Capítulo 25.

El avión de los Andrew aterrizaba en la pista usual, Candy iba sentada al lado de Albert, había dormido la mayor parte del vuelo, pero ahora se encontraba sentada nerviosamente al lado de él, vestía leggins color negros y un blusón de seda color verde, de corte suelto para disimular un poco su delgadez y mangas largas para cubrir los moretones de sus brazos, calzaba flats color negros y el maquillaje había cubierto gran parte de los hematomas que aún quedaban azulados en su cara, un par de enormes gafas de Chanel cubrirían gran parte de su rostro. Sus rizos se veían adorablemente despeinados, y abundantes.

George había decidido que la mejor manera de evitarles el acoso era negociar fotos de ellos descendiendo del avión y tal vez una pequeña declaración que Albert daría, eso era lo que habían acordado con la prensa a cambio de que no los siguieran y entendieran que la salud de la señorita Andrew era delicada.

La gran pregunta en ese momento era sí ella lograría bajar las escalinatas del avión y caminar un poco, o sí él tendría que llevarla en brazos hasta la silla de ruedas.

¿Cómo te sientes?

Nerviosa…

Sí sientes que no puedes caminar no dudes en decírmelo.

¿Y les daremos fotografías de mí en tus brazos y en una silla de ruedas?

Tal vez así serán un poco más prudentes.

Debimos ponerme una férula o algo para justificar mi inhabilidad para caminar.

Candy, no te preocupes, no importa lo que digan, y no quiero que te pongas en riesgo solo por evitar lo que sea que de todas formas rumoraran…

Sabes qué dirán que estoy anoréxica ¿verdad? O tal vez vengo de un centro de rehabilitación, o nuestro noviazgo no es idílico.

Albert guardó silencio antes de contestarle, la verdad era que si estaba anoréxica, tal vez tendrían que internarla en una clínica para ayudarla a rehabilitarse, y su noviazgo no era idílico, pero eso ella no lo sabía. Le sonrió y la atrajo para abrazarla.

¿Y qué más da lo que digan?

¿Aún me amas? – la pregunta le llegó al corazón, eso era algo que no tenía que meditar, por supuesto que la amaba, no en vano había arriesgado su vida por ella una vez más, no había ido a rescatarla del infierno solo por obligación, no había guiado a un equipo de rescate a allanar la casa de seguridad arriesgando su propia vida, ni había tomado como rehén al maldito de Kumari solo porque sí, lo había hecho por que la amaba, y si la hubiese visto antes de encontrarse con Kumari, él malnacido no estaría ahora en una cárcel, sino muerto. Él tomó su barbilla para que lo viera a los ojos y cuando ella quiso bajar la mirada le dijo.

Por favor mírame a los ojos. – Ella clavó su mirada de esmeralda en la de zafiros de él y y vio por primera vez en esos días el alma del hombre que la amaba más que a su propia vida. – por favor nunca dudes de mi amor, te prometo que superaremos todo lo que venga juntos. – le dijo mientras rozaba suavemente sus labios. Ella profundizo un poco más el beso, lo extrañaba tanto, y no entendía porque, si después de todo habían pasado todo ese tiempo juntos.

El capitán aterrizó y abrieron la puerta del avión, Albert se puso en pie, y la tomó en brazos.

Puedo caminar…

No tiene caso cansarte antes de que comience el show. – le dijo el con ternura, su pregunta anterior lo había desarmado, había un largo camino por recorrer, pero él y la familia harían todo lo que fuera necesario.

Llego a la puerta y la bajó.

Recuerda, si te cansas me lo dices de inmediato.

Está bien, lo prometo.

Albert salió primero para poder ayudarla a bajar, los flashes no se hicieron esperar, se veía cautivante, vestía un pantalón de mezclilla deslavado y una camisa color blanca ajustada a su impresionante figura. Llevaba sus característicos lentes oscuros y sus cabellos se veía revuelto por el viento, su 1.95 de estatura se veía imponente. A los segundos apareció la menuda figura de Candy, su 1.65 de estatura contrastaba grandemente con la de él, pero además de pesar 60 kilos y tener una figura esbelta y bien proporcionada, ahora pesaba 45 kilos, el cambio era más que evidente.

Los reporteros se volvieron locos, los lentes periodísticos hicieron todos los acercamientos que pudieron, a ella le tomó una eternidad descender la escalera, y cuando llegó abajo se veía más pálida si es que eso era posible, una enfermera acercó la silla de ruedas y Candy sin quejarse permitió que Albert la ayudara a acomodarse en ella, los escalones habían sido más que suficientes.

Albert tomó la silla de ruedas y la empujó los 100 metros que los separaban de la camioneta Lincoln color negra que los esperaba, los reporteros les gritaron un sinnúmero de preguntas. Pero él apresuró el paso, no quería que le hicieran preguntas a Candy sobre la India, la tomó en brazos para subirla a la camioneta y cerró la puerta, después regresó al ruedo.

Señores, haré una declaración, pero no contestaré preguntas. Cómo verán mi prometida la señorita Andrew está algo delicada de salud, sufrió un accidente escalando en Tailandia, y producto de ello se desencadenaron otras cosas, les permitimos la entrada con la intención de que puedan entender que como familia pasamos un momento complicado y esperamos respeten nuestra privacidad, por supuesto que en cuanto haya algo que informar lo haremos con gusto, ahora si me disculpan, nos esperan en casa. Muchas gracias. – Albert les regaló una sonrisa cautivadora más y dio la media vuelta para subir por la puerta que el chofer ya le tenía abierta.

Llegaron a la mansión de Chicago unos 40 minutos después, Candy se había quedado dormida por el esfuerzo de bajar las escalinatas del avión, pero Albert la despertó, sabía que esperaban por ella ansiosamente, y quería que al menos pudieran verla consciente por unos minutos.

Amor, despierta, hemos llegado.

Mmmm ¿cinco minutos más?

Mi vida, la tía muere por verte, y los muchachos también.

Eso despertó a Candy.

Quiero bajar sola.

¿Segura?

Lo intentaré, no quiero que la tía se preocupe.

Tomate tu tiempo, y apóyate en mí.

Elroy Andrew midió sus pasos para salir a recibir a Candy, moría por verla, pero una dama nunca pierde la compostura, así que majestuosamente atravesó el vestíbulo, y casi es atropellada por cinco jóvenes apresurados.

¡Niños!

Tía, ya llegó. – le dijo Anthony ignorando el tono de regaño.

Llegaron justo a tiempo para ver a Albert abrir la puerta y ayudar a descender de la camioneta a una menuda rubia, imposiblemente frágil y pequeña. Por supuesto que se les encogió el corazón, pero pusieron una sonrisa en su rostro para darle la bienvenida y no dejarla ver lo conmocionados que estaban.

Gatita, bienvenida. – Archie fue el primero en salir del trance, y se acercó para alzarla y hacerla girar como era su costumbre, pero Albert lo detuvo con la mirada. Candy tenía algunas costillas rotas, eso definitivamente no era buena idea. Archie la abrazó suavemente, sintiendo que su corazón se desgarraba.

Archie, es bueno verte. –

Lo mismo digo preciosa, además tu atuendo es como para llevarte a comer a algún lado con tal de presumirte. –

Jajaja, gracias, pero me temo que te debo la ida a comer, tal vez en unos meses.

Anthony y Stear se acercaron a abrazarla con el mismo cuidado que Archie había tenido, seguidos de Annie y Patty, quienes tuvieron que hacer acopio de toda su fortaleza para no llorar.

Chicas, estoy bien, esto me ayudará a ser menos atolondrada, lo prometo. – les dijo Candy al ver la conmoción de sus amigas.

Elroy observaba el cuadro conmovedor, y agradecía de todo corazón que ella al fin estaba en casa. Descendió los peldaños y se acercó. Candy al verla se acercó.

Tía…

Candice, hija… - fue todo lo que pudo decir, la luz del sol daba directamente sobre la rubia y los cardenales se vislumbraban debajo del maquillaje, y al abrazarla pudo sentir su delgadez y fragilidad.

Albert estaba al pendiente, eran diez escalones hasta la entrada de la mansión, y ya llevaban 10 minutos saludándose, eso era mucho tiempo en pie aún, por un momento pensó en dejarla decidir, pero después recordó que ella no estaba en condiciones de decidir, decidió que al menos mientras estuviese así de frágil no le preguntaría su parecer, simplemente tomaría acciones.

Vayamos adentro familia. – les dijo interrumpiendo el abrazo de su tía. Y sin decir más se aproximó a Candy y la tomó en brazos, ella iba a protestar, pero él no la dejó. – Son muchos escalones pequeña, no aceptaré que subas de otra forma por ahora, y menos porque ya llevas 10 minutos en pie. –

El chofer bajó la silla de ruedas de la parte trasera de la camioneta y comenzaba a llevarla arriba cuando Stear se le adelantó y la llevó el mismo, agradeciendo al hombre.

Entraron a la mansión, y Albert la acomodó en la silla, observó que ella tenía frío y buscó la manta de fina cachemira negra que estaba en el equipaje de mano que los muchachos habían llevado ya a la mansión. Cubrió sus piernas con cariño y se dirigió al comedor, él sabía que ella no comería más que unas cuantas cucharadas de consomé si es que tenían suerte, pero la familia había esperado por ellos para comer, él la ayudó a sentarse en la silla a la derecha de la cabecera y todos se sentaron, antes de comenzar a comer la tía tomó la palabra.

Hijos, estoy agradecida por tenerlos en casa a salvo, Candy, hija, trabajaremos juntas para que te recuperes, estamos aquí por ti y para ti, somos tu familia y te amamos, confía en nosotros mi niña, todo estará bien. – le dijo Elroy con un poco de temblor en su voz.

Gracias tía, es un gusto estar en casa.

Sirvieron la comida, las instrucciones de los médicos habían sido seguidas al pie de la letra por la cocinera en cuanto a Candy. Antes de que comenzaran a comer, Allistear y Diana se integraron a la mesa familiar, Albert observaba de reojo como Candy sonreía y escuchaba atentamente, pero no había probado bocado, él sabía perfectamente que era porque aún no era capaz de usar la cuchara sin derramar la mitad del contenido en el proceso, y sin decir nada simplemente tomó un poco de caldo y se lo acercó a la boca para que ella pudiese comer. Allistear bromeó al respecto para aligerar el ambiente.

Mi querida sobrina, debo aplaudirte, tienes al gran William Andrew perfectamente entrenado.

Allistear…- comenzó Diana a interrumpirlo ante la mirada de molestia de Albert.

Jajaja, shhh tío, si lo dices en voz alta deshaces todo mi trabajo. – le contestó Candy en un tono juguetón, sabía al igual que Allistear que el resto de la familia estaba francamente abrumada con todo.

Rieron y siguieron bromeando por un rato más, Elroy contó que ella había comido apenas tres cucharadas en la media hora que llevaban sentados a la mesa, en eso el mayordomo entró llevando una charola de plata con una nota para Albert.

Señor Andrew.

Gracias James.

Albert la tomó y la leyó, la cara de molestia no le pasó desapercibida a su tía.

Familia, les ruego que me disculpen unos momentos, tengo un pequeño asunto de negocios que atender. –

Descuida William, ve, pero no te tardes, yo ayudo a Candy.

Anthony, ¿puedes acompañarme?

Anthony no dijo nada, simplemente se disculpó y siguió a Albert fuera del comedor.

¿Qué sucede? – preguntó una vez que estuvieron fuera del alcance de los demás.

Tu novia está de visita y trajo consigo a Monica…

Lo siento, le dije que teníamos pendientes y que por eso no la vería hoy.

Anthony, ella es tu novia, y supongo que es una relación que va en serio, así que si quieres ser parte de la familia está bien, pero, no puede traer a Monica, no por ahora.

Lo entiendo, descuida, yo hablaré con ella… ¿Las llevo a comer a algún lado?

Tal vez sea lo más conveniente, no estaría bien recibir a Sophie y no a Monica.

¿Vendrás?

No, me temo que tienes que hacerte cargo tú y habla con ella después, déjale claro que la información sobre mis andares y haceres es un tema estrictamente privado.

Por supuesto, bueno, regreso en un rato.

Albert lo vio alejarse para entrar en el salón que el mayordomo les había indicado, percibió en sus hombros tensión, y esperaba de todo corazón que Sophie comprendiera y aprendiera a jugar bajo las reglas de la familia, si no, todo sería más complicado, iba a alejarse cuando la voz de Monica se escuchó a su espalda, al parecer ella no estaba en el salón con Sophie.

William, que gusto verte de vuelta.

Hola Monica, buenas tardes. – la saludó él formalmente.

¿William?

Discúlpame Monica, pero estoy ocupado, y no puedo atenderte, mañana en el corporativo con gusto vemos los pendientes que quieras.

No vine a ver pendientes William, no respondiste ni uno solo de mis mensajes…

Albert se dio cuenta que no podía seguir hablando con ella en el vestíbulo, así que abrió la puerta de la biblioteca y le hizo un ademán para que entrara.

Monica, lamento mucho si algo que hice dio una impresión equivocada, te apreciamos como familia, y por supuesto que eres bienvenida en casa, pero, el día de hoy no será posible atenderte.

¿Cómo esta ella?

Está en casa, eso es lo importante, tengo a mi prometida en casa. – le dijo haciendo énfasis en la palabra prometida.

¿No me la vas a presentar? – le preguntó ella un poco melosa.

No por el momento, las indicaciones medicas son muy estrictas, solo familia.

Pero…

Monica, no hay peros, te voy a pedir que limites nuestras interacciones a trabajo, y que no vuelvas a aparecerte en mi casa a menos que mi tía te envíe una invitación. Fue un placer saludarte como siempre, y si gustas te acompaño al salón, Anthony me dijo que las invitaría a comer a Sophie y a ti. – le dijo dirigiéndose a la puerta y abriéndola para que ella saliera.

Monica Ainsworth estaba furiosa consigo misma, se había humillado frente a William Andrew, nunca pensó que él se negaría a atenderla o incluso a invitarla a comer, cuando Sophie la invitó a ir a casa de los Andrew creyó que esa sería su oportunidad de conocer en persona a la que ella consideraba su competencia, pero al parecer tendría que quedarse con la curiosidad, siguió a Albert al salón dónde Anthony y Sophie esperaban por ella, él solo le abrió la puerta, dijo buenas tardes y se retiró.

¿Nos vamos? – preguntó Anthony.

No es necesario, Anthony, puedo retirarme para que tú y Sophie se queden.

Descuida querida, tampoco he sido requerida, así que por supuesto iremos a comer con Anthony. – le dijo colgándose del brazo de él y caminando a la puerta. Anthony sabía que había una conversación pendiente entre Sophie y él, pero con Monica presente ese no era el momento.

Salió con ellas en el auto de Sophie y se dedicó a entretenerlas el resto de la tarde, pasaron un rato ameno, y aunque las dos chicas preguntaron cosas sobre Candy él simplemente cambió de tema. Fueron a dejar a Monica a su penthouse y luego al penthouse de Sophie, Anthony había pedido al chofer que lo recogiera ahí.

Tenemos que hablar. – le dijo Anthony seriamente a Sophie.

Lo sé, no es posible que no me recibas a comer en tu casa con mi amiga, Anthony….

Alto, ni siquiera lo intentes Sophie. – le dijo Anthony con voz firme, - yo había sido perfectamente claro contigo, el día de hoy era una reunión familiar.

Soy tu novia, y las novias de tus primos estaban ahí.

Annie y Patty son sus prometidas, y además son como hermanas de Candy…

Candy… todo gira en torno a ella…

Sophie, basta, entiende esto, te amo, y creo que podemos tener futuro juntos, y cuando seas mi prometida o mi esposa las cosas podrán ser diferentes, sin embargo, por ahora la realidad es que debes entender que habrá cosas, y sobre todo lo que está relacionado con Candy y con Albert que está fuera de tus límites, y debes respetar ese proceder de nuestra parte.

¿Nuestra parte? ¿quieres explicarme? Hasta donde yo sé solo tú me pediste que fuera tu novia, dime según tú ¿a quién más debo considerar? – le dijo ella molesta.

No me malentiendas Sophie, pero hay cosas que se consideran desde el punto de vista familia…

Así que debo tener la aprobación de todos los Andrew.

No, no es como lo planteas del todo, aunque si lo vemos estrictamente, si te pido que seas mi esposa al menos mi tía y Albert deberán aprobar nuestra relación… - la mira de Sophie era de furia, y Anthony comprendió que no era precisamente lo que quería escuchar. – espera, ponme atención por un momento, déjame te explico. –

Tienes 5 minutos.

Los Andrew somos un clan, y como tal funcionamos, si algo le sucediera a mi tío, yo sería el próximo patriarca, tu misma lo escuchaste, y por lo tanto, deben asegurarse de que la mujer que este a mi lado sea la correcta, el apoyo que necesitaré. Yo te pedí que fueras mi novia, y eso es importante para mi tía y Albert, pero debes aprender la forma en que los Andrew funcionamos, y entender que hay formas de hacer ciertas cosas…

Y que Candy es sagrada…

Sophie, soy un hombre bastante paciente, pero la verdad no estoy aquí para aguantar berrinches, Candy es la hija adoptiva de mi tía, la heredera de todos sus bienes, y por lo tanto la segunda accionista mayoritaria de todos los negocios después de Albert, es mi prima, mi amiga, la prometida del patriarca y futura matriarca del clan, no es sagrada, pero si tiene mucho poder. Así que la próxima vez que te diga que ella y Albert quieren privacidad lo mejor sería que lo entendieras tal cual, y que no lleves a Monica, si solo hubieses llegado tú muy probablemente te hubiese invitado a pasar, pero llegaste con Monica Ainsworth.

A tu tío no le molestaba Monica mientras ella no estuvo.

Mi tío fue cortés, pero sigue siendo un hombre no solo comprometido sino enamorado, así que deja de intrigar a favor de Monica… espero que lo entiendas, me voy, la verdad no me apetece seguir discutiendo, que descanses. –

Sophie vio con impotencia como su atractivo novio subía al elevador después de darle un frío beso, pero le quedo claro que una batalla contra Candice Andrew no era algo que estaba en posición de ganar, al menos no por ahora.

En la mansión poco después de que Anthony se fue Albert llevó a Candy a su habitación para que durmiera, ella estaba francamente agotada, él le hizo compañía por un tiempo y luego la dejó descansar. Su tía lo esperaba en su despacho.

Hijo, ¿Cómo estás?

Agotado, tía, pero aliviado de que al fin estamos en casa.

¿Qué quería Monica?

Conocer a Candy, pero le dije en términos nada ambiguos que no era bienvenida sin invitación… aunque creo que tal vez lo mejor será que vayamos a Lakewood, al menos por un tiempo, ahí no tendremos visitas inesperadas…

Tienes razón, pediré que lo tengan listo, tal vez en un par de días, ¿vendrás con nosotros?

No puedo dejarla sola tía, quería estar en Chicago para poder ayudar a los muchachos en el trabajo, pero tendré que hacerlo desde Lakewood.

No te preocupes, lo han hecho bien, si te parece les podemos pedir a Annie y a Patty que vayan los fines de semana de visita.

Sí, es una buena idea, daré…

Ve a descansar, yo me hago cargo.

Gracias tía, voy a dormir un rato. Estaré en la habitación de Candy si me necesitas.

William…

Tiene pesadillas tía, despierta llorando y gritando, aunque no recuerda nada, pero si estoy a su lado duerme en paz, y la verdad es que necesita descansar.

Es una excusa muy conveniente William.

Albert no dijo nada sino se acercó a besar la frente de su tía antes de dirigirse a la habitación de Candy. Elroy dio las instrucciones necesarias para lograr la mudanza a Lakewood lo más pronto posible, y habló con los muchachos, era ya entrada la noche cuando Albert y Candy reaparecieron Albert bajó con ella en brazos para cenar, le permitió caminar hasta el comedor.

La rutina fue más o menos la misma durante los siguientes dos días, mucho descanso, comer en familia y algunos pequeños paseos por el jardín, al tercer día Albert, Candy y Elroy se mudaron a Lakewood.

Lakewood.

Candy y Albert caminaban lentamente por el bosque, habían salido a cabalgar en un solo caballo, y ahora se dirigían a la cascada, durante los últimos dos meses habían vivido en completa paz en Lakewood, la salud de Candy aún era frágil, pero seguía mejorando, la familia estaba consciente de que la recuperación sería lenta y prolongada, y Albert había tomado un año sabático para estar al lado de ella.

Llegaron a un claro del bosque junto a la cascada dónde Albert extendió una manta sobre el pasto y puso una canasta de picnic en una orilla, ella se sentó en la manta y él la acompañó, la cercanía de su cuerpo mientras montaban había despertado su hambre por ella, por su toque, por su piel, se recostó sobre la manta y la atrajo hacía él para que se recargara en su pecho mientras acariciaba su cabello, pero por supuesto que eso no fue suficiente, al poco rato sus manos comenzaron a explorar su cuerpo, ella vestía leggins negros y una camisa de manga larga en color negro no iba fajada, y las manos de Albert se aventuraron por la espalda baja de ella, Candy dejó de recargar su rostro en el pecho de él y alzó la vista para buscar sus labios, lo besó suavemente, en esos meses su interacción física había sido tierna y cuidadosa, debido al estado físico de ella y a todo lo que aún no recordaba a Albert le daba temor despertar en ella pasión por las consecuencias físicas y psicológicas que hacerlo podría tener, y Candy, Candy se sentía cómoda con él, pero por alguna razón que no lograba entender cuando sentía la erección matutina de Albert el terror la llenaba y sentía que se ahogaba, por supuesto no se lo había dicho, a veces solo se levantaba de la cama, o se alejaba un poco para no sentirlo.

Mientras se besaban las manos de Albert recorrieron ansiosas su espalda, la apretó un poco contra sí, ella exploraba con su lengua la boca de él, él pasó de su boca a su rostro y a su cuello, muy consciente de lo que hacía y tratando de detectar cualquier tipo de tensión por parte de ella. Continuo con sus besos hacia su pecho, aun sin desabrochar nada, y la tomó por las caderas para subirla por completo sobre él, pero de inmediato sintió como se tensaba y paró.

¿Estás bien?

Lo siento… no sé… que pasó.

No tienes que disculparte, debí ser más cuidadoso. – él besó su frente y dejó que ella se recostara al lado de él nuevamente.

Si quieres puedo … acariciarlo. –

No mi amor, mejor comamos algo. – le dijo mientras se sentaba y abría la canasta de picnic, llevaban muchas cosas, ella lo había empacado, pero estaba consciente de que solo la manzana partida en finos gajos era para ella.

Pasaron la tarde tranquilamente, tomaron la siesta ahí a un costado de la cascada, y regresaron a casa cuando el sol comenzaba a ponerse, él la levantó para montarla en la parte delantera de Nazgul y luego la abrazó mientras tomaba las riendas emprendía el regreso a casa al paso. Pero de pronto densos nubarrones comenzaron a amenazar con derramarse sobre ellos, los truenos y relámpagos comenzaron y Albert supo que no alcanzarían a regresar a la mansión.

Iremos a la cabaña.

¿No alcanzamos a llegar?

Creo que no, y no quiero arriesgarme a que te enfermes. Aceleraré el paso.

Albert comenzó a cabalgar rápidamente, en dirección a la cabaña, los truenos y relámpagos hacían retumbar la tierra, e imágenes de ella parada a la orilla de un risco mientras la lluvia azotaba su cuerpo vinieron a su mente. Las gruesas gotas de lluvia se dejaron sentir sin misericordia, y para cuando llegaron a la cabaña estaban empapados. Albert desmontó rápidamente y la llevó en brazos hasta la cabaña.

Desvístete, o te resfriarás, prepararé el baño. – le dijo Albert dirigiéndose al baño para prepararle la bañera, ella temblaba de frío sin poder contenerse, por su bajo peso era muy fácil que su temperatura se descompensara.

Candy se quedó parada en medio de la sala sin poder parar de temblar, cuando Albert salió ella seguía ahí, sin moverse.

¿Candy?

No…. Puedo…de-dejar… - ella ni siquiera pudo completar la frase.

No puedes dejar de temblar, bien, tenemos que ayudarte a subir tu temperatura, así que te llevaré a la bañera y te ayudaré. - Le dijo mientras la tomaba en brazos y la llevaba al cuarto de baño.

El vapor había inundado el lugar y la atmósfera era cálida, Albert comenzó a desabrochar su blusa, rápida y eficientemente, sintió la tensión en el cuerpo de ella y la vio directo a los ojos.

Princesa, tengo que hacerlo si no te puedes enfermar y cualquier resfriado se puede complicar con tus defensas tan bajas. – le dijo él pacientemente.

No sé… - la voz de ella se quebró.

No tienes que saber porque ahora. – le dijo mientras seguía desvistiéndola sin quitar la vista de los ojos de ella, ella se perdió en esa mirada azul, en la que se mezclaba el amor, con el dolor, la paciencia con la rabia, y pudo ver además infinita compasión y eso la asustó un poco.

La ayudó a entrar en la tina donde el agua estaba caliente y las burbujas la cubrían. Ella temblaba violentamente y sentía que la tibieza del agua escaldaba su helada piel. Por alguna razón las imágenes de una chica metida en una tina con hielos vinieron a su mente, no podía ver el rostro, pero sabía que lo que estaba viviendo era horrible. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas brotaran, Albert había ido a prepararle un té.

Cuando Albert volvió la encontró llorando incontrolablemente.

¿Qué pasa? ¿te duele algo?

¿Por qué la gente es mala?

¿De qué hablas exactamente?

No sé en dónde lo vi, pero tengo la imagen de una joven sumergida en contra de su voluntad en una bañera llena de hielos, sé que le duele, sé que ella no quiere estar ahí, pero no se puede mover, tiembla incontrolablemente, como yo hace unos minutos.

Las palabras de ella lo dejaron helado, no tenía forma de estar seguro, pero algo le decía que la joven viviendo esa tortura era Candy, al parecer los recuerdos no querían quedarse perdidos.

Tal vez… una película, toma, te traje un té, bébelo para que termines de calentarte.

Gracias.

Hay ropa mía, cualquiera de mis camisas te queda de vestido, puedes usar eso, y uno de mis boxers. ¿Cómo te sientes?

Un poco mejor, ¿pasaremos la noche aquí?

No para de llover y me parece arriesgado que alguien venga a buscarnos.

Llama a la tía para que no se preocupe.

Ya lo hice, aquí está la ropa, cuando estés lista para salir si necesitas ayuda me llamas.

Gracias Albert, gracias por cuidar siempre de mí.

No tienes que agradecer. – le dijo él dejándola sola en el baño de nuevo.

Él se cambió, froto vigorosamente su cuerpo con la toalla, para secarse y se puso una camiseta y unos pantalones de piyama, en los siete meses de ausencia esta cabaña había sido su refugio.

Candy salió justo en el momento en que Albert se ponía su camiseta y se quedó observando su varonil espalda, con músculos marcados y esa fascinante forma de V que siempre la había hecho perder la cabeza, por un momento todo lo demás se esfumó y ella se acercó a él para abrazarlo por la cintura. Sus delicadas manos sobre su abdomen hicieron que la piel de él se erizara. La respiración de ella contra su espalda desnuda era demasiado.

Candy…

Hay una parte de mí que extraña el contacto con tu piel. – le dijo ella en voz muy suave, mientras con los ojos cerrados permitía que sus manos viajaran por su abdomen.

Princesa, yo también te he extrañado. - le dijo mientras cerraba los ojos y disfrutaba de sus suaves caricias.

Sabía que debía contenerse, dejarla que ella marcara el ritmo, sintió sus labios rozar suavemente su espalda, y por supuesto que su erección se hizo presente, pero no se dio la vuelta, hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no tomarla en sus brazos y llevarla hasta la cama, ella estaba demasiado frágil, no solo física, sino emocionalmente. Candy siguió el recorrido de sus manos, hasta llegar a sus pectorales y acariciar suavemente sus aureolas que ya se encontraban erectas. Era verdaderamente una tortura.

Candy… - le dijo él con un tono de completo abandono mientras su garganta dejaba escapar un gemido bajo.

Albert…bésame…- Las imágenes de ella diciéndole eso a alguien que no era Albert en medio de una tormenta pasaron como relámpago.

Albert se volteó con cuidado, y sin pegarla a él la besó suavemente en los labios, sus besos eran un remanso de paz para ella, recorrió suavemente con las manos su espalda, pero hizo todo lo posible por mantenerse alerta, relajado.

Debes decirme en el momento en que quieras parar Candy…

No quiero pensar…

Lo sé mi vida, pero no quiero lastimarte.

Borra todo… todo el dolor y la incertidumbre, cierra ese abismo que aún está entre nosotros, soy tuya… siempre he sido tuya. - le dijo ella en tono suplicante.

Él la hizo darle la espalda para llenar su cuello de besos y recorría con sus fuertes manos las curvas de su cintura y su abdomen plano, cuidando de no tocar más abajo ni más arriba. Su aroma y suave piel lo estaban volviendo loco, de pronto sin querer su miembro rozó su trasero y Candy simplemente se paralizó, él seguía tocándola suavemente y besando su espalda, y por largos minutos no se dio cuenta que ella se había quedado sin voz. Hasta que la escuchó gemir, como había gemido ese día que él la había rescatado. Su erección se vino abajo en cuestión de segundos. La culpa lo inundó, ella lloraba. Intentó atraerla hacía él para consolarla, pero ella se encogió poniéndose en cuclillas, sería una noche definitivamente larga.

Candy, no te voy a tocar, pero debes calmarte, me iré a la otra habitación, sin embargo, debes acostarte y cubrirte, no puedo irme de la habitación hasta no asegurarme que hagas eso. – Ella no le respondía, tenía la mirada perdida. – Candy, por favor…- el llanto de profundo dolor resonaba en la cabaña.

Albert se dio cuenta de que, aunque no le gustara tenía que acostarla, cubrirla y velar su sueño por cualquier cosa, así que se acercó a ella, aun cuando ella se contrajo más le habló con suavidad.

Mi amor, te voy a tomar en brazos para llevarte a la cama, para que descanses, dormiré en el sofá de la habitación… - en cuanto la tomó en brazos ella comenzó a forcejear y patalear, él tuvo que sujetarla con fuerza y a la vez cuidar de que no se hiciera daño, se sentó en la cama y la acunó en sus brazos por largo tiempo, acariciando su cabello y diciéndole que todo estaba bien, hasta que ella se quedó dormida.