Ciaossu! Hoy celebro que al fin salí de vacaciones! :D por fin tendré algo de tiempo libre t.t aunque aun necesito saber los resultados de mis examenes, sin embargo ya no tengo que ir a clases asique estoy pseudo-oficialmente libre!
Muchas gracias a todas las que siguen la historia! No olviden dejar reviews para animarme a escribir ahora que por fin tengo tiempo! :DD *estalla de la felicidad*
Lambo corrió por los pasillos de la mansión en busca de una salida. Su mente estaba totalmente bloqueada, alucinando con la idea de salir de ese sitio.
Detrás de él, Ryhoei corría con todas sus fuerzas para atraparlo, era difícil de creer lo rápido que era ese pequeñín. De tantas vueltas que dieron, ya ninguno recordaba qué camino era el correcto.
Llegaron hasta una puerta blanca, Lambo no dudó en abrirla pensando que se trataba de la salida, pero llegó a un lugar muy distinto: la cocina.
Por un momento, el pequeño Bovino olvidó sus miedos al ver la cantidad de dulces acumulados en ese diminuto cuarto. Ryohei también se sorprendió de la extrema cantidad. Al menos había conseguido que Lambo se quedara quieto, y con la boca llena de dulce.
—¿Te gusta, Lambo-san?—preguntó una amable voz.
—¡Mamá!—gritó el infante, saltando a los brazos de Nana.
—Señora Sawada—interrumpió el guardián del sol—. ¡Debemos salir de aquí AL EXTREMO!
—¿Ahora? Que mal... preparé todos estos pasteles para cuando Lambo-san llegara. No voy a poder llevarlos y se van a perder—reconoció pensativa.
—No te preocupes, mamá. Lambo-san se comerá toooodo, y entonces podremos irnos—aseguró el guardián del rayo, saltando de vuelta a a la mesa de pasteles.
Ryohei observó en silencio por un momento, el pequeño devoraba cada dulce, sin embargo eran demasiados y no había mucho tiempo.
—¡Yo también ayudaré AL EXTREMO!—gritó abalanzándose sobre los postres.
Sí, los dos guardianes eran un par de inocentes niños, por eso Gokudera tenía que ir a buscarlos. Lamentablemente los perdió de vista hace un buen rato atrás.
I-pin le vio caminar con expresión confundida, pero siguió de largo pues el italiano no era su objetivo.
—I-pin—llamó Fon cuando reconoció los inconfundibles pasos de su alumna.
Los arcobalenos se voltearon en dirección a la recién llegada, pero no alcanzaron a hacer ningún movimiento más. I-pin no les dio la posibilidad, pues en ese instante activó la bomba pinzu -a voluntad, ya que gracias a los deseos de Haru consiguió dominar mejor esa técnica-. Y dejó sepultados los pequeños cuerpos de los siete.
En otro lado de la mansión, Tsuna, Dino y Hibari permanecían ignorantes a todo lo que estaba pasando fuera de ese cuarto de blanco inmaculado.
No tenían mucho tiempo para examinar la escena, debían continuar, pero no veían por ningún lado la puerta de salida.
Ante esa inquietud llegó Xanxus, de un solo disparó rompió una de las paredes dejando a la vista un pasillo tan blanco como la habitación en la que se encontraban.
Cuatro pares de ojos miraron con sorpresa al líder de los Varia, curiosamente solo. El primero en darse cuenta del por qué fue Tsuna. Los ojos del hijo adoptivo del noveno… Xanxus estaba bajo un control mental.
—Ustedes sigan—ordenó Dino sacando su látigo—. Lo entretendré un rato.
Los dos guardianes obedecieron y se adentraron por el pasillo que Xanxus acababa de mostrarles. Hasta que llegaron a una sala de estar que parecía haber sido hecha de mármol blanco. A la derecha había una escalera ancha de frágiles escalones que se partían ligeramente con cada paso que daban.
En algún pasillo no muy lejos de ahí, el resto de los Varia se debatía en un duelo, gracias a un deseo de Haru el escuadrón de asesinos se encontraba confundido, con su mente totalmente sumida en un trance que los obligaba a atacarse mutuamente.
Pero por ahora continuaremos narrando lo que pasaba con Hibari y Tsuna.
Todo estaba envuelto en un silencio sepulcral.
Llegaron arriba y lo único que pudieron ver frente a ellos fue un corto pasillo y al final de este, una puerta de un delicado tono rosa pálido.
Abrieron la puerta, y se encontraron con una habitación luminosa y colorida, muy distinta al frío ambiente de la mansión.
Era un cuarto amplio, lleno de peluches y adornos que avivaban el lugar, paredes rosas y un enorme balcón. Pero lo que más llamaba la atención era la cama, a simple vista se veía muy cómoda y suave, además de ser grande y lujosa. Sobre ese colchón descansaba la figura de una agotada castaña y en una silla a su lado, la acompañaba una tierna pelirroja.
—Shh...—dijo Kyoko, acariciando la fina mano de su amiga que sobresalía entre las mantas—. Está cansada.
La postura de Tsuna se relajó al ver a la idol de su escuela junto a Haru, un alivio lo recorrió al saber que ambas estaban a salvo.
Hibari por su parte contempló el rostro de Haru que corroboró con lo que Kyoko acababa de decir, realmente se veía muy cansada, y a la vez más frágil y delicada que nunca. La ira lo recorrió al ver esos bellos rasgos demacrados por el cansancio.
Sin pensárselo dos veces el prefecto caminó hasta la cama, dispuesto a tomar a la persona que en ella descansaba y llevársela lo más pronto posible, pero Kyoko al notar sus intenciones se levantó para interponerse.
—Lo siento Hibari-san. Usted no puede acercarse a Haru—informó la pelirroja.
Hibari la empujó fuera de su camino y continuó avanzando, pero la chica insistió, agarrándolo de su chaqueta.
—Haru-chan necesita descansar—repitió.
—Kyoko-chan—intervino Tsuna—. Tranquila, Hibari-san no le hará daño a Haru. Debemos irnos.
—No—respondió Kyoko a secas, si Tsuna no hubiera estado en su modo hiper, probablemente habría temblado, esta era la primera vez que escuchaba un tono tan hostil por parte de ella.
La mirada que recibió por parte de esos ojos usualmente dulces confirmó sus sospechas. El control mental.
—Kyoko-chan—suspiró Tsuna dándose cuenta que no iba a poder llevarsela por las buenas.
La aludida permanecía de pie, enfrentando firmemente al Décimo Vongola con total decisión y sin una pizca de miedo. Ella protegería a su amiga, eso era todo lo que se atravesaba por su mente, la única idea fija, no podía pensar en nada más.
El capo Vongola retiró con fuerza la mano de Kyoko, obligándola a soltar la chaqueta de Hibari, sin embargo tuvo la delicadeza suficiente como para no lastimarla. La pelirroja se horrorizó al ver que el azabache se acercaba a su amiga y Tsuna no soltaba su mano.
—¡No!—gritó la idol cuando vio que el prefecto se paraba al lado de Haru.
Hibari apartó con cuidado las mantas que cubrían a la castaña. Miró con detención su pequeño y cansado rostro, lo único que evitaba que saliera en busca de Byakuran era su necesidad de ponerla a salvo. Tomó el pequeño cuerpo al estilo nupcial, y se relajó un poco al sentir ese peso entre sus brazos, la tranquilidad de saber que Haru estaba junto a él de nuevo.
—¡No! ¡Suéltala!—chilló Kyoko, intentando zafarse de Tsuna, sin éxito.
—Eres muy ruidosa—la acusó el prefecto con una mirada amenazante.
Haru se acunó entre sus brazos, moviéndose un poco para quedar más apegada al firme pecho del guardián de la nube, como si buscara protección entre sus brazos, Hibari respondió apretándola con más fuerza intentando calmar las inquietudes que surgían en Haru mientras dormía.
Tsuna en cambio, no estaba disfrutando mucho su reencuentro con Kyoko. No quería dañarla, pero ella estaba haciendo lo imposible por librarse de su agarre. Su corazón sufría al verla tan desesperada y no poder hacer nada al respecto, solo esperar que los arcobalenos pudieran ayudarla.
