Taichi lo descubrió hace unas semanas; Yamato se la pasa escondido en este lugar. Es un estudio de grabación, y queda en el quinto piso de un edificio nuevo. Yamato lo costeó con el dinero de la indemnización que les pagó la aerolínea. Dejó la universidad, no de manera oficial, pero hace un par de meses que nadie lo ve en la facultad de Astronomía y Física.

Aunque el edificio es nuevo, no tiene ascensor. Es pequeño, de ocho niveles. Es de esos edificios destinado para oficinas llenas de gente joven. Taichi sube por las escaleras y ve que la mayoría de las oficinas tienen sus puertas abiertas. Se escucha música en otros idiomas y sonidos extraños.

Llega al quinto piso y la única puerta cerrada es la del estudio de Matt. Golpea, y le abren enseguida. Se sorprende que un muchacho de ojos verdes le abra la puerta. Nunca lo había visto.

-Hola -dijo el muchacho, sonriendo. Tiene un piercing en la nariz y las cejas muy pobladas.

-Hola, ¿está Matt?

-Claro, pasa. ¿Quién eres?

-Soy Taichi Yagami, mucho gusto.

-Soy Kei. Pero, ¿quién eres?

-Eeeh, soy amigo de Matt -responde, un tanto inseguro por la pregunta.

-¿En serio? Él siempre dice que todos sus amigos se murieron.- Taichi no sabe qué responder a eso. No quiere entrar en detalles sobre la muerte de sus amigos con un extraño. Y seguramente, para este muchacho, aquello debía sonarle más a una broma. -Se ha metido en el estudio. No está cerrado, sólo abre la puerta -le dice, y se aleja en otra dirección, se sienta frente a una computadora y se pone audífonos. -No tienes que golpear, lo más probable es que no te oiga.

Taichi se siente incómodo, golpea de todas formas antes de abrir la puerta. Es una habitación amplia, los muros son blancos, como todo el edificio. Yamato está rodeado de varias mesas mezcladoras de sonido. Hay varios instrumentos a su alrededor también; su bajo, una guitarra acústica, otra eléctrica, un sintetizador, sobre una mesa hay un pandero, maracas, bongos, armónicas y en un rincón hay una batería.

Le ve moverse al ritmo de una música que sólo el rubio escucha, porque tiene puestos unos audífonos enormes sobre los oídos. Tiene un cigarrillo en la boca, le da una calada profunda y bota humo con el rostro apuntando hacia arriba. Taichi sabe que eso no es tabaco.

Va a abrir la boca para llamarlo, y Yamato empieza a cantar. Taichi cierra la boca automáticamente y escucha. No entiende mucho el inglés, pero la voz de Matt le raspa, es temblorosa y le sale de la garganta, y Taichi traga saliva, porque el rubio habla del fondo del mar y ser comido por gusanos y los falsetes de Matt le ponen la piel de gallina.

Le había visto y escuchado cantar un millón de veces, y ninguna había sido como ahora. Yamato se mueve de un lado a otro, presionando botones en esa mesa mezcladora de sonidos que se ve sumamente sofisticada, y parece como si fuera un ser de otro mundo, perdido en una melodía agonizante que sólo el rubio puede escuchar. Hace que Taichi se sienta diminuto.

El moreno sólo le mira, y sabe que aquel Yamato está perdido, y que él no puede llegar hasta donde está el rubio, porque es demasiado hondo, y su mano, por más que la estire, no le alcanza, y Yamato tampoco intenta cogerla.

Cierra la puerta.

-¿No vas a entrar? -le dice Kei, quitándose los audífonos.

Taichi no le responde y deja el estudio con un sabor tan amargo en la boca que está a punto de escupir, con el corazón latiéndole pesadamente y con un molesto ardor en la garganta y en la nariz.