-La historia es de mi completa autoria más esta ligeramente basada en la segunda temporada de la serie "Kósem La Sultana" producida por Timur Savci y ahora protagonizada por Nurgül Yeşilçay (Sultana Kösem) y Metin Akdülger (Sultan Murad IV). Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto, más su distribución y/o utilización corre absolutamente por mi cuenta para la dramatización de la historia.


Capítulo 24

El pueblo, pese a su perdida propia, estaba gozoso tras haberse enterado de la noticia del alumbramiento de su Sultana. La llegada de una niña no era menos feliz para el pueblo que alababa el amor incondicional con que la angelical Sultana Haseki los dotaba ya que las reconstrucciones—por el incendio—hubieron iniciado inmediatamente al día siguiente, mientras la gran parte de la gente era albergada en los monasterios y la fundación de la Sultana.

El deber era una prioridad indeleble, algo que debía acatarse, pero si algo estaba haciendo Mitsuki en ese momento era contemplar con absoluta admiración a la única esposa y Haseki del Sultan del mundo, la hermosa Sultana Sakura que era una madre para él y a quien debía y deseaba felicitar por haber salido intacta de un parto. Puede que la medicina estuviera teniendo sus propios avances, pero aun así existía la permanente amenaza de morir durante el parto o correr algún riesgo alarmante.

Sentada sobre el estilizado diván junto a la ventana, la hermosa Sultana lucía un elegante vestido morado purpureo, de escote corazón—con seis botones de oro, en caída vertical—y mangas abullonadas. Por sobre el vestido se encontraba una capa superior de encaje e hilo de oro que emulaba el emblema de los Uchiha y que iniciaba en los costados del corpiño—dividiendo el centro del corpiño y la falda interior, del resto del vestido—y formando una ajustadas muñequeras que iniciaban a la altura de los codos hasta las muñecas. El largo cabello rosado de la Sultana, cual marea de risos, caía sobre sus hombros y tras su espalda, adornado por una inigualable corona de oro, cristales morados y amatistas que emulaban lirios y orquídeas a la par de un sencillo par de pendientes de cuna de diamante con una amatista en forma de lagrima en el centro, a imagen de los dijes que pendían de la cadena de oro y diamante alrededor de su cuello.

-Sultana, en cuanto me entere tenía que verla- saludo Mitsuki, feliz al ver sonreír a la Sultana que protegía al Imperio y al Palacio entero, -permítame felicitarla, Kami mediante la Sultana Hanan será igual de hermosa que usted- adulo el Pasha con sincera admiración y anhelo.

-Amén, Mitsuki, espero que sea así- secundo Sakura.

Basto una sola e inequívoca mirada de la Sultana para que Mitsuki comprendiera que debía sentarse a su lado, la conversación que la Sultana deseaba sostener con él claramente incluía temas de suma relevancia, ella jamás podía ocultar sus sentimientos y preocupación por el Imperio, así como por mantener la paz de forma absoluta y todos debían de alabar su sacrificio, su devoción a ser leal a un Imperio en que no había nacido.

-Me alegra que tengas tiempo para estar en mi presencia, sabes que siempre eres bienvenido- sonrió Sakura, agradecida enormemente de la atención que Mitsuki le dispensaba al mantenerse leal a ella cuando muchas personas elegían actuar en pro de su propio beneficio y no del Imperio, -además ahora que serás parte del Imperio has de encargarte de asuntos de suma importancia- aludió la Haseki.

Era una tradición muy antigua el hecho de que un futuro yerno del Imperio tuviera una posición social de la cual presumir ante el resto de sus compatriotas, aliados o enemigos en el Palacio y dentro del Consejo Real, Mitsuki no podía ser la excepción a esta regla. Lo esperable era que ascendiera en el estatus social como Visir de alguna provincia, pero ya que la boda estaba tan próxima, Mitsuki no creía recibir un título ni tampoco era que lo deseara. Servir al Imperio como tal ya de por si era un honor.

-Si, Sultana, su Majestad ha comenzado a indicarme el lugar que he de ocupar en el diván- acepto Mitsuki.

-Pero supongo que no te ha dicho que Shikaku Nara Pasha se encuentra muy enfermo y planea retirarse para que tú ocupes su lugar como Visir de las tierras del norte y comandante de la flota Imperial- comunico Sakura, ligeramente divertida.

Shikaku Nara era uno de los hombres de mayor experiencia en la gobernanza y legislatura del Imperio, había ascendido al cargo de Visir cuando ella había sido una adolescente, recientemente embarazada de Baru, su primogénito, un aliado incuestionable en los momentos de necesidad, pero ahora su aliado era un hombre mayor y que merecía bien retirarse y vivir con tranquilidad lo que le quedaba de vida, intentando superar la enfermedad que lo aquejaba. En esos tiempos de necesidad debían de contar con la ayuda de un Visir joven, esplendido, seguro de sí mismo y con una voluntad y lealtad inquebrantable.

-Sultana, es un honor demasiado grande- alcanzo a decir el peliceleste.

Ascender a tal título, a su edad, era un honor que pocos tenían y eso ya podía darse a conocer mediante Boruto que a su edad era Hasoda Basi, algo que se esperaría de alguien mayor y más capacitado, alguien que contara con edad y experiencia, algo sumamente valorado por el Imperio. Pero si una oportunidad así le era dada a alguien así de joven, era porque merecía la pena y porque el Sultan tenía plena confianza de que ejercería perfectamente la labor en cuestión.

-El mundo es poco para alguien tan leal como tú, Mitsuki- animo Sakura, sosteniendo una de las manos del joven Pasha entre las suyas. -He de advertirte una cosa, Izumi lleva tiempo sintiendo un amor platónico por Boruto, un amor que acabaría por ser su ruina y que no es más que una desmedida afición infantil- advirtió la Sultana, sorprendiendo a Mitsuki que no tenía ni la más mínima idea de esto. -Tú eres un hombre, y sé que como tal no te costara trabajo eliminar esos recuerdos de la niñez y hacer que entienda el rol que, como Sultana y mujer ha de llevar a cabo- menciono la Haseki, esperando que su leal aliado tuviera la gentileza de ocuparse de tal diatriba. -Esto no es solo un matrimonio por amor y bienestar, Mitsuki, también es por política, no lo olvides- pidió Sakura, sinceramente.

Esta revelación era completamente sorpresiva para Mitsuki, si bien su interés por la Sultana Izumi era sincero, no creía que ella ya tuviera a alguien más en su corazón, pero si de algo estaba seguro era que cumpliría su labor, con creces. Haría recapacitar a la joven Sultana, demostrándole que existía más beneplácito en un matrimonio por poder que por un ingenuo sentimiento romántico. Si la Sultana y el Sultan tenían fe en él para elegirlo yerno del Imperio, entonces no los decepcionaría.

-No lo haré, Sultana- prometió Mitsuki.


El palacio usualmente era un lugar de asiduo recogimiento personal para las Sultanas y Favoritas, en décadas y siglos pasados el Palacio del Sultan estaba apartado de aquel en que residían las mujeres, pero el reinado del Sultan Hashirama había inhabilitado esta tradición y permitido que todas las concubinas, Favoritas y Hasekis convivieran bajo el mismo techo que el Sultan que elegía a quien mantener a su lado, así como a su progenie. Esto era tanto bueno como malo, por un lado podían ganar poder en la cama del Sultan y forjar amistad entre ellas mismas, pero por otro lado también favorecía a los conflictos entre mujeres, así como a las intrigas que no tardaban en entretejerse.

El tema de conversación para Eri, en ese momento, era precisamente eso. La inminente boda entre la Sultana Sarada y Boruto, el Hasoda Basi, era el tema de conversación en boca de todos como el evento del año tras el nacimiento de la Sultana Hanan, así como la reacción de la Sultana Izumi que, extrañamente, hasta entonces, se había mantenido totalmente silente. La Sultana Sarada se merecía ser feliz, todos lo decían y Eri lo creía, sin lugar a dudas, pero el temor de que la Sultana Izumi intentara algo era latente en la mente de la joven Favorita.

Sentada sobre un elegante diván de oro—en los aposentos de la Sultana Midoriko—Eri se encontraba expectante, intentando seguir el consejo de quien, obviamente, tenía mayor experiencia que ella y que era su guía en muchas ocasiones. La encantadora Favorita del Príncipe Kagami lucía un sencillo y desconocido vestido rosa violáceo que apenas y era visible gracias a una capa superior o bata, violeta y estampada con el emblema de los Uchiha en hilo cobrizo, de escote en V y mangas holgadas, sin ser ajustada en ningún lugar de su anatomía de una forma favorecedora que apenas y hacia visible su embarazo de—recién cumplidos—siete meses. Su largo cabello rubio—sencillamente peinado y decorado por una fina diadema de tipo cintillo hecha de diamante con un dije de granate que pendía sobre la frente—caída tras su espalda y sobre su hombro izquierdo, enseñando ligeramente unos largos pendientes de diamante en forma de línea—en caída vertical—de los que pendían un granate en forma de lagrima.

-Funcionaran las cosas, ¿Sultana?- inquirió Eri.

-Espero que sí- oro Midoriko, -la Sultana Sarada se lo merece, ha perdido demasiado- lamento la pelimorada.

Sentada frente a ella, y en un diván idéntico, se encontraba la Sultana Midoriko en una imagen de seguridad total, gozando de inmunidad omo padre de un Príncipe, y además miembro de la familia Imperial, aliada de la Sultana Sakura y especialmente de la Sultana Sarada. Lucía un simple vestido sin mangas, de escote cuadrado—levemente redondeado—con cinco botones de diamante en caída vertical hasta la altura del vientre, por sobre el vestido se encontraba una chaqueta transparente de encaje y mangas ajustadas, —que dividía el centro del corpiño y la falda inferior de la tela transparente—con el tradicional y elegante estampado del emblema de los Uchiha ribeteado en diamante. Su largo cabello violáceo, cual cascada de rizos, caía obre su hombro izquierdo, adornado por una soberbia y digna corona de oro y amatistas que emulaba las plumas de un pavo real, a juego con un sencillo par de pendientes de cuna de oro con un diamante purpura en el centro.

-Ya sea que la Sultana Izumi lo quiera o no, es la voluntad del Sultan Sasuke y debemos acatarla- razono Eri con diligencia.

-Así es- secundo la pelimorada, -según escuche la boda se celebrara en una semana- comento Midoriko.

-¿Tan poco tiempo?- se sorprendió Eri.

Las bodas reales no eran un asunto sin importancia, mucho más si se trataba de una de las hijas del Sultan del mundo, las preparaciones—cuando menos—deberían de tomar semanas, por no decir meses. Era realmente extraño que un evento de tamaña importancia y magnanimidad estuviera destinado a suceder en tan poco tiempo siendo que a su vez se celebraría la boda de la Sultan Izumi con Mitsuki Pasha.

-Sera durante la luna llena- cito la Sultana, sin más, -para el Imperio eso es sinónimo de buena suerte y prosperidad- informo Midoriko.

-En ese caso será un magnifico momento- sonrió Eri, ocultando sus pensamientos.

Midoriko no necesitaba hondar profundamente para darse cuenta de que algo preocupaba a Eri, usualmente era alguien totalmente calmada pero en esta ocasión e apretaba la anos, se mordía los labios y evadía su mirada de vez en vez, como si su mente estuviera perdida en divagaciones casi incomprensibles, incapaces de entender por nadie a su alrededor y Midoriko no deseaba que se sintiera así. Estaba embarazada, se suponía que deba sentirse tranquila, plena, serena y calmada, no querían correr ningún peligro por preocupaciones personales.

-Te noto intranquila, Eri- percibió Midoriko. -¿Hay algo que te preocupe?- indago la Sultana.

-No- respondió la favorita, inmediatamente, -bueno, algo- admitió Er, apretándose las manos con nerviosismo y palpable preocupación, -es un presentimiento, escomo si algo estuviera punto de ocurrir- vaticino la favorita con palpable temor y angustia.

Su embarazo se sentía bien, tranquilo, perfecto y apacible salvo por las usuales pataditas que ya se sentían con indiscutible claridad pero, como una nefasta promesa o profecía, Eri sentía que algo andaba mal, era como si estuvieran a la espera de que algo horrible fuera a suceder, no solo para ella sino también para el Imperio, era una sensación realmente extraña y desconcertante, por no decir preocupante.

-Lo sé, también lo he sentido- acepto Midoriko, con la mirada perdida en la nada, -es la brisa esta…- la pelimorada busco, mentalmente, las palabras adecuadas para la ocasión, -agria, se avecinan tiempos de tormenta- sentencio finalmente la Sultana.

Se había perdido mucho en los años anteriores, pérdidas irreparables e inmateriales, si bien ahora existía el problema de los rebeldes, por no hablar de lo sucedido a causa del incendio, no deseaban que la paz que tanto había costado construir se viera quebrantada de forma innecesaria. El Imperio no podía ni debía volver a sus días de crisis, eso devastaría al mundo entero.

-Kami mediante no traerán el desastre- oro Eri.

-Amén- secundo Midoriko.

Kami mediante, no estarían a la espera de una catástrofe equiparable a la sucedida hacía más de diez años atrás cuando habían muerto el príncipe Itachi y el Sultan Baru. Nadie quería revivir aquellos nefastos y tristes días que habían herido tan profundamente a la Sultana Sakura.


Debía de aparentar, el deber cortesano así lo decía pero eso no significaba en lo absoluto que el vestido que estuviera usando consiguiera transmitir claramente sus sentimientos. Sentada sobre su cama, apretándose las mano y perdida en la nada que contemplaba por una de las ventanas, Izumi intentaba mantener la calma pese a que llevar dentro de sí misma una tormenta a punto de estallar, incapaz de obtener la paz que Koyuki intentaba transmitirle inútilmente.

La Sultana lucía un vestido aguamarina grisáceo, de escote recto de mangas justadas sin llegar a la muñeca, abiertas a la altura del codo para exponer la piel de los brazos. Los bordes de las mangas, los hombros y el borde del escote estaba ribeteado en encaje color dorado que complementaba el corpiño decorado con seis botones de oro en caída vertical. Su largo cabello castaño oscuro, como siempre, se encontraba recogido tras su nuca y adornado por una sencilla diadema de oro que emulaba lirios y narcisos con una serie de diamantes incrustados se veía complementada por un par de largos pendientes de oro con una cristal de aguamarina en forma de lágrima al final como decoración. Irrumpiendo en sus pensamientos, las puertas se abrieron de forma repentina, dándole a saber que su igual-una Sultana o Príncipe-pretendía verla.

Ya que el palacio entero, y el pueblo, celebraban por el nacimiento de su hermana y el triunfo de su madre, Sarada no perdía la oportunidad de lucir sus mejores vestidos en estos; los días previos a su boda. Se trataba de un sencillo vestido azul de escote corazón—con seis botones de diamante en caída vertical—y mangas ajustadas hasta los codos, abiertas en lienzos para exponer frontalmente sus brazos. Por sobre el vestido se encontraba una chaqueta de igual color ribeteada en escamas de plata para formar unas elegantes hombreras, así como en los costados de la chaqueta—cerrada escasamente a la altura del vientre—y que además emulaba el emblema de los Uchiha en diferentes áreas de la falda y la espalda. Su largo cabello azabache, cual cascada de rizos, caía libremente tras su espalda, adornado por una elegante corona de plata, zafiros y diamantes en forma de flores de jazmín para complementar un sencillo par e pendientes de cristal en forma de lagrima a la par con un elegante guirnalda de plata alrededor de su cuello, de la que pendían múltiples dijes de plata con zafiros engarzados y un dije central, de mayor tamaño, representaba el emblema de lo Uchiha.

-Izumi, ¿Qué haces aquí sola?- cuestiono Sarada, observando con confusión a su hermana menor. -El día es precioso, no tienes por qué desperdiciar tu tempo aquí- razono la Uchiha, esperando convencer a su hermana de disfrutar de la felicidad de la que todos gozaban. Pero pese a su ameno estado de ánimo Izumi la observo con una frialdad que la hizo sentir extraña. -¿Qué tienes?- inquirió Sarada, sinceramente preocupada.

La hermosa, la inteligente, aquella que nunca hacia nada mal, a quien todo el mundo quería, esa era Sarada a quien debía de llamar hermana. Siempre la había idolatrado como tal, por ser tan perfecta y digna ante todo, pero eta vez Izumi no hacía sino odiarla, odiar su cinismo y su arrogancia, su egoísmo y autoritarismo. Esta vez esa inocencia e ingenuidad no hacía sino resultar falsa para ella, detestaba esa faceta de su hermana, no, no era su hermana, solo Sarada.

-No puedo creer que seas tan falsa- insulto Izumi con desdén y rencor, confundiendo aún más a su hermana, -te dije cientos de veces lo que sentía por Boruto y al final fuiste tan egoísta que decidiste tenerlo para ti- Sarada bajo la mirada antes estas palabras, no sabiendo que decir para disminuir la decepción y dolor de su hermana. -Claro, eres la más hermosa, la más inteligente, tú lo tienes todo, no sabes cuánto te odio- chillo la Uchiha, herida en lo más profundo de su corazón.

-No, Izumi- protesto Sarada, dando un paso al frente, esperando poder hacerle ver la verdad de la situación, -te prometo que intente controlar mis sentimientos, intente alejar a Boruto, marcar las distancias, pero a medida que más lo intentaba más cedía yo misma, no podía evitarlo- la Uchiha bajo la mirada, sabiendo que de todas formas eso no eran más que excusas, nada conseguiría hacer desistir a Izumi. -Mi padre decidió que nos casáramos, de ser así yo jamás se lo habría pedido, no hubiera tenido el valor- aclaro Sarada, eligiendo apelar a la decisión que su padre había tomado.

-Pero yo sí- espeto Izumi, de forma inmediata, dando de igual modo un paso hacia su hermana, no temiendo decirle todo aquello cuanto pensaba, -yo estaba dispuesta a darle mi vida a él, a casarme y tener hijos, pero en lugar de eso hiciste que se enamorara de ti- acoto la Sultana, incapaz de creer que la mujer que la había traicionado de aquella forma de no fuera sino su propia hermana, a quien idolatraba tanto desde niña. -¡Me lo quitaste!- acuso Izumi, dolida.

En algún momento debía de escuchar esas palabras, era previsible y Sarada se había hecho a la idea durante mucho tiempo, pero creerlo y vivirlo eran dos cosas totalmente diferentes, sin semejanza alguna en lo absoluto. No era la traidora que Izumi decía que era, solo había sido dominada por sus sentimientos pese a intentar mantener la distancia, habiendo intentado que viera que los sentimientos por Boruto eran un error. Jamás había sido su interior herirla, jamás.

-Regresare más tarde, cuando estés más tranquila- se excusó Sarada, incapaz de sostener aquella conversación por más tiempo, -quizá entonces lo entiendas- finalizo la Sultana, volteando hacia la puerta.

-No, tu no iras a ninguna aparte-detuvo Izumi, sujetándola del brazo e impidiéndole marcharse. -¿Haces trizas mis sueños y luego te vas? Tu sabias todo sobre mi, ¿Y qué hiciste? Apuñalarme por la espalda- culpo la Uchiha con incuestionable odio en su mirada. -Jamás te perdonare por lo que hiciste, ni a ti ni a Boruto, jamás serán felices, lo juro- prometió Izumi, sin una pisca de remordimiento.

Las palabras de Izumi la estaban preocupando y mucho, jamás la había escuchado hablar así y le preocupaba que sucediera, Izumi no era alguien que-en lo absoluto-hablaba por hablar, siempre cumplía todo aquello que mencionara o aludiera siquiera, las palabras de Izumi significaban un mantra, una ley, algo que si era mencionado sucedería como tal de forma inevitable y Sarada no deseaba que Boruto tuviera que sufrir por su causa solo por el encaprichamiento de Izumi.

-Izumi, apégate la razón- pidió Sarada, ocultando cuan herida y ofendida se sentía por esas palabras, -si nuestro padre lo designo así se hará, debemos entender y resignarnos- raciono la Uchiha.

-No, yo jamás lo haré- se opuso la pelicastaña, -deja de fingirte inocente porque no lo eres, me quitaste al hombre que amaba ¡Te metiste entre nosotros!- grito Izumi, halando fuertemente el brazo de su hermana.

Si, lo había hecho. Boruto siempre había tratado con respeto a Izumi, quizá-con el tiempo-ella hubiera logrado hacer que su padre viera con buenos ojos una unión entre ellos que, con toda seguridad, podría haber tenido lugar si ella no hubiera aparecido, pero de una u otra forma Boruto no hubiera amado a Izumi, es cierto que en ocasiones el amor surgía de la convivencia, pero en este caso no, nada podía forzar amor cuando no lo había en absoluto.

-Aun cuando yo no estuviera, Boruto no se casaría contigo- razono Sarada, pidiendo su comprensión. -Él no te amaba, entiéndelo, no te ama- rogo la Uchiha.

-Por tu culpa- protesto Izumi, sin cambiar de parecer, -si tu no estuvieras él se hubiera enamorado de mí, habríamos sido felices- condeno la pelicastaña.

-¡Ya basta!- irrumpió Sakura.

La discusión, sostenida por ambas hasta ese momento, les había impedido darse cuenta por completo de que las puertas habían sido abiertas, permitiendo el ingreso de su madre que-si bien había esperado tras la puerta al escuchar la discusión-había escuchado todo lo que se habían dicho, realmente furiosa al ver la enemistad que podía surgir entre dos de sus hijas.

-Madre…- Izumi intento explicarse.

-Silencio, Izumi- ordeno la Haseki, zanjando la situación. -Sarada, ve a mis aposentos y espérame ahí- pidió Sakura, con un tono de voz suave y maternal, completamente contrario al que estaba usando con Izumi.

-Si, madre- acato Sarada.

Evitando la mirada de Izumi, por completo, Sarada reverencio debidamente a su madre, abandonando aquellos aposentos tan pronto como le fue posible, dejando a solas a Izumi y su madre que se observaron duramente entre sí.


Izumi la preocupaba, por ello no había podido solo quedarse lejos y esperar a que las cosas siguieran un curso natural que—y Koyuki lo sabía—nunca tendría lugar. De pie, fuera de los aposentos de su desolada amiga, Koyuki esperaba ser de ayuda en alguna forma luego de haber llegado en compañía de la Sultana Sakura con quien se había encontrado en su camino. Esta vez no quería ser una amenaza para nadie, todo lo contrario, quería empezar desde cero y recuperar su lugar y para ello debía de tener cuidado donde pisaba y lo que hacía.

La Princesa se encontraba vistiendo un sencillo vestido verde claro de escote cuadrado y botones de igual color bajo una corta chaqueta superior—hasta la altura de los muslos-de escote redondo y bajo—a mitad el busto—cerrado hasta la altura del vientre por cinco botones de diamante y pequeñas piezas de oro, lateralmente, en caída vertical y mangas ajustadas hasta los codos, con un cuello trasero que enmarcaba el escote frontal y cuyo material estaba ribeteado en hilo cobrizo, emulando flores de jazmín. Alrededor de su cuello se encontraba una sencilla gargantilla de diamantes a juego con un diminuto par de pendientes en forma de lágrima que complementaba la corona de oro decorada por una seguidilla de perlas en forma de lágrima y que adornaba su cabello que caía libremente tras su espalda.

Las puertas se abrieron de forma abrupta permitiendo que la Sultana Sarada abandonara los aposentos de su hermana, peor lejos de seguir con su camino, la Uchiha no hizo sino detenerse en cuanto vio a la Princesa en espera de poder ingresar. Iracunda, Sarada dio dos pasos hacia ella, amedrentando a Koyuki que hubo de reconocer que la Sultana delante de ella era idéntica a la Sultana Sakura en su totalidad, el mismo aire intimidante y seguro que provocaba una sensación extraña en quienes la rodeaban.

-¿Qué haces tú aquí?- cuestiono Sarada, no pudiendo controlar su ira que salió a flote de forma casi inmediata, -¿Por qué tienes que entrometerte en todo?- exigió la Uchiha, harta de toda esa situación.

-Sultana, solo quiero ayudar- se excusó Koyuki, sinceramente.

-Pues no lo hagas- ordeno Sarada, con voz fría. -Todo esto es culpa tuya, por tus intrigas Izumi acabó sucumbiendo a algo que jamás debió ser- acuso la Uchiha siendo que, en efecto, era así, -desde que llegaste a este Palacio todo se ha vuelto un caos, todos estaremos felices en cuanto te vayas- garantizo Sarada, sin reparar en como estaba expresando sus sentimientos cuando no debía.

-Sultana, yo…- intento defenderse la Princesa.

No dándole tiempo, Sarada paso por su lado, chocando conscientemente su hombro contra el de ella con brusquedad, casi ninguneándola de ipso facto, cosa que hirió interiormente a Koyuki. Era consciente de que había errado y como, pero quería remediar las coas, no quería perder la vida por culpa de la Sultana Naoko.

Quería hacer las cosas bien.


-Una vez te pregunte si había algo entre Boruto y tú, lo negaste- recordó Sakura, observando reprobatoriamente a Izumi que no parecía arrepentida por hablarle de esa forma a Sarada, -si en ese entonces hubiera sabido que sentías algo de igual modo le hubiera dicho a tu padre que te concertara un matrimonio con alguien más- dio por hecho la Haseki, sorprendiendo a su hija que la observo incrédula, como si la hubiera traicionado. -Boruto no es para ti- insistió Sakura.

-Si lo es- protesto Izumi.

Presa de los nervios y la incredulidad más grande ante semejante desasosiego, Sakura tomo el mentón de su hija viéndola a los ojos en espera de encontrar una pequeña chispa de quien había sido su hija. Pero por más que lo intentaba no podía ver absolutamente nada, solo odio e ira destinados hacia Sarada como pago por haberse enamorado sinceramente, ese rencor u odio le recordaba a Rin de tal forma que Sakura se sintió momentáneamente asustada.

-Entiéndelo, tú eres una niña para él, el amor que le tienes es enfermizo- rogo Sakura, sin saber que más decir para convencerla de su punto.

Izumi se soltó del agarre de su madre sin poder evitar reír ante sus palabras. Su padre cumplía con los asuntos de estado ante que con cualquier otra cosa y su madre se dedicaba a hacer feliz al pueblo bajo una autoridad incuestionable, apenas y tenían tiempo para ellos mismos, anteponían al mundo por sobre ellos, ¿Cómo podían pretender entenderla así de repente? Ellos no tenían ni la más remota idea de lo que era realmente el amor porque no se molestaban en entenderlo siquiera.

-¿Eso me lo dirá una mujer en el ocaso de su belleza?- insulto Izumi, tratando a su progenitora como si fuese su igual…no, como menos que eso. -¿Cuántos años más, madre?, ¿Cuántos años más crees que serás la única mujer para el Sultan? Ya no eres la joven y hermosa Sultana que llego a este Palacio- se refirió la pelicastaña con claro sarcasmo, siendo sumamente hiriente en sus declaraciones. -Cuando nuestro padre tome un amante, entonces me entenderás, madre- prometió Izumi.

Sin pensarlo siquiera, herida únicamente ante aquellas palabras y su significado, Sakura arremetió contra su hija con una bofetada certera que hizo Izumi llevarse la mano a la mejilla, con incredulidad. Su madre jamás la había golpeado, ¿Por qué lo hacía? Solo le había dicho la verdad, ella no sería la única mujer del Sultan para siempre, se trataba de simple lógica, todo llegaba a su final, siempre debía suceder así y su madre, sin lugar a dudas, no sería la excepción.

-¿Cómo te atreves a hablarme así?- exigió Sakura, incapaz de reconocer a su hija.

-Lo hago porque puedo- se indultó la Uchiha a sí misma, -porque tú también me traicionaste, te pusiste en mi contra- chillo Izumi, molesta con su madre.

-Mi deber es buscar tu felicidad y eso he hecho, no importa si me odias, sé que estarás bien y a salvo- aclaro Sakura, pero ni aun así la mirada de Izumi vario en aquel odio que destilaba de forma inequívoca, -cuando tengas tus propios hijos me entenderás, antes no- amenizo la Haseki, sintiéndose repentinamente sin aire.

-¿Quién eres para decirlo?- cuestiono Izumi, incapaz de comprenderla.

-Cállate- ordeno Sakura, sin recibir protesta alguna esta vez. -¿Te atreves a ponerte en mi contra? Soy tu madre, jamás haría algo contra ti- prometió la Haseki, preguntándose que había hecho para merecer que sus hijos no entendieran el sacrificio que hacia cada día. -Ya sea que lo quieras o no, te casaras con Mitsuki Pasha y no hay más hablar- determino Sakura, haciendo todo lo posible por mantener la calma y no llorar como deseaba hacerlo, -me odias y lo entiendo, pero hago esto por ti, ya sea que lo entiendas o no- zanjo la pelirosa.

No esperando protesta o alguna clase de respuesta, Sakura se sujetó la falda del vestido, retirándose tan pronto como le fue posible, eludiendo a Koyuki que se encontraba tras la puerta y que la reverencio, siguiendo con su camino. No debía preguntarse siquiera si la estaban siguiendo, sabía que Ino, Tenten y Kin estaban tras suyo. Siguiendo con su camino sin reparar en nada, Sakura solo se detuvo en cuanto dio por hecho que estaba sola en ese pasillo, bueno, excepto por su sequito.

-Sultana, ¿Está bien?- se preocupó Ino, tocándole el hombro. -Está muy pálida- acoto la Yamanaka.

Sabia porque, sentía esa punzada en el centro del pecho, quitándole la respiración, haciéndole sentir que de un momento a otro perdería el conocimiento, por eso se había detenido, esperando poder recuperarse y afortunadamente lo estaba haciendo. Las palabras de Izumi lo habían desencadenado, lo sabía, lo había sentido…¿Qué madre no sufriría al escuchar hablar así a su hija? Llevándose una mano al centro del pecho, tranquilizándose a sí misma, Sakura asintió ante la preocupación de Ino.

-Estoy bien- mintió la Sultana.

Ino entreabrió los labios, apunto de rebatir esto, pero la Sultana se adelantó a ella, continuando con su digno andar de regreso a sus aposentos donde debía encontrarse la Sultana Sarada.


No era la Haseki principal, era una Sultana como cualquier otra, una esclava que nunca había obtenido su libertad, pero estas circunstancias no hacían sino impulsar a Naoko a llegar cada vez más lejos gracias a su propio lívido. Había un lugar en el Palacio, un área cerrada que conectaba on el jardín privado y que separaba este lugar del Palacio mediante una ventana con un enrejado dorado que brindaba la debida privacidad de la cual Naoko pudo disfrutar al entrar en esta estancia, encontrándose con Kisame Hoshigaki Pasha que, del otro lado, la reverencio respetuosamente.

-Sultana-saludo el Pasha.

La Sultana portaba un sencillo vestido azul-índigo e escote corazón con una falsa capa inferior, mangas ajustadas hasta los codos y holgadas hasta cubrir las manos, por sobe el vestido se encontraba una chaqueta de igual color bordada en cristales turquesa, azules y purpuras, así como ribeteado en diamante, cerrada a la altura del vientre. Su cabello se encontraba elegantemente recogido tras la nuca, haciendo destacar todavía más al collar de plata, diamantes y zafiros en forma de lágrima alrededor de su cuello, a la par con un par de pendientes y que complementaba una soberbia corona de plata y topacios a imagen de un pavo real.

-Kisame Hoshigaki Pasha- saludo Naoko, agradecida por la asistencia de su leal amigo y aliado a quien apreciaba de todo corazón pese a no demostrarlo, -estamos en tiempos difíciles, no deshicimos de una gran amenaza ahora que la Sultana Sakura alumbro una niña- cito la Sultana con total frialdad y estoicismo, -pero eso no significa que dejaremos de ser precavidos- advirtió Naoko.

-En lo absoluto, Sultana- secundo Kisame, sabiendo que una Sultana no era menor preocupación, si tenía un matrimonio adecuado al llegar a la adultez con toda seguridad sería una amenaza para ellos, -todo se hará según sus deseos- garantizo diligentemente el Pasha.

Una sonrisa arrogante y confiada se plasmó en el rostro de la ambiciosa Sultana. Puede que no tuviera los incontables aliados que poseía la Sultana Sakura, pero tenía un medio de estrategia diferente; el terror y el miedo, y estaba dispuesta a llegar más lejos de los límites establecidos con tal de hacer llegar a su hijo al trono y, con ello, ser la Madre Sultana del Imperio como debía de ser, y para lograrlo Sakura y su estirpe debían dejar de ser una amenaza.

-Sea- sonrió Naoko, tendiéndole un carta doblada y sellada a u emisario que la acepto esperando su habitual aclaración, -aquí están plasmadas mis órdenes, tenemos que asestar otro golpe contra la Sultana Sakura y el Sultan Sasuke, una perdida personal esta vez- detallo la Sultana, no esperando protesta alguna y en efecto así fue. -Pasha, no puede haber error alguno- determino Naoko.

-Jamás, Sultana, se lo juro, antes de eso me quitaría la vida en vez de decepcionarla- prometió lealmente Kisame.

-Eso espero, Pasha- confió Naoko.

La Sultana Naoko era inteligente, sin duda, muy cauta además de intrigante, pero si alguien podía competir con ella esa era la Sultana Sakura que le había indicado a Aratani seguir los pasos de su enemiga y escuchar sus conversaciones en la medida que le fuera posible y así lo estaba haciendo en la sala continua a aquella en que se encontraba la Sultana Naoko y de donde podía escuchar y ver la conversación que tenía lugar sin ser detectada en lo absoluto.

La encantadora favorita—para muchos, Sultana—lucía un sencillo vestido aguamarina de escote corazón y mangas ajustada has lo codos, abiertas frontalmente como lienzos, bajo una chaqueta de encaje de igual color, ribeteada en diamantes, con su largo cabello castaño cayendo sobre sus hombros como una marea de rizos, decorado por una corona de oro y cristales turquesa a imagen de uno largos pendientes con un cristal en forma de lagrima, teniendo una expresión analítica y serena en su hermoso rostro.

-Por lo visto la Sultana Naoko tiene sus propios secretos- murmuro Aratani, con una sonrisa triunfal.

El plan de la Sultana Sakura estaba saliendo a la perfección…se desharían de la Sultana Naoko.


Por más herida que se sintiera, elegía anteponer los sentimientos de una de sus hijas-como siempre-por encima de su propio bien y quietud, no podía vivir tranquila hasta saber que sus hijas estaban a salvo por completo y de que eran felices, de otro modo elegía condenarse a sí misma antes que permitir que cualquiera de sus hijas sufriera o tuviera que tolerar lo indeseable.

Sarada reverencio respetuosamente a su madre en cuanto hubo ingresado en los aposentos. La había esperado, temiendo que Izumi hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse, pero Sarada podía respirar más tranquila sabiendo a salvo a su madre. Sakura contemplo on tristeza el rostro de su hija, acariciando una de sus mejillas, limpiando los surcos que habían dejado las lágrimas, no solo de tristeza por causar el odio de su hermana sino también de angustia hacia Boruto, temiendo que sufriera innecesariamente por su causa.

-Sarada, no tienes por qué estar triste- rogo Sakura, con voz suave.

Ella no era la única que había cambiado con el pasar de los años a causa de las perdidas y el sufrimiento, Sarada también lo había hecho; ciertamente era una mujer admirable por superar los problemas y dejar atrás las dolorosas marcas del pasado, pero a su vez también era frágil, quizá menos que ella pero con un corazón noble, dispuesto a auto sacrificarse con tal de hacer felices a quienes amaba, y Boruto estaba especialmente incluido en esa lista de personas importantes para ella. Izumi estaba jugando con fuego, no sabia en donde se estaba metiendo.

-Pero lo estoy madre, temo por la amenaza que me hizo Izumi- sollozo Sarada, asustada, -no he sido feliz hasta ahora, ¿Y si algo le ocurre a Boruto?- se alarmo la Uchiha.

Si algo le sucedía a Boruto, si él desaprecia de su vida…todo se destruiría para ella, ya no tendría razones para vivir, con que él viviera era más que suficiente, con que él estuviera a salvo y bien ella era feliz. No había aceptado ese amor solamente por fines egoístas, sino porque Boruto así lo había decidido y hacerlo feliz era una prioridad en su vida, si hubiera sido feliz con Izumi claro que lo hubiera aceptado, pero ya que eso no podía ser…ahora su mayor temor era que la muerte asolara al amor de su vida.

-No le ocurría nada, ni a él ni a ti, mereces ser feliz- acoto Sakura, besando la frente de su hija que, después de tantos años, volvió a sentirse omo la misma niña que intentaba emularla incansablemente y así era. -Hija, creo que jamás te pedí perdón por hacer una pésima elección por tu primer esposo- se lamentó la Haseki.

-No, madre, tu no hiciste nada- protesto Sarada, dando por olvidado el tema.

Su madre no tenía por qué sentirse culpable, Inojin había sido un traidor desde el principio, ocultando sus ambiciones y lo que aspiraba lograr al entrar a la familia Imperial, ahora podía verlo, pero su madre no tenía cargo alguno de responsabilidad con que lidiar.

-Lo hice- reprocho Sakura, pese a los esfuerzos de su hija por hacerla cambiar de parecer, -mi deber como madre debería ser anteponer la felicidad de ustedes por sobre la mía, pero las falsas apariencias consiguieron confundirme, también a tu padre- la Haseki bajo la mirada con tristeza, resaltando aún más ese marcado aire melancólico que despertaba la compasión en todos cuantos la rodeaban. -Espero ser digna de que algún día me perdones por no ser la madre que seguramente hubiera deseado tener- menciono Sakura, con sincero arrepentimiento.

Pero, y sin importar que Sarada desestimara esto, Sakura estaba totalmente segura de que no había cumplido eficientemente su rol de madre, muchas veces se imaginaba a su antigua yo-la joven griega que había llegado al Palacio-acusándola de haber perdido su inocencia, de haberse manchado las manos de sangre y era cierto, pero si ella no se hubiera sacrificado a si misma nadie dentro del Imperio sus territorios hubiera conseguido vivir en paz.

-Nadie desearía o podría tener una madre mejor- garantizo Sarada, entrelazando sus manos con las de su madre, -te amo, mamá- sonrió la Uchiha.

-Y yo te amo a ti, mi rosa albana- no aguantando la necesidad, Sakura abrazo fuertemente a su hija que sollozo contra su hombro. Era su deber protegerla, sin importar que eso desencadenara el odio de Izumi…no iba a mantenerse al margen, iba a mantener el orden como debía ser, ni más ni menos. -Izumi no hará absolutamente nada, lo juro- prometió la Haseki.

Su propio sufrimiento era una ofrenda, un sacrificio digno desde el más poderoso de los gobernantes hasta el más humilde de los plebeyos. Siempre se sacrificaría, lo había decidido desde aquella primera noche en los aposentos de su Sultan; antepondría a Sasuke y al Imperio por encima de su persona.


Estaba en peligro constantemente, Koyuki no era tonta como para no darse cuenta, como para no saber que debía de buscar ayuda para sobrevivir o acabaría destruyéndose a sí misma más de lo que ya se había condenado tontamente hasta ese punto. Pero, ¿Qué podía hacer? De no ser por la Sultana Izumi, que ya lidiaba con sus propios problemas, estaría totalmente sola, ¿Cómo encontrar ayuda con semejante mancha sobre su persona, siendo estéril? Jamás podría ser una Sultana, ni contaría con el apoyo de nadie como tal, no podía acceder a nada como seguramente harían el resto de las mujeres…estaba desamparada.

-Princesa, está muy inquieta desde ayer, ¿Puedo saber que le ocurre?- se preocupó Yugito.

El incendio había afectado a su amiga y Princesa más de lo que a Yugito le hubiera resultado normal de admitir, algo estaba pasando por su mente, algo preocupante a su entender y deseaba saber que exactamente.

-Estoy en un enorme predicamento, Yugito, a expensas de lo que decida la Sultana Naoko- acoto Koyuki.

-¿La Ayuda que usted le brindo tiene algo que ver?- pregunto Yugito, confundida.

Si bien-hasta entonces-se había encontrado sentada sobre su cama, apretándose las manos con nerviosismo, Koyuki se vio superada y doblegada a causa de sus propios temores, levantándose de la cama ante la inquisitiva mirada de su amiga y doncella que no paraba de preguntarse qué era lo que la hacía comportarse de aquella forma, sin lograr obtener calma o paz existente.

-Sí, porque me utilizo- soltó la Princesa, venenosamente, -solo quería que le consiguiera el sello de la Sultana Sakura para así poder iniciar el incendio- rebelo Koyuki, paseándose nerviosamente.

-Princesa…- murmuro Yugito, asustada.

-No sé qué hacer, Yugito, si alguien se entera que tuve algo que ver acabaran conmigo, el Sultan y la Sultana ya me odian, no tengo más aliados que la Sultana Izumi- recordó Koyuki, no teniendo ni la más remota idea de que hacer o como actuar al estar en aquella situación, -¿Qué puedo hacer?- consulto abiertamente la Princesa.

En su condición no es como si pudiera protestar tampoco, de hecho solo podía esperar a los acontecimientos que fuerana suceder y ver como se veía beneficiada o cual medio produciría las mejores oportunidades para ella. Contando con un poder limitado como el suyo…realmente no habían muchas cosas que pudiera hacer para sobrevivir allí y debía hacerlo, no había causado gran simpatía por lo cual sobrevivir era un deber totalmente imperativo para ella a esas alturas.

-Bajar la cabeza, Princesa- aconsejo Yugito, sorprendiendo a la Princesa que la observo ligeramente ofendida, -vea a las concubinas y favoritas de los Príncipes, se ganan el afecto de la Sultana Sakura día a día, su voluntad y beneplácito es lo importante, aprenda de su sabiduría- aclaro la doncella.

Era denigrante de imaginar siquiera, ¿Ella, nacida como una Princesa de sangre real, teniendo que reverenciar a todos a su paso, como una esclava cualquiera? Era absurdo, pero sabía que necesario también, o aprendía desde la nada misma o se quedaba estancada en donde estaba y esta no era la mejor opción posible, de ninguna forma.


Aratani se sujetó la falda del vestido para no tropezar mientras recorría velozmente los pasillos del Palacio hasta llegar al Harem donde-sabia-encontraría a lady Ino que podría comunicar la información que ahora tenía a la Sultana Sakura. Aminorando su andar, y recuperando la respiración Aratani se detuvo justo tras la encargada del harem que volteo a verla, entre feliz y sorprendida a causa de su inesperada aparición. Como favorita del Príncipe de la Corona, era importante como tal en la extensa jerarquía Imperial, pero sumamente humilde cuando menos.

-Lady Ino- reverencio Aratani, respetuosamente, -necesito informar de algo importante a la Sultana Sakura, es urgente- comunico la pelicastaña.

Aun no estaba del todo claro cuál era el plan que la Sultana Naoko tenía entre manos, pero si algo era seguro era que implicaba a alguno de los Príncipes o Sultanas, era una prioridad para todos aquellos leales a la Sultana impedir que la desgracia volviera a cernirse sobre la familia Imperial y sobre el Palacio como había sucedido hacía ya más de diez años.

Nadie quería volver a aquellos días.


Habiendo recorrido los pasillos, siendo debidamente seguida por Tenten y Kin, Sakura se detuvo frente a las puertas de los aposentos del Sultan donde los leales y fornidos soldaos jenízaros la reverenciaron respetuosamente. No iba a negarlo, se sentía mal y mucho, pero debía olvidarse de eso, cientos de cosas eran mucho más importantes que su propia persona y debía de recordarlo.

-¿El Sultan está ocupado?- inquirió Sakura.

-Solo está hablando con el Hasoda Basi- informó uno de los dos jenízaros.

Sakura asintió agradecida antes de que las puertas le fueran debidamente abiertas, sin necesitar orden alguna. Pese a permitirle el paso, los dos jenízaros se observaron con un deje de preocupación entre sí en cuanto la Sultana hubo ingresado…lucia demasiado pálida, casi al borde del colapso, ¿Se encontraba bien?, ¿Con qué clase de cosas debía lidiar?

Todo lo referente al matrimonio entre Sarada y Boruto era de suma importancia para Sasuke, y por ende no quería dejar nada al azar, quería que todo fuera digno de recordar, una celebración que devolviera la alegría a los corazones de todos, ese era el propósito de celebrar la boda de forma tan precipitada, pero además también para evitar que Izumi protestara innecesariamente, disponiendo oponerse al enlace; entre más pronto sucediera todo, más pronto se calmarían las aguas, Kami mediante. Sasuke aparto su mirada del Uzumaki en cuanto las puertas se abrieron sin necesidad de anuncio alguno, dándole a saber que se trataba de Sakura que-no estando a solas con su esposo-se vio debidamente limitada a reverenciarlo como dictaba el protocolo del cual ella no estaba excluida.

-Sultana- reverencio Boruto, respetuosamente.

-Sakura, ¿ocurre algo?- indago Sasuke.

No es que no quisiera verla, el contrario, pero si ella se presentaba tan abruptamente era por una razón en específico y Sasuke temía que fuera a causa de una mala noticia, ya habían tenido muchos inconvenientes hasta la fecha, esta vez que querían algo de paz para poder olvidar aquellos días. De forma lenta y respetuosa a su vez, bajo la mirada de Boruto-como testigo-Sakura avanzo muy lentamente hacia el escritorio donde se encontraba sentado su esposo. Venía a pedir su apoyo y consejo, venía a rogarle que clamara su agitado corazón, necesitaba escucharlo, necesitaba recobrar la paz que las palabras de Izumi y la preocupación por Sarada le habían quitado: lo necesitaba a él.

-Sasuke…- murmuro Sakura, sintiéndose más y más débil a cada momento.

Pero apenas e intento dar otro paso, Sakura se sintió perdida, abrumada de forma extraña producto de aquella punzada que le quito el aire por completo, haciéndola desplomándose inconsciente sobre el suelo. Apartando la silla de inmediato, Sasuke se arrodillo a su lado ante la preocupada mirada de Boruto que no supo cómo reaccionar. La Sultana Sakura jamás actuaba de esa forma, jamás mostraba señal alguna de entirse mal o esta enferma, solo para empezar. Ese comportamiento no era usual en ella.

-Sakura-llamo Sasuke, zarandeándola levemente, -Sakura, abre los ojos- volvió a pedir el Uchiha, pero para su sorpresa en lugar de una respuesta verbal contemplo con temor un fino hilo de sangre que se deslizo de entre los labios de su esposa, alarmándolo.- Boruto trae al médico, rápido- ordeno el Uchiha, horrorizado.

El Uzumaki salió de su sorpresa, asintiendo de forma precipitada, corriendo hacia las puertas que abrió por su cuenta, encontrándose con las doncellas de la Sultana en el exterior y que lo observaron angustiada, casi habiendo predicho que su Sultana iba desfallecer de un momento a otro. Pero Boruto no les rindió cuentas en lo absoluto, únicamente siguiendo su camino tan rápidamente como le fue posible. Intentando calmarse a sí mismo, Sasuke cago a Sakura entre sus brazos, depositándola cuidadosamente sobre la cama, analizando con intranquilidad la palidez del rostro de su esposa, así como la difuminada mancha de sangre sobre sus labios.

-Sakura- rogo Sasuke, pegando su frente a la de ella, incapaz de creer que en solo un instante su mundo entero se estuviera viviendo abajo.

No, ella no podía morir. De entre todas las personas que rodeaban su entorno…ella no podía morir.


PD: me he apresurado y esforzado arduamente-siendo que esta semana tuve una presentación y una prueba sin resultados concluyentes, aun-y aquí les traigo la actualización dedicada, como siempre, a DULCECITO311 (cuyos comentarios adoro y a quien prometo actualizar el fic "La Bella & La Bestia" esta noche o a más tardar mañana) y a Yopi (que pregunto cuántos capitulos tendrá el fic; la verdad aun no lo sé porque esta etapa de la historia es más extensa, por ende con toda seguridad tendrá más capítulos que la primera parte "El Siglo Magnifico: El Sultan Sasuke & La Sultana Sakura") Para aquellos que ya hayan investigado seguramente saben que destino aguarda a muchos de nuestros personajes o que modificare, pero no del todo, además advierto que-contrario a lo que mostró el capítulo de la Boda de la Sultana Gevherhan-yo no haré que el personaje de la Sultana Sarada se suicide como ocurrió en la serie original, pero eso no significa que todo siga siendo tan ameno para nuestros personajes :3 muchas gracias por su atención de leer y comentar esta historia, significa mucho para mí, y como siempre les deseo mucha suerte a todos ustedes, cariños, besos, abrazos y hasta la próxima :3