+ Y al Regresar a Casa… +
Interludio 2 – De libertad y amor
¡Ramera! ¡Zorra! Gritaba para sus adentros, como si de súbito le asqueara aquel irreprimible deseo que él mismo había engendrado en ella. Le dio una patada que la dejó de lado en el suelo, sollozante. Sin preguntarse si había aún móviles para sus acciones, volvió a separarle las piernas y a introducirse en ella con tanta violencia como pudo. Repetía, desbordantemente absurdo, las palabras en su cabeza Ramera, ramera, sin darles lugar en el enrarecido aire de Lior, pero hambriento por descubrir cómo sonarían pronunciadas con la torpe voz de Edward. Casi se le escapa susurrárselas en el oído, de puro placer que le daría ver su cara de horror, no obstante, contrariándose en su corazón, se dijo: el deber ante todo. Subía la mano por sus muslos, por sus caderas, por su moreno vientre y sus pezones alzados, ¡Tan poco virgen ella, tan abarrotada de manos de decentísimos oficiales! Largó una carcajada, sofocándola enseguida con gemidos y murmuraciones carentes de sentido.
-¡Oh, mi pequeña! –Se le ocurrió de pronto exclamar, burlándose porque todo el asunto le resultaba en exceso chistoso. Ella hacía oídos sordos a sus necedades, como si en su cerebro todo se transformara en dulces frases de amor, en rosas despinadas, en chocolates el día de San Valentín, ¡Y en mil tonterías más, pues quién sabe qué imaginaba ya su mente afiebrada de esclava liberada por sorpresa, borracha de tortura! Los meses pasados en la improvisada celda que los militares prepararon para los prisioneros tomados en su pueblo se le habían incrustado todo alrededor de las neuronas, cancerígenas angustias que le devoraban la conciencia a pasos agigantados. Este hombre, este muchacho, ostentando una última puerta a la cordura, la había desencadenado, azuzándole memorias e invitándola a huir con él. Pero, ay, es tan mentirosa la libertad…
Agitados, recorrían el espacio de la carpa con sus cuerpos llameantes, chocando de cuando en cuando con unos cadáveres cubiertos de colchas que él hábilmente le había hecho creer que eran un cúmulo de basura. Por mucho que se lo negara, por dignidad o lo que fuera, lo cierto es que él estaba excitado como nunca, recordando sus correrías de adolescente hacía años y años y años… después de esto, el viejo deseo habría de renacer y no abandonarle nunca, absorbiéndolo y consumiéndolo, pero ahora, ahora era entera novedad y estaba fascinado con la capacidad para embriagarlo que acababa de adquirir la realidad. Sin autoobjetarse a pesar de sus ridículas excusas, se explicó racionalmente que tendrían que repetir el acto en múltiples ocasiones si quería asegurarse de embarazarla. Ella no presentaría resistencia: había enloquecido y haría de ella lo que quisiera. Pensar en esto lo hizo besarla frenéticamente, mordiendo sus deliciosos labios abundantes en sangre. Y otra vez, retumbándole en el cráneo: ¡Ramera, zorra! Pero ningún insulto disminuía su necesidad de ella, aumentándola en cambio a niveles rayantes en la demencia. Había olvidado incluso que algún soldado podría oírlos, allí mal escondidos en medio del campamento del Ejército, y, cuando uno en efecto lo hizo, tampoco se cuidó de evitar que ella presenciara el consecuente asesinato.
-Shhh, shhh, mi querida… -Se apresuró a canturrearle, acariciándole el cabello con cariño de padre. –Tú no has visto nada, tú no has visto nada…
-Yo no he visto nada… -Fue la maquinal respuesta, cediendo siempre ante los falsos ojos dorados.
Estuvieron suficientes horas así como para que él perdiese la noción del idioma, incapaz ya de formular siquiera los insistentes ramera, zorra, reemplazándolos por agudos y prolongados ahhhhh… En la mañana, a ella le dolía todo el cuerpo y, sumisa, no se quejó cuando él pretendió subírsele encima. Amoratada y ojerosa, deliraba en sueños de niña, haciéndole jurar que se casaría con ella apenas terminara la guerra.
-¡Te lo juro, te lo juro! –Afirmaba él, sin molestarse en disimular la sonrisa socarrona que ella, ciega de dolor, no podía percibir.
-¡Jurámelo otra vez, por favor! –Rogaba, apretándose contra él, escapando del frío de la verdad por instinto natural.
-¡Te lo juro una y mil veces! ¡Me casaré contigo y tendremos muchos hijos!
Él seguía riéndose, tal vez disfrutando de los futuros tiempos, cuando pudiera mofarse de quien tendría que cumplir sus disparatadas promesas. La levantaba luego en el aire, viéndola desnuda y queriendo que esa carne no se le agotase jamás, apoyándola en el estaca que sostenía la carpa hasta que ambos caían sobre la arena, vencidos por el peso de tanta estupidez amontonada. ¿Qué pensaría su madre de ese juego? ¡Oh, seguramente reiría como él, con ese gusto mórbido que sentía por desparramar el pecado, para justificarse más tarde, cuando tuviera ocasión de declarar tengo que limpiar esta ciudad corrompidísima…! ¡Tan gracioso y bello es este mancillado mundo!
-¡Puedo jurártelo cuanto quieras, porque es verdad! ¿O acaso no confías en mí?
-Claro que confío… sí, confío… confío…
-Dímelo, dímelo otra vez….
-Confío… confío en ti…
Feliz con oraciones tan sublimes, tan alejadas de todo lo posible, él terminó, exhausto. Mucho más tarde, ella despertó y se encontró sola. No entendiendo porqué habría desaparecido, lo llamó. Se cubrió como pudo con las mantas de los muertos, no discerniendo los ojos salidos y la sangre seca del resto de las cosas allí apiladas. Salió y caminó por el desierto, tambaleándose, buscándolo. Durante días pudo escucharse todavía, violando el silencio, aquel llamado, aquel ruego:
-¡Edward…! ¡Vuelve!
Próximos Capítulos: agregando a lo ya advertido en el apartado del capítulo anterior, puedo decir que habrá renovación de discusiones viejas. ¡Oh, éramos tan felices!
Notas de Autora: mientras termino el capítulo 24, pensé en dejarles este Interludio de regalito de Navidad. Recuerden que les dije que los interludios no respetarían cronologías: este se remonta en el pasado hasta volverse contemporáneo a la serie. Si a demasiados lectores les resulta incomprensible, publicaré más adelante otra cosilla que anduve escribiendo y que viene a ser la explicación de esto. Pero estuve pensándolo, y preferiría no tener que hacerlo. Estoy iniciándome en este tipo de escritura, con sexo hetero y algo de tortura, así que toda opinión será en extremo agradecida. La buena influencia del momento fue Naná, de Emile Zolá. Les deseo lo mejor de lo mejor para las fiestas y para los días ordinarios todavía más.
Adieu.
Lila Negra.
Fecha de realización: Lunes, 25 de Diciembre de 2006
