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El detective abrió la puerta de la sala de una patada y el fuego, que ardía poderosamente en la chimenea, lo recibió con una maravillosa ráfaga de calor. Eso le hizo darse cuenta de lo helado que estaba. También se dio cuenta de que se encontraba exhausto; su poderosa capacidad de observación prácticamente había desaparecido: acababa de reparar en la presencia de otro hombre, un anciano caballero con bigote blanco y una leonina melena plateada, que se levantó del sofá para saludarlos.
—Mi querido amigo, usted debe de ser el señor Holmes —tronó el hombre con profunda voz de barítono—. Soy el doctor Knightsbury, cirujano de la policía, con consulta en Harley Street. Rápido, lleven a este pobre hombre a esa cama de allí…
Holmes, demasiado cansado para hablar, obedeció sin pronunciar palabra ni molestarse en señalar que era su dormitorio al que el doctor se refería. Por Watson, lo cedería sin pensar.
—¿H-Holmes? —dijo Watson con voz ronca, levantando ligeramente la cabeza.
—No hable, Watson, ya acabó todo. Estamos en casa —murmuró Holmes, sosteniendo uno de los brazos del doctor sobre sus hombros mientras lo conducía a la habitación contigua—. Ya es hora de que descanse…
Ambos entraron tambaleándose en el dormitorio y Holmes, con ayuda de Knightsbury, depositó cuidadosamente a Watson en la cama. El anciano doctor examinó rápidamente a su paciente y volvió hacia Holmes sus penetrantes ojos azules.
—Querido amigo, está usted helado y al borde del colapso —declaró—. Vaya a ponerse ropa seca, siéntese junto al fuego y beba un poco de té. Luego lo examinaré a fondo.
—Usted ocúpese de Watson —replicó Holmes, luchando contra el cansancio—. ¿Está…?
—Hablaré con usted después —respondió el doctor con firmeza, poniendo una bata en las manos de Holmes y empujándolo suave pero insistentemente hacia la puerta—. Déjemelo a mí. Lo llamaré enseguida. ¡Ahora vaya a calentarse!
Holmes se vio expulsado de su habitación, demasiado aturdido para discutir. Lestrade ya se había acomodado en la butaca de Watson, envuelto en una manta, y tomaba a sorbos un té caliente ante la aprobadora mirada de la señora Hudson. Holmes pronto se encontró igualmente envuelto en mantas, tomando té, mientras su respetable casera los colmaba de atenciones como una madre a unos hijos descarriados.
Lestrade no tardó en empezar a cabecear, adormilado por el calor del fuego, más que bienvenido tras haber estado nadando en un sótano helado. A decir verdad, Holmes no pretendía ponerse tan cómodo y, definitivamente, no tenía intención de seguir el ejemplo de Lestrade. Por lo tanto, se sintió de lo más molesto consigo mismo cuando el suave contacto de una mano en su hombro lo despertó.
—Siento despertarlo, señor Holmes —dijo la señora Hudson, apartando la mano con premura—, pero el doctor Knightsbury desea verle…
Holmes apartó rápidamente las mantas y saltó de la silla antes de que ella hubiera acabado de hablar. La señora Hudson suspiró, se agachó para recogerlas y las colgó en un tendedero frente al fuego para volver a calentarlas. Lestrade no dio muestras de agitación, así que sonrió y lo dejó descansar.
