¡Muy buenas noches a todos! ¡Y próspero año nuevo! Espero de corazón para todos mis dos lectores, que la hayan pasado muy bien y se hayan divertido como siempre. Y que hayan recibido muchos pero muchos regalos igualmente.

¿Quieres una disculpa por no haber actualizado en tanto tiempo? ¿Porqué? Yo también estuve muy ocupada en mis cosas y muy ansiosa de que éste capítulo, que es tan importante, no me saliera de la manera que yo quería. Necesitaba un año para perfeccionarlo, supongo. pero aquí estoy ya de vuelta, y tan orgullosa como puedo estarlo de mis resultados.

Antes de proceder a presentarles lo que hay hoy por leer,también me gustaría dejar muy claro que terminar ésta historia no está en mi lista de propósitos de año nuevo, y que la fecha de su publicación no tiene nada que ver con el tema. La terminaré, porque la trama ya está bien planeada y éste pedacito de conjunto de palabras significa mucho para mi corazoncito, pero no prometo una publicación constante como llegué a tener hace un par de años. Desafortunadamente, el tiempo que tengo para escribir no me lo permite. pero haré lo posible, y recuerden que ponerse en contacto conmigo de cualquier manera posible siempre me anima un poco más a hacerme un espacio o a desvelarme de vez en cuando para llevar esto a cabo. Muchas gracias a los que aún envían sus mensajes, y estén seguros de que los he leído todos, a pesar de no poder responderlos por vergüenza.

DISCLAMIER: Inception no me pertenece. Punto. Fin de ésta triste historia. Lloremos juntos y leamos la siguiente.

¡A leer!


LA TRAICIÓN

Vanessa.

Me miré en el espejo, y me asqueé de las lágrimas que aún no habían secado en mis mejillas. Las limpié con furia para terminar de aplicarme el maquillaje.

No llegaba hasta a habitación ningún ruido. De modo que había dos posibilidades: o el resto del equipo que estaba escaleras abajo tenía un pacto de silencio, o estaban cuchicheando tan baja y tan cómodamente sobre lo que acababa de suceder. Me molestaba sólo pensarlo, pero después del drama que les había hecho, ¿qué era lo que podía esperar? No iba a quedarme para soportar sus miradas y su lástima mientras pudiera huir de ello.

Hice las llamadas que tenía que hacer, y llegaron por mí a tiempo. En el camino, perdí mi mirada en las luces que comenzaban a aparecer por la carretera. Estaba oscureciendo. Verifiqué, sentada en la seguridad del asiento trasero de ese coche en donde nadie podía realmente observarme, que llevaba todo lo que necesitaba conmigo en mi bolso.

El chofer me dejó debidamente frente a un bar que no había visitado antes, y yo sostuve fuertemente mis cosas entre mis manos, contemplando la fachada del edificio. Respiré profundo, en un ademán que ocultó muy bien mi expectativa, y entré.

El interior era muy elegante, y moderno a la vez. Justo del gusto de la persona con la que debía encontrarme. Pasé entre la gente de la primera planta y me dirigí directamente, y como si no fuera la primera vez, a los salones privados del segundo piso. Arriba sonaba una música más suave, que hacía contraste con el sonido amortiguado del ritmo de baile que resonaba debajo de mis pies. El aroma ahí era fresco, mezclado con alcohol y tabaco de una manera tan sutil que terminó mareándome en mi anticipación, provocando que se me formara un nudo en el estómago, pero no lo demostré. Caminé guiada por el camarero hasta una de las puertas cerradas, y entré.

Había en el centro de la habitación una mesa de póker, y gente elegante discutiendo a su alrededor. Yo los conocía a casi todos. Sentí repulsión al pensar las promesas que me había hecho de no relacionarme con ellas de nuevo, y en lo que pensaría Mario de saberlo. Pero eso era demasiado pesado para ocupar mi mente; así que me quité el saco, acepté la bebida que me ofrecieron, y puse mi mente en blanco. Sonreí. Me acerqué lentamente hasta la cabecera de la mesa, en donde el organizador de aquella pequeña fiesta ya se había levantado para recibirme.

—Vanessa, pero que agradable sorpresa —dijo con ése tono que yo conocía tan bien. Me clavó su fría mirada azul, recorriéndome. Sabía que me había vestido para él. Yo me dejé ser juzgada mientras volvía el rostro hacia los demás, dejando que se sorprendieran. En mi interior creció ese agujero inmenso, oscuro, que me hizo querer perder el equilibrio. Pero mis piernas se mantuvieron firmes sobre la alfombra que pisaban, modelándome.

—Aquí estoy —dije lentamente—. Gracias por tu invitación —le extendí la mano, y el la besó.

—Hablemos de negocios entonces. Caballeros —se despidió del resto.

Sebastian me tomó de la espalda y me dirigió al fondo del salón, que estaba oscuro. Yo volví la mirada para observar a los que se quedaban jugando sobre la mesa, pero dejaron de prestarnos atención. Abrió una puerta y llegamos a una nueva habitación, con un sólo sofá circular.

Tomé asiento y dejé mi bebida en una mesa. No iba a tocarla. Sobraba decir que no confiaba en él en ese aspecto.

—Ponte cómoda —me dijo mientras se colocaba a mi lado, apoyando el codo en el respaldo del asiento para verme más de frente. Su mirada era divertida, y yo fingí disfrutarlo. Crucé la pierna—. ¿Qué es lo que quieres decirme?

—He estado pensando.

—Eso creí.

—No quiero seguir con el acuerdo —solté sin más, sin mirarlo. Pero pensé que quizá eso demostraría que podría estar intimidada. Así que me enfrenté a la intensidad de sus ojos cristalinos de una forma que en mi impresión resultó mimada e insegura.

—Me lo esperaba.

Pestañeé.

—Vanessa —se paró, comenzando a quitarse el saco—. Tú no eres como el resto de nosotros. Tú, con todo y tu belleza y lo traicionera que eres… eres sentimental. Eso te vuelve débil.

Un escalofrío recorrió mi espalda, pero yo meneé el cuello y alcé la ceja como si estuviera incrédula de sus palabras, y me mofara. Él, por primera vez en jamás, estaba hablando con una sinceridad tan venenosa como penetrante, que me hizo temerle ligeramente. Soltó sus palabras con determinación y dulzura, de la misma manera que solía soltar cualquier cumplido o provocarme.

—¿Vas a sermonearme acerca de debilidades cuando Rebeca está jugando póker a tu lado?

—Ah, la viste —pareció encantado—. Sigue asustada con el proyecto, pero después de que no encontré a nadie en Suiza lo suficientemente adecuado para el equipo… la convencí de volver.

—Mientes —levanté una ceja intentando retarlo.

Él rio.

—Me conoces maravillosamente. Pero apuesto a que no sabes quién es su reemplazo.

—Me imagino que lo es Nicolás —no me moví.

—Así que a él también lo viste.

—Los vi a todos —coloqué las manos sobre las rodillas—. ¿Todos saben del trato?

—Louis no lo sabe.

—Eso no es suficiente.

—Rebeca tampoco lo sabe.

—Lo sé —alcé la barbilla—. Ella es demasiado poca cosa. Pero lo que en realidad me intriga es por qué la tienes aquí.

—Está intimidada —comenzó a desabrocharse las mangas de la camisa—. Digamos que… sé un par de cosas sobre ella con el peso suficiente para obligarla a venir con nosotros a disfrutar de la velada —tomó mi bebida, y la extendió socarronamente hacia mí en gesto de brindis. Se la bebió toda—. La traje para ti.

—Oh —un terrible escalofrío me recorrió el cuerpo, pero solté una deliciosa carcajada.

—Creíste que no lo sabía.

—¿Has estado haciendo tus investigaciones, Sebastian?

—Pero claro que no —volvió a tomar asiento—. Eso se lo dejo a mi Hombre Clave.

—¿Y Rebeca lo sabe? Porque apuesto a que estaría horrorizada.

—No lo está. O al menos no lo suficiente para huir de mis amenazas. ¿Aún quieres que la haga venir o…?

—Déjate tus experimentos para ti mismo, hombre. Ella no me interesa —desvié la mirada con enfado.

—Ah, sí; también he leído sobre eso. Pero ése no es el caso —se aproximó—. El caso era acerca de… tus debilidades.

Yo sabía irrevocablemente lo que sucedería a continuación. Sentí su voz en mi oreja, colándose entre mis neuronas y mis venas de un modo incitante. Para Sebastian, la sutileza era la mejor arma. Sentí deseo hacia él, pero no lo suficientemente fuerte para rendirme como una niña indefensa. Quería satisfacer ése deseo que nacía en mí sin culpa, y no sentirme tan rendida al final como en otras ocasiones.

—He dicho que no discutiremos sobre eso.

—Es demasiado tarde —lo sentí acercarse aún más. Su aliento olía ligeramente a licor, pero no estaba ebrio. Lo conocía lo suficiente para determinarlo—. Han hecho que me ponga celoso.

Solté aire con fuerza.

—¿Tú? —¿celoso?

—Tú y el inglés.

—¿Eames? Pensé que te referías a Arthur —hablé muy bajo.

—¿Arthur? —rio gravemente en mi oído. Hubo una pausa, y dijo—. ¿Qué es Arthur para ti, en realidad? —dijo tan rápidamente. Disfrutó del dolor que no pude evitar mostrar en mi rostro—. ¿Un sueño? ¿Un descanso en el pasado de la asquerosa realidad que vives? ¿Un consuelo? Tal vez. ¿Pero un amante…?

Sentí la saliva atorarse en mi garganta. Lo oculté mirándolo cara a cara. No pude detener el enrojecimiento de mis ojos, que comenzaba a picarme de dolor. Estaba triste. Él sonreía. Parecía un niño juguetón y un cazador dominante a la vez. Sentí mi interior fisurarse dolorosamente. Escuché voces en mi cabeza reclamándome, haciendo que palpitara y sangrara por dentro. Me decían que no debía haber aceptado sus propuestas en primer lugar. Me decían que ahora huyera de ahí. Pero respondí a su beso, fogoso en contraste con su propio tacto.

Me alejé de él.

—He tomado mi decisión.

Él puso los ojos en blanco.

—Hubiera preferido que nada dependiera de ti. Estás tirándolo todo a la basura, ¿lo entiendes?

Me tomó la cara con fuerza repentina, obligándome a mirarlo.

—Lo entiendo —respondí sin temor.

Mientras fijó la mirada en mi cuerpo vi la cara del lobo, feroz y hermoso, con sus fauces abiertas dispuestas a desgarrar mi carne. Mi piel tembló como señal de alarma. Pero yo me quedé ahí, postrada bellamente, esperando perderme en sus intenciones. Cuando se aproximó cerré los ojos, y sentí su piel contra la mía. Me dejé llevar, sintiendo frío. De todos modos, ésta sería la última vez. En mi cabeza, mientras me repetía eso, y mientras lo dejaba ser, me esforcé por ocultar en negación todas las veces que me lo había dicho antes.

Caímos, juntos, hacia una perdición amarga y adictiva en la que ambos nos conocíamos perfectamente.

—Te vas a arrepentir, Vanessa —susurraba una y otra vez, recorriéndome con la boca—. Voy a golpearlos a todos tan fuerte que te arrepentirás de haberte encariñado. Voy a tomar medidas tan drásticas que preferirás no haber roto nuestro acuerdo —lo soltaba todo pausadamente, saboreando sus propias palabras—. Te arrepentirás.

Tomé sus cabellos para obligarlo a mirarme desde mi posición, disfrutando por última vez ser la única con el permiso para hacer aquello. Sonreí retadoramente.

—Estaré preparada.

—Eso veremos —mordió mi cadera.

Él me ayudó a abrocharme el vestido cuando terminamos. Lo hizo lentamente, como le gustaba. Después, me ató el cabello. No tenía un espejo, pero sabía que había quedado bien. Así que me levanté, y él me miró como si estuviera orgulloso de lo que había hecho conmigo.

—Entonces, así será a partir de ahora —dijo—. Que gane el mejor.

Me extendió la mano en señal de tregua, pero yo me burlé.

—No somos niños para andarnos con éstas cosas.

—¿Quieres que todo termine así? ¿Mostrándome que tienes el poder que yo sé que te falta?

No sé qué temía más: adivinar el significado de sus palabras como en el pasado, o ahora que estaba siendo tan transparente con su veneno. No pude evitar que la furia subiera por mí, así que tomé su mano y alcé una ceja para agitarla. Pero él me jaló y me acercó a él. Rio.

—Esto va a ser lo único que voy a extrañar de ti —suspiró—. Todo el esfuerzo que haces para ocultar tu miedo —notó que mi pulso se estaba acelerando, y bajó la mirada para contemplarme—. Oh, no; no me hagas caer de nuevo. Ya perdí mucho tiempo de juego.

Extendió su mano con sus modos sutiles y la posó entera sobre mis labios. Yo no sentí nada más que temor, pero disfrutaba del hecho de que él quisiera hacer eso.

—Sé lo que estás pensando —sugirió—. Tú, entre tantas, y siendo yo tan selectivo… ¿Por qué a ti?

Me mantuve en silencio. Sabía que le gustaba escucharse hablar cuando filosofaba acerca de sí mismo, así que sólo esperé que terminara.

—Pues porque eres necia. Siempre estás queriendo dar la contra en todo, siempre estás queriendo jugar. Siempre te hunde tu propio orgullo —hizo otra pausa. Bajó sus manos de mis labios a mi cuello y descendió—. Todas las demás esperan que las mire, cuando tú estás segura de que no lo necesitas. Estás a mi altura. Y aun así, aceptaste mis proposiciones. Te procuras distante y fuerte, cuando en realidad no puedes obtener nunca lo que quieres. Todo lo haces con frustración. Pero sigues adelante. Y a pesar de ello, caíste. ¿Por qué?

—Porque tienes unos impactantes ojos azules —lo dije tan rápidamente, que no sentí el empujón que me dio. Sabía que su coraje surgía del hecho que no sentía dominación total sobre mí. Yo sentí el estómago retorcérseme cuando en un instante recordé de quien había adoptado la manía de responder de ésa manera. Algo me dijo que debería sentir pena acerca de lo mucho que el equipo me había cambiado, pero no fue así. Tomé mi bolso, y empecé a buscar mi perfume y mi jeringa. Me apliqué el perfume lo suficientemente disimulada para que él lo notara.

De cualquier manera, el recuerdo de un par de ojos divertidos y sinceros, juguetones y pícaros me asaltó con culpabilidad. Pero me dio fuerza. Me erguí en donde estaba, preguntándome cómo lo miraría después de esto. Antes, no había sentido culpa. Sólo enojo. Sólo ganas de vengarme. Pero ahora…

—¿Qué meditas? —me interrumpió Sebastian.

Cuando lo miré, ya se había puesto el saco. Dirigiéndome la mirada más transparente y más fija de la que nunca había sido consciente en él, me extendió la mano para salir. Podría ser un demonio, pero nada impediría que los demás admiraran su apariencia de caballero. Así que en honor a nuestra vieja alianza, y a nuestra nueva enemistad, la acepté.

—Yo no soy débil —dije con la voz más profunda que pude, sin soltarlo—. Soy más fuerte de lo que tú jamás podrás ser poderoso; aun poseyendo los secretos de todos los extractores del mundo —quise hacer crecer la pared de hielo en mi interior que tanto me hacía sentir segura, y que tan fisurada había estado últimamente. Aferrándome a la superficie resbalosa y difícil en mi mente, me sentí yo misma de nuevo, mirándolo obstinadamente con ayuda de mis zapatos altos—. Y no fui yo la que caí con tus encantos… fuiste tú.

Le clavé la jeringa en el cuello rápidamente, y lo miré caer.

Lo arrastré hasta el sillón, mientras él me miraba incrédulo. Creo.

—¿Dónde están los archivos? —pregunté, amenazadoramente. Él dirigió su mirada al bolsillo de su propio saco, y yo saqué la memoria con velocidad. Lo tomé de los hombros, mirándolo. La droga que le había administrado duraba cinco minutos en su primera etapa, la de obediencia, y estaba esperando la segunda, de reprogramación. Por lo que me había dicho el químico al que se la había comprado, podía saber si la segunda etapa había llegado si su mirada se perdía, como si se hubiera muerto. De modo que no tenía tiempo que perder—. ¿Hay otras copias? —inquirí con fuerza. Él asintió. Yo maldecí por lo bajo—. ¿Cuántas? —él alzó temblorosamente una mano para levantar el dedo índice.

De modo que sólo había otra. Bueno, de ésa podría encargarme después. Entonces su cuello cayó en el respaldo y su boca se entreabrió inanimada.

Cuando ello sucedió, su expresión estaba tan perdida que temí que en realidad estuviera muerto, pero busqué su pulso y comprobé lo contrario. Me apresuré a lo que tenía que decir, porque esto no duraba mucho tiempo.

—Ahora; hoy yo vine hasta aquí para cancelar El Trato. Te pedí una copia de los archivos pero tú te diste cuenta de que los habías perdido. Discutimos. Yo me enojé y salí furiosa de aquí. Cuando despiertes, estarás buscando todavía tu memoria.

Lo solté y tiré la copa con la que había entrado al suelo, provocando que se rompiera. Toqué mi cabello para asegurarme de que no estaba fuera de su lugar y miré la puerta por un instante. Salí de ahí estrepitosamente, provocando que todos me miraran fuera. Tomé mi saco con furia y hui lo más rápido posible. Llamé a mi chofer. El efecto de la droga duraba tan poco, que seguramente Sebastian ya estaba despierto al momento en el que yo subía al auto de nuevo.

Procuré no verme alterada, ni asustada mientras ingresaba. Pero no pude evitar mi enfado. Miré mi reloj, y me di cuenta de que no era tan tarde como esperaba volver. Tal vez podría ir a otro lugar para matar el tempo… pero no tenía ánimos. Rodé los ojos meditando acerca de lo que me esperaba al regresar, y pensé que más les valía a todos que no se les ocurriera reclamarme nada de nuevo. Luego fruncí el ceño, recordando la tontería que había hecho ésa misma mañana. Y en Mario. Ah; si Mario supiera…

Me llevé los dedos a la frente, y duré así unos segundos, apretando los párpados. Sentirme desesperada no era justificación para nada.

Pero bueno —intenté verlo desde otro ángulo—, al menos tuve la oportunidad de ver a Sebastian perdiendo el estilo...

Reí para mí misma, y luego gemí. ¿Cómo se suponía que seguiría después de esto? Las cosas iban de mal en peor. Y mi interior estaba tan tembloroso, que temía terminar soltándolo todo en un momento de rabia, o desesperación. O impotencia. Lo que necesitaba era un buen trago. Pero no iba a arriesgarme a tomarlo ésta noche. O tal vez sí; a la mierda con todo.

—Lléveme a la avenida C, por favor —comandé al hombre en el volante por medio de la bocina que estaba pegada a la puerta.

Sólo esperaba que la droga hubiese surtido el efecto adecuado.


¿Les gustó? ¿Cómo les ha quedado el hígado?

Espero se hayan entretenido lo suficiente, porque a mí este capítulo me provocó muchos dolores de cabeza. Siempre estuve consciente de cómo tenían que ser las cosas, pero simplemente no era lo mismo pasarlo a las letras. Aunque por fin pude organizar mis ideas, hurra. Puede que aún quizá tenga errores, pero la verdad es que no me importa en este momento. Ya lo pulí demasiado. Toda clase de crítica será cálidamente aceptada, sin embargo.

Muchas gracias por llegar hasta éste punto del camino. Puedo asegurarles que ya estamos a la mitad. O no.

Sigan mandando su apoyo y su amor, ¡y no olviden comentar con sus opiniones!

¡Besos y abrazotes de Año Nuevo!