Capítulo 25: Navidad

Los últimos días habían sido una total locura...

Por tanto, Tonks apenas había tenido tiempo para pensar en otra cosa que no fuera el ataque del señor Weasley y las nefastas consecuencias que aquello había acarreado.

Justo después de la reunión de urgencia convocada por Kingsley y Ojoloco, habían llevado a Harry y al resto de pelirrojos a San Mungo. Por lo cual durante el trayecto tuvo ocasión de hablar con el joven Potter sobre su extraña visión. No obstante, él se mostraba particularmente esquivo a sus preguntas y apenas pudo averiguar nada nuevo.

Era frustrante, ella solo deseaba saber a qué atenerse.

Ese vinculo había activado un nuevo plan en la oscura mente del Señor Tenebroso, y a juzgar por su sonrisa, todo hacía apuntar que ella tendría un papel importante en sus maquinaciones. De algún modo la utilizaría para sus propósitos, esa era la razón por la cual había querido integrarla entre sus adeptos desde el principio aun antes de encontrarse con aquella complicación, pues algo la decía que su oscuro amo debía albergar dudas mucho antes de saber que el arma solo podía ser obtenida por aquellos a los que iba dirigida.

Y allí estaba ella de nuevo, transcurridos unos días desde su primera visita a San Mungo había vuelto al hospital el día de Navidad esperando encontrarse allí con Molly y sus hijos.

Ellos se habían convertido de la noche a la mañana en su nueva familia, pero ese hecho la llevaba a pensar irremediablemente en la suya y en lo mucho que echaba de menos a sus padres en una fecha tan señalada…, y por supuesto, también a Remus.

Ambos se había visto esa misma mañana durante la comida de Navidad en Grimmauld Place, pero mientras ella había esbozado una radiante sonrisa al verle, él apenas la había mirado unos segundos mientras pronunciaba un escueto saludo.

La joven sabía que debían mantener su relación en secreto, pero a parte de eso, se suponía que eran amigos ante la gente y desde luego frente a ellos mismos.

¿Acaso había pasado algo raro durante su ausencia?

Esa era una cuestión que no dejaba de perseguirla caminando como estaba por los pasillos del hospital en dirección a la habitación del señor Weasley.

Mientras tanto en ese mismo lugar, los pelirrojos junto con Harry, Ojoloco y Remus conversaban con un animado Arthur.

Su recuperación había sido asombrosa teniendo en cuenta que no todo el mundo podía decir que había sobrevivido a la mascota preferida de Lord Voldemort. De hecho se encontraba de tan bueno humor que no había dudado en probar la medicina muggle para saciar su curiosidad ante la sentida consternación de su mujer.

Mientras tenía lugar aquella discusión, Remus no pudo evitar fijarse en el sujeto que compartía habitación con su convaleciente compañero de la Orden, ya que los licántropos como los lobos, tenían un sexto sentido para identificar a los de su especie, y el murmullo del monstruo que había en su interior no paraba de susurrarle que aquel hombre era uno de los suyos.

En ese momento, Remus se separó del resto y avanzó en dirección a su cama. Aquel sujeto se encontraba tumbado mirando el techo con gesto apesadumbrado:

-Buenas tardes.

El hombre dejó a un lado sus pensamientos para mirarle de forma airada.

-Lo siento, pero no he podido evitar preguntarme cómo se encuentra- continuó amablemente.

-¿A usted que le importa? Ni siquiera le conozco- adujo escrutándole de arriba abajo. Había algo en ese hombre que no había sentido con los que se acercaban a él y no lograba comprender qué diantres era-. Además, ahora soy un monstruo. Haría bien en largarse ahora mismo de aquí sino quiere acabar mal.

-Entonces hablemos de monstruo a monstruo- dijo mientras le tendía la mano-. Mi nombre es Remus J. Lupin-. El mago desconocido se sorprendió al instante-. Intuyo que me conoce; y si, soy el mismo hombre lobo que dio clases en Hogwarts y estuvo a punto de devorar a unos cuentos estudiantes.

-… Odio a la gente como usted- añadió mirando su mano con desprecio.

Desde luego, no era el peor insulto con el que le habían increpado.

Remus sintió lastima por él, debía tener entorno a treinta años, quizás una familia y un buen trabajo que ahora muy probablemente había perdido para siempre.

-Sin embargo ahora usted es como yo y le tengo que pedir que me ayude- añadió dejando a un lado su anterior cortesía. Ya había visto que con eso no iba a llegar a ningún sitio-. ¿Recuerda cómo era el licántropo que le atacó?

El desconocido continuó en silencio con la vista clavada al suelo por lo que Remus decidió desistir de su intento y abandonarle a su suerte.

Justo cuando iba a dar la vuelta oyó su voz de nuevo:

-Un día vinieron unos hombres a arrebatarme mi varita y mi dinero. Yo llamé a los aurores y ellos se marcharon, pero uno de ellos me miró y me dijo que lamentaría el resto de mi vida no haberles ayudado. Tenía el pelo negro y rizado hasta los hombros atado a una coleta, grandes ojos amarillos y dientes del mismo color, olía a sangre y tierra… Cuando salió la luna llena vi un… un…

-Un lobo enorme con pelaje negro y ojos amarillos- continuó la frase inacabada ya que su voz había quedado entrecortada por el miedo.

El hombre asintió conmocionado, y ahora Remus tenía la prueba definitiva para preocuparse de verdad…

-Lo lamento muchísimo, créame- le dijo intentando consolarle-. La vida no va a ser fácil a partir de ahora así que asegúrese de estar junto a las personas que le aprecian y no intente espantarles, ¿de acuerdo?

Cuando se giró vio que la mayoría de las personas con las que había venido se acababan de marchas quedando únicamente Molly y los gemelos al lado de su padre. Remus se despidió de ellos y deseándole a su amigo una pronta recuperación abandonó la habitación.

A la salida se encontró con Ojoloco charlando con una chica que no le era para nada desconocida.

Por su parte, a Tonks le dio un vuelco el corazón al verle caminando hacia ellos con una sonrisa en los labios.

-¡Has tardado demasiado!- se quejó el malhumorado ex auror-. Será mejor que nos vayamos ya Lupin o a estas alturas Mundungus habrá desmontado el coche y vendido todas las piezas a todos los maleantes del distrito.

La joven no pudo ocultar su decepción y más aun cuando Remus le tendió una mano como saludo; aquello desde luego era peor que un sencillo "hola". No obstante, la joven se la estrechó:

-Tendremos que vernos en otra ocasión, Tonks.

Justo cuando apartó su mano sintió el tacto de un pequeño pergamino arrugado. Cuando ambos se alejaron unos pasos, lo desdobló y leyó una dirección junto con una hora. Sonriendo se giró para ver al licántropo caminando hacia la salida en el preciso momento en que él también lo hacia guiñándole un ojo de forma disimulada.

Tonks no pudo evitar sentirse como chocolate derritiéndose a fuego lento. Tuvo que reprimirse mucho para contener un pequeño grito de victoria y que no la encerraran en el Hospital por demencia transitoria.


Se sentía nerviosa y mareada al mismo tiempo. El viaje hacia aquella inhóspita región tan alejada de Londres había echo que su aparición fuera más dolorosa de lo normal, sin embargo ella hubiera soportado cualquier sufrimiento con tal de estar de nuevo a su lado. Se hacia una idea de los riesgos que corría el licántropo al permitir que viniera hasta allí en mitad de su misión, aparentemente, secreta. Por ese motivo, había tenido mucho más cuidado del habitual para que nadie pudiera rastrearla hasta allí.

Remus escuchó el ruido característico que traía consigo toda aparición mágica al otro lado de su puerta y sin más preámbulos abrió para encontrarse con la joven metamorfomaga.

En ese preciso instante se encontraba con la mano levantada para llamar a la puerta, pero cuando vio que la puerta se abría, la joven se pasó disimuladamente la mano por el cabello oscuro.

El licántropo no pudo disimular una mirada asombrada al verla. Llevaba un vestido corto; un poco más arriba de la altura de las rodillas, de color azul y gasa que le daba un aire vaporoso por debajo de la cintura, escote cruzado y sin tirantes. Además su cabello era corto, negro como la noche y con un pequeño broche con una flor que despedía un brillo azul plateado. Sus zapatos sin embargo seguían siendo las mismas botas pesadas y negras de siempre, algo que arrancó una sincera sonrisa al licántropo mientras enarcaba una ceja con gesto interrogativo:

-Emmm, tuve un pequeño problema con los tacones. Creí que si venía con ellos puestos correría el peligro de romperme una pierna, ¡o quizás las dos!- resopló-. Ni el mejor hechizo estabilizador hubiera logrado que diera un paso con ellos.

Él no pudo hacer más que reír ante las ocurrencias tan dramáticas de la joven y en uno de sus múltiples gestos galantes que a Tonks le hacían temblar las rodillas, cogió una de sus manos y se la besó.

Fue solo un roce con sus labios, pero sirvió para ponerle la piel de gallina en un instante y las mejillas sonrosadas.

-Sigues estando preciosa esta noche, y lo mejor de todo es que sigues siendo tú.

La atrajo hacia él con la mano que acababa de coger para invitarla a pasar dentro mientras que con la otra cerraba la puerta. Desde luego, no se le había pasado por alto el hecho de que había mantenido su aspecto tal y como era en realidad.

En ese momento había perdido el contacto visual para cerrar la entrada con cadenas y hechizos protectores para no correr riesgos innecesarios.

Inevitablemente sintió una punzada en el corazón más fuerte que en anteriores ocasiones, la veía allí tan preciosa con aquella sonrisa tímida y esos ojos oscuros que bajo aquella luz tenían la tonalidad del chocolate, ocultando como podía un regalo que había preparado expresamente para él, que se avergonzaba en lo más profundo de su ser de haber dudado de ella.

¿Cómo había podido pasarle por la mente que estaba hechizada y conspirando para traicionarle?

Pero de lo que más se avergonzaba era de haber pensado más de lo que debería en el hombre que estaba con ella el otro día en Hogsmade.

A sus ojos sin duda harían una pareja mejor que ellos dos.

Sin embargo para la joven, Remus no podía verse mejor esa noche. Vestía con sencillez un jersey color marrón claro del mismo color que su pelo castaño haciendo resaltar sus ojos miel mientras que sus pantalones tenía una tonalidad azul oscuro. Desde luego no le pasó inadvertido su cambio de actitud cálido al principio y melancólico después mientras intentaba parecer ocupado con los hechizos. Cuando volvió a mirarla, no necesitaba saber nada más sobre lo que pasaba por la mente del licántropo en esos momentos.

-Y tú eres perfecto- susurró tomándole de nuevo de la mano-. Siempre eres perfecto.

Y no quería dejar de serlo, porque siempre quería ser el hombre perfecto para ella. Remus retiró con cariño uno de los mechones de su frente y fue él quien la besó primero. Era maravilloso volver a hacerlo después de tanto tiempo porque siempre le hacía sentir la calidez de la primera vez que probó sus labios.

-Te traje algo- dijo la metamorfomaga interrumpiendo muy a su pesar aquel beso. Estaba deseando ver su cara cuando lo abriera.

El licántropo sostuvo el pequeño paquete envuelto con cintas de colores con una sonrisa de nuevo en el rostro.

-Yo también tengo algo para ti, pero quizás quieras cenar algo antes de que se enfríe.

En ese momento la joven se dio cuenta de la decoración navideña del lugar. Había velas plateadas, doradas y rojas sobrevolando el mantel que tenía ya dispuesta una comida verdaderamente apetecible. También había luces adornando los marcos de la ventana, espumillón y muérdago por todas partes, pero lo verdaderamente asombroso era el techo del pequeño apartamento.

-Veo que Hermione Granger no es la única que se ha leído la Historia de Hogwarts- comentó maravillada intentando atrapar un copo de nieve que caía sobre la mesa, pero al rozarlo con la yema de sus dedos se evaporó al instante.

Aquella simulación de cielo al descubierto no daba al lugar una sensación fría e invernal sino todo lo contrario, y eso le hizo recordar navidades pasadas y más felices en el castillo Hogwarts cuando no le preocupaba en absoluto su futuro inmediato ni cualquiera de las cosas que pudieran acontecer en su micro mundo.

Remus había tardado muchísimo tiempo en prepararlo todo, pero aquello se veía más que recompensado con su sonrisa. Realmente se había sorprendido a sí mismo al comprobar lo alegre que le hacía sentir decorar toda la casa con adornos navideños; igual que cuando celebraron todos juntos las primeras navidades con el pequeño Harry. Ese día estaban todos juntos como siempre desde el día en que se conocieron, tanto James y Lily como Sirius y Peter.

Le gustaba pensar que por un día habían sido felices aun cuando el traidor de Peter ya conspiraba contra ellos.

No obstante, intentó echar a un lado ese último pensamiento mientras le devolvía la sonrisa. Esa noche debía ser todo perfecto. Remus apartó una de las sillas para ofrecérsela a la joven y ella se sentó divertida siguiéndole el juego.

Primero comieron sopa fría de manzana al curry, y después cordero al hojaldre acompañado todo ello con vino de los elfos. De postre el licántropo había preparado una tarta maravillosa de chocolate con nueces.

"Ni siquiera el príncipe azul sabía cocinar tan bien" pensó la metamorfomaga totalmente abstraída.

A veces cuando él hablaba de cualquier cosa le encantaba mirar todos y cada de sus gestos en silencio y debía reconocer, no sin cierta vergüenza, que a menudo no prestaba la debida atención a sus palabras.

¿Es qué no se daba cuenta de lo atractivo que era?

Tiempo atrás seguramente que no se lo habría cuestionado, pero estar en su situación cuidando siempre de las apariencias, ocultando su condición y escasos recursos mellaban el sentimiento de inferioridad de cualquiera.

La joven repitió una vez más el postre mientras daba gracias a que no todos los días comía así de bien; de ser así muy pronto se convertiría en una bola rodante multicolor. Por otra parte, no podía dejar de sentir arder sus mejillas comiendo chocolate mientras estaba en presencia del licántropo. Desde luego, en momentos como aquel su mente volaba hacia aquella noche en la que sus cuerpos estuvieron a punto de fundirse; el frío con el fuego, y esas manos grandes y masculinas recorriendo su piel.

Carraspeó. Tenía que apartar de sí esos pensamientos pecaminosos antes de que estos la delataran…

-Tienes un poco de chocolate aquí- indicó el licántropo señalándose en la comisura del labio.

No obstante, él la detuvo a tiempo para limpiárselo él mismo con su dedo pulgar. A continuación Remus se lo llevó a la boca para no desperdiciar el chocolate en un gesto nada presuntuoso, pero que inspiraba todas las fantasías sexuales de cualquier mujer.

"Así no me ayudas nada, lobito travieso".

-… Gracias-. Miró a su alrededor buscando una tabla de salvación, y gracias a Merlín, lo encontró-. Ahora sí. ¡Es hora de que abras tu regalo!

Alargó el brazo para cogerlo y ponerlo justo enfrente de él.

-Está bien, pero antes tendrás que abrir tú el mío.

La joven dejó posponer su sorpresa para más tarde y solo porque sentía curiosidad por la pequeña cajita alargada y envuelta en papel de regalo que él acababa de sacar de su bolsillo:

-Espero que te guste.

La joven la sostuvo entre sus manos y comenzó a desenvolver primero las cintas. Cuando consiguió abrir lo que guardaba en su interior no pudo evitar que un gesto de asombro se asomara en su rostro…

Dentro había una pequeña pulsera de eslabones plateados en cuyo interior había incrustados unas gemas traslucidas con un brillo multicolor que refulgían a la luz de las velas con cada movimiento.

-No puedo aceptarlo, Remus- dijo la metamorfomaga cerrando el estuche para acto seguido devolvérselo-. Debe de haberte costado muchísimo y realmente no me lo merezco- añadió.

No obstante, él volvió a ponerlo sobre la palma de su mano.

-No me ha costado nada. Lo más difícil fue hacerle el hechizo para que cambiara de color… Era de mi madre-. El licántropo cogió su muñeca izquierda con gran delicadeza colocando la pulsera en dicho lugar-. Ella hubiera querido que tú la tuvieras.

La pulsera refulgía en mil colores sobre la blancura de su piel, aquella que unos centímetros más abajo ocultaba la terrible marca tenebrosa. Al contemplarla en ese preciso lugar solo podía estar segura de una cosa y era que la señora Lupin en su vida hubiera deseado que su amada reliquia familiar estuviera en manos de una mortífaga aun dándose el caso que aquella mortífaga estuviera perdidamente enamorada de su único hijo…

-Es preciosa- logró articular por la emoción sumida en sus oscuros pensamientos.

-No tanto como tú.

Remus el Santo debería llamarse, pensó tristemente. Siempre haciendo que pareciera especial. Mártir de las causas perdidas como ella. Por ese motivo, más que nadie, se merecía el regalo que había encontrado para él, eso, y desde luego mucho más…

Esta vez volvió a ponerlo sobre su regazo por tercera vez.

-No tenías que haberte molestado, Dora- añadió mientras comenzaba a desenvolverlo.

-Oh, no ha sido ninguna molestia. Es una tontería realmente-. Pero la joven no pudo parar de morderse el labio en el tiempo que tardó en abrirlo por completo.

Había tardado bastante en dar con el regalo ideal para él…

Remus sostuvo en su mano una pequeña esfera transparente.

Parecía una de las bolas que tantas veces les había echo mirar para advertir el futuro su profesora de Adivinación en Hogwarts. Sin embargo, al contrario que en esas ocasiones en las cuales no veía absolutamente nada, ahora distinguía perfectamente una casa reluciente de color blanco bajo la nieve con el Lago Negro al lado y el castillo de magia al fondo.

Algo dentro de él le decía que ya había estado en ese lugar aunque en ese momento no lograba darle forma en su recuerdo.

-Es una Esfera del Deseo- continuó Tonks-. Puedes ver cualquier cosa que desees, aunque no sea real, te enseña lo que tu corazón más quiere. Yo he colocado primero el mío.

-¿Es la Casa de los Gritos? Parece muy distinta ahora.

-Sí…, desearía que cuando todo esto acabara, pudiésemos mudarnos allí y convertirla en un lugar agradable en donde vivir y envejecer juntos mientras nuestros hijos corretean por el jardín y sueñan con ir a Hogwarts.

Sin duda, aquella era una visión que bien habría podido desear el licántropo. Durante años había soñado con algo así, aunque hasta hace unos días, jamás había tenido a alguien con quien hacerla realidad. Pero los sueños solo eran sueños. Remus lo sabía bien a pesar de que su corazón siempre se empeñaba en construir castillos en el aire, y desde luego, no era justo que ella siguiera desconociéndolo.

Su mirada ambarina se separó de aquella fantasía para posarse en ella de forma triste y cansada.

-Dora, los hombres lobo no damos la vida. Estamos malditos y solo podemos quitarla. No he encontrado a ningún licántropo ni he consultado libro alguno que diga que podamos tener hijos. Se dice que somos estériles y solo nos apareamos con humanas por simple placer.

En su interior sabía que había conocido la respuesta mucho antes de plantearla. No lograba entender cómo había podido salir siquiera de sus labios; solo sabía que deseaba una vida normal al lado del hombre al que amaba.

-Y tú…, ¿qué piensas al respecto?- preguntó con el corazón en un puño.

-Creo que en el caso de poder tener hijos tampoco querría que vinieran a este mundo cruel e injusto. No creo que pueda nacer nada bueno de ningún licántropo, Tonks.

-Pero si pudiera darse el caso de no transmitirles tu condición…

-Eso no va a pasar- la interrumpió él de manera cortante-. No conmigo; es la única condición que te pido.

Había puesto todas sus esperanzas por hacer de esa velada algo perfecto que recordar juntos. No obstante, Remus sabía que siempre existía algo que los separaba y ese algo era precisamente él mismo. Si fuera una persona normal podría ofrecerle cualquier cosa a su amada; estabilidad, seguridad y una familia. Pero él era un monstruo y solo podía ofrecerle un futuro yermo plagado de muerte.

-Sé que te pido demasiado y de veras lo siento.

No podía mirarla a los ojos mientras le decía aquello. En lugar de eso se sirvió otra copa de vino para levantarse con ella en la mano y sentarse en el sofá lo más alejado posible. Tonks le miraba hacer completamente impotente. Ahora era él quien se iba de su lado.

Con un único trago hizo vaciar por completo su copa. Daba la sensación de que no sabía muy bien qué hacer.

-¿Quieres saber por qué?- preguntó casi para sí-. Ven, quiero enseñarte algo…

La joven asintió confundida con su cambio de actitud. Sabía que su personalidad fluctuaba más que las olas del mar, pero de una cosa estaba segura y era que él jamás le haría daño alguno. Pero no por ello cuando caminaron hacia la habitación y encendió la luz pudo dejar de pensar que algo de febril locura anidaba en su interior…

Las paredes estaban repletas de fotografías, recortes, flechas, anotaciones y luces parpadeantes en un mapa. Sin embargo, por encima de todo aquello, en lo alto de la enorme pirámide se encontraba el semblante de un hombre con mirada fría, y una sonrisa amarilla y perversa.

-¿Quién es?

-Ese es el monstruo que me hizo como soy. Él es el culpable de que jamás podamos ser felices- respondió tristemente poniéndose entre su macabro collage y ella-. Su nombre es Greyback, Fenrir Greyback. Ha vuelto y esta vez será peor que cuando se fue. No parará hasta contaminar a todo hombre, mujer y niño inocente que se interponga en su camino. Casi todos los licántropos están con él- añadió mientras señalaba las demás fotografías-, y yo soy el único que se interpone en su camino. Tarde o temprano ellos también vendrán a por mí.

-No. Yo jamás se lo permitiré, Remus.

El licántropo cerró fuertemente los ojos y negó con su cabeza a pesar de la congoja de su corazón.

-Llevo preparándome para esto muchísimo tiempo y no podré escapar de él eternamente. Lo único que deseo en este mundo es que estés a salvo y conmigo eso es imposible- añadió intentando alejarse de ella más de lo que su altura moral lo estaba haciendo en ese momento. Suspiró mientras tomaba valor para lo que venía a continuación…-. Dora, yo sé que vivirás en una casa grande pintada de blanco, viendo Hogwarts todos los días desde tu ventana, con un hombre joven y sano que te querrá y te dará todos los bebés y toda la felicidad que yo nunca pude darte... Esté donde esté me sentiré feliz por eso.

-¡NO!

Le propinó un fuerte puñetazo en el hombro que apenas consiguió moverle unos centímetros, luego otro y varios empujones más.

-No me importa tener nada de eso sino es contigo. ¡No me importa!- le gritó zarandeándole del jersey. Entonces le besó. Se sentía mareada por la opresión que sentía en el pecho al saber que la estaba dejando para siempre y lo único que lograba aliviarla era la presión de sus labios contra los suyos.

Fueron los besos más salados que jamás había probado. Era difícil saber hasta que punto eran sus lagrimas las que surcaban su rostro y cuales las de ella. Remus no hacía distinción a la hora de besar cada parte de ese rostro que tanto amaba. Aquello era un error y lo sabía.

Si hacía lo correcto la perdía, y por Merlín que no deseaba perderla.

Sus manos rodearon su pequeña cintura para acorralarla poco a poco contra la pared más cercana mientras sus labios no paraban de moverse y las manos de ella alborotaban su cabello castaño. Los recortes amenazaron con caerse debido al movimiento, pero ambos apenas se dieron cuenta.

-Si seguimos así no podré controlarme...

-No lo hagas- respondió la joven metamorfomaga en un susurró demasiado cerca de su oído.


N/A: ¡Hola a todos! He revisado toda la historia cambiando faltas de ortografía, redacción y alguna cosilla por si queréis echarle un vistazo de nuevo. Espero que os guste este nuevo capítulo. ¿Algún review?

Un saludo:

Sisa Lupin