- ¿Consolar con Pansy? - sonrió levemente Ibrahim.
- Por supuesto, ¡¿te imaginas que le decimos a Lucius Malfoy que su hijo se ha ido a consolar en brazos de una traidora a la sangre como Ginny Weasley?!
Enfermería, Cuartel de la Armada
Ginny velaba a su novio, el pobre Draco no había dejado de quejarse aún en sueños. De hecho, le había tenido que administrar una poción calmante y luego, después de que le contase lo que había pasado, una para dormir sin soñar.
Aún estaba conmocionada por lo que le había contado el joven slytherin, cierto que sabía los riesgos de ser espía, no en vano se la pasaba rezando en un dios muggle, que hasta que conoció a Hermione no sabía que existía, cada vez que Draco tenía que ir a la Fortaleza Oscura. Pero saber que su novio se había visto obligado a torturar a uno de sus mejores amigos, le despertaba sentimientos encontrados.
Por un lado quería pensar que podría haber hecho otra cosa, pero viendo la reacción de Harry, que pensándolo con calma sólo incitó a Draco para que no lo matasen, no veía otra salida. En cuanto a la muerte de la chica, no sabía si ella en sus circunstancias hubiese pedido lo mismo, pero lo consideraba más un acto de compasión que un asesinato.
Acarició el rostro del chico, Draco había quedado sumamente traumatizado por lo que se había visto obligado a hacer. Mucho hablar, mucho hablar, pero en el fondo era un trozo de pan. Era un niño que quiso sentirse aceptado y que ahora que tenía una visión más global, había decidido hacer valer sus principios morales aún a costa de su vida e integridad, ahora era un hombre. Su hombre.
Sonriendo con ternura, Ginny besó los labios de su amado, y tras un hechizo para agrandar la cama de la enfermería, se escurrió bajo las sábanas para dormir junto a él.
Desde la puerta, Arthur Weasley sonrió, puede que en un principio no le gustase el chico, pero como decían los chicos: "los tenía bien puestos", y además, hacía feliz a su niña.
Uno de los despechos, Cuartel de la Armada
Theodore Nott estaba frustrado, tras oír el relato del de Durmstrang, había corrido a su oficina empeñado más que nunca a localizar a su jefe, pero todos los resultados eran nulos. Llevaba varios días intentando localizar a Harry con distintas técnicas, pero no daba resultado, ni siquiera con la magia de sangre.
Miró el mapa frente a él, la Fortaleza era inmarcable. A pesar de que al medio segundo se borraban las palabras en el mapa, tenía más o menos localizada una extensión de terreno cerca de un bosque. Tendría que decirles a Ron, Hermione y el resto de Generales, quizá alguno de los animagos afiliados podría pasar desapercibido.
Fortaleza Oscura
Voldemort estaba realmente cabreado, el chico Malfoy le había fastidiado la diversión y se había quedado sin juguetito, y lo que quedaba en las mazmorras era asqueroso y había sido usado por sus esbirros; él no tocaba las sobras de otros.
Por otro lado, la tortura de Potter había sido entretenida y sumamente divertida, ni en desventaja el mocoso cerraba su bocota. El chico había cabreado al niño Malfoy hasta que el Slytherin le había mandado el mejor crucio que había visto en mucho tiempo.
Tenía un ataque planear, pero no tenía cabeza para eso, estaba ansioso, debía conocer la dichosa profecía de Dumbledore para saber como actuar. Además, tenía sus dudas, al parecer, Potter ya no sería su enemigo, pero tampoco quería librarse de él tan rápido, le había traído demasiados problemas como para darle una muerte piadosa.
Brighton
Petunia y Dudley estaban contentos, por fin habían llegado a Brighton donde vivían los Granger. Sólo tendrían que hablar con los padres de Hermione y estarían con sus sobrinos. En cuanto localizaron la casa suspiraron de alivio.
Petunia sonrió satisfecha, la casa de los Granger era un precioso chalet a pie de playa. Dudley se preguntaba si esa era la razón por la que la amiga de su primo siempre estaba morena cuando iba a visitarlo, hasta ahora creía que la chica era na comelibros, pero ahora le estaba entrando la duda.
- ¿ ? - una mujer de unos cuarenta les abrió la puerta, tenía el pelo rubio muy alborotado y unos enormes ojos almendrados. - Somos Madeleine y Anthony O'Brian, y necesitamos su ayuda.
- ¿Son muggles o magos? - la señora les miró con desconfianza, Dudley y Petunia se miraron sin saber cómo explicarse.
- Somos el término medio, señora - Dudley se revolvió el pelo confuso .- No somos magos completos, pero tampoco somos muggles. La magia corre por nuestras venas, en muy poca cantidad, pero algo hay.
- No sé si su hija le ha contado con detalle como es el mundo mágico, ; somos lo que se conoce como squibs. - Un gesto de alivio se dibujó en el rostro de la dueña de la casa, y con una sonrisa algo más confiada, les dejó pasar.
- Sí, se lo que son squibs. Pasen al salón, allí hablaremos - la mujer desapareció en la cocina. Dudley se dejó caer con un suspiro en el sofá, mientras que Petunia, algo tensa, miraba a su alrededor. - Bien, ¿para qué me necesitan y cuáles son sus circunstancias?
- Verá, hace unos días, hubo un ataque en nuestro barrio. Mis sobrinos, mi primo y mi cuñada están desaparecidos, y Harry nos dijo, que en caso de ataque, nos pusiéramos en contacto con Hermione Granger, su hija.
- ¿Harry?, ¿cómo Harry Potter? - una mueca de tristeza se perfiló en el rostro de la anfitriona.
- ¿Sabe algo de mi primo?, ¿está bien? ¿Por qué no vino a buscarnos? - tanto Petunia como Dudley miraron a la mujer ansiosos.
- Yo…, sé poco más de lo que dice el periódico mágico. Harry está desaparecido desde el día del ataque a Surrey, mi hija y sus amigos están intentando localizarle.
- ¡¿Desaparecido?!
- Lo siento mucho, Sra.O'Brian - le extendió una taza de té para que se tranquilizara. - Llamaré a mi hija para que venga aquí y os lleve a un lugar seguro.
- Gracias… - Dudley no habló, lágrimas de rabia descendían por sus mejillas. Harry no había podido escapar por su culpa, y ahora podría estar muerto.
Calabozos, Fortaleza Oscura
Harry se despertó degustando el sabor de la sangre en su boca, no sabía cuánto tiempo había pasado. Intentó recordar qué había pasado y sonrió satisfecho, el dolor bien valía la pena si su amigo estaba vivo.
Sabía que Zislat era parecido a su padre, y un mortífago incapaz de torturar no tendría cabida en sus filas, no habría dudado en matar a Draco. Aunque igual se había pasado un poco provocándole, le dolía todo.
La puerta se abrió de repente y una pequeña figura se acercó a él. Era la misma mujer de siempre. - Lo siento, Harry Potter; ahora mismo me están vigilando, no tengo tiempo. Fregoteo - su cuerpo quedó impecable, tanto la chica como Harry hicieron una mueca al ver el daño infligido. - Toma esta poción para los cruciatus y, esto escocerá, coloniae disinfectant - un chorro de lo que un principio parecía agua salpicó a Harry, estaba a punto a preguntar que era, cuando todas sus heridas empezaron a arder. - Es un hechizo desinfectante, siento no tener más tiempo, pero ayer… - a la chica le tembló la voz - me tengo que ir.
Tan rápido como había entrado la chica desapareció. Harry, como tras cada visita, quedó confuso. Esa chica no era un mortífago, estaba claro. Tampoco parecía una sirvienta cualquiera, demasiados conocimientos (no cualquiera sabe hacer la poción para reparar los nervios tras un cruciatus), pero su forma de vestir y actuar… ¿sería otra prisionera?
