Taiora
Noveno
¿Y él qué hacía por ahí? A pesar de que la noche era cálida, le apetecía más estar en su cama acurrucado, pero no se atrevía a volver a la casa, porque tal vez ella le estaría esperando.
Suspiró. ¿Cómo era que todo había llegado a eso? ¿En qué momento había dejado de ser un juego? Y lo más importante ¿qué diablos se le había metido en la cabeza cuando creyó que eso era sólo un juego? No lo era, nunca lo había sido. Porque en el último tiempo Sora siempre estaba en su cabeza, y no en el modo "amistoso" de siempre. No, la pelirroja se deslizaba por sus sueños cuando dormía, y por sus pensamientos cuando estaba despierto, y siempre eran esas imágenes sugerentes de ella, esas sonrisas hipnotizadoras y quitadoras de aliento…
Sacudió la cabeza con frustración. ¿Desde cuándo las sonrisas de Sora le quitaban el aliento? Si tuviera que decir una primera vez, elegiría aquella en la secundaria, cuando ganaron por un gol de él la final del campeonato inter escolar de soccer y Sora saltó desde las gradas, y cruzó todo el campo hacia él apenas el árbitro había dado el final del partido, para colgarse a su cuello, loca de contenta, y esa vez el aire se le había ido de los pulmones, y nunca se preguntó porqué, aunque él sabía que no tenía nada que ver con el cansancio del partido, era que tenía el pecho hinchado de felicidad, y cuando sintió que Sora lo abrazó, y después cuando notó que la cara de ella estaba tan cerca… Sí, eso lo dejó sin aliento.
'¿Por qué? ¿Por qué tengo que ser tan estúpido?' se decía a sí mismo.
Estúpida noche, estúpido bar, estúpido alcohol y estúpidos Matt y Mimi. ¿Dónde se metían sus amigos cuando los necesitaba? Ese rubio nunca estaba cuando la situación era de vida o muerte. Y él necesitaba más que nunca hablarle, y sacar toda esa confusión que sentía.
¿Qué se suponía que haría ahora? No podía volver así como así, Sora estaba en la casa, sola. No se sentía capaz de mirarla a la cara.
'Estúpido' masculló en su fuero interno.
Todo era culpa de ese estúpido cóctel. Nunca debió dejar que Sora bebiese tanto… Bueno, no es que la pelirroja estuviese ebria… Pero es que cuando ella lo miró, con esa mirada perdida y esa sonrisa boba, tambaleándose, diciéndole que mejor se regresaran a la casa porque ya estaba un poco mareada, él sintió algo, y no supo si fue por todo el alcohol que corría en ese momento por sus venas, que él le dijo que sí, que se fueran, que estarían mejor en la casa. Y no le importó cuando Sora le hizo notar que Mimi y Matt no estaban por ninguna parte. "Volverán solos" le dijo él a su amiga con esa sonrisa que él tenía y que él sabía que ella no resistiría. Y se fueron caminando, haciendo bromas durante todo el camino, y ambos estaban como en una especie de trance, porque los "roces", que en otra ocasión les hubiesen puesto el rostro rojo a ambos, se hacían presentes como si fuese lo más normal de mundo. Y entonces él y ella iban caminado muy pegados el uno al otro, y cuando ella se tropezó, él la sujetó de la cintura con sus dos manos y ambos se rieron. Y él le dijo que ella era bonita, que tenía esa risa bonita que a él le gustaba, y le dio un beso, de esos besos de amigos que últimamente él no dejaba de darle. Sí, él muy estúpido la había llenado de esos besos, ya se le había hecho una insufrible costumbre desde la primera vez que lo hizo. Y él entonces pensó que no era una mala idea, que era seguir esos impulsos que sentía, como cuando veía a su hermana y le daba un beso, para él era como lo mismo, quiso convencerse de que para él era lo mismo besar a su mejor amiga y besar a su hermana. Y ahora sabía que no, que NO era lo mismo. Porque cuando besaba a Sora, por muy corto que fuese el beso, el pulso se le aceleraba a mil aunque no se le notara, y siempre sentía ganas de quedarse un poco más tocando esos labios.
Ahora lo sabía, porque había hecho eso que hizo. Y eso lo hacía mil veces estúpido. Porque sólo un estúpido hace lo que él hace y sale corriendo. Seguro que Sora lo odiaba en esos momentos. Pero es que… sintió pánico, no supo qué hacer después. Seguro que Sora había esperado que se quedara y pasara la noche con ella. Pasar la noche con Sora… Dios. ¿Qué tan imbécil podía ser a veces? No es que fuese una idea desagradable. Sentía como el lívido le aumentaba con tan sólo formular esa idea en su cabeza. Pero entonces venía la duda, la incertidumbre, el miedo. ¿Cómo es que podía él imaginarse pasar la noche con Sora? Si ella era su amiga, como su hermana. ¿Y si ella esperaba eso? ¿Por qué? ¿Acaso ella quería estar con él?
Sus manos se fueron automáticas a su cabeza y se la sujetó con fuerza. Claro que la pelirroja había tenido otras intensiones, había estado claro para él desde el momento en que entraron a su habitación y ella dijo algo de querer ponerse el pijama. Y le había dado la espalda, y había comenzado a sacarse la blusa delante de él. Y no es que nunca la hubiese visto cambiándose… pero es que esa vez era diferente, era todo por el alcohol que había en él, ver la espalda desnuda de Sora, esa piel suave y sugerente… Y él se había dado vuelta y se había sentado en la cama, para darle privacidad. Y cuando ella le dijo que estaba lista, él se volteó y la descubrió con pijama. ¡Ese pijama! Los pijamas así deberían estar prohibidos. Una camiseta de tirantes que se ajustaba toda a su silueta y unos pantaloncillos cortísimos que acentuaban toda la forma de esa parte posterior que cubrían. Y Tai tragó saliva, pero mantuvo esa sonrisa, y se sentó junto a ella sobre la cama, mientras decidían que cosa ver en la televisión, y entonces él le dijo que mejor se iría a dormir, y ella le dijo que estaba bien, y él se acercó para darle el beso de las "buenas noches". Y ese beso fue su perdición. Porque no fue corto, ni casto, ni puro. Él apenas sintió los labios de ella y supo que estaba perdido… porque sus manos se fueron a esa pequeña cintura, y la estrecharon. Tai se miró las manos con un gesto culpable, rememorando el tacto de esa piel, porque sus manos se deslizaron con habilidad por debajo de la camiseta.
Sí, ese beso fue su perdición. Le mordió los labios y ella abrió la boca, y las lenguas de ambos se encontraron y conocieron por primera vez. Y a pesar del sabor a alcohol, a Tai le gustó el sabor de la boca de ella. La sangre le ardió en la venas y su pulso se disparó. Una de sus manos abandonó la cintura de ella y se apoderó de su rostro, y le acarició con tal dulzura la mejilla que ella emitió un ruidito, y entonces él actuó con estupidez. Sí, entonces él se portó como el imbécil más grande del mundo. Se separó de ella, y ambos se miraron a los ojos. Y la soltó, y se alejó, sin dejar de mirarla, y en su cara estaba ese gesto de horror. Y cayó de la cama sin darse cuenta, y se puso de pie de inmediato, y balbuceó cosas, algo de olvidar su teléfono en algún lugar o de ir a buscar a Matt, y salió y la dejó sola.
Y ahora estaba allí, en la playa, sentado en una banca, mirando cómo se mecían las aguas sin ver nada en realidad. Porque en su mente no había espacio para nada más que no fuera Sora.
