Disclaimer: No me pertenece nada que reconozcas. Todo le pertenece a J.K Rowling.
NdT: Tuve muchas complicaciones con este capítulo y.y... Gracias por el beteo Kristy y perdonen la demora, se me juntó todo... Espero que les guste!
Capítulo 25: La verdad duele
Lugar: confidencial
Remus se limpió el sudor de su frente con el reverso de su mano y revisó la tarjeta una vez más.
Se había aparecido en un lugar conocido, y decidido caminar el resto del trayecto.
Le tomó exactamente cinco minutos a Remus darse cuenta de que esto era, cada vez más, una mala idea. El sol estaba insoportablemente fuerte, demasiado fuerte incluso para Julio, y el material de su túnica se estaba pegando incómodamente a su piel. Su cabello que le llegaba al hombro, el cual se había tomado el dolor de echar gel y amarrarlo en una coleta, ahora colgaba en mechones sueltos alrededor de su rostro que estaba tan rojo como el día en que nació. Su piel ya había tomado un violento matiz rojo, y parecía que ninguna cantidad de hechizos refrescantes iba a ayudarle. El día ni siquiera había empezado y Remus ya se veía como mierda. Aún tenía que visitar a Sirius en su nuevo apartamento y recoger el cheesecake que su madre quería. Este iba a ser un día largo.
Remus observó la reja de hierro forjado en frente de él. Sus ojos recorrieron el extendido óxido encima de la superficie. El óxido había incluso crecido a los lados de las paredes como una epidemia implacable, sin embargo la fuerte reja no mostraba signos de colapsar. Pero no era la corrosión lo que le perturbaba. No, eran las paredes. Casi cada centímetro en ellas parecían estar cubiertas con piezas escarpadas de vidrio roto... botellas de cerveza de mantequilla, de gaseosa, tal vez incluso ventanas. Sea como sea, el vidrio parecía afilado y, literalmente, arraigado al mismo concreto. Si alguien cometía el error de apoyarse en alguna de esas paredes...
Era una precaución innecesaria, dado que la parte alta ya estaba con alambres y pinchos de manera exagerada.
Esto simplemente no podía ser una escuela. Era imposible para un niño vivir en un ambiente así y mantener su cordura intacta... siendo hombre lobo o no. Pero no, la dirección en la tarjeta había sido exacta y todos los detalles lo dirigían aquí... en frente de lo que solamente podía ser descrito como las puertas del infierno.
Remus sintió el sudor gotear en su frente y lo limpió rápidamente. Estaba nervioso. Ahora más que antes, pocardíaco estaba en frente suyo. Debería irme, se dijo a sí mismo. Realmente debería irme. Este lugar no está bien. ¿Qué pasará si no les gusto? ¿Qué pasará si no pertenezco aquí?
Remus se mordió el labio, y en contra de su mejor juicio, tocó el timbre. Después de aquello, tuvo exactamente dos minutos y treinta y cinco minutos para correr y nunca más mirar hacia atrás. No lo hizo. En cambio, esperó hasta que la puerta se abriera y su ritmo cardiaco aumentó diez veces más.
—Sr. Lupin, lo estábamos esperando.
Remus le extendió la mano a Greyback, esforzándose en no hacer un gesto al ver la sonrisa torcida que el hombre lobo más viejo le daba.
—Espero no haber llegado muy tarde.
Fenrir apretó su mano con fuerza antes de soltarla.
—Para nada. ¿Por qué no entras?
Remus sonrió débilmente y dio un paso hacia adelante. Tan pronto como entró, se encontró rodeado por un denso montón de árboles, y entonces lo sintió antes de poder registrar algo más.
El olor, la vista, el sentir... cada sentido amplificado; y una voz poderosa en su cabeza, muy similar a la suya, pero con la confianza de un rey. Éstas en casa, Remus. Sorprendido y tomado por sorpresa, Remus agarró un lado de la puerta y respiró profundamente. Hogar. Ningún otro lado. Sólo aquí. Quedate. Quedate.
—Sácate los zapatos, Sr. Lupin —dijo Greyback, sonriendo cuando vio los ojos de Remus mirar a todos lados frenéticamente.
Remus encontró difícil mirar a Greyback ahora mismo, o incluso concentrarse en lo que le decía. Sus ojos, como si tuvieran vida propia, recorrían descuidadamente, tratando de encontrar la fuente de esa sensación. No había nada, nada más que árboles y aún así, lo que sentía...tenía que ser atribuido a algo proveniente de algún lugar.
Vagamente sintió una mano ayudándolo a quitarse los zapatos, y ciegamente se rindió a ella. No fue hasta que sintió sus pies tocar el suave y frío suelo que el mundo se puso en orden y su cabeza finalmente dejó de dar vueltas. Remus respiró profundamente y finalmente miró a Greyback.
—Es hermoso, ¿verdad? —preguntó Fenrir conscientemente, colocando una mano callosa en el brazo de Remus y dirigiéndolo hacia adelante—. El poder del bosque.
Era hermoso. No como el Bosque Prohibido, era más salvaje. Mágico. Poseía una belleza cruda y sin domar que apenas había crecido con los años. Nada aquí había sido cultivado; habían crecido a su manera y muerto de la misma forma. Los sobrevivientes florecieron de color rojo sangre y el resto se marchitó a marrón… tal y como la naturaleza lo había previsto.
—Esa es nuestra escuela. No es mucho, pero lo intentamos.
La escuela en sí no era tan fascinante como sus alrededores; con sus paredes agrietadas de color gris claro y tuberías sinuosas. Se veía mucho más acogedora que la reja principal, pero al entrar en el interior Remus inmediatamente empezó a extrañar el rico olor a tierra del bosque y la libertad primordial que lo acompañaba. Se sentía claustrofóbico y constreñido dentro de esas cuatro paredes y había algo dentro suyo que le gritaba que se fuera, que regresara, que el bosque era su hogar.
Remus salió de su ensimismamiento. Estaba siendo estúpido. Después de todo, ¿no había pasado gran parte de su vida así? Entonces, ¿por qué sentía ese impulso repentino de ir por aire libre cuando estaba lejano a una transformación? Se convenció a sí mismo de ignorar las súplicas de su corazón, y en cambio, se concentró en Greyback. Parecía haber estado hablando ya por un largo rato, pero Remus solamente captó pedazos pequeños de la conversación, prefiriendo inspeccionar con sus ojos en vez de escuchar las palabras de Fenrir.
El interior no era más impresionante que el exterior. Las habitaciones no podían ser más grandes que el baño de Remus en casa, el único amoblado eran tres camas estrechas, aplastadas una contra la otra. Las puertas parecían a punto de colapsar por el abuso de los niños cerrando y abriéndolas de forma continua; y los suelos tenían abolladuras en diversos lugares, con las cuales Remus casi se tropezó. Aún así, había una charla alegre entre los estudiantes y risas resonando a través de los húmedos pasillos que traía cierta alegría al lugar, eclipsando cualquier tipo de inconveniente constructivo. Estos niños parecían genuinamente felices aquí, a pesar de las rápidas suposiciones de Remus.
—Las clases son arriba, pero usualmente no empezamos hasta el atardecer —escuchó Remus decir a Fenrir.
—¿Por qué?
Greyback sonrió, su mirada siguiendo a dos estudiantes que pasaron junto a ellos.
—Bueno, me parece que los niños se concentran mejor después de la puesta del sol. Siendo criaturas de la noche…
Remus abrió su boca para decir algo al respecto, pero se encontró que no tenía nada que decir.
La sonrisa de Greyback cayó y su rostro se contrajo en una mueca inhumana de desprecio
—Verás. Sr. Lupin, aquí les enseñamos a nuestros estudiantes a ser ellos mismos. Negar lo que son sólo los hará más débiles ante los ojos de los seres humanos —dijo con un tono de voz que se acercaba a la malicia, y Remus tomó un ligero paso hacia atrás, sintiéndose de repente intimidado—. El Ministerio cree que se debe reprimir nuestra fuerza, nuestro poder… y mientras que algunos de nosotros siguen estas reglas, yo personalmente las encuentro como un obstáculo y algo que baja el autoestima de nuestros alumnos. Lo que son no es algo de lo que deberían avergonzarse y, ciertamente, no deberían ser ignorados. Al pretender ser humanos, no conseguirán nada… no tendrán ningún lugar.
Remus apartó la mirada, sintiéndose repentinamente muy incómodo.
Afortunadamente, fue salvado de la incómoda conversación cuando algo borroso casi cae encima de él; y fueron solamente los rápidos reflejos de Remus lo que lo salvaron de ser tirado al suelo. Era un niño, y se dio cuenta cuando lo agarró a tiempo y sostuvo a la cosa que se retorcía ante sus ojos.
Greyback rio, rompiendo la tensión en el aire.
—Veo que has tenido la mala suerte de conocer a Rubel —dijo, estirando una mano para acariciar suavemente la rubia y rojiza cabellera del niño—. Shh, cachorro —susurró Fenrir acercándose, y Remus pudo ver verdadero cariño en aquellos ojos amarillos—. Él es nuestro alumno más pequeño. Sólo tiene cinco años, pero puede correr como el viento. Lo encontramos en una clínica muggle, donde los doctores no sabían qué le pasaba, o incluso de donde había venido.
El agarre de Remus se hizo más fuerte en el niño.
—¿Qué hay de sus padres?
Hubo un repentino fuego en los ojos de Fenrir cuando miró a Remus con fiereza.
—Te diré esto, Remus Lupin, y te lo diré sólo una vez, así que espero que lo recuerdes. Yo lo traje, yo le di un nombre, yo le di una vida, yo le di poderes que nunca habría imaginado tener. Sólo me necesita a mí. ¿Comprendes eso?
Remus, demasiado sorprendido como para responder, simplemente asintió y, en cambio, volvió su mirada hacia el niño. Podía comprender la posesividad de Fenrir, supuso. Después de todo, había criado personalmente a estos niños, ¿verdad? Una especie de admiración hacia Greyback apareció dentro de Remus, y miró al mayor hombre lobo con respeto recién encontrado.
Rubel ladeó su cabeza inquisitivamente ante la nerviosa mirada de Remus, y el castaño no pudo evitar imitar el movimiento.
—¿Quién eres? —preguntó Rubel, frunciendo las cejas tan profundamente que sólo un ligero destello de sus ojos azul cielo se veía entre sus pestañas.
Remus sonrió cálidamente. Su incomodidad después del discurso de Fenrir poco a poco desapareciendo.
—Soy Remus Lupin.
—No eres un alumno de aquí —expresó Rubel con obviedad, frunciendo el ceño y mirando a Greyback. Cuando todo lo que obtuvo fue una sonrisa alentadora, acercó su rostro más cerca al de Remus y lentamente acarició con la nariz su cuello. Como un perro, concluyó Remus, o lobo.
—Pero eres uno de nosotros.
La situación debería haber sido incómoda... un niño desconocido tratando de olerlo. Pero no lo era, y Remus se sintió nuevamente abrumado por la sensación de hogar y jauría y de raza, mi raza, y la necesidad de quedarse.
—¿Por qué eres diferente? —preguntó Rubel, mirando a Remus y balanceando sus manos en los hombros del hombre lobo mayor—. No comprendo. Hueles... diferente —dijo, con sus ojos reflejando la curiosidad en las propias orbes de Remus, mientras se esforzaba en encontrar las palabras correctas—. Se siente bien... limpio —Rubel se acercó a la oreja derecha de Remus y susurró de tal forma que sólo él escuchara—. Humano...
—¿Es eso bueno? —susurró Remus en respuesta, sorprendentemente no afectado por lo que dijo. Tenía sentido para él oler como humano. Había pasado gran parte de su vida con ellos, y sobre todo, pretendiendo ser uno de ellos. Sin embargo, la conversación había despertado algo dentro suyo... una necesidad de descubrir quien realmente era, e incluso tal vez, aceptar lo que era en vez de tomarlo como una maldición.
Rubel asintió.
—Es bueno. Me gusta —dijo, con su rostro tornándose en una sonrisa celestial, y Remus estaba seguro de que nunca había visto a alguien tan adorable en toda su vida—. Me gustas. ¿Te quedarás? —Rubel se mordió el labio y apretó nerviosamente con el puño la camisa de Remus—. ¿Conmigo?
Remus sonrió y volvió la mirada hacia Greyback, quien por primera vez desde que se conocieron, se veía ligeramente inquieto.
—Sí. Sí, me quedaré —dijo desordenando el cabello de Rubel y disfrutando la pequeña risita que salió de la boca del niño—. Pero no hasta el lunes, ¿está bien?
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Remus se sintió desplegar cuando se apareció dentro del apartamento de Sirius sobre una pila de ropa sucia. Miró a su alrededor, tratando de desenredar sus pies de entre la pila de sábanas y ropa interior.
Parecía que Sirius había estado limpiando, o al menos, intentando hacerlo. Habían cajas vacías tiradas en el piso alfombrado, con gran parte de sus contenidos desparramados alrededor, mientras que otros estaban ordenados descuidadamente alrededor de la casa. Remus estaba bastante seguro de que la tetera no pertenecía a la estantería, al lado de su edición favorita de Marvin el muggle. (En condición impecable, cabe resaltar.)
—¿Sirius? —llamó Remus, doblando un par de prendas que estaban en el camino y colocándolas en el mostrador de la cocina—. ¿Estás ahí? ¿Canuto?
—¡En el dormitorio de la izquierda! —escuchó Remus la voz amortiguada de Sirius llamarlo.
Cuidadosamente se movió a través del desordenado mobiliario, pasó la sala de estar y entró al dormitorio de la izquierda.
—Canu... —Se detuvo cuando entró al dormitorio para ver sólo el final de las medias amarillo neón de Sirius asomándose por debajo de la cama tamaño queen—. Bueno, mírate...
Sirius se deslizó desde abajo y sonrió.
—Hola, Lunático. Sólo estoy acomodando la cama —dijo, poniéndose de pie y limpiándose el polvo antes de besar a Remus ligeramente en los labios.
Remus le sonrió, limpiando el polvo que le quedaba en la frente. Sirius era algo digno de ver en un overol demasiado pequeño y cubierto de suciedad. Su cabello negro era más corto que el de Remus, pero aún era considerado largo por los estándares normales, y estaba despeinado en la parte posterior de su cabeza, donde obviamente había estado apoyado. Remus pasó sus dedos a través del sedoso (si no estuviera sucio) cabello, suavizándolo y tomando el placer de ver la sonrisa celestial que apareció en el rostro de su amigo.
Sirius no había cambiado mucho con el paso de los años. Se había hecho más alto, casi como la altura de Remus, con seductoras piernas largas y delgadas. Su rostro había permanecido igual, quizás un poco más angular aquí y allá, pero aún era el mismo chico guapo que Remus recordaba que era en primer año, aquel a quien aprendió a amar con el paso de los años. Remus podía decir que Sirius quizás se había vuelto un hombre maduro desde entonces, pero llegó a la conclusión de que la incapacidad de Sirius para crecer un par de vellos en su barbilla hablaba por sí mismo.
—Entonces, ¿qué piensas de nuestro dormitorio? —preguntó Sirius, casualmente colocando un brazo alrededor de los hombros de Remus—. Lo amueblé y todo lo demás. Está un poco polvoriento, pero lo limpiaré una vez que termine con mi habitación.
El corazón de Remus se encogió.
—Se ve bien —murmuró. Era realmente tonto, pero había esperado que compartieran la misma cama ahora que se mudaban juntos. Claramente una idea ridícula, especialmente porque Sirius se había tomado la molestia de amueblar una habitación separada para él.
El muchacho de cabellos negros sonrió con picardía.
—Te lo creíste, ¿verdad? Lástima que es sólo un señuelo para cuando tus padres vengan. La verdad es que... —susurró, dejando que sus labios rozaran el cuello de Remus, mandando escalofríos por su espina dorsal—. Noche o día, realmente preferiría que duermas debajo mío.
Remus parpadeó. ¿Acaso Sirius...? Y entonces soltó una carcajada, probablemente más por alivio que por la cursi indirecta.
Sirius hizo un puchero, alejándose de Remus.
—No creo haber dicho algo particularmente gracioso.
Remus sólo se rio más y abrazó a Sirius con fuerza.
—Eres demasiado, ¿sabías eso? Sólo Dios sabe porque te am... —Remus cerró su boca abruptamente, maldiciendo internamente. Eso había estado cerca, demasiado cerca. Casi lo había dicho... esas dos terribles palabras. Tendría que tener más cuidado la próxima vez. No podía arriesgarse, no cuando las cosas estaban tan perfectas. El simple hecho de pensar que Sirius lo dejaría por algo tan estúpido era demasiado doloroso. Quizás se lo diría más adelante, en el momento adecuado.
Sirius alzó la mirada, sonriendo a pesar de sí mismo.
—¿Tú qué?
Remus pensó en una buena excusa.
—Quiero un tour del lugar.
Sirius alzó una ceja sardónica.
—El apartamento es de 20 pies de largo. Realmente no hay mucho que ver. Tenemos la sala de estar y la cocina, las cuales quedarán muy lindas cuando las limpie. Bueno, eso es lo que los folletos decían.
—Seguramente.
—Tenemos un baño compartido, en cual podemos mear —Sirius señaló hacia su derecha.
Remus trató no hacer un comentario sobre la cruda descripción de Sirius.
—Y en la otra habitación —Sirius se acercó más, moviendo sus cejas de manera provocativa—, está la cama donde tendremos sexo caliente y apasionante...
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Remus tocó el timbre, presionándose el puente de su nariz con frustración cuando vio al gran perro negro saltar alrededor de él juguetonamente.
—¡Sirius! ¡¿Puedes parar de hacer eso?!
El perro no hizo nada más que ladrar pícaramente y continuar con su juego.
—¡Sirius! ¡Perro malo! ¡Siéntate! ¡Aquí!
Canuto lloriqueó de forma lamentable, su cola inmediatamente cayó entre sus patas traseras y las delanteras sobre su cabeza. Miró a Remus con sus grandes ojos grises y Remus gruñó.
—No seas tan reina del drama, Sirius. Es tu culpa, y lo sabes.
Los ojos grises, de ser posible, se hicieron incluso más grandes.
Remus apartó la mirada de sus ojos.
—No me vas a hacer sentir culpable. Este es un juego al que ya estoy demasiado acostumbrado para caer en él.
Si Remus pensó que eso haría que Canuto se detuviera, tristemente estaba equivocado. En cambio, Canuto incrementó diez veces su encantamiento de "por favor, compadécete de mí" y gimoteo a un nivel patéticamente imposible.
No le tomó mucho a Remus cambiar de opinión, y si no hubiera sido por el sonido de pasos provenientes desde el otro lado de la puerta, Remus seguramente se hubiera agachado al lado de Canuto para consolarlo.
—¿Quién es? —canturreó una voz femenina que sólo podía pertenecer a su tía Nash.
—Soy yo, Remus.
—¿Remuuu? ¡No me lo creo! —cantó nuevamente, logrando que Remus tuviera ganas de estrangularla. La quería, realmente lo hacía, pero sus payasadas eran un tema completamente distinto—. Dime cual fue tu disfraz de Halloween cuando tenías 3 años.
Remus sintió la sangre escaparse de su rostro. ¿Su disfraz de Halloween? ¿Ahora? Miró a Canuto por el rabillo de sus ojos, notando como sus orejas se alzaban de curiosidad, todo el gimoteo olvidado.
—¡Vamos, tía Nash! Pasé las barreras de papá, ¿no? ¡Sólo dejame entrar! —suplicó desesperadamente.
Escuchó soltar una risita a su tía.
—¡Las barreras pueden romperse, cariño, especialmente si eres tu—ya—sabes—quien!
Remus golpeó su cabeza contra la puerta. Recordaba ese Halloween; ¿cómo podía olvidarlo? Sus padres lo habían dejado (abandonado) con su tía para que vaya a pedir dulces, mientras ellos disfrutaban una noche tranquilos (besuqueandose). En aquel entonces, disfrutó aquella noche, realmente lo hizo. Después de todo solo tenía tres años, con un cerebro apenas lo suficientemente grande para llenar una huevera. Pero el recuerdo lo atormentaba ahora, especialmente porque habían fotos... Algunas de ellas lograban que quisiese ahogarse en un retrete.
—¡Estoy espeeeraandoo! —gritó jovialmente su tía, obviamente adquiriendo un sádico placer al torturarlo.
—¡Está bien! —espetó—. Era una prijjhjg —murmuró Remus, cuidadosamente evitando los ojos de Canuto.
—¿Qué? ¡No te entendí!
—Una princesa, ¿está bien? ¡Era una maldita princesa!
Todos los comentarios sobre en qué linda niña se había convertido regresaron hacia él, y Remus se estremeció involuntariamente. ¿Por qué no se dio cuenta antes? Era culpa de su tía que era un maricón.
La puerta se abrió de golpe y Remus se encontró aferrado en un abrazo rompe huesos y en un fuerte aroma de jazmines. Nash se alejó después de darle un beso en cada mejilla, pero su sonrisa cayó en cuanto bajó la mirada.
—¡John! —jadeó, con sus manos rápidamente dirigiéndose a su boca—. ¡Me estoy muriendo! —dijo parpadeando con rapidez, sus grandes ojos azules creciendo a enormes—. Hay un grim en nuestra puerta y está sonriéndome... muy, muy maliciosamente.
Canuto gruñó, y Remus supo que el ego de Sirius había sido brutalmente herido al ser comparado con algo tan feo como el grim, especialmente después de haber pasado una hora en la ducha (junto a Remus).
—Relajate, tía Nash. Es sólo Ca... —Remus se detuvo justo a tiempo, dándose cuenta de que Sirius había estado en su casa el suficientemente tiempo para que todos supieran que que le llamaban Canuto—. Hocicos —terminó, ignorando la mirada de disgusto que Canuto le dio y entrando a la casa.
Encontró a su padre sentado al frente de la TV, mirando las noticias muggles, para nada incomodado por la dramática revelación de que su hermana se moría.
—Llegas tarde —expresó, sin sacar sus ojos de la pantalla.
Remus se sentó en el sofá que estaba a su costado, colocando el cheesecake en la mesita de café.
—Me estanqué en el tráfico.
John Lupin alzó una ceja, obviamente no creyendo la historia.
—¿Y ese perro callejero siguió tu coche hasta casa?
—Es de Frank Longbottom —mintió con fluidez y sin afectarse por el modo que John Lupin estaba mirando a Canuto—. Me encontré con él en el Sr. Panadero. Al parecer, necesitaba que alguien cuidara de Hocicos durante el fin de semana. No será ningún problema, te lo prometo.
John sonrió.
—Uhm... un petiso lindo, ¿eh?
Se rio cuando Canuto ladró con felicidad y puso ambas patas en el regazo de John.
—Un poco entusiasta —comentó, rascándole detrás de las orejas.
Remus se recostó en el sofá, dejando salir un gran suspiro de alivio. Había estado asustado de que su padre reconociera a Canuto por quien realmente era, pero o Sirius estaba haciendo un muy buen trabajo con su parte o estaba siendo genuinamente él mismo. La última opción parecía la más probable.
—Refrescate rápido. La cena estará lista en un par de minutos —John rodó sus ojos exasperadamente cuando Canuto olió el pastel y lo agarró por el cuello—. Y llévate a tu chucho contigo, ¿sí?
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—¿Sabes? Para ser el perro de Longbottom, está muy encariñado contigo —comentó Natasha con la boca llena de patatas.
Remus sonrió y le pasó otra costilla a Canuto para que la mastique.
—¿Están libres el día de mañana? —preguntó, deliberadamente evitando la observación de su tía.
Ambas, Natasha y Del, se engocieron de hombros, mientras que John se servía más ensalada.
—Puede ser. ¿Por qué?
Remus sonrió de lado.
—Bueno, quería llevarlos a todos a cenar.
Del alzó una ceja, sonriendo.
—¿Oh? ¿Y cuál es la ocasión especial?
Remus bajó su tenedor, descansando ambos codos en la mesa.
—Bueno, me ofrecieron un trabajo el día de la graduación, y fui a verlo hoy, y bueno... —Remus sonrió lentamente—. Me pareció lo suficientemente bueno, así que lo acepté.
Los vitoreos que prosiguieron hicieron que Remus sonriera ampliamente, y Sirius pensó que su amigo jamás se había visto tan hermoso... Su rostro estaba sonrojado y sus ojos ámbar brillaban detrás de su rebelde cabello. La felicidad era adecuada para Remus, e incluso aunque Sirius no pudiera recordar quien era este tipo Greyback, en sus ojos, Fenrir Greyback era algo cercano a una bendición.
Canuto acarició cariñosamente un lado de Remus con el hocico.
—Entonces, ¿de qué trabajarás? —preguntó John Lupin una vez que los vitoreos acabaron y todos estaban bebiendo un brindis por el nuevo trabajo de Remus.
—De profesor —contestó Remus, pasando su bebida—. Seré el primer profesor de magia para hombres lobo.
John y Del se miraron entre sí con sospecha, pero fue Natasha quien hizo la pregunta que ambos tenían en la mente.
—¿Hombres lobo, Remus? ¿Estás seguro? Nunca escuché de algo así.
Remus asintió.
—Sí, eso fue lo primero que pensé también, por ello visité hoy la escuela. Está un poco desgastada, pero el Sr. Greyback dijo que...
Remus fue interrumpido por la copa en la mano de su padre haciéndose trizas, y los múltiples jadeos viniendo de parte de su tía y madre. Miró a su padre, confundido, y se sorprendió al ver su rostro contorsionarse con furia... La cara roja y sus ojos abriéndose peligrosamente.
—¡Lo mataré! —gritó John, levantándose con furia. Su plato y cubiertos se dispersaron en el suelo en el proceso—. ¡Lo mataré, joder!
Canuto lloriqueó, y Remus se sostuvo a su cuello como consolándolo. Sólo había visto a su padre así de molesto una vez en toda su vida, y eso había sido la última vez que visitó a su abuelo hace 11 años. Había llorado en ese entonces, asustado de lo que su padre podría hacer y asustado de que hubiera sido su culpa. Remus había asumido que había superado ese miedo al crecer, pero pudo sentirlo aparecer nuevamente cuando vio a su padre cerrar el puño con rabia y golpear la pared.
—¡John, por favor! ¡Calmate! —gritó Del, levantándose de su silla y agarrando a su esposo del brazo.
John retiró su mano con brusquedad.
—¿Calmarme? ¿Calmarme? ¡Ese bastardo ha vuelto! ¡Ese hijo de puta ha vuelto y ha tenido el maldito atrevimiento de intentar llevarse a mi hijo lejos de mí! ¡De nuevo!
Remus se enderezó en su asiento, enterrando su mano dolorosamente en la piel de Canuto.
—Espera, ¿de nuevo? ¿He conocido antes a Greyback?
Todos, incluso John, se congelaron. Si la situación hubiera sido menos seria, hubiera parecido cómica por el modo en el que su tía cayó en el asiento, o como su padre se detuvo a medio paso, sus ojos yendo de Del a Remus y nuevamente a Del.
—Yo... —titubeó John, mirando desesperadamente a Del.
Del se masajeó las sienes, mirando fijamente al patrón florido de su mantel.
—Estaba destinado a suceder.
—Sólo díselo, John. Díselo y termina con esto —susurró Natasha alentadoramente, agarrando la mano del padre de Remus.
John retiró su mano furiosamente.
—¡No!
Remus observó el intercambio de expresiones entre sus padres y su tía... Ira, frustración, protección, pero era el hedor a miedo que emanaba de su padre el que abrumaba a todos.
—¿Puede alguien decirme qué sucede? —suplicó Remus, un poco enojado. Sintió a Canuto gruñir ligeramente, advirtiéndole del peligro que se avecinaba.
La tía Nash colocó una mano encima de la de Remus y la apretó ligeramente.
—Remus, Fenrir Greyback... es el hombre lobo que te mordió.
Remus se sintió como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago.
—... y lo hizo a propósito...
John Lupin golpeó nuevamente la pared, murmurando "mierda" y otras obscenidades en voz baja.
La mente de Remus zumbaba, protestando ante el repentino ataque violento de información. Era imposible, no podía ser verdad. Su padre siempre le contaba todo. Claramente algo como esto no podría haberse mantenido escondido, ¿verdad?
—Estás mintiendo —susurró, tratando de convencerse a sí mismo más que a nadie—. Todos ustedes mienten.
Del negó con la cabeza.
—Es verdad, Remus.
—¡Me dijiste que no sabías! ¡Me dijiste que había sido un accidente! —acusó enfadado por como su padre evitaba deliberadamente sus ojos. Vagamente sintió a Canuto poner una consoladora pata en su regazo, pero la apartó.
—¡Fue un accidente! ¡Si hubiera sido lo suficientemente precavido, entonces Greyback jamás te hubiera encontrado!
—¿Cómo...?
Sus nudillos se estaban volviendo blancos donde sus manos sostenían la mesa.
—Greyback quería un favor. Era inmoral, y en aquel entonces, en contra de mi punto de vista que era algo duro con los hombres lobo… —John bajó su cabeza con desaliento—. no lo cumplí. A cambio, su idea de un castigo adecuado fuiste tú.
La mente de Remus no quería registrar lo que estaba escuchando.
—¿Un castigo?
John Lupin asintió, dándole la espalda. Incluso Del y la tía Nash desviaron la mirada.
Era un castigo. Eso era todo lo que era… algo para resolver las batallas internas de su padre.
—¿Es por eso que me mantuviste? ¿Por la culpa?
¿Fue sólo lástima lo único que tuvo en su maldita vida? ¿Cuántas mentiras? ¿Cuántas? ¿Le mentían cuando le decían que lo amaban? ¿Los abrazos? ¿Los besos? ¿Eran mentiras también? ¿Sólo una cubierta para la vida que arruinaron?
Del lo miró con tristeza.
—¿Eso es lo que crees, Remus?
—¡Papá dijo que no había estado a favor de los hombres lobo en ese entonces!
—Los tiempos cambian —gruñó John.
—¿Cómo sé entonces? —preguntó Remus, poniéndose de pie e ignorando a Canuto que tiraba de sus jeans—. ¿Cómo sé que Greyback no está en lo correcto? Tal vez… tal vez te lo merecías.
Nash se puso de pie, fulminando con la mirada a Remus.
—¿Crees que eres el primer niño al que ha mordido? —dijo sacudiendo los hombros de Remus con dureza—. Despierta, Remus. Cada niño en ese orfanato es una víctima… a veces por sed de sangre, a veces por venganza... El hombre es lo más cercano a un asesino.
Era claro que defendería a su hermano. Quizás estaba mintiéndole también a ella. Quizás todos estaban mintiendo. Remus miró a su padre a los ojos con dureza.
—Él me ofreció la libertad de ser quien realmente soy, mientras que tú solamente la suprimiste.
John bufó.
—Él usa la libertad como excusa para asesinar.
—Me ofreció un lugar con mi propia raza, mientras que tú me pusiste bajo la ilusión de ser humano —respondió Remus.
John le dio un puñetazo a la mesa.
—¡Eres un maldito humano treinta días de treinta y uno!
—¡Él me dijo la verdad, mientras que tú me mentiste!
John se quedó en silencio.
Remus se mofó.
—¿Fue divertido, papá? ¿Fue divertido verme deambular como un ignorante… la inconsciente criatura para burlarse… derramando mi maldito corazón mientras que tú mantenías secretos de mi vida encerrados en un armario?
Canuto mordió sus dedos, pero lo ignoró. Sirius no sabía como se sentía. Esto no se trataba de Greyback; esto se trataba de confianza. Toda su vida había asumido que su padre y él eran cercanos; que eran iguales, pero quizás incluso eso había sido una mentira.
—Remus, ya es suficiente —advirtió su madre.
—No voy a tener esta conversación —John empezó a alejarse, sus manos aferrándose a su cabello con frustración.
—¿Por qué? ¿De qué tienes miedo?
John se volvió bruscamente.
—¡De esto! ¡De exactamente esto tenía miedo! ¿Escuchas al menos lo que dices, Remus? Me odias —dijo con la voz temblando ligeramente, pero sosteniendo su mirada—. Me odias y está justificado porque es mi culpa de que tu vida resultara así. Y te puedes ir si eso es lo que quieres, lo comprenderé, pero toma mi consejo en esto: no vayas con Greyback. Puede que te prometa mucho, y puede que también te lo dé, pero a costo de tu cordura. Esos niños que viste hoy están siendo enseñados a cómo matar, ¿comprendes eso?
—¿Cómo sé que estás diciendo la verdad? —Remus no se alejó cuando su padre tocó su hombro—. ¿Cómo puedo confiar en ti, cuando en todas mi vida lo único que has hecho es mentir?
—No te puedo ayudar con eso, Remus.
Esa noche, Remus le mandó una carta a Greyback, renunciando al puesto. No mencionó ninguna razón, no mostró ningún signo de acusación. Sólo una breve disculpa y una educada declinación, lo cual dejó demasiadas preguntas sin responder en su mente. Sirius había estado a su lado todo el tiempo, sin decir nada, sólo proporcionando una presencia reconfortante.
Tuvieron sexo en la cama de Remus después de eso; Sirius encima de él, besándolo y tocándolo justo en los lugares exactos sin intercambiar ninguna palabra. Sostuvo a Remus mientras acababa sin emitir ningún sonido con Sirius dentro suyo, acariciando las ojeras debajo de sus ojos y retirando los suaves mechones de su rostro.
—Está asustado, ¿sabes?... Tu padre —susurró Sirius una vez que se deslizó hacia afuera, con el aliento aún saliendo entrecortadamente.
Remus no dijo nada.
—Está asustado de que te vayas… de que pienses que Greyback sería un mejor padre para para ti…
Cuando Remus no respondió, Sirius suspiró pesadamente. Besó a Remus ligeramente en la frente y se mantuvieron abrazados hasta el amanecer.
Remus no lo sabía en aquel momento que dormía tranquilo en los brazos de Sirius; pero a la mañana, habría perdonado a su padre y, en cierto modo, comprendería porqué hizo lo que hizo. Sin embargo el tema nunca sería conversado. Remus solamente pretenderá que nada sucedió entre ellos, y John estaría dispuesto a complacerlo, incluso aunque sus miedos se mantendrían hasta mucho más tarde. Ambos jugarán a la pelota con Hocicos hasta que se quedaran sin aliento, y luego, viajarán juntos al restaurante chino más cercano para pedir comida para llevar, porque aunque la tía Nash era una persona maravillosa, era una cocinera espantosa.
