Música del capítulo— "Toccata y fugue in D minor" Johann Sebastian Bach

Notas— Algunas cosas antes de comenzar; sé que me quieren mentar la madre. Pero necesitaba sacar este capitulo que no tiene mucho que ver. Bueno tiene todo que ver, pero es muy corto y no va con el Capítulo 21. Así que por esa semana les trago este y prometo que a la próxima sale el 21. Para este capitulo recomiendo escuchar la canción antes citada... en todas las versiones. Tardé mucho en escribir esto porque -como buen rabanito- me di a la tarea de investigar casi todo los instrumentos. Y fue épico y difícil. Muy difícil. Principalmente recomiendo la versión original interpretada por la orquesta en Fantasía y la de Vanessa mae (que sería la mas fiel). Y pues, casual, sin más.

Buena y corta lectura~


Sacro culto

0.- Toccata & Fugue

I

Fue una noche particular, a mediados de la primavera.

Afuro se deslizó por los pasillos del castillo. Con los pies desnudos dio algunos saltos evitando hacer todo el ruido posible. Pasaban de las once y para ese momento cada uno de los inquilinos debía de estar en sus propias labores. La primera vez que estuvo en el salón de música fue el día que se estrelló contra el ventanal, justo cuando Atsuya escapó –por su descuido- y el día terminó en caos.

Abrió con cuidado, temiendo ser descubierto, y al dar su primera impresión la sala de música parecía muerta y ligeramente iluminada por las luces del jardín, pese a eso, podía reconocer perfectamente cada uno de los instrumentos que yacían acomodados meticulosamente por tipo y tamaño. Pero, el importante yacía al final de la sala, cerca del vitral que ahora estaba reparado. Cerró tras de sí y dio gráciles pasos para llegar hasta él y mirarle con cierto escepticismo. Con temor y pesar. Levantó la mano para tocar la superficie negra y lisa pero la retiró tan rápido cuando un sonido de exterior lo alertó. Dejó transcurrir contados seguros y se llenó de determinación. Rozó la superficie con sus dedos y sonrió tontamente.

Había escuchado a Burn tocar el piano una vez y se enamoró del sonido que el instrumento producía. Tomó asiento en el banquillo y descubrió la tapa que ocultaba las teclas. Se llenó de nerviosismo al ver la cantidad absurda de botones de dos colores. Se sintió intimidado ante tal confusión, retrajo su cara pero enderezo su columna y soltó un suspiró por la nariz. Levantó el primer dedo con la seria intensión de tocar una tecla cualquiera. Pero retrocedió y dos amagos más de decidir cuál sería la correcta.

Nunca había tocado en su vida, pero esa noche una necesidad de tocar el piano no lo dejó descansar, y ahora al estar en frente de él se acobardó. Se paró, decidió a irse y olvidar esa molesta sensación, pero tan solo el primer paso, una fuerza magnética le impulsó a sentarse.

Era inútil, debía de estar allí.

Afuro había digerido el discurso de Grand acerca del destino y lo entendía, pero la práctica era muy distinta a la teoría. Volvió a levantar las manos y respiró con fuerza y presionó diez teclas al azar sin saber lo que hacía. Produjo un sonido atronador, retiró las manos y las retrajo con miedo.

Primer intento: fallido.

Frunció la cara y volvió a tocar las teclas ahora con más calma, dos y tres veces. Movió las manos para tocar algunas más y experimentó con sonidos distintos. Tocó con dos dedos y luego con cuatro, separó las manos y presionó las de color negro. Bajó las manos a su regazo y vio el atril vació de partitura alguna. Imaginó que allí había dos hojas llenas de notas, una guía que acompañara a sus dedos inexpertos. Se animó y tocó con la mano derecha algunas teclas al azar. Se produjo un lazo corto. Repitió la acción y le pareció más entendible. Elevó la otra mano e imitó los mismos movimientos. Sonaba mejor.

Volvió a tocar las teclas y el sonido se le hizo más familiar. Tocó por al menos cinco veces más la introducción hasta que le pareció perfecto y fue, como si el mismo piano le dijera que teclas tocar. Movió los dedos rápidamente, sin duda y con precisión. Paró en seco y la sensación fue familiar y a la vez lastimera. Más que una necesidad, parecía que quería demostrar algo, un rival invisible que le retaba con un instrumento ajeno a su gusto.

Tomó valor y repitió la melodía desde el inicio y sin ápice de temor, cerró los ojos y su cuerpo se relajó con forme cada una de las teclas producía el hermoso sonido.

§

Cuando se vio en la necesidad de retar al destino, el dios de los muertos se adentró a las profundidades de su cámara privaba. Se meneó entre la niebla de los pasillos con cráneos enterrados en las paredes y llegó hasta lo más hondo de su memoria, el calabozo de sus más terribles pesares. Descubrió un objeto que yacía tapado bajo una pesada manta de lo que parecía ser terciopelo gris, antes en algún momento pudo ser negro. El polvo se extendió a su alrededor y se descubrió un estuche de cuero negro, conservado debido a la frialdad del lugar, se acercó con manos temblorosas y descubrió del interior un violín de color blanco, inmaculado, con las cuerdas tensas y brillantes, nuevo, como si antes nunca se hubiera tocado. Estaba justo como lo recordaba. Como lo había dejado, su amado emperador le esperaba como un amante celoso que aguardar por volver ser tocado y necesitado.

Extendió sus dedos huesudos con ansiedad, acarició la cuerda dorada al final, MI, que estaba hecha de un cabello de Afrodita. La más valiosa, delicada y sempiterna de todas las cuerdas. Lo extrajo de su escuche y lo abrazó con amoroso gesto. Buscó el arco que se ocultaba dentro del escuche y las cerdas de Unicornio permanecían igual de perfectas que cuando lo usó por última vez. No sería necesario usar resina para ayudar a producir un mejor sonido, parecía que lo hubiera preparado con anticipación. Lo montó sobre su hombro izquierdo sosteniendo el diapasón con sumo cuidado. Sus dedos esqueléticos rozaron las cuerdas y temió por fracción de segundos que su discapacidad afectara el desempeño de sus movimientos. Hacía muchos años que no tocaba nota alguna ni sostenía con tanta firmeza el arco con su mano derecha.

Cuando encontró la posición correcta, en medio de la sala dónde ocultaba todos sus tesoros, dio media vuelta y se posicionó frente a la manta negruzca que ocultaba el retrato familiar que tan celosamente atesoraba. Apretó los labios en una fina línea y retó las miradas tras la tela. A una en particular. Miró fijamente a dónde sabía que la mujer de cabellos dorados reposaba. Deslizó el arcó con fuerza, apretando las primeras dos cuerdas y meneando la falange contra el acero.

Sonaba tan bien, como la primera vez, como aquel día que todos aprendieron aquella hermosa melodía que heredarían a la humanidad.

Repitió la acción con más fuerza y retó a la mujer detrás de la manta, sin dejar de escudriñarle, pensó que algún día sus notas llegarían hasta ella y le demostrarían porque era mejor. Porque el Violín era superior al Piano y a todos los demás instrumentos.

Su brazo derecho se movió conforme el violín ganaba fuerza, paraba por algunos segundos y volvía a deslizar suavemente el arco sobre las cuerdas tensas. Apretaba y movía las falanges para producir un pedazo de melodía que solo podría reflejar la voracidad de su alma al confrontar a un rival imaginario. La mujer que tocaba el piano con un poder que le hacía estremecerse, era rápida, pero él lo era más, era tan veloz como el viento y tan peligroso como una tormenta. El agudo resonó hasta los pasillos de todo el castillo en el mundo de los muertos.

§

Natsumi recordó el motivo por el cual había elegido el Violonchelo como su instrumento base.

Uno de sus hermanos le arrebato el pequeño violín antes de que siquiera pudiera tocarlo con su delicada mano. Se enfadó, pero tenía que elegir otro. Entonces, cuando vio la enorme bestia en un rincón del salón de música; supo que era el instrumento para ella. Él, era potente, fuerte, estoico y poderosos. Era un escudo a su altura. Producía un sonido tan seco y encantador que solo podría describirse como su amante perfecto.

No era Endou ni Rococó. Era mucho más que ellos dos.

Abrió las puertas del armario de sus habitaciones y el estuche le esperaba con emoción. Le sacó de su ataúd y lo atrajo hacia ella como el hombre que esperara a hacerle el amor esa noche. Lo acomodó entre sus piernas, abriendo el vestido de gaza negra y pedrería plateada y la bestia hizo contraste con su atronador color rojizo. Acomodó el mástil sobre su hombro izquierdo y posicionó la aguja fuertemente contra el piso. Le abrazó con amor, había sido un largo y esperado encuentro. A su mente solo vino la necesidad etérea de tocarle de nuevo, besarle y dejar que él la hiciera suya como tanas noches en vela tratando de perfeccionar su propia melodía de vida. Al sentirse preparada, tomó el arcó e hizo un primer intento.

Era un sonido secó y grabe. Fuerte y poderosos. Ningún otro instrumento –ni el piano de afrodita ni las percusiones de Tsunami- lograba tal tono. Ella era la única capaz de domar al demonio rojo que sostenía entre sus piernas y contra sus pechos.

Sus dedos bajaron por el diapasón, hasta quedar cerca de la parte central, deslizó el arco con más suavidad y los dedos titilaron para lograr el puente, el primer encuentro con aquella melodía olvidada en su memoria. Duró poco y sus dedos subieron y volvieron a vibrar. Así comenzó una competencia contra sí misma y los fantasmas de su pasado. Todos sus hermanos que le dejaron tan importante tarea, una pesada misión que había llevado a cabo sin objetar palabra alguna. Pero estaba cansada, molesta y deprimida. Estaba enloqueciendo de soledad. Quiso saber por única vez como era que se sentía ser libre, más allá de ese castillo. Si alguna vez, alguien lograba comprender el significado de las notas que tocaba, entonces se daría por bien servida.

Rogó que aquellos sonidos la liberaran de su dolor y poder ser una con su instrumento, pensó en sus hermanos libres y por su cabeza una idea horrenda pasó como la nota que se empañaba en interpretar: quería que todos sintieran su dolor.

Arremetió con fuerzas las cuerdas tensas, nuevas y completamente sumisas, meneó el arco y miró a un punto fijo en su habitación. Un espació en dónde supone que debía de estar un viejo cuadro de su juventud. Subió y bajo rápidamente la mano entre el alambre, apretó los dientes y las piernas, esa noche el mundo sabría de toda la miseria que una diosa podría soportar.

§

Cuando Tsunami cayó al mundo de los humanos, lo hizo con pocas posesiones, entre ellas dos varas de madera que figuraban como la única parte de su instrumento que había sobrevivido. Descubrió que a pesar de estar destruido, el poder que le concedían era el equivalente a tener todo el equipo completo. Adquirió equipo humano varado en la costa hace miles de años y ahora, se había hecho de un set completo en las cercanías de las tierras de noruega. Armó el instrumento en los últimos meses a espaldas de todos los inquilinos de reino.

Colocó el enorme bombo en el centro, el toms de piso y la tarola al frente, arriba de los mismos puso los dos toms gemelos. Y, alrededor dos platillos crash y ride, un splash, 2 crash ride y un contratiempo de lado izquierdo. En ese orden.

Posiblemente el sótano del castillo sería el mejor lugar a que podría recurrir con su nueva fascinación y ansiedad por volver a interpretar música. Hacia miles de años que ni una nota resonaba entre las paredes de coral. No sabía si podrían resistir al poder.

Tomó un poco de aire y miró a ambos lados con el temor de que se descubriera su travesura. Al sentirse seguro levantó ambas manos con las baquetas y las dejó caer sobre los platillos. Nada particular, solo en chillido al rose. No había magia y no podía hacer cantar a la batería, ya no era ella, era solo un dejo de fragmentos humanos. Volvió pegar en los crash y ride varias veces y su mano derecha se enfocó en tocar repetidas veces el tom de piso. Dos sonidos, pero no era lo que buscaba. Sostuvo entre sus dedos morenos los platillos para callarlos y recuperar el silencio en la sala.

Para ese momento sentía que estaba retrasado, como si hubieran comenzado sin él. Sí, sentía que hacía falta para llevar un ritmo. Sabía que todos sus hermanos lo necesitaban, pero más que nada, debía de encontrar su posición en aquel tablero. Él era una Torre, siempre era directo con sus acciones, así como su instrumento, provocaba ruido a su paso, destrucción y seguridad al mismo tiempo, servía como previo aviso de que había más piezas atrás de él, piezas que debía de proteger. No notó cuando sus pies vibraron presionando los pedales del piso, el bombo vibraba con ritmo. Golpeó los tombs para darse confianza e hizo gritar a los platillos. Allí estaba, el hilo que su sinfonía debía de tener. Paró en seco y a lo lejos un par de notas familiares lo llamaron, muy arriba y muy lejos de él. Agudizo el oído para saber en qué momento entrar. Un piano y un violín luchaban, pero era desigual en sus tiempos. Debía de ser el mediador, ya que una carga importante lo lleva la batería en ser el respaldo de todos los instrumentos.

Debía de obligar a esos dos a ir a su ritmo. Tenía que poner de todo, debía de fungir con el hermano mayor que decía ser. Cuando el violonchelo se unió a la batalla, entró tras de dos tiempos y comenzó a mover las manos tocando fugazmente los platillos y prestando atención a los toms con redobles. De allí al contra tiempo y de nuevo a toms, dos veces más y los platillos bailaron. Ya no gritaba llenos de confusión como a un inicio, ahora gritaba ordenes, gritaba instrucciones precisas de cómo llevar las cosas.

Ahora no podía parar, no hasta que los cuatro lograran una armonía. Incluso cuando la guitarra se unió a ellos, ahora iban de una cadena de armonía auditiva, aunque por dentro, cada uno de ellos tenía emociones contrariadas.

§

A lo lejos, en la realidad, comenzó una pelea.

Abrió el compartimiento secreto debajo de su cama y con esfuerzo logró sacar el ataúd café dónde su guitarra pasaba la eternidad. Muerta e inútil. La última vez que había tocado una canción había sido para la persona equivocada –o tal vez no-. Recordó que cuando vio el instrumento en el salón de música se le hizo tan simplón y pobre. Pero ella lo hechizó al momento de deslizar sus pequeños dedos con desgano sobre sus cuerdas, era un niño que se había enamorado de una mujer mucho mayor que él, una sabía y vieja guitarra que había evolucionado con el tiempo. La llamó Phoenix, porque ella mutaba cada que la intentaba destruir, era una novia psicópata que se negaba a dejarlo. Una novia como un viejo ojos rojos que alguna vez conoció.

No había polvo y las cuerdas estaban tensas y afinadas, sin duda en ella. Tan brillante y de un color amarillo desquiciante. Su cuerpo era liso y bello, con bordes en curvas, lo que le daba el significado a la frase cuerpo de guitarra, poseía una bella cintura y unas caderas prominentes que se sintieron excitadas cuando Shuuya la rozó con sus dedos. La abrazó pasando la correa por sus hombros y la aseguró.

Él a diferencia de los competidores no había perdido la práctica nunca. Estaba seguro de sí mismo y confiaba plenamente en que su amante lo guiaría sin problemas.

Sacó de su escondite un amplificador Marshall de mediano tamaño y conectó con cuidado los cables de color rojo y negro. A su vez, instalo un pequeño pedal con la marca gastada, no era de importancia. Pero le ayudaría darle un mejor sonido a su interpretación. Les alcanzaría en esa pelea y pese a su estado de exilio les demostraría que, un instrumento con una evolución en su sonido era mejor que los anticuados métodos de producir música.

Más viejos que el tiempo mismo.

Ató su cabello rubio en una coleta baja, removiendo los cabellos de su rostro moreno, y puso un pie en el amplificador para darse mayor soporte, miró a través a la ventana, haciéndose una idea de que tan avanzado iba todo. Acarició las cuerdas de arriba abajo, sin poder hallar el momento adecuado de hacer su aparición. Entonces escuchó los platillos resonar, eran descuidados e inseguros.

No debía de perder la concentración.

En realidad su única motivación para tocar estaba en la otra habitación. Sumergido en las garras del sueño estigio desde hace siglos. Quizá, solo quizá, las notas llegarían hasta él. Fue inspiración, movió la plumilla en sus uñas al tiempo que sus dedos presionaron las cuerdas, de RE, FA a DO. Rápido, como el demonio en su alma. Con la furia en su pecho y la impotencia por la que pasaba, no solo había perdido a Shirou, ahora no sabía a dónde buscar, quizá solo quizá, la respuesta estaba en ese arrebato, toda esa música imaginaria a su alrededor. No, afrodita no volvía a tocar su piano, y Kazemaru estaba lisiado de carne en sus dedos, no había calidez en esos ecos y Tsunami carecía de su instrumento, no, no tendrían la fuerza para llegar tan lejos. Tocó para él mismo, agitó su cuerpo al ritmo de la canción que el creí que estaba interpretando en la soledad de su morada.

Esperaba que algún día Taiyou despertara.

Se sentía bien, bastante en realidad.

A lo lejos en el mundo real, parecía como si todos tocaran en la misma frecuencia, por las mismas razones.

Tenía la vaga esperanza de que esas notas llegaran a Shirou o simplemente le dieran la respuesta a su plegaria.

§

Arañó el armario que escondía su flauta. Quería destruirlo pero al mismo tiempo quería dejar fluir todas aquellas emociones con tan solo un par de minutos se acumularon en su interior, arremolinando sus ideas, de una vaga familiaridad todo se tornó en ansiedad. Golpeó el armario incontables veces gritando para que toda aquella música se callara. Esas alucinaciones que venían a atormentarla con sus ideas del nuevo mundo. Retrajo el temblor en sus manos al reconocer claramente el piano de Afrodita, como aquellas notas iban de la mano con los acordes de sus otros hermanos.

La sangre llama a la sangre.

Debía de detener ese suplicio cuanto antes. Abrió el armario con la misma fuerza que la tormenta se formaba a la distancia. Apretó los dientes y buscó con la mirada el pequeño escuche dónde guardaba su vieja y antiquísima flauta trasversa. La última vez que entonó alguna nota acaramelada fue a inicios de la edad antigua, dónde apenas el mito de los Unicornios se extendía por el mundo. Decidió enterrarla y lo más recóndito de su corazón cuando su hijo le fue arrebatado de su lado. El mundo ya no sabría lo que sería la dulzura de sus notas, el suave soplido de las voces en el viento y las risas en cada soplo de vida.

Sin embargo, ella debía de callar las voces en su cabeza que día a día le decían lo que era o no correcto. Tomó el estuche de color blanco y lo abrió con temor en su corazón. La flauta lloró al cruzarse con su mirada y estiró las manos como un niño que clamaba por los amorosos brazos de su madre. Ella lloró. Elevó la flauta de lo que parecía ser oro, larga, brillante y bien delineada y le besó en la boquilla, con un susurró y palabras de amor.

Una suave nota cruzó el aire.

Tan dulce como las pesadillas de su hijo.

Eso la tranquilizó. Cerró los ojos y se dejó caer frente al armario abierto. Rodeada de los cristales rotos y las telas roídas; comenzó a soplar con armonía para hacer un contraste atronador a comparación de las notas a su alrededor. Ella era brillante entre todo ese mar de acordes avasalladores. El canto tan dulce de una madre que trata de calmar la ira de los cielos, del mar y la oscuridad. Notas tan agudas que no fueron superadas por las cuerdas del señor de los muertos. Armoniosas que incluso las percusiones en el mar parecían ceder ante la suave brisa de primavera. Un arrullo de cuna que parecía calmar al demonio rojo y parar la tormenta.

Usó su aliento con pasión como hace mucho no experimentaba, parecía solo una pequeña chispa que bailaba al compás del fénix.

Hipnotizante como la danza de los arboles al florecer.

§

Sostenía el bajo entre sus manos y Fidio, a sus espaldas lo cuidaba de que no escapara. Su mujer tocaba el Violonchelo como la tormenta del siglo. La escucho gemir por el poder que el demonio rojo le producía. Hacia siglos que no la percibía tan ansiosa como aquella tarde. Escuchó a sus hermanos a la distancia armonizar unos con los otros, pero él se sentía inseguro de tocar las cuatro cuerdas de metal. Su mano derecha estaba pasmada arañando la superficie del instrumento. Fidio le susurró algunas palabras, endulzando el ambiente y animándolo a que deslizara sus dedos. Posó su mano por sobre la del dios y lo guio lentamente para que se uniera a la batalla. Mamoru Endou tenía terror de volver a escuchar la melodía que su bajo cantaba. Temía que se alejara de él como todos, como su esposa y sus hijos. Solo aquel castaño fungía como su único nexo con el mundo exterior y tampoco lo quería perder.

Solo cosas malas pasaban cuando él se decidía.

Fidio le transmitió seguridad y lo invitó de nueva cuenta a tocar los acordes, retrajo sus dedos para ayudarlo a ganar soltura, al tiempo de se acomodaba a sus espaldas para abrazarle.

Solo una nota.

Un vago RE sostenido fue rasgado. Luego, tocó tres acordes, con meticulosa lentitud. Recordar o no la melodía no era el problema. Sucede que él no se sentía apto para tocar aquella canción que tan celosamente interpretaron en sus días de juventud. Fidio rasgo un par de veces mientras el sostenía las notas en el diapasón, cerca de un traste. Le susurró que era un pájaro que debía de aprender a volar nuevamente. Solo movió los dejos por entre los trastes y el castaño se encargó de hacerle caminar por una delicada línea dónde cada nota contaba.

Solo dos notas.

Se guío por el movimiento de las cuerdas en Natsumi y por todo el viento que se movía inquieto. Una verdadera tormenta estaba en camino. Movió la mano por los trastes de arriba abajo y una luz iluminó el exterior.

Como Dios mayor debía de ser el soporte de cada uno de ellos. El puente fonético que les ayudara a seguir. Fuerte como el sonido de su instrumento, duro como los acordes del bajo. Avanzada la melodía notó el cambio rotundo cuando el mar de movió por la fuerza en los pies de Tsunami. La tierra tembló por encima del mundo de los humanos a ritmo de la guitarra de Goenji. Ahora o nunca, debía de tomar el control.

Su sonido no era más que un mero reflejo del instrumento de su hermana, pero juntos, creaban el toque demandante que la canción ameritaba.

Seis dioses habían deicidio esa noche recordarse el uno al otro que seguían existiendo. Lanzaron el guante blanco al campo de batalla con la seria intensión de terminar lo que habían comenzado en sus tiempos de niñez.

II

Tenma pegó el oído a la pared para escuchar mejor. La tormenta no fue lo que lo despertó, sino el suave arrullo de cuna de la habitación de al lado. No era normal, no era común. La primera cosa que él recordaba era el sonido dulce de la flauta de su madre. Él se recostaba sobre su regazo mientras la Diosa madre entonaba para él cientos de canciones en la profundidad del bosque. Ahora los tiempos habían cambiado y ya no había más música, estaba muerta; hasta esa madrugada.

Se arrastró con los pies pesándole de dolor por el último arranque que había recibido algunos días. Asomó la cabeza entre la puerta y observó a la mujer que solía llamar madre entonando su vieja flauta de oro. Se recargó y sonrió para sus adentros. El día que la música se marchó, fue el día que decidió casarse con Kyousuke. Y por un momento, se arrepintió de haber cambiado el susurrar de su madre por el aliento de su medio hermano.

§

Solía ser normal que temblara. Pero Yukki se levantó con la sensación de querer salir disparado de la cama y correr por su vida. Aventó las cobijas y buscó por inercia el cuerpo de Tsunami a su lado, pero el lecho estaba vacío.

Se aterró y corrió como desquiciado por los pasillo, viendo como muchos de los sirvientes corrían con la misma euforia. Vio a Rensuke en un cruce y le gritó que papara. Al encontrarse preguntó por el paradero de su padre y su hermana, pero su hijo solo negó con la cabeza. El temblor tenía como raíz el calabozo. Las conchas en las paredes abrían y cerraban de forma frenética y las luces del terror tillaban como locas. Sintió de pronto el brazo de Otomura sostener su hombro, detrás de él estaba Kinako y los cuatro decidieron bajar hasta la centro de los calabozos para desentrañar lo que fuera que hacía que el castillo temblara de esa forma.

Al estar cerca de la parte final, fracción del techo se comenzó a caer, pedazo a pedazo y ellos incrementaron la velocidad. A cada paso un sonido completamente extraño les causó la sensación de mariposas en el estómago y un hormigueo en el pecho.

Descubrieron que las vibraciones no eran más que el reflejo de un instrumento del mundo de los humanos siendo tocado por Tsunami. Una enorme batería que Kinako reconoció casi con naturalidad. Una batería. Platillos, bombo y tambores. Quedó fascinada y asustada por todo el caos que estaba escuchando, porque ciertamente iba a un ritmo que no parecía tener coherencia. De un momento sentía el hilo familiar aferrarse a ella, luego lo perdía.

Yukki comparó la sensación en el pecho al equivalerlo con el primer recuerdo que tenía. Una canción y una vibración en su pecho. Calidez y comodidad. Como si fuera la primera vez que respiró. Así se sentía volver a nacer.

Recordó el sonido de los tambores al instante de llegar al mundo y a los brazos de Tsunami.

"Call the bells… spirts, rise up and dance… listen the call… spirit… rise up and sing, masquerade..."

§

Era bien sabido que Natsumi solía tener un carácter especial y poco volátil. Rococó admitió que sentía unos celos terribles del demonio rojo que la Diosa mayor sostenía contra ella. Sentía impotencia, porque nunca antes la había visto tan sublime y hermosa, rodeada por los rayos de la tormenta, el viento y el meneó constante de sus manos sobre el violonchelo.

Destruir a la competencia era en esos momentos el único pensamiento coherente. Apoyó su espalda contra la pared. Algo debía de hacer. Si bien, algo había nacido esa noche, no fue algo producto del sonido de instrumento, sino del pecho de Rococó.

Tenía que destruir al demonio rojo.

O la perdería a ella.

§

Algo extraordinario estaba pasando como para que Yuuchi dejara botada su tarea y a más de dos mil almas en pleno proceso de juicio. Se retiró con un educado "con permiso" y bajó por las escaleras del edificio. Él no dormía nunca, incluso olvidaba comer. Capeo la tormenta y apareció frente a la puerta de su hermano menor. Quien, abría en ese momento. Ambos chocaron pero más que reír por la coincidencia compartieron miradas cómplices y afectadas. No se dijeron nada, palabras sobraban. Solo había dos posibilidades, la habitación principal de su padre o el pasaje que ambos usaban para hacer travesuras por allá de sus años de infancia efímera.

Escuchar el violín solo podía significar problemas.

La música no era del todo extraña en el mundo de los muertos. Se decía que el verdadero creador de las más bella melodías era el Diablo mismo. Y que a su vez, había heredado ese talento a los demonios. Mientras que, el señor de los muertos había aprendido a interpretar. No, no era la danza macabra la que sonaba, ni el trino del diablo. Era la primera canción que los dioses aprendieron a tocar en grupo. El primer Lullaby que dio como resultado a los dioses menores. ¿Qué clase de nueva creación nacería en esa ocasión? Los instrumentos no estaban completos. Tampoco todos los intérpretes. Ni las almas en los enseres.

No. Afrodita no estaba viva.

Sin embargo.

—Ella no ha vuelto a rencarnar en la tierra desde hace medio siglo… —musitó el juez. Su hermano se limitó a seguir corriendo a su lado—. Lo que quiere decir que ya no hay más fragmentos perdidos.

—Alguien ha tenido mucho tiempo libre.

—Peor aún… la han invocado

La puerta de la catacumba estaba abierta y se tomaron la libertad e entrar a voluntad.

Kazemaru parecía querer destrozar el violín con cada movimiento de su brazo. Se agitó al ritmo de sus propios deseos. Torvo en sus facciones y desesperado en sus ademanes. Quería ganar a como diera lugar. A punto de llegar al epitome de la melodía, la cuerda dorada se rompió y se agitó como la cola de un animal salvaje, rasgando la mejilla izquierda del Dios. Paró de tocar, su respiración pasó ser un jadeo gutural a un simple soplido lacónico. Dejó caer sus brazos acalambrados y cerró los ojos aun estando al frente del retrato cubierto por la manta. Tomó su tiempo para recuperar su condura y al estar completamente seguro de sí, caminó y retiró la manta. Una nueva nube de humo se levantó por el lugar.

—Ella está aquí —dijo y sus hijos sabían que aquellas palabras no eran para ellos—. Ella está viva. En algún lugar de la tierra.

Kyousuke y Yuuchi escucharon a su padre reír. Carcajeándose con fuerza y tras algunos segundos, soltarse en un dejo de ira y aventar el violín contra el retrato. Se dejó caer, el mayor logró sostenerlo entre sus brazos justo a tiempo para cuando él se soltaba a llorar. Como hace tiempo; tampoco lo hacía.

§

Solo tocaba para él. No escuchó el llamado de los hermanos, así como tampoco escuchó como de uno en uno, los habitantes del castillo llegaban a verle tocar. Kishibe fue el primero. Se deslizó entre la puerta y se materializo sentándose en el piso para poder escucharle más cómodamente. A la mitad de la canción, fueron Grand, Masaki y Ryuuji quienes llegaron con escepticismo de si era o no Burn quien estaba tocando. Falso, Burn llegó justo atrás de ellos con Gazell caminando como si realmente no fuera la gran cosa. Los cinco se juntaron en la puerta, temiendo entrar a un recital dónde no eran invitados. Osamu fue el último en reaccionar, fue más como una sensación de alivio que lo invitaba a quedarse en su posición un rato más.

A Grand lo que le pareció extraño no fue ver al ángel tocar con tanta maestría que pareciera que toda su vida había estado pegado al piano. Fue el violín que escuchó como cantico de guerra a contra sonido de las teclas que Afuro presionaba con tanta pasión. Había escuchado muchos violones en su vida, era su instrumento favorito y por la simple razón de que era también el instrumento amado por el Diablo, le vio tocar en la corte miles de veces, y observar como los otros demonios bailaban alrededor de las hogueras, intentó tocar al igual que él pero, quien lo enseño a interpretarlo con fluidez fue el mismo dios de los muertos, pero desde que había vuelto a rencarnar, juró no volver a palpar uno en su vida por temor de saldar una de las tantas deudas pendientes que tenía con ese bastardo: Un duelo.

Y pese a eso Burn experimentó exactamente el mismo sentimiento de extrañes, cuando para él, las notas del violín no eran más que acordes tan familiares que se sintió inseguro, escuchaba más cerca la guitarra de Shuuya que las misma notas de Afuro. Se pegó contra la pared para tratar de no evidenciar su pánico interno, ni de como su cuerpo producía calor, un bochorno que lo hizo sonrojarse como chica enamorada. Gazell lo notó —de hecho notaba cada cambió en la temperatura corporal del pelirrojo—. Quizá no era miedo lo que estaba sintiendo, pero fue un dejo de ansiedad que se comparó como hace algunas noches en que el viento comenzó a soplar al Norte. Escuchó unos tambores que no se le antojaron como familiares, pero no se dio cuenta en que momento su pie derecho trataba de emular el ruido. Enterró sus uñas en la piel de sus muslos para tratar de suprimir ese temblor involuntario.

Ryuuji no lo soportó mucho, salió con pasos poco discretos –que de hecho no fueron notados por nadie- y se pegó contra el muro contrario de la habitación. Tomó con fuerza su mano izquierda. La levantó a la altura de su rostro y sus dedos se movían a contra de sus órdenes, imitando el ritmo que Afuro tocaba, sin embargo no parecía estar tocando la misma melodía. Apretó los dientes al sentir la primera descarga entre sus dedos. De nuevo esa energía se estaba manifestando y no podía pararla. Resbaló por la pared hasta sentarse en el piso. Retrajo sus piernas y escondió el brazo entre su lecho y rodillas, las chipas iluminaban su regazo. Volteó por inercia al final del pastillo y vio la pequeña silueta de MR. Bunny death.

—No puedo controlarlo —le dijo con un amago de llanto—, es cada vez más fuerte. Reize —llamó con voz demandante— Dime qué está pasando. ¡Dime qué clase de vampiro eras!

Pero el conejo lo ignoro. Aprovechó una pequeña convulsión en que Midorikawa se retorció y desapareció de su campo de visión.

Cuando Afuro comenzó a tocar, no sabía qué clase de reacción iba a provocar, no midió consecuencias —"porque de eso se trataba ser joven"— y no supo cómo parar. Debía de terminar la canción a como diera lugar. Tocar como si dependiera de ello para seguir existiendo. En su mente no había nada, ni un dejo de familiaridad con la canción. Pero sus manos opinaban todo lo contrario. Ella emulaba todos los secretos que las voces querían callar.

Toca.

Toca como si pelearas con la misma muerte. Toca como si quisieras destrozar el cielo, toca para callar a los rayos. Toca como si desearas superar la fuerza de los mares. Toca para retar a la vida misma. Hazlo para abrir todas las puertas que te fueron negadas.

De pronto paró. Jaló todo el aire que pudo, como si quisiera gritar, apretó los dientes y la emoción en su pecho de detuvo de súbito, escuchó el tamborileo de su corazón a mil por hora y un amago que se prolongó para tratar de calmar los latidos de su pecho. Levantó las manos y estas se quedaron pasmadas en el aire. Retuvo todo el aire y dejó caer sus manos de en las blancas continuando del último tramo de la canción.

Movió los dedos con la misma soltura. Llevando la canción hasta su última nota.

Al terminar. Se quedó viendo las teclas. Esperando a que algo pasara. Soltó el aire poco a poco y encorvó su espalda, tratando de relajarla.

No hubo aplausos, de hecho los vampiros parecían más en trance que él mismo responsable.

Masaki soltó una pequeña exclamación de sorpresa y fue el centro de atención. Afuro enterró las uñas en la teclas, haciendo que el piano desafinara. Se levantó producto de su pánico y miró a todos los presentes con estupor. De nuevo su cabeza decía corre y por primera vez, hizo caso. Dio algunos traspiés con el banquillo y salió corriendo de la sala de música, empujando a Gazell y a Grand en el proceso.

Lo primero que dijo Grand, sacó a todos de sus pensamientos.

—Debemos destruir ese piano —anunció como sentencia.

Burn saltó frente a él y le dio un pequeño empujón.

—¡Estás demente!

—¿Lo escuchaste? —Cuestionó con la mirada fija en el instrumento—¿cierto?

—Nada tiene que ver.

—Todo tiene que ver —apunto—, saben que está viva, y si la encuentran aquí, nos traerá muchos problemas.

—Nos estamos involucrando en algo que no nos concierne —dijo Gazell dando algunos pasos al frente.

—Eso… —dijo Grand sonriendo de medio lado—, es lo que quieren que creamos. Debemos de destruir el piano. Si Kazemaru encuentra el rastro de la canción llegara hasta nosotros. No tienes tiempo que pensar.

Burn retrajo el gestó hasta echar humo por las orejas. Grand tenía razón. Midorikawa entró a la habitación, con sus ojos inyectados de negro y las venas saltando de su piel. Caminó hasta llegar a ellos y con gesto serio anunció:

—Si no lo haces tú, yo destruiré ese piano.

El japonés se extrañó de esta actitud. Posó una mano en el hombro del de coleta alta, pero éste lo movió para retirarlo en un gesto hostil. Al no recibir respuesta capeo la tormenta hasta llegar al piano y levantarlo con la facilidad que su fuerza le ofrecía. Burn no tuvo tiempo de reaccionar sino hasta que éste era estrellado en la pared dónde los instrumentos de cuerda yacían puestos en exhibición. La fuerza con la que se estrelló produjo un sonido secó y redundante. Todavía, al estar casi entero provocó ira en el interior de Ryuuji, tomó del piso un bajo que yacía completo y comenzó a golpear el piano con fuerza, rompió la cubierta, destrozó el interior y para cuando el puente se desprendió del cuerpo de instrumento, buscó otro para seguir golpeándolo. Sostuvo un violonchelo que no fue afectado por el primer golpe y lo levantó como si no pesara, dio un giro en el aire producto del movimiento de muñecas y lo dejó caer.

—Midorikawa, ya basta —ordenó Grand con evidente preocupación—. Para ya.

Hizo caso omiso y de nuevo estaba buscando algo más para seguir apaleando al cadáver.

—¡Joder, para! —exclamó Burn cuando, a falta de otra cosa, usó sus manos para arrancar las parte das cuerdas y llaves de afinación, recibiendo algunos latigazos por la tensión de algunas de ellas.

—¡Ryuuji cálmate! —Grand trató de tomarlo por la espalda, para alejarlo de desastre, pero éste no le hacía caso alguno. Forcejeó con él y logró arrástralo hasta la mitad de la sala dónde se zafó y corrió de nuevo. Burn lo detuvo y lo empujó al pisto, lo jaló por las piernas y él sacó las garras como un animalillo con rabia. Entre los dos pelirrojos lo tomaron, uno de cada brazo y él gritó con rabia.

—¡Lo voy a destruir! —gritó por tercera vez y soltó un gemido.

—¡Para ya, no es para tanto!

—¡Cálmate!

Capeó la tormenta, pero en esta ocasión el viento helado fue más fuerte. Gazell lo tomó del cabello para girar su cara y abofetearlo tan fuerte y rápido que fue casi imperceptible para los demás hasta que Midorikawa caía de sentón. Pasmado y completamente inmóvil.

—¡Ryuuji! —Exclamó Grand y llegó hasta él para tomarlo por los hombros —¿Estás bien?— cuestionó cuando los ojos negros parecían no saber ni en dónde estaba. Midorikawa asintió lentamente. Con la mirada perdida.

—Perdí la cabeza de nuevo —respondió a modo de justificación. Ante él yacía el piano destruido.

—Todos lo hicimos —dijo Gazell dio media vuelta y salió del salón de música.

—Tenía que hacerlo… me estaba enloqueciendo.

—No más pianito feliz para Burn… — musitó Burn y rascó su cabeza. Con resignación soltó una flama y se fue en busca del noruego.

—Tú, yo, cualquiera lo hubiera hecho —ofreció su mano y se puso de pie.

No notaron cuando Masaki y Kishibe se habían ido.

Osamu se quedó en la misma posición en la que había quedado al llegar. Grand no dijo nada, y le hizo una seña con la cabeza a Midorikawa para que no preguntara.

Se quedó echando raíces por largo tiempo, con la mirada perdida en el cadáver de los instrumentos, cada uno de ellos roto, y en él, un ansia completa en repararlos. Él adjudicaba personalmente su necesidad por reparar cosas como un trastorno obsesivo compulsivo. Necesitaba que todo fuera perfecto, las flores, los arboles, la arquitectura del castillo, el carro de Grand, las pistolas de Burn —en especial la dorada, oh claro que esa pistola era y debía ser aún más perfecta— pero el sonido de ese piano carecía de un sonido que agradara sus oídos.

Era el músico perfecto, pero le faltaba algo.

Faltaba un alma en ese piano para que la interpretación fuera perfecta.

Un alma.

Sacudió su cabeza cuando de nuevo esos pensamientos tortuosos llegaron a él, otra noche en vela sabiendo que dentro de é yacía una necesidad desconocida por sucesos que no recordaba como suyos. Viejos sueños, con una mujer —que aseguraba era su difunta esposa— una mano atravesando su pecho y el grito de un niño.

Eran recuerdos, pero no eran suyos.

Eso lo asustaba, sin embargo no podía mostrar emoción, debía seguir siendo fuerte y fingir que ese llanto que retenía en su pecho era para su esposa y no para otra mujer.


Notas—Tuve que hacerme de mucha investigación para sacar este capitulo,tengo tanta suerte que en la familia se toque mucha música, solo la flauta me dio problemas. Si notan errores de secuencia lo siento de verdad. Sin más gracias por leer, por los comentarios, por los mensajes y los ánimos.