Naruto se quedó de pie donde el sacerdote le señaló que lo hiciera, se sentó donde le indicaron y caminó al ritmo que su prometida, con sus deliberados pasos cortos, podía seguir. Las velas brillaban en la catedral y la gente se encontraba en una atmósfera festiva mientras los participantes de la boda aprendían cuáles eran sus puestos de las indicaciones del jefe de ceremonias. Incluso Sasori sonreía mientras les contaba a sus compatriotas un viaje a los Alpes que realizó en la infancia. Naruto puso toda su voluntad en mostrar un aspecto suficientemente amistoso, las manos en los bolsillos de sus pantalones azul oscuro. Después de todo, pronto tendría todo aquello que, supuestamente, deseaba: Konoha sería suya para que la cuidara y la protegiera. La restauración de los Uzumaki. Dos millones de ducados de oro. Toneri Otsutsuki arrestado y a la espera de juicio por crímenes contra el pueblo de Konoha. Y una esposa a la cual resultaría sencillo mantener a una educada distancia. Por supuesto, su mirada seguía vagando cuando intentaba escuchar la vivaz cháchara de su prometida. Eso era exactamente lo que quería.

En cuanto a la boda real, ésta debía ser un gran despliegue. Una fiesta lujosa, una farsa suntuosa y enorme. Oyó algunos comentarios de los invitados acerca de su humor taciturno. Algunos de ellos decían que era un muchacho generalmente serio; otros comentaban que el silencio era una muestra de sabiduría; los cortesanos afirmaron que o bien era un hombre de humor sombrío, o bien que era un hombre un tanto temeroso; Las señoras susurraban que se trataba de un hombre misterioso. Oh, las maravillas de la vida pública, pensó Naruto con tristeza. Todo eso le pesaba. Quería marcharse. A cada ronda de felicitaciones, forzaba una sonrisa y se preguntaba cómo iba a aguantar eso durante toda la vida sin tener a un alma al lado que realmente le conociera y no realizara esos absurdos juicios acerca de cualquier mínimo gesto o palabra. Se dijo a sí mismo que esa sensación desaparecería. Él era una novedad para todos ellos en ese momento. El trabajo sería su salvación. Dios sabía que había suficiente trabajo que hacer.

Cuando terminaron el ensayo para la celebración del día siguiente, todo el mundo ocupó los elegantes carruajes para dirigirse a la mansión de invierno, donde iban a tomar un resopón. Mientras esperaba, irritado, a que la princesa y sus señoritas de compañía entraran en el carruaje, Naruto miró la catedral y se preguntó si, al día siguiente, un rayo no le caería encima cuando, en el altar, realizara esos falsos juramentos ante Dios. Tuvo gran dificultad en escuchar la charla de las muchachas en el carruaje, así que se quedó contemplando el oscuro paisaje a través de la ventana mientras echaba de menos a Hinata tanto que todo el cuerpo le dolió. No ser egoísta era mucho más difícil de lo que parecía.

Cuando consiguió salir de su melancolía y volver al presente, se dio cuenta de que el oscuro paisaje de su alrededor adquiría un siniestro tono familiar.

— ¿Dónde estamos? —preguntó, sintiendo un escalofrío en los brazos.

Justo cuando llegaron al Paso principal, madre tomó a la pequeña Naruko que dormía, se la puso en el regazo y volvió a sentarse sobre el cojín de terciopelo.

« ¡Vaya! —dijo—. ¡Cómo se movía el mar! Gracias a Dios, estamos todos sanos y salvos.» Naruto dio un fuerte puñetazo contra la puerta del carruaje.

— ¡Cochero, alto, maldita sea!

Las damas se exclamaron ante esa obscenidad. El coche se detuvo. Naruto salto del carruaje con el corazón acelerado y desenfundó la espada. Miro a su alrededor, alterado, pero no vio a ningún hombre enmascarado, a ningún caballo nervioso ni escuchó ningún grito, no vio ningún rayo. Se encontraba solo con la brillante espada real en la mano. La brisa nocturna mecía las ramas de los árboles, y sus susurros parecían suspiros de fantasmas en duelo.

— ¿Qué sucede, señor? —preguntó alguien desde su espalda.

—Déjale —respondió Sasori, con buen sentido.

Las muchachas hablaron en susurros, sin comprender nada. Naruto se alejó unos pasos de ellos.

Con el corazón encendido observó el terreno a lo largo de la carretera, donde su familia había sido masacrada. Parecía un espacio normal pero en él la muerte serpenteaba como una negra serpiente entre las violetas. El estrecho camino que rodeaba el bosque le llamó la atención, al igual que lo había hecho dieciséis años antes, y le atrajo de nuevo.

«Sobrevive, y mantén el linaje.»

Las hojas muertas crujieron bajo sus pies cuando se internó en el bosque en el cual, de niño, había penetrado enloquecido de terror. Al poco tiempo llegó a los arrecifes de sesenta metros de altura. Allí el viento le hacía ondear los faldones de la levita. Miró hacia abajo, a las agitadas y arremolinadas aguas.

«Pobre y pequeño infeliz —se dijo al niño que una vez había sido—. Es un jodido milagro que sobrevivieras.»

Observó las oscuras y distantes aguas mientras una idea cobraba forma en lo más profundo de su ser. Sintió que una emoción para la que no encontraba nombre empezaba a culebrear en su interior, acompañada de una delicada angustia a la vez dulce y amarga. Solamente podía pensar en que, al final, había cumplido la promesa que le había hecho a su padre. Pero había roto otra clase de juramento, pensó con tristeza, uno que realizó más allá de las palabras y que se encontraba marcado a fuego en su alma.

«En mi corazón, soy tu esposa —le había dicho ella—. Eso me basta.»

«Ah, Hinata. ¿Qué voy a hacer contigo?»

Naruto levantó la vista hacia las estrellas, desconsolado. Hinata era su brújula, la estrella que le había guiado hasta el hogar durante la tempestad. Ella había salvado su alma. Se lo había ofrecido todo y él lo había rechazado. No había podido hacer otra cosa, porque la muerte de Iruka había demostrado que la maldición era real.

«Pero ¿cómo podía ser real?», pensó, desgarrado.

Tiempo atrás ni siquiera se hubiera atrevido a creer que era posible que recuperara su reino, pero su amor por Hinata y el de ella por él había hecho que lo imposible se realizara. Quizá ahora estaba igual de equivocado al creer que no podía tenerla a su lado.

«Pero, ¿y si... ?»

Y si. Siempre, y si. La vida era un asunto peligroso, se mirara como se mirase.

Sí, pensó, uno podía volverse completamente loco si continuaba dándole vueltas demasiado tiempo a la fragilidad que implicaba la propia mortalidad, por no hablar de la mortalidad de aquellos a quienes se ama. La vida se encontraba tan íntimamente ligada a la muerte que evitar a la una significaba evitar a la otra; la única manera de escapar al miedo sobrecogedor a la muerte, pensó, era abrazar la misma muerte. El había rechazado esa opción definitivamente al lanzar su bala de plata al mar. Pero ¿abrazar la vida? No estaba seguro de que tuviera esa clase de valentía. Por ejemplo, incluso aunque consiguiera mantener a salvo a Hinata de los traidores, los asesinos y demás, la mitad de las mujeres morían al dar a luz, pensó. Era un asunto cruel: el mismo proceso de la vida se encontraba enlazado con la muerte. Si él la aceptaba de nuevo en su vida, antes o después vendrían los niños. Estaba seguro de que amaría a sus hijos pero ¿y si le eran arrebatados? Los niños eran más frágiles que un capullo de rosa. ¿Cómo podría soportarlo? Además se daba la situación de que a Hinata le gustaba trabajar entre los pobres, a pesar de la suciedad y las enfermedades. Ella tendría que morir en algún momento. Incluso aunque no existiera una maldición real, vendría el día en que él tendría que llevarla a la tumba, ya que dudaba que Dios, en su generosa crueldad, permitiera que fuera él el primero en marcharse.

« ¿La estás protegiendo a ella realmente O estás intentando evitar el dolor, estás huyendo para salvar la piel?»

Parecía que las estrellas arriba, y las aguas, abajo, guardaban una respuesta que él era demasiado estúpido para encontrar, una respuesta que tenía que ser evidente pero que le resultaba imposible adivinar.

Observó el mar y el cielo hasta que empezó a sentirse mareado. Se agachó sobre una rodilla sobre las rocas lavadas por el viento e intentó recomponerse. Con el codo apoyado sobre la pierna, el rey tenía el rostro hundido entre las manos.

« De cualquier manera, estoy maldito.» pensó. El sentimiento de desesperación era tal que no sabía si reír o llorar.

«Todos estamos malditos de una forma u otra, y así es la vida. Así que es mejor ser feliz.» Empezó a reír con suavidad y con tristeza infinita ante esa reflexión, esa filosofía popular, ese tipo de sabiduría que se encontraba en labios de cualquier abuela de Konoha, delante de la cocina, en el aire lleno del olor del ajo frito el olio. ¿Era posible que la vida fuera tan sencilla? Cerró los ojos con fuerza, deseando poder creerlo.

«Pero me será arrebatada. No podré soportarlo. ¿Por qué los arrebataron a todos? ¿Por qué perdí a todo el mundo?»

Entonces, inconfundible, oyó la voz de Iruka en su interior, su maestro que intentaba inculcarle, con paciencia, cierta lógica ante su extremado temperamento.

«Invierte la cuestión, muchacho. Eres un terco. Estás contemplándola en sentido equivocado.»

Pasaron unos instantes y Naruto no se movió. Casi no podía respirar. Quizá, pensó cuidadosamente, había estado tan atrapado en su rabia por su desgracia y en preguntarse el porqué que ni siquiera había considerado la posibilidad de considerarse afortunado por aquello que sí tenía. Se sobresaltó al darse cuenta de que tenía muchas cosas por las que sentirse agradecido: trece hermosos años al lado de una madre que le adoraba, un padre que era como un héroe de la mitología griega. También su hermano y su hermana pequeña, con su alegre risa. Algún milagro le había salvado de las tormentas y del mar. Estaba vivo y era fuerte y, gracias a la hija de su enemigo, había probado la más sutil dulzura que la vida puede ofrecer: el amor incondicional. Ella le había envuelto con su amor, de forma totalmente entregada y ese era el regalo que le había sido ofrecido. Sí, pensó, con los ojos clavados en el mar brillante. Hinata estaba viva. Hinata era un milagro mayor de lo que él se merecía y, por Dios, si existía alguna maldición, su mutuo amor era lo suficientemente fuerte para romperla.

Observó las aguas removidas y sintió que un sentimiento de humildad le inundaba. Bajó la cabeza y su espíritu quedó en absoluto silencio.

«Gracias», pensó, con los ojos cerrados.

De repente, se levantó. No había un momento que perder. Ya había perdido mucho tiempo. ¿Y si ella no le perdonaba? Esa idea era demasiado terrible como para hacerle caso.

Mientras caminaba deprisa hacia el carruaje que le esperaba, se dijo a sí mismo que, en caso de que ella le rechazara, bueno, simplemente la raptaría y la obligaría a amarle de nuevo. No le daría ninguna oportunidad. La amaría hasta que ella no pudiera soportarlo más.

Naruto tomó uno de los purasangres de uno de los cortesanos, se disculpó con brevedad de la princesa y saltó a la silla sin ofrecer ninguna explicación. Impaciente, se arrancó el fular y se sacó la levita: demasiada educación. Galopó como si el diablo le persiguiera hacia el convento con una única idea en la cabeza. Rogar a su reina que le permitiera volver, no perder ningún precioso momento más de ese tiempo de que disponían para compartirlo en la tierra, bajo el cielo estrellado.


Después de vísperas, Hinata permaneció sentada en la capilla durante un largo rato. Llevaba el hábito negro de novicia que la madre superiora le había dado.

Sumida en sus pensamientos, jugueteaba con un mechón de pelo. Pronto tendría que cortárselo, en cuanto entrara en la orden. A Naruto no le habría gustado. Inmediatamente, junto a esa idea sintió un diminuto pinchazo en el corazón. Suspiro, los ojos se le humedecieron. Las velas votivas brillaban ante la serena tez de la pálida virgen de mármol y los fantasmales ecos de las voces de los cánticos de las hermanas llenaban el aire. Del altar le llegaba al tierno aroma de las flores silvestres que lo adornaban. Al final, Hinata se levantó del banco, hizo una reflexión con gesto cansado y abandonó la capilla. Penetró en el oscuro pasillo de piedra. Su mente se encontraba completamente ocupada por él, sus pestañas negras como la tinta, su sensual risa, su sonrisa maliciosa, el éxtasis.

«Hyuuga Hinata, ésos no son pensamientos apropiados para una monja.»

Cruzó los brazos alrededor de la cintura, abrazándose, y avanzó por el salón. Sentimientos de carencia y de tristeza le inundaban todo el cuerpo. Al girar por una de las esquinas, tropezó con seis fornidos soldados vieneses que caminaban hacia ella. Uno de ellos le habló en un pulcro tono, el idioma de las cortes.

—Señorita Hyuuga, por favor, venga con nosotros.

— ¿Para qué?

—Tenemos órdenes de escoltaros a usted y a su prometido hasta la costa.

— ¿Mi prometido? —exclamó, sorprendida.

—Querida, por fin —dijo Toneri mientras se acercaba desde detrás de los guardias.

Ella le miró y, automáticamente, se alejó de los soldados. Conocía esa sonrisa de suficiencia en su rostro y, horrorizada, vio que tenía una pistola en la mano.

— ¿Qué sucede? ¿Dónde conseguiste esa arma? ¿Dónde están tus guardias? Creí que Naruto te había trasladado a prisión.

Ella agarró por el brazo, por encima del codo, con firmeza.

—El rey no es el único poder que hay aquí, querida. Su reina no desea el obstáculo de tu presencia —murmuró en español para que los austriacos no le comprendieran—. A cambio de mi libertad, he accedido a quitarte de en medio para que ella pueda tener a su esposo para sí misma por completo. Pero tú y yo, querida, nos tendremos el uno al otro tal como queríamos en un principio.

— ¡No puedo ir contigo! Tengo que quedarme aquí, y tú debes presentarte a juicio por tus crímenes —repuso, enojada—. ¿Conoce la princesa los cargos que existen contra ti?

—No discutamos más, querida. No estás en peligro. A partir de ahora yo cuidaré de ti...

— ¿Igual que cuidaste de mí la noche en que Naruto tuvo que intervenir? — replico mientras se soltaba de él.

Él apretó las mandíbulas un momento. Sus ojos cristalinos brillaban furiosos.

—Ni tu presencia ni la mía son deseadas en Konoha, Hinata. —contestó con rapidez, en tono seco—. No te olvides de que eres la hija de un traidor. Los hombres del Consejo me han traicionado igual que traicionaron a tu padre. Así que deja de discutir...

— ¿Qué quieres decir con eso?

—No hay tiempo para explicaciones.

— ¡Dímelo! ¿Cómo traicionó el Consejo a mi padre? Me estás ocultando algo.

El levantó la vista al techo un instante, como si estuviera perdiendo la paciencia, y luego volvió a mirarla.

— ¿Dejarás de discutir si te lo cuento?

—De acuerdo —mintió ella.

Él habló deprisa y en voz baja:

—La muerte de tu madre no fue un suicidio. Fue eliminada porque iba a delatar la conspiración que existía contra los Uzumaki. Ella sabía que su vida corría peligro, así que te mandó lejos, con tu tía en Sunagakure. Tu padre nunca supo la verdad.

Ella dio un paso hacia atrás, pálida, con las dos manos sobre la boca.

—Ahora, vamos antes de que nuestra escolta empiece a cuestionarse sus órdenes y cambien de opinión.

—No voy a ir contigo —exclamó Hinata—. Yo pertenezco a este lugar.

— ¿Me has mentido? ¿Tú? —preguntó él, asombrado. Entrecerró los ojos y le agarró el brazo con más fuerza. La obligo a ponerse de cara a la salida que se encontraba al final del salón—. Tus nuevos talentos resultan muy curiosos, pero todavía no lo comprendes. Tú eres la llave que abrirá mi jaula, Hinata, y el tiempo se está acabando. —Empezó a tirar de ella.

— ¡No puedo abandonarlo! —Hinata se retorció, resistiéndose.

Él se detuvo y le miró.

—No puedes hablar en serio, ese hombre es un animal.

—No voy a ir contigo ¡Lo amo! Toneri, y tú debes enfrentarte a la justicia.

—Eso es absurdo —exclamo él, muy exasperado. Inmediatamente, volvió a adoptar su habitual tono de condescendencia que tan familiar le resultaba a ella y quiso tranquilizarla como si fuera una niña enojada—. No te preocupes, querida. Con el tiempo le olvidarás. Me preocupo por ti, Hinata. Siempre lo he hecho.

Volvió a cogerle el brazo.

— ¡Llevo un hijo suyo! —gritó Hinata en el idioma del país de los demonios para que los soldados lo comprendieran y se dieran cuenta de que no debían llevársela.

Ahora. Por fin lo había dicho en voz alta, pensó, aliviada y temblorosa al mismo tiempo. Su embarazo dejaría de ser un secreto.

Los soldados cruzaron miradas de perplejidad, pero Toneri empalideció.

—Ésa es una mayor razón para que la princesa desee que se marche —les dijo Toneri a los hombres. La sujetó—: Vas a venir conmigo.

—No.

Ella intentó huir, pero los fornidos guardias la atraparon.

—Me temo que él tiene razón, señorita —dijo uno de ellos—. Cuestiones de herencia y demás.

Hinata empezó a tomar aliento para gritar llamando a Sai y a los demás Hermanos, pero el soldado le puso una mano sobre la boca.

—Me decepcionas, Hinata. —murmuró Toneri, mientras se le acercaba con gesto amenazador—. Nunca creí que te gustara ser la puta de un hombre. Ahora tendré que encontrarte otra utilidad.

Hinata le golpeó sin ningún éxito. Toneri dio un paso atrás para esquivarla, sonriendo perversamente.

En esos momentos, Hinata vio a Konohamaru. El chico estaba completamente inmóvil observando la escena. Rápidamente, se desvaneció en silencio. Los hombres no le habían visto. Entonces Toneri la agarró y la casi arrastró a través del salón iluminado por las antorchas.


Naruto llegó cabalgando hasta el convento. Una vez en el patio adoquinado, salto del agotado caballo y lanzó las riendas a uno de los ociosos Hermanos que guardaban la entrada excelentemente iluminada.

—Buenas noches, capitán —dijo el hombre e, inmediatamente, se corrigió—: Quiero decir, Su Majestad.

Naruto sonrió y abrió la enorme puerta de madera de un empujón. Entró. En el enorme comedor encontró a sus hombres, que se reían.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó Sai, pero antes de que él contestara, el rostro del él se mostró sonriente.

— ¿Dónde está? —gritó Naruto con voz potente.

— ¡Ah, ha recuperado el sentido común! —rió Sai mientras daba una palmada.

—Creí que era una fierecilla —exclamó Kiba.

—No, aunque fuera la única mujer que quedara sobre la capa de la tierra —se mofó Shikamaru.

—Todos sabíamos que no podíais vivir sin ella, muchacho —se rió el doctor.

—Por ahí. —Sai señaló hacia el pasillo de piedra que se alejaba del comedor—. La pobre está en la capilla. Quería estar a solas con su tristeza. Casi nos ha roto el corazón, sí.

Naruto le dio una palmada a Sai en la espalda.

—Amigos, deséenme suerte. Voy a humillarme por mi vida —declaró.

Naruto se dirigió hacia el pasillo cuando la sala de bóveda se llenó con un grito agudo.

— ¡Señor Sai! ¡Shikamaru!

Konohamaru apareció por el corredor iluminado con antorchas. Tenía los ojos muy abiertos. Se detuvo en seco, sorprendido al ver a Naruto.

— ¡Capitán! ¡Tienen a Hinata! ¡Se la están llevando!

— ¿Quién es? —preguntó él mientras los hombres se ponían en pie.

— ¡Los guardias extranjeros y Toneri!

Naruto empezó a correr por el pasillo con la espada en la mano y sus hombres le siguieron a corta distancia. Tenía el corazón acelerado por el miedo. Giró una esquina justo a tiempo de ver al último de los guardias que salían por la formidable puerta que se encontraba al final, una salida lateral.

— ¡Alto! —rugió.

El guardia se dio la vuelta.

— ¡Majestad!

El hombre se quedó quieto en la puerta abierta, tal y como le había ordenado. Naruto corría hacia él con una expresión en el rostro que presagiaba tormenta. Los otros guardias también le vieron y se detuvieron, sin atreverse a desobedecerle, pero él pasó de largo entre ellos. Tenía un mal presentimiento de lo que iba a encontrarse.

— ¡Apártate! —le gritó Toneri mientras llevaba la pistola a la cabeza de Hinata.

Naruto se detuvo en seco. Hinata pronunció su nombre, sollozante.

Naruto bajó el filo de la espada y miró con intensidad los ojos de su amada mientras continuaba aproximándose lentamente.

—Todo está bien, Hinata. —dijo en tono pausado—. Ahora estoy aquí.

Ella le miró fijamente, pálida.

—Haz que me deje ir, Naruto, por favor —dijo con la voz entrecortada.

— ¿Qué quieres, Toneri? Déjala ir y aceptaré todas tus peticiones.

— ¿Esperas que te crea? ¿A ti... pirata? —se rió el vizconde con una risa amarga e histérica.

—Deja ir a Hinata. ¿Qué quieres? ¿El perdón? Concedido. ¿Dinero? Pon una suma.

— ¡Quiero de nuevo el futuro que tenía! —exclamó él—. ¡Este pueblo es mío!

—No, esta pueblo es mío. —repuso Naruto.

Tenía toda la atención concentrada en el rostro de Toneri. Al ver el miedo en los cristalinos ojos de él, cambió de táctica. Toneri sólo tenía una bala en la pistola. Si era capaz de desviar esa bala hacia sí mismo, pensó Naruto con rapidez, Hinata se encontraría a salvo y los Hermanos caerían sobre Toneri de inmediato.

—Eres un cobarde, Toneri. —le dijo, complacido—. ¿No puedes luchar por ti mismo? ¿Necesitas esconderte detrás de las faldas de una mujer para salvarte?

— ¡Cállate! —gritó el

— ¡Culo temblón! —añadió Naruto en tono suave y con una sonrisa salvaje en el rostro.

— ¡No te tengo miedo!

—Deberías tenerlo —le advirtió Naruto—, porque esta vez no sólo te voy a romper la muñeca. Voy a romperte todos los huesos del cuerpo y luego voy a sacar el cuchillo y jugaré con él un rato, igual que hiciste con mis hombres.

—Oh, Dios —lloró Hinata.

— ¿Te gustan los tiburones, Toneri? En nuestras costas hay muchos. Peces martillo.

— ¡Cállate! ¡Te mataré!

— ¿Crees que puedes hacerme algo? Adelante, inténtalo. Dame esa bala. Déjame que te muestre mi talento en volver de entre los muertos.

—Naruto, no —suplicó Hinata.

—Toda va bien, Hinata. Mira, pequeño Toneri, estoy sólo a... ¿qué... unos dos metros de ti? Apuesto a que ni siquiera eres capaz de acertar desde ahí.

Se aproximó a ellos despacio mientras Toneri retrocedía hacia el carruaje que les esperaba con Hinata entre los brazos y la pistola todavía apuntando a su cabeza. Naruto, concentrado por completo en la desfalleciente voluntad de Toneri, enfundó la espada y mostró las manos vacías.

— ¿Lo ves? Ahora tengo las manos vacías. Adelante, dame esa bala, Toneri. Ambos sabemos que es a mí a quien quieres matar, realmente. ¿No te gustaría librarte de mí? Podrías recuperarlo todo de nuevo, ¿no es así? Ah, pero eres demasiado cobarde para intentarlo. Lo único que deseas es esconderte detrás de una mujer y huir. Pero nunca lo conseguirás.

—Hijo de puta —le dijo Toneri, jadeando—. ¡Voy a dispararle a ella! ¡Vas a perderla a ella y al niño!

Naruto se detuvo en seco. Miró a Hinata, conmocionado. Ella tenía el rostro lleno de Lágrimas.

—Por favor, Naruto. —susurró, En cuanto vio que estaba distraído, con los ojos clavados en ella, presa de la sorpresa.

En el momento en que apretó el gatillo, Hinata le golpeo el brazo hacia arriba mientras soltaba un grito de rabia y se soltó. La bala pasó por encima de la cabeza de Naruto. Toneri rugió de rabia, corrió hacia el carruaje y saltó al asiento del conductor. En un segundo, Naruto llegó detrás de él. Los guardias detuvieron a los caballos antes de que éstos pudieran dar un segundo paso. Naruto arrastró a Toneri fuera del asiento del conductor y lo lanzó a un lado. Le dio dos puñetazos en la cara con todas sus fuerzas. Luego le tiró al suelo y desenfundó la espada. Pero no le degolló. Era Uzumaki Naruto y él no mataba nunca delante de una mujer.

Jadeando y con la espada sujeta con ambas manos, apoyó la punta del filo en el cuello de Toneri.

—Arréstenlo.—gruñó a sus hombres, que se estaban acercando—. Va a ser ahorcado al amanecer. Y quiero que retengan a esos soldados para que sean interrogados —añadió, mientras miraba a los hombres de la princesa con ojos amenazantes.

Sai y Shikamaru sujetaron al aturdido Toneri por los brazos y le pusieron las esposas. Naruto se apartó y se detuvo un momento para recomponerse. Se pasó una mano por el cabello. No recordaba haber sentido tanta furia en toda su vida. Cuando se dio la vuelta, vio que Hinata le estaba observando, pero al mirarla, ésta apartó la vista y empezó a caminar hacia la puerta del convento. El había intentado que le dispararan para salvarla.

Abrazándose la cintura, Hinata caminó, rígida, hacia la puerta, concentrada en sus pies, caminando uno delante del otro, y esperando a llegar a su habitación para abandonarse. No podía mirar a Naruto y enfrentarse con su fría indiferencia después de esa extenuante experiencia, sin pensar en la rabia que él sentiría por el hecho de que ella no le hubiera comunicado que estaba embarazada. No se atrevía a confiar en que lo que Naruto le había dicho a Toneri fuera otra cosa que simples trucos para romper la firmeza del él. Pero la noticia del niño había tomado a Naruto por sorpresa.

—Perdón —murmuró al tropezarse con un cuerpo que le cerraba el paso.

Vio las botas negras. Una funda de espada adornada con joyas. Sintió su olor, ese que tan bien conocía.

—Por favor, más tarde —le pidió, sin apartar la vista del suelo—. Te lo puedo explicar...

—Hinata. —dijo él con dulzura.

Ella cerró los ojos porque no podía soportar mirarle a los azules ojos justo en ese momento. El loco casi se había hecho matar. Dos dedos callosos y cálidos le levantaron la barbilla. Ella apartó la cara.

—No me toques, por favor —dijo, volviendo a bajar la cabeza.

—Mírame, amor —le dijo con suavidad.

Oh, ella nunca había podido resistirse a él.

Despacio, levantó la mirada, los ojos llenos de lágrimas. El rey la miraba con una expresión fija e intensa que ella no pudo desentrañar. Se le veía acosado y perdido. Naruto no dijo nada. Sin dejar de mirarla, sin hacer caso de los hombres y de las monjas que habían salido al oír el revuelo, ignorando a los oficiales preocupados que se sumaban a la multitud, Naruto se arrodilló delante de ella y le tomó una mano. Se la llevó a la mejilla y la mantuvo allí. Ella le miró sin comprender. Le sintió temblar.

—Acéptame de nuevo —susurró él—. Por favor, por favor, acéptame de nuevo. Hinata, eres mi esposa. Sabes que lo eres. Mi vida no tiene ningún significado sin ti.

Naruto no sabía si había sido perdonado. Despacio, con temor, se atrevió a levantar la vista hacia ella.

Ella le miraba. La luz le iluminaba el rostro. El miedo y el cansancio que vio en esos ojos de color perla, tan llenos de confianza en otro momento, le rompieron el corazón.

Ella se mordió el labio. Entonces levantó el pecho.

—Duele demasiado —le dijo por fin—. No soy tu esposa, y no puedo jugar a este juego más. Búscate otra querida.

Y, acto seguido, abandonó el lugar, dejando a Naruto solo en la entrada principal.


Damas y caballeros, con ustedes, el penúltimo episodio.

Nos queda uno mas y adiós Vendetta.

Espero les haya gustado, mañana se acaba la historia!

Gracias por los reviews y demás, son un amor. *tira confetí*

Mika-.