N/A: Me di cuenta de que nunca les he explicado que es una sarisa, el arma de Schariar. Se trata de una lanza muy larga, de unos 3 a 5 metros de largo, la empleaban los griegos los cuales se ponían en formación de filas compactas y las apuntaban a la caballería para defenderse o marchaban sobre el enemigo hiriéndolo. También se pueden observar en El Señor de los Anillos, las dos torres. Son las lanzas de los uruk-hai. En fin espero que les guste el capítulo.


PELEA POR EL ALMA DEL CABALLERO


Arles se encontró a sí mismo en una habitación circular de piedra gris. Sin duda seguía dentro de Dabith. Finalmente él y Mu se volvían a encontrar. El lemuriano estaba a unos pocos metros y lo observaba con cautela.

–Henos aquí –dijo Arles–. Te juré que te mataría cuando nos volviéramos a encontrar y ese día ha llegado. Sin embargo estoy dispuesto a darte una segunda oportunidad. Honra la promesa que me hiciste y sígueme.

Le tendió una mano a Mu pero él no la aceptó.

–No puedo seguirte, ya te lo dije antes: no eres la persona a quien hice esa promesa. Eres un sapuri, mi enemigo.

Arles se rió de él.

–Te equivocas. No soy un sapuri. Mi armadura es de la orden de la diosa.

–Pero en cambio peleas por el señor de la muerte.

Lo interrumpió Mu con voz serena.

–¡No peleo por ninguno de los dos! –Estalló Arles–. No hay dioses en el mundo, solo nosotros. El más fuerte prevalecerá.

El capitán avanzó hacía Mu. No despedía ninguna señal agresiva por lo que el lemuriano no se movió. Arles lo sujetó de las muñecas con fuerza.

–Mi único y verdadero dese es detener la guerra. ¿No quieres eso tú también? –Mu no lo comprendía–. Los sapuris son la facción más fuerte en este momento por eso me les uní. Conquistaré a los caballeros dorados y después haré lo mismo con ellos. –El lemuriano estaba anonadado–. Mataré a Aldebarán y a Orión, a Shura y a Baucis, al rey Sóter y a Dagnir. Gobernaré a todos y todos serán iguales. Ya no pelearán por los dioses.

–Habrá un sólo dios –Mu entendió finalmente– y ese serás tú.

–Te necesito. A cambio de tu lealtad yo te amaré. –Eso tomó a Mu desprevenido–. Tengo el cuerpo de Saga, su fuerza y sus recuerdos. Te he visto en ellos y a diferencia suya no soy tan ciego como él. Mu, yo sé que lo amas. Sin embargo él te correspondió con amabilidad y un afecto que no mereces. En cambio yo puedo amarte como debe ser.

Quizá por probarse, quizá por un capricho suyo Arles se inclinó hacía Mu dispuesto a unir sus labios. El lemuriano se quedó como petrificado. Clavó la mirada en los ojos de Arles. Deseaba ese beso, no podía negarlo. Y sin embargo los ojos que lo miraban no eran verdes, las manos que lo sujetaban no eran gentiles y cálidas. No era él a quien había dado su corazón.

–Saga –dijo y apartó el rostro–. No podrías comprenderlo, preferiría que Saga me rechace mil veces antes que recibir el beso de una serpiente con su cara.

El temperamento volátil de Arles se encendió.

–Bien. Si rechazas el ofrecimiento que generosamente te hago entonces sufre las consecuencias.

Arles lo soltó y lanzó un golpe dispuesto a partirle el cárneo. Su puño dio con el aire, nada más. Mu se había desvanecido con la teletransportación y reaparecido a espaldas de Arles.

–Yo te venceré –dijo Mu– y lo haré por el bien de la persona a quien quiero.

Arles soltó una risotada. Pobre ingenuo. Iba a dar su vida a cambio de alguien que ya no existía.


Dagnir esquivó el golpe de Aldebarán apenas por unos centímetros. Se giró rápidamente y lanzó una estocada al cuerpo del toro. El filo de su espada dio contra la armadura dorada y no pudo pasar.

–Perros xandos, conocerán su destino –dijo el regente y asestó un codazo en el rostro del general.

Dagnir voló contra uno de los muros de la fortaleza y cayó aturdido. Aldebarán tomó impulso y se lanzó hacía el frente.

– ¡Gran cuerno! –Bramó y cargó contra Dagnir.

–¡Mi señor! –Spica se interpuso de último momento.

Recibió el impacto del golpe destinado a su amo. La chica dio un grito desgarrador y cayó a los pies de Dagnir.

–Spica, no debiste –el general estaba horrorizado.

La armadura de la chica se había deshecho en miles de fragmentos, sangraba profusamente. Dagnir se inclinó sobre ella. La quería mucho.

–¿Estás bien mi señor? –preguntó.

Al hablar un hilillo de sangre escapó de la comisura de sus labios.

–Mi señor Dagnir, yo te amo –susurró.

Tuvo un espasmo y cerró los ojos, completamente yerta.

Aldebarán contempló a la niña. No había sido su intención. Sintió pena por Spica, aunque sabía de sobra que las muertes sin sentido eran parte de toda guerra. Dagnir se levantó. No podía permitir que el sacrificio de Spica fuera en vano.


Schariar encendió su cosmoenergía. La concentró toda en la enorme sarisa que portaba. Tomó impulso y la arrojó contra Misty. El caballero de Lagarto tendió su campo de fuerza consistente en ondas que generaba con el movimiento de sus manos. Una de esas blancas y finas manos fue atravesada por la sarisa y se abrió paso hasta el pecho de Misty. Schariar fue a recuperar su arma pero el amante del caballero herido surgió para relevar a su amado.

–¡Escudo de medusa! –Exclamó.

Schariar desvió la mirada de inmediato pero no fue a tiempo. Dejó de percibir su brazo derecho. Argol bajo el escudo y corrió hacía él para atravesarlo con un golpe.


Mu había peleado con Saga en la Academia, durante sus entrenamientos. Sin embargo, pelear con Arles era algo completamente diferente. Sus técnicas, su estilo, eran completamente distintos pues dominada el séptimo sentido.

Arles se le acercó a la velocidad de la luz. Mu siguió su movimiento a penas duras. No pudo esquivar el golpe.

Arles encajó su puño en el pecho de Mu lazándolo hacía arriba para luego surgir a sus espaldas como si volara y uniendo sus manos asestó un golpe en la espalda de Mu.

El cuerpo del lemuriamo cayó con gran estrepito, las lozas a su alrededor se quebraron. Arles se paró frente a él y antes de que Mu se levantara exclamó:

–¡Otra dimensión!

Mu gritó cuando esa fuerza atrayente lo lanzó en un vacío sin fin. Fue devorado por la oscuridad y desapareció.

–Es el castigo que te mereces –dijo Arles.


Shion se estremeció involuntariamente. Dohko estaba sentado a su lado vigilando su improvisado campamento. Aiolos y Shaka hacían un reconocimiento de la zona.

–¿Qué sucede? –le preguntó a su compañero.

Shion se llevó una mano al pecho. Tenía una sensación de desesperanza.

–¿Qué día es hoy? –Inquirió el primero entre los iguales.

–Primero de Septiembre –le respondió Dohko–. ¿A qué viene esa duda?

–Tengo una sensación, acerca de algo funesto. –Shion se concentró y de pronto el rostro de su amado discípulo se mostró en su mente–. Es Mu –añadió.

Dohko atrajo a Shion hacía sí y lo estrecho en sus brazos. No podían hacer nada.


Arles se dirigió a la salida de la habitación. Era una lástima haber tenido que aniquilar a Mu. Aún tenía pendiente la pelea con Aldebarán. Se detuvo en el umbral. Percibió un cosmos cálido y gentil a sus espaldas. Se giró. En medio de un resplandor dorado se formó la figura del lemuriano. Muy a su pesar Arles sonrió.

Mu escapó del encierro al que Arles lo había enviado gracias a su teletransportación. El capitán sapuri corrió hacía él y preparó su ataque más mortífero. Ni siquiera Mu podría sobrevivirlo.

–¡Explosión de galaxias! –rugió pero no llegó a golpear.

Se quedó inmovilizado de súbito.

–¡Red de cristal! –Mu había contraatacado con eficacia.

Atrapó a Arles pero no lo atacó aprovechando esa ventaja. No quería herirlo. En cambio encendió su cosmoenergía hasta hacerla explotar. A Arles le dolió la cabeza terriblemente, como si el cráneo fuera a partírsele en dos. Comprendió. Mu estaba invadiendo su mente.

– ¡Kanon! –le llamó Mu, luchando por alcanzar su alma.


Siofua escuchó el grito de Mu. Dejo de lado su historia y corrió a la torre donde estaba prisionero aquel a quien el lemuriano llamaba. Cuando llegó encontró a su amo, Orión, ahí. Su cosmoenergía ardía mientras contemplada al hijo de los monjes el cual seguía meditando ajeno al resto del mundo.

–Es muy pronto para que Arles de géminis sea derrotado –le dijo a la niña.

Estaba bloqueando el poder psíquico de Mu con su telequinesis.


–Kanon –imploró Mu–. Por favor escúchame. –Arles soltó una risotada.

–Es inútil –le dijo a Mu–, tuviste tu oportunidad y fallaste.

Arles hizo explotar su somos y rompió la red de cristal.

– ¡Explosión de galaxias!

Mu experimentó en carne propia la técnica que había matado a un centenar de soldados.

–¡Muro de cristal! –alcanzó a decir.

Sin embargo la explosión de galaxias barrió con su técnica y lo alcanzó. Mu sintió que su cuerpo se contorsionaba abrasado por una fuerza incandescente. Gritó a merced de ese poder que amenazaba con deshacer su cuerpo y enviarlo a la nada. Cayó estrepitosamente por segunda vez. Sentía su cuerpo dolorido y le costaba trabajo respirar.

Arles se acercó a él.

–El muro de cristal te salvó la vida, reflejó parte de mi ataque de lo contrario estarías hecho trizas –dijo el capitán sapuri–. Fuiste muy necio. Debiste morir de esa manera, habría sido más rápido.

Dicho eso sujetó a Mu de su larga cabellera y lo levantó. El joven se estremeció de dolor. Arles lo alzó en vilo con la mano izquierda y con la derecha apuntó al rostro de Mu.

–Voy a sacarte esos ojos con los que me miras tan patéticamente.

Lanzó el golpe pero no alcanzó el rostro de Mu. Su mano se detuvo a unos centímetros de él, temblando.

–No te dejaré matarlo –dijo una voz dentro de la cabeza de Arles.

–¡Cállate! –Arles se dobló sobre sí mismo.

Mu lo observó. Su golpe psíquico había dañado la mente de Arles sin duda.

–Después de todo eres el geminiano, la bondad y la maldad moran en ti –murmuró.

Esa era su oportunidad. Encendió su cosmos y se levantó.

Arles luchaba por mantener el control.

–¡Cállate! Lo haré pedazos, me beberé su sangre y le arrancaré el corazón, lo haré chillar en agonía como a un cerdo. ¿Es tu adorado Mu? ¿No es cierto? Será una delicia acabarlo.

Mu se movió a la velocidad de la luz y dirigió su golpe a la cabeza de Arles.

–¡Saga! –gritó.

El sapuri se enderezó en el último minuto. Puso sus manos como cuchillas y atravesó el pecho de Mu.


Siofua vio todo rojo de repente. Tuvo una visión teñida de ese color.

Arles, el gran capitán sapuri clavaba sus manos en el cuerpo de un jovencito de cabellos lilas rompiéndole las costillas. El capitán quería abrirse paso a través de la carne del jovencito hasta el corazón.

Siofua sintió asco y horror. Sobre todo cuando contempló el rostro de quien llevaba a acabo esa crueldad. La mitad izquierda sonreía y sus pupilas eran oscuras. La otra mitad lloraba sangre con un único ojo de color verde. Esa mitad la miró.

–Ayúdame –le pidió. Tenía la misma mirada que Kanon.

Siofua volvió a la realidad. Encendió su cosmos aunque nunca podría superar a su maestro.

–Kanon, tu hermano te necesita –dijo.

El orgulloso jovencito se rehusó a escucharla. En su corazón no podía perdonar a Saga por traicionarlo.

–Va a matar a Mu –siguió Siofua.

Kanon pensó que eso era lo mejor. Saga sufriría por la eternidad si cometía ese asesinato.

–Kanon, te lo suplico, esto no es lo que Nictimene querría de ti.

Kanon siguió ignorándola. Dejo de odiar a Saga y de desear la muerte de Mu. Se concentró en su coan, último vestigio de las enseñanzas de sus padres.

–¿De dónde proviene la oscuridad que habita en mi alma? –se repetía una y otra vez.


–No te dejaré matarlo.

Clamó nuevamente la voz proveniente de la cabeza de Arles.

El sapuri sentía un profundo dolor que amenazaba con ajarle el cráneo, el cual se incrementaba en punzadas más fuertes conforme estrujaba el cuerpo de Mu. El cosmos del lemuriano disminuía, gemía sonoramente tratando de arrancar de su cuerpo las manos del capitán sapuri que cual cuchillas se clavaban en su carne buscando destrozarlo.

–No te dejare matarlo.

Arles incrementó el poder de su cosmos, gritaba al unísono de Mu.

–No te dejare matarlo.

El último lemuriano se retorció agonizante. Arles reunió todo su poderío y atacó. La sangre salpicó su rostro.

– ¡No te dejare matarlo!

Gritó Arles y su cosmos se apagó de golpe liberando a Mu.

El capitán cayó de rodillas y se llevó ambas manos a la cabeza a la vez que recitaba una letanía de incoherencias.

– No te dejare matarlo… No a él. Nunca a él.

Arles no podía levantarse y esa era la última oportunidad de Mu. El lemuriano enderezó la cabeza, trató de de enfocar su mirada pero no lo logró. Tosió sangre, se sabía sin fuerzas. Encendió su cosmos una última vez y alcanzó a Arles. Las defensas del sapuri estaban caídas, logró entrar a su mente.

–Regresa Saga.

Le rogó mientras unía su psique a la de Kanon.

Mu presionó su telepatía al máximo esforzándose por restaurar el lazo de los gemelos. Su cosmos explotó en busca de un milagro y todo terminó en medio de un resplandor. Arles gritó y se resistió pero la misma maldición que había mantenido su existencia durante tres generaciones de geminianos lo forzó a atacar dos almas. Kanon se opuso a la intrusión pero ya los cabellos de Arles cambiaban de color junto con sus ojos y su piel.


El gemelo menor se sintió embargado por un sentimiento tremendo de nostalgia y de tristeza. Su corazón latía rápidamente. Podía percibir los sentimientos de su hermano: su infinita ira, su dolor, su deseo de morir. Sintió la presencia de su madre y su maestro; y el amor de Mu que no conocía límites. Y finalmente alcanzó el fondo de su alma.

–¿De dónde proviene la oscuridad que habita en mi alma? –se repitió–. De ninguna parte, no existe –dijo y alcanzó el satori por fin.


Saga abrió los ojos, el mundo a su alrededor se movía y su cabeza zumbaba con ecos de la batalla librada en ella. Le costana respirar y sentía el cuerpo entumido. Esperó un momento mientras todo se aclaraba.

Había visto a Kanon sentado en flor de loto meditando y su rostro lleno de paz le condujo de vuelta. En eso reparó en sus manos, estaban llenas de sangre y la realidad de su crimen lo sacudió como un trueno.

–Mu.

Buscó con la mirada al joven de cabellos lilas que acababa de devolverle la cordura. Yacía a unos metros de él en el suelo, tirado sobre su propia sangre.

– ¡Mu!

Saga fue hasta él, su mente estaba clara pero ahora lo que sentía se le desgarraba era el corazón.

–Despierta, no puedes morir.

Extendió sus manos rojas hasta el cuerpo y tomándolo con suavidad lo giró hacía si. Era eso lo que más había temido, volver en si mismo un día y encontrarse con que había cometido una atrocidad; pero nunca, ni en sus más lúgubres pensamientos llegó a imaginar que sería Mu la víctima caída por su mano.

Estrechó el cuerpo del lemuriano contra su pecho terminando así de teñirse con su sangre.

–Perdóname.

Susurró tratando de contener el dolor que lo ahogaba.

Al final bastó una mirada al rostro inerte, al cuerpo desangrándose de aquel que tanto quería para que la pesadilla se viera coronada por un grito suyo. Una maldición contra el destino infame que había puesto esa persona en su vida. ¿Acaso era esa la realización de aquella profecía en la que Mu creyó ciegamente? De pronto se escuchó una voz imperiosa.


–¡Suéltalo bastardo!

Saga fue arrojado contra una de las paredes por la potencia de un certero golpe. Cayó aturdido y se enderezó a tiempo para ver la expresión enfurecida de Dagnir mientras el general xando cargaba contra él. Saga se quedó quito al tiempo que su enemigo lanzaba una estocada contra su corazón.

–¡Maldito! ¡Lo mataste! –Vociferó Dagnir.

Sin embargo en ese momento un repentino pensamiento lo detuvo. Aquel que tenía contra la pared no era el capitán sapuri despiadado y cruel, era un cascarón vacío con un deseo de muerte. La pesadilla que se vivía en el interior de la fortaleza se detuvo. Dagnir reparó en sus ojos y en el color de sus cabellos.

–Saga –se dijo.

Tras él venía Aldebarán. El rey de Elnath irrumpió horrorizado al ver la sangre de Mu esparcida en el piso y a este último inerte. Dagnir se giró hacía Aldebarán.

–Lo consiguió –le dijo– el lemuriano venció.


Continuará