Hola mis queridos lectores. Verdaderamente siento mucho haber tardado tanto en subir este capítulo. Las excusas siempre me han parecido una mera forma de decir que no he cumplido mi palabra, pero debo decir que esto ha sido por fuerzas que me sobrepasaban. Estuve muy ocupada terminando la carrera (cosa que por cierto he hecho así que estáis leyendo una historia escrita por una orgullosa Graduada en Química) y estudiando inglés pues tengo un examen muy importante dentro de poco. Debido a esos factores he retrasado la subida de este capítulo que me ha costado bastante terminar, aunque sinceramente creo que ha merecido la pena esperar para ver el resultado. Espero como siempre que os guste y disfrutéis con la lectura.
Arrepentimiento
Noviembre de 1191 d.C.
Abrió los ojos con lentitud, sintiéndose mareado y confuso. Parpadeó llevándose las manos a la cabeza, intentando incorporarse, observando cuidadosamente su alrededor. Estaba en un viejo templo de piedra, donde la mayoría de las columnas se habían derrumbado debido al paso de los años, dejando un desolado paisaje de rocas y arena. Su interior estaba escasamente iluminado, ya que las viejas antorchas se encontraban apagadas, y sólo la tenue luz del atardecer que atravesaba las grietas permitía ver algo en aquel angosto espacio. Altaïr se levantó, acostumbrándose rápidamente a la perpetua penumbra del lugar mientras alzaba la vista, haciendo que sus dorados orbes enfocasen aquello que estaba buscando desesperadamente, que llevaba semanas intentando encontrar.
Cerca del altar, bañado por un tenue halo de luz, descansaba el cuerpo de una mujer. Sus ropajes estaban descolocados, teñidos completamente de rojo, sujetando en su mano izquierda un pequeño puñal ensangrentado. Tenía los ojos muy abiertos, mirando fijamente el techo, mientras que en su pálido rostro una mueca de vivo terror permanecía inamovible. El Asesino sintió como su corazón, el cual había latido hacía apenas unos segundos de manera acelerada, se detenía por completo, mientras se movía con lentitud hasta colocarse a su lado. Él sabía que aquello no era real y aún así se sentía incapaz de controlar su cuerpo. ¿Cuántas veces había soñado con esa misma escena? Ésta se reproducía en su mente sin pretenderlo, siendo incapaz de variar un ápice los hechos acaecidos en ella.
En sus pesadillas siempre que la recordaba era de aquella forma. Rememorando el recuerdo de su fracaso. Había estado semanas persiguiendo a los hombres que se habían llevado a Adha, desobedeciendo las órdenes de Al Mualim en pos de rescatarla. Seguirles le había privado de sueño y comida; su único afán había sido dar con ellos lo más rápido posible para volver a estar junto a ella. Finalmente su rastro le había a aquel lugar, un remoto y antiguo templo abandonado que los templarios solían usar como refugio. Sin embargo, sus esfuerzos por encontrarla habían resultado ser en vano, pues lo único que había hallado había sido su frío cuerpo tumbado sobre las escaleras que llevaban hacia el altar. Tenía la garganta desgarrada, su ropa y manos teñidas de sangre, como si en un último intento por sobrevivir hubiese intentado desesperadamente taponar la herida, sucumbiendo al final sobre el suelo.
Altaïr sentía como sus músculos, anteriormente tensos, quedaban laxos y débiles, desplomándose derrotado al lado de su cadáver.
—Adha… —Apenas reconocía su voz, ronca y seca; un doloroso susurro que lo desgarraba por dentro.
Alzó la mano, retirando con lentitud algunos cabellos teñidos de un oscuro tono carmesí que ocultaban parte de su rostro. Un sentimiento abrumador inundó su pecho, haciendo que su respiración se acelerara mientras un amargo sabor inundó su boca. Apretó los labios, sin ser capaz de contener aquel torbellino de emociones que le estaba consumiendo.
—Adha…
Sabía que lo que estaba viendo no era real. Simplemente un recuerdo, pero aun así aquellos turbios sentimientos se revolvían en su interior como si se tratase de una tempestad. No gritó, ni maldijo a los hombres que habían acabado con la vida de Adha. Sólo se quedó ahí, en completo silencio, sintiendo como las cálidas lágrimas recorrían sus mejillas sin ser capaz de contenerlas. La última vez que había llorado había sido cuando era solamente un niño asustadizo de once años, demasiado atemorizado por la muerte de Ahmed como para actuar de otra forma. Tras aquello no había vuelto a sentir la necesidad de hacerlo, se había acostumbrado al dolor y a la continua pérdida de compañeros en el campo de batalla. Sin embargo, aquello era diferente.
—Lo siento —masculló apretando con fuerza los puños.
Adha había sido una persona importante para él. No sólo porque se tratase del Cáliz que debía proteger. Él ya la conocía mucho antes de que todo aquello ocurriese. Recordaba su paso lento y cautivador, sus rasgados ojos oscuros mirándole fijamente mientras una sonrisa descarada decoraba su rostro. Ella vivía en Tiro, apartada de todo el conflicto de la guerra en Tierra Santa. Una joven normal con una apasionada personalidad. Alguien que casi sin pretenderlo había comenzado a amar. Tal vez si no se hubiesen conocido antes sus sentimientos por ella no habrían alcanzando tal punto. Pero lo habían hecho y en su mente el suave perfume de azahar que solía acompañarla estaba mancillado con el metálico olor de la sangre.
—Lo siento, Adha… —repitió sin fuerzas.
La había perdido. Por su culpa ella había muerto y el perdón no era algo a lo que podía aspirar. Lo único que pensó que podía paliar su dolor era la venganza, cosa que finalmente consiguió sin sentir ninguna satisfacción interna por ello. Matar a aquellos hombres no le hizo recuperarla, ya que nada podría traerla a la vida nuevamente. Su imagen sólo estaría viva en su recuerdo.
María mantenía la mirada fija en la quimérica figura dorada que se hallaba junto al Asesino, aún con la mano apostada en la guarda, por si en algún instante aquel espectro se revolvía en su contra. Intentó regular su respiración, la cual había aumentado considerablemente desde la aparición de aquel fantasma. Sentía que le faltaba el aliento, a la par que notaba una fuerte presión a su alrededor, como si estuviera dentro de una estrecha habitación donde el aire fuera a extinguirse. Apretó los dedos contra la empuñadura, dispuesta a entrar en batalla contra ese ser si era necesario; sin embargo, no daba indicios de que esa fuera su intención.
Aquella mujer se encontraba de cuclillas al lado del sarraceno, observándole con sus pétreos ojos cargados de una añoranza casi palpable. La inglesa sabía que simplemente era un espectro; no obstante, si no estuviera envuelta en esa misteriosa aura pensaría que verdaderamente se trataba de alguien real. Miró fijamente el escenario, clavando sus ojos en el Asesino; el espectro había aparecido por su culpa, de eso estaba segura. La mano de Altaïr se encontraba encima de su bolsa, la cual brillaba con una espectral luz que, a cada movimiento de la mujer, subía o bajaba de intensidad.
«El Fruto…».
La inglesa sabía que la Manzana era capaz de controlar la mente de las personas, de hacerlas creer ciegamente en las palabras de su portador, pero el Asesino nunca le había hablado de ese poder. ¿Acaso lo desconocía? ¿Sería la primera vez que ocurría tal manifestación? Fuera como fuese el sarraceno conocía a aquel ser. Debía de conocerla. Ella había susurrado su nombre y, como si se encontrase plenamente consciente de sus actos, él le había respondido, llamándola aún en sueños.
«Adha —recordó—, ha dicho Adha».
¿De qué conocía Altaïr a esa mujer? Se adelantó un poco, consiguiendo que con lentitud ésta se girase, observándola con tranquilidad. Era hermosa, muy hermosa. ¿Estaría soñando él con ella? Tal vez por eso se había manifestado su figura. En los suyos sólo aparecían las personas que habían muerto bajo su mando, o al menos esos eran los que recordaba. ¿Acaso había él acabado con su vida? ¿Se trataba a caso de uno de sus objetivos? No podía descartar esa idea pero lo dudaba. Conocía la eficacia del Asesino, pero ella no parecía ser el tipo de persona influyente a la que su Hermandad daba caza.
«Quizás sea alguien de Masyaf —pensó—, alguien que conozca o... —meditó unos instantes— su esposa».
Nunca había pensado en la posibilidad de que él estuviera casado. Altaïr se había sorprendido bastante de que ella lo hubiera estado, pero su reacción era sumamente comprensible dada la situación en la que se encontraban. El Asesino contaba con una alta posición social, era respetado a la vez que temido por sus subordinados. Su rango le proporcionaba influencia y poder suficiente dentro de su comunidad para desposarse con cualquier mujer que él quisiera. La idea del matrimonio era algo más que probable considerando esos factores.
Separó con lentitud la mano de la empuñadura. Si aquel ser era una especie de evocación de los pensamientos del Asesino no debía ser peligroso; aunque no por ello resultaba ser una situación más tranquilizadora. La propia existencia de dicho espectro ya era insólito. Sin duda el poder del Fruto iba mucho más allá de lo que había pensado en primera instancia.
«Caminas por el filo de la navaja, Altaïr».
¿Cuánto tiempo hacía que había dicho aquellas palabras? Poco más de una semana si no recordaba mal. Desde que comprendió el verdadero poder que se escondía tras aquel simple y peligroso objeto no podía concebir como alguien podía llegar a querer comprender su funcionamiento. Sin embargo, al Asesino le había vencido la curiosidad. Él quería desentrañar los misterios que rodeaban al orbe, pero ella no estaba segura de que fuera algo que pudiese llegar a ser comprendido. Su poder estaba más cerca de la brujería que de la santidad; no obstante, su procedencia le confería un carácter sagrado que superaba a la mismísima ciudad de Jerusalén. La Manzana del Edén.
«El fruto que causó el destierro de Adán y Eva —recordó—, provocando la ira de Dios».
Aquel artefacto le provocaba cierto temor. ¿Cómo no sentirlo? Era tan descabellado que una simple esfera pudiera llegar a convertirla en una autómata, en algo que carecía de voluntad para solamente creer y hacer lo que su portador quería. Entendía a la perfección cómo engatusaba a los hombres, ofreciéndoles el control sobre los demás, siendo amo y soberano de las vidas de otras personas. Pero ella era diferente, había sufrido lo que era vivir una vida que no le pertenecía, llevar a cabo acciones simplemente para satisfacer los deseos de otros. Ser presa en su propio hogar. Aquel Fruto nunca llegaría a tentarla pues sabía el sufrimiento que dichos deseos podían causar en la vida de otras personas y se negaba a ser el artífice de tanto dolor.
Frunció el ceño, dando un par de pasos hasta donde se encontraba la mujer, la cual no se había apartado ni un ápice de la vera del Asesino, como guardando su sueño en una silenciosa penitencia. Rodeó el fuego, hasta colocarse tras su efímera figura; parecía tan frágil. Estaba segura que si intentaba tocarla se fragmentaría, al igual que el cristal tras un fuerte impacto, desapareciendo para siempre. Cerró los ojos durante unos instantes, lanzando un corto suspiro, sintiendo que debía terminar con todo aquello.
Se inclinó, adelantando la mano para quitar la del sarraceno de su bolsa. Si lo separaba el espectro desaparecería y entonces podría despertar al Asesino exigiéndole una explicación por aquel extraño suceso. Sin embargo, antes que sus dedos pusieran rozar su mano, notó como la atmósfera que la rodeaba se volvía todavía más pesada, al tiempo que la fantasmal luz comenzaba a ser irregular y el espectro comenzaba a difuminarse.
—¿Qué…? —pronunció mirando a su alrededor.
De pronto la Manzana comenzó a emitir un débil sonido metálico, un agudo timbre que le recordaba al ruido que se oía al afilar una espada. Aquel eco fue aumentando su intensidad progresivamente, convirtiéndose en un fuerte chirrido hasta el punto de ser insoportable. Apretó los dientes, notado un fuerte pitido en sus tímpanos. Terminó de adelantar la mano, colocándola justamente sobre la del Asesino; no obstante, al hacerlo el artefacto empezó a brillar intensamente, obligándola a cerrar los ojos. Quiso hacer fuerzas para alejar la mano de Altaïr del Fruto, pero no se movía. Algo estaba impidiendo que la apartase.
Apretó los párpados, intentando abrir sus claros orbes, pero la luz era demasiado intensa. Abrió la boca inspirando hondamente el poco aire que conseguía llegar a sus pulmones, puesto que la presión había aumentado tanto que no podía respirar. Intentó nuevamente separar la mano del Asesino con el mismo resultado; era como si estuviera pegada a las costuras de su ropa. Comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza provocado por el horrible chirrido del objeto, haciendo que fuera incapaz de escuchar nada a su alrededor.
—¡Altaïr! —bramó apenas llegando a escuchar su propia voz—. ¡Altaïr!
Tenía que despertarle. Debía despertarle. Parpadeó, logrando abrir ligeramente los ojos un instante mientras alzaba con firmeza la vista. La luz dorada había comenzado a extenderse por su alrededor, salpicando el suelo y el cielo con su brillante aura, hasta verse completamente rodeada por polvo dorado. Notó como su corazón latía de forma acelerada, totalmente desbocado. Podía oír el retumbar de éste en su pecho, mientras que por su nuca corrían pequeñas gotas de sudor que se perdían en su ropa. Quiso respirar, pero le empezaba a faltar el aire, a la vez que el dolor de cabeza aumentaba por momentos.
—Altaïr… —dijo esta vez en un débil susurro.
Tras pronunciar esas palabras vio como nuevamente una figura aparecía delante del Asesino. Sin embargo, no se trataba de la misma mujer que lo había acompañado. Era un hombre. Llevaba una extraña túnica dorada, sus ojos eran claros, como el mismísimo cielo mientras que una abundante barba ocultaba sus duras y severas facciones. Vio como movía los labios sin pronunciar palabra, como si estuviera hablándole directamente. ¿Qué demonios era aquello? A su alrededor se habían formado extrañas estructuras que brillaban de la misma manera que él, parecidas a los pilares inacabados de un edificio.
No comprendía por qué estaba ocurriendo eso. No quería saber el porqué de todo eso. Sólo quería que terminase. Apretó fuertemente su mano sobre la del Asesino, rodeándola completamente y, usando las pocas fuerzas que le quedaban, tiró de ésta hasta conseguir desplazarla lo suficiente como para que acabase sobre el suelo en vez de encima del Fruto. Tras ello la luz se consumió casi al instante, quedando únicamente la sombra del espectro que continuaba con su monólogo hasta desaparecer por completo, sumiéndolos en las sombras, siendo el fuego lo único que permanecía brillando a su alrededor.
Notó como la presión que la había estado oprimiendo desaparecía, permitiéndole nuevamente respirar con normalidad. Sentía los ojos vidriosos y adoloridos, al igual que sus viejas heridas, las cuales comenzaban a escocer. Bajó la vista, contemplando atentamente su mano izquierda, que temblaba. En su pecho su corazón seguía palpitando de manera acelerada, mientras que, sin pretenderlo, su respiración aumentaba hasta el punto de inspirar tan velozmente que el aire no llegaba a entrar en sus pulmones. Se sentía completamente impotente. La muerte era un destino al cual no le temía, sabía que tarde o temprano se acabaría consumiendo. No temía a la muerte, pero sí a lo que acababa de experimentar.
Muy lentamente separó la diestra de la mano del Asesino, el cual no parecía haberse inmutado con los hechos que habían acontecido alrededor de la hoguera. Cerró los puños, intentando controlar el temblor que parecía haberse apoderado de cada extremidad de su ser. Odiaba sentirse débil e inútil, y sin control de lo que había ocurrido. ¿Cómo no temer a lo que nadie dominaba? Lo que había sucedido no podía volver a pasar, debía advertir al Asesino del terrorífico poder que guardaba en su interior aquel siniestro objeto. Si él no lo sabía era su obligación decírselo, alentarle a que se deshiciera del artefacto. Esconderlo en lo profundo del mar o enterrarlo en las entrañas de la tierra. Cualquier cosa antes de volver a sentir lo que acababa de experimentar.
Cerró los ojos aspirando con lentitud el aire de su alrededor en silencio. Antes de hablar con Altaïr necesitaba calmarse, serenarse. De nada serviría entrar discutir con él sobre el Fruto si sus emociones acababan desbocadas en plena discusión. La Manzana era peligrosa, no sólo para ella, sino para aquellos que se acercasen a él en una situación similar. Si lo que había pasado ahí hubiera ocurrido en su pueblo natal y hubiese dañado a alguien sabía que el Asesino jamás se lo perdonaría, pues era demasiado noble como para no hacerse responsable de tales acciones.
Tras unos minutos de calma estiró la mano hacia el costado del sarraceno, quien no había variado su posición lo más mínimo. Se aclaró la garganta, notando una pequeña punzada al intentar tragar.
—Altaïr —dijo—. Altaïr, despierta.
Lo zarandeó un par de veces hasta que él se revolvió sobre sí mismo. Se incorporó, llevándose la mano a la cabeza, mirando a su alrededor con la vista perdida, como si no supiera dónde se encontraba. Apretó los ojos con fuerza para luego ladear la cabeza, encontrándose cara a cara con el rostro de la inglesa a escasa distancia de él.
María pensaba que estaba preparada para contarle lo que había pasado. Para decirle que todo lo que había ocurrido era su culpa y solamente suya. Sintió la imperiosa necesidad de gritar, de desquitarse con él. Si no se hubiera quedado con el Fruto nada habría pasado. Si lo hubiese lanzado al fondo del mar cuando tuvo la oportunidad ella no habría terminado casi al borde del llanto por pura desesperación. Su curiosidad casi había acabado con su vida. Él era el responsable directo de que hubiera sucedido eso; sin embargo, no pudo. Las palabras no parecían querer salir de sus labios, ni siquiera una escueta protesta. No sabía cómo empezar a narrar lo sucedido, no podía explicar lo que había experimentado sin desvelar su propia debilidad. Su propio temor.
—¿María? —habló con voz somnolienta—. ¿Ha ocurrido algo? —preguntó al ver que esta no respondía.
Aunque había escuchado a la perfección sus palabras no tenía una respuesta inmediata para ellas. Sabía que no podía dejar que tocase el artefacto nuevamente mientras estaba dormido, pues si volvía a pasar nada aseguraba de que esta vez pudiera separarlos. Tenía que advertirle del peligro que corrían si eso ocurría nuevamente, pero era incapaz de hablar de ello. Sus ojos se encontraban mirando fijamente los del Asesino, los cuales brillaban debido a que les daba directamente la luz del fuego, iluminando casi por completo su rostro aunque se encontrase oculto tras su capucha.
—¿María? —insistió.
—Te toca montar guardia —respondió de forma rápida antes de levantarse.
Se dio la vuelta, rodeando nuevamente la hoguera y se sentó en el mismo lugar que había abandonado anteriormente, siendo observada detenidamente por el sarraceno. La inglesa no podía hablar con Altaïr, no ahora. Debía aclarar sus pensamientos antes de comentarle lo que había pasado y asegurarse, ambos, de que eso no volvía a pasar.
El crepitar del fuego se había vuelto casi inexistente, quedando sólo las brillantes brasas que apenas desprendían calor. Podía sentir la fría brisa nocturna acariciar su rostro mientras que sus ojos permanecían fijos en la figura tumbada de la inglesa, al igual que un animal salvaje que acechaba a su presa en la lejanía. Habían pasado varias horas desde que ella le había despertado algo más pronto de lo que debería, pero había achacado eso al poco control que ella poseía sobre la degradación del fuego, el cual era su única pista sobre el paso del tiempo.
Las estrellas aún brillaban en el cielo, aunque no faltaba demasiado para el amanecer; si miraba hacia el este podía ver un leve halo de claridad que precedía al sol. En apenas una hora éste comenzaría a alzarse tras las montañas. Sin embargo, sabía que María no se había dormido desde que él despertó, lo cual era extraño. El sarraceno desconocía la causa de ese hecho, ya que normalmente la inglesa conseguía un sueño placentero al cabo de unos minutos, pero esta vez no había sido así y eso le desconcertaba.
Desde entonces su actitud había sido diferente, mucho más distante de lo habitual. Inicialmente pensó que quizás algo había ocurrido mientras él había estado durmiendo, pero no veía nada fuera de sitio a su alrededor. No había señal alguna de forcejeo, simplemente las pisadas suyas debido a haberse acercado al llamarle. No parecía que hubiese sido atacada mientras él había estado dormitando. Apretó los labios. ¿Qué podía haber pasado para que ella actuase así? Lo que más le había desconcertado de ella no era que se hubiese mantenido despierta, no había sido lo que inicialmente le había indicado que las cosas no iban bien. Había notado que algo ocurría nada más ver sus ojos.
María le había mirado directamente al despertarse, con los orbes cristalinos y brillantes, como si hubiese estado a punto de llorar. Pero lo más desconcertante que vio en ellos había sido algo que recordaba haber visto con anterioridad. El mismo sentimiento que observó cuando ella le mordió. En ellos se reflejaba miedo. No de él, pues aunque lo había rehuido al preguntarle si ocurría algo no parecía ser su culpa. Algo la había asustado, algo que él ignoraba y eso le irritaba. Bajó la cabeza, observándose con detenimiento las manos. ¿Sería seguro preguntarle? ¿Se enfadaría con él si indagaba? Conociendo el temperamento de la inglesa cualquier cosa era posible, pues ella nunca reaccionaba tal y como esperaba.
—María —clamó en tono alto.
Pudo ver como ella se movía, clara señal de que lo había escuchado. Sin embargo, él no podía entablar una conversación si ésta no contestaba. Podía fingir que estaba dormida para que él no insistiera, pero aquella hubiera sido una salida cobarde. Ella ladeó la cabeza, mirándole con los ojos entrecerrados.
—¿Qué? —respondió, modulando su voz.
Altaïr contuvo un suspiro y se cruzó de brazos, pensando cuál era la pregunta adecuada que debía hacer en esa situación. No quería presionarla para que le dijera por qué estaba así; si lo hacía se revolvería en su contra y no respondería. Nunca era buena idea intentar que ella hablara de cosas que no quería comentar, pero él necesitaba saber por qué actuaba así. No le importaba que se enfadase en esta ocasión. Al menos de esta forma sabría a qué se debía aquel súbito cambio de actitud en comparación al día anterior.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó, repitiendo las mismas palabras que había utilizado cuando despertó.
La inglesa apretó los labios con fuerza. Sabía perfectamente que él iba hacerle aquella estúpida pregunta. Tan sencilla de responder a la vez que complicada. Sólo recordar lo que había pasado hacía unas horas hacía que sintiese dolor de cabeza. Desde que él despertó había estado dándole vueltas al asunto, incapaz de dormir ya que, al cerrar los ojos, la visión de aquel hombre se repetía, haciendo que nuevamente se sintiera pequeña e insignificante ante su presencia. No podía confesarle aquello al Asesino, no hasta que estuviera completamente segura de qué iba a decir y cómo actuaría. No quería mostrarse débil ante él nunca más y sabía que, si empezaba a hablar ahora, las emociones latentes la acabarían consumiendo, mostrándose finalmente como una patética y asustadiza mujer.
Intentó pensar en algo lo suficientemente convincente para que él no insistiera en el tema el tiempo suficiente para centrarse. Necesitaba combatir sus propios miedos y serenarse, llevaba toda una vida negándose a ser vencida por ellos y esta vez no iba a ser la excepción. Suspiró al tiempo que se incorporaba, dándose completamente la vuelta hasta quedar sentada sobre la tierra, encarando cara a cara al Asesino. No deseaba mentirle, pero tampoco podía decir la verdad. Sólo podía optar por una salida, la única verdad que podía desvelar.
—Hablas en sueños —dijo.
Aquella no era ninguna mentira. Al aparecer la mujer él había dicho su nombre, respondiendo a la llamada de ella. Pudo ver la confusión en el rostro del sarraceno, quien no sabía cómo responder. Nunca nadie antes le había dicho tal cosa, aunque también era cierto que pocas veces dormía con compañía. Alzó la vista, escudriñando a conciencia a la inglesa; ¿qué podía haber dicho entonces para que ella estuviera tan sumamente molesta? Un fugaz pensamiento de que en estado de duermevela hubiera podido revelar sus sentimientos por ella sin ser consciente hizo que se apoderase de él una fuerte incertidumbre.
—¿Quién es Adha? —preguntó con sencillez.
—¿Qué? —respondió notando su voz algo más aguda de lo habitual.
—Has dicho su nombre mientras dormías —aclaró—, ¿quién es, tu esposa?
Durante un instante el Asesino no supo qué decir. ¿Había dicho su nombre? Era cierto que recordaba haber soñado de nuevo con ella, en aquel templo dejado de la mano de Dios. Sintió una leve sensación de calma ante el hecho de no haberse expuesto ante la inglesa más de la cuenta, pero hablar de Adha en voz alta era algo que había preferido evitar desde que ésta murió. Algunos de sus camaradas habían intentando, desconociendo el paradero de ella, animarle, instándolo a no perder la esperanza de volver a verla. Pero él sabía la amarga verdad que se escondía tras su desaparición, donde todo acababa con sangre y arena.
—No —contestó en voz baja—, no, ella no es mi esposa. Fue alguien a quien conocí hace mucho tiempo.
Hubo un tiempo en el que sí había llegado a pensar en esa posibilidad. Abandonar aquella sangrienta senda e irse con ella, lejos. Nublado por aquellos intensos sentimientos pensó en la posibilidad de escapar de la vida que le había sido impuesta desde su nacimiento, creyendo verdaderamente que comenzar de nuevo era algo que podía hacer. Pero todas sus esperanzas habían muerto el día que la encontró, haciendo que olvidase todos esos infantiles deseos para finalmente centrarse en la Hermandad. Y, ahora, él era quien tenía que llevar las riendas de la Orden, impidiendo permanentemente desligarse de los lazos que la unían a ella. Sonrió lacónicamente antes de fijarse de nuevo en María.
—¿Alguien importante? —insistió con lentitud.
¿Cómo responder a esa pregunta? Sí, Adha había sido alguien importante. Sin embargo, ya no lo era pues había muerto por su culpa. Ella había sido mucho más que alguien que le importase, incluso hubo un momento de su vida que lo había sido absolutamente todo; no obstante, fue solo eso, un instante.
—Alguien a quien no pude proteger.
Nada más despuntar el sol habían retomado nuevamente la marcha a través del paso de montaña casi en completo silencio. Tan solo se escuchaba el relinchar de los caballos y el sonido de los cascos contra la piedra, que resonaba a su alrededor, por culpa de las angostas paredes, en forma de eco. Ambos apenas habían intercambiado un par de frases desde que comenzaron el viaje, sólo para asegurarse del bienestar de sus monturas mientras que; el resto del tiempo, parecían ignorarse mutuamente.
María mantenía las riendas apretadas, mirando en la lejanía cómo se iban acercando oscuras nubes desde el sur. Intentaba mantener la mente entretenida para evitar sentir aquel amargo sentimiento de culpabilidad que había surgido la noche anterior. Desde que había nombrado a esa mujer el Asesino se encontraba extraño, taciturno y silencioso. Aunque simplemente hubiera dicho aquellas parcas palabras sobre Adha no significaba que no pudiera comprender lo que verdaderamente ocurría. Altaïr era una persona extraña, pues su personalidad calmada y estoica le impedía saber en la mayoría de las ocasiones qué era lo que estaba pensando pero, cuando esa fachada desaparecía, contemplaba a veces al hombre que se ocultaba tras esa apariencia insensible.
Quizás Adha no hubiera sido la esposa del Asesino, pero eso no significaba que no hubiese sentido nada por ella. La forma en que él había susurrado su nombre la noche anterior y su forma de actuar tras hablar sobre ella dejaban claro que eran algo más que conocidos. Le resultaba bastante incómodo pensar que, por su culpa, el sarraceno se encontraba sumido en aquel estado. Nunca había pensado que al intentar esquivar el tema principal que le preocupaba acabara con ese pésimo resultado. Era cierto que estando así el Asesino no volvería a preguntarle por lo acontecido la noche anterior, pero le prefería irónico e ingenioso que ver la sombra de un hombre derrotado en su semblante.
El arrepentimiento era un sentimiento que conocía a la perfección, pues en muchas ocasiones sus propias acciones habían traído únicamente dolor y pesar a los que se encontraban a su alrededor aunque esa no hubiera sido su intención. Ella no podía dejar de ser quien era sólo para que otros se sintieran bien consigo mismos. Había llegado a esa conclusión tras años de penurias, consiguiendo que poco o nada le llegase a importar lo que los demás esperasen de ella. No se convertiría en una simple y triste marioneta que era manejada al antojo de otros. Pero, en estos instantes, aquel amargo resquemor en su pecho no tenía nada que ver con su pasado. Había ocurrido ahí y ahora por culpa de su maldito egoísmo, por intentar evadir un tema delicado para ella había sacado otro que, al parecer, afectaba de forma terminal al Asesino.
Por las palabras de Altaïr podía deducir con facilidad que Adha estaba muerta. Alguien a que él no pudo proteger, alguien vital en su vida que terminó de forma trágica. No le hacía falta que él le dijera cuán importante había sido, pues sus acciones revelaban algo que con palabras dudaba que fuera capaz de expresar. Él había amado a esa mujer, aunque no lo dijese en voz alta la inglesa lo percibía. Su pesar era casi palpable al igual que la añoranza que pudo observar en la mirada del espectro la noche anterior. Y aquella atípica situación la estaba empezando a superar.
El amor era algo con la que muchas jóvenes soñaban en su tierra. Las canciones de los juglares hablaban sobre gallardos caballeros que luchaban por conseguir el corazón de hermosas doncellas a las cuales salvaban de terribles destinos. Sin embargo, el amor no era más que una palabra que carecía de significado para alguien de su posición. Los matrimonios basados en aquellos infantiles y estúpidos sentimientos no eran algo a lo que alguien de su posición social pudiera aspirar. El amor era cosa de plebeyos pues, en su mundo, la influencia y poder eran más importantes que algo tan fútil como eso.
Conocía algunas damas que, con el tiempo, habían llegado verdaderamente a amar a sus maridos. Decían que era algo que se creaba poco a poco, como un extraño vínculo debido a la cercanía que proporcionaba el matrimonio. Pero al contrario desconocía si eso también ocurría. La gran mayoría de nobles tenían desperdigados por las villas que les pertenecían multitud de bastardos a los que nunca reconocerían y que sus sumisas esposas ignorarían. Ellas debían perdonarles, pues era normal que cosas así ocurriesen y era de buen saber que toda mujer cristiana perdonaría los pecados carnales de su marido ya que, finalmente, los únicos hijos que le importarían y reconocería serían los engendrados por ambos. María había sido criada de aquella forma, la misma con la que se crió su madre, aunque, a diferencia de ella, se había negado a vivir esa gran mentira que las demás consideraban vida.
Nunca había experimentado los potentes sentimientos de los que hablaban las canciones. No había sentido abnegación por alguien, el deseo de protegerle y la terrible pérdida que suponía alejarse de aquella persona amada. Su matrimonio con Peter había sido una gran farsa de la cual ninguno había salido bien parado y su relación con Robert no se podía considerar como tal, pues aunque él le atraía, su muerte sólo provocó que aumentase su sed de venganza hacia los Asesinos. No recordaba haber llorado por él, no creía haberlo hecho. El dolor había sido algo tenue, pues en su cabeza estaba más centrada en encontrar y terminar con la vida de quien se lo había arrebatado. Si verdaderamente lo hubiera amado su reacción hubiese sido diferente, eso lo sabía.
Amar y sentirse amada sólo era una gran utopía para una mujer. Sin embargo, el hombre no estaba destinado a ello. De él no se esperaba amor o fidelidad, no era menester que fuera alguien de carácter familiar o que se preocupase por su esposa más que en los asuntos de tener vástagos. Nunca había visto a ningún hombre llorar por la pérdida de su mujer, normalmente a los pocos meses había conseguido un reemplazo para seguir con su linaje. Por ello ver el semblante del Asesino debido a la pérdida de Adha era algo que la desconcertaba. Estaba segura que muchas mujeres habían tenido que pasar por el lecho de Altaïr, pero sabía que ella en especial no había sido una más. Que él, el Maestro de Asesinos de Masyaf, hubiese amado a alguien era algo inesperado para ella. Pues, en varios sentidos, eso lo hacía a él más humano de lo que aparentaba.
Le hubiera gustado disculparse, decirle que sentía haberse inmiscuido en asuntos que no le concernían. El sarraceno nunca le había preguntado más de lo que ella había hablado, tal vez algunas simples curiosidades de su pasado, pero nada que pudiera afectarle de lleno como la pérdida de un ser querido. No obstante, sabía que sacar nuevamente el tema para él sólo sería reabrir viejas heridas que todavía estaban cicatrizando. Por eso durante el viaje había preferido permanecer en completo silencio, una penitencia autoimpuesta por su estupidez. Pensado que, antes de que se separasen del todo, le pediría perdón por su intromisión. Aunque de nada valía dicha acción por un daño ya hecho.
«Acabarás sola —resonó aquel molesto pensamiento en su cabeza—. Porque al final siempre terminas sola».
Alzó la vista ante esas palabras. Se negaba a creerlas aun sabiendo que tenían razón. Daba igual cuanto se esforzase, daba igual qué hiciera o cómo se comportase. De alguna forma u otra conseguía alejar al resto del mundo de ella, normalmente le daba igual pues pocos estaban dispuestos a aceptarla y los que lo estaban medianamente, como Sibrand o Robert, simplemente querían utilizarla. Pero Altaïr era diferente. Él confiaba en ella sin esperar nada a cambio. No le pedía que fuera alguien que no quería ser. No es que la tratase de forma especial, no la colmaba de atenciones ni nada por el estilo. Y, sin embargo, sentía como si lo fuera. Quizás porque no estaba acostumbrada a que alguien se comportase así con ella.
¿Cómo le había recompensado por ello? Indagando en un tema sobre el que nunca tendría que haber hablado. Inmiscuyéndose en su vida por su propia cobardía, ocultándole lo que verdaderamente importaba al no querer mostrarse como alguien débil ante él. De forma indirecta le había herido y eso la estaba consumiendo. Nunca le habían importado los sentimientos ajenos que la gente experimentase por su culpa, pero él no se merecía sentirse desgraciado por su desliz.
«Cuando paremos le diré la verdad —pensó—. Ocurra lo que ocurra».
Miro al cielo, pensando que reflejaba a la perfección sus sentimientos en aquel instante. Los claros que había visto durante el recorrido parecían haber desaparecido por completo, dando paso a blancas nubes que habían colapsado los resquicios por los que se había colado el sol durante las últimas horas. Poco a poco la nubosidad se había ido agrupando, formando nubarrones oscuros, sobresaliendo unos por encima de otros mientras que pequeñas gotas de agua comenzaban a precipitar sobre el yermo terreno. María sentía como éstas golpeaban sobre su capa, al principio como ritmo lento y pausado. Una ligera llovizna intermitente que se detenía al tiempo que ambos avanzaban en el camino, hasta que, tras un par de horas, se convirtió en un potente aguacero.
La inglesa podía sentir el peso de su empapada ropa cayendo por el lateral de su montura, la cual también se encontraba completamente mojada. Si continuaba de esa forma sería imposible seguir avanzando; sin embargo, ella permaneció en silencio. Aunque no le gustase estar así en algún lugar de su mente pensó que era justo. Odiaba la lluvia, la aborrecía. Era un leve pero merecido castigo por haberse comportado de aquella forma con él, por lo que lo soportaría con la mayor entereza posible hasta que el Asesino viera apropiado detenerse. Fijó su vista en la borrosa figura de Altaïr, que permanecía caminando delante de ella. Una diminuta parte de su ser echaba de menos verle sonreír de forma socarrona mientras montaba a su caballo, pues al menos eso significaría que no se encontraba envuelto en aquella pesarosa atmósfera que le rodeaba.
Apretó las manos alrededor de las riendas, sintiendo un pequeño escalofrío recorrer su espaldas al oír de forma clara y concisa como un trueno lejano hacía eco contras las paredes del paraje. Notó como su respiración se comenzaba a acelerar, notando como su primer instinto era escapar de ahí. Pero no lo hizo, simplemente siguió con los ojos clavados en el Asesino, escuchando como tras aquel estruendo seguía otro más y, por primera vez en su vida, no le importó.
Continuará…
Y aquí termina el capítulo. Creo que ha habido demasiados saltos de escenario o al menos más de lo que yo estoy acostumbrada a escribir, pero aun así me parece que han sido necesarios para que el capítulo se entendiese bien sin liaros demasiado. En fin, aquí podemos ver el lado más humano de Altaïr y uno de los más retorcidos de María, como muchas veces he dicho mis personajes no planeo hacerlos perfectos, no lo son ni nunca lo serán, incluso Altaïr tiene sus defectos y es el poco control que tiene por sus sentimientos en los temas que inmiscuyen a María, es algo que le avergüenza y detesta pero que no puede evitar. Nunca había hablado de lo que es en sí el amor en esta época, aunque muchos os lo podéis plantear a mí me gusta explicar las connotaciones históricas del fic en sí y como ven el mundo cada uno. En este último fragmento muestro como, a pesar de todo, Altaïr tiene un lado más humano que María, aun siendo un Asesino.
De nuevo, siempre ante todo, muchísimas gracias a todas aquellas personas que leen mi historia. Gracias por añadirla a favoritas y comentarla siempre que tenéis oportunidad pues sabéis que es una de las mayores alegrías que obtengo de escribir.
Guest, espero sinceramente no haberte quitado el sueño durante demasiados días. Siempre me gusta dejar algo de intriga para los siguientes capítulos. Espero que este te haya gustado pero que puedas dormir tras haberlo leído.
Guest, pues si amas ambas parejas supongo que este capítulo será uno de los que adores, porque se menciona a ambas de forma bastante significativa y la repercusión que tienen sobre el Asesino. Adha no es un personaje que se explore demasiado en los juegos, al igual que María, pero pensé que alguien de su importancia en la vida de Altaïr merecía al menos ser reconocida por los demás.
¡Muchas gracias a todos aquellos que me leen desde todas las partes del mundo! Agradecer sobre todo a: España, Chile, Estados Unidos, Brasil, Islandia, México, Francia, China, Uruguay, El Salvador, Alemania, Argentina, Israel, Venezuela, Kazakstan, Perú, Nicaragua y Costa Rica. ¡Espero sinceramente que os haya gustado este capítulo! Nos vemos en el siguiente.
