Veinticuatro.
"Después, lo sabré todo."
Las pequeñas memorias/ José Saramago.
162.- Pequeño detalle.
La luna estaba en pleno y las sombras de los árboles se escurrían por el suelo, ocultándose entre las baldosas, latas vacías o las múltiples piedras del camino, fingiendo ser seres perversos dispuestos al ataque. Eso le hubiera parecido a Harry si no cruzara la calle con gesto pensativo. Caminaba con la sensación del vacío en el estómago sin prestar atención a nada más. Al fin llegó ante la puerta enmarcada con unas extrañas florecillas parecidas a girasoles, pero muy, muy pequeñas. Sonrió sin premeditarlo y por un segundo el vacío en el estómago desapareció. Sin duda esa peculiaridad era un distintivo de Luna. Tocó a la puerta y una voz ahogada gritó desde adentro - ¡Si eres Harry, puedes pasar! – Otra sonrisa siguió a un instante de perplejidad. Luna, eterna Luna. Parecía presentirlo y aun así era arriesgado confiarse tanto. Sospechaba, sin embargo, que esa confianza estaba bien cimentada y sin más tomó el pomo de la puerta y muy seguro, abrió. -¿Luna? – preguntó en voz alta. Una voz le respondió desde el fondo de la estancia. - ¡Pasa, estoy aquí! – se abrió paso entre muebles y objetos extraños hasta llegar a donde Luna, muy concentrada, se ocupaba en guardar varias cosas dentro de un baúl. Luego se volvió a verlo para saludarlo con una expresión esplendorosa. –Llegaste – dijo con alegría. Harry asintió observándola detenidamente. Luna volvía a ocuparse en guardar cosas y hablaba sobre si sería más práctico llevar polvo de pelo de unicornio en un frasco o en una bolsa de papel, ya que sus propiedades se alteraban dependiendo del material del recipiente donde se guardasen. A Harry no le interesaba nada de eso y ni siquiera prestó atención. Estaba más concentrado en otra cosa. En Luna. Quién vestía un vaporoso vestido lila que simulaba estar hecho de remiendos y no por ello la hacía lucir menos hermosa. Se estiró para tomar un frasco con indescifrable contenido y con el movimiento un lado del vestido resbaló dejando ver uno de sus hombros, tan blanco, mientras mechones de cabello caían sigilosos sobre su cuello, rozando con suavidad esa parte donde se adivinaba su pecho. Harry sintió un escalofrío y se preguntó si Luna se daba cuenta de aquello que ocasionaba. Lo más probable era que no. La sensualidad que Luna despedía era de una forma tan sutil, como una nota de perfume muy dócil, casi imperceptible y no por ello menos delicioso. Se preguntó cómo sería despertar todo eso que latía dormido en el cuerpo de Luna. Cómo sería deslizarse y fundirse con esa piel tan suave y tan blanca. Tan etéreamente inasible. La voz de Luna lo sacó de su ensimismamiento.
- ¿Sucede algo? – preguntó y Harry sacudió tan atrevidos pensamientos.
- No, disculpa – titubeó – sólo que… pensaba en si no era algo arriesgado dejarme pasar sin verificar que realmente se trataba de mí.
- Ah, era eso. – Luna siguió en su tarea mientras explicaba. - ¿Sabes? Tengo un hechizo muy eficaz en la casa, si no fueras tú, sucedería algo terrible. Sólo pueden entrar las personas que yo espero.
Harry compuso una sonrisa divertida – eres increíblemente brillante… pero dejémonos de cosas. Estoy aquí para ayudarte, ¿no? Dime con qué y empiezo.
Luna le señaló un conjunto de objetos al tiempo que le informaba eran muy importantes. Se concentraron en ello por unos minutos. De vez en vez, Harry lanzaba pequeñas miradas a Luna, para después reñirse mentalmente. Terminaba de guardar unos papeles cuando algo resbaló de entre ellos. Era una fotografía donde se podía apreciar a Luna y Ginny cuando eran pequeñas. El segundo año tal vez. Resultaba curioso ver la enorme diferencia entre las dos. Luna miraba distraída a un punto desconocido, con el rostro serio, dulce, mientras Ginny la abrazaba sonriente, radiante, con esa chispa alegre en sus ojos, opacado un poco quizás porqué para entonces, aún resentía los malignos efectos del diario de Tom Riddle. De pronto, Luna (la de la foto), miró a Ginny de forma penetrante y sonrió. La foto se iluminó entera.
- Ah, esa foto – le dijo Luna mirándolo por encima de su hombro – Ginny insistió en tomárnosla. Colin la hizo. Estábamos en segundo año. – Se quedó pensativa. – Mal tiempo era entonces en Hogwarts, los dementores rondaban y el frío era bastante.
Harry miró fijamente la foto. Nunca se había puesto a pensar en lo profundo de la amistad de Ginny y Luna. - ¿Desde cuándo son amigas?- quiso saber.
Luna siguió en lo suyo mientras contaba. - Desde mediados del primer año. Nos conocimos en clases, pero comenzamos a hablarnos después del incidente.
- ¿Cuál incidente? – preguntó Harry curioso.
- Unos chicos se burlaban de mí y me molestaban. Ginny se dio cuenta e intentó defenderme, sólo que ellos también comenzaron a burlarse de ella. Les dije que eran unos groseros, pero no les importó. Entonces Ginny y yo nos defendimos.
- ¿Y qué pasó?
Luna se encogió de hombros. – Pues no les gustaron mucho los hechizos que les lanzamos, a mí me parecieron muy buenos.
Harry lanzó una carcajada. Sintió ternura al imaginarse a las dos defendiéndose mutuamente. Más, repentina como una flecha, una idea cruzó su cabeza- ¿quieres mucho a Ginny, verdad?
Luna lo miró de frente – mucho – contestó sin titubeos – nos defendimos mutuamente a lo largo de los años y ella me platicaba cosas, sobre todo de ti. Creo que siempre te quiso. – Meditó un poco. – Fue la primera amiga que tuve. Y gracias a ella los conocí a ustedes. Te conocí a ti.
Se miraron por unos segundos. Segundos en los que Harry comprendió muchas cosas. Una, la más importante, era que Luna de ninguna forma traicionaría jamás a Ginny. Lovegood siguió con otras anécdotas mientras Harry, a sus espaldas, la escuchaba silencioso. Un nudo de desaliento obstruyó su pecho. A pesar de estar tan sólo a escasos centímetros de ella, la sintió muy lejana. Si seguía con Ginny o no, era lo de menos. La amistad entre las dos era un obstáculo infranqueable. Y Harry no sabía qué hacer para superarlo.
163.- Ojos que vigilan.
Con los ánimos por los suelos, Harry ayudó a Luna con el traslado de sus cosas. No eran mucho lo que faltaba por llevar a Grimmauld Place, así que sólo bastó con un taxi para concluir la tarea. El chofer del mismo los miró con curiosidad al dejarlos en la plazuela (quizás por la indumentaria de la chica), luego, simplemente puso en marcha el vehículo. Una vez que el taxi hubo desaparecido, se dirigieron a la casa. Ya ahí, Harry, solícito, le ayudó a Luna a acomodar sus cosas mientras charlaban. Harry se sentía un poco más tranquilo, aunque no tanto para dejar de pensar en lo sucedido en el parque con Ginny y en el obstáculo frente a sí.
- ¡Listo! – Luna terminó de acomodar una fotografía de su madre en una mesita. Se estaba quedando en la sala como años antes lo hicieran Harry, Ron y Hermione. Se las arreglaba muy bien sola. Tenía esa facilidad ya que Kreacher, a petición de Harry, laboraba en Hogwarts; aunque tenía permiso de vez en vez, de visitar la señorial casa de los Black. Harry supuso que la soledad no podía seguir siendo buena para el elfo, así que se le ocurrió la idea. Kreacher aceptó con unos cuantos aspavientos al principio, pero después pareció estar a gusto en el castillo. Después de la batalla contra Voldemort y sus seguidores, había cambiado aún más y parecía más satisfecho y menos huraño. Pensando en todo eso, evaluó el sitio sintiendo una punzada de nostalgia. – La casa es algo lúgubre- dijo, - pero es una buena guarida.
Era ya tarde y era hora de marcharse. Su presencia ahí ya no era necesaria, aunque deseara quedarse. Siguieron charlando sobre algunas cuantas cosas pasadas y presentes. Luego Luna lo acompañó a la puerta, recordando especialmente, su quinto año, cuando Harry era considerado el elegido.
- Si ya antes las chicas hablaban de ti, en ese año los comentarios sobre tu persona aumentaron.
Harry rió – te aseguro Luna, que en lo que menos pensaba en esos momentos era en chicas.
- ¿Ah, no? ¿Y Ginny? – preguntó mientras abría la puerta.
Harry se detuvo en el rellano, fijando los ojos en Luna. – Eran otros tiempos – carraspeó – y sí, no voy a mentirte, pensaba en Ginny.
Harry juraría que los ojos de Luna ensombrecían, pero por tan poco tiempo que dudó después de ello.
- Ese año mi cabello creció un poco más – dijo la Ravenclaw repentinamente, confundiendo a Harry.
- ¿Ah, sí? – Preguntó rascándose la cabeza – francamente no me di cuenta.
Luna calló un segundo, pensativa – no te apures, era algo nimio y no tenías por qué darte cuenta – se encogió de hombros – por lo regular sólo se fijaban en mí para burlarse, y siendo tú como eras, con tantos apuros, ¿cómo ibas a tener tiempo de memorizar cualquier detalle mío?
Harry se quedó suspenso, incómodo. – En la fiesta de Navidad de Slugorhn lucías bonita.
Luna esbozó una media sonrisa. Hizo el amago de despedirse, pero Harry, recordando algo, movió las manos como espantando moscas. Luna parpadeó. – Es la mejor forma de ahuyentar los torposoplos, no me gustaría que entraran en mi cabeza y confundieran mis ideas. – Luna abrió los ojos, mirando sorprendida a Harry, quién, sin pensarlo, soltó – y si ahora hubiera un muérdago – dijo señalando sobre su cabeza – no me importaría que estuviera lleno de nargles.
La sonrisa de Luna fue el preámbulo de lo que después sucedió. Luna, conmovida, se colgó del cuello de Harry y le dio un beso en la mejilla. Al instante, sin soltarlo, susurró en su oído – los torposoplos no existen, ahora lo sé. Los nargles quizás lo hagan, pero no me importaría tampoco si ahora hubiera un muérdago y estuviera infestado de ellos.
El corazón de Harry subió a su garganta. Si pudiera… si tan sólo pudiera…
Estuvieron así por unos segundos. El hombro descubierto de Luna despedía aquél sutil perfume y Harry tenía prácticamente sus labios posados sobre él. Entonces Luna resbaló los brazos y se fue apartando poco a poco sin desviar la mirada. Sus pupilas plateadas parecían sugerir muchas cosas. Era una locura. Harry también se apartó y se despidió sintiendo arder sus mejillas, como un adolescente. Le hizo gracia descubrir las mejillas de Luna también sonrosadas. Harry bajó hacia atrás las escaleras. Se dijeron cosas como "hasta luego" y "ten cuidado"entre sonrisas y titubeos. Luego Luna cerró la puerta y Harry, dando media vuelta, se alejó alegre. Ninguno de los dos se percató de un par de ojos grises, que atentos y fríos, vigilaban.
164.- Pequeña señal de vida.
La bandeja hizo un poco de ruido al ser depositada en la mesa. Esa mañana, como todas las mañanas. Lee y Aberforth debían tomarse la poción preparada por Neville y Angelina era la encargada en turno de administrárselas. Era necesario seguir las indicaciones para los cuidados básicos de ambos enfermos, sugeridos por Madame Pomfrey. Indicaciones que no eran tan fáciles de realizar, y menos utilizando el mínimo de magia. Suerte que George, antes de irse al trabajo, le hubiera echado la mano. Ron y Harry aún dormían por la jornada de la noche anterior. Como ninguna de las chicas se había quedado a apoyarlos, el número de horas en vela les aumentó. Angelina, como siempre, se las ingenió entonces para cuidar de los enfermos. Con un poco de maña logró que ambos magos bebieran la poción aún inconscientes. Su embarazo, aunque problemático, aún le permitía hacer varias cosas. Volvió a colocar todos los trastos utilizados en la bandeja y la tomó dispuesta a irse. Al darse la vuelta, un rumor la detuvo. Se volvió y colocando con cuidado de nuevo la bandeja en la mesilla, miró fijamente a Lee, quién se quejaba muy suavemente, moviendo la cabeza con lentitud. Luego un suspiro y volvió a quedar como antes, con una variante, su respiración parecía más relajada. Angelina se llevó las manos a la boca mientras sus ojos se nublaban.
¿Cabría en esa mañana, un pequeño soplo de esperanza?
165.- El número 12 de Grimmauld Place.
Encendió un cigarrillo aspirando con ansiedad mientras recorría de un lado a otro aquella sucia habitación donde había instalado su puesto de vigía. De todas las costumbres muggles conocidas, esta, sin duda, era una que si le agradaba. "Algo bueno deben de tener" se dijo en voz alta, dejando escapar el humo en tanto espiaba por la ventana que daba a la calle y desde donde tenía una buena perspectiva de la plazuela ubicada enfrente y, por supuesto, del número 12 de aquella calle. Esa mañana no le fue fácil levantarse. Su sueño no había sido muy reparador. No recordaba haber tenido pesadillas, pero tal vez así había sido. Lo que si sabía era que le había costado trabajo conciliar el sueño.
La noche anterior, sin saber por qué, se puso ahí mismo, frente a aquella ventana, con los ojos fijos en la ancestral casa donde Lovegood se resguardaba. Cuidando. Pensando. En cómo alguien podía ser así. Tan rara. Parecía no sentir rencor hacia él, más bien, al contrario, parecía agradarle y eso era molesto. Ellos no eran amigos y la lunática se confundía. Jamás serían amigos. Aunque fuera… así, como era. Mantuvo los ojos fijos en el número 12, sin razón aparente. Ningún enemigo llegaría. No habría ninguna novedad, perdía su tiempo. Los minutos transcurrieron. La vio llegar. Y también vio a Potter. Los vio entrar, y mucho tiempo después (a su parecer) los vio salir. Lo vio todo.
Un gusano incómodo royó sus entrañas. Lanzó el cigarrillo al piso y lo apagó con furia. "¿Y a mí que diablos me importa?" se dijo saliendo de la habitación y alejándose por el oscuro pasillo. Al final de cuentas, eso de cuidar de ella, era una vil y maldita patraña.
166.- Interrogantes.
Todo era cada vez más raro. Y Antoine, definitivamente, estaba muy confundido "¿Ginevra Weasley? No señor, está equivocado." "Lo lamento, pero aquí no labora nadie con ese nombre". "Seguramente le dieron mal los datos, ¿por qué no vuelve a verificarlos?" Esas y otras respuestas obtuvo cuando quiso indagar sobre el supuesto trabajo de Ginny Weasley. Investigó en cuanta organización de seguridad privada se le presentó a su paso sin éxito alguno. Y algo le decía que no era necesario seguir por ese rumbo, por qué Ginny Weasley tenía de secretaria lo que él de bailarín. Absolutamente nada. Seguirla tampoco había servido de mucho. Desde antes que Hermione le mencionara la supuesta ocupación de su amiga, Antoine la siguió unas cuantas veces hasta la caseta de un teléfono público en una calle cercana a la casa. Lo raro era que entraba ahí y luego ¡bum!, simplemente desaparecía y Antoine estaba a punto de jurar que era literal. ¿A dónde se iba? ¿Por qué después de ahí perdía su rastro? ¿Acaso se daba cuenta que Antoine la seguía y se escabullía de algún modo para perderlo de vista? Pero si era así, ¿qué clase de trabajo debía de tener para esconderse de tal modo? Antoine no lo sabía. Lo que sí sabía era que tenía que avanzar cuánto antes. A la par de las pesquisas con Ginny, seguiría con otro.
Seguiría con Harry Potter. Hermione, en su convalecencia, había soltado cierta información sobre su amigo. Dónde "supuestamente" trabajaba. Iría ahí cuanto antes. Tenía que averiguarlo todo.
167.- El dedo en el renglón.
A pesar de los ajos en las ventanas, George no se había mofado de él y todo gracias a que Angelina llamara a todos para notificarles que Lee Jordan mostraba señales de mejoría. Todos corroboraron con alegría que, efectivamente, su respiración se había suavizado y eso sin duda tenía que significar algo bueno. Después de un té y una charla amena, poco a poco los reunidos comenzaron a marcharse. Al final fueron Harry, Neville, Ginny, Hermione, Luna, Kingsley y él los que se quedaron. El enorme mago contaba una anécdota cuándo Ron decidió darle forma a su idea. Jaló a Neville aparte y le comentó su plan. Neville se entusiasmó como era de esperarse. "¡Me parece fabuloso Ron! ¡Yo puedo ayudarte con los preparativos!" Después de ponerse de acuerdo en un par de cosas, Ron agradeció a Neville y fueron a donde Kingsley ya se levantaba para despedirse, no sin antes haber hecho reír a carcajadas a Harry, Luna y Hermione. Ginny se veía un poco extraña.
- Yo también me despido, dejé algunos pendientes en Hogwarts – se excusó Neville y Ginny también se levantó para marcharse, murmurando que tenía ocupaciones en el Ministerio y que volvería por la noche para montar la guardia de Lee y Aberforth. Ron detuvo a su hermana un segundo antes de que se fuera con Kingsley y Neville. Le habló sobre su idea, pero aquello no pareció entusiasmar mucho a la chica. Ron, sorprendido, escuchó como la chica se negaba argumentando no-sé-qué-cosas.
La vio irse dejándolo con cierta inquietud.
168.- Dudley Dursley.
Las oficinas del jurídico estaban a rebosar. Se dirigió hacia la ventanilla de información. A lo largo del pasillo había varios asientos, la mayor parte de ellos ocupados, en el más cercano se encontraba un hombre robusto leyendo un periódico. Antoine lo miró con desagrado. Era un tipo con el que había chocado minutos antes, al entrar. No le prestó más atención. Estaba ahí por algo. Necesitaba corroborar su sospecha de que Hermione, una vez más, había mentido.
- Disculpe – empezó. La señorita de la ventanilla no levantó la vista del cuaderno donde estaba escribiendo – estoy buscando al señor Harry Potter y quisiera…
- ¿En qué departamento se encuentra? – preguntó la mujer de mal modo y Antoine se encogió de hombros.
- No lo sé, si lo supiera me habría dirigido directamente a su oficina, pero… - la mujer le dedicó una mirada gélida y Antoine supo que estaba equivocando el camino – pero si usted es tan amable de averiguarlo, tenga por seguro que se lo agradeceré – dijo con una sonrisa. La mujer enarcó las cejas y luego se centró en la computadora.
- ¿Nombre completo de la persona que busca?
- Potter… Harry James Potter Evans…
Un sonido les hizo prestar atención al hombre robusto, quién recogía su periódico del suelo. Antoine se percató de que las manos le temblaban un poco.
- En este sitio no hay nadie con ese nombre… deben haberle informado mal.
- Pero…
- Bien, si me disculpa, hay fila…
Antoine dio la espalda a la ventanilla. Después de todo ya se lo imaginaba. Miró al hombre robusto que le dirigía una mirada entre asustada y curiosa. Antoine miró a uno y otro lado y luego se dirigió al hombre - ¿nos conocemos?
El hombre negó. Antoine iba a preguntarle algo, cuando otro hombre mayor y francamente gordo, se acercó diciendo – Bien Dud, chico, será mejor que nos demos prisa, mamá debe estarnos esperando.
A Antoine le hizo un poco de gracia que aquél hombre se dirigiera al otro como si se tratara de un niño. El segundo hombre reparó en que los dos debieron haber estado hablando y lo miró con suspicacia - ¿se le ha perdido algo? – preguntó de forma no muy educada.
Antoine levantó las manos – no, es sólo que su hijo me miraba y yo pensé que tal vez se debía a que reconoció el nombre de la persona que estoy buscando.
- Lo dudo… - dijo el segundo hombre, pero el primero lucía pálido. – Nosotros no…
- Se llama Harry… Harry Potter… Harry Potter Evans… - indicó Antoine, notando que a cada mención de los apellidos, al hombre le temblaba el bigote. Luego tuvo una reacción que Antoine no esperaba en absoluto.
- ¡Dejen de molestarnos! ¡Usted y su gente y la de Harry no tienen nada que ver con nosotros! – Dijo amenazando y cubriendo al otro con su cuerpo, como si lo protegiera de una amenaza, mientras se dirigía a la salida. - ¡Hace años que nos deshicimos del chico y no hemos vuelto a verlo ni queremos! ¡Ahora déjenos en paz!
Los gritos hicieron que la gente se les quedara mirando, Antoine no entendía el porqué de esa reacción, pero lo que si supo es que aquél sujeto conocía a Potter y no podía dejarlo escapar. Lo siguió tratando de no perderlos y los vio subir a un carro. El tipo del periódico pareció pensar algo, salió del auto y volvió sobre sus pasos sin atender al señor del bigote que le gritaba advirtiéndole - ¡No te acerques Dud! ¡Ya sabes que son peligrosos!
Dud se acercó sigiloso, estudiándolo con la mirada, luego preguntó - ¿Es usted de ellos?
- ¿Cómo?
- ¿Qué si pertenece al mismo tipo de gente que Harry?
- No… - vaciló – no… no sé a qué te refieres… yo sólo quiero encontrarlo.
Dud suspiró – soy Dudley Dursley… primo de Harry, pero hace mucho tiempo que no lo veo, hace años… y no sé dónde pueda hacerlo.
- ¿Puedo saber por qué le tienen miedo? - preguntó confundido Antoine. Harry Potter no tenía las trazas para ser temido.
Dudley volvió la vista hacia el auto. Vernon salía de él con la intención de proteger a su hijo a toda costa. El tal Dudley siguió hablando con algo de prisa - Es mi padre… yo ya no… es decir… su gente si me da miedo, pero él no… ¿para qué lo busca?
- Me dijeron que trabajaba aquí…
- ¿Aquí? – preguntó azorado el tipo. Negando confundido. – No… no lo creo. Él debe trabajar en otra cosa…
- ¡Dudy! ¡Vámonos! – Vernon Dursley se paró junto a su hijo tomándole del brazo mientras vociferaba y lanzaba a Antoine miradas llenas de desconfianza. - ¡Este tipo de gente siempre está metida en problemas! ¿No recuerdas lo que pasó la última vez? ¡Tuvimos que dejar nuestra casa! ¿Y no recuerdas cuando ese miserable casi te mata?
"Dudy" se soltó de su padre y advirtió con algo de hastío - ¡Ya te dije que no fue así! ¡Se los he explicado mil veces! ¡Harry me salvó la vida! ¡Si no fuera por él esos malditos monstruos me habrían devorado!
Al hombre le volvió a temblar el bigote y se puso pálido. Dudley suspiró resignado y murmuró "vámonos papá".
- Oye, pero…
Dudley no dejó terminar la frase a Antoine. Sacó algo de su cartera y le extendió una tarjetita al aturdido muchacho. - Es de mi padre, pero el segundo teléfono es de mi casa, háblame mañana en la mañana…
- ¡Dudley, no…!
- Vámonos papá…
Nadie dijo nada más. Antoine se quedó con la tarjeta en la mano viendo alejarse el auto, mientras su confusión aumentaba mil grados.
Mil gracias por esperar... sigo avanzando...
