Nota de autora: Ok, yo sé que me tardé mucho y que esté capítulo no es tan largo como los demás, pero lo que sigue... Pues no sé, siento que no iba bien todo junto con este capítulo así que mejor lo separé. Igual sé que no es muy emocionante, pero... pero...
¿Qué creen?
¡Que el siguiente capítulo ya es el final!
Lamento el retraso, de verdad, pero bueno, así es la vida y este ha sido un año demasiado agitado para mí... En fin, saludos para todos y ya saben: reviews, comentarios, PM's, solicitud de consejos de vida (?), todo es bien recibido. Les I love you montones.
Capítulo XXV: Un mar de calma
Me abalancé sobre ella en cuanto se cerró la puerta y le sentí encogerse, pero no me importó. Unas cuantas mordidas después ya estaba jadeando y soltando alguna palabreja en un suspiro.
— ¿Bonnie?
— ¿Mmm? —mi voz quedaba ahogada al morder su níveo cuello.
— ¿No quieres… hablar? ¿Abrazarme?
Su voz era dubitativa, casi tímida. Me separé enseguida y puse mi mejor cara de incredulidad.
— ¿Hablar?
—S-sí. No lo sé, hablar de lo que quieras, y eso. —respondió con voz temblorosa mientras me sostenía los brazos y yo la llevaba a trompicones hacia mi habitación.
—Marceline… —suspiré. — ¿Sabes cómo noté lo mucho que me gusta tener sexo contigo? Cuando volvimos a hacerlo después de tantos años… ¿Y sabes cómo terminé de convencerme? No teniéndote por seis meses.
Le brillaron los ojos y se relamió los labios, lo cual me hizo sonreír.
—Bueno, es que… Tampoco quiero que pienses que lo único que busco es sexo. De verdad te he extrañado y no me gustaría que pensases que sólo quería volver para manosearte.
Resoplé para ocultar una risa al notar que hablaba en serio… Y la empujé sobre mi cama, deleitándome con la expresión ligeramente aterrada que adoptó cuando su espalda tocó el colchón.
—No te preocupes. Estoy segura de que serás muy gentil conmigo.
Le abrí la camisa con tal fuerza que un par de botones salieron volando.
—Bonnie, esta camisa me gusta mucho. —protestó.
— ¿Vas a hacer un problema por una estúpida camisa de franela?
El tono de sus ojos era limpio y claro, como los de un cachorro de husky.
—No, la verdad no.
Me incliné sobre ella y le di un beso en los labios. Ella me apretó con fuerza y yo suspiré.
—Me gusta que estés arriba. —murmuró y arqueé una ceja.
— ¿Ya no quieres hablar?
—No, ya no. —respondió deslizando sus dedos por debajo de mis glúteos de esa manera que me hacía temblar. Le aparté la mano de un manotazo y entrecerró los ojos sonriéndome.
—Pues qué mal, porque ahora yo sí quiero. —dije sólo por molestar. La verdad es que yo tenía ganas de dejar a mi cuerpo hablar por mí, pero no podía dejar pasar la oportunidad de llevarle la contraria a Marceline.
—Pues qué mal, porque ahora ya no quiero. —traté de quitarme de encima suyo fingiendo estar molesta pero me agarró con más firmeza hasta que sentí dolor y siseé. — ¿Quieres decir que rompiste mi camisa para nada?
Nunca iba a admitir esto en voz alta y mucho menos a ella, pero me encantaba cuando usaba un poco más de fuerza en un intento por imponerse… Y de todas formas no hacía falta porque lo sabía bastante bien, igual que sabía que era una inutilidad de su parte porque yo no iba a ceder.
—Fuiste tú quien protestó por esa tontería, pero si quieres podemos hablar de tus sentimientos acerca de ello.
—O podemos hablar de lo que venía pensando en el avión. Fue un vuelo muy largo y me tuve que poner imaginativa.
— ¿Ah sí? ¿Qué pensabas?
Para ese momento Marceline jugueteaba casi con interés con el dobladillo de mi vestido y se distrajo por un segundo.
— ¿Te pusiste un vestido para verme?
—No me cambies el tema.
—Y tú no evadas mi pregunta… ¿Te lo pusiste porque es fácil de quitar?
—Cállate ya.
—Cállame tú.
Nos miramos por una fracción de segundo y entendí la insinuación bajo sus palabras. Un momento después me había librado de mi ropa interior y tenía una pierna a cada lado de la cabeza de Marcy, con su lengua invadiéndome y yo luchando por no convertirme en un guiñapo al sentirla. Una cosa era imaginarte todo lo que le harías a esa persona en cuanto la vieses y otra muy distinta lo que en realidad terminabas haciendo, porque yo no pensé que terminaría montándome sobre la cara de Marceline de buenas a primeras, aunque tampoco iba a ser yo quien se quejara.
Y aparentemente ella tampoco iba a quejarse, porque la manera en que me apretó el trasero me hizo soltar un gritito y juro que sentí su sonrisa ahí abajo, y no era para menos… Marceline me hizo gritar y eso no sucedía ni al golpearme el dedo pequeño del pie con algún mueble.
Bueno… igual y ya estaba gritando desde hacía un rato antes. No tenía control sobre nada que estuviese haciendo mi cuerpo desde que todo esto había empezado.
Marceline me sostuvo cuando terminé. Me quedé apoyada contra el respaldo de la cama, temblando como una hoja a punto de desprenderse de la rama de un árbol. Me daba miedo moverme porque seguro me caería hacia un lado.
—Creo que hasta ahí llegó la idea de platicar, ¿verdad?
— ¿De verdad creíste que iba a funcionar? —pregunté muy despacio y con voz adormilada. Estaba recostada junto a Marceline y respirando profundamente mientras disfrutaba la sensación de estar tan relajada como no lo había estado en medio año.
—Tenía que intentarlo. —Tenía los ojos cerrados y las mejillas enrojecidas. —La verdad yo venía muy decidida a ser cursi y todo eso, pero no esperaba encontrarte caliente como un horno.
— ¿Marcy?
— ¿Mmm?
—Ya estoy lista. —murmuré y mi voz quedó casi ahogada porque ya estaba apoyada en su costado.
— ¿Ya? ¿Quieres más? —preguntó acariciando mis hombros con tanta suavidad que gemí.
—No… Bueno, sí, pero no es de eso de lo que hablo.
— ¿Entonces?
—Quiero… —me aferré a ella. —No sé cómo decirlo.
—Sólo dilo y si te arrepientes después di que estabas ebria de sexo.
Me reí.
—Estoy lista para estar contigo, Marcy.
—Pero si ya estás conmigo, tonta. —me respondió besándome la mejilla.
—No, me refiero a… A lo otro.
— ¿Sexo anal?
—Marceline.
—No pienso asumir nada, Bonnibel. Lo que sea que quieras decir tiene que salir de tus labios. —me dijo muy seria y cuando alcé la vista vi que tenía aspecto asustado y sus mejillas sonrosadas la hacían ver más joven y vulnerable.
—Estoy lista para que estemos juntas. —dije al fin mirándola a los ojos. —Sin Braco, sin tener que escondernos en mi oficina y sin que te tengas que escapar de mi casa.
— ¿Estás segura?
—No, pero ya estoy harta de esperar a estar lista. —suspiré con cansancio. —No me pienso pasar la vida esperando por algo que probablemente jamás llegará.
—No hay nada que quiera más que decirte lo feliz que estoy por eso, pero… ¿Acaso has considerado todo lo que se va a desencadenar? —pareció recordar algo y su semblante se tornó preocupado. — ¿Cómo fueron las cosas con tu mamá?
Me reí y negué con la cabeza sin perder la expresión divertida. Por alguna razón todo lo que había pasado en esos días me parecía graciosísimo.
—Bastante extrañas.
— ¿Tan mal?
—En realidad no. Creí que iba a tener que llamar al manicomio, pero entonces se me salió que salgo contigo y se calmó.
—Tu mamá me ama.
—Eso creo. Luego dijo que lo lamenta por ti, ya que aparentemente no soy tan buena como "ese hombre alemán tan hermoso con el que salías".
—Viktor. Sí, tu madre y yo nos llegamos a encontrar una que otra vez cuando yo estaba en una relación con él y lo invitaban a algún lugar. Todo eso antes de que me uniera a The Scream Queens.
— ¿Por qué no me dijiste eso?
—Porque era vergonzoso. En todas esas ocasiones estuve de lo más nerviosa, segurísima de que tu mutti me miraría y sabría exactamente lo que hicimos en tu cuarto… Y en tu piscina, y en…
—Pues no, resulta que no sabía nada de eso como era de esperarse. Estaba realmente sorprendida, todo este tiempo ella pensó que el gay iba a ser Gumball.
—Y… ¿Estaba enojada?
—Un poco histérica, pero no creo que haya sido producto del enojo. Comenzó a decir toda clase de chistes homófobos y…
—Ah, así que viene de familia.
—Cállate, ya. —le puse en la mano sobre la boca. No estaba de ánimos para escuchar los comentarios mordaces de Marceline mientras recordaba que mi madre se puso a hablar alemán en voz alta a mitad de nuestra conversación. —El caso es que se calmó cuando se me salió decir que estoy contigo.
—No, mutti…
—No me digas que me calme, Bonnibel. Es cosa mía si me quiero poner así porque de pronto mi hija me dice que lleva diez años lamiendo alfombras.
—No llevo diez años la… —Me apreté el puente de la nariz y me mordí la lengua. Para cuando volví a alzar la vista ya me sentía fastidiada por la situación. —Mira, más bien se puede decir que llevo casi doce años negando que quiero a Marceline, ¿sí? Y no me importa si te parece mal, o si tu próximo show de stand-up va dedicado a tu hija la tortillera pero…
— ¿Marceline? —me preguntó mutti con expresión pensativa. — ¿La hija de Irina Petrikov, la que estudió contigo?
—No. —respondí de inmediato. —No dije Marceline, dije… Eh… Bueno, sí, dije Marceline, pero es otra.
—Claro, porque seguro conoces a mucha gente que se llame así, ¿no? Te voy a preguntar algo y más te vale responder… ¿Estás saliendo con esa chica Abadeer?
Mutti me miró con la intensidad de un taladro y tartamudeé hasta que por fin pude responder.
—S-sí.
— ¿La Marceline Abadeer que modelaba lencería y ahora tiene una banda?
—Sí, esa.
Mi madre se reclinó hacia atrás en su asiento, con ambas cejas alzadas y asintiendo muy despacio sin mirarme.
—O sea que todo esto empezó cuando aún estabas en la escuela.
—Sí, pero no he estado con ella todo este tiempo. No nos habíamos visto en mucho tiempo.
—Sí, sí, ya sé. —hizo un gesto con la mano para restarle importancia. —Ella estaba con ese modelo alemán tan guapo. Me la encontré varias veces con él cuando los invitaban a algún evento.
— ¿En serio? —me sorprendí.
—Se puso más guapa y encantadora que antes, si es que eso era posible. —dio otro trago al vaso de whisky que le habían llevado. —No sé qué te habrá visto, en realidad.
—Vaya, gracias. Eso duele cuando tu madre lo dice.
Para mi sorpresa, se rio aunque no parecía nada divertida. De hecho el sonido era agrio y sin pizca de humor en él, cosa que resultaba extraña y fuera de lugar en ella.
—No es eso, Bonnibel. Es sólo que Marceline es natural y espontánea y tú eres… Bueno, ¿crees que ella habría desperdiciado tantísimos años escondiéndose de la gente?
—Claro que no. —y sonreí al pensar en Marceline, a la que no le importaba cantar canciones pop en sus conciertos y convertirlas en versiones estupendas de algo que originalmente era una basura, que amaba darme besos que me dejaban sin aliento sólo por el gusto de hacerlo y sin motivo alguno, y que siempre me llevaba a algún lugar escondido para tocar todo mi cuerpo. — ¿Se te ha ocurrido que la amo por eso?
— ¿La amas porque es algo que tú no eres?
—No. Bueno, definitivamente ella es algo que yo jamás podría llegar a ser, pero no es sólo eso. —sonreí suavemente y noté que mi madre entornaba los ojos, suspicaz al ver esto. —Ella me hace descubrir cosas de mí que ni siquiera sabía y que jamás me hubiese imaginado.
—Y después de eso se quedó pensando en quién sabe qué y se fue.
—O sea que sólo tienes permiso de ser gay conmigo.
—Eso creo. Estoy segura de que mutti se fue por ahí a dar saltitos de felicidad porque es la suegra de la hija de Irina Petrikov.
— ¿Le dijiste que me amas?
—Sí, lo hice.
— ¿Y no te dio miedo? —Marcy me acariciaba la mejilla con el dedo índice.
—Sí, pero me lo aguanté. —me apoyé sobre mi mano para mirarle mejor. —Juraría que eso es lo que más le impresionó. Yo jamás le dije algo de mis sentimientos hacia Braco… Y es raro, porque yo de verdad lo quería y podía verme haciendo mi vida con él, pero no me hubiese planteado nunca la idea de decirlo en voz alta y muchísimo menos a ella.
—Entonces es oficial.
Se incorporó a medias y ahogué un suspiro al ver cómo la sábana dejaba al descubierto su torso desnudo.
—Sólo si tú también estás lista.
—Lo estoy. Sólo te estaba esperando a ti.
Nos dimos un beso que me erizó la piel y sé que a ella le sucedió igual.
— ¿Te imaginaste que sería así?
—No, por supuesto que no. —me sonrió. —Nunca me puedo imaginar nada referente a ti, princesa Bonnibel Bubblegum.
— ¿Es así? —jugueteé con su cabello. —Yo tampoco me puedo imaginar cómo actuarás, reina Marceline.
—Es verdad, ahora estás con una reina. —dijo fingiendo sorpresa. —Pero qué esnob eres.
No sentía ganas de discutir con Marceline ni en broma ni en serio, así que di un tirón para quitarle la sábana por completo y me puse sobre ella, acariciándola con la intensidad que me había guardado todos esos meses.
Hojeé la revista muy despacio, temiendo maltratarla o peor aún, temiendo hacer demasiado ruido y atraer la atención de alguien, incluso si me encontraba sola por completo, pero sentía que todos los sonidos estaban amplificados y que alguien vendría corriendo para señalarme con el dedo.
El artículo principal abarcaba varias páginas de la publicación, o más bien, el artículo era de unas cuatro páginas, cuya mitad estaba cubierta por fotografías sugerentes de Marceline junto con otras muchas páginas más. En ellas Marceline posaba en ropa interior o usando alguna camiseta y zapatos deportivos con un par de boyshorts que en ella se veían mucho más sugerentes que cualquier conjunto de encaje. Yo nunca la había visto en encaje, ni con liguero ni usando nada que no estuviese hecho de algodón, y sí la había visto usando boyshorts antes, pero no sólo de frente como en esa revista, sino también caminando de espaldas a mí, dejándose todo a la vista.
Suspiré, pasando las hojas y deteniéndome en cada una de las fotos más tiempo del que en realidad hacía falta. Me puse a pensar en cómo lucía Marceline en esa pasarela, con la imagen tan clara como si la hubiese visto un momento antes. Cerré los ojos y apreté la revista entre mi mano, desabrochándome el pantalón, aventurando mi mano libre dentro.
Comencé a tocarme de la misma forma en que ella me tocaba, dudando al principio pero ganando confianza al pasar los segundos. Estaba más húmeda de lo que había estado en años, más que con cualquiera de los chicos con los que salí en mis años de universidad y estaba muy cerca de…
Toc, toc, toc…
— ¡Mierda! —hundí la cara en la almohada que tenía más cerca, ahogando un grito de frustración, no sólo por haber sido interrumpida, sino por darme cuenta apenas de que me estaba masturbando con fotografías de Marceline en una revista FHM.
Toc, toc, toc, toc, toc…
El toque era impaciente y bastante fuerte.
— ¡Sí, sí, ya voy!
TOC, TOC, TOC
— ¡QUE YA VOY, CON UN DEMONIO! —grité subiéndome la cremallera y pasándome la mano por el cabello, frustrada. Abrí la puerta dispuesta a cerrársela en las narices a quien estuviese molestando. — ¡¿Qué?! Ah… Hola.
Gumball estaba frente a mí, visiblemente molesto. Tenía los labios apretados y sus ojos parecían un par de rendijas.
—Papá me dijo que debía venir para ayudarte a empacar y llevarte a casa.
—Ah… Sí. Esto… Yo ya he terminado de empacar, ¿quieres pasar?
Mi hermano entró y miró alrededor con gesto aburrido. Se fijó en mi mano y la señaló.
— ¿Qué es eso?
Mierda. Aún tenía la revista fuertemente aferrada, hecha un rollo en mi mano. La aventé de inmediato como si me quemara y cayó sobre la cama de Grumosa.
—Ah, nada.
— ¿Es una FHM?
—No, no lo es… Gumball, ¿vas a seguir enojado conmigo toda la vida?
—No lo sé. —alzó las manos. —Dímelo tú. Eres la que no me ha dirigido la palabra en meses aun cuando eres la culpable de tu propio enojo.
—Sí, sí, ya vale, lo acepto. Estaba enojada porque no esperaba ver… eso en la pasarela y me tomó por sorpresa.
— ¿Y por eso tenías que desquitarte conmigo?
—No, Gustav, yo… —me tapé la cara con las manos. —Te amo y me siento idiota por haberme portado así contigo.
— ¿Te sientes idiota por portarme idiota conmigo?
—Sí, supongo.
—No podía decirte nada, y lo sabes. —puso los brazos en jarras. —No creo ser el primer Prince en herir a alguien con tal de seguir siendo fiel a sus intenciones, ¿verdad?
— ¿Qué se supone que quiere decir eso?
—Nada, olvídalo.
—No, dime.
—Nada, y no me preguntes ya, ¿vale?
Su mirada era resuelta, determinada y preferí respetar.
—Está bien. —me froté las manos con nerviosismo. —Tú… ¿Trabajas con Marceline?
—A veces. —respondió con sequedad.
— ¿Y cómo está?
—Bastante bien. —Él seguía con los brazos cruzados y sonrió, pero no había nada de calidez en esa sonrisa. —Digo, tiene veintidós años y es millonaria, guapa y tiene un novio guapísimo. Creo que no podría estar mejor.
—Bien. Me alegra. —Respondí pero una pequeña parte de mí, la más egoísta, no se alegraba. Sabía que Marceline salía con Viktor Krieger, un modelo alemán cotizadísimo, pero por alguna razón se sentía mal saberlo. Creo que no eran celos, sino más bien algo así como añoranza.
Él asintió y señaló hacia una esquina en la que tenía unas maletas.
— ¿Esto es todo lo que te vas a llevar?
—Sí. Bueno tengo otras cosas más, pero…
En ese momento Grumosa entró dando un portazo.
— ¿Te puedes creer que he suspendido con esa vieja zorra Atkins? Esto es una mierda, yo… Hey, ¿por qué demonios hay una FHM sobre mi cama?
Me desperté con el sonido de música… Música lenta, bella y que me daba ganas de llorar. Veía una delgada rendija de luz por debajo de la puerta y extendí mi brazo. Marceline no estaba allí. Su lado de la cama se sentía frío y por tanto yo también, así que me levanté, me puse la ropa interior y revolví el clóset de Marceline en busca de algo qué ponerme para ir a verle. Encontré una camiseta negra que me quedaba bastante grande pero no me importó y seguí el sonido del piano.
Marceline estaba tocando algo y cantaba en voz muy baja, tomando notas de vez en cuando y entonces me vio. Sus ojos se iluminaron y me enamoré un poco más en ese momento. Marcy tenía los ojos más puros y expresivos que hubiese visto en la vida, tan impetuosos como un río en un día nublado.
—Hola. —me saludó con una sonrisa. — ¿Te desperté? Discúlpame.
—Eso no importa, pero deberías estar dormida. Imagino que tu gira estuvo de locura y necesitas descansar.
—Lo necesito sí, pero tenía ganas de tocar un poco. Pasa después de verte.
— ¿Es una canción nueva? —pregunté para tratar de disimular que estaba sonrojada por su declaración… Incluso una persona como yo puede derretirse si de la nada le sueltan que inspira a alguien para que escriba música.
—Bueno, ni tan nueva. Llevo ya un rato con esto.
—No es muy del estilo de la banda. —observé.
—No, no lo es. —asintió y volvió a tocar unas notas de la canción. —Estoy trabajando en algo más.
— ¿Y puedo preguntar de qué se trata?
—Aun no. —Me guiñó un ojo.
— ¿Y al menos puedes tocar de nuevo esa canción? Me encantó.
Me senté a su lado mientras ella tocaba desde el principio.
— ¿Y qué hay de nuevo en Candy Kingdom? Digo, no es que me interese, pero tú te desvives por ello, y bueno… —Gumball se encogió de hombros con indiferencia.
—Pues van a eliminar el caramelo de cereza.
— ¡No! —exclamó en un susurro llevándose una mano a la boca. — ¡Pero si lleva años en Candy Kingdom!
—Sí, e igual lleva años siendo segregado por los consumidores, igual que las pasas de un panqué.
— ¿Y esa fue la mejor idea? ¿Eliminarlo por completo?
—Ni siquiera te gustan esos caramelos, Gumball, deja de lloriquear ya.
— ¿No podían intentar otra cosa? ¿Cambiarle ese horrendo sabor a jarabe para la tos, por ejemplo?
—Parece que no. —respondí mientras seguía tecleando en la computadora. No sé por qué, pero entonces algo se me vino a la mente. Un recuerdo. —Creo que deberíamos cambiarle el sabor y el nombre.
— ¿El nombre? ¿Y eso para qué?
—No lo sé, para que tenga un nombre pegajoso.
— ¿Y qué nombre le pondrías?
—Algo que suene como a doble sentido. El sexo vende. Algo como 'Cherry Popper'.
La cara de Gumball era un poema: pasó de la confusión, a la perplejidad y finalmente sonrió.
—No suena mal. Definitivamente un caramelo con ese nombre llamaría mi atención.
— ¿No suena demasiado estúpido?
—Pues sí, pero eso no quita que me guste la idea.
—Supongo. —Y sonreí.
—Otra vez tocas la misma canción. —dije sentándome junto a Marceline en un lugar que ya se había vuelto el acostumbrado para mí.
— ¿Te ha dejado de gustar?
—Para nada… Es sólo que me resulta extraño, ¿sabes?
— ¿Recuerdas Mushroom Wars?
Entonces comprendí. Tomé la mano de Marceline y ella me apretó.
—Te amo. Y estando contigo siento que puedo hacer cualquier cosa, ¿qué tan cursi es eso?
—Muy cursi, diría yo, reina vampiro.
—Pero qué insulto. —me respondió lanzándose a mi cuello. Yo la dejé hacer y en un momento me separé de ella y la miré fijamente.
— ¿Nos vamos a volver una pareja cursi y aburrida?
—Bonnie, Bonnie, Bonnie… —Marceline negó y chasqueó la lengua con desaprobación. — ¿Crees que yo dejaría que eso pasara?
—Eso me temí. —respondí fingiendo temor, pero Marcy sólo me plantó un beso.
