Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Edward's Eternal, yo sólo traduzco.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Edward's Eternal, I just translate.
Gracias a Isa por revisar y corregir este capítulo.
Capítulo 25
Me desperté parpadeando, confundida y muy caliente. Sólo me tomó unos segundos en recordar dónde estaba y descubrir la razón por la que estaba tan caliente. Para alguien que decía que usualmente no se acurrucaba, Edward imitaba bastante bien a alguien que sí lo hacía. Estaba acostado sobre mí con la cabeza enterrada en mi pecho; sus brazos estaban a mi alrededor sosteniéndome con fuerza, sus piernas entrelazadas con las mías y estaba profundamente dormido.
La habitación ya estaba a oscuras y me estiré para ver el reloj; sonreí al ver que ya eran las seis de la tarde. Ahora que el invierno se acercaba se oscurecía muy temprano. Habíamos pasado la última parte de la tarde haciendo el amor antes de quedarnos dormidos, momentáneamente satisfechos. Bajé la vista para ver a Edward dormido, y entrecerré los ojos para poder verlo en la oscuridad. Incapaz de resistirme, pasé mi mano gentilmente por su cabello, sonreí cuando hizo un sonidito de felicidad en su garganta y se presionó más cerca de mí. Suspiré con placer cuando mis dedos se enredaron en sus suaves mechones, disfrutando de la sensación de poder tocarlo libremente.
Lentamente y con mucho cuidado me salí de debajo de él. Dos veces tuve que detenerme cuando gruñó y apretó su agarre, pero finalmente me paré junto a la cama viéndolo. Me agaché para besar su cabeza, luego salí de la habitación. Encontré el jersey que había usado antes en el pasillo y me lo puse. Fui a la cocina, recogiendo prendas tiradas de ropa al pasar, hice una jarra de café y comencé a preparar sándwiches. Si me guiaba por el apetito de Edward después de su "ducha" de la semana pasada, él iba a despertarse hambriento luego de los esfuerzos de esta tarde. Sonriendo empujé a un lado la caja de condones; no habían logrado llegar a la habitación y dudaba que fuéramos a usarlos. Él se sentía muy bien desnudo dentro de mí para querer inhibir esa sensación. Sonriendo me pregunté si podría obtener un reembolso de su compra. O quizá debería donarlos a planificación familiar. Me reí de nuevo mirando la caja. Cincuenta y cuatro condones. Obviamente no había estado pensando con claridad. Recordar que yo había intentado meter ropa para una semana entera en la bolsa de Jake me hizo sonreír; supongo que ninguno de nosotros había estado pensando bien.
Trabajé felizmente, disfrutando de estar en la cocina de Edward, la cual era muchísimo más grande que la cocina estilo galera que estaba instalada en mi pequeña casa. Su casa era de buen tamaño, una bungaló en expansión, con tres habitaciones y un gran sótano terminado. Edward la había comprado como una "casa en reparación" luego de separarse de Tanya y había pasado años renovándola él mismo con ayuda de amigos. Era cálida y cómoda, aunque el primer piso no estaba muy amueblado. La planta baja era el punto central; un verdadero espacio para hombres. Había una enorme televisión, mesa de billar, un futbolito y una mesa de ping pon, y enormes sofás ligeramente usados que llenaban el espacio abierto. A Jake le encantaba allí abajo.
Miré por la ventana de la cocina hacia la pista que habían construido; el hielo brillaba debajo de las luces del vecindario y sonreí. Con Edward todo se trataba de su hijo y familia. Mirando mi jersey, sonreí; y sobre hockey.
El sonido de pisadas apresuradas me hizo darme la vuelta, y Edward apareció en la puerta. Sus pantalones de dormir colgaban bajos en sus caderas y tenía una expresión de preocupación en la cara. Iba pasándose la mano por el cabello cuando se paró y suspiró, luego sonrió aliviado.
—Sigues aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Esperabas que me fuera?
Avanzó hasta detenerse frente a mí. Sus dedos danzaron en mi mejilla y me sonrió tímidamente.
—Me desperté solo en la oscuridad. Una parte de mí estaba preocupado de que hubiera soñado todo esto.
Mi voz sonó baja.
—¿Y la otra parte?
Su boca se alzó en su dulce sonrisa torcida.
—La otra parte sabía que estabas aquí, en algún lugar. —Se inclinó, acercó sus labios a mi oído y sentí su cálido aliento en mi piel—. Podía olerte en todas partes. Justo como quería. —Presionó sus labios en mi piel, junto a mi oído—. Quiero tu olor en mí todos los días, mujer.
Un sonido escapó de mi garganta al lanzar mis brazos alrededor de su cuello, jalándolo hasta mi boca. Nuestros besos eran mojados y dulces; largas lamidas de su lengua y pequeñas mordidas me tenían abrazándolo con fuerza, presionando su cuerpo lo más cercano que podía. Sus brazos se envolvieron a mi alrededor y me levantaron sobre el mostrador cuando se presionó contra mí. Sus manos subieron por mis piernas hasta ponerse en mis caderas. Sonrió contra mi piel.
—¿Esos son mis boxers, Bella?
Me reí.
—No pude encontrar mi ropa interior.
Mordió el lóbulo de mi oído.
—Carajo, mujer; eso es sexy.
—Cómodos.
Se rio entre dientes.
—Una ventaja adicional.
—Me los voy a quedar.
Sus labios flotaron sobre los míos.
—Es justo. Ya escondí los tuyos.
*()*
Estaba acurrucada en la esquina del sofá cuando Edward entró luego de regar el hielo. Me había explicado lo importante que era hacerlo constantemente para que el hielo se formara apropiadamente; esto significaba que debía hacerlo al menos dos veces por día. Se sentó junto a mí, trayendo consigo un golpe de aire frío y un par de patines en sus manos. Inclinándose, me besó, sus labios eran duros contra los míos. Jadeé ante el frío y, sonriendo, metió sus manos bajo la manta; sus dedos rozaron mi piel y grité por la frialdad de su toque. Soltó los patines y su otra mano se unió al tocarme y hacerme cosquillas. Me removí y grité, intentando escapar de sus frígidas manos, hasta que terminé en su regazo. Sus manos se extendieron en mi espalda y temblé, tanto por el frío como por el hecho de que me había jalado a su pecho y me estaba besando profundamente. Su fría lengua jugaba con la mía en una manera que me hacía gemir de deseo. Se rio al separarse, enredando sus manos en mi cabello, me besó suavemente de nuevo antes de recargar su frente contra la mía.
—Dios, Bella, me haces tan feliz.
Le sonreí.
—Tú también a mí.
Sonrió.
—Y eres una excelente calentadora de manos.
—¿Qué te parece si usas guantes para la próxima? —Temblé y apreté más la manta a mi alrededor.
—Nah. Prefiero tu piel. Funciona de maravilla.
Bufé. Los guantes serían una mejor idea.
Me bajó de su regazo, se agachó y alzó los patines.
—Ahora podemos probarte estos.
Fruncí el ceño y él desamarró las cintas, poniéndome un patín y alzando mi pie.
—Sabía que te quedarían. Agregaremos un par extra de calcetines. Comenzaré a enseñarte la siguiente semana. La pista ya estará lista.
—Encantador.
Frunció el ceño.
—Será genial, Bella. Sólo piensa que para cuando llegue la fiesta de patinaje familiar para Navidad, podrás unirte a Jake en el hielo.
—¿Y si no puedo aprender, Edward? —Mi voz sonó baja y nerviosa.
Su rostro se enterneció al sonreír.
—Entonces te amarraré a mi costado y te cargaré por el hielo. Pero no te equivoques, Bella. Los cuatro iremos… como familia —pausó—. ¿Podemos hablar sobre Navidad? Se acerca rápidamente.
—Claro.
—Mi mamá hace un gran escándalo sobre eso. Em y yo ponemos un árbol y abrimos un par de regalos aquí, pero usualmente pasamos el día allá. Nos vamos a medio día, también Alice, Jasper y los niños asisten… —tragó—. Yo… nosotros… nos gustaría si tú y Jake lo pasan con nosotros.
—¿Tu madre sabe que nos estás invitando?
—Sí. Le prometí que te preguntaría. Pero esperaba que, quizá…
—¿Quizá qué?
Agarró mi mano y la acarició como hacía muchas veces cuando estaba nervioso. Apreté suavemente su mano.
—¿Qué, Edward? Dime.
Suspiró, recargando la cabeza en el respaldo del sofá y mirándome.
—Me gustaría mucho que hiciéramos algunas cosas juntos. Comprar un árbol y decorarlo. Mirar tontas películas Navideñas juntos. Esperaba que pudieras hornear galletas aquí y hacer que la casa huela bien. —Una sonrisa tiró de sus labios—. Pensaba que podríamos llevar a los niños al centro comercial y dejarlos comprar para vosotros, mientras bebemos café, preguntándonos qué vídeo juego que ni siquiera sabíamos que queríamos estará esperándonos debajo del árbol. —Bajó la voz—. De verdad quiero que tú y Jake vengan aquí en Nochebuena y que pasen la noche. Quiero despertarme junto a ti en la mañana de Navidad, Bella. Quiero ver a nuestros niños emocionados y abriendo regalos el uno junto al otro. Quiero comenzar nuestras propias tradiciones. Juntos.
Sentía un nudo en la garganta.
—¿Es demasiado, Bella? Te estoy presionando, ¿verdad?
Sacudí la cabeza.
—Suena…
—¿Bella?
—Perfecto.
—¿Sí?
—Navidad siempre ha sido mi época favorita del año. También la de Jake.
—¿La de William no?
Me encogí de hombros.
—No. Ni siquiera me di cuenta de lo distante que era William, incluso en festividades. Siempre éramos Jake y yo; decorando el árbol, viendo películas, comprando... Con William siempre había algo más importante que hacer. Creo que los últimos años él se sentía agradecido en cuanto el día terminaba y podía regresar a sus negocios.
—Él te descuidó. A ustedes dos.
—Sí. Y ahora me doy cuenta más y más de qué tanto —pausé y tomé una profunda y limpiadora respiración—. Me encantaría empezar algunas tradiciones realmente familiares con… nosotros.
Sonrió.
—Nosotros. Me gusta eso.
—Esa es una de las razones por las que te amo tanto, Edward.
Su sonrisa fue tímida.
—Dime.
—William predicaba sobre cómo se suponía que era una familia. Hablaba de ello. Pero nunca lo demostró. Nunca… lo puso en práctica. Pero tú… tú lo vives. Por la forma en que eres con Emmett, con tus padres, tu hermana y tu familia. Por la forma en que nos tratas, nos haces sentir importantes. Nos quieres contigo.
—Eres importante. Te quiero conmigo, junto a mí, todo el tiempo —pausó—. Si dijeras que sí, te mudarías con nosotros mañana.
—Edward…
Sonrió tristemente.
—De acuerdo, incluso yo sé que eso es demasiado pronto. Pero he esperado demasiado por ti, Bella. Somos buenos juntos, y no quiero esperar por nada más, incluso aunque sé que debería esperar. Comenzaré a preguntar pronto.
Inhalé profundamente.
—De acuerdo, entonces.
Sonrió.
—De acuerdo, entonces.
Bajó las manos a mis caderas.
—Ahora, creo que deberíamos discutir sobre mis boxers.
—Me los voy a quedar.
Sus ojos se oscurecieron.
—No me opongo. Sólo estoy pensando que quizá deberíamos ir a empacarlos en tu maleta para que no los olvides.
Lo miré por debajo de mis pestañas.
—Entonces no tendría ropa interior puesta.
Se paró llevándome con él.
—Mis pensamientos exactos, mujer.
