Después de mucho tiempo sin publicar pese a tener desde hace bastante el capítulo preparado, proseguimos. Elaborado por todos los integrantes.

Capítulo 24: Cambio en los bandos

A Phoenix le habían dejado escondido en medio del camino que conducía al famoso acantilado dónde se reunían sus enemigos. Devimon había insistido en que la reunión no iba a durar mucho, que solo iban a recibir al recién llegado Meramon y a celebrar, de manera comedida, el éxito de la misión de hoy.

Lo cierto es que Phoenix desconocía el resultado de la misión. Sólo sabían que habían acabado con el albergue, y que Devimon portaba en su garra izquierda dos digivice. El resto, debían de estar en manos de sus respectivos dueños.

Devimon cumplió su palabra y volvió al rato. Seguía portando los dos digivice en la mano, como si tuviera miedo de que se los arrebataran, y su semblante, seguía siendo serio, como de costumbre. había un deje de irritación en su expresión, algo prácticamente imperceptible, pero que ahí estaba para el que fuera lo suficientemente observador como para percatarse de ello.

Phoenix tenía el cuerpo algo entumecido tras haber esperado sin hacer nada. Carraspeó y habló:

—¿Todo bien en la reunión?

—No hay nada que comentar. Vayamos pronto a la montaña.

En realidad si que había cosas que contar, pero no a él. Que Ginkkakumon hubiera obtenido su espíritu animal era bueno para el equipo, pero hacía peligrar su puesto de mando, por lo que tener a Phoenix de apoyo le facilitaría las cosas, si lograba incorporarle al grupo... Tenía un buen plan, pero no sabía si todo iba a salir según lo previsto...

El humano hizo un par de movimientos para acostumbrarse de nuevo. A partir de ese momento tendría que caminar y tenía la sensación que sería un largo trayecto. De todas formas, no se iba a dejar acobardar por aquel digimon. Mostró una sonrisa de suficiencia y replicó:

—Esto es ayuda mutua. Tú me necesitas, aún no sé para qué, pero tu interés me beneficia. Y yo quiero mi espíritu.

Devimon lo observó con curiosidad. Al principio sus encuentros no habían sido así. Y no le gustaba que el muchacho estuviera ganando tanta confianza.

—Sígueme —ordenó. El humano obedeció instantáneamente.

—La montaña está en el límite de este sector, y cerca del del centro. Cuanto menos tiempo pasemos allí, mejor.

—¿Por qué?

—Los guardianes del centro y yo no nos llevamos muy bien. Aunque he tenido que pedirla ayuda.

—¿A quién?

—A otro espíritu. La conocerás una vez hayamos encontrado tu espíritu.

De nuevo tendría que esperar para poder saber algo. Si algo había notado durante la caminata, es que Devimon estaba centrado en sus propios sentimientos. Algo habría pasado en la reunión que le pusiera de esa manera. Pero prefirió no volver a preguntar. Se tragó su curiosidad.

—Recuerda que aunque tendrás tu espíritu no puedes ir por tu cuenta. Hemos hecho un trato.

—No tengo intención de romperlo, ya te lo dije.

El digimon oscuro asintió complacido. Jamás admitiría que necesitaba al humano. Pero sabía como atraer su atención y si las cosas no salían como tenía planeado, acabaría con él antes de que pudiera hacer un movimiento.

—Por cierto —habló Phoenix, sin dejar de caminar—. Entiendo que a mí no me hayas matado. ¿Pero cómo es qué no habéis conseguido hacernos nada? Incluso cuando no teníamos espíritus... —dejó la frase en el aíre.

—No me relaciones con esos incompetentes —respondió, tajante.

—Pero tú tampoco...

—Yo tengo mis propios métodos. Y ahora, cállate. Estamos cerca.

Phoenix se encogió de hombros. A partir de ahora sabía que a Devimon no le gusta que le tachen de incompetente. ¿En realidad lo era? No lo sabía. Pero con el espectáculo de poder que había montado ayer, no lo parecía. Al menos, no a simple vista.

Debieron de haber recorrido un buen trecho allí, puesto que en media hora de caminata se encontraban ya frente a la montaña susodicha.

—¿Hay que subir hasta la cima?

Devimon le respondió con un gesto afirmativo. Phoenix le puso mala cara, pero sabía que no podía poner objeciones.

Finalmente Devimon se detuvo y el humano lo hizo también. El digimon se colocó delante de unas rocas y alargó la mano. Escribió algo invisible con el dedo y mágicamente apareció una brecha en mitad de la montaña. Phoenix se alarmó un poco pero entonces notó las alas de Devimon rodeando su cuerpo. Cuando abrió los ojos y captó el aire en el rostro, supo que estaban volando.

Odiaba que le tomaran por sorpresa, pero en esos momentos críticos no había razón para quejarse. Y tampoco quería mostrar temor delante de Devimon. La brecha en realidad era una especie de agujero con puertas de metal, que estaban arriba del todo. Sin embargo, la manera de abrirlo había sido un secreto hasta ahora. Y no había camino para llegar hasta allí a menos pudieras volar. Phoenix empezaba a entender.

No hizo falta que preguntara nada, ya que mientras ascendían el digimon se lo explicó:

—Descubrí el espíritu y lo puse a buen recaudo.

—¿Qué escribiste en la roca? —curioseó.

—¿Crees que te lo diré?

Phoenix no podía ver la sonrisa del digimon pero adivinó que se estaba riendo de él. Suspiró.

—Supongo que no —murmuró.

—Supones bien.

—Al menos me dirás dónde se encontraba mi espíritu.

—En el templo que hay más arriba, en esta montaña. No se encontraba a la vista de todos, sino dentro de una estatua —explicó Devimon.

—¿Podré ir allí?

—Quizás más adelante.

—Última pregunta... —Devimon lo miró, y subió los ojos, exasperado—. ¿Cómo sabes que es el mio?

—Sólo alguien como tu podría encajar con un espíritu así.

—¿Es algo malvado? El espíritu, me refiero.

—Habías dicho que era tu última pregunta.

Detuvo el vuelo y se posicionó delante de la puerta. Colocó a Phoenix de tal manera detrás de él para poder realizar un ataque e hizo explotar el metal. Se formó un agujero del tamaño del humano, por lo que el chico pasó primero.

—Es tu momento —dijo Devimon.

Phoenix se quedó maravillado con lo que tenía delante.

Algo brillaba con fuerza dentro de aquella diminuta cueva. Phoenix sentía su corazón latir con fuerza. Quizás eran los nervios o la esperanza de que Devimon le había asegurado de que se trataba de su espíritu. Se encontraba en un sueño, pero si de repente significaba que lo que tenía en frente no era suyo, la burbuja de felicidad explotaría. Pero dudaba que fuera así, el digimon no lo había traído hasta allí para nada.

—¿A qué esperas? —le apremió Devimon desde afuera.

Tenía las piernas paralizadas de la emoción. Reunió fuerzas y dio unos pasos hacia delante. El espíritu se encontraba levitando en una estatua de mármol con la forma de un digimon desconocido para él. Pero su vista estaba fija en aquel artefacto de luz.

Su digivice, que se acababa de materializar en su bolsillo, pitaba, mas aún no se atrevía a sacarlo. Observó con atención el espíritu. Era blanco, con un par de alas muy pequeñas rodeándo la plataforma en la que se encontraba. El espíritu estaba lleno de plumas y lo que parecía la cabeza no era más que un sombrero plateado, que tenía clavadas dos plumas blancas con punta roja: una a la izquierda, y otra a la derecha. El sombrero ondulaba con el viento que envolvía la pequeña estancia, y, cuando subía, dejaba vislumbrar lo que parecían unas pequeñas garras debajo del mismo.

El muchacho temblaba levemente. Con lentitud metió la mano en el bolsillo y sacó su digivice. Éste, absorbió el espíritu, y, una vez como había pasado con todos sus compañeros, comenzó su primera transformación.

Devimon observaba, sonriendo. Poco a poco el humano tomaba forma de un digimon. Un par de alas emergieron de sus brazos, llena de plumas blancas y doradas. Sus pies ahora eran enormes garras negras y rojas. Su pecho se convirtió en una armadura plateada junto un sombrero del mismo color, y justo debajo, colocado en la frente, tenía el aspecto de una corona dorada, con una gema esmeralda incrustada. Unas cuantas plumas le sobresalían de la cabeza y una larga cola se movía alrededor de sus garras.

Phoenix, ahora convertido en Harpymon, se sentía algo extraño. Escuchaba sonidos que antes no había sido captar desde tan lejos. Oía el rumor del viento azotando al cielo, los pequeños pedruscos deslizándose por la montaña, el leve movimiento de las alas de Devimon para mantenerse en el aire. La cueva de repente se había hecho pequeño. Trató de mover sus manos pero entonces notó el cambio.

Profirió un grito de sorpresa y cuando saltó por un acto reflejo se golpeó la cabeza. Abrió los ojos un par de veces y salió de la cueva lentamente, no sin antes tornar la vista a la estatua. El digimon que había representado en ella era él. Esta vez no hizo falta que Devimon le cogiera, era capaz de volar moviendo un poco los brazos.

—Muy bien —dijo Devimon—. Todo está listo.

—Es... increíble —mencionó Phoenix, girando sobre sí mismo.

—Bueno, ya habías visto estos cambios en tus compañeros, ¿no?

—Pero no es lo mismo ni por asomo. Este sentimiento de poder y tener los sentidos más desarrollados. Es fabuloso —se giró hacia Devimon—. ¿Qué vamos hacer ahora?

—Vamos a ver a mi "amiga", por así llamarla. Necesito que nos conceda una entrevista con el amo.

—Luego, lo voy a conocer.

—Hablaremos con él, pero no creo que se materialice en persona. Solo oiremos su voz.

—¿Qué queremos de él, exactamente?

—Que no vuelvas a recuperar tu antigua forma humana. Así que, a partir de ahora, te llamarás Harpymon, y responderás a ese nombre. Sólo el amo y yo sabremos tu verdadera identidad.

—¿Y cuando te pregunte Ogremon por mí, que le dirás?

—Que acabé contigo por mis propias manos.

Para Phoenix era extraño pero tenía su sentido. Iba a desaparecer por completo. Ya no sería un humano, no volvería a temer tener un cuerpo débil, a partir de ahora sería un digimon. No tendría miedo de Ogremon. Una parte de él le recordaba que si obtenía el espíritu para el resto de la vida, significaría que le tocaría luchar contra sus antiguos compañeros. Pero nunca le habían importado mucho.

Devimon le sacó de sus pensamientos:

—Veamos si eres capaz de seguirme. Iremos más deprisa —avisó.

—Bien —aceptó el reto.

Harpymon observó como Devimon no era tan rápido como había querido decir. Tenía alas pero su especialidad no era la velocidad. Tardó un poco en seguirle, puesto que debía acostumbrarse a ese cuerpo nuevo.

Respiró hondo y movió los brazos de arriba a abajo, impulsándose hacia delante. El viento le rozó la cara y sonrió al sentirlo, orgulloso. Se sentía único y poderoso. Pronto llegó hasta Devimon, pero no sabía el camino por lo que se mantuvo cierta distancia y se permitió mirar el paisaje sin miedo.

Todo parecía diferente ahora. No tardaron en dejar atrás la montaña y siguieron volando, llegando a un bosque de altos árboles. Fue divertido para Harpymon tener que esquivarlos y realizar volteretas en el aire. No tenía ni idea de cuanto tiempo les llevaría llegar hasta donde Devimon se dirigía, pero no le importaba; estaba maravillado con lo que sentía al volar.

Pasaron también el bosque y Devimon se detuvo. Hizo una seña con la mano y los dos bajaron a tierra. Una pequeña silueta se encontraba allí, mirándolos con una divertida mirada en el rostro.

—Favorita —saludó Devimon.

Harpymon no sabía muy bien que decir por lo que se limitó a mover la cabeza. Recordó que aquello era demasiado humano y se maldijo a sí mismo.

—Favorita —repitió entonces.

Pero se sorprendió cuando escuchó una risa cantarina de ese digimon. Como si todo aquello le pareciese gracioso. Él estaba demasiado nervioso. Su voz, sin embargo, sonó tierna y dulce, como la de una niña inocente:

—¿Qué quieres, Devimon? Tengo cosas importes que hacer.

—Necesitamos una audiencia con el amo. Y tu mejor que nadie sabes convocarlo.

—Que tu la necesites lo entiendo, pero ella... —Phoenix le miró con mala cara —Digo él lo necesite...

Harpymon fue a cruzarse de alas, provocando que accidentalmente, una ráfaga de viento saliera disparada hacia los pies de Sistermon. Por suerte, no llegaron a impactarla.

—Es nuevo —le excusó Devimon.

—¿Es el viento? —los ojos en cruz de la favorita se iluminaron. Devimon respondió con un gesto afirmativo—. Mucho gusto, soy Sistermon —se presentó.

—Harpymon —Phoenix hizo amago de extender el ala, pero Sistermon le interrumpió, diciendo:

—No, mejor no lo hagas.

—¿Y bien? —preguntó Devimon, deseando acabar cuanto antes. Faltaban solo unos minutos para que atardeciera.

—Está bien —cedió finalmente Sistermon—. Pero lo haré para empezar a llevarme bien con Harpymon —sonrió. A Phenixmon no le pareció una afirmación muy sincera—. Por aquí por favor.

La monja empezó a conducirles por el bosque.

Llegaron hasta una zona donde cuatro árboles parecían formar un cuadrado. Sistermon se puso en mitad de esa sala invisible y empezó a poner unas piedras en forma de círculo. De esto emergió una especie de humo que tomaba forma de unos brazos.

—¿Sistermon?

La voz alertó a Harpymon. Era profunda y denotaba obediencia. Notó como a su lado Devimon se tensaba y a continuación procedía hablar:

—Amo —saludó Devimon—. Tengo una petición.

A pesar de que la nube no tenía forma de un cuerpo, Phoenix sintió una mirada penetrante, observándolo por todas partes. No quería mostrar temor, por lo que siguió callado.

—Mi trabajo aquí está hecho —mencionó la Favorita—. Tengo otras cosas que hacer. Si me disculpas, amo...

—Puedes marcharte —aceptó la voz.

Sistermon desapareció sin dejar huella. Devimon, un poco más relajado al no tener la presencia de la Favorita, presentó al espíritu que tenía su lado:

—Este es Harpymon. Deseo que el humano que tiene dentro no vuelva aparecerse. Será de gran ayuda como espíritu. Estará bajo mi mando y me encargaré de que no cambie de opinión. Esa es mi petición, amo.

La voz no habló de nuevo. Parecía que el amo estaba pensando severamente si debía aceptar aquella propuesta.

—Has desobedecido mis órdenes y has encontrado un espíritu que no debías —empezó a decir. Devimon cerró su garra de golpe, aún más nervioso—. Has encontrado al humano al que pertenecía el espíritu, por suerte. Si te hubieses equivocado, lo hubieses pagado caro.

—Lo sé —se limitó a contestar Devimon.

—No obstante, no lo has hecho. Y he de decir que me complace este giro de acontecimientos, por lo que aceptaré tu propuesta —concluyó el amo.

Una mano, de tez azul, con unas rojas carmesí salió del humo, indicando a Phoenix que se acercara. Cuando el joven lo hubo hecho, su digivice salió disparado hacia la mano. La mano condujo el digivice hasta la armadura de Harpymon, más o menos a la altura del pecho.

Entonces, hubo un halo de luz blanca y luego luz negra. El digivice se fue introduciendo poco a poco en su cuerpo, hasta desaparecer.

—Petición cumplida —dijo, satisfecho, mientras la misteriosa mano se desvanecía—. Pero revisemos el trato, aunque Devimon ya te lo ha explicado, más o menos. Ahora eres Harpymon, el espíritu del viento, y responderás como tal. Seguirás las instrucciones de Devimon, a menos que recibas ordenes mías. Entrenarás con Devimon, para ser un espíritu formidable, como antaño. Y en caso de faltar el acuerdo, Devimon te dará tu merecido. ¿todo claro?

Harpymon asintió.

—En cuanto a ti, Devimon, sabes que no debe caer derrotado en combate, o revelará momentáneamente su verdadera forma. Por lo que, si este ave ataca, y va a caer rendido ante los humanos, deberás asegurarte de que se retire a tiempo, y no desvele su verdadera identidad.

—Lo haré, amo.

—Podéis retiraros —anunció, mientras la nube se disolvía como si nunca hubiera existido.

—¿Ahora que hacemos? —preguntó Harpymon, confundido.

Devimon lo pensó un poco.

—Ya has escuchado al amo, debemos entrenarte. Tienes que acostumbrarte a ese cuerpo y descubrir cuáles son todos los poderes. Tu misión es olvidar por completo el humano que eras y convertirte en un digimon de verdad.

Harpymon asintió. A partir de ahora no tendría que volver a tener sentimientos tan humanos. Nunca más lo sería. Atacaría a los que habían sido como él. Los mataría... cerró los ojos al pensar en eso. Pero tenía que ser fuerte. Haría lo imposible para conseguir que eso no le importara.

—¿Cuándo empezamos?

—Hoy no —contestó—. Ha sido suficiente para ti.

—Como quieras.

Volvió a cruzarse de brazos casi sin darse cuenta, y recibió un golpe en el estómago que le hizo arrodillarse en el suelo.

—Quítate la costumbre de comportarte como un humano. Todo lo que conocías debes olvidarlo. Tengo muchas cosas que enseñarte...

—¿Eso me convierte en tu alumno?

—Es posible —sonrió un poco.

Ninguno de los dijo nada más. Cada uno había conseguido lo que quería en el día. Phoenix tenía su espíritu, se había convertido en un digimon. Devimon tenía a Harpymon y el amo le había aceptado la petición. Lo único que faltaba era entrenarle y sus planes estarían completos.

Las cosas iban bien para ellos.

[...]


La luz del día brillaba con la fuerza habitual, ya libre de la influencia de Devimon, pero las copas de los árboles la frenaban, dando cierto cobijo al grupo, que había parado a descansar. Miles había dejado a Michel en el blando suelo, junto a la base de un grueso árbol parecido a un roble. Seguía inconsciente, pero la serenidad del sueño no se encontraba en su rostro (cejas crispadas, boca torcida) ni en la postura arqueada que su frágil cuerpo había adoptado. Erika y David vigilaban al herido, aunque nada podían hacer para acabar con su sufrimiento.

Miles se había recostado contra el tronco, al otro lado del árbol, y Sonia se había alejado con Floramon, en busca de esa planta de la que había hablado. Aunque no pudieran preparar nada, Floramon se había empeñado en intentar encontrarla igualmente, por si acaso. Sonia quiso aprovechar la situación para relacionarse algo más con el Digimon, y se ofreció a acompañarla, pero el ambiente era algo tenso.

- ¿Sueles hacer esto con Dalia? - preguntó, para romper el hielo.

- Sí – respondió Floramon, algo avergonzada; al fin y al cabo, estaba a las órdenes de Cyclomon, engañándolas – Siempre me pregunta por el efecto de las plantas que vemos.

Sonia sonrió. No le cabía bien Dalia, no podía negarlo, pero le parecía que sería divertido preguntar a Floramon, aunque para ella no era más que un juego. Una gran flor rosa llamó su atención.

- ¿Qué hace esa? - señaló entusiasmada.

Floramon se sobresaltó un poco por su efusividad, pero al segundo no pudo evitar sonreír.

- Nada en especial, aunque huele muy bien. Además es comestible, pero no tiene buen sabor.

Sonia había cocinado con flores comestibles. Solo una vez, hacía no mucho, en su casa, en esa casa que ahora se encontraba tan lejos. De pronto se sintió algo melancólica, e intentó distraerse siguiendo con el juego.

- ¿Y esa planta? - preguntó, ahora con mucho menos entusiasmo.

Cuando acercó la mano, Floramon la detuvo.

- No la toques; causa urticaria.

Miró decepcionada las hojas de la planta, de un verde sucio con tonalidades marrones. Hogar. Familia. El juego no conseguía distraerla. Perdió las ganas de continuar.

- ¿Dónde vivías antes de llegar al albergue? - sentía ligeras náuseas, su voz era débil - ¿Tienes familia?

Floramon la miró sorprendida, pues no esperaba esa pregunta. También la sorprendía cuánto había tiempo había pasado desde la última vez que pensó en ese asunto. Había estado muy ocupada, de aquí para allá, haciendo lo que Cyclomon le decía e intentando no ser descubierta, y no tenía tiempo para pensar en el pasado.

- Dejé a mi familia en un pequeño pueblo del sector sur.

- ¿No los echas de menos?

- Sí, pero quería irme de viaje. Conocer mundo, y esas cosas.

"Conocer mundo". Sonia no tenía intención de conocer este mundo, y aquí estaba. Se sentía algo ofendida. Floramon podía pasar tiempo con su familia, y prefería mantenerse alejada, pero ella no podía volver con la suya.

- Ya han salido las primeras bayas – exclamó Floramon, alejándola de sus pensamientos.

El Digimon se acercó rápidamente a un arbusto, repleto de pequeños frutos de color púrpura, que se encontraba frente a ellas. Sonia la siguió, y al darse cuenta del hambre que tenía, aprisionó una baya entre sus dedos y se la llevó a la boca.

Antes de poder decir lo deliciosa que estaba, el sonido de unas ramas rompiéndose la alarmó. Floramon lo había oído, y se había agachado. Sonia también se escondió, y cerró los ojos, deseando no ser vista.

[...]


Sistermon anduvo tranquila por los pasillos. Sentía cierta curiosidad por lo que Devimon le estaría pidiendo al amo, por no decir que el asunto entero se veía muy sospechoso. Pero sabía que se acabaría enterando. Quizás no hoy, quizás mañana tampoco. Podía ser que ni siquiera fueran el amo o Devimon quienes se lo dijesen. Pero lo acabaría averiguando.

Ingresó en la habitación donde había dejado a los humanos anteriormente. Ahora la única presencia era Baronmon, pero eso no le hizo cambiar su suave ritmo ni variar su velocidad. El otro digimon apretó los documentos bajo su brazo, pero no quiso mostrar ningún signo más de impaciencia. La tranquilidad de Sistermon ya se le hacía conocida.

-¿Ya está todo preparado? – Sistermon apoyó sus manos en sus caderas.

-Casi – puntualizó Baronmon.

-Pensaba que era algo rápido y sencillo – suspiró la digimon.

-Lo es – reajustó los pergaminos para que no se le cayesen – pero teníamos que trabajar los dos juntos para los últimos detalles.

Sistermon no se inmutó ante la mirada que le dirigió su compañero. Él ya había dejado caer que no podría completar el trabajo él solo, y a ella ninguna indirecta se le pasaba.

-Tenía cosas que hacer – se encogió de hombros.

-¿Más importantes que colaborar en el encargo del amo?

Sistermon sonrió, y ante eso, la curiosidad de Baronmon no podía sino crecer.

-Nunca dejaría los planos del amo de lado, pero... – se balanceó suavemente, contemplando la habitación – Devimon necesitaba ayuda con una cosilla.

-¿Devimon? ¿Ayuda? – Baronmon la miró unos segundos mientras su ceño se fruncía - ¿Estamos pensando en el mismo Devimon?

-No tengo intención en relacionarme con ningún otro Devimon – simplificó ella.

-Pero él solo se comportaría así si fuese algo importante ¿Qué quería?

-En realidad, tú lo has dicho – Sistermon lo felicitó – tuvo que ser algo de vital importancia, así pues ¿No se enfadaría Devimon conmigo si lo fuese divulgando por ahí?

Baronmon suspiró exasperado. Sistermon no iba a soltar prenda.

-A ti no te importa si Devimon se enfada contigo.

-Incorrecto esta vez – Sistermon empezó a caminar hacia la parte donde realizaría la prueba a los humanos – esta... "organización" es como un árbol. No se puede descuidar ninguna rama – Sistermon movió su dedo índice, como si estuviese enseñándole algo de vital importancia a un digimon bebé – porque nunca sabes en qué parte del árbol nacerán más frutos – de pronto su sonrisa se acentuó – ya sabes, las flores son muy delicadas y el viento es muy traicionero, nunca sabes cuando ni como llegará. Podría cambiarlo todo.

En algún momento de la metáfora Baronmon se perdió completamente. Sistermon disfrutaba siendo enigmática, y vaya si se le daba bien. Abrió uno de sus pergaminos, dándole una rápida ojeada antes de dirigirse de nuevo al lada de su compañera. Solo necesitaban hacer un pequeño ajuste y podrían saber qué espíritus usarían los humanos. Y ese era el tema que había estado meditando durante horas.

-¿Qué pasa si no tenemos sus espíritus? – preguntó dudoso.

Sabía que su amo tenía bastantes espíritus en su poder. A veces incluso le abrumaba saber que todavía quedaban varios perdidos.

-Podría ser que son compatibles con el caos, el metal o incluso la marioneta. Pero esos están desaparecidos.

-El amo elige a los indicados – Sistermon se encogió de hombros – y si no, ya tendremos tiempo de preocuparnos cuando el problema surja.

El digimon asintió, todavía preocupado. Volvió a mirar el pergamino, y cuando iba a darle las indicaciones a su compañera comprobó asombrado que esta se había acercado y lo miraba fijamente. Ya no había sonrisa en su rostro, pero tampoco parecía enfadada. Más bien, la expresión que adapta un estratega ante la planificación de su siguiente movimiento.

-¿Qué pasa? – preguntó con voz grave. Él también quería dedicarse a otras cosas, en vez de prepararlo todo para los humanos.

-¿No me lo vas a decir? – preguntó ella.

-¿El que?

-No te hagas el tonto.

-No me hago el tonto.

Sistermon señaló con el dedo los pergaminos que tenía Baronmon bajo el brazo.

-Ese pergamino es extraño – musitó – demasiado viejo para ser sobre los humanos o cualquier cosa que tenga que ver con ellos. Demasiado nuevo para ser parte de tu selección – Sistermon apartó los ojos del papel para mirarlo a los ojos – así que si lo has traído hasta aquí es por algo.

-A lo mejor...

-Nadie entra en tu cuarto para cogerlos, eres el único interesado en esas cosas – lo interrumpió Sistermon – y no creo que lo hayas traído por equivocación.

-Lo encontré.

Ahora fue Sistermon la que alzó la ceja, extrañada.

-¿Qué encontraste?

-¿Qué hemos estado buscando? – masculló.

La boca de la digimon se abrió en forma de círculo perfecto.

-¿Lo encontraste?

-Si. Bueno, tal vez.

-Has dicho que lo encontraste.

-Son datos menudos, extractos recolectados – alzó las manos exasperado -. No hay una base de datos donde estén anotadas las coordenadas exactas.

Sistermon se cruzó de brazos. Si iba a darle una buena noticia, que lo hiciese bien, no le gustaba la información basada en hipótesis y corazonadas. Esos eran simple rumores. Que aunque a ella le encantaban, no era lo que buscaba, no en este caso tan crucial.

-Aún así – Baronmon agarró con más fuerza los pergaminos – creo que con esto no nos debería costar demasiado encontrar el lugar. Un par de expediciones deberían bastar.

Se sintió más alejado cuando su compañera relajó la postura y se giró de nuevo. Había intentado planificar la forma de contarle su nuevo descubrimiento, pero a la hora de la verdad no resultaba tan sencillo. Sistermon era demasiado exigente y nunca le daba un respiro hasta que no lo había soltado todo. Intuía la larga charla que tendría con ella en cuanto terminasen con los preparativos. Volvió a arrugar imperceptiblemente el rostro. Cierto, los preparativos. No daban acabado con la prueba para los humanos, y eso los impacientaba a los dos.

-Perfecto, pues acabemos con esto rápido entonces – Sistermon lo miró, convencida por sus palabras. La sonrisa había vuelto -. Tiene que contármelo luego. Quiero saberlo todo.

Y con nuevas expectativas se pusieron manos a la obra. No era un trabajo largo, pero había que hacerlo. Los humanos pronto llegarían. Y sabían que estaban deseosos de saber cual era su espíritu y saciar su curiosidad sobre ese mundo.

Por otro lado, ellos esperaban que en cuanto tuviesen sus nuevas habilidades se entretuviesen solos un rato. Tenían un gran proyecto entre manos y no iban a dejarlo por un trabajo a jornada completa de niñeros.

[...]


Ginkkakumon no se quedó un rato más para hablar con los demás. Una vez terminada la reunión, decidió que era el momento adecuado para probar su nuevo espíritu. Estaba deseando ver su nueva forma y machacar a esos humanos escurridizos. Su meta era ser el más fuerte no dudaría en matarlos si tenía la oportunidad.

No lo comentó con nadie, tampoco era necesario. Algunos tenían mejor relación que otros en aquel grupo, pero todos querían obtener sus espíritus y hacerse más poderosos. Que Ginkkakumon lo tuviera hacía que los demás se sintieran algo recelosos. A pesar de que no lo mostraban abiertamente, Ginkkaumon presentaba un peligro. Había tenido mucha suerte de que sus secuaces encontraran su espíritu animal.

Así pues, se marchó y empezó a buscar a alguno de los humanos. Le daba igual quien fuera, aunque prefería que uno de ellos tuviera un espíritu para tener un poco más de diversión. Quizás acabar con ellos siendo unos patéticos humanos sería lo mejor, pero el plan de Ginkkakumon era probar su nuevo espíritu y luchando contra unos niños no lograría hacer mucho.

Mientras tanto, uno de los grupos de los elegidos seguía vagando por el digimundo a la espera de uno de sus compañeros. Amadeus, las dos hermanas y Kalvin habían logrado escapar de la persecución de Ogremon, pero no estaban seguros todavía. Lo peor era que debían ir más despacio de lo que deseaban, buscando a su amigo y tratando de no hacer ningún ruido. No eran muy habladores y ninguno quería empezar una conversación, por lo que el silencio inundaba el lugar.

Hasta que en un momento dado, una de las hermanas, Karon, se hartó de esperar:

—Si ese chico se ha perdido es problema suyo. Quedarnos aquí a la espera de que nos encuentren es peligroso.

—Y nada prudente —añadió Karin.

Amadeus y Kalvin admitieron que tenían razón. Pero el segundo se encogió de hombros y se dejó caer en el suelo, medio sentado, medio tumbado; pura costumbre de él.

—A mí me da igual —comentó.

Amadeus lo miró con una mueca de disgusto. Tenía bien claro que era el único de los cuatro que podía convertirse en un digimon y eso hacía que tuviera mucha presión. Las hermanas le ayudarían con sus buenas estrategias a acabar con el enemigo, pero eso no quitaba que un ataque de un digimon podría acabarlas. ¿Por qué tan pocos de ellos habían obtenido un espíritu digital?

—Podríamos colocar algunas trampas a nuestro alrededor para que nos avisen si alguien se acerca —propuso Amadeus.

Las hermanas, como si estuvieran conectadas, negaron con la cabeza al mismo tiempo.

—Si ponemos trampas, es para marcharnos. Colocarlas sólo denotará nuestra presencia —bufó Karin.

Amadeus se mordió el labio con fuerza. Demasiada presión…

—¡Pues decidme qué queréis hacer!

—¡Oh!

La tierra tembló cuando alguien saltó al suelo. Amadeus no tuvo tiempo de mirar la cara de sorpresa de las hermanas y el vago de Kalvin, se giró y observó con sus propios ojos el digimon que tenían delante. Ginkkaumon les mostró una sonrisa y se río durante un buen rato.

—¡Menos mal! —exclamó Ginkkakumon.

Amadeus apretó los dientes y sacó el digivice. Ese digimon era peligroso y él se encontraba solo para poder luchar. Kalvin se incorporó y las dos hermanas comenzaron a idear que movimiento debían hacer a continuación.

—Esto pasa por esperar al idiota de Phoenix —soltó Kalvin.

—Tú te quedaste bien tranquilo tumbado —replicó Amadeus.

—¡Perfecto! —gritó Ginkkakumon.

No estaban seguros de cómo tomarse aquel comportamiento de su enemigo, pero de lo que sí estaban seguros es que no estaba ahí por casualidad. Sin embargo, tampoco tenían tan mala suerte. Sólo era uno y ellos tenían un espíritu digital. Mientras que no los arrinconaran desde atrás no habría muchos problemas. Ogremon estaría lejos, al menos así querían pensar.

—¡Empezaré yo! ¡Bala de Fuego de Ogro!

Lanzó una bola de fuego desde su boca directa a Amadeus, que logró saltar hacia atrás y esquivarlo. Cuando el ataque impactó en el suelo y creó un agujero de chispas, las dos hermanas aprovecharon el humo y atacaron con una doble patada a Ginkkakumon, que a sabiendas de que esas dos chicas harían algo así, se protegió con los brazos. Trató de coger sus cabezas pero fueron rápidas y dieron una voltereta para pasar por delante de él.

—¡Date prisa, Amadeus! —gritó Karin.

El muchacho asintió, nervioso y se transformó en SkullKnightmon. Ginkkaumon asintió, complacido. Dejó a las elegidas en paz y se abalanzó a por el espíritu, que algo aturdido porque todavía no había completado el cambio de humano a digimon, recibió un golpe en la cara, lanzándole hacia atrás.

Ginkkakumon recibió varios puñetazos en la espalda que apenas le hicieron unos rasguños. Se molestó un poco de que esas humanas le quisieran atacar y lanzó un gritó para espantarlas, olvidando quienes eran. Las hermanas pasaron por sus piernas y trataron de darle de nuevo una patada, pero entonces Ginkkakumon las atrapó en un abrazo violento.

No obstante, SkullKnightmon no estaba derrotado. El golpe le había confundido pero ya se encontraba en perfecto estado. Antes de que el enemigo pudiera hacerles algo a las chicas, atacó con sus lanzas y logró hacerle un poco de daño a Ginkkakumon, que impresionado por el impacto del arma del humano fusionado, no tuvo otro remedio que soltar a las elegidas y protegerse de las estocadas que Amadeus le propinaba.

—¡Lanza Aguja! —gritó SkullKnightmon.

Fue directo al pecho de Ginkkakumon, pero el digimon lo esquivó con facilidad. Se tocó las aprtes donde la lanza había tocado hacía un rato y sonrió de manera maliciosa.

—Creo que ha llegado el momento de daros una paliza —masculló.

Las hermanas no se anduvieron quietas y fueron enseguida a por el espíritu mientras que Amadeus se preparaba para atacar de nuevo. Sin embargo, brilló una potente luz que rodeaba a Ginkkaumon y todos tuvieron que proteger sus ojos con los brazos.

—¿Qué es…? —preguntó Karin.

—¿…eso? —siguió su hermana.

Una vez desapareció la luz, se encontraron con otro digimon delante. Pero su aspecto no era tan maligno y temido como el anterior. Era más pequeño y estaba rodeado de cristales por todo su cuerpo, iba a cuatro patas y tenía un emblema grabado en ellas. Una cola diminuta le salía desde atrás y sólo pudieron reconocer a Ginkkakumon en ese nuevo digimon por la risa característica que tenía. La realidad era que se trataba de un erizo de un tamaño medio con patas muy cortas y una colita, algo que Ginkkakumon jamás hubiera imaginado.

—¡Mirad! ¡Temedme! ¡Este es mi nuevo poder! ¡Ahora soy…!

Pero se calló cuando la risa de todos los elegidos se hizo presente. Una risa burlona. No paraban de señalarle y taparse la boca con las manos.

—¿Qué os creéis que estáis haciendo? —Miró a SkullKnightmon—. ¡Venga, cobarde, atácame!

El guerrero de las lanzas lo señaló sin poder dejar de carcajearse.

—No me pidas eso, pequeñín. No podría hacer daño a una hermosura de animal como tú.

Fue entonces cuando se dio cuenta. Ya no se sentía tan grande como antes. Ginkkakumon notó que su cuerpo era demasiado distinto. Él había imaginado que se convertiría en un espíritu animal fascinante, gigante, que aterrorizaría a los humanos con su nuevo diseño. Pero no, era… ¿qué demonios era?

—¡Me estáis enfadando! —vociferó.

Amadeus tuvo la mala decisión de confiar demasiado en que un cuerpo así podría ser débil. Se acercó sin protegerse dispuesto a terminar el trabajo con una sola estocada.

—¡Os mataré a todos! —Seguía gritando Togemogumon—. ¡Ametralladora de Granizo!

Los cristales que tenía su cuerpo fueron disparados por todas partes. Tal fue la sorpresa para los chicos que ni esquivarlos pudieron, además de que eran demasiados. Amadeus volvió a ser humano, agotado y con dificultad para moverse, y uno de los cristales hirió con gravedad el brazo de Kalvin.

Kalvin gritó de dolor y cayó de rodillas al suelo. Las dos hermanas habían logrado esquivar con eficacia todos los cristales pero aquellos movimientos la habían cansado. Ahora que Amadeus no podía volver a transformarse y con ese nuevo poder que tenía Ginkkakumon, no podrían hacer nada. Era su muerte.

—¡Y ahora…! —exclamó el espíritu animal.

Pero algo pasó. Togemogumon se sintió extraño de pronto. No podía moverse y aunque trató varias veces de lanzar un ataque otra vez, algo se lo impedía. Estaba como bloqueado. No era capaz de controlar aquel espíritu.

—¿Qué pasa? —Gruñó Karon—. Acaba con nosotros. Inténtalo —amenazó.

—Agh…

Sin poder evitarlo, su cara golpeó el suelo y perdió el equilibrio. No podría acabar con los humanos sin poder controlar ese nuevo poder.

—Os habéis librado, elegidos —avisó.

Se hizo una bola y salió despedido hacia delante, alejándose de los muchachos. Estos no sabían si se trataba de un milagro o algo le había sucedido al enemigo para que huyera de esa forma cuando lo tenía todo ganado.

—Karin, arráncale parte de la camisa a Kalvin y presiona la herida. Hazle un nudo —ordenó la hermana—. Saldremos de aquí.

Eran las únicas que estaban más o menos bien para poder continuar. Y aunque podrían haber seguido solas, sabían que necesitaban a Amadeus puesto que tenía un espíritu y eran bastante justas, no iban abandonar a alguien del grupo que estaba herido.

Karon sujetó a Amadeus y puso el brazo de él alrededor de su cuello para ayudarle a levantarse, mientras que su hermana hacía lo que le había pedido. Las dos chicas guardaron silencio mientras trabajaban y decidieron que lo mejor era abandonar aquella zona. Ya no importaba Phoenix. Lo habían esperado lo suficiente. Quizás estaba muerto. Era lo que ellas pensaban pero no era algo que iban a compartir con los demás, puesto que no era una idea segura.

Se resguardaron tras media hora de caminata y vieron la herida de Kalvin. Tenía un feo corte en el hombro que le impedía mover el brazo. Dejaron que se recostara y las dos hermanos hablaron entre ellas para decidir que iban hacer. No estaban en una buena condición.

—Descansaremos —dijo Karin—. Cuando Amadeus esté recuperado podremos continuar hasta encontrar al resto. Es todo por ahora.

—Iré a buscar algo de comida — añadió Karon, levantándose.

No sabían lo que podía pasar si se quedaban demasiado tiempo parados, pero debían esperar a que la persona que tenía un espíritu digital pudiera usarlo de nuevo. Ahora que habían visto los peligros que se avecinaban, tenían que ser más precavidos que nunca.

[...]


Sistermon y Baromon entraron en la sala de reuniones, dónde los chicos ya les estaban esperando, sentados en los mismos sitios que habían ocupado el día anterior. Sistermon ocupó el sitio que presidía la mesa, y Baromon se sentó a su lado. Intercambiaron unas rápidas miradas entre ellos, antes de que alguien se decidiera a hablar.

-¿Qué tal habéis dormido, chicos?- preguntó Sistermon. No estaba muy interesada, pero ser amable con ellos era vital para la misión.

Los chicos no sabían muy bien que contestar. Era difícil dormir en un sitio desconocido y tenían demasiadas preguntas como para haber podido conciliar el sueño. Nathan y Lili no se dignaron a responder; Hoshi era demasiado tímida para hacerlo; por lo que le tocó a Lendeira hacerlo. Aunque como era curiosa y algo nerviosa, no le costó mucho deslumbrar su felicidad por encontrarse en un lugar tan extraño:

—Regular. Pero quiero saber algunas cosas.

—Y queremos comer —añadió el chico.

Era cierto. Habían despertado pero no tenían el desayuno en la mesa. Y aunque Lendeira había rebuscado por algunas zonas, no había encontrado nada comestible.

—De acuerdo. A su tiempo. ¿Qué queréis saber?

La respuesta no tardo en aparecer:

—Todo —contestó Lendeira.

Baromon mostró una media sonrisa. Conocía a Sistermon y le impresionaba como estaba consiguiendo aguantar la postura de doncella educada y amable. No era algo normal en ella, que le encantaba burlarse de los demás y demostrar que estaba por encima de ellos.

-Iré a por el desayuno.- se limitó a responder la monja, dejando a la joven con la palabra en la boca.

Lendeira miró inquisitiva a Baromon, pero éste tampoco dijo nada: no quería arriesgarse a que la furia de Sistermon cayera sobre él.

Cuando esta hubo regresado, al cabo de un par de minutos, con una bandeja con zumo y tostadas, todos parecieron algo más contentos. Nathan se lanzó, ávido, a por la tostada más grande que encontró, devorando con cierta ferocidad. Hoshi, que comía con delicadeza, y que además no tenía mucho hambre, contempló ciertamente horrorizada lo que su compañero hacía.

-Deberías comportante.- le reprochó Lilian.

—Deberías comportarte —le reprochó Lilian.

—¿Qué pasa? Tengo hambre. Estos digi... lo que sea no nos dieron nada de comer desde ayer —replicó, sin hacerle caso.

No obstante, hubo alguien que no estaba comiendo. Lendeira observó a Sistermon atentamente. Baromon frunció el ceño: esa niña conseguiría que los matara a todos.

—¿Qué te pasa? —inquirió la digimon.

—Nos habéis traído aquí por algo. Nos necesitáis. Por lo menos exijo que respondas a nuestras preguntas con sinceridad y no las evadas.

—Increíble criatura —pensó Baronmon.

Pero Sistermon no perdió los estribos. Acercó a la muchacha algo de comida.

—Primero, aliméntate. Luego os explicaré todo lo que necesitáis saber.

La chica, a regañadientes, tomó la primera tostada que vio, y se la comió sin decir ninguna palabra más. Sabía que Sistermon no iba a ceder.

Cuando Lendeira consideró que ya había comido lo suficiente, y a pesar de que los demás seguían desayunando, volvió a la carga.

-¿Y bien?-

-Plantea tus preguntas chica.-

Se quedó pensativa, pensando las más adecuadas. Hubiera sido mejor que el digimon hubiera desembuchado toda la información que ella quería, como había exigido, pero no iba a ser así.

La joven suspiró. Pensó durante unos segundos.

—Está bien. ¿Qué tenéis pensado hacer con nosotros?

En esa pregunta, no sólo ella estaba interesada. Los demás miembros del grupo levantaron su rostro de la comida, aunque el único que seguía masticando y tragando era Nathan.

—Os vamos a entrenar. Os enseñaremos todas las habilidades posibles para que aprendáis a protegeros.

—¿Para qué?

—Habrá peleas y participaréis en ellas.

—Me interesa la idea de esa aventura, pero ¿por qué haríamos eso?

—Estáis destinados a hacerlo —contestó simplemente.

Pero no todos estaban de acuerdo con eso.

—¿Tendremos que matar a alguien? —murmuró Lilian.

—Seguramente —asintió, esta vez, Baronmon.

Hoshi se atragantó con lo que acababa de comer. Nathan le dio unas palmadas en la espalda. La chica se tranquilizó un poco.

—¿A quiénes? —curioseó tímidamente.

Baronmon y Sistermon se miraron un momento. ¿Era adecuado decirles que deberían luchar contra otros humanos?

-Aún no lo sabemos.- mintió Sistermon, serena, impertubable.- Están actuando en otro sector.

Los humanos rememoraron la información que habían adquirido.

-¿En cual?- preguntó Lendeira.

-En el Sur.- respondió rápidamente Baromon.-Antes de enfretaros a ellos, debéis prepararos, y por eso estáis aquí.-

-¿Más preguntas?- dijo Sistermon, algo aliviada. Baromon no era como el resto de cabezas de chorlito con los que se codeaba. Siempre resultaba útil en el momento inesperado. Era por ello que ellos dos se encargaban del sector del centro, y no la panda de incompetentes a los que llamaba compañeros.

Pero los humanos eran curiosos por naturaleza. Estaban en un mundo nuevo, con criaturas alucinantes, en un lugar para protegerse de "algo" que no deseaban nombrar. No eran estúpidos.

—¿Por qué debemos enfrentarnos a algo desconocido?

—Son un peligro para este mundo y deben ser eliminados —contestó Sistermon—. Para eso necesitaréis espíritus digitales.

—Una vez los obtengáis, os entrenaremos. Pero también como humanos os queremos enseñar. Todo es importante. Sois la salvación para nosotros —añadió Baronmon.

Quizás aquello no animaba a todos a querer continuar, pero Lendeira estaba ansiosa por comenzar esa aventura. Su vida ya no sería monótona.

—Y ahora —dijo Sistermon, sacando una libreta—. Deberéis contestar vosotros a alguna preguntas.

Arrancó varias horas y se las fue entregando a los muchachos.

-Esto es un pequeño y sencillo test. Poned vuestro nombre y responded a las preguntas. Son de índole personal, pero no son muy comprometidas, por lo que no debeis preocuparos.-

Hoshi puso mala cara. No la gustaba mucho hablar de ella. Además, seguía sin comprender del todo por qué se encontraba allí.

Junto con las hojas, Sistermon les entregó un lápiz y una goma, aunque esperaba que no usaran ésta última. Era un simple test de rodear respuestas o rellenar huecos con palabras a su elección, no hacía falta ser Ancientwisemon para rellenarlo.

Pusieron su nombre y echaron un vistazo rápido a las preguntas. Tal y como había anunciado Sistermon, eran preguntas generales sobre su vida, sus gustos, aficiones, así como personalidad.

Lendeira echó un vistazo a las preguntas. Su primer pensamiento, fue que eran algo estúpidas. ¿Qué tenía que ver eso con entrenarles? Miró a los demás, que estaban atentos a sus hojas y cogió el lápiz. Para cada pregunta, había varias respuestas, pero podías rallar "otra" y escribir lo que en verdad querías.

—¿Qué destacarías de tu vida? —leyó en voz baja.

Río. Su vida era tan aburrida que no podría decir nada especial. Escribió nada y pasó a la siguiente.

—¿Prefieres pasar tiempo sola o con gente?

Lendeira suspiró. La tenían encerrada en casa, casi estaba acostumbrada hablar con la pared. Rodeó la respuesta: sola

—¿Qué sueles hacer?

Alzó las cejas. Eso ya era más sencillo. Se pasaba el día en la cama o en el escritorio, imaginando mundos fantásticos y escribiendo hechizos de magia, inventándose cosas. Era su forma de que pasaran las horas.

Imaginando. Me encanta todo lo relacionado con la magia y la fantasía

Leyó, pues, la última pregunta del test:

—¿Cómo te describirías?

Lendeira lo pensó durante unos segundos: curiosa, fantasiosa, inteligente, intuitiva y muy nerviosa.

Cada uno se enfrentaba a las preguntas a su manera. Hoshi trataba desesperadamente rodear las respuesta en círculo y evitar tener que escribir en la casilla de otros. Se había descrito como una chica tímida y discreta a la que la gustaba la música y las cosas sencillas. Terminó su test rápido y se lo entregó a Sistermon, la cual le echó un vistazo rápido.

-"Lo que me temía."- pensó, decepcionada.

Por su parte, Nathan dejó el test en blanco. Lo único que se limitó a escribir fue su nombre, añadiendo debajo la frase: "Descubridme."

Sistermon recogió las hojas ante la atenta mirada de los humanos y se volvió a sentar en el sitio. Sonrió de manera cariñosa, recordando que era una expresión que tranquilizaba a los chicos jóvenes. Sin embargo, se encontró con ceños fruncidos y rostros impasibles. Su carácter hipócrita amable no estaba dando resultado con esos muchachos. Pero no tardaría en conocerlos y saber como poder manejarlos correctamente.

—Esperad un momento. Voy a leer un poco lo que habéis escrito.

La digimon no esperó respuesta, y antes de que Lendeira, que parecía ser la más parlanchina del grupo, se le viniera a la mente alguna pregunta, Sistermon depositó sus ojos hacia abajo, en las hojas, dejando claro que necesitaba silencio. Así pues, ignoró cualquier rechinar de dientes y le hizo una seña a Baromon para que trajera un poco de agua.

Se sorprendió un poco al revisar lo escrito. Hoshi sólo había puesto en círculos las respuestas al azar; Nathan, sin ni siquiera dignarse a mostrar algo de sí mismo, dejó claro con esa frase que no le iban a sacar nada por ahora; Lendeira era la que más había puesto, pero tampoco es que se tratara de algo muy extenso; y por último, Lilian, sorprendiendo a la digimon, no había hecho nada. Pero nada de nada.

—Lilian —llamó.

La aludida le devolvió la mirada, sabiendo lo que iba a pasar a continuación, se adelantó a la pregunta de Sistermon:

—No os interesa cómo soy o dejo de ser.

—Esto es importante —aclaró.

—Nos queréis como soldados para proteger un mundo que ni siquiera es el nuestro. Por lo que nuestros gustos, carácter o demás tonterías que habéis preguntado en esa hoja, no harán ningún cambio.

Sistermon le mostró una media sonrisa.

—Supongo que tienes razón, pero con ese comentario me puedo hacer una idea.

—Perfecto, entonces —murmuró.

Lilian miró hacia a otro lado, un poco molesta.

-Bueno Baromon, es tu turno.- le indicó la monja a su compañero.

Baromon se levantó, para sentirse más cómodo a la hora de hablar. Comenzó a pasearse por la sala, mirando alternativamente a cada uno de los chicos.

-Mi misión es simple. Os voy a plantear un problema a cada uno, y vosotros deberéis decirme como solucionarlo. Deberéis contestar lo primero que os pase por la cabeza.-

Los chicos asintieron, entendiendo lo que el espíritu les quería transmitir. Sin embargo, no tenían ni idea de cómo serían los problemas que les platearían. ¿Enigmas quizá?

-Comencemos por ti Nathan.- el aludido sonrió, contento. -Imagínate que te mandamos infiltrarte en una base enemiga, para recopilar información. Pero, de repente, un guardia te localiza. No puedes utilizar la fuerza física, por razones que escapan a tu control. ¿Qué harías para librarte de él?-

-Darle un buen susto. - respondió, tan tranquilo. -Teniendo en cuenta que no me espera verme allí, es una opción factible. Seguro que los digimon no están acostumbrados a ver a humanos. -

-No es mala respuesta. Pasemos a la siguiente. ¿Quien de las damas prefiere ser la primera?-

Hoshi no paraba de mirar al suelo. No faltaba decir nada para darse cuenta que la chica no quería participar antes que las demás. Lilian observó un poco, meditando si podría escaparse de algo tan estúpido, pero no faltó mucho tiempo para que Lendeira alzara el brazo.

—Muy bien, Lendeira —sonrió el digimon—. ¿Te gusta la aventura, verdad?

—Si vine aquí fue porque me prometieron pasar por cosas que me hicieran vivir. Ya que lo monótono no me gusta y ya estoy acostumbrada a ello. ¿Eso responde a tu pregunta?

—De acuerdo. Piensa que te damos la orden de buscar un objeto, algo que sea muy extraño y nunca se ha visto. Pero que en este trayecto, te vas a encontrar con enemigos que buscan lo mismo que tú. ¿Qué harías? ¿Pasarías combatiendo o buscarías un camino por el cual no enfrentarte a nadie? No hace falta que respondas enseguida, tómate tu tiempo para reflexionar.

Sistermon miraba a los chicos con los brazos cruzados. Necesitaban a unos elegidos que supieran buscar, investigar, luchar y encontrar los supuestos espíritus digitales desaparecidos. Por tanto, no todo se basaría en entrenamiento duro. De todas formas, los otros humanos tampoco habían recibido mucha técnica en sus cuerpos de digimon.

—Es imposible no pelear con alguien si hay tantos en busca de lo que me han pedido. Pero trataría de encontrar sus puntos débiles y derrotarlos usando la imaginación. A veces creer en algo te ayuda a continuar con más fuerza.

El digimon asintió.

Muy fantasiosa pensó, intrigado.

—De ser así —siguió Lendeira—, haría algo para manipular la mente del enemigo. Habéis dicho que nos daréis algo de ayuda, imagino que será algo relacionado con recibir poderes. Quizás me equivoque, pero sois digimon y nosotros somos humanos, alguna conexión tendrá en que nos convertiremos en seres más fuertes.

Sistermon alzó las cejas, sorprendida.

-Bueno Hoshi, te toca.-

La joven miró, ciertamente asustada, al espíritu. Éste la dedicó una sonrisa, que sólo logro asustarla aún más. Sus brillantes y afilados dientes no eran para nada tranquilizadores.

-Digamos que tienes que reunirte en privado con uno de nuestros enemigos. Él sabe quien eres, y tú sabes quien es. Eres consciente de que le superas en fuerza, y podrías vencerlo en un combate. No obstante, si le derrotas, no te dirá la información que andas buscando. ¿Qué harías?-

-Supongo... que pactar una tregua temporal con él, para que me proporciones la información deseada.-

-¿No le forzarías utilizando la fuerza para que te lo contase?-insistió Baromon.

-Supongo que si esa información es importante, quizás daría su vida sin contarla.- razonó la joven, algo más tranquila.

Baromon tornó la mirada hacia Lilian. Sólo quedaba ella, y sospechaba, siguiendo el hilo de las preguntas, que podían preguntarla.

Hasta ahora empezaban a comprender un poco como era Hoshi y sería bastante difícil entrenarla para que usara la fuerza contra otra persona, y lo peor es que el enemigo se trataría de otros humanos. La muchacha no estaba dispuesta a interrogar a base de violencia, y aunque no lo había sabido ante la pregunta, los digimon se percataron de esa esencia pacífica e inocente.

—Lilian, la siguiente y última eres tú —empezó Baromon.

—Obvio, no queda nadie más —replicó sarcásticamente.

Pero no solo Hoshi sería alguien duro de roer. La chica más adulta lo tenía casi todo para ser alguien realmente perfecto en las batallas. Dado sus pensamientos, sólo le importaba ella misma y el compañero varón que había en la sala. En parte, aquello era una gran ventaja, pero su rebeldía les iba a costar caro.

—Y por lo tanto, queda el problema más duro al que os enfrentaréis —los demás también estaban atentos al test—.Estás en medio de una guerra, tus amigos han sido derrotados y delante de ti, al igual que vosotros, sólo queda uno en pie. Para poder salvarte y proteger a tus camaradas, debes matarlo, ¿lo harías?

La pregunta final quedó en el aire. Hoshi tragó saliva, asustada. Lendeira pensó si se verían en aquella circunstancia en algún momento. Y Nathan simplemente se dedicaba a esperar la respuesta de su amiga.

—Sí —contestó.

Sistermon no pudo evitar sonreír.

La monja tenía enormes ganas de preguntarla si acabaría también con sus compañeros en caso de salvarse a sí misma, pero decidió ahorrase la pregunta. Creía saber la respuesta. Además, solo empeoraría la situación dentro del grupo. De momento, no interesaba causar más problemas.

-Y ahora vayamos a la parte divertida.- exclamó, tratando de darle toda la emoción que pudo.

-Seguro que es realmente interesante averiguar lo que a tí te parece divertido.- espetó Lilian, brusca.

Sistermon ignoró el comentario. Les hizo un gesto, indicando que se levantaran, y, junto a Baromon, pusieron rumbo a la sala de combates.

-¿Nos vais a hacer combatir?- preguntó Hoshi, preocupada.

-No, para nada.- negó Baromon. -Aún no estáis preparados. Sólo vamos a librar un combate de exhibición, para que veáis en que consiste. Así que observad con atención.-

Ante la mirada atónita de los humanos, Baromon y Sistermon se colocaron en mitad de la sala, a varios metros de cada uno. Se dieron cuenta de que cada uno tenía una postura extraña para empezar el combate. Cuando estaban a punto de entrar en contacto, una voz chillona y desesperada hizo eco por toda la habitación:

—¡Esperad! ¡Esperad!

—Hoshi... —murmuró Lendeira, intentando detenerla.

Pero la chica había conseguido zafarse y se colocó en mitad de los dos digimon, con una mano en el pecho.

—¿Qué sucede, pequeña? —preguntó Baromon, siendo amable como de costumbre.

Sistermon rodó los ojos. Dio unos pasos atrás para darle más espacio a la humana, comprendiendo que entrenar a esa muchacha iba a ser muy complicado. Pero algo harían para que cambiara, aunque fuera a la fuerza.

—¿De... de verdad vais a pelear? ¿A... haceros daño? —susurró.

—No será nada grave, es para que observéis cómo tenéis que moveros de aquí adelante —respondió el digimon—. No es un combate a muerte —explicó.

Hoshi no se convenció del todo con esas palabras, pero Lendeira llegó al rescate y cogió a la chica de los hombros, llevándola hasta el lado donde estaban el resto del grupo. Lilian y Nathan no parecían muy interesados en la bienestar de esos dos, les daba lo mismo lo que hicieran. Pero si estaban en ese desconocido y extraño mundo debían aprender a protegerse, en parte estaban muy interesados en aquello.

—Muy bien —asintió Sistermon—. Sólo vamos a mostraros lo que sería una lucha cuerpo a cuerpo, por lo que no usaremos otras habilidades.

Baromon entendió a lo que se refería. La monja no quería enseñar todavía sus poderes, al igual que él, para no asustar a los humanos tan pronto. De todas formas, sería mejor que vieran algunas tácticas de ese tipo de batalla.

Y en menos de dos segundos, Sistermon se movió velozmente y llegó al lado de Baromon. El digimon colocó los brazos ante la cara, protegiéndose de una patada de su contrincante. Los humanos notaban como la pequeña digimon era más rápida pero sus ataques no eran eficaces, mientras que Baromon se dedicaba a detener sus ataques y golpearla con más fuerza, consiguiendo hacer agujeros de vez en cuando en el suelo, simplemente con la onda de choque.

Sistermon había decidido montar aquel combate para comprobar las nuevas habilidades de Baromon. Sabía que había estado estudiando el combate cuerpo a cuerpo, entre otras cosas; pero no sabía hasta que punto había mejorado. Ahora lo comprendía: había aprendido a canalizar toda su energía en sus puños, y por eso creaba aquellas ondas expansivas.

Sí no hubieran acordado el no usar habilidades especiales, sacaría sus pistolas, y haría gala de su fina puntería. Mas, por el momento, no le interesaba mostrárselas a los chicos.

Dio una voltereta hacia atrás para marcar algo más de distancia entre ella y Baromon.

—Si os dais cuenta, esto es como una clase —explicó Baromon—. Con nosotros dos, podéis comprobar las diferentes habilidades de cada uno. Sistermon es rápido y ágil, mientras que yo soy algo pesado. Por eso concentro mis energías en el cuerpo y espero al momento adecuado para atacar. Cada uno de vosotros tendrá una forma de lograr una ventaja a la hora de pelear, pero eso ya lo veremos más adelante.

Dicho esto, Sistermon hizo acopio de esa velocidad y empezó a dar vueltas alrededor de Baromon, tratando de confundirlo. Pero al contrario, el digimon se mantuvo quieto, con los ojos cerrados y aumentando su capacidad de escuchar.

Cuando la monja pensó que podría darle una buena patada en la nuca, se abalanzó hacia él, pero entonces Baromon la sorprendió y se giró a tiempo para esquivar a Sistermon y cogerla del cuello antes de que cayera al suelo. Sin embargo, la digimon dio una voltereta y logró zafarse al hacerle daño en la mano.

—Prestad atención —dijo entonces Sistermon—. Nunca penséis que estáis acabados. Si os atrapan, pensad como zafaros del agarre. Si es más fuerte, algún punto débil tendrá: todos lo tienen.

Baromon dejó la pose defensiva e hizo una reverencia para agradecer el combate.

—Por ahora, damos por terminada esta exhibición —opinó.- Antes de que digáis nada, os informó de que debemos de irnos a una importante expedición.-

Los chicos les miraron, perplejos.

-Podéis emplear las instalaciones, pero la entrada estará sellada. Además, un siervo os cuidará durante nuestra ausencia. Él será además quien os traiga las comidas. Volveremos al anochecer.-

Y antes de que Lendeira pudiera plantear su pregunta o que Lilian pudiera quejarse por ello, Baromon envolvió con su capa a la monja y se volatirizaron.

[...]


La luz blanca, casi etérea, de la pantalla iluminaba levemente la oscura habitación. Acurrucada en su silla, Ana luchaba contra el sueño que le provocaba la absoluta comodidad en la que estaba sumida. Recordaba vagamente el Mundo Digital, pero no parecía nada más que un sueño lejano. Estaba contenta, arrullada por el sonido de su teclado, por las palabras que llegaban desde los teclados de sus amistades, de lugares remotos, con caras desconocidas.

Si hubiera sabido que era un sueño, habría deseado no despertar.

Lara la llevaba a cuestas, todavía en su forma de conejo, detrás de los demás. Pese a que iban juntos, se podían distinguir distintos grupos entre ellos, como el de Apollo y Dalia, y el de Samuel y Jack. Yoshi, Hugo y Lara iban por su cuenta, sin hacer mucho caso a los demás. Hugo se mantenía alejado de la temperamental pelirroja, que odiaba la manera de avanzar tan ruidosa del desgarbado rubio, y su manera de dar patadas a las ramas del camino.

- ¿A dónde vamos, exactamente? - preguntó, dejando por un momento las ramas.

Apollo, sin ni siquiera mirarlo, respondió secamente.

- A buscar a los demás.

Hugo resopló audiblemente. Estaba cansado, y no iban a ninguna parte.

- Eso estaría mejor si supiéramos dónde están.

Frustrado, golpeó una rama que crujió con fuerza. Cuando se dispuso a patear una segunda vez, Yoshi lo detuvo, llevando la mano a su hombro. Respondió a la mirada molesta de Hugo con una mirada indiferente, e hizo la señal al grupo de que se mantuvieran en silencio y lo siguieran.

Vacilantes, lo siguieron unos pasos hasta unos arbustos. Cuando Yoshi los apartó, una Sonia en posición fetal apareció ante ellos, con los ojos cerrados. Floramon estaba a su lado.

Al darse cuenta de que no pasaba nada, Sonia abrió lentamente los ojos, viendo primero a Samuel por ser el más pequeño, y luego a los demás. Ignoró las caras de indiferencia de algunos, y la mueca de Hugo; se alegraba de verlos, aunque no estaban todos.

- ¿Dónde habéis estado? - preguntó mientras se levantaba, avisando al hacerlo a Floramon, que se dio cuenta también de la falta de peligro.

- En el albergue – respondió Jack – Hemos conseguido unas cuantas cosas. Lo más importante son unas botellas de agua, pero no hemos encontrado comida... ¿Estáis solas?

Floramon sonrió. Puede que ellos no tuvieran comida, pero ellas sí la tenían.

- Sois muy oportunos – comentó – Justo acabábamos de encontrar unas bayas.

Observaron cómo Floramon señalaba con sus pétalos a los arbustos, y se dieron cuenta de la gran cantidad de frutos que tenían.

- Íbamos a llevarnos todos los que pudiéramos con los demás. Pero con vosotros podremos llevar más.

- Están Erika, Miles, David y Michel, que está herido – añadió Sonia - No sabemos dónde están los demás.

- Nosotros tampoco – dijo Apollo – Ana está indispuesta, y de los nuestros, es la única que se puede transformar. ¿Alguno de los vuestros tiene su dispositivo?

- Sólo David...

- Pero, ahora que lo mencionas... Antes encontré uno – musitó Floramon, sacando a la luz el dispositivo que había encontrado.

Lara se acercó bruscamente, sólo para darse cuenta de que no era el suyo. Decepcionada, miró a los demás, esperando encontrar en alguno de ellos una respuesta al dispositivo. Fue en la otra pelirroja en la que encontró la señal que buscaba, en sus cejas ligeramente levantadas, en su mirada, y en sus labios, que comenzaban a abrirse.

- Es el mío – anunció Dalia.

Se acercó con andar flemático y tomó su dispositivo. Lo examinó en busca de posibles desperfectos, pero parecía estar en perfectas condiciones.

- ¿Dónde estaba?

- Por ahí – respondió la flor con rapidez, evitando mencionar la cueva de Cyclonemon, pero sin sonar muy convincente – Estaba oscuro. Me tropecé con él.

Dalia clavó en ella su mirada glacial, y Floramon se tensó. Parecía sospechar de ella.

El dispositivo ya con su dueña, el grupo decidió recoger las bayas. Algunos usaron su ropa para llevarlas; otros, con ropa menos práctica, se limitaron a sujetarlas en sus manos y sobre sus brazos, los cuales pegaron al torso. Metieron unas pocas en la bolsa de Samuel, y cuando no pudieron llevar más, se pusieron en camino.

Su objetivo estaba cerca, y aunque se movieron lentamente para no tirar sus suministros, llegaron en poco tiempo. Nada parecía haber cambiado desde que Sonia y Floramon se alejaron del grupo. Erika y David seguían atendiendo al herido, y Miles seguía recostado, pero en cuanto se dieron cuenta de la presencia de los demás, todos se levantaron para recibirles.

Tras dejar a Turuiemon junto a Michel y asegurarse de que todo el mundo estaba al corriente de la situación, el grupo se asentó.

Pasaron un rato en silencio, pensando en todo lo que había pasado e intentando asimilarlo. Erika fue la primera en mencionar lo que todos intentaban evitar.

- ¿Habéis visto a Togemon?

La respuesta negativa fue general, todos seguros de que no volverían a verlo. Miraron al suelo, conscientes de que ninguno estaba llorando. Si era por la situación tan agitada que habían vivido no lo sabían, y a algunos les preocupaba. La voz de Erika continuó.

- Deberíamos buscarlo.

- Probablemente esté muerto – comentó David.

El comportamiento tan aparentemente indiferente del rubio, que apoyaba su alta estatura contra un árbol, hizo que un escalofrío recorriera su espalda. Ella misma temía lo peor, pero no quería rendirse.

- ¿Qué hacemos entonces?¿Olvidarnos de él? - insistió.

- Yo no he dicho-

Antes de que pudiera acabar, Samuel se levantó. Se sentía increíblemente culpable, no sólo por lo que había pasado, sino por haber mantenido silencio, por haber dado a Togemon por muerto.

- ¡No podemos dejarlo! - voceó.

Yoshi lo fulminó con la mirada.

- No grites – chistó – Todavía nos estamos escondiendo.

Samuel respondió con unos ojos similares, que expresaban todo lo que se estaba callando. Jack intentó tranquilizarlo tocándole los hombros, y se decidió a intervenir.

- Creo que tiene razón – dijo – De todas maneras tenemos que buscar a los demás. No nos hace ningún daño añadir a Togemon a esa búsqueda.

- Bueno, eso tiene sentido – reconoció David – Pero nuestra prioridad ahora es seguir con vida. No os olvidéis de eso.

- Tenemos que ser cuidadosos – advirtió Apollo, con su voz de profesor – Si lo somos, deberíamos ser capaces de encontrarlos sin llamar la atención de nuestros enemigos.

Erika se alegró al ver que su idea empezaba a ser aceptada.

- No sirve de nada esperar lo peor. Además, no podemos estar seguros de lo que le ha pasado – insistió – Nadie lo ha visto, y mientras no se haya visto su cuerpo... – evitó decir la palabra "cadáver", pero se dio cuenta de que "cuerpo" no sonaba mucho mejor, y se quedó en blanco.

- Eso da igual. Cuando mueren, los Digimons se desintegran – aclaró Lara - No dejan cuerpos.

- Sí, claro, tú eso lo sabes muy bien - murmuró Hugo, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran.

Hubo un momento de silencio. Muchos no entendían nada, pero el resto no pudo evitar recordar el tacto de la lluvia sobre su piel, los truenos, y el fatídico golpe de Madleomon. Lara miró con desprecio a Hugo.

- ¿Qué es lo que está insinuando? - inquirió David, con los brazos cruzados y cara de preocupación - ¿Has matado a algún Digimon?

- Eso ahora no importa – espetó ella, con los dientes a la vista.

Apollo no estaba de acuerdo. Intentando no incriminar a Lara para no enemistarse con ella, se dispuso a conseguir más información.

- En nuestra situación, no hay información irrelevante – dijo, mirándola directamente a ella – Cuanto más sepamos de los Digimons, mejor.

Lara se quedó pensativa, pero no le dio tiempo a responder antes de que un destello los distrajera a todos. Turuiemon había vuelto a su forma humana.

[...]


Meramon se despidió de sus espíritus compañeros y salió a pasear un poco. Iba a regresar a su hogar para descansar mientras que no tuviera más misiones. El día había sido tranquilo y agradable con la comida y la charla que había mantenido con sus amigos. Cosas así era lo que le gustaba de aquel trabajo.

Mientras que proseguía su camino, pensaba en el espíritu que le habían traído a Ginkkakumon sus secuaces. Pero poco podía imaginarse ya que esos espíritus brillaban y a simple vista no se podía saber cómo sería. Pero siendo de Ginkkakumon que ya parecía un animal, su nueva forma le haría ver todavía más terrible.

Le hubiera encantado poder encontrar el suyo, pero algún día lo lograría. ¿Cómo sería su forma animal? ¿Cambiaría mucho? ¿Qué poderes tendría? Pero lo importante era tenerlo, luego ya comprobaría como era. De todas formas, había escuchado que era difícil controlar el espíritu animal, que se necesitaba mucho entrenamiento para poder usarlo con precisión. Se preguntó entonces si Ginkakkumon estaba pensando probarlo, conociéndole, era muy probable que fuera así. ¿Perdería los nervios? Sería interesante saber qué pasa por tu cabeza cuando eres incapaz de controlarte a ti mismo.

Se dirigía al sector Noreste, a unas aldeas que estaban cerca de los volcanes. Como era su hogar, los aldeanos —la mayoría con poderes de fuego— habían protegido sus casas con lava alrededor, para evitar que se convirtieran en cenizas. Meramon convivía con otros dos Meramon y todos ellos protegían una aldea que había abajo, más pequeña y que estaba en continuo peligro por las erupciones. Sin embargo, no abandonaban sus casas, y Meramon sabía por qué.

Los digimon que vivían en esa aldea de abajo se trataban de DemiMeramon, y ansiaban poder digievolucionar para vivir en el volcán. Así que aunque cada día se enfrentaban al peligro de morir, para ellos era algo natural. Desde que salían del huevo, sabían que su misión era hacerse más fuerte. Meramon le gustaba ese comportamiento de ellos y a veces pasaba la tarde con ellos y los entrenaba un poco. Eran como una gran familia.

Pero antes de llegar se encontró con alguien que conocía. Musyamon estaba delante de él, herido y cuando intentó decir algo, cayó al suelo, inconsciente. Meramon se sorprendió al verlo y más en ese estado. Miró a un lado y otro para comprobar si algún digimon estaba cerca y era el causante de que se encontrara así. Pero no escuchaba nada… por ahora.

Cogió a Musyamon y se lo colocó a la espalda. Lo llevaría hasta la Aldea de los DemiMeramon donde podría recuperarse, ya que si iban hasta los volcanes podría quemarse al entrar en contacto con el suelo. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de incorporarse, oyó algo. Y notó como si una silueta los estuviera siguiendo. Tal y como estaba, no podía ponerse a pelear pero estaba dispuesta a escapar, dejar a salvo a Musyamon y regresar a derrotarlo. Él no era un cobarde.

Sujetó bien a Musyamon y corrió deprisa. Lo bueno era que se conocía el camino a la perfección y podría tomar ventaja.

Pero supo que algo nuevo los estaba persiguiendo, porque hacía más ruido de lo natural. Se giró un momento para observarlo pero no tardó en volver a seguir corriendo al comprobar que se trataba de una gigante bestia. No podría atacar estando así. Se dio cuenta que la bestia los alcanzaría pronto, sus pisadas dejaban una huella enorme en la tierra.

Los atacó y logró esquivarlo por los pelos, pero cada vez iba más lento. Sujetó a Musyamon con una sola mano y lanzó bolas de fuego con la otra. Se percató que la bestia había dejado de correr al sentir el calor de las llamas y continuó lanzando hasta que estuvo lo suficiente alejado de la bestia.

Finalmente Meramon logró ir hasta la Aldea de los DemiMeramon, que le saludaron con alegría. El digimon explicó lo que había pasado y llevaron a Musyamon hasta una de las casas, donde dejaron que descansara.

El digimon de fuego se puso hablar un poco con los pequeños DemiMeramon para que los minutos pasaran más deprisa. Se levantó cuando le anunciaron que Musyamon ya había despertado. Se adentró en la casa y comprobó que las heridas del samurái estaban vendadas. Musyamon trató de incorporarse pero le dolía todo el cuerpo, por lo que se mantuvo tumbado.

—¿Cómo estás? —preguntó Meramon.

—Lo puedes ver por ti mismo —contestó, hosco.

Meramon conocía el comportamiento del samurai por lo que no se ofendió.

—Cierto. ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te atacó?

Musyamon cerró los ojos y descansó un poco la cabeza. Se tocó las heridas e hizo una mueca. Al menos ya no estaba en peligro y Meramon no presentaba una amenaza, podría calmarse un poco.

—La verdad es que no lo recuerdo. Me atacaron en mi sector y huí porque no podía hacer nada, pero no logró recordar lo que sucedió.

Por la forma en que hablaba supo que estaba siendo sincero. Y las heridas no eran falsas, realmente le costaba moverse y era incapaz de levantarse. Algo extraño estaba pasando por su sector y su hogar. Aquella bestia no era normal y esa silueta que los perseguía también… Demasiado sospechoso. Tenía que investigar a fondo.

—Está bien. Por ahora, te quedarás aquí. Sé que te irás antes de que regrese en cuanto te recuperes, pero debes saber que te cuidarán bien. Estos digimon son amigos míos y les he pedido que atiendan tus heridas. Pronto estarás en buen estado.

Musyamon asintió.

El digimon de fuego pensó que ya no tenía nada que hacer en esa Aldea. Lo siguiente sería encontrar el peligro y hacerlo desaparecer. No sabía si necesitaría ayuda pero quería hablarlo con los demás espíritus por si sabían algo.

Cuando estuvo a punto de marcharse, la voz del samurái le hizo detenerse:

—Gracias, Meramon.

Meramon se despidió con la mano y abandonó la Aldea.

Tenía trabajo que hacer.

FIN DEL CAPÍTULO 24