pero le explicó a Flitwick que había tenido que ir a la enfermería y éste lo aceptó sin problemas. Alyssa y Devika, sus amigas, le preguntaron qué había pasado.

-He tenido que ir a ver a Midgen –les explicó en susurros-. Ya me ha bajado la regla.

Ellas sonrieron.

-Enhorabuena, Cassandra.

En cuanto llegó la hora del almuerzo fue a decírselo a su prima, quien la felicitó como los demás y empezó a organizarle la celebración y luego se acercó a contárselo también a Scorpius. Él le dio un beso en la mejilla, sonriendo un poco.

-Felicidades. ¿Te duele?

-No, casi nada.

-Pásatelo bien esta noche.

-Gracias.

Estaba impaciente por que llegara esa celebración. Había oído hablar tanto de ella en susurros y alusiones veladas… Y el poder, el poder de la magia ancestral. Quería conocerlo, atisbar su alcance. Su abuela Narcissa, que conocía algo más del tema que su abuela Melissa, le había prometido enseñarle unas cuantas cosas sobre hechizos y conjuros que sólo una bruja que hubiera pasado por una ceremonia de tránsito podía practicar.

Las horas le pasaron agónicamente lentas, pero por fin llegó el momento. Alrededor de las diez, cuando los de primero ya estaban acostados y algunos alumnos más mayores empezaban a hacer lo mismo, Alyssa y Morrigan le dijeron que fuera con ellas al dormitorio de las de quinto.

La habitación estaba decorada con velas blancas y habían dibujado en el suelo unos símbolos que no eran runas; además, estaban quemando una varita que olía intensamente a bosque en invierno. Ya había varias chicas allí, todas en bata y pijama, hablando con animación, y en cuanto la vieron entrar fueron a saludarla.

-Ah, hermanita, ¿cómo estás? –le dijo una de las chicas, besándola en la mejilla y haciéndola pasar.

-Entra y siéntate donde veas un sitio –dijo otra-. Y bienvenida al club. Te esperan treinta o cuarenta años de estúpido dolor todos los meses.

Algunas se rieron.

-No la asustes –dijo Cornelia Solberg-. Además, seguro que Cassandra es una chica informada que sabe que no siempre duele, ¿a que sí?

Ella asintió mientras tomaba asiento en una de las camas. Por supuesto que lo sabía. Su madre le había hablado de ello antes de ir a Hogwarts por primera vez y además, había oído a un montón de mujeres de todas las edades hablando del tema.

-Aún faltan algunas chicas –le dijo Morrigan-. En cuanto lleguen empezaremos.

Y esas chicas, entre ellas la prefecta de séptimo, Winifred Pritchard, no tardaron en llegar acompañadas de dos barriles medianos de cerveza de mantequilla. Cassandra se quedó un poco sorprendida, pero le dijeron que la tradición mandaba que se hiciera la vista gorda en celebraciones como esa.

-Es una noche especial –le explicó Berenice Yaxley, a la que conocía bien porque iban juntas a piano-. ¿Y quién querría arriesgarse a cabrear a la magia ancestral?

Entonces hicieron aparecer unas copas y sirvieron una ronda de cerveza. Cassandra sólo la había probado en un par de ocasiones y bebió la suya poco a poco, disfrutando de su sabor y de su calidez.

-Dicen que estas ceremonias funcionan mejor cuando hay mujeres de varias generaciones, madres, abuelas, viudas… -explicó la prefecta-. Pero bueno, aquí en el colegio sólo estamos nosotras.

-Pero somos trece –señaló Morrigan-. Trece es un buen número.

-A ver qué pasa –dijo otra chica, una de séptimo-. ¿Os acordáis de la ceremonia de Lisa? Me encantaría volver a ver algo como eso.

-¿Qué ocurrió? –preguntó Cassandra, mirando a Lisa Cloverfield, la prima de los Solberg.

-Apareció un arco-iris en medio de la habitación. Duró al menos media hora.

-Pero antes tenemos que enseñarle unos cuantos hechizos a Cassandra –dijo una chica de sexto, sonriendo-. No queremos que nuestra hermanita se quede embarazada antes de tiempo como una ignorante muchacha cualquiera, ¿verdad?

-No te preocupes, no esperamos que aprendas a hacerlos todos ahora –dijo Winifred-. Pero al menos es bueno que sepas que existen.

-Sí, y otros que también son útiles, como el Semper Flaccidus –dijo Berenice, haciendo que las otras se rieran.

-¿Para qué sirve?

-Lo usas si tu novio te ha puesto los cuernos. El muy cerdo será impotente durante tres meses.

-O el Infidelitas –recordó Morrigan-. Ese te lo lanzas a ti misma. Si tu pareja te ha sido infiel, te olerá como a huevos podridos.

-Y es el momento de lanzarle el Semper Flaccidus –bromeó Lisa.

-Qué visión más negativa de las relaciones –se burló una chica de séptimo, Paige Bole-. ¿Qué hay del Sensitivitas y el Humidilangue? ¿De esos no pensáis hablar?

Algunas chicas se echaron a reír otra vez, felizmente escandalizadas, pero Cassandra dio un respingo al notar que su prima le tapaba las orejas con las manos.

-¡No vas a hablarle a mi prima del Humidilangue, pervertida!

Las otras se rieron aún más.

-Vamos, todas las mujeres del mundo deberían conocer ese hechizo, hermana –replicó Paige, con desparpajo.

-¿Qué hace ese hechizo? –preguntó Cassandra, que no entendía a qué venía tanto alboroto por una lengua húmeda.

-Ay, qué inocencia –dijo Winifred-. La verdad, Paige, no sé si está preparada.

-No lo está –respondió rápidamente Morrigan.

Cassandra se apartó para quitarse de encima las manos de su prima, que ya empezaban a molestarle de verdad. Aquello era una tontería. Ya era una mujer, ¿no? No pensaba dejar que la tomaran por una bobita que no sabía de dónde venían los niños o algo así. Además, seguro que todas en aquella habitación sabían lo que hacía el Humidilangue de las narices, así que ella iba a saberlo también.

-No voy a escandalizarme –dijo desdeñosamente-. Ya sé lo que significa, sólo quiero saber lo que hace. Dímelo, Bole.

Bole lo hizo.

Cassandra se puso roja y sintió algo interesante entre sus piernas.

-Oh... –Aquel era probablemente uno de los momentos más embarazosos de toda su vida, pero hizo un esfuerzo por aparentar que no se sentía total y absolutamente avergonzada-. Vaya, ya veo.

Las más mayores apenas podían aguantar la risa.

-Estarás contenta –refunfuñó Morrigan, aunque en el fondo también parecía un poco divertida por todo aquella.

Paige soltó una risita y se encogió de hombros.

-Bah, tiene casi catorce años, es mayor de sobra para conocerlo… y disfrutarlo.

Una chica de sexto que estaba sentada junto a ella le dio un golpe con la almohada.

-Es que eres pervertida. ¡Nos has pervertido a todas!

Paige se moría de la risa.

-¡Mentira! ¡Protesto! Ahora te quejas, pero ¿y a principio de año, cuando viniste pidiendo ayuda? "Paaaaige, el melón de mi novio es un inútil y no es capaz de aguantar más de cinco minutos con el metesaca, ¿qué haaaago?

Muchas se echaron a reír, pero otra chica de séptimo puso los ojos en blanco.

-Ugh, conozco a más de uno que no aguanta ni eso.

-¡Nombres, nombres! –exclamaron algunas, entre más carcajadas.

Cassandra se reía también aunque tenía la sensación de no estar pillando el chiste del todo. Y vaya, en Hogwarts había más sexo del que pensaba. Pero la cerveza de mantequilla se le estaba subiendo un poco a la cabeza y se sentía feliz y algunas cosas las entendía perfectamente, así que en realidad se lo estaba pasando en grande.

-Venga, empecemos –dijo por fin Winifred.

Las chicas se levantaron de las camas y Cassandra vio que se disponían a formar un círculo alrededor del dibujo en el suelo, un círculo del que ella debía formar parte también. Morrigan le tendió la mano y se colocó entre ella y Alyssa. Todas parecían excitadas, divertidas, como si fuera a pasar algo maravilloso y ella no pudo evitar contagiarse por su entusiasmo.

-Tiene que hacer la invocación la mujer con más experiencia –dijo Winifred, con una sonrisa burlona, pero sin malicia-. Esa eres tú, Paige.

Paige sonrió con orgullo.

-Y a mucha honra, hermana.

Antes de aquella noche, Cassandra ya había sabido que Paige había salido con varios chicos y chicas de Hogwarts; debían de hablar de esa clase de experiencia. Pero antes de que pudiera seguir pensando sobre ello, Paige empezó a entonar unas palabras en un lenguaje desconocido, antiguo, que hablaba de cavernas, de lanzas, de humanos vestidos de pieles. Cassandra miró a su alrededor y al ver que todas las demás tenían los ojos cerrados, los cerró también. Unos segundos después empezó a notar algo, un hormigueo en la punta de los dedos de los pies. El hormigueo fue subiendo por todo su cuerpo; era una sensación agradable, como cuando llenabas la bañera de agua y la hacías burbujear con un hechizo. Pero cuando terminó de recorrerla desapareció y fue sustituido por algo diferente, una especie de presencia reconfortante que parecía darle la bienvenida a algún sitio.

Paige terminó su extraña invocación, pero Morrigan y Alyssa no le soltaron las manos ni rompieron el círculo. Cassandra no pudo más y abrió los ojos y vio que las demás habían hecho lo mismo.

-Yo, Morrigan, hija de Daphne y nieta de Melissa y de Clementine, presento ante mi círculo de hermanas y ante la magia ancestral a mi prima Cassandra, hija de Astoria, nieta de Melissa y de Narcissa. Ya es una mujer, en su vientre está la magia de la creación y la destrucción.

-Que el poder de la Madre la acompañe –dijeron todas a coro excepto Cassandra.

-La Madre protege, la Hija aprende, la Mujer disfruta –dijo Morrigan.

-No importa si nunca llegas a tener hijos –le explicó Winifred-. Llevas a la Madre dentro porque estás equipada para serlo. Protege a los tuyos siempre.

-Y eres Hija aunque no hayas conocido a tus padres o aunque seas huérfana o aunque tengas cien años –dijo Cornelia Solberg-. No dejes nunca de aprender. Ten siempre los ojos abiertos.

-Y disfruta –añadió Paige con una sonrisa feroz-. Es tu derecho como mujer. Caray, no a todo el mundo le vuelve loco el sexo, aunque en mi opinión cuando eso pasa es porque no lo están haciendo bien…

-Paige…

-Ya, ya, si a eso iba… Cassandra, busca siempre tu propia felicidad. Esté donde esté.

-Lo importante es encontrar el equilibrio entre las tres facetas –explicó Winifred.

Cassandra no estaba muy segura de entenderlo, pero suponía que era importante y trataba de grabarlo en su memoria. Era algo complicado porque estaba un poco mareada, quizás por la cerveza de mantequilla. Y notaba algo más, una especie de magia reverberando al fondo, parecida al rumor de un riachuelo, que la hacía sentirse querida y bienvenida.

-Con esta ceremonia estás vinculada a la magia ancestral, como tu madre y su madre antes que la tuya –dijo Morrigan-. Y así generación tras generación de mujeres, hasta llegar al albor de los tiempos.

-Recibimos a la magia ancestral –replicaron todas a coro menos Cassandra.

La presencia de esa magia se intensificó y Cassandra notó cómo se le aceleraba el corazón y se le erizaba el vello de los brazos. Se movió un poco y Morrigan y Alyssa le apretaron las manos con más fuerza, como si pensaran que iba a soltarse. Pero no quería soltarse, era sólo que no podía estarse quieta. Estaba pasando algo, algo que se sentía bien. Y entonces vio algo en el centro del círculo. Al principio era sólo un punto, algo tan pequeño que era fácil no verlo. Pero se estaba haciendo más grande y pronto todas las chicas tenían la vista fija en él. El punto creció hasta convertirse en una bola luminosa de color atardecer, dorada, naranja, violeta… Cassandra pensó que no había visto nada más hermoso en toda su vida.

La tensión seguía creciendo, como el hormigueo en la nariz antes de un estornudo, y Cassandra tenía la sensación de que todas las chicas sentían lo mismo. Su magia estaba excitada, avivada de un modo totalmente nuevo. Era el poder, tenía que ser el poder de la magia ancestral.

Cuando la bola alcanzó el tamaño de una manzana empezó a girar cada vez más rápido sin dejar de hacerse más grande. Ahora Cassandra apretaba las manos de su prima y de Alyssa con tanta fuerza como ellas apretaban las suyas. Iba a pasar algo gordo, lo sabía.

-Vamos… -murmuró alguien.

-Vamos… -dijo otra chica, en voz más fuerte.

Las chicas empezaron a dar ánimos. Cassandra gritó también. No le importaba el decoro, quería una culminación, quería una explosión adecuada para el suspense que se estaba acumulando en su magia y en su cuerpo.

-¡Vamos!

Entonces la bola se deshizo en una nube plateada. Las exclamaciones de ánimo arreciaron y después de unos segundos, la nube salió disparada y sobrevoló el círculo por encima de sus cabezas. Cassandra sintió una especie de estallido en su interior que la obligó a echar la cabeza hacia atrás y soltar un grito de ánimo mezclado con una carcajada. Le habían soltado las manos, o quizás las había soltado ella, y las tenía extendidas en el aire, pero no pasaba nada porque todas hacían lo mismo. Nunca había experimentado nada igual, nunca se había sentido tan libre y tan viva.

Sin embargo, fuera lo que fuera aquello, no había terminado aún. La nube plateada seguía en el dormitorio y voló hasta quedar frente a ella. No transmitía el mismo poder que la bola color amanecer, era cálida y reconfortante como un trago de chocolate caliente en una noche de invierno. Cassandra sintió cómo su cuerpo se relajaba bajo su influjo; sabía que no tenía nada que temer. La nube plateada nunca le haría daño.

Poco a poco, la nube empezó a tomar forma. Y un olor conocido y añorado hasta el desgarro inundó sus fosas nasales. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras contemplaba lo que sucedía con incredulidad y esperanza.

-Llamad a mi hermano –dijo con voz temblorosa.

-¿Qué?

-Cassandra, Scorpius no puede venir aquí –explicó Morrigan, sonando sobrecogida. Cassandra no sabía si era por su petición o por lo que estaba sucediendo-. Este no es lugar para varones.

-No pasa nada, puede venir –dijo, sin apartar la vista de la nube. Ya tenía silueta humana, con brazos y piernas. Y era ella. Cassandra sabía que querría ver a Scorpius. Podía notarlo en las tripas-. Llamadlo, vamos. Decidle que nuestra madre está aquí.


Scorpius estaba aún despierto cuando alguien llamó a la puerta y se llevó una buena sorpresa al ver entrar a Diana.

-¿Qué haces aquí?

-Tienes que venirte conmigo –dijo ella, acercándose a la cama.

-¿A dónde?

Diana miró a Damon, que también estaba despierto y los miraba con curiosidad.

-Ven y te lo cuento –contestó, girándose hacia Scorpius.

Éste miró a Diana y de repente pensó que era un comportamiento demasiado raro. ¿Por qué quería alejarlo de todos en medio de la noche? ¿Y si no era Diana? ¿Y si era una de ellos con multijugos? Sin pensárselo dos veces, la apuntó con la varita, lo cual hizo que Diana diera una pequeña exclamación de alarma y retrocediera un par de pasos.

-¿Cómo sé que eres Diana? –La mataría antes de volver a ser capturado por los Parásitos de nuevo. Le haría un Diffindo en el cuello y le rebanaría la cabeza.

Ella se lo quedó mirando, boquiabierta, y luego miró a Damon y luego otra vez a él.

-Eh, Scorpius, colega, tranquilo –dijo Damon, levantándose de la cama-. Claro que es Diana, hombre.

-¿Cómo estás tan seguro?

-Porque si fuera un Parásito ya habría tratado de convencerte de que es Diana. Pero mira qué perdida está. Sólo la verdadera Diana es… así.

Pero aunque era un buen argumento necesitaba más pruebas.

-¿Cuál es el único plato que no soportas? –le preguntó a Diana, mientras se levantaba también de la cama sin dejar de apuntarla con la varita.

-Los nabos hervidos.

-¿Y quién era Saltarín?

-Un conejo de angora que tenía de pequeña.

Scorpius quedó convencido y apartó la varita. Para entonces, Hector y William también se habían despertado y lo observaban todo desde sus camas con expresión intrigada.

-Está bien.

-¿Podemos irnos ya? ¡Es importante, Scorpius!

Scorpius asintió y se puso el batín.

-Está bien.

-Pero ¿qué pasa? –preguntó Hector.

Como no lo sabía, Scorpius se encogió de hombros y siguió a Diana fuera del dormitorio. Ella le estiró ligeramente del brazo.

-Vamos, date prisa. No puedes perdértelo.

-¿El qué? ¿Qué pasa?

-La ceremonia de Cassandra… Ha hecho aparecer a tu madre.

Scorpius frenó en seco y la miró sin poder creer lo que acababa de escuchar.

-¿Qué?

Ella sonrió y asintió.

-Vamos, tienes que darte prisa. Las chicas han dicho que puedes entrar esta vez, pero no sabemos cuánto tiempo va a estar ahí.

Su madre… Su madre… Scorpius sintió cómo se le cerraba la garganta y echó a correr hacia la zona de los dormitorios de las chicas, seguido por Diana. Ella le gritó que tenía que ir al de las de quinto. Scorpius voló por delante de las puertas y se detuvo frente a la correcta, con el corazón a mil por hora. Estaba cerrada. Intentando recomponerse un poco, respiró hondo y la abrió.

Y allí estaba.

Era como un fantasma, plateada, no tan translúcida. Estaba delante de Cassandra, y le sonreía y parecía querer acariciarle la mejilla en un gesto imposible. Scorpius sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas y dio un paso hacia ellas.

-Mamá… -dijo con voz rota.

Su madre se giró hacia él y le sonrió también, abriendo los brazos en un ademán de bienvenida.

-Scorpius…

Scorpius caminó hacia ella, esforzándose en no abalanzarse hacia unos brazos que no podían sujetarlo.

-Mamá…

-Shhht, tranquilo… Tranquilo…

No, no podía abrazarlo, pero Scorpius notó algo cuando se acercaba, un calor reconfortante que los fantasmas no podían transmitir. La bola de llanto que le subía por la garganta remitió un poco y se sintió aún más tranquilo cuando Cassandra le dio la mano.

-Me alegro tanto de verte… -musitó Scorpius.

-Yo también me alegro de estar aquí con vosotros. –Su voz… Escuchar de nuevo su voz…-. Os quiero tanto a los dos… Estoy muy orgullosa de vosotros. Sois tan maravillosos, lo estáis haciendo tan bien… Y Cassie, harás eso por mí, ¿verdad?

-Sí, mamá, te lo juro. Mañana mismo volveré a tocar.

Su madre sonrió, complacida y alzó la mano como si quisiera acariciarla.

-Me hace muy feliz oír eso, cariño. –Entonces se giró hacia él; sus ojos azules estaban llenos de compasión-. Scorpius… Ojalá hubiera podido estar ahí contigo estas Navidades, bichito.

-¿Sabes lo que pasó?

Ella asintió.

-Esas cosas siempre las sabemos. Sabemos cuándo sois felices y cuándo estáis tristes. Pero tienes que luchar, ¿lo prometes?. La vida puede ser horrible, pero a veces también ocurren cosas inesperadas y fantásticas. Como esta. –Sonrió-. O como tu Albus.

Scorpius sonrió también al oír lo de Albus. Se había preguntado tantas veces qué habría opinado su madre de él… Y ahora lo sabía.

-¿Te gusta? –dijo, ilusionado.

-Sois una pareja perfecta –asintió ella, con evidente aprobación-. Todo lo que quiero es veros felices, ¿de acuerdo? A vosotros y a vuestro padre. Decídselo también a él, es muy importante. Y vosotros acordaos de eso cuando llegue el momento. Vuestro padre tiene derecho a ser feliz también. El pobre ha pasado tanto… Decidle que sea feliz.

-¿El abuelo está contigo? –preguntó Cassandra.

Su madre volvió a sonreír.

-Ahora sí. –Miró hacia atrás-. Debo marcharme.

Scorpius frunció el ceño.

-¿Ya?

-No, mamá, quédate un ratito más, si acabas de llegar…

Ella negó con la cabeza.

-No, lo siento, he de irme. Pero antes, hay una última cosa que debo hacer. Scorpius, por favor, apártate un momento.

Scorpius obedeció, aún dispuesto a seguir tratando de convencerla para que prorrogara su sorprendente visita desde el Más Allá y vio cómo su madre se inclinaba hacia su hermana y empezaba a susurrarle algo al oído. Casi al momento, Cassandra puso los ojos en blanco y empezó a hablar con una voz extraña, resonante.

-El mundo entero está en peligro,

Al centro de Todo el mal ha acudido.

Están tras la pista de una gran espada;

La del Rey Cuervo, que guardan las hadas.

Si la consiguen, todos habréis muerto,

La magia es testigo de que esto es cierto.

Siete es la cifra que debéis reunir

Si una victoria queréis conseguir.

Una que vive entre dos mundos.

El semigigante será el segundo.

Buscad también al de sangre más pura,

Será necesario en esta aventura.

El cuarto, no hay duda, es el Elegido,

Y allá donde él luche, luchará su amigo.

La rubia centáuride es imprescindible;

Sin ella el triunfo no será posible.

La séptima tiene visión en las manos,

Baza importante contra los villanos.

Llevaos el Sombrero, para acabar.

Cuando llegue el momento, os ayudará.

El mundo depende de todos vosotros,

Luchad con denuedo y salid victoriosos.

Cassandra parpadeó y miró a su alrededor con una ligera confusión.

-¿Qué?

Scorpius estaba totalmente estupefacto. Ver a su madre le había sacudido hasta lo más íntimo, pero aquello superaba con creces su capacidad de asimilación. ¿Qué coño acababa de pasar? ¿Aquello había sido una profecía? ¿Su hermana acababa de soltar una profecía? El resto de las chicas, que se habían ido a un rincón del cuarto para darles intimidad, estaban igual de atónitas que él.

-Enhorabuena, Cassandra, eres una profetisa –dijo su madre, con orgullo-. Sabía que debía ponerte ese nombre.

-¿Qué? –repitió Cassandra, boquiabierta, mirando a su alrededor-. ¿He dicho una profecía?

Scorpius y su madre asintieron.

-Me siento muy orgullosa de haberte comunicado tu primera profecía, cariño. Espero que puedas decir muchas más y seas más competente que algunas que yo me sé.

-¿No me dirás tú las demás?

-No. Hoy hay una magia especial flotando en el aire. –Volvió a mirar hacia atrás-. Ahora sí, debo irme.

-No, mamá, espera…

-Os quiero mucho. Decídselo a todos, a los abuelos y a los tíos y a vuestros primos también.

Su madre empezó a desdibujarse.

-¡Mamá! –exclamó Scorpius.

-Y a vuestro padre. ¡Acordaos de todo lo que os he dicho!

Entonces, en cuestión de dos o tres segundos, su madre se convirtió en una nube plateada y se desvaneció en el aire como si nunca hubiera estado allí. Scorpius se quedó mirando el espacio que había dejado con una sensación de pánico y de pérdida subiéndole de nuevo por la garganta, pero Cassandra le abrazó y de pronto se vieron rodeados por un montón de chicas alteradas.

-¡Oh, Merlín!

-¡Hay que avisar a Zabini!

-¿A Zabini? ¡Esto no puede salir de aquí, es una ceremonia de tránsito!

-¡Y una mierda que no! ¿Es que no has oído la profecía? ¡Esto tienen que saberlo en el ministerio!

-Y hablaban del Elegido. Ese es Harry Potter. Y el semigigante.

-Hagrid.

-Madre mía, madre mía, ¡qué fuerte!

Scorpius empezó a pensar un poco menos en su madre y un poco más en la profecía, y eso le hizo sentirse más entero. Por supuesto que Zabini y todo el mundo debía enterarse del contenido de aquella profecía, era absurdo pensar lo contrario.

-Scorpius –dijo Winifred-, nosotras tenemos que terminar oficialmente la ceremonia antes de continuar y además en teoría no podemos hablar de esto con él. Ve a avisar a Zabini y dile que venga.

-De acuerdo.

Cassandra aún seguía abrazada a él. Scorpius le dio un beso en la coronilla antes de soltarse y salir de la habitación. Iba corriendo. La cara que iba a poner Zabini sería interesante de ver.