Nota del Autor: parte de este capítulo está inspirado en la historia "I'm a Spacer, Not a Mother" escrita por Christy.

Capítulo veinticinco: contemplando al enemigo

Amelia, Victoria, Rose y Derek miraron hacia el interior del hangar en la dirección que estaba viendo Catherine. Dentro, había gran cantidad de naves de diferentes formas y tamaños. Unas estaban siendo cargadas con cajas y barriles por una grúa, otras eran pintadas, limpiadas o reparadas por trabajadores vistiendo el mismo uniforme. En el centro del hangar, como ocupando un lugar de honor, estaba el RLS Legacy. Era una nave que lucía fantástica y cualquiera lo diría ya sea que supiese de naves o no. Su casco blanco y perfilado brillaba como un arco iris cuando reflejaba la luz.

Amelia podía decir con orgullo que ésa era su nave porque la compró luego de regresar del Planeta del Tesoro. Los dueños de la compañía naviera que originalmente poseía al Legacy pensaron que estaba demasiado deteriorada como para molestarse en repararla y que valía más como chatarra reciclable. Pero la Capitana, que siempre habló de tener su propia nave y de abrir su propia oficina (quizás también por una cuestión sentimental), decidió conservar al Legacy. Con el tiempo se daría cuenta que tomó la decisión correcta porque esa nave era veloz, maniobrable, resistente y confiable. En otras palabras, perfecta para ella.

Los niños, sin embargo, no estaban interesados en todas esas cualidades, lo que realmente les fascinaba del Legacy era que había sido el escenario donde tuvo lugar la mayor parte de la aventura del Planeta del Tesoro. Ellos creían que si la tocaban con sus manos, de alguna forma se sentirían como parte de esa historia. Era bien sabido que los niños, después de escuchar tanto sobre el Legacy, querían conocerla a toda costa y quizás eso era lo que en un principio había despertado tanto interés por el puerto espacial.

Siempre fue motivo de tristeza no poder subirse al Legacy ya que era una normativa del Ministerio de Transporte Espacial, que toda nave comercial en las zonas circundantes a Crescentia, debía desembarcar primero en ese puerto para inspección. Amelia nunca se propuso realmente llevarla a Montressor porque pensaba que era mejor que los niños la visitaran cuando los trajera al puerto. Además, la nave siempre debía ser preparada para la próxima encomienda o necesitaba reparaciones.

Unas cuantas horas atrás, lo primero que hicieron los niños al bajar del ferry fue mirar de un lado a otro como esperando divisar al Legacy. Esa había sido la primera parada que habían pensado en hacer, pero por desgracia para ellos, la nave había sido llevada a un hangar que Amelia no conocía. Esto significó una encrucijada para los niños; desperdiciar tiempo valioso buscando la nave y sin garantía de éxito o seguir adelante con el paseo sin visitarla.

Pero allí estaba frente a ellos, fabulosa e impresionante. Incluso se podía escuchar música de fondo (que más tarde descubrirían se trataba de un desfile) compuesta por una orquesta principalmente de trompetas y que agregaba un toque mágico a la escena. Sin lugar a dudas éste sería un paseo memorable.

Amelia casi podía sentir la felicidad que emanaba de sus hijos en forma de rostros boquiabiertos y sonrientes que apenas podían contener la euforia. Pero antes de poder decirles algo, salieron corriendo a toda prisa. De inmediato trató de detenerlos pero se tropezó con uno de los trabajadores y eso le dio tiempo suficiente a los niños para perderse de vista entre la multitud. Sin embargo, ella sabía adónde se dirigían, así que se disculpó y corrió a gran velocidad esquivando ágilmente todos los obstáculos del camino (algunos trabajadores creyeron estar imaginando cosas cuando algo les pasaba de cerca dejando una estela borrosa). Momentos después, Amelia llegó al Legacy y vio a sus hijos al pie de la rampa de abordaje. Sin apartar la vista de ellos ni un segundo, caminó lentamente para recobrar el aliento.

Un Humano sujetando una carpeta metálica con su brazo y que estaba gritando instrucciones, de pronto notó a los niños y se acercó. "buenas tardes ¿puedo ayudarles?" preguntó amablemente.

Tan embelesados como estaban, los niños no se percataron de la presencia del hombre pelirrojo, joven, de corta estatura, delgado y con lentes hasta que se paró frente a ellos sosteniendo su carpeta con ambas manos. "¿Puedo saber que están haciendo ustedes solos por aquí?" inquirió él. Ahí fue cuando los niños se dieron cuenta que habían entrado a un área que probablemente estaba restringida para visitantes, especialmente para niños pequeños. El hombre miró entonces al Legacy. "¡Ah! Ya entiendo, la están admirando."

"Sí, señor" respondieron todos.

"Lo sabía. No tienen idea cuán seguido pasa esto. Es una nave muy famosa ¿sabían? Pero me temo que éste no es lugar para niños ¿Dónde están sus padres?"

"Uno está justo aquí." respondió Amelia con tono serio. Los niños voltearon hacia ella y pusieron caras de preocupación. "¿Mis hijos lo están molestando, señor?"

"No, no, nada de eso madame, ellos sólo estaban observándola." La despreocupó él, señalando al Legacy con el pulgar.

Amelia se volvió hacia sus hijos con las manos en la cintura. "Niños, ¿Qué les dije de permanecer juntos?"

"Perdón, mamá." contestaron ellos al unísono.

El hombre sonrió. "Déjeme adivinar: ¿Primera vez en el puerto?"

"Es correcto," le confirmó ella. Luego, mirando a los niños por encima de su hombro, agregó: "pero si este comportamiento continúa así, ¡será la primera y última vez!"

Los niños bajaron sus cabezas, entristecidos.

El hombre chasqueó la lengua. "Oh, eso sería una lástima, pero si me permite decir algo en su defensa, no es totalmente su culpa. Después de todo, ésta es la nave que usaron para encontrar el legendario Planeta del Tesoro. Es difícil dejar pasar una oportunidad así. Yo mismo me sentí como un niño cuando me dijeron que esta nave sería traída a este hangar. No sabe cuántas historias he escuchado sobre su capitana, son increíbles."

"ciertamente lo son" pensó Amelia. Ella estaba segura que parte de su fama se debía a lo exagerado de esas historias.

"¡Pero dónde están mis modales! Estoy hablando tanto y ni siquiera les he dicho quién soy. Me llamo Tomás Gallagher; supervisor encargado del Hangar 904." se presentó estrechando la mano de la Capitana.

"Encantada, señor Gallagher, mi nombre es Amelia Doppler." respondió ella, haciendo una reverencia con la cabeza.

De repente Tomás se quedó mirándola sorprendido. "Discúlpeme un segundo." Revisó rápidamente en su carpeta la hoja que contenía los datos del Legacy con una foto adjunta. Había repasado la información varias veces pero quería estar totalmente seguro.

Amelia se paró firme con sus manos en la espalda y su acostumbrada expresión inalterable.

"¡Por todos los cielos!" exclamó Tomás sin poder creerle a sus ojos. "¿Usted es la… la…?"

"…Capitana Amelia." completó ella la frase. "Nuevamente está en lo correcto."

Él contempló a Amelia de la misma forma que lo habían hecho los niños con el Legacy. "Madame, es para mí un gran honor estar en presencia de tan distinguida oficial. Me dije a mí mismo que no actuaría como un tonto si llegaba este momento pero simplemente no puedo evitarlo." Sonaba tan entusiasmado que parecía que en cualquier momento le pediría su autógrafo.

"Ya, ya, tranquilo señor Gallagher," trató de calmarlo Amelia. "soy una persona común y corriente. Puedo asegurarle que cualquier cosa que haya oído acerca de mí, bueno o malo, es una completa exageración. En lo que respecta al Planeta del Tesoro, como ya lo he aclarado muchas veces, yo sólo fui contratada para transportar a los que lo descubrieron. Mi participación fue realmente muy poca."

Eso no pareció disminuir la admiración que sentía el supervisor. Es más, estaba asombrado por lo humilde que podía llegar a ser la Capitana. Entonces sintió que debía compensarla de alguna manera por su comportamiento y fue en ese momento que se fijó en los niños. "¿Así que ésta es su primera visita al puerto, eh? Y supongo que su madre los trajo para enseñarles su nave. Pues tienen suerte, niños, acabo de terminar la inspección del Legacy y está en óptimas condiciones. Pero tal vez a la Capitana le gustaría corroborar eso con ustedes."

"Bueno, de hecho…" comenzó a decir Amelia pero sus hijos rápidamente la tomaron de ambos brazos y empezaron a rogarle desesperadamente.

"Por favor, mamá…"

"Sí, por favor…"

"Nos portaremos bien…"

"Tal vez no tengamos otra oportunidad…"

Como toque final, se quedaron viéndola con grandes y tiernos ojos (algunos casi con lágrimas).

Amelia no pudo resistir. Estaba tan conmovida que las palabras se le atoraron en la garganta y lo único que pudo hacer fue asentir. Por supuesto, luego de eso siguió el típico grito de emoción, el cariñoso abrazo de grupo y el "Eres la mejor, mamá." Era ilógico pensar que una capitana conocida por ser tan estricta, pudiese caer tan fácilmente en esa vieja táctica infantil. Pero desde hacía mucho tiempo su corazón se había vuelto muy blando, como suele sucederles a las personas cuando tienen hijos. A decir verdad, hay una curiosa historia que ocurrió antes de que Amelia se convirtiera en madre. Para ser más precisos, cuando descubrió que iba a ser una.

Había pasado algún tiempo de haberse casado con Delbert y ella creía que empezaba a acostumbrarse a su nueva vida. Pero una noche comenzó a sentirse intranquila sin razón alguna. Eso continuó por muchas noches y el efecto desde luego fue que no podía dormir. Cuando su salud se deterioró, no soportó más la continua insistencia de su esposo y tuvo que ir a un médico. ¿Cuál fue el diagnostico? Como ya han de imaginar, cuatro pequeños pedazos de alegría que crecían dentro de ella. Su reacción, sin embargo, no fue la que uno esperaría. Al principio negó tan rotundamente la posibilidad que el doctor tuvo que hacer tres veces el examen sólo para poder convencerla.

Por supuesto, cuando Delbert lo supo, sintió que habían sido bendecidos y no le faltó ánimo para anunciar la noticia a los cuatro vientos. Con Amelia fue una historia diferente. Aunque sabía que debía sentirse feliz, francamente estaba más preocupada por los cambios que tendría que hacer en su vida y hasta cierto punto eso la molestaba. Desde entonces, Delbert, Sarah, Jim y B.E.N. empezaron a estar pendientes de ella todo el tiempo y a cuidarla como si estuviera hecha de vidrio. Sarah en particular le dio muchos consejos a Amelia pero llegó un momento en que a la Capitana no podía importarle menos la mejor forma de decorar la cuna de un bebé.

El destino pareció estar jugándole una broma. Cada vez que dejaba de pensar en la idea de ser madre, alguien tenía que venir a importunarla mencionando lo difícil que puede llegar a ser tener hijos. En más de una ocasión el viaje en ferry de Montressor a Crescentia se convirtió en una interminable conversación sobre maternidad. Fue en esos tiempos que descubrió un nuevo uso para el Legacy: refugio. Un lugar en el que podía pretender que nada había cambiado, que el horizonte en la proa esperaba por ella lleno de emociones y aventuras.

Pero la realidad se encargó de ponerle los pies sobre la tierra. Pronto perdió todo control sobre las funciones de su cuerpo y los incesantes mareos, dolores, antojos y cambios de humor eran como gritos en su cabeza que le recordaban que estaba embarazada. Y justo cuando creyó que las cosas no podían empeorar, descubrió que su ropa de la noche a la mañana se había vuelto inservible.

Delbert y Sarah la arrastraron a una tienda para comprar ropa adecuada para ella porque insistían que tomar prestada la de su esposo no era la respuesta, aún si sólo la usaba dentro de la mansión. En ninguna parte encontró algo ni remotamente parecido a su uniforme de espacial. Claro que los vestidos de maternidad no estaban hechos pensando en los oficiales de la Armada. Amelia se paró frente a un espejo observando una bata que había elegido Sarah. Era del mismo color que su uniforme, pero tenía pequeñas flores de nácar en lugar de botones dorados.

Amelia suspiró. No era muy diestra para escoger vestidos. Nunca vio qué utilidad podía tener eso para alguien que pasaba la mayor parte de su tiempo navegando por el Etherium. Se volteaba de derecha a izquierda, se veía de arriba abajo, pero no importaba lo que hiciera, ése no era su estilo. Luego, al mirar el reflejo de su rostro, vio una persona que casi no reconocía con labios secos, piel pálida, cabello descolorido y ojos, alguna vez llenos de vida, tristes y vacíos.

Ella se sentó en una silla dentro del vestidor para damas con la cara sumergida entre sus manos. "¿Es así como va a ser el resto de mi vida?, ¿Así terminarán los días de la capitana que antaño fue considerada la mejor de la galaxia?" Parecía que Amelia estaba llegando al límite de lo que su mente podía soportar. Quería más que nada que todo sólo fuera un sueño pero al mismo tiempo se aborrecía a sí misma por pensar de esa forma.

Decidió dejar de engañarse y admitió que se sentía confundida y que tenía miedo. Le resultó irónico pensar que todos los viajes que hizo hacia lo desconocido y todas las veces que desafió al peligro no fueron experiencias tan aterradoras como ésta. Mientras permanecía allí agobiada por su depresión, sintió los sollozos de alguien en el vestidor contiguo y luego una cortina siendo halada.

"¿Ya te probaste el… por qué estás llorando, cariño?"

"Es… es… que este v-vestido no me hace ver bo-bo- bonita"

"Pero tesoro, ese vestido no puede hacerte más bonita de lo que ya eres."

"Pe… pe… pero unas niñas ahí afu-fu-fuera me dijeron que me veo h-horrible."

"Oh, no les hagas caso. Ven, siéntate conmigo. Todavía no te he contado lo que pasó cuando naciste ¿verdad? Fue durante un tranquilo día al final de la primavera. El doctor se preparaba para recibirte mientras tu padre estaba por desmayarse de los nervios. Una hora después, el doctor me felicitaba por traer al mundo una hermosa niña saludable. Luego se marchó y me dejó esperando a que le enfermera te trajera conmigo para saludarte. La puerta se abrió ¿Y sabes lo que vi? Un pequeño ángel. De inmediato supe que la vida me había dado un regalo. ¿Sabes que pasó después? Cuando ella te colocó en mis brazos, abriste los ojos, me miraste y pusiste tu mano en mi mejilla. Yo creí que jamás volvería a ver algo más hermoso, pero me equivoqué. Cada vez que te miro es como repetir ese momento."

Por unos instantes, todo permaneció en silencio dentro de los vestidores.

"Gracias, mamá, eres maravillosa. Te quiero."

"Yo también te quiero, Ángela."

Amelia se quedo allí pensando en todo lo que había escuchado y comenzó a imaginar una escena parecida pero con cuatro pequeños en sus brazos. Al mirarlos tratando de imaginar sus rostros, se llenó de una inmensa felicidad como no había sentido antes en su vida. Se puso las manos en el vientre, cerró los ojos, dejó escapar unas lágrimas y sonrió. "Voy a ser madre…"

Amelia comprendió ese día que formar una familia iba a ser la mejor aventura de todas y que no debía tener miedo porque Delbert y los demás estarían allí para apoyarla. El resto, como dicen, es historia.

"De acuerdo, niños, daremos un breve recorrido por la cubierta del Legacy." Les informó su madre. "Recuerden que tenemos otros compromisos que atender."

Los niños asintieron y subieron deprisa por la rampa, Tomás sonrió al ver a la Capitana e hizo un gesto con la mano invitándola a subir también. Una vez que todos estuvieron a bordo, pudieron admirar el esplendor de un barco recién pintado y con velas nuevas. Los niños se separaron en diferentes direcciones pero permanecieron a la vista de su madre, quien se quedó cerca de la entrada con Tomás para discutir ciertos detalles menores acerca de la inspección. Las pequeñas Felínidas observaban a su alrededor intentando imaginar lo que había pasado allí, ayudadas por los recuerdos de lo que les habían contado sus padres, su tío Jim y hasta B.E.N. Derek, por otro lado, estaba más interesado en el aspecto técnico de la nave. Los mecánicos se habrían sorprendido con lo mucho que sabía del funcionamiento de los sistemas abordo. Dadas las limitaciones del recorrido, no tardaron demasiado en completarlo, el cual culminó cuando todos convergieron en el puente.

"¡Mírame, mamá, soy la capitana!" exclamó Victoria moviendo el timón.

Su madre volteó a verla y sonriendo la saludó. Luego, hizo un ademán con la mano para que regresaran. Cuando se reunieron con ella, les hizo saber que había llegado el momento de partir. Normalmente, habrían replicado pero sabían que no podían quejarse ya que habían recibido más de lo que habían pedido. Así que tranquila y calladamente bajaron por la rampa. Cuando se dispusieron a dirigirse a la salida del hangar, Catherine decidió darle un último vistazo al Legacy. Pero en el instante que volvió la cabeza, su madre le gritó: "¡Catherine, cuidado al frente!" la pequeña no pudo reaccionar a tiempo y chocó con una persona.

"Perdóneme, no fue mi intención, yo…" quiso disculparse ella pero al alzar la vista para ver con quien se había tropezado, se lo cortó la respiración.

Una enorme figura envuelta en una capa negra de la que sólo sobresalía un brazo sosteniendo un bastón, estaba parada a pocos centímetros de ella. Su rostro protuberante tenía muchas arrugas y cicatrices, y su boca apenas podía albergar espacio para sus enormes colmillos. La reacción de Catherine fue muy parecida a la que tuvo cuando se encontró con Frederick, pero ella tal vez podría haber contenido su sorpresa de no haber sido por la mirada de la criatura. Seis ojos amarillos con delgados iris rojos estaban fijos en ella. Estando de espaldas a la luz, la sombra hacía que brillaran con una siniestra intensidad.

"Ma… Ma… ¡¡¡MAAAAAMIIIII!!!" gritó Catherine asustada, corriendo a refugiarse con su madre.

Mientras su hija la abrazaba fuertemente, Amelia le acariciaba la cabeza para tranquilizarla. Su hermano y hermanas fueron a su lado y le pusieron las manos en los hombros. Entonces la Capitana miró con la frente arrugada al extraño con capa negra y bastón. Antes pensaba que tratándose de miradas con desprecio, el consejero Ébiluk no tenía rival. Eso fue hasta que se encontró con este individuo, cuya cantidad de ojos parecía incrementar considerablemente ese sentimiento.

No fue sino luego de unos tensos segundos que Tomás intervino. "Disculpe, coronel Vlad, no me di cuenta que ya estaba aquí. Lo estuve esperando toda la mañana pero creí que ya no vendría." El coronel Vlad lo ignoró completamente. Evidentemente, estaba más interesado en Amelia por lo que el supervisor quiso presentarlos. "Lo siento, mis modales de nuevo. Capitana, él es…"

"Vladimir Wolfgang Meenkoff." Interrumpió él con una voz aún más siniestra que su apariencia. "No necesito su ayuda." Eso hizo que Tomás engullera y permaneciera callado. "Y por supuesto, una capitana con su reputación tampoco necesita que la presenten ¿No es así, Capitana Amelia Newhart Smollett?"

"Doppler," lo corrigió ella con un tono muy severo. "mi apellido ahora es Doppler… coronel."

Él les dio una rápida mirada a los niños lo cual hizo que se estremecieran. "Ya veo… un error." Cuando comenzó a caminar hacia ella apoyándose en su bastón, se produjo un raro sonido metálico, como si estuviese usando zapatos de hierro. Se detuvo tan cerca de ellos, que los niños tuvieron que ocultarse detrás de su madre. "Así que usted es la famosa capitana que encontró el Planeta del Tesoro. Vaya, éste debe ser mi día de suerte; conocer a una celebridad. Estoy taaan impresionado."

Amelia no sabía que estaba tratando de hacer el coronel Vlad, pero obviamente por su tono sarcástico, sus intensiones eran hostiles. Es por eso que ella hizo a un lado las "formalidades" y fue directo al punto. "¿Qué es lo quiere, coronel?, ¿Acaso tiene algo que decirme? Pues adelante, soy toda oídos."

Al coronel pareció hacerle gracia la actitud desafiante de Amelia. "Ya habrá tiempo para conversar, capitana, pero tengo cosas más importantes que hacer. Me retiro." Hizo una reverencia con la cabeza y se dio la vuelta, pero apenas después de haber dado unos pasos, se detuvo sin voltear a mirarla. "Por cierto, esperemos que el incidente de Anedros sólo sea un malentendido. Porque de no ser así, será una pena que las repercusiones recaigan sobre personas inocentes… como sus hijos."

Eso envió una punzada por la espalda de Amelia. Apretó con fuerza el puño y Rose, que sostenía su brazo, sintió como le temblaba. Victoria la escuchó respirando encolerizada. Sólo cuando el coronel desapareció entre la multitud fue que la Capitana pudo calmarse un poco.

Tomás se aproximó a ellos. "Yo… yo t-tengo que marcharme ya. Debo atender la nave del coronel. En verdad fue un placer conocerla, capitana. Y también a ustedes, niños."

Amelia respiró profundamente y exhaló. "Gracias por su tiempo, señor Gallagher, también fue un gusto conocerlo." El supervisor estrechó su mano y partió. Ella lo veía mientras se alejaba y sintió lástima por él por tener que lidiar todavía más con ese sujeto. "Vamos, niños." Nuevamente sin decir una palabra, ellos obedecieron y todos salieron del hangar.

Ya montados en un carruaje y camino al teatro, los niños empezaban a conversar más animadamente entre ellos (aunque no mencionaban nada que les recordara lo ocurrido). Les consolaba saber que el paseo aun no había terminado, pero sí era lamentable que la mejor parte se hubiera convertido en un evento escalofriante. ¿Cómo era posible que una persona pudiese causar tal impresión? Amelia meditaba apoyando su barbilla sobre su mano y mirando por la ventana. Tenía que luchar con docenas de pensamientos que sólo aumentaban su incertidumbre. No obstante, la pregunta más pertinente que necesitaba respuesta no era ¿Qué estaba haciendo allí el infame coronel de las Fuerzas Armadas de Procyon? Sino ¿Por qué parecía tener algo personal en contra de Amelia?