Capítulo XXV: Jaque mate
Hermione no sabía si creer las palabras del sujeto que acababa de llamarla por teléfono, pero había algo en el tono de voz del tipo ese que le daba escalofríos, una autoridad que no dejaba espacio para las dudas o los cuestionamientos. Además, el pinchazo que sintió hace breves instantes no fue un dolor común, como cuando a alguien lo pica un zancudo o una abeja. Era, más bien, como si un médico le hubiera puesto una inyección. En ese momento, Hermione se dio cuenta que algo foráneo había ingresado a su cuerpo; no importaba si se trataba de un explosivo en miniatura o algo más sutil, como un veneno o un vasoconstrictor. Lo que debía hacer en ese preciso segundo era ir al Templo del Dragón para ubicarse a dos metros como máximo de Harry si no quería morir de una forma horrible.
-¿Te ocurre algo Hermione? Estás un poco pálida –observó Ginny, sobándose el hombro recién reconstruido a causa de las lágrimas de la que una vez fuese castaña-. ¿Necesitas algo?
Hermione permaneció en silencio por un rato. Necesitaba pensar, y hacerlo rápido. A sabiendas que debía ir a su lugar de trabajo para llevarse unos cuantos libros que podrían servirle en su afán por entender el catastrófico giro que dieron los acontecimientos, en especial, la repentina revelación de la Orden de Merlín. Sólo conocía un motivo para que la sociedad secreta más poderosa del mundo mágico se quitara su manto de secretismo, y era uno muy aterrador.
La dominación del mundo muggle.
Y la única barrera que existía entre la libertad y el control era la Orden del Fénix y su brazo armado, el Clan del Dragón. Aquello implicaba que la Orden de Merlín tenía en su poder las armas suficientes para derrotar a su adversario más acérrimo en los últimos mil años de historia mágica. De pronto, todos los hechos recientes parecieron tener un siniestro sentido. Parecía difícil de creer que todo este desastre hubiera sido gatillado por tres simples asesinatos ejecutados aparentemente al azar.
-Ginny –dijo Hermione al fin, tomándola del brazo recién curado-, ¿sabes hacer una Aparición Conjunta?
-Sí. Hace siglos que sé hacerla. ¿Por qué?
-Toma mi brazo –ordenó Hermione precipitadamente. Al ver que Ginny se quedaba de pie observándola como si dudara de su salud mental, el tono de su voz se hizo más apremiante-. ¡Rápido! ¿Qué no ves que nos quedan sólo veinticinco minutos?
La expresión de la Auror se hizo más confusa.
-¿Veinticinco minutos para qué?
-Estoy segura que no querrás averiguarlo, claro, a menos que desees ver el pavimento decorado con mis entrañas –gruñó Hermione sarcásticamente, parafraseando las últimas palabras de su interlocutor. Al ver la cara de espanto de su amiga, Hermione la tomó del brazo por su cuenta y, girando sobre sus talones, desaparecieron, dejando atrás un estampido que hizo que muchas cabezas se giraran hacia el lugar que, hasta dos segundos atrás, ocupaban dos jóvenes que protagonizaron un milagro.
Treinta segundos más tarde, Hermione y Ginny irrumpían por las puertas dobles de roble de la Biblioteca Mágica Nacional y buscaban el escritorio de la Jefa de Investigación afanosamente. El enorme vestíbulo del edificio estilo renacentista, con columnas dóricas por todos lados y arcos de medio punto salvando la distancia entre las columnas parecía un laberinto de cubículos separados por placas de madera lustrada y barnizada, todas con decoraciones barrocas en los bordes. Dos minutos después, con el aliento disminuido y las piernas pesadas como si estuviesen hechas de plomo, ambas mujeres hallaron el cubículo de Hermione, el cual era sustancialmente más grande que el resto y uno de los lados daba a una ventana amplia con barrotes de metal herrumbroso, desde la cual se podía ver el horripilante tráfico londinense.
-De acuerdo –dijo Ginny, poniendo los brazos en jarras y mirando con evidente desaliento las incontables pilas de pergaminos, libros y artículos diversos de biblioteca: espátulas planas, pinzas con címbalos de fieltro y guantes de goma. Con un evidente signo de interrogación en la cara de la pelirroja, Ginny se puso los guantes y ayudó a Hermione a apilar libros voluminosos y pergaminos sueltos, todo los cuales parecían tener dos temas recurrentes: "magos" y "origen de la magia".
-Trata de llevarlos con cuidado Ginny –pidió Hermione, quien acarreaba una torre de pergaminos con una facilidad inquietante-. No tienes idea de cuánto me costó encontrar todos esos documentos y me desilusionaría bastante si estropeas uno. Recuerda que tenemos poco tiempo.
Ginny parecía bailarina de danza árabe por la forma en que se movía para tratar de mantener el equilibrio y, al mismo tiempo, sostener esa montaña de documentos. Después de unos cuántos minutos pudo acostumbrarse y seguir el camino de Hermione.
-No podemos aparecernos y desaparecernos con estas cosas encima de nosotras –dijo Hermione y, depositando su torre de libros sobre una mesa cercana, sacó su famoso bolso de cuentas y, con el cuidado y experticia de una avezada bibliotecaria, echó los documentos dentro del bolso y luego introdujo la pila de pergaminos de Ginny. Acto seguido, Hermione cerró el bolso y se lo echó al hombro. Sonrió ante el aturdimiento de su amiga.
-Encantamiento de Extensión Indetectable –dijo Hermione, navegando entre la maraña de cubículos en busca de la salida-. No tienes idea de cuánto nos sirvió en nuestra pequeña aventura de hace tres semanas atrás.
Ginny prefirió quedarse callada. El ingenio de su amiga le llevaba más de dos palmos de distancia y era mejor confiar en el cerebro de Hermione en dilemas aparentemente sin solución. Un minuto más tuvo que pasar para que ambas salieran de la biblioteca y, con otro estampido, no estaban en ningún lado.
Hermione y Ginny aparecieron frente a las moles de puertas que daban acceso a la enorme prisión fortaleza de Azkaban. Les quedaban sólo diez minutos para los fuegos artificiales más espantosos de la vida de Hermione y decidió enviar un Patronus parlante para avisar de su presencia. Ginny le iba a ser de mucha ayuda en lo que se proponían hacer.
Las puertas dobles se abrieron con un estruendoso chirrido y Hermione y Ginny entraron, ambas con un poco de nervios recorriendo sus cuerpos. Uno de los guardias se acercó a paso raudo hacia ellas, ostentando un rostro no muy diferente al de los prisioneros que allí cumplían condena.
-¿Qué desean?
Ginny fue la que tomó las riendas de la situación.
-Soy Ginny Weasley, Jefa de la Oficina de Aurors. Vengo para oír las declaraciones de un tal Yaxley, aduciendo que Pius Thicknesse ascendió al poder mediante juego sucio.
El rostro del gendarme se contrajo como si hubiera tenido que tragar un vaso de leche agria.
-Por lo que tengo entendido, el señor Thicknesse fue elegido para ocupar el cargo de Ministro.
-No me malinterprete –dijo Ginny en el tono más oficial que pudo-. No vengo para desacreditar al nuevo Ministro, sino para recabar cualquier indicio, evidencia o declaración que pueda afectar a su reputación. Es una labor de limpieza, si puede seguirme.
El guardia se quedó reflexionando por unos momentos, durante los cuales Hermione golpeaba el frío suelo de piedra de la prisión con las suelas de sus zapatos. Otros dos minutos que se iban de la vida de ella.
-De acuerdo –dijo al fin el guardia-. En todo caso avisaré al alcaide de su llegada. Por nueva política, todo visitante debe registrarse con dos horas de anticipación para hacer una visita a la prisión.
Hermione y Ginny suspiraron de alivio. Por tensos instantes creyeron que la mentira no iba a surtir efecto alguno en el rígido gendarme que les salió al paso. Por supuesto no tenían ni la más mínima intención de interrogar a Yaxley, puesto que Hermione ya recibió una confesión de su parte. Hermione localizó la celda que contenía la entrada secreta al Templo del Dragón. Consultó su reloj: cinco minutos para la explosión. Ambas amigas entraron en la húmeda celda y, para su alivio, la escalera oculta todavía era visible, lo que significaba que aún se podía tener acceso al templo.
Dos minutos para la explosión. Hermione corría a través de la caverna que hacía de vestíbulo del Templo del Dragón, Ginny la seguía, preocupada por el nefasto destino que tenía su mejor amiga si no llegaba a tiempo al lado de Harry. Y, de golpe y porrazo, muchas imágenes desfilaron por la mente de la pelirroja, recordando todo lo que había ocurrido desde que vieron la aterradora primera plana del periódico, mostrando la repentina e inexplicable muerte de su hermano Ron. Apenas podía creer que estuviese cazando al hombre que más amaba en el mundo por un asesinato que jamás cometió. Y, aunque Ginny estuviese avergonzada de haberlo perseguido como al más vil de los asesinos, un deseo creció rápido en su interior. Quería ver a Harry otra vez, aunque sea ver sus hermosos ojos verdes que tanto la cautivaban.
Treinta segundos para la detonación. Hermione se hallaba entrampada con la entrada. La puerta no tenía cerradura, tampoco tenía una perilla o una anilla que sirviera para abrir la maldita puerta. Aunque golpeara con todas sus fuerzas, el pedazo de madera no cedía. Hermione se convenció a sí misma para que se calmara y tratara de entender qué haría Harry en una situación como esa. Le tomó veinte segundos averiguarlo.
Hermione retrocedió varios metros y luego, emprendió una desesperada carrera hacia la puerta. Ginny trató de intervenir, pues creí que su amiga se había vuelto loca, pero cuando quiso ponerse entre Hermione y la puerta, miró en todas direcciones y su amiga no estaba en ningún sitio, ni en la cercanía ni en la lejanía.
-¡Hermione! ¡Dónde estás!
Al otro lado de la puerta, Hermione suspiró hondo, alegre por haber sabido adivinar los pensamientos de su amigo Harry. Pero había un problema muy grave: en toda la extensión del lugar, no podía ver a su amigo por ninguna parte. No tuvo tiempo para reconocer su entorno, porque la cuenta regresiva había llegado a su fin.
Nadie escuchó la explosión que atronó en la enorme caverna iluminada por la luz del sol.
El capitán Richard Rowland pareció no haber registrado las palabras de Tom Riddle, pero la verdad era que se encontraba conmocionado como jamás se sintió en toda su carrera al mando de la agencia. Nunca en toda su vida estuvo tan dividido como en ese momento: por un lado estaba su trabajo, la seguridad mundial, su infatigable labor para evitar una guerra a escala global y neutralizar en silencio cualquier amenaza; por el otro, estaban esos objetos cuyo poder había quedado demostrado sin un ápice de duda y que lo convertirían en el hombre más poderoso de la tierra. Tendría ilimitadas facultades para evitar cualquier guerra, por muy inevitable que fuese, tendría a sus enemigos de rodillas sin siquiera disparar una sola bala y podría imponer la seguridad sin que ninguna célula terrorista se atreviese siquiera a intentar cualquier clase de desorden. Mientras tanto, al margen de las diatribas del capitán Rowland, Tom Riddle se paseaba alrededor de la austera oficina, con las manos detrás de su espalda, su capa ondulando perezosamente detrás de él.
-No existen el bien y el mal, señor Rowland. Sólo poder… y aquellos demasiado débiles para buscarlo –entonó Tom calmadamente, como sólo él sabía hacerlo, maestro de la persuasión y del engaño. El capitán todavía tenía sus ojos fijos en las reliquias de la muerte, sin siquiera pestañear, aunque sus ojos se irritaran. Las preguntas se multiplicaban dentro de su cabeza. ¿Qué pasará si tomo las reliquias? ¿Qué haré con tanto poder? ¿Cómo reaccionará mi familia si me ve con esos objetos? ¿Importa que la guerra siga su curso? ¿Seguiré como Jefe de Inteligencia si le hago caso a Riddle? ¿Permito que las cosas caigan por su propio peso? Tom Riddle parecía ver cada una de las preguntas que se formulaba a sí mismo el capitán Rowland, pero sabía que la persona que tenía delante de él iba a encontrar una sola respuesta a todas aquellas interrogantes.
No importaba. Nada de las preguntas importaba con tal poder de su lado.
Sudor comenzó a correr libremente por la frente del capitán Rowland y éste humedeció sus manos y la camisa que usaba debajo del uniforme. Recordó la cadena de acontecimientos que lo llevó a esa coyuntura.
Todo comenzó con una condenada llamada. El acento del tipo que lo llamó era claramente japonés. Alegaba pertenecer a una sociedad secreta llamada Orden del Fénix y decía que su hija, una pieza crucial de la orden, estaba en peligro, amenazada por otra sociedad secreta llamada Orden de Merlín. De acuerdo con quien lo llamó, la susodicha Orden de Merlín tenía planeado contratar a un grupo de terroristas rusos para asesinarla y echarle la culpa al ejército ruso. Pidió al capitán Rowland que pusiera la mayor protección posible para la hija del empresario japonés que hablaba con el Jefe de Inteligencia y el capitán accedió y dispuso de hombres infiltrados en la inteligencia británica para protegerla.
Pero surgió la amenaza de un atentado terrorista en contra de Cho Chang, la hija del empresario japonés que llamó al capitán Rowland por ayuda y este hombre le recordó al capitán su promesa y él contactó de inmediato con una división secreta del ejército inglés para que siguieran a la mujer. Los soldados pudieron capturar a los terroristas, pero Cho Chang estaba muerta por culpa de la explosión de un vehículo en el cual pensaba escapar. La llamada del empresario japonés no se hizo esperar y, en palabras muy duras, criticó su gestión y le dijo que la muerte de su hija iba a desatar la Tercera Guerra Mundial. Sólo unas horas después, el capitán se enteró de la muerte del Primer Ministro Ruso. La versión oficial atribuyó el atentado a un acto de represalia por la muerte de Cho Chang y el capitán pudo ver, en vivo y en directo, la arenga del presidente ruso y el consecuente incremento de las actividades militares en ese país.
Sin embargo, no todo estaba perdido. El empresario japonés le habló del proyecto Freedom, una empresa en la que el padre de Cho Chang tenía parte, a causa de una millonaria donación a los fondos del departamento de defensa para crear un arma que cambiaría el cariz de la guerra para siempre. Le dijo al capitán Rowland que el proyecto Freedom era capaz de detener los movimientos bélicos de Rusia y podría evitar una catástrofe. El capitán Rowland le hizo caso y ordenó el lanzamiento del satélite, el cual no estuvo exento de dificultades, siendo la peor el ocultamiento de tres misiles nucleares, los cuales fueron lanzados sobre tres blancos y dejaron una devastación horripilante bajo los hongos atómicos que se alzaban en tres naciones diferentes.
Y ahora, el capitán Rowland enfrentaba el más difícil de los dilemas: ¿aceptaba las reliquias y el poder que éstas tenían, o enfrentaba el problema de la forma en que él sabía? El Jefe de Inteligencia sentía que todo esto formaba parte de una pauta secreta que alguien en medio de la penumbra había trazado para él, que estaba a punto de caer en una trampa si aceptaba el poder de las reliquias. Pero, ya era muy tarde para hacer esa clase de preguntas. El daño estaba hecho. El capitán Rowland vio el poder de las reliquias y fue seducido por éstas. Amo de la Muerte, invencible, poderoso, invisible. No obstante, su razón hizo un último acto de desafío. Ese empresario japonés lo engañó, lo guió por un camino de mentiras e ilusiones, alegando que tenía una hija que pertenecía a alguna orden legendaria. Se dio cuenta, en un último hilo de lucidez, que el responsable de todo lo que había ocurrido, de su desgracia y de su lucha por rechazar el poder que un personaje enviado por ese mismo empresario japonés le estaba ofreciendo, era la persona quien lo llamó en un principio. Era un círculo, y el capitán cayó redondo en el ruedo, creyendo que estaba ayudando a evitar una guerra y, al final, sólo terminó siendo el involuntario peón de alguien más, un partícipe, un cómplice de la desgracia que estaba a punto de caer sobre el mundo. Ya no importaba nada más, las condecoraciones en su uniforme no tenían ningún valor, su cargo no tenía relevancia alguna en ese momento. El capitán Rowland, desprovisto de su razón, impotente ante la treta que le jugó un maldito empresario, quien estaba empecinado en que la guerra comenzara a como diese lugar, se puso él mismo a merced del poder. Si existía la posibilidad que los tres objetos que yacían inertes sobre su propio escritorio pudieran reparar el daño que él contribuyó a realizar, entonces estaba más que dispuesto a aceptar el generoso regalo de Tom Riddle, las Reliquias de la Muerte.
-¿Y bien? ¿Cuál es su decisión, capitán Rowland?
Tom Riddle estaba expectante, pero aquella emoción no se podía ver en su rostro vacío y sin expresión. Sabía lo que venía a continuación, porque era, más o menos, una repetición de lo que hicieron sus antiguos seguidores para convertirse al mal.
El tono del capitán Rowland fue definitivo.
-La guerra… comenzará. Tomaré las reliquias.
Tom Riddle curvó su boca en una siniestra sonrisa.
Jaque se dijo, mientras observaba como el antiguo Jefe de Inteligencia tomaba los tres objetos y los reclamaba como suyos.
Harry vadeaba un lago, cansado como jamás estuvo en toda su vida. Había tenido que soportar tres pruebas, tres horrorosamente complicadas pruebas, y ninguna de ellas la pudo superar. Tuvo que adentrarse en un océano de fuego, soportar treinta minutos de pie en el centro de un tornado hecho de lava para tratar de controlar las llamas y hacer que disminuyeran su velocidad, impedir que un volcán descomunal entrara en erupción y, para colmo, impedir que un río de lava se solidificara. Ninguna de las tres pruebas de fuego la pudo superar y salió del vórtice de lava con el rostro lleno de ceniza y algunas pequeñas quemaduras en sus brazos.
No tuvo mucho tiempo de descanso, porque las pruebas de tierra estaban a punto de comenzar y no tendría una segunda oportunidad para hacerlas. Así Harry entró a la caverna y, una vez más, tuvo que soportar unos desafíos horriblemente complicados. Tuvo que tallar una roca enorme con sus propias manos hasta darle la forma de un dragón, y allí quedó, porque no pudo realizar la tarea y la concreción de esa prueba era vital para enfrentar la segunda. Sólo estuvo diez minutos dentro de la caverna y salió de ella manchado con tierra y barro. Pero el descanso no fue muy extenso tampoco, porque debía pasar las pruebas de agua. En el lecho del lago, Harry tuvo que detener un maremoto, también con sus propias manos, después crear un maremoto de tal fuerza que destruyera una isla pequeña y, por último convertir el lago completo en hielo. Harry estaba muy cansado cuando salió del lago y, esta vez, tuvo un rato apreciable para descansar.
Faltaba un elemento que dominar, aunque Harry no pudo dominar ni el fuego, ni la tierra y el agua. El Auror se preguntaba dónde estaba la entrada para ingresar a las pruebas de aire, y caminó hacia el lugar donde pululaban las aves y, estuvo a punto de caer por un precipicio enorme si no fuera por su instintiva reacción.
El suelo parecía estar a miles de metros hacia abajo, y las aves revoloteaban miles de metros encima de éste. Harry pudo ver un remolino, parecido a un tornado, el cual giraba y giraba sin soporte alguno. Supuso que esa era la entrada para enfrentar las últimas pruebas y, seguramente, convertirse en un guerrero ordinario del Clan del Dragón. El único problema era, por supuesto, llegar allá, a un vórtice que estaba a miles de metros por debajo de él, y Harry no tenía ninguna escoba voladora. Por momentos, creyó que no iba siquiera a ser capaz de afrontar las pruebas, pero un pensamiento fugaz cruzó la mente de Harry, y el espíritu Gryffindor se apoderó una vez más de él, y supo lo que debía hacerse.
Harry flexionó las piernas y se arrojó al vacío, con los brazos pegados a su cuerpo y las piernas juntas, oponiendo la menor resistencia al aire del que su cuerpo era capaz. El viento silbaba en sus oídos y recordó las ocasiones en las que volaba por los aires en su escoba voladora; era la mejor sensación que podía existir, el aire impactando en su cara, espantando el miedo y sintiéndose libre, más libre que con los pies en la tierra, el torrente de adrenalina corriendo por sus venas y el sentimiento de felicidad subsecuente.
No puedo fallar. El aire es mi elemento, es mi naturaleza. Y Harry seguía cayendo como un bólido hacia el gran tornado, acercándose rápidamente, esperando por las pruebas que seguramente iba a enfrentar en esta ocasión. Y, segundos después, Harry fue absorbido por el tornado y podía flotar en el aire sin ayuda alguna. Una voz incorpórea se escuchó en medio del sonido de los vientos rugientes.
"Con el poder de los vientos debes contender y ganar en fuerza al tornado que te sostiene"
Harry, instintivamente, supo lo que debía hacerse. Lenta y deliberadamente, extendió ambos brazos, y aprovechando su estado de momentánea ingravidez, giró sobre sí mismo en sentido contrario al del tornado, cada vez más rápido, aprovechando la inercia de su propio cuerpo para incrementar la velocidad a la que giraba. Las palmas de sus manos las tenía extendidas, con el fin de empujar el aire alrededor de él y contrarrestar la fuerza del tornado rugiente. Harry se concentró exclusivamente en girar más y más rápido, imaginando las reacciones de su entorno a sus esfuerzos, sintiendo que el tornado iba perdiendo fuerza a causa del remolino que Harry estaba creando con todas sus fuerzas y, al final, cuando el poder del tornado y el poder del remolino de Harry fueron las mismas, el aire se calmó y ya no hubo más soporte para el Auror. Comenzó a caer rápidamente hacia el suelo, miles de metros más abajo. La misma voz que se escuchó cuando Harry fue atrapado por el tornado habló a su oído.
"El poder del aire debes controlar para no caer en el reino de la tierra. Haz que los vientos sean tus alas para conquistar el reino de las alturas"
Harry, guiado por su instinto, nuevamente juntó los brazos y piernas para caer más rápido. Cerró los ojos para sentir el aire circular alrededor de su cuerpo, sentir su fuerza, su poder y ayudarlo a mantenerse en el aire. Pronto se dio cuenta que las corrientes de aire obedecían a sus pensamientos gracias a su comunión con ese elemento y, manteniendo la concentración, ordenó a las corrientes salvajes a que lo sostuvieran y, como por arte de magia, el viento fluyó de forma horizontal alrededor de Harry y ya no siguió cayendo. Ahora estaba volando en línea recta, con los brazos extendidos.
"El aire siempre será tu aliado, no dudes en usar su ayuda para lograr lo que quieres"
Harry no necesitó mucho trabajo cerebral para entender que ahora debía regresar al lugar donde comenzó a enfrentar sus pruebas, o sea, en el gran prado que era el Templo del Dragón. Para eso, debía volar más alto, eso era obvio. También era fácil lo que debía hacerse. Tiró su brazo derecho lo más atrás que pudo y extendió la palma de su mano, dando la cara hacia abajo. Segundos más tarde, extendió el brazo derecho con todas sus fuerzas y Harry se sintió catapultado hacia el cielo, sintiendo el aire fluir alrededor de su cuerpo y ordenando a éste a que lo sostuviera. Un minuto más tarde, Harry emergió del precipicio y cayó impecablemente sobre el suelo, flexionando las rodillas para amortiguar la caída y apoyándose con su brazo izquierdo.
El anciano apareció de forma inadvertida delante de Harry, quien se estaba poniendo de pie y lo tomó por un hombro, mostrando una amplia sonrisa con dientes anacrónicamente blancos.
-Harry Potter –dijo el anciano, sus ojos brillando al sol artificial de la caverna-. Estoy sorprendido. Aunque no pudiste superar las pruebas de fuego, tierra y agua, pasaste con suprema facilidad las pruebas de aire. Parece ser que el aire es tu elemento natural, el medio con el que te sientes más cómodo. Está claro lo que esto significa. Tú eres el Caballero del Dragón de Aire, el cuarto y último elemento.
Harry no tenía palabras para pronunciar. Saber que había logrado superar al menos un conjunto de desafíos lo tenía emocionado. No sería un guerrero normal del clan después de todo; formaría parte de los cuatro caballeros dominantes de los cuatro elementos, los miembros principales del Clan del Dragón.
-Harry Potter, tienes que saber que los cuatro líderes del clan tienen nombres especiales que los distinguen del resto –dijo el anciano, llevando por un hombro al Auror hacia una casucha en el lado noreste del prado-. Ya conoces a Warbringer, el Caballero del Dragón de Fuego, pero también están Tiderunner, el Caballero del Dragón de Agua y Chainbreaker, el Caballero del Dragón de Tierra. Tú también mereces un nombre especial, un nombre que le haga justicia al Caballero del Dragón de Aire. La elección tienes que hacerla tú, pues tengo tres nombres que puedes usar, pero cuando elijas uno, serás conocido con ese nombre para siempre. No podrás volverlo a cambiar.
Harry asintió, dando a entender que comprendía.
-El primer nombre que tengo para ti es… Windwaker.
El Auror negó con la cabeza.
-El segundo nombre es… Skylighter.
Harry volvió a sacudir la cabeza. Supuso que debía quedarse con el tercero, aunque no fuese de su agrado.
-El tercer nombre para ti es… Stormrider.
Harry no supo cómo explicarlo, pero sintió su pecho henchirse de orgullo cuando escuchó el tercer nombre para él. El anciano se dio cuenta que su tercer nombre había dado de lleno en el alma del nuevo integrante del Clan de Dragón.
-Bien, entonces esa es tú decisión final.
-Así es. Mi nombre será Stormrider hasta el fin de mi vida.
El anciano se inclinó ante él.
-Está decidido entonces. El Caballero del Dragón de Aire se llamará Stormrider –anunció el anciano, extendiendo sus manos hacia Harry, quien se quedó quieto, pensando que la persona delante de él estaba haciendo alguna clase de ritual. Hubo un destello cegador, después del cual Harry se sintió un poco pesado. Cuando pudo ver, supo que la razón por la cual se sentía como si estuviese hecho de plomo era que ahora ya no vestía un traje estrafalario, sino que su cuerpo estaba cubierto casi por completo por placas de metal dispuestas en escamas, las cuales se podían mover y adaptar como las aletas direccionales de un avión.
-Ésta –dijo el anciano- es la armadura del Caballero del Dragón de Aire. Está hecha a la medida de tus habilidades y puedes quitártela o ponértela a voluntad. Sólo piensa en quitarte la armadura y éste se ocultará. Llámala dentro de tu mente y cubrirá tu cuerpo inmediatamente. Inténtalo.
Harry cerró sus ojos por un par de segundos, pensando en quitarse las pesadas prendas y, cuando los abrió, su ridículo atuendo de Auror podía ver cubriendo su cuerpo.
-¿Lo ves? Tu armadura vendrá a ti sólo cuando la necesites, de lo contrario puedes mantenerla oculta.
Harry volvió a conjurar su armadura para ver si podía acostumbrarse a moverse libremente con ella. Al palparse los lados, se dio cuenta que tenía dos objetos colgados a un cinturón de cuerpo. Uno era alargado y forrado en cuero de dragón y el otro era duro y de suave contextura.
-Ah, se me olvidó decirte algo acerca de tus armas –dijo el anciano, acercándose a paso raudo hacia Harry-. Lo que tienes a tu costado izquierdo es un cuerno con el que podrás invocar el poder de los vientos en contra de tus enemigos. Windwaker es su nombre y, adivinaste, es uno de los nombres que podías elegir para ti mismo. Los dos nombres que no usaste serán usados para las armas del Caballero del Dragón de Aire. El otro objeto es tu espada. Se llama Skylighter y con ellas podrás usar la fuerza de las tormentas para desatar todo tu poder. Parte de tu entrenamiento para convertirte en un verdadero Maestro del Aire consiste en el uso experto y sabio de las armas que se te dieron.
Harry ocultó su armadura, sintiendo que ya eran demasiadas cosas que debía asimilar antes de empezar su entrenamiento. En ese momento, Harry comprendió que las pruebas precedentes comprendían lo que era la ceremonia de iniciación. Por su parte, hubiera preferido una iniciación más convencional. Pero, mientras caminaba por el prado, buscando un lugar donde asentarse para descansar, vio una pequeña mancha de sangre fresca sobre el pasto. Intrigado, Harry observó detenidamente el suelo pastoso y vio más manchas de sangre, cada vez más grandes. ¿Quién más estaba en el Templo del Dragón? Miró en dirección a la entrada y, con un golpe de horror mal disimulado, divisó una masa sanguinolenta en la distancia. Corriendo con un miedo sin nombre en su corazón, Harry contempló un cuerpo despedazado en varias partes; un brazo en un lugar, una pierna en otro lado y, lo más terrible de todo, una cabeza envuelta en un charco de sangre y otras cosas que le hicieron sufrir un ataque de arcadas. La cabeza estaba volteada hacia abajo y Harry, con una mano, giró la cabeza delicadamente y, un nuevo ataque de arcadas más unos llantos silenciosos reflejaba el terror de la situación.
El cabello de la cabeza sin cuerpo era de un inconfundible color rojo con franjas doradas, los ojos del color de la miel tampoco mentían acerca de la identidad de la persona que yacía, sin vida y desmembrada sobre el prado del Templo del Dragón. Harry sintió la misma angustia que lo envolvió cuando vio a su mejor amiga caer bajo un maleficio asesino antes que él perdiera el conocimiento. Pero ahora sabía que no existía remedio alguno. El cuerpo de Hermione Granger estaba roto y no podía ser reparado por ningún arte mágico.
-¡HERMIONE!
La voz de Harry, aunque cargada con un dolor inconmensurable, sonó más fuerte y poderosa que nunca, tan fuerte que el viento arreció con la potencia de un huracán. Luego, Harry cayó de rodillas delante del ensangrentado cuerpo de Hermione y lloró amargamente por el terrible destino de su mejor amiga. ¿Mejor amiga? Ya no la veía como tal, sino más como lo veía ella a él. Demasiado tarde vino a darse cuenta de lo que significaban aquellas señales de humo cada vez que estaba con Hermione.
No va a regresar.
De forma repentina, Harry sintió un calor abrasador y se alejó del cuerpo de su mejor amiga, el cual había comenzado a arder de forma inexplicable y, después de largos minutos, ya no había nada más que cenizas, pero cenizas que ni el viento generado por el grito de Harry podía arrastrar. El tiempo pasaba y las cenizas se removían, reordenándose y tomando una forma extraña. Y, de forma súbita, el polvo se incendió nuevamente con un fuego más ardiente que el mismo infierno, alzándose hacia el cielo y apagándose instantes más tarde.
Harry acababa de contemplar un milagro.
El cuerpo de Hermione ya no estaba roto ni manchado con sangre. Estaba intacto, sin rastros que hubiese sido maltratado alguna vez, vestía las mismas ropas y su cabello volvió a ser rojo con dorado. Harry, impulsado por un extraño instinto, acercó su mano derecha al rostro de Hermione y lo acarició. Su piel era muy suave, como acariciar seda. Y, mientras Harry sentía la suavidad de la mejilla de su mejor amiga, Hermione abrió los ojos y, cuando vio a Harry mirarla, mostró una hermosa sonrisa y sintió sus manos en su mejilla. Desde ese momento ambos supieron la verdad, la razón de tantas incomodidades raras de uno en presencia del otro, la explicación a todos esos sentimientos extraños que parecía circular entre ellos desde que se conocieron.
-Harry.
-Hermione –dijo Harry en un tono de voz extrañamente suave, como si la persona a la que estuviese mirando representara su destino y su felicidad-. Temí lo peor.
Hermione mostró una sonrisa angelical.
-Yo también. Parece que Ginny tenía razón.
Harry la miró sin entender.
-¿Razón sobre qué?
-Tengo sangre de fénix Harry –dijo Hermione, y su voz sonó casi como el canto de un fénix, eliminando la angustia y la desesperación del corazón de Harry-. Ginny recibió un disparo con una bala explosiva y casi la mata. Fueron mis lágrimas de dolor las que curaron sus heridas. No pudo haber sido otra cosa.
-Resucitaste de tus propias cenizas –dijo Harry en un hilo de voz.
Hermione asintió. Parecía increíble, incluso imposible, pero los hechos hablaban por sí mismos. Ella era la personificación humana de un fénix, pues tenía todas sus cualidades: cabello rojizo con franjas doradas, lágrimas curativas y podía renacer de sus propias cenizas. También había adquirido la belleza de uno. Mientras tanto, Harry se puso de pie, perdido en sus propios pensamientos. Él pudo sobrevivir a un maleficio asesino, cruzó el lago de fuego y pasó por muchas pruebas peligrosas sin otra secuela que una pequeña quemadura en su brazo izquierdo. El anciano se lo dijo: él tenía sangre de dragón.
"Cuando la bestia dormida tome por asalto a la humanidad y la tenga en sus garras, el dragón y el fénix serán los estandartes que iluminen el camino a la libertad" esas eran las palabras que aparecieron en la espalda de Hermione cuando Ginny fue a visitarla a San Mungo. Ahora Harry comprendió que la profecía se refería a ellos, a él y a Hermione pero, ¿cuál era el papel que debían cumplir ambos? Aquello tenía que esperar. Y eso se hizo más cierto cuando Hermione se puso de pie también y lo miró fijamente a sus ojos verdes.
-No puedo creer lo que estoy sintiendo –dijo Hermione, acercándose lentamente a su amigo y tomando uno de sus hombros con una mano-. Es como si ni Ron y Neville existieran y sólo pueda verte a ti. Por eso no puedo creer que mis sentimientos sean éstos. Siento amor, y lo siento por un hombre al que no puedo amar.
-¿A qué te refieres Hermione? –Harry estaba comenzando a ponerse nervioso-. ¿Estás diciendo que me amas pero que no puedes hacerlo?
Hermione negó con la cabeza.
-Se supone que eres mi mejor amigo y, como tú me dijiste una vez, no quería arruinar nuestra amistad con un romance, ni menos con un noviazgo –dijo Hermione, acercándose más aún a Harry. Sus pechos se rozaban-. Pero ahora, siento que no puedo, por ningún medio, dañar nuestra relación. Has estado conmigo en las buenas y en las malas, me has protegido, te he ayudado y juntos hemos salido de las situaciones más difíciles. Es natural lo que estoy sintiendo ahora, pero me parece increíble que mis verdaderas emociones se manifestaran tan tarde. Pero, pasara lo que pasara, nosotros estábamos destinados a… a enamorarnos.
Harry sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo Hermione, pero él no se sentía como si estuviese enamorado de Hermione. Era verdad que se sentía atraído por ella hasta cierto punto, pero decir que sentía amor por su mejor amiga era una exageración.
-No es por bajarte de la nube Hermione, pero yo no estoy enamorado de ti –dijo Harry, tratando de alejarse de su amiga, pero ella lo sostuvo firmemente por los hombros y se acercó más. Ahora sus cuerpos estaban juntos.
-¿Quieres apostar?
Hermione, en un movimiento tan sutil que Harry no lo percibió, rozó con sus labios los de su amigo y luego presionó más fuerte, transformando el acto en un beso. Hermione tomó ambas manos de Harry y las guió hasta su cintura y, como ella esperaba, él no la soltó, sino que hizo más fuerte y firme el abrazo. Ambos estuvieron un momento indeterminado besándose, sin que ninguno de los dos soltara al otro y, de un momento a otro, ambos cayeron al suelo herboso, perdiendo el control y rodando por el pasto, hasta que Harry ganó la pequeña batalla y aprisionó a Hermione contra el suelo y, respirando agitadamente, fue desabotonando la blusa de su amiga, lentamente, sin prisas. Ella no reaccionaba, sólo aferraba a su amigo por el cuello mientras que Harry apartaba la prenda y acariciaba con un dedo la suave tela del sostén rojo que Hermione usaba bajo la blusa.
-¿Qué esperas?
Harry iba a sumergirse en los pechos de Hermione y sentir la piel de seda de su amiga, cuando unos golpes de madera con tierra les hicieron recapacitar y ambos se pusieron de pie, Hermione arreglándose apresuradamente la blusa y agarrándose la nuca en señal de vergüenza y Harry sacudiéndose el polvo de sus ropas de Auror. El anciano se acercaba a ambos, con un rostro serio.
-Stormrider. Creo que es tiempo que esta muchacha se vaya de este lugar. Los miembros de la Orden del Fénix no pueden convivir con integrantes del Clan del Dragón, ni mucho menos formar parejas. Es la ley.
Harry asintió levemente, como no queriendo comprometerse mucho con su gesto.
-Se supone que los integrantes del Clan del Dragón son los protectores de la Orden del Fénix, por eso, si uno de los protectores toma como pareja a un guardián, la seguridad de la Orden del Fénix queda comprometida y se expondrán a ser destruidos por las viles manos de la Orden de Merlín, la cual lo único que desea es el control sobre toda la humanidad, en especial, sobre los muggles.
Harry y Hermione pusieron rostros de visible decepción, porque la escena de hace un rato atrás demostró que las palabras de ella eran ciertas, que ella y Harry estaban enamorados y que llevaban mucho tiempo en ese proceso, desde tercer año para ser exactos. Mirándose tristemente, Hermione se alejó de Harry, hacia la puerta que conducía a la salida del Templo del Dragón y Harry susurró un "te quiero" a su amiga antes que su figura desapareciera por la puerta.
-Bien, Stormrider, es hora que comiences con tu entrenamiento –dijo el anciano, con una sonrisa que pretendía borrar la melancolía de Harry, no consiguiéndolo para nada-. Tienes que aprender a dominar los poderes del aire si quieres servir de mejor forma a tu amiga.
Una esbelta figura se vestía después de una noche de sexo salvaje con un hombre como veinte años mayor que ella. Pero aquella escena, lejos de ser un encuentro casual, se trataba de una de las tantas aristas de un plan impecablemente elaborado. Ella no se acostaba con hombres por placer o por amor; para ella, esas cosas no existían, la hacían más débil ante la gente y no podría complacer los designios de la persona para la que trabajaba y, en consecuencia, no recibiría la generosa cantidad de dinero que cobraba por sus servicios.
-Dios, eres una tigresa –decía el hombre de mediana edad, tirando sobre el lecho un fajo de billetes de alta denominación-. ¿Volveré a verte otra vez?
La prostituta lanzó una sonrisa traviesa.
-Depende –dijo, poniéndose los zapatos y caminó hacia la puerta, no sin antes tomar los billetes que el hombre le dio a modo de propina-. Puede que sí, puede que no. Soy un alma errante y nunca estoy en el mismo lugar por más de dos días.
El hombre pareció no escucharla.
-Te llamaré –aseguró el hombre con voz trémula. La chica no le hizo caso y salió del dormitorio por su propia cuenta.
Sin embargo, cuando esa persona salió de la mansión, no lucía como antes, ni menos como una prostituta. Ya no era atractiva, había vuelto a ser la chica poco agraciada que siempre fue, pero estaba orgullosa de su maquiavélico cerebro, capaz de concebir los planes más sutiles y retorcidos. La chica sacó un celular de su cartera y marcó el mismo número de siempre.
-¿Hola?
-Está hecho. Tengo la información.
Se oyeron risas en la línea.
-Bien hecho, señorita Parkinson, la felicito. ¿Puede decirme quién es el hombre?
Pansy hizo una pausa teatral antes de hablar.
-Según mi fuente, la ceremonia se hará dentro de dos semanas. Toda la Orden estará presente y algunos altos dignatarios también asistirán. El líder de la Orden, o en este caso, la líder, deberá asistir por obligación, porque ella es el centro de la ceremonia.
-¿Y de qué se trata esa ceremonia?
Pansy se relamió de gusto. Ese era uno de sus puntos fuertes: el chismorreo.
-Es básicamente un casamiento –dijo la morena, claramente emocionada por estar haciendo lo que más le gustaba-. El líder de la Orden debe desposar a uno de sus integrantes para asegurar la solidez de la orden. También averigüé que la líder de la orden parece que no va a querer casarse después de todo. Me di cuenta hace años ya.
El jefe pareció preocupado. La líder de la Orden del Fénix era de directa importancia para él.
-¿Cuál es la situación?
-Ella… está enamorada de alguien más, alguien fuera de la orden… alguien del Clan del Dragón.
El jefe pareció complacido.
-Entonces tenemos la oportunidad perfecta para separar a la orden del clan –dijo el jefe de Pansy, visiblemente emocionado por la concreción de sus planes más importantes-. Mi hombre ya dio el primer golpe y tú darás el segundo. Quiero que te infiltres en la boda y disemines el rumor que un miembro del Clan del Dragón quiere pretender a la líder de la Orden del Fénix. Así, la protección de la orden caerá y podremos aniquilarlos de una vez por todas y dominar el mundo sin enemigos que nos desafíen.
Pansy oyó el clic que marcaba el final de la conversación y guardó el celular en su cartera. El final estaba cerca. Faltaba el paso final y más importante de la operación, separar a la Orden del Fénix y el Clan del Dragón para siempre. El primer golpe ya había sido asestado; eso significaba que Tom Riddle logró convencer al capitán Richard Rowland de poseer las Reliquias de la Muerte y asegurar el inicio de la guerra. Ahora faltaba dividir a las dos entidades que podían evitarla y la Orden de Merlín alcanzaría su mayor objetivo. El último movimiento ya estaba dictado y lo único que faltaba era cantar victoria.
Jaque mate se dijo Pansy, riendo en su interior. El mundo será nuestro.
Nota del Autor: Estamos llegando a los últimos capítulos de esta historia tan compleja y truculenta, en los cuales se sabrá cuál es la gran mentira que se vendió a magos y muggles por igual y el desenlace de la silenciosa batalla entre la Orden del Fénix y la Orden de Merlín. De paso, quiero desde ya agradecer a todos quienes han comentado y han seguido esta historia, pues sé que éste no es un fanfiction convencional y que aborda géneros que no son demasiado populares en esta página.
Un saludo desde… bah, desde donde ustedes quieran.
Gilrasir.
